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Prólogo

Juan Pablo Luna

Turismo. Playa. Confort. Desayuno americano. Daikiris. All inclusive. Si ese fue durante mucho tiempo el imaginario dominante sobre el turismo, el libro que está en tus manos es un claro exponente de la crisis del paradigma. El surgimiento de nuevas modalidades turísticas rompió la hegemonía y obligó a repensar las categorías para definir lo que sucedía en ese campo disciplinar. Pero aún en este nuevo escenario post estereotipos, y permeable a las tendencias y actividades de nicho, la propuesta de Gallo y Peralta resulta académicamente iconoclasta. Contracultural.

Podrías entreverlo con una lectura rápida del índice, en la medida en que hasta se animan a proponer una tipología de turismo rural comunitario basada en sus aprendizajes. Pero es tan sutil la cadencia de la narración que me veo obligado a ser taxativo y enunciarlo en el prólogo, para que no te confunda su prosa amable y el halo de autoridad emanado de la experiencia. Inevitablemente, los autores lograrán convencerte de la inocencia de sus afirmaciones. La coherencia general del texto, su sólida propuesta metodológica y los casos mencionados que ilustran cada premisa funcionan como un tónico adormecedor que no te dará la oportunidad de oponerte intelectualmente. Por eso, cumplo en precaverte, para que el carácter revolucionario del contenido no te pase desapercibido.

En primer lugar, subvierten el sentido común sobre los atractivos y la motivación del viaje. Proponen que no son los paisajes ni la fauna ni los monumentos, ni siquiera la calidad de los servicios, sino las personas. Los ponen en el centro. Sus costumbres. Su cotidianeidad. En fin, lo que son sería el principal valor de las comunidades. Lo global valora lo local, dicen, y hacen hincapié en lo auténtico como condición sine qua non de la propuesta de valor de la ruralidad.

Pero sugieren que no es suficiente con la cotidianeidad en estado bruto. Es necesario hacer un proceso de deconstrucción creativa para que sus valores se transformen en una oferta turística, en un producto transable en el mercado. El paradigma cultural iluminista nos caló hasta los huesos, y en las dualidades ‘civilización y barbarie’, ‘progreso y atraso’, ‘desarrollo y subdesarrollo’, el ámbito rural siempre tuvo las de perder. En polarización con lo urbano, lo rural carga congénitamente con algún grado de complejo de inferioridad, internalizado tras siglos de influjo de un nocivo evolucionismo social. Y ahora, el turismo rural comunitario les propone que lo que son se transforme en un medio de vida. El impacto de ir contra lo aprehendido es contraintuitivo. Por esto, los autores dedican un capítulo entero a desandar mitos. Notarán que se proponen, a lo largo del libro, como artesanos de la identidad, como ‘desocultadores’, como quien ayuda a correr el velo para permitir ver lo que siempre estuvo allí. Su rol técnico tiene algo de mayéutico. Ante el ‘acá no hay nada para ver’ de quien está inmerso en su cotidianeidad, ponen en juego sus habilidades antropológicas y ayudan a desnaturalizar. A enfocar en perspectiva. A mostrar que para quien proviene de otro contexto, lo cotidiano es lo diferente. Y en ese proceso redefinen la identidad local, que se fortalece frente el espejo de la alteridad. Recuperar los valores de la comunidad, las costumbres, los saberes, las tradiciones propias es también una negación. Es establecer qué no son. “Nosotros no somos colchones de marca, lujo, ni desayuno continental”, dirá una de las entrevistadas. Y esa afirmación no surge de la nada. Sólo nace cuando hay empoderamiento. Cuando la identidad local, fortalecida, supera la minoridad.

Pero entre identidad y producto hay un abismo de distancia, y así como proponen que lo local se transforme en un servicio comercializable, los autores atacarán abiertamente la demanda irrestricta. Contradiciendo el adagio de ‘el cliente siempre tiene la razón’, Gallo y Peralta instan a ayudar a los prestadores a poner en caja a los consumidores. Es que todavía hay quien visita una comunidad indígena y pretende ver personas vestidas con pieles. Clientes que valoran más las representaciones que lo auténtico. Y ante ese mercado instarán a trazar un límite. En el mismo proceso en el que ayudan a configurar los productos locales, ponen sobre la mesa el derecho de las comunidades a decidir qué quieren mostrar y qué quieren reservar para sí, en un ámbito de privacidad local. ‘Montar un show’ está en las antípodas del turismo rural comunitario, y así se lo harán saber a la oferta y a la demanda.

En realidad, para ellos, el TRC es una excusa. En este punto es donde dan cuenta de su verdadero propósito: lo económico es sólo un medio. Una ocasión para el desarrollo. Pero no cualquier tipo de desarrollo. Un desarrollo no evolucionista. Uno que presupone que no hay superiores e inferiores, sino que cada comunidad lo define a su medida. Su propuesta técnica tiene un costado moral: no todo turismo contribuye al desarrollo local. También está el turismo extractivo. El turismo irrespetuoso. El turismo apropiado, en el que el plusvalor tiene nombre y apellido. Contra ese modelo antepondrán un paradigma de desarrollo distribuido. Inclusivo. Respetuoso. Consensual. Colaborativo.

