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Epílogo (138d-139a)

[d] —¿Es vergonzoso para el filósofo, cada vez que el médico dijere algo sobre los que están enfermos, no ser capaz de seguir lo que se dice ni aportar nada sobre lo dicho o hecho, de la misma manera que ocurre toda vez que hablare algún otro de los expertos; pero no es vergonzoso, cuando un juez, un rey o algún otro de los que habíamos nombrado hasta este momento dijere algo, que no sea capaz de seguir estas cosas ni aportar una opinión sobre ellas?

—¿Cómo no sería vergonzoso, Sócrates, no tener nada que aportar sobre tales asuntos?

[e] —¿Qué decimos sobre estos asuntos —pregunté—, que el filósofo debe ser, él mismo, como un pentatleta y “el casi mejor”, por ocupar también en esta técnica el segundo lugar en todo, y que es inútil cada vez que se encontrare alguno de esos expertos? ¿O bien que, siendo primero, no debe confiar su casa a otro, ni comportarse como si ocupara el segundo lugar en esto, sino que debe castigar juzgando rectamente, si su casa va a estar bien administrada?

Estuvo de acuerdo conmigo.

—Luego, cada vez que sus amigos le confiaren los arbitrajes, en caso de que la ciudad le ordenare decidir o juzgar algo, [139a] ¿no será vergonzoso que en estos asuntos, compañero, se muestre como segundo o tercero y no que vaya adelante?

—Me parece.

—Entonces, querido amigo, para nosotros es necesario que el filosofar esté muy lejos de ser un conjunto de conocimientos y la ocupación en muchas técnicas.[1]

Una vez que dije esto, el sabio, tras avergonzarse por lo que yo había afirmado, se quedó callado y el ignorante dijo que estaba bien así. Los demás aprobaron lo dicho.


  1. Por lo que se ha dicho hasta aquí, parecería que el filósofo debe poseer el conocimiento de la moderación y de la justicia que le permite gobernar y tomar las mejores decisiones tanto en el ámbito privado como público.


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