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10 El riesgo y la muerte
en la profesión policial

La voz oficial

Elea Maglia

Introducción

Desde la sociología y antropología de la muerte, autores como Norbert Elías (1989), Philippe Aries (1984, 2011) y Louis Vincent Thomas (1993), plantean que aunque todos seamos muertos en potencia, todos aquellos que componemos el “mundo occidental moderno” tendríamos una actitud de negación para con la muerte, y las prácticas asociadas a los moribundos y muertos pasarían desapercibidas en nuestras vidas cotidianas[1]. Esta idea es complejizada al estudiar, por ejemplo, a las fuerzas policiales donde las representaciones y acciones asociadas a la muerte no sólo no están alejadas de la vida de los policías, sino por el contrario, la posibilidad de morir en el ejercicio de la función policial se erige como un elemento de distinción de la profesión frente a otras, como fuente de orgullo y prestigio. Pero esta no es cualquier muerte, sino una violenta, abrupta, producto de un enfrentamiento armado propio del ejercicio de la actividad policial. Ella es interpretada por la voz oficial, y en ciertas circunstancias por los actores, como fruto de una actitud altruista: el dar la vida en “defensa de la sociedad”. Estos muertos son entendidos como “fecundos”, en tanto se considera han ofrecido sus vidas, se han sacrificado, por algo superior; por ello se vuelven merecedores de un prestigio especial, se erigen como modelos para los vivos, como mártires con derecho a la veneración de los sobrevivientes (Thomas, 1993).

Este capítulo indaga en las representaciones sobre el riesgo de vida y la muerte violenta en la profesión policial, puntualmente en la Policía Federal Argentina, propuestas por la voz oficial y legitimadas en ciertas circunstancias por los actores. Se parte del consenso observado en las investigaciones sobre instituciones policiales, respecto de que la actividad es entendida por sus funcionarios como riesgosa (Caimari, 2012; Calandrón 2014; Da Silva Lorenz, 2014; Garriga Zucal, 2016; Monjardet, 2010), lo que será combinado con la perspectiva de Mary Douglas (1996) cuando plantea que las representaciones sociales en torno al riesgo no están ancladas en probabilidades y estadísticas, sino en criterios de clasificación socialmente construidos que definen qué es, para determinados grupos en ciertos contextos, definido como riesgoso. Para Douglas (1996) los sujetos tienen opiniones respecto al riesgo no por ser expertos en determinadas temáticas sino por haber sido socializados en base a ciertas pautas culturales[2]. En esa línea argumentativa, Dominique Monjardet (2010) y Lila Caimari (2012) consideran que aunque en sus prácticas concretas, la participación por parte de los policías en eventos en los que medie el uso de la fuerza constituya una mínima porción de sus actividades cotidianas, es la potencialidad, la posibilidad de ejercer o padecer el uso de la fuerza, de resultar heridos o muertos, lo que otorga coherencia a sus percepciones (Caimari, 2012).

A lo largo de estas páginas se abordará cómo la voz oficial policial, enmarcada en un programa institucional que se propone socializar a los individuos en pautas de conducta, sentimientos y representaciones propias del grupo profesional (Dubet, 2002), construye narrativas emocionales que, sin importar su correlato con prácticas concretas, tienen efectos en las personas (Sirimarco, 2013).Se analizará cómo se construyen y transmiten relatos relativamente sólidos y legítimos respecto a la historia institucional y labor profesional, y cómo a partir de ellos se demarcan distinciones entre un “nosotros” y un “otros”(Badaró, 2009).

Este capítulo es producto de un trabajo de campo etnográfico realizado entre julio del año 2015 y junio del año 2016 en la Policía Federal Argentina. Partiendo de la idea de que las ceremonias[3] son un lugar privilegiado para producir y reproducir un discurso institucional, una voz oficial, un “deber ser institucional” (Galvani, 2009; Bonelli, Galvani y otros, 2009); de que en estos eventos la institución, a través de la palabra de las autoridades policiales y del Poder Ejecutivo, del cumplimiento de estrictos protocolos, configura y asienta la imagen de sí que se propone promover hacia dentro y fuera suyo, se observaron las ceremonias institucionales consideradas por los interlocutores como las más importantes: la ceremonia de Jura a la bandera de los cadetes de 1° año, la Ceremonia de Homenaje a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber, el acto central de la Semana de la Policía Federal,el Acto por el Aniversario de la escuela de cadetes, la ceremonia de Egreso de los cadetes de 3° año, entre otras. Todas, salvo el homenaje a los caídos que se realiza en el Monumento a los Caídos en el barrio de Palermo de la Ciudad de Buenos Aires, se llevan a cabo en la Escuela de Cadetes “Comisario General Juan A. Pirker”, en el barrio de Villa Lugano de la misma ciudad. En mencionada Escuela de Cadetes[4] también se observaron clases de instrucción policial, se realizaron entrevistas a instructores y cadetes de tercer año, próximos a egresar.

La Policía Federal Argentina (PFA) es una institución civil armada dependiente del Poder Ejecutivo Nacional por intermedio del Ministerio de Seguridad de la Nación (Decreto Nº 1993, 2010). Su jurisdicción son los límites del Estado Nacional y, hasta el 1 de enero del año 2016, entre sus tareas se encontraban el proceder como auxiliar de la justicia; actuar frente a los delitos federales (narcotráfico, trata de personas, secuestros extorsivos, contrabando, entre otros) en todo el territorio nacional; combatir los delitos comunes (por ejemplo robos, violaciones, amenazas y homicidios) dentro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El 1 de enero del año 2016 comenzó el proceso de transferencia progresiva de la Nación a la Ciudad de Buenos Aires de las facultades y funciones de seguridad para todos los delitos no federales ejercidos en dicha jurisdicción, lo cual se estimó duraría un año (Resolución Nº 298, 2015). Actualmente la Policía Federal sólo se encarga de resolver cuestiones relativas a los delitos federales. El trabajo de campo que da sustento a este capítulo abarca los meses previos a la transferencia y los comienzos de su implementación.

