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8 El trabajo asociativo
y el concepto de coopetencia

El trabajo asociativo que caracteriza al turismo rural comunitario plantea la necesidad de combinar saberes en vinculación con los otros, respetando opiniones y debatiendo temas comunes. La diferenciación entre los proyectos individuales es tan necesaria como el proyecto grupal, para garantizar que los turistas sientan la inquietud de permanecer más días en territorio, visitando varias propuestas y generando ingresos a las familias participantes. Desde esta perspectiva, consideramos el capital humano como herramienta de competitividad, otorgando relevancia a las redes de trabajo.

Entendemos la competitividad desde el concepto de “coopetencia” (Brandenburger y Nalebuff, 1996) que plantea la necesidad de cooperar sin dejar de competir. Desde esta visión, los proyectos poseen grandes valores sociales y culturales comunes, pero también la impronta propia de cada oferta en particular. Esta dinámica colaborativa que no siempre es fácil de sostener en los proyectos comunitarios hace a la diferencia y al atractivo de cada propuesta.

El entendimiento de esta modalidad de trabajo y su aplicación a la oferta turística de los territorios asegura una mayor satisfacción para los turistas y para los locales. Ambas partes se ven beneficiadas y satisfechas al cumplir sus objetivos: los turistas encuentran experiencias memorables (y recomendables a otros) y las familias emprendedoras, los ingresos económicos necesarios para su subsistencia y para dar continuidad a los proyectos propuestos.

Eber y Tanski (2001) advierten que los espacios de colaboración en los que las personas se encuentran con un objetivo común generan vinculaciones en las que las personas se ayudan y aprenden las unas de las otras. Algunas establecen amistades que trascienden el espacio social del grupo. También se compara el grupo con una familia, noción que indica el importante papel que significa la pertenencia a un grupo, pues facilita el acceso a nuevas redes de apoyo fuera de las relaciones de parentesco que existen en la comunidad.

En los espacios de construcción colectiva, los problemas que parecían gigantes de manera individual se consideran con mejores ojos (y perspectivas) al comprender que algunas problemáticas son comunes y/o similares a las de otros integrantes. De esta manera, un problema común a varios actores encuentra también solución comunitaria con la fuerza del trabajo conjunto.

Reunión de trabajo en Alto Rio Percy, Chubut

Considerando la relevancia que tiene el asociativismo como medio para mejorar las condiciones de vida, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), a través de la Gerencia de Gestión de Programas de Desarrollo Rural (programa PROFEDER) y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), llevan adelante desde el año 2012 la iniciativa “Fortalecimiento de Capacidades Asociativas de la Agricultura Familiar”. En ese contexto, publicaron en 2016 la guía “¿Nos Juntamos?”, un material que tiene como propósito brindar herramientas y recursos para promover y fortalecer los procesos asociativos en el territorio.

En ella, se destaca la importancia de asociarse con otros como camino para mejorar sus medios y condiciones de vida. Actuar en forma conjunta –tanto para comercializar sus productos como para adquirir insumos, servicios, herramientas y maquinarias– y aprovechar las ventajas de la asociatividad en términos de desarrollo de capital humano y social pueden mejorar las posibilidades de producción y comercialización de los agricultores familiares.

Los procesos organizativos cumplen un rol fundamental para mejorar las condiciones de acceso a los insumos y servicios, la asistencia técnica, capacitación, financiamiento y el intercambio de información. El asociativismo puede facilitar la integración e inclusión de los agricultores familiares en las cadenas agroalimentarias, promoviendo la vinculación de los productores con la agroindustria, los eslabones comerciales y los consumidores, mejorando así su visibilidad y su poder de negociación. Puede potenciar el aumento de las escalas productivas y el desarrollo de circuitos de comercialización con llegada directa a los consumidores (IICA – INTA, 2016).

Primeras experiencias eco turísticas de las CAMVI, puna jujeña 2017

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En palabras de Diego Ramilo, Coordinador Nacional de Transferencia y Extensión de INTA: “El asociativismo permite generar conciencia colectiva, poder político y en este sentido, ciudadanía y gobernanza, entonces el asociativismo es clave como forma de organización de los sectores populares para mejorar sus condiciones de vida en los territorios”.

La participación en grupos aporta un valor agregado, que se genera por el incremento de recursos, ideas, capacidades y perspectivas que benefician a todos los integrantes, ampliando sus conocimientos y experiencias. Para que un conjunto de productores sea un grupo, deben conocerse y reconocerse como tal (INTA, 2013).

