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1 El turismo rural comunitario
como herramienta de desarrollo local

Con frecuencia, el solo hecho del acercamiento de facilitadores, técnicos e instituciones de diversa índole que demuestran interés en el crecimiento local y regional origina cambios, vinculaciones y expectativas. La novedad y los espacios de trabajo que se pueden proponer incentivan las relaciones humanas, el intercambio de conocimientos, el debate de visiones y el análisis de posibilidades que les son propias por contar con capitales identitarios (culturales, productivos, históricos y naturales) y que permanecen latentes a la espera del redescubrimiento y la valoración. Pero no se trata solo de descubrir y relacionarse, sino también de poder obtener en el proceso aquellos resultados que faciliten la continuidad de las ideas y su concreción en proyectos y microempresas locales y/o regionales, ya sean de servicios, de productos autóctonos o de producción de artesanías, entre otros.

El turismo es una actividad que ha evidenciado un marcado crecimiento en las últimas décadas. Su condición de generador de divisas e ingresos, captador de mano de obra local, dinamizador de cadenas de valor asociadas, revalorizador del patrimonio, entre otras, hace que los gobiernos locales se preocupen por este sector con creciente interés. A raíz de ello, los distintos estamentos de política pública han comenzado a implementar medidas de asistencia a través de políticas de fomento, capacitación, desarrollo e integración entre las distintas áreas involucradas. No obstante, el impulso de variadas iniciativas de orden comunitario se logra por múltiples decisiones, con fondos que se gestionan en diferentes ventanillas de financiamiento y, pocas veces, por programas específicos de desarrollo y fortalecimiento del turismo rural como medio de vida y/o subsistencia. Es esta una de las grandes falencias en la política turística de Argentina.

Otra de las particularidades a considerar son los tiempos en los que se esperan resultados concretos, y de qué manera la necesidad de realizar informes con indicadores puntuales (pocas veces acordes a la actividad) apura los momentos y procesos de los emprendedores participantes de los proyectos. En nuestra experiencia, para que un proyecto de turismo rural comunitario se conforme, se consolide y adquiera autogestión se requiere un mínimo de dos a cuatro años con experiencias concretas de intercambio con los turistas y momentos de evaluación de las vivencias para fortalecer los productos y considerar nuevos. Desde este punto, la planificación puede contemplar un crecimiento y fortalecimiento sostenido en servicios y en escala, siempre priorizando aquello que las familias desean ofrecer, en qué tiempos y con qué frecuencia. En la mayoría de los casos, la actividad turística es complementaria a las producciones familiares y, justamente, viene a romper períodos de alta estacionalidad, generando ingresos económicos adicionales.

El contacto con foráneos, si bien puede presentar una resistencia inicial, se supera rápidamente originando mejoras en las comunidades cuando los individuos o familias interaccionan unos con otros; y también al incorporar el sentido de pertenencia a un sistema que en muchos casos los mantenía excluidos.

A modo de ejemplo: hace unos años, en Campo Viera, Misiones, cuando en un taller un productor de pacú descubrió que el cuero puede ser curtido para uso decorativo de calzado e indumentaria, el zapatero del pueblo, que estaba a su lado, le propuso:

–Si vos curtís el cuero, yo te lo compro para mejorar los zapatos que hago.

En este contexto, prestar especial atención a las dinámicas que se generan en los espacios de trabajo y hacer de ello oportunidades aprovechables para el desarrollo turístico y la generación de empleo local es uno de los grandes desafíos que nos planteamos con esta propuesta metodológica. Dedicamos un capítulo especialmente a las Alianzas Emergentes y a los Lazos Preexistentes (Gallo, 2017) por considerarlos clave para el impulso de cualquier propuesta de diseño participativo. Es necesario reconocer los entramados socio-productivos previos y las relaciones conexas y emergentes que se establecen cuando la gente se encuentra, analiza, debate, expone sus ideas y construye nuevas, generalmente con un objetivo común. En esos procesos, el rol del facilitador como moderador es clave.