Representaciones oficiales en torno al riesgo

La profesión policial se caracteriza por el hecho de que sus miembros tienen la portación legítima de armas de fuego. Ellos pueden usarlas, en las circunstancias que consideren necesarias, pudiendo matar o morir en consecuencia (Da Silva Lorenz, 2014, 2016; Galvani, 2007, 2009, 2016; Galvani y Mouzo, 2014). Partiendo de este punto, representaciones sobre el riesgo del personal policial de perder la vida en enfrentamientos armados, estuvieron presentes en prácticamente todas las ceremonias institucionales a las cuales asistí. En estos eventos se reivindica al riesgo, no sólo por las autoridades policiales sino también por otras que no pertenecen a la institución, como una cualidad distintiva de la labor. Junto al concepto de riesgo de vida aparece el lema de que se lo puede combatir con “profesionalización” y se lo debe aceptar por la vocación de servicio y el amor a la patria.

La representación de que los policías conviven con el riesgo de perder sus vidas en el ejercicio de sus funciones se constituye como un emblema que caracteriza y distingue a la profesión policial de otras (Caimari, 2012; Da Silva Lorenz, 2014; Galvani, 2007, 2009, 2016; Galvani y Mouzo, 2014; Garriga Zucal 2012a, 2012b; Monjardet, 2010). En ese sentido, en el acto central de la Semana de la Policía, el Jefe de la fuerza indicó que como institución habían asumido el estrés y el riesgo que implica la labor, al crear el Centro de asistencia y apoyo al personal policial. Lo interesante es que, en ese mismo acto, personalidades no policiales destacadas enviaron saludos a la Policía Federal y también hicieron mención al riesgo como una característica distintiva de la profesión. Entre ellas estuvo la carta de la entonces Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, en donde la mandataria manifestó:

En la semana de la Policía Federal Argentina quiero hacerles llegar mis más sinceros saludos a la familia policial. Todo mi reconocimiento al valor y heroísmo de los agentes que cada día arriesgan su integridad física y su vida para garantizar la ley, la seguridad y la convivencia.

El Papa Francisco invitó a “recordar que el ejercicio de esa noble profesión conlleva un especial sacrificio, compromiso de amparar a veces con un callado sacrificio el orden de los ciudadanos y el derecho de los más vulnerables”. Esto demostró que el riesgo no sólo es una categoría usada por el personal policial para definir a su profesión, sino también empleada por autoridades que llevan a cabo otro tipo de actividades no policiales para definir a la misma.

Asociada a la representación de que el riesgo de perder la vida en un enfrentamiento armado es una característica distintiva de la labor, aparece el lema de que es posible combatirlo, o al menos minimizarlo, con una práctica a la que los policías denominan como “profesionalización”. En esa línea, el director de la escuela, en el aniversario de la misma, planteó a los cadetes que “Optaron por una carrera llena de sacrificios, que es pura vocación de servicio, y para eso, tienen y tenemos que estar muy preparados”. En las clases de la materia Práctica Profesional de tercer año también se escucha en reiteradas oportunidades que es necesario “profesionalizarse[5]”. Esta palabra hace referencia a la práctica de capacitarse constantemente en destrezas y conocimientos útiles para la labor policial y está asociada a la idea de riesgo en el sentido que aportaría herramientas a los funcionarios para resolver, con las menores consecuencias lesivas posibles para los involucrados, las situaciones riesgosas que pudiesen presentárseles.

Este riesgo de perder la vida sería aceptado por el personal policial por un valor que se erige como fundante de todo programa institucional: la vocación (Dubet, 2002). En ese sentido el Jefe de la policía, en ocasión del acto central de la Semana de la Policía Federal, propuso celebrar “la vocación de hombres y mujeres que forjan su identidad con la elección de un proyecto valioso para los demás”. En la misma línea, durante la Ceremonia de Homenaje a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber, el capellán –perteneciente al Clero policial y representante de la iglesia católica en la institución- manifestó que los policías habían muerto por llevar al máximo su vocación de servicio, por lo que le encomendaba a Dios “cada uno de nuestros policías federales que llevando hasta el extremo su vocación de servicio, ofrendaron sus vidas en defensa de la seguridad y del bienestar de sus hermanos y de la sociedad”. Esta vocación de servicio, considerada una virtud que guiaría y legitimaría el trabajo de los policías al evocar el desinterés de quienes lo realizan y el objetivo del bien común hacia el que se orienta (Galvani, 2009), se erige como sustento de valorización y elección de esta profesión considerada como riesgosa (Da Silva Lorenz, 2016; Galvani, 2016, Melotto, 2014), impide pensar al trabajo policial como una relación mercantil, mediada por un salario[6]. Cabe aclarar que no todos los que ingresan a las filas policiales lo hacen movidos por su vocación de servicio. Mariana Galvani afirma que “la mayoría de los entrevistados [policías federales] consideran que entraron a la policía por ser un trabajo que tenía relativamente buenas condiciones laborales, mientras que muy pocos hicieron referencia a la vocación como factor que los había decidido” (Galvani, 2016: 44). Esta autora (Galvani, 2016) concluye que independientemente del motivo de ingreso que los policías manifiesten, ellos consideran que el trabajo policial sólo es posible de ser realizado si se tiene vocación, la cual se puede poseer desde antes de entrar a la institución o configurarse a lo largo de la carrera laboral.

Este riesgo de vida también es aceptado gracias a otro valor que empapa al anterior: el amor por la patria. Ello brota claramente de la marcha de la Policía Federal, cantada en más de una oportunidad durante algunos desfiles, en cuyas estrofas se lee

Somos guardianes de la cultura y de la patria firme sostén, […] Somos la fuerza pura y altiva puesta al servicio de la nación, […] y así brindamos la sangre toda, la vida entera, la fe, el amor, por la grandeza de la Argentina, tierra de bravos, nuestra nación.

