En la misma colección

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Algunas reflexiones sobre los aportes historiográficos de José Carlos Chiaramonte

Nora Pagano[1]

Dar cuenta de las “Formas de pensar la Historia” por parte del Profesor José Carlos Chiramonte, y más ampliamente de la trabajosa construcción de un campo de saberes, de sus avances y reinterpretaciones, es una tarea que excede toda breve intervención, entre otras cosas debido a su dilatada trayectoria ya aludida por colegas y consignada en el escrito del Dr. Eduardo Míguez.

Procurar reconstruir sus aportes y fundamentalmente, atender a las dimensiones conceptuales, hermenéuticas, procedimentales y éticas presentes recurrentemente en toda la producción chiaramonteana, desde aquellos tempranos textos elaborados hace ya varias décadas hasta los más recientes, parte de la certeza de que ella constituye una valiosa guía para los investigadores –particularmente los jóvenes– a quienes nuestro autor se refiere en algunos de sus textos-, y un siempre estimulante reencuentro con los cimientos en que se apoya nuestra disciplina.

Indudablemente y aunque sea un lugar común, debería aludirse aquí a la recepción por parte del autor, de un amplio pero coherente universo relacional y de influjos recibidos, tanto a nivel local cuanto internacional.

Sin embargo estas recepciones fueron debidamente repensadas por Chiaramonte para ser aplicadas a una realidad en ocasiones distinta de aquella para la cual fueron elaboradas. Ello marca algunas derivas; centralmente habla del conocimiento y actualización permanentes, del análisis de procesos históricos desde estas perspectivas y, en tal sentido, genera en el lector la necesidad de revisar los supuestos sobre los que está construida nuestra mirada estabilizada sobre la historia americana y argentina. Todos estos factores explican e indican la voluntad del autor –y la de otros de su generación– por colocar a la historiografía argentina a la altura de la euroatlántica.

Pero acaso tanto o más importante que esto sea su “olfato” de buen historiador; ello implica aludir no sólo un reencuentro con el “núcleo duro” de la disciplina que, más allá de los vaivenes coyunturales propios de cada etapa (sean de carácter político, ideológico, o de modas académicas), ese núcleo se mantiene fijo. Consecuentemente creo que a lo largo de ese itinerario hay intereses de fondo constantes que son verificables.

En ese sentido entiendo que su producción no configura una sumatoria sino un sistema (invirtiendo el juicio que un historiador norteamericano hizo de la obra de B. Croce); y es así en la medida en que nuestro autor fijó tempranamente el núcleo de sus intereses en diversos aspectos de la historia nacional y regional aunque inserta siempre en una escala más amplia.

Así, desde la perspectiva espacio- temporal, la historia de América (en general) y Argentina (en particular) especialmente durante los siglos XVIII y XIX, constituyeron aspectos medulares de sus preocupaciones historiográficas.

Temáticamente, Chiaramonte apela a planos diversos (políticos, económicos, sociales, culturales) para mejor comprender el complejo fenómeno de lo social; tal el concepto de articulación correctamente observado en el texto de Eduardo Míguez.

De esos diversos aspectos, uno de ellos se recorta con nitidez: las ideas, no entendidas como entelequias abstractas sino como dimensiones constitutivas del complejo social; como solía definirlas un historiador –no casualmente vinculado con Chiaramonte–, Franco Venturi ; éste solía afirmar que las ideas son problemas. El tratamiento de nuestro autor responde ampliamente a tal premisa.

Otra constante: los actores: y los discursos que pueblan buena parte de su producción son intelectuales, pensadores, letrados, dirigentes, una alta discursividad propia de la historia intelectual. En todos los casos predomina el respeto por el “leguaje de la época”, enseñanza provechosa kosellekiana, de la historia social de los conceptos en su vertiente alemana, y de la historia conceptual de matriz inglesa. Ambas preservan al historiador de aquello que para Febvre configuraba incurrir en el peligro de anacronismo.