Superamos, de esta manera, el tradicional esquema de identificación de recursos, diagnóstico de atractivos y atención a la demanda, para incorporar elementos socioproductivos y sociotécnicos propios de la visión de cada una de las comunidades, que en sí mismas tienen una forma única de resolver cuestiones, buscar soluciones y hacer las cosas. Particularidades que difieren de una región a otra de nuestro país y que se vinculan con el carácter, la cultura, la naturaleza, el clima y las actividades características de cada zona. En este punto es vital considerar también las motivaciones de los actores, las características emprendedoras de los participantes y los vínculos familiares intervinientes en cada una de las propuestas, entre otros.

Cuando las propuestas surgen desde adentro de las comunidades, considerando sus intereses particulares y grupales, los proyectos tienen mayor orgullo de pertenencia, perduran en el tiempo, crecen, se fortalecen y generan beneficios sociales, económicos, culturales y ambientales. Una mirada que, necesariamente, vincula proyectos turísticos con recursos disponibles y con los proyectos de vida de los integrantes.

El turismo bien concebido y bien gestionado puede hacer una contribución importante a las tres dimensiones del desarrollo sostenible: social, económica y ambiental. Tiene estrechos vínculos con otros sectores y puede crear empleo genuino, además de generar oportunidades comerciales (Naciones Unidas, Conferencia Rio+20, 2012).

La planificación estratégica solo cobra sentido en tanto se ajusta a las necesidades y rasgos dominantes de la comunidad local que haya decidido iniciar un proceso de planificación. Asimismo, la capacidad que tiene de integrar coherentemente las aportaciones de los actores y agentes sociales junto a las de los gestores administrativos pertenecientes a distintos ámbitos sectoriales permite que la elaboración y seguimiento del plan sea lo más participativa y consensuada posible (Varisco et al., 2014).

Las actividades recreativas en ámbitos rurales imprimen, en los visitantes, experiencias que perduran por muchos años sin importar la edad, y despiertan pasiones que indefectiblemente pasan de generación a generación. La pregunta que debemos hacernos es: ¿de qué manera podemos ayudar a otros a conocer lo que conocemos para que también ellos puedan valorarlo y protegerlo? La respuesta se encuentra en el saber de las personas locales, en la trasmisión de conocimientos, en el compartir lo que se presenta como cotidiano pero que para otros no solo es algo digno de ver, sino que están dispuestos a pagar por ello, por una vivencia compartida, por una experiencia diferente, por un momento que puedan mostrar a otros al regresar a su lugar de origen, ese “yo estuve ahí” o “yo hice tal experiencia” (la selfie o historia) que establece la diferencia entre el turista que ingresa a un sistema determinado (pueblo, comunidad, familia) y la persona que resulta enriquecida al salir del mismo.

Entendemos el desarrollo turístico de manera holística (Montero y Parra, 2001), como un conjunto de sistemas de distinta envergadura que se relacionan entre sí, que tienen vida propia y que, necesariamente, requieren de las interacciones internas y con el exterior para poder permanecer y sobrevivir en contextos de competitividad en permanente movimiento.

En palabras de Gallopin (2003), todos los sistemas que tienen existencia material son abiertos y mantienen intercambios de energía, materia e información con su ambiente que son importantes para su funcionamiento. En consecuencia, el comportamiento de un sistema, “lo que hace”, no solo depende del sistema mismo sino también de los factores, elementos o variables provenientes del ambiente del sistema y que ejercen influencia en él (las “variables de entrada”, o insumos); por otra parte, el sistema genera variables que influyen en el entorno (las “variables de salida” o productos).

Las variables de estado del sistema son aquellas internas; en esas variables y relaciones observamos y valoramos particularmente los vínculos previos al trabajo con las comunidades para el desarrollo turístico, las alianzas emergentes de las actividades realizadas durante el proceso, y sus posibles variables de salida y de relación con otros sistemas. En estas dinámicas, vemos un mar de oportunidades.