La idea que plasma la marcha respecto a que es por la nación que un policía debe brindar con honor hasta su propia vida, aparece también en los discursos propiciados en los actos institucionales. Esto quedó de manifiesto, por ejemplo, cuando el Jefe de la Policía indicó que el plan estratégico de la fuerza consistía en reunir a los mejores hombres y mujeres para servir a la patria y exclamó a los policías del público: “ustedes, querido gran equipo, están entre los mejores ciudadanos de la Argentina” (acto central de la Semana de la Policía Federal). El director de la escuela, momentos en los cuales estaban egresando los cadetes de tercer año, le aseguró al Jefe de la fuerza que ellos ya estaban listos para llevar adelante esa misión: “Señor Jefe, la centésimo décimo cuarta promoción de oficiales de nuestra centenaria Policía Federal argentina se encuentra plena y perfectamente preparada, instruida y capacitada, para cuidar y proteger a la patria, a la república y a la sociedad toda”.

Cabe destacar que el momento en donde la disposición a dar la vida por la patria queda sellado es en la ceremonia de Jura a la bandera[7] de los cadetes de primer año, desarrollada en ocasión del aniversario de la bandera, el 20 de junio. Ese día, juran los cadetes que han entrado hace aproximadamente cuatro meses a la escuela, lo que también significa su incorporación simbólica a la policía, a la familia policial. Puntualmente en la jura del año 2015, el jefe del Cuerpo de Cadetes, encargado de llevar adelante la arenga se dirigió a los cadetes y les dijo que ese día, en esa Plaza de Armas, iban a vivir un momento único y trascendental en la vida de la Policía Federal: sellar su compromiso con la patria. Agregó que todos los que estaban allí presentes -las más altas autoridades nacionales e institucionales, los instructores y familiares- iban ser testigos de ello.[8]

Por eso es necesario que exterioricen a viva voz y fuerte y a todos ellos su compromiso con la patria. […] Es el pasado fundador, el presente laborioso y el futuro prometedor. Estos son nuestros muertos y los que viven. […] Lucen por primera vez el glorioso uniforme azul que identifica a nuestra institución. Honra sentir su voz, voz que deberá surgir de sus entrañas fuerte y clara, casi como un grito, que retumbe a lo largo y ancho del territorio. Que sea compromiso eterno de entrega de lo más preciado que tiene el ser humano, su vida. Les reclamo que contesten a viva voz si ¿JURAN A LA PATRIA, A SU BANDERA Y CONSTITUCIÓN NACIONAL, DEFENDERLA HASTA PERDER LA VIDA?

Frente a esta pregunta se escuchó un fuerte y contundente “SI JURO” por parte de los cadetes. Ese día ellos se reafirman como argentinos, se declaran pertenecientes a la Policía Federal, se enlazan entre sí y con el resto de los policías vivos y muertos, prometen estar dispuestos a morir por la patria, la bandera y la constitución. A partir de este recorrido se observa cómo, para la voz oficial, el riesgo de perder la vida se erige como un elemento de distinción de la labor, fuente de prestigio y orgullo, ya que gracias a la vocación de sus funcionarios y a pesar de los peligros, ellos juran estar dispuestos a morir por el bienestar de la comunidad.

Representaciones oficiales en torno a los caídos

En las ceremonias, además de las narrativas en torno al riesgo de perder la vida, aparecen también aquellas que ponen en escena y describen a la muerte violenta en sí misma. Una vez al año, puntualmente todos los 2 de julio, la Policía Federal lleva a cabo la Ceremonia de Homenaje a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber. Lo hace en el Monumento al caído ubicado en el barrio de Palermo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, entre las calles Figueroa Alcorta y Monroe. Allí se montan carpas, palcos y un escenario, se ordenan decenas de arreglos florales y los cadetes de segundo año forman un cordón de honor[9]. La razón por la cual se conmemora a los caídos ese día se debe a que un 2 de julio al mediodía, pero de 1976, fruto de un atentado, explotó una bomba en la Superintendencia de Seguridad Federal, la cual dejó un saldo de aproximadamente 24 policías fallecidos y 66 heridos.

En mis entrevistas, varios cadetes manifestaron haber ido al acto por orden de servicio en el transcurso del segundo año de la escuela. Manuel lo resumió como un evento emocionante. Darío dijo haber sentido “adrenalina, una mezcla de todo […] en el momento ese de estar ahí y vos sabes que estás homenajeando a los caídos nuestros […] es feo, pero es lindo estar”. Para Santiago, 

Fue hermoso […] la verdad que se sintió mucho el espíritu lindo de vocación, el dolor. Fue un día frío me acuerdo […] se sintió mucho el espíritu ferviente de lo que se estaba haciendo […] qué fue recordar un momento donde la gente tuvo que entregar la vida. Los policías entregaron la vida.

Las emociones que aparecen en torno a este homenaje son ambivalentes: “feo y lindo”, “hermoso y doloroso”. Ellas hacen referencia a lo movilizante que puede resultar estar en un evento en donde se recuerda a personas que han fallecido, como así también la gratificación que puede sentirse al honrar a camaradas que formaron parte de la misma institución y se han sacrificado por su vocación de servicio. El 2 de julio del año 2015 tuve la oportunidad de presenciar el acto por primera vez. El orador dio inicio al mismo diciendo:

Nos convoca frente a este pedestal el genuino sentimiento de dolor al ofrecer nuestro más sentido y profundo homenaje a aquellos hombres y mujeres de la Policía Federal Argentina que ofrendaron su vida en cumplimiento del deber, junto a la eterna gratitud de los familiares que aquí nos honran con su presencia.

En esta ceremonia, los familiares de los policías muertos aparecen en un primer plano, encarnando el dolor por sus pérdidas. En el escenario estaban ubicados el Secretario de Seguridad de la Nación, el Jefe y Subjefe de la Policía Federal, el Ministro de Justicia y seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, entre otros. Se entonaron las estrofas del himno nacional y tras ello se desarrolló la invocación religiosa por liderada por un capellán. Según Adrián, el capellán entrevistado, en estas bendiciones el Clero intenta poner de relieve el heroísmo[10] con el que los policías dieron su vida, destacar el rol de la familia, dar aliento y esperanza. También recalcar que las vidas de los policías no se perdieron estérilmente sino que, por el contrario, garantizaron la supervivencia de otras, lo cual debe servir de ejemplo tanto para policías como no policías. Con este ritual, la iglesia bendice a los policías muertos y les promete el paraíso, establece un nosotros, conformado por todos los policías federales, entre los cuales se encuentran estos representantes de la iglesia católica.