Ese modelo turístico es más difícil de construir, claro está. Requiere más trabajo y lleva más tiempo. Se erige al ritmo de la comunidad, y de-abajo-hacia-arriba. Tarda años en consolidarse. Y no está centrado en los actores externos sino en liderazgos locales. Es que la comunidad no es un todo homogéneo. Por el contrario. Hay familias, individuos, y dinámicas sociales complejas, como en cualquier otro ámbito humano. ¿Cómo lograr que, ante un mercado que está fuera y que no siempre conocen fehacientemente, consoliden una oferta que integre sus quehaceres gastronómicos, productivos, artesanales, religiosos, y culturales en general? No sólo que la consoliden, sino también que la comuniquen activamente y la comercialicen comunitariamente.

Es precisamente en ese punto donde dan la estocada final al sentido común. Sin hacerlo evidente se pondrán a sí mismos ante el tribunal. El rol del técnico no es para nada inocente. No lo reconocerán por humildad, pero los procesos que ejemplifican el texto difícilmente se hubieran cristalizado sin su participación técnica como catalizadores del proceso. A pesar de esto, no se subirán en el libro al pedestal de ‘así se hacen las cosas’, sino que lo expondrán con la generosidad de ‘hemos aprendido a hacerlo de esta manera para que funcione’. Por contraposición, sin evidenciarlo demasiado, serán impiadosos con la figura del técnico tradicional. El que se centra en su saber proyectado en una pared mediante cañón digital y que interactúa con los actores de la comunidad con una lógica de ‘toco y me voy’. Redefinen, en primera persona, la categoría de ‘experto’. No se asumen como portadores, sino como facilitadores del saber. No ocupan el lugar de poder; por el contrario, se ponen al servicio de los actores locales, con un paquete de herramientas técnicas que instan a administrar cuidadosamente, y comparten en estas líneas. Se reconocen dinamizadores, pero no protagonistas del proceso.

Y en esto esconden un desafío no codificable. El rol técnico, facilitador, catalizador, tiene algo de especialista en turismo, pero también algo de antropólogo, de historiador oral, de sociólogo, de economista y de comunicador social. También mucho de docente. Esto es inevitable, porque es interdisciplinario, holístico, integral. Pero tan fácil es enumerar las competencias como difícil ponerlas en juego. El técnico debe conjugar una enorme habilidad para generar un ‘contexto de asombro y reconocimiento’ así como para enfrentar las propuestas locales con la crudeza del mercado. Para favorecer los ‘momentos’ de potencial sinergia y cooperación, así como mediar entre partes en conflicto. Ser interlocutor entre las instituciones y los actores locales, pero sin suplantarlos. Acompañar sin ser paternalistas. Ser empáticos, pero comprometidos con los resultados. Y estas competencias no se desarrollan leyendo y publicando papers. Se desenvuelven en el hacer. Con la experiencia. Embarrándose las botas.

Y el primer signo de madurez técnica es reconocer los límites de la propuesta para las comunidades. Los autores del presente libro no se asumen como portadores de una panacea. Acompañan un ritmo local en cuya cadencia aportan un ingrediente más. Saben que el turismo en espacios geográficos de difícil acceso, a veces inhóspitos y postergados en términos de servicios, tardará años en fortalecerse como opción, y desde esa modestia lo presentan como un complemento a otras vías de sustento familiar y local. Pero íntimamente saben que, por su carácter transversal y sinérgico, la actividad tiene el potencial de favorecer la diversificación productiva, la revalorización de saberes y la generación de oportunidades de inserción económica para los más jóvenes.

Y en la persecución de estos objetivos no tomarán atajos. Elegirán el camino largo. El de la gestión comunitaria y la apuesta a los bienes distribuidos, inscribiendo el turismo rural comunitario en el ámbito de la economía social. Es claro que ahí se da el verdadero debate. Dedicarán un capítulo entero a analizar las implicancias políticas del tema. No lo pondrán en estos términos, por lo cual me veo obligado a evidenciarlo. Hablarán de acompañamiento institucional. De intereses en pugna. De toma de decisiones. Y serán taxativos en señalar que no es la declamación sino la asignación de recursos lo que define la importancia que se le da a la ruralidad en general y al TRC en particular. Jerarquizar el tema también es legislar. Es mediar ante conflictos subsectoriales. Luchar contra las malas prácticas. Y, ante todo, aceptar la heterogeneidad. Respetar el modelo turístico que cada quien define para sí mismo y está dispuesto a validar en el mercado.

La última advertencia no es original. Esta sí la hacen los autores: no hay recetas. Ningún caso es replicable. No esperes del texto una prescripción infalible, sino una metodología que requiere adaptación y adecuación local. Abordar un trabajo serio en una comunidad rural implica interpelarse, enfrentarse a una lucha interior de arquetipos culturales. En terminología de Rodolfo Kusch, ante la presión de ser, muchas veces las comunidades elijen estar, y nos enfrentan a ese sentido originario de la vida que no sabe de metas y objetivos, porque se hace patente en una presencia plena en el aquí-y-ahora. Nos pone incómodos; después de todo, hablamos insistentemente de desarrollo, como hijos pródigos de nuestra herencia occidental. Un buen indicador para evaluar si logramos el suficiente grado de inmersión que es requerido para trabajar en una comunidad rural es la sensación personal de que hemos sido nosotros –los técnicos, los funcionarios, los ‘externos’– quienes hemos vivido equivocados. De esa vivencia interna surge el verdadero respeto, basado en el reconocimiento de la igualdad esencial que nos une como género humano. Recién al hallarnos en ese umbral existencial estamos en condiciones de hacer carne la provocadora propuesta de Ernesto Sirolli en su magistral charla TEDx: “¿Quieres ayudar a alguien? ¡Cállate y escucha!”.



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