Precisamente estas formulaciones conducen a la meditación sobre la temporalidad / historicidad, sea para dotar a palabras /conceptos del sentido que tenían en su presente, sea para atender a sus sucesivas recepciones sin extrapolar.

En ese sentido, resulta pertinente señalar que auscultar una época, una sociedad, los climas intelectuales imperantes, el vocabulario político empleado, no implica pensar la historia desde el presente del historiador, como bien observa Míguez en su texto a través del ejemplo de Proteccionismo…..y la problemática en torno a la burguesía nacional.

Con estos presupuestos y en consonancia con climas historiográficos más generales pudo derrumbar con sólidos argumentos la noción de “nación preexistente”, abordar la cuestión de los estados provinciales, e incursionar en la temática de la historia regional-provincial en cantidad de libros y artículos. Historia descentrada de Buenos Aires, lo que significa analizar la historia desde otro lugar, otra perspectiva analítica y los efectos que ello produce, básicamente otorgarle una mayor centralidad explicativa.

Otro aspecto a marcar derivado en parte de los anteriores: la prolija articulación entre fuentes y bibliografía, respeto a marcos conceptuales y a categorías analíticas, atención hacia los aspectos teóricos y fundamentalmente a la evidencia histórica.

Para ello el autor se vale de una abundante casuística a nivel temporal y espacial. He aquí otro mérito de sus textos: presentar un panorama de la recepción –característica de la historia intelectual– en ámbitos diversos partiendo de la constatación de la importancia de los conceptos presentes en las concepciones políticas de los siglos XVII y XVIII, verificando su operatividad concreta. A partir de estas constataciones, Chiaramonte traza un linaje de interpretaciones historiográficas (por ejemplo sobre la independencia americana), problematizando sus filiaciones y expresiones, y explicitando los protocolos que subyacen.

A partir del posterior análisis comparativo, el autor traza diferencias y similitudes entre los casos abordados. Así sucede por ejemplo en su verificación sobre la diversa consideración del concepto y aplicación del iusnaturalismo por parte de los intelectuales que se han referido al mismo; pero más allá de la variabilidad de encuadre que distintos pensadores hicieron del derecho natural, resulta incontrastable la centralidad del mismo en el pensamiento occidental, tal como se demuestra palmariamente a partir de múltiples referencias.

Ese carácter sistémico antes apuntado, no sólo atañe a una continuidad temática sino a una persistente actitud crítica que le ha posibilitado ahondar en las motivaciones historiográficas y extra historiográficas –que alimentan otras interpretaciones marcando por esa vía, distorsiones, omisiones, olvidos y sus respectivos correlatos.

En ese sentido, quisiéramos aludir a un conjunto de análisis y reflexiones historiográficas que parten de esa actitud crítica que el autor adopta frente a la relación historia-política o más genéricamente sobre los usos del pasado, así como el oficio del historiador y sus responsabilidades, como luego veremos.

La vocación teórica y reflexiva del autor, se manifiesta con nitidez en sus consideraciones sobre el problema de la periodización. El tema reviste particular interés por las consecuencias hermenéuticas y metodológicas que produce.

También en este caso no resulta ocioso recordar que se trata de una antigua preocupación de nuestro historiador que se manifiesta con distintas entonaciones en varias de sus intervenciones –sea en sus textos de índole testimonial como sea en aquellos otros producto de sus indagaciones empíricas.

Este procedimiento supone globalmente que los hechos históricos pueden ser agrupados en conjuntos con cierto grado de homogeneidad proporcionada por compartir características similares que permiten diferenciar un segmento temporal, un periodo, una época de otra. La periodización resulta así un problema derivado de una concepción historicista y su casi inevitable correlato: la clasificación.