Luego tomó la palabra el jefe de la Policía Federal. En sus líneas relacionó a la profesión policial con el heroísmo, resaltó el dolor de los familiares, como así también que la magnitud del servicio policial radicaría en el deber de los policías de resguardar los bienes y la vida de terceros, aún a riesgo “real” de morir y de exponerse a “situaciones que otros no quisieren”. Con ello, estableció la superioridad moral de un “nosotros policial sacrificado” respecto a una “otredad” que no cargaría con este deber de dar la vida en defensa de los demás (Hathasy, 2006). Esta autoridad agregó que el recuerdo de la entrega de los policías “no está en los nombres de las calles que cimentó [aron] con su sangre, pero siempre estará en la memoria de la institución y en todos los que encarnan la indestructible fuerza de su inspiración”. Con ello planteó que la institución y sus funcionarios tenían el deber de honrar a sus caídos; que la sociedad, definida como un todo difuso y abstracto, no reconocía a estos héroes que habían dado sus vidas para poder garantizar su seguridad. Antes de terminar el discurso, homenajeó al primer caído en cumplimiento del deber, el Alguacil Domingo de Guadarrama, quien murió acuchillado cumpliendo una investigación por contrabando un 18 de julio del año 1615. En ocasión de los 400 años de su muerte se lo honró con dos placas, una colocada horas antes en el hall del Departamento Central de la Policía Federal y otra adjuntada en ese momento en una de las paredes laterales del Monumento al Caído. Cabe remarcar que la Policía Federal se creó en el año 1943, por lo que este alguacil no perteneció formalmente a esta policía. A partir de ello se puede estimar que la apropiación de esta historia por parte de la institución le permite a ésta hacerse acreedora de una historia más antigua en el tiempo y más arraigada a la ciudad. Por último, invocó la protección divina para todos los héroes de la Policía Federal.Con estas palabras instó a la configuración de un “nosotros policial”, que en incluye a los policías vivos y muertos y a los familiares de estos últimos. Este “nosotros” también implica la existencia de “herederos” que deben rendir honor a sus héroes, muertos al ofrecer su máximo esfuerzo en pos del bienestar de la sociedad.

En tercer y último lugar, tomó la palabra el Secretario de Seguridad de la Nación. Este funcionario también hizo mención a la vocación y heroísmo de los caídos y se identificó como parte del colectivo herido por la pérdida de un camarada:

hay que honrar a nuestros hombres y mujeres que con sus actos heroicos han dado la vida en cumplimiento del deber como un acto de amor, como un acto de solidaridad, llevando adelante esa vocación de servicio que ha marcado su vida para siempre.

Este médico del Ejército Argentino, aclaró que no quería hablar como Secretario de Seguridad, cargo que consideraba eventual, sino como soldado[11]: “lo digo como hombre como tantos que aquí me rodean que han jurado seguir la bandera hasta perder la vida”. Así estableció vínculos entre las fuerzas armadas y la Policía Federal que, en este caso unidas, conformarían un nosotros vocacional y sacrificado. Concluye diciendo que, si bien ése era un día de dolor para todos, en especial para los familiares, debía ser “un día de orgullo, porque sabemos que nuestros hombres han dado la vida y han adquirido así el honor de los grandes”. Aquí el secretario puso nuevamente en evidencia la ambivalencia entre el dolor por las pérdidas pero el orgullo que ellas implican por saberlas heroicas.

Pero a los caídos no sólo se los homenajea en este acto. En las demás ceremonias observadas, en la mayoría de los discursos de las autoridades institucionales, se hace referencia a los caídos. En el acto central de la Semana de la Policía Federal, el Jefe de la fuerza volvió a recordar al alguacil Domingo de Guadarrama y destacó que esa, como otras experiencias heroicas, debían ser una fuente de orgullo para los jóvenes. En el egreso, el director de la escuela manifestó: “Debemos recordar a nuestros camaradas caídos en cumplimiento del deber. Quienes son nuestra guía y ejemplo a seguir, por todos los que abrazamos esta honorable profesión”.

En todas las ceremonias, que no son el Homenaje a los Caídos el 2 de julio, también se lleva a cabo lo que se denomina la evocación a los policías caídos en cumplimiento del deber. Según el instructor José, “En todas las ceremonias se evocan [a los caídos]. Son nuestros héroes. Se los recuerda por protocolo”. De ello se desprende que no es sólo una práctica de la Escuela de Cadetes, sino que se repite en todos los actos de la institución policial. Este ritual se desarrolla a los pocos minutos de comenzada cada ceremonia, se inicia cuando se escucha una trompeta tocar y el pronunciamiento de la siguiente fórmula: “Honraremos la memoria de los mártires que dieron su vida por la comunidad. Evoquemos a los Policías Federales caídos en cumplimiento del deber que viven en el pedestal de la gloria. AGENTE MIGUEL ÁNGEL VERÓN”. Por protocolo se nombra al último caído en cumplimiento del deber al momento del evento. Su grado y nombre es pronunciado con un tono de voz alto y castrense. Luego se oye de fondo una voz que, sin micrófono y sin rostro (porque no se ve a quién la pronuncia), grita un fantasmagórico “¡PRESENTEEE!”. Tras ello la banda de música ejecuta la marcha fúnebre. A partir de entonces reina el silencio entre todos los presentes, hasta que el locutor indica por altoparlante la continuidad de la ceremonia. Lo que me resultó sorprendente es que en todos los actos del año 2015 y 2016 fue nombrado el mismo agente. Frente a este hecho surgió la siguiente pregunta: si mueren, según dicen, cotidianamente ¿Por qué se nombró durante todo el año al mismo agente? Ello dio la pauta de que había diferentes modos de encuadrar administrativamente a los policías muertos[12] y que no importaba “cuántos” morían sino cómo se recordaba a los caídos, en tanto figura abstracta, y qué efectos esto generaba en las personas.