Las dinámicas internas de los grupos asociativos son cambiantes y el rol del facilitador es clave como mediador y como canalizador de las situaciones que puedan surgir. En este sentido, es importante reconocer los aspectos a considerar en el marco del funcionamiento de los grupos emprendedores, sus alcances y limitaciones.
Para ello, IICA e INTA (2016) plantean una serie de aspectos a tener en cuenta y a los cuales adherimos desde la visión no paternalista y de promoción necesaria de la autogestión de los grupos asociativos, ofreciendo herramientas prácticas y estrategias que puedan ser apropiadas correctamente por los integrantes y que, a la vez, dejen como resultado capacidades instaladas en territorio para un crecimiento continuo de los proyectos.

También entendemos la tarea de los facilitadores como un trabajo artesanal en el que vamos construyendo y poniendo a prueba herramientas, acciones y estrategias, sin recetas preestablecidas y desanimando aquellos modelos que pretenden ser replicables a cada región, sin considerar las particularidades del territorio. Como hemos mencionado antes, no es pertinente a nuestro entender realizar “conciertos” que arrojen dudosos resultados y que no generen la apropiación de las propuestas, causando desmotivación, frustración y fracaso.

Actitudes y responsabilidades esperadas como facilitadores
de proyectos asociativos

ACTITUD


Descripción y responsabilidades
Sostener una relación de igualdad
Ser capaces de entablar con el grupo una relación horizontal. En muchas ocasiones, el afán de cuidar y proteger a “nuestro grupo” nos pone en una posición paternalista. En otras, el afán de ver resultados en forma rápida nos impide tener la paciencia necesaria para que el grupo asociativo construya su propio proceso de auto-organización y, en lugar de facilitarlo, asumimos un lugar de conducción que no nos corresponde.En su rol, el técnico debe ubicarse a la par del grupo y nunca por arriba ni por debajo.
Respetar los tiempos del grupo
Cada grupo tiene sus propios tiempos y es muy importante que los respetemos sin forzar etapas ni procesos. Para ello tenemos que desarrollar capacidades de observación, de escucha, y de análisis y reflexión.
Comprometer­nos con el grupo
Más allá de los proyectos y las tareas, lo importante es acompañar al grupo en el proceso que está desarrollando, estar disponibles para ayudarlos y que ellos visualicen que pueden contar con nosotros. Aunque parezca obvio, cumplir con la palabra y con los acuerdos contraídos, llegar a tiempo a las reuniones y no faltar a los encuentros de trabajo son maneras concretas de expresar este compromiso.
Tener una actitud autocrítica
Si bien esta es una actitud necesaria en los diferentes aspectos de nuestra vida y de nuestra profesión, se vuelve particularmente importante cuando nuestra tarea involucra a otros. Como facilitadores es muy importante que podamos reflexionar sobre nuestra propia práctica, no solo en el sentido de evaluar las actividades sino también como un modo de reducir la carga emocional, evitar la “sobreidentificación” con los grupos con los que trabajamos y mantener la distancia necesaria como facilitadores.
Ser proclives a compartir y hacer circular el conocimiento
El conocimiento es poder y, por lo tanto, quien tiene acceso a él se encuentra en una posición privilegiada con respecto a aquel que no lo tiene. Y si bien existen diferentes tipos de conocimientos y saberes, entendemos que socialmente algunos son más valorados que otros. Este es el caso del saber científico, por ejemplo, al cual hemos podido acceder a través de nuestra formación académica y también del desempeño profesional. El asistencialismo y el paternalismo son dos respuestas típicas de este último caso. Ambas son lo opuesto a cualquier trabajo que busque la facilitación de procesos asociativos, ya que en lugar de la autonomía fortalece la dependencia y favorece la desvalorización. Para que esto no ocurra es fundamental: a) compartir nuestros conocimientos con la gente; b) reconocer que, así como nosotros poseemos ese saber, la comunidad también tiene el suyo y que ambos son igualmente importantes y necesarios; y c) ayudar a que la comunidad pueda reconocer, valorar y socializar su propio saber.
Tener disposición a retirarnos
Por lo general, y los que hemos tenido experiencia en el campo del trabajo comunitario lo hemos vivenciado muy de cerca, nos resulta fácil aceptar la idea de que en algunos momentos del proceso asociativo (fundamentalmente al inicio) nuestra presencia en las actividades del grupo es casi indispensable. Sin embargo, y sea cual fuere la razón, así como debemos estar dispuestos a compartir nuestros conocimientos y experiencias, también tenemos que estar dispuestos a retirarnos, en el sentido de dejar que el grupo asociativo se desempeñe más autónomamente. Este acto no implica el “abandono” del grupo sino un cambio de rol más orientado al asesoramiento que a la instancia de trabajo intensiva realizada en momentos de diagnóstico, diseño y desarrollo.
Comprender que el protagonista siempre es el grupo
Más allá de que muchas veces debamos asumir un papel más activo o de coordinación, el protagonista siempre es el grupo, no nosotros. La coordinación siempre tiene que estar al servicio de habilitar procesos de intercambio e interacción entre los integrantes del grupo asociativo, no de monopolizar la palabra o las decisiones.
Considerar la observación y la escucha activa como indispensables
Más allá de las características comunes, cada proceso asociativo es singular. Por esta razón es fundamental que estemos sumamente atentos a todo lo que acontece en el grupo para identificar correctamente las diferentes señales que nos va dando y construir sentido en torno a ellas.
Entender que los procesos asociativos son complejos
Los procesos asociativos son complejos y en ellos convergen múltiples dimensiones vinculadas entre sí (lo organizacional, lo interpersonal, los vínculos con el entorno, entre otras). No es posible comprender estos procesos –y mucho menos facilitarlos– si no se tiene en cuenta esta complejidad.
Asumir que la facilitación no tiene recetas
Así como cada grupo va construyendo sus propias formas de transitar su proceso asociativo, como facilitadores también vamos construyendo maneras singulares de facilitar esos procesos. No hay recetas que sirvan para todos los grupos ni estrategias infalibles para todas las situaciones, aun cuando estas sean similares. La facilitación en cierto sentido es un trabajo artesanal donde vamos construyendo y poniendo a prueba herramientas, acciones y estrategias.Ahí se destaca que lo imprescindible es la dedicación, constancia y perseverancia en el tiempo.