Gráfico 1. Gallopin, G., 2003

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No entraremos en detalles en esta publicación sobre las distintas visiones de sostenibilidad y desarrollo sostenible. Sí, es importante plantear la necesidad de reflexionar sobre estos aspectos que definen las políticas públicas de los países y sobre la concepción que adoptamos para los trabajos en territorio y para las propuestas metodológicas abordadas y aplicadas a los productos turísticos comunitarios con los que trabajamos.

El proceso de puesta en práctica del desarrollo sostenible exige complementar la aplicación de un enfoque sistémico con la integración de perspectivas múltiples (Gallopin, 2013). Para ello, es necesario poder rever los indicadores de sostenibilidad, qué es lo que se está midiendo como resultados exitosos de nuestras tareas y reorientarlos a metas alcanzables y para los destinatarios de cada proyecto.

Planteamos un cambio de mirada al respecto: no desde los resultados esperados por equipos técnicos y organismos que financian las actividades, sino pensando específicamente en para qué ha sido de utilidad el ponerse en marcha y trabajar con las comunidades sobre el desarrollo turístico como posibilidad. A modo de ejemplo, esto es: al indicador “Capacitaciones realizadas” le debe corresponder “Conceptos y herramientas aprendidas por los participantes y aplicadas en territorio”; al indicador “Cantidad total de participantes en los talleres”, le corresponde “Número de emprendedores y alianzas estratégicas emergentes resultantes”; al ítem “Cantidad de actores identificados”, le corresponde “Cantidad de actores identificados y con posibilidades de ser parte del proyecto”; al “Número de recursos identificados”, necesariamente debe corresponderle “Número de productos turísticos resultantes en base a los recursos identificados”; al ítem “Familias alcanzadas por la actividad”, le corresponde “Familias obteniendo beneficios por la actividad”. Pretendemos cambiar la mirada pensando en resultados tangibles e intangibles, replicables y de crecimiento paulatino en cada comunidad. No basta con llenar informes, formularios y trabajar sobre la mirada profesional de “lo que se podría hacer”. Nosotros promovemos “el hacer”, y desde ese lugar aprender a mirar más oportunidades. Lo más importante en nuestra labor es: en una primera instancia, centrarnos en el rol de escucha; después, comprender la visión local y aportar herramientas técnicas para llevar adelante las ideas de los pobladores.

Entendemos el desarrollo sostenible como la mejora en la calidad de vida de las personas, incluya esto una mejora económica (ingresos), una mejor relación con los recursos naturales y el ambiente, una mejor alimentación, acceso a educación y salud, valoración de su cultura, y/o dignificación, entre otros aspectos no necesariamente materiales.

En este sentido, Maslow y Lowery (1998) en Gallopin (2003) sostienen que la calidad de vida comprende la satisfacción de las necesidades humanas materiales y no materiales (que resulta en el nivel de salud alcanzado) y de los deseos y aspiraciones de las personas (que se traduce en el grado de satisfacción subjetiva logrado).

Para Gallopin (2003), la sostenibilidad es un atributo de los sistemas abiertos a interacciones con su mundo externo. No es un estado fijo de constancia, sino la preservación dinámica de la identidad esencial del sistema en medio de cambios permanentes. Un número reducido de atributos genéricos pueden representar las bases de la sostenibilidad. El desarrollo sostenible no es una propiedad sino un proceso de cambio direccional, mediante el cual el sistema mejora de manera sostenible a través del tiempo.

Las necesidades, deseos y aspiraciones de los seres humanos pueden lograrse a través de una variedad de satisfactores alternativos materiales y no materiales (Maslow y Lowery, 1998). Esto nos ofrece un amplio abanico de trabajo que va más allá de los estándares tradicionales de diagnóstico y desarrollo de productos turísticos.

Esquila de vicuñas (Chaku), Puna Jujeña

Criaderos de llamas en Oratorio, Jujuy

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Carrero de Alto Rio Percy, Chubut

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