Cuando en mis entrevistas pregunté cuáles eran los modos de recordar a los caídos, muchos coincidieron en señalar a estas evocaciones y en identificar que ellas les generaban la sensación de “piel de gallina”. Para el cadete Darío “si no se te pone la piel de gallina en el momento en que tocan la trompeta, o un cadete nuestro grita el presente […] si no te paraliza esto de este momento no tenes que estar acá”. En el sentido de que no “encaja” en la institución. Para la instructora María,

cuando se grita ´presente´ se me sigue poniendo la piel de gallina. La verdad que es algo que no me lo puedo sacar. Igual, del mismo modo, cuando se entonan las estrofas del himno nacional. Son cosas que a mí me pueden.

Para la profesora Fernanda, es en la parte de la evocación en donde “lloramos siempre. Esa parte es tremenda”. En la misma línea de los testimonios anteriores, el instructor Matías exclamó:

Cuando son los actos y escucho el toque de silencio, esa música me eriza los pelos a mí. Y escuchar de fondo el ´presenteee´”, lo dice con voz baja y agónica, dando la pauta de que eso lo afecta emocionalmente. Me aclaró que el que grita es “un cadete que tenga una voz potente y que se le escuche el grito desgarrador fantasmagórico ¿Por qué? Porque esa es la intención de ese presente en agonía. Como diciendo ´estoy muerto, pero por acá ando.

Varios instructores mencionaron que para ellos el sentido del “presente” de fondo significa que el muerto “sigue estando acá entre nosotros (…) lo estamos recordando” (entrevista a José, instructor). De estas experiencias se desprende que es una situación que emociona, en especial al que comprende la labor policial. Eso queda en evidencia cuando el cadete Darío consideró que si una persona no se moviliza en este marco no tiene que ser policía; cuando Fernanda, que es auxiliar y no tiene formación policial, indicó que desde que trabaja en la institución y se siente parte de esa familia, se angustia a la hora de recordar a los policías caídos.

Además de conocer estas sensaciones e interpretaciones, me interesó saber si los entrevistados conocían las historias de los policías allí evocados. La mayoría no conocía la historia de este agente en particular. Para la cadete Laura, a los caídos se los recuerda porque perdieron la vida por la sociedad, pero

la mayoría de la gente que está escuchando eso no los conoce, ni nosotros sabemos quiénes son […] nunca me puse a pensar si fue en cumplimiento del deber o…supongo que sí porque sino no los nombrarían en un acto […] no creo que yo por morirme por resbalarme en la bañera me nombren ahí.

Laura abre así a la reflexión en torno a que sólo se recordaría a algunos, los encuadrados en “cumplimiento del deber”, a los cuales no necesariamente conocen. Sin embargo, la profesora Fernanda manifestó que “aunque no lo hayas conocido, o no lo hayas tenido ahí, o no hayas sido un policía que entrenaste, igual lo sentís porque vos ya te sentís parte de ellos. Parte de la institución”. Acorde a lo prescrito por la definición del verbo “evocar”, que es traer al presente un hecho del pasado, con este ritual los muertos empapan a los vivos y con ello estrechan sus vínculos con ellos, pero también estrechan los vínculos de los vivos entre sí, independientemente de si ellos los han conocido o no, porque son los policías vivos quienes comprenden qué significa un policía caído, al compartir el mismo uniforme y la misma labor.

Quienes conocen las historias de los evocados son aquellos que tuvieron algún grado de cercanía con ellos. El cadete Ignacio, relató las circunstancias de la muerte del agente Verón, porque tuvo vínculo con él y con su hermano. El instructor Matías,contó el efecto de la evocación de la bombero Anahí, fallecida en la Tragedia de Barracas-una historia de gran trascendencia mediática e institucional[13]– en su hermano cadete:

Cuando escucho el nombre, lo miro así de reojo [al cadete] y tenía todo así [la cara enrojecida] llorando mal y medio que se va para el costado y ahí me le pongo al lado y lo agarro de la cintura. Los dos quietitos al lado y se me pone a llorar en el hombro. Ahí me estoy emocionando yo ahora.

Esto revela que los caídos son individualizados por las personas que han tenido algún grado de cercanía con ellos, en tanto familiar o camarada, propio o de cercanos. Pero, aunque no se los conozca, la evocación no deja de “erizar los pelos”. No importa si se conoce o no al caído o su historia, lo que importa es que formaba parte de la institución, de la familia policial, razón suficiente para ser recordado y homenajeado. No interesan tampoco las estadísticas de los caídos o si se nombra al mismo en todas las ceremonias; impacta del mismo modo si a lo largo del año fue uno o más, es su condición de caído, en tanto figura abstracta, la que moviliza. No afecta la “cantidad” sino lo que genera: su sola existencia moldea formas de pensar, actuar y sentir (Durkheim, 2003).

Estos rituales erigen a los caídos como símbolos cargados de significados emocionales, ellos no sólo encauzan y domestican las emociones sino que también las motivan y estimulan (Turner, 1974, 1980, 1988). Los caídos, son pensados por la voz oficial como “muertos fecundos”, en tanto se considera que han dado sus vidas por la patria, lo que no hace más que enaltecer y exaltar la condición humana de estas personas; ubicarlas como ejemplos para los vivos, como fuente de sentido de sus propias vidas y de su profesión (Thomas, 1993).

Oficialización a través de placas y monumentos

La voz oficial no sólo se produce y reproduce en las ceremonias descritas, también aparece asentada y tallada en placas y monumentos, producciones que materializan, sedimentan, consolidan y promueven sentidos y valores (Galeano, 2011; Palermo, 2012; Panizo, 2011). Si uno camina atento por la Escuela de Cadetes o el Departamento Central de Policía, aparecen placas que homenajean a los policías muertos; en uno de los parques de Palermo, se observa el gran monumento dedicado a los caídos. A estos espacios asisten excepcionalmente las personas para las ceremonias institucionales, pero también lo hacen diariamente estudiando, trabajando, haciendo trámites o paseando.