Gallo y Peralta, 2018. En base a IICA – INTA, 2016.

El capital humano y perspectivas de género

El desafío de mirar y articular las relaciones humanas implica mucho de labor artesanal, de paciencia, de empatía, de motivación y de autodescubrimiento. Los facilitadores nos convertimos en “artesanos de las relaciones humanas”, y eso nos asigna automáticamente responsabilidades que tienen que ver con las personas y con cuestiones de género que se evidencian en los espacios de trabajo, en las familias que emprenden y en los grupos asociativos y sus dinámicas internas.

El turismo rural comunitario ha levantado durante décadas la bandera de la revalorización del rol de la mujer rural. Simplemente porque es así, porque en entramados socioculturales en los que su rol estaba predeterminado a la crianza de los hijos y a las labores del hogar, el turismo le ofrece nuevas oportunidades como anfitriona, mentora y coordinadora de las actividades. Rompe con la actividad turística el estereotipo de ser “la que no trabaja” a ser quien “aporta ingresos para el sustento familiar”.

Entendemos por conductas de género aquellas que son “esperables” con respecto a los roles sociales preestablecidos, las reglas que regulan las relaciones entre varones y mujeres en los ámbitos familiares y públicos.

Para Luna (2018), potenciar el desarrollo emprendedor es clave. Hay actualmente dos corrientes: la más centralizada en el Estado, que en general fracasó; y la más descentralizada, en la que el capital humano es clave. Así, saliendo del reduccionismo de que emprender con los recursos disponibles es suficiente, es elemental considerar que el factor humano es el que determina el éxito de los proyectos. “La respuesta es la gente”, dice el autor.

Ahora bien, como en todo ámbito social, en el medio rural existe una diversidad de actores que presentan necesidades y potencialidades específicas, y que necesariamente deben contemplarse en los procesos de desarrollo. Es preciso identificar y conocer los/as sujetos/as que integran las comunidades rurales y reconocer que varones y mujeres participan activamente de la vida social y productiva en las áreas rurales. Sin embargo, ese reconocimiento tiene que visibilizar la marcada asimetría que existe en las relaciones de poder que atraviesan toda la estructura agraria, y que establecen las brechas de género en el acceso, uso y control de los recursos y de los bienes, en las oportunidades, en la participación y en la toma de decisiones (Rojo y Blanco, 2014).

En Argentina, la Constitución Nacional incorporó el derecho internacional de los derechos humanos (art. 75 inc. 22, 1994) y consagró el derecho a la igualdad de las mujeres, a través de la adhesión a la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), la norma internacional más importante en términos de equidad de género. El artículo 14 de la CEDAW proclama:

Los Estados partes tendrán en cuenta los problemas especiales a que hace frente la mujer rural y el importante papel que desempeñan en la supervivencia económica de su familia, incluido su trabajo en los sectores no monetarios de la economía, y tomarán todas las medidas apropiadas para asegurar la aplicación de las disposiciones de la presente Convención a la mujer de las zonas rurales.

Es esperable y necesario sumar la perspectiva de género a las actividades que se realicen con las comunidades, atentos a las relaciones vigentes y a las oportunidades para alcanzar un mayor grado de equidad. Es responsabilidad de todos romper con los estereotipos participativos del ámbito rural en los que priman las invitaciones a los hombres como tradicionales productores rurales. Las mujeres rurales tienen la “chispa” necesaria para hacer del turismo una actividad que vincula sus vidas y la de sus familias con las producciones tradicionales del agro y con la cultura local.

Valoración de recetas y productos autóctonos, El Cóndor, Jujuy



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