Como se dijo anteriormente, el Monumento a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber está ubicado en el barrio de Palermo, puntualmente entre las calles Figueroa Alcorta y Monroe. Éste consiste en una estructura rectangular de mármol, color negro, sobre la que se erigen tres figuras humanas.

Imagen 1. Monumento a los policías caídos en cumplimiento del deber (Palermo, Ciudad de Buenos Aires)

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Fuente: Elaboración propia

La escultura mide alrededor de tres metros. En ella se observa a un policía que se encuentra en el piso, su espalda yace apoyada sobre otro policía que se encuentra en cuclillas sosteniéndolo. El primer policía tiene las piernas semi-flexionadas en el piso y su cabeza está echada hacía atrás dando la impresión de encontrarse sin vida. Su gorra se encuentra tirada a su lado. El policía con vida pasa sus brazos por debajo del policía caído y lo mira. Arriba de ambos se encuentra una figura femenina: sus pies no tocan el suelo y de su espalda brotan dos alas, dando la impresión de ser un ángel. Su mano derecha se encuentra levantada y al cielo es que apunta su dedo índice. Detrás de la escultura se encuentra un mástil, de imponente tamaño, por sobre el cual suele verse izada una bandera nacional. La estructura de mármol, en su parte delantera, presenta en bronce el escudo de la nación y una placa rectangular en donde aparece la inscripción: “LA POLICÍA FEDERAL ARGENTINA A SUS CAÍDOS EN CUMPLIMIENTO DEL DEBER”. Adelante y a la derecha se ubica una antorcha en la cual arde una llama que está prendida constantemente (por lo menos durante la Ceremonia de Homenaje a los policías caídos en cumplimiento del deber) es “la llama del fuego eterno” según dijo personal policial. A partir del Acto en Conmemoración a los Policías Federales Caídos en Cumplimiento del Deber del año 2015, en su lado derecho se observa la placa en homenaje al Alguacil Domingo de Guadarrama. Unos metros delante del monumento se encuentra un gran escudo de la Policía Federal. Los mensajes que se pueden dilucidar a través de la observación del monumento son, por un lado, el de camaradería, fundamentado en el acompañamiento del policía vivo hacia el caído; por otro, el de protección divina al personal policial, aportada por el ángel que yace tras sus espaldas. Es con el escudo nacional y el mástil sobre el que flamea la bandera que aparecen los símbolos patrios; con el gran escudo policial, el sello de la institución.

A metros del ingreso a la Escuela de Cadetes “Comisario General Juan A. Pirker”, en diagonal a la entrada a las instalaciones principales de la escuela, aparecen tres placas con la letra de una poesía, a la que suele hacerse referencia durante la instrucción policial. Del muro central cuelga una antorcha, encendida en más de una oportunidad, especialmente durante las ceremonias.

Imagen 2. Placas con poesía en la Escuela de Cadetes
“Comisario General Juan A. Pirker”

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Fuente: Elaboración propia.

Algunas de sus frases allí grabadas son:

Cuanto tengas la humildad de los valientes/ para ordenar hacer lo que más cueste/ y los hombres te sigan por ti mismo/ aunque vayas incluso hasta la muerte […] cuando aceptes morir solo en la calle/ teniendo por mortaja el firmamento/ y aspires a formar junto a los otros/ que hacen guardia junto a los luceros […] recién entonces habrá llegado el día/ en que puedas gritarle al universo/ por gracia de Dios: SOY POLICÍA.

En estas palabras resalta la idea de que el orgullo de “ser policía” estaría íntimamente relacionado a la aceptación de la muerte como posibilidad; pero no cualquier muerte, sino una muerte sacrificada en tanto puede llegar en soledad y ejerciendo la labor policial.

El Departamento Central de la Policía Federal, tiene su hall de entrada destinado a los policías caídos. En él resaltan dos placas de alrededor de un metro y medio de alto. En una, sobre la que se ubica la imagen de la Virgen de Luján, bajo el título “Una parte de la república murió”, se lee:

Hoy alguien mató a un policía y/ una parte de la república murió/ un pedazo de nuestro país que el juró proteger/ será enterrado con él a su lado […] la ronda donde el caminaba/ fue también un campo de batalla/ justo como si él hubiera marchado a la guerra/ aunque la bandera de nuestra nación/ no flameara a media asta/ a su nombre agregaremos una flor/ si, alguien mato hoy a un policía/ en tu ciudad o en la mía/ mientras nosotros dormíamos confortable/ detrás de nuestras puertas cerradas/ un Policía FEDERAL dio su vida cumpliendo su deber/ ahora su alma recorre en ronda/ una calle oscura de la ciudad/ y él está de pie al lado de cada policía nuevo/ el respondió a la llamada, dio todo de sí mismo/ y una parte de la república murió.

En la otra, sobre la que se observa una vela prendida, están grabadas las siguientes frases:

Con respeto y gratitud recordamos a los policías federales caídos en cumplimiento del deber; a los padres, hijos, esposos y hermanos que eligieron el servicio a los demás y lo honraron hasta el fin de sus vidas […] No es la muerte sino sus vidas la inspiración que trasciende los muros y el tiempo, el paradigma que nos alienta a cumplir nuestra misión, con actitud y honradez, como el mejor tributo a su memoria.

En estas inscripciones aparece nuevamente la idea de que la labor policial implica la posibilidad de morir en defensa de una sociedad que no los reconocería, la imagen de policías muertos acompañando a los policías vivos, la concepción de que los muertos deben erigirse como guía y ejemplo para los vivos.

Al levantar la cabeza y ejecutar una mirada de “360 grados” (como lo recomiendan en la formación policial para poder “asegurar la zona” y estar tranquilo de que no hay peligro inminente), aparecen colgadas de las paredes grandes placas doradas, aproximadamente diez, a lo largo y ancho de las cuatro paredes del salón. Cada una tiene inscrita en su parte superior la frase “Policía Federal Argentina, a sus caídos en cumplimiento del deber” y contiene una pequeña lámina por cada caído con el grado, nombre, apellido y fecha del fallecimiento. La última lleva el nombre del agente evocado en las ceremonias del año 2015. Abajo suyo quedan espacios vacíos lo que da la sensación de la inminencia de su completitud y la certeza de que durante todos esos meses no hubo ningún otro caído en cumplimiento del deber.

En función de lo antedicho puede concluirse que, en estos espacios, se sostienen y refuerzan las representaciones propuestas por el discurso oficial en las ceremonias descritas. Se define a la profesión como riesgosa, a la muerte como una posibilidad y a los caídos como héroes. Se caracteriza a estos últimos como seres con vocación de servicio, sacrificados por el bienestar de la comunidad, fuente de orgullo para la institución policial y de desprecio por parte del resto de la sociedad. Se valoriza a la familia del policía y el vínculo de la institución con la iglesia católica.

Reflexiones finales

Del recorrido planteado se desprende que la voz oficial define a la profesión policial como riesgosa, a la muerte como una posibilidad y a los caídos como héroes. Según estas representaciones, si bien el riesgo puede ser combatido con profesionalización, no por ello puede ser eliminado. De ahí que, cuando el riesgo se concreta y se materializa en una muerte violenta, se entienda a esta muerte como un sacrificio voluntario[14]fundamentado en el juramento hipocrático que todo policía realiza al ingresar a la institución, de estar dispuesto a dar su vida por un bien mayor: la defensa de la sociedad.

La institución homenajea a sus caídos constantemente: los recuerda todos los 2 de julio, los menciona en los discursos propiciados por autoridades policiales y no policiales y los evoca al comienzo de cada ceremonia institucional. En estas instancias, se propone un modo oficial, hegemónico de entenderlos: como héroes, mártires, que han muerto en pos de proteger a la sociedad.Por su sacrificio es que no son “muertos comunes”, sino que ingresan en el pedestal de la gloria, son seres merecedores de respeto y de rendición de estos y otros homenajes. A través de estas narrativas, el programa institucional produce y reproduce una manera de “ser” policía: con vocación, dispuesto a dar su vida en el ejercicio de sus funciones.

A través del tópico del riesgo y la muerte el programa institucional configura sentires institucionales y narrativas emocionales, moldea los cuerpos y sentimientos de las personas. En ese sentido es que no importan cuántos enfrentamientos armados pongan en riesgo la vida de los policías, tampoco si los policías tienen o no un lazo afectivo con los caídos o si han muerto uno o más policías en el transcurso de un determinado período; interesa principalmente que estas narrativas emocionen, impacten, vinculen a los policías vivos entre sí, por el hecho de estar todos expuestos a los mismos riesgos; enlacen a los policías vivos con los muertos, en tanto los primeros son definidos como los herederos del legado que los muertos, ejemplos y guías a seguir, les dejaron. Son los policías muertos quienes siguen presentes entre los vivos, cual fantasmas, acompañándolos en su labor diaria. Por este vínculo es que los caídos generan aflicción y orgullo, sus homenajes son hermosos y dolorosos, angustiantes y festivos, lindos y feos. Estas disyuntivas dan cuenta de cómo, la pena por las vidas perdidas, convive con el orgullo de saberlas heroicas. De ahí que el culto a los caídos le permita “a la institución resignificar lo específico negativo (la muerte) del trabajo en algo positivo (el heroísmo). Para ello, […] [se irá] construyendo como buena a la (mala) muerte” (Galvani, 2009 en Galvani y Mouzo, 2014: 109).

Por este medio, el programa institucional promueve la camaradería, una identificación corporativa, la configuración de sentimientos de pertenencia a un “nosotros policial” conformado por los policías federales vivos y muertos y sus familias, en oposición con un “otros”, que si bien difuso, suele ser definido como “no policial”, cuando no como “civil”. Esto implica fuertes vínculos entre la institución policial y la iglesia católica, la unión de los policías vivos en un “nosotros sacrificable”, su entrelazamiento con sus muertos, su distinción de un “otros” “moralmente inferior”.

Todas estas representaciones se constituyen como una entidad sui generis opacando las heterogeneidades que engloban. Según estas narrativas, la profesión es riesgosa en su totalidad, sin diferenciar destinos ni tareas policiales; los muertos han ofrecido sus vidas en pos de su vocación de servicio, sin distinguir tipos ni causales de muerte. Partiendo de la idea de que el programa institucional produce individuos socializados pero también autónomos, vale destacar que los policías en ciertas circunstancias reproducen y en otras discuten con estas narrativas oficiales. Si bien estas últimas no se erigen como representaciones hegemónicas con intenciones de formalización, dan cuenta de la heterogeneidad reinante dentro de la profesión policial, conformada por distintas trayectorias personales, experiencias y formas de ver el mundo, donde la vida institucional se entrelaza con vivencias, roles y vínculos existentes por fuera del mundo institucional de la Policía Federal.

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  1. Esta negación de la muerte estaría asociada a dos procesos propios de la modernidad, la pacificación de las sociedades y el avance de la medicina, por medio de los cuales la esperanza de vida de las personas aumenta y se define como muerte “normal” la que llega en la vejez, en soledad y en un hospital (Elias, 1989). En el capítulo de la presente compilación “La muerte clínica en perspectiva”, Darío Radosta profundiza en el proceso de medicalización de la vida y analiza la profesionalización de la muerte como un punto que incluye debates, disputas y procesos burocráticos.
  2. Para esta autora (Douglas, 1996) la percepción del riesgo depende de los patrones culturales de la sociedad. Esta perspectiva culturalista, si bien es sumamente útil para pensar la relación entre el riesgo, los valores y la organización social de un grupo, entra en contradicción con la postura de la que parte este capítulo, de no considerar a los policías como portadores de una cultura propia. En ese sentido, aquí adscribimos a la idea de que los policías no tienen una cultura diferente a los no policías, de que no existe una disociación entre la moral policial y la moral societal, sino que ambas se encuentran interrelacionadas e interconectadas (Frederic, 2008).
  3. Las ceremonias son, ante todo, eventos extraordinarios en la vida de las personas (Da Matta, 2002; Turner, 1980), estos acontecimientos “ponen en movimiento a la colectividad; los grupos se reúnen para celebrarlas. Su primer efecto es, pues, aproximar a los individuos, multiplicar entre ellos los contactos y hacerlos más íntimos” (Durkheim, 1912: 499). Ellas se desarrollan bajo una estricta organización del espacio físico, planeamiento de las actividades, precisión de los modos en que los protagonistas deben hablar, moverse y vestirse (Da Matta, 2002). Todo lo que allí sucede está calculado y es producto de ensayos previos. Los momentos librados al azar y la creatividad son prácticamente nulos (Melotto, 2012).
  4. Según la Ley Nº 21.965 (1979) el personal de la Policía Federal se organiza en dos grandes grupos. Por un lado se encuentra el personal superior u oficiales, quienes se desempeñan a lo largo de la carrera policial como jefes, conductores y/o superiores en las dependencias policiales. Ellos estudian en la Escuela de Cadetes “Comisario Gral. Juan. A. Pirker”, ubicada en el barrio de Villa Lugano de la Ciudad de Buenos Aires. Tienen una formación de tres años, el primero con la modalidad de internado (los estudiantes viven en la escuela de lunes a viernes y, en caso de sanciones, de lunes a lunes) y sus alumnos son denominados cadetes. El otro grupo está conformado por el personal subalterno o suboficiales, que por lo general serán, en el ejercicio de sus funciones, los subordinados de los oficiales. Ellos estudian seis meses en la Escuela de Suboficiales y Agentes “Don Enrique O´Gorman”, ubicada en el barrio de Chacarita de la Ciudad de Buenos Aires. Su formación no implica un internado y a sus estudiantes se los denomina aspirantes.
  5. El término “profesionalización” se enmarca en un plan de estudios que rige en la Policía Federal desde el año 2013 y se ubica en un contexto de democratización de la formación policial más amplio (previo al 2013 y que abarca a otras fuerzas policiales y de seguridad). Este implica la inclusión de rasgos de la educación civil en la policial: la incorporación de docentes universitarios, la acreditación de los títulos, la transmisión de ciertos saberes y la adecuación de los planes de estudio al formato reconocido por el sistema educativo nacional, entre otros (Frederic, 2014). En esa línea, el plan de estudios de la escuela incorporó temas como la seguridad democrática y ciudadana, se propuso articular la teoría con la práctica con el fin de que el mundo operativo no quede disociado del mundo de la formación inicial. A partir de entonces los cadetes egresan no sólo como personal policial sino también con el título de Técnicos en Seguridad Pública y Ciudadana, otorgado por el Instituto Universitario de la Policía Federal.
  6. En esta y otras profesiones, como la docencia (Tenti Fanfani en Noriega, 2007) o la medicina (Charaf, 2014), la vocación es asociada a un fuerte compromiso emocional, a un acto de entrega desinteresado, lo cual suele opacar la condición de trabajador, en donde lo que prima es el intercambio de tareas por salario.
  7. A este juramento hipocrático también hace referencia Laura Panizo en su capítulo de la presente compilación, pero para el caso de quienes realizaban el servicio militar obligatorio en el ejército. Ella menciona que la “palabra dada” en el juramento se vuelve fundamento de un sacrificio voluntario en donde la muerte aparece como posibilidad.
  8. La palabra arenga hace referencia a las palabras que los Jefes les dirigen a sus subalternos con el fin de motivarlos, puede ser en un acto, antes de un servicio, etc. Para el instructor Omar, la policía tiene muchas arengas, es decir, palabras motivacionales al personal policial.

    En el mundo deportista su fin es que saquen lo mejor de ellos, que den hasta el último aliento. En la función policial es para que busquen adentro y piensen para qué eligieron esa profesión que tiene muchos sinsabores. Lo positivo, puede ser que genera en los nuevos comandos un compromiso de trabajo.

  9. El instructor José aclara que “La compañía de servicios en la escuela es segundo año. Segundo año se ocupa de todos los servicios de oficiales y suboficiales.” Estos servicios pueden incluir desfiles en visitas diplomáticas, formaciones en actos, funerales, entre otros.
  10. Laura Panizo, en su capítulo de la presente compilación, reflexiona sobre cómo las muertes en la guerra de Malvinas asociadas al sacrificio voluntario, marco en el cual la violencia es esperable y la muerte es una posibilidad, son significadas como heroicas y fecundas. En un proceso similar al de la institución policial aquí estudiada, lo negativo de la violencia se resignifica en lo positivo del sacrificio voluntario de haber dado la vida por algo superior, como la patria.
  11. El Secretario de seguridad de la Nación era Sergio Berni, médico cirujano en el Ejército Argentino. Estuvo en actividad en dicha institución hasta principios del año 2016, llegó a ostentar el grado de Teniente Coronel.
  12. Cuando mueren, los policías pueden ser encuadrados en una de cuatro opciones, en función de cómo han perdido la vida: desvinculado del servicio, en servicio, por acto de servicio, en y por acto de servicio. Quienes son enmarcados en esta última opción, pueden transitar otro proceso burocrático en donde se los etiqueta como caídos en cumplimiento del deber. De estos encuadres dependen los reconocimientos simbólicos a los muertos y materiales a sus familiares. Por ejemplo, sólo a los encuadrados como caídos se los evoca en las ceremonias. Una aproximación a los modos de encuadre y las disputas que generan se puede encontrar en el capítulo “Disputas en torno a la medición de las muertes violentas. reflexiones sobre calidad y registro de datos en tres campos temáticos”, presente en esta misma publicación.
  13. La “tragedia de Barracas” sucedió el 5 de febrero del 2014. En ese barrio de la Ciudad de Buenos Aires, apagando un incendio en las instalaciones de la empresa Iron Mountain, se cayó una pared y fruto de ello murieron diez personas: nueve de ellos bomberos, seis de la Policía Federal.
  14. En el sentido del planteo de Laura Panizo en su capítulo de la presente compilación.


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