Esta concepción permite a Chiaramonte formular otra propuesta consistente en analizar ideas, teorías, y otros fenómenos históricos, no a partir de su supuesta naturaleza sino a partir de la coyuntura en laque se insertan; concebirlos y abordarlos como el producto y efecto de una interrelación de factores. Ello supone una agenda superadora, fundada en criterios históricos; demuestran lo inadecuado de las periodizaciones basadas en conceptos clasificatorios tales como modernidad, ilustración y revolución.

La perspectiva recupera productivamente la noción de saberes situados en lugar de aquellas concepciones que, por esencialistas, resultan ahistóricas; se enriquece asimismo la noción de causa cuyas resonancias historicistas fuerzan al historiador a remontar hacia atrás los ríos de la historia en busca de supuestos orígenes.

En este punto Chiaramonte despliega útiles indicaciones metodológicas, otro de sus aportes.

Estas son algunas concepciones historiográficas centrales localizables en algunos de los muchos textos chiaramonteanos. Pero no quisiera cerrar esta breve intervención sin referir que asimismo forma parte de sus modos de “pensar la Historia”, la problemática vinculada a la divulgación.

Respecto de ese género, debería distinguirse dos vías transitadas por. nuestro historiador: la alta divulgación que, orientada no sólo a los pares sino a un público más vasto conformado por cientistas sociales o estudiosos, se presenta aligerado de su aparato erudito, y la empresa divulgativa dirigida esencialmente a legos.

En efecto, los vínculos entre un saber técnico e intervención intelectual no es asunto sencillo; refiriéndose a la divulgación científica, el mismo Chiaramonte señala

La divulgación científica es difícil por dos o tres razones. Porque exige un gran conocimiento de todo el campo del saber que uno va a divulgar, no sólo del que uno está trabajando. Exige una actualización constante del escritor y también una gran capacidad didáctica para transmitir ese conocimiento a gente que no es especialista.

Estos aspectos pueden verificarse por ejemplo en su artículo sobre Tiradentes, elocuentemente llamado “El prócer que Brasil dibujó a su medida”, aparecido en la Revista Ñ el 4 de abril de 2014.

Acaso por deformación profesional, resultan interesantes sus intervenciones referidas a la “Historia Oficial”, al Revisionismo Histórico” y al llamado “Neo revisionismo”, aparecidos en diarios y revistas de amplia circulación: Revista Ñ del14 de junio de 2013, del 30 de junio de 2014 o bien Página 12 del 4 de diciembre de 2011, entre otros.

Verificaba allí el deslizamiento operado en el concepto de “historia oficial” consistente en

que la expresión era aplicada no al producto de una decisión estatal sino a corrientes historiográficas, con un matiz de descrédito para la corriente criticada al considerársela fruto no de la investigación objetiva del pasado sino de prejuicios ideológicos.

Respecto del Revisionismo Histórico, en una entrevista a propósito de sulibro “Usos políticos. de la Historia” (2013), reitera algunos conceptos ya vertidos y pronuncia otros, entre ellos

Es más fácil sumarse a una visión nacionalista del pasado, que crea héroes inexistentes, que deforma los hechos ocurridos en el pasado, que explicar cómo ocurrieron realmente las cosas. Pero no hay otro camino si queremos librar a la Historia de falsas interpretaciones y librar a la política de sus lamentables consecuencias.

En similar sentido, tomó parte en la polémica generada en ocasión de la creación del Instituto del Revisionismo Histórico (Instituto Dorrego), institución que según el autor denomina a la historiografía universitaria y a la practicada en el CONICET “con el agraviante mote de ‘liberales extranjerizantes’”, ocasión en que “me parece útil reflexionar sobre lo que implica el concepto de revisionismo histórico”.

Un párrafo final para el tema que presumimos, está en la base de todas las cuestiones antes referidas: su reflexión sobre el oficio del historiador, en el que resalta menos las destrezas técnicas que los aspectos éticos que ese oficio conlleva.

…yo pienso que el historiador debe lealtad a su oficio…Toda actividad intelectual ejercida sin compromisos es un desafío a la manipulación política… y por lo tanto un riesgo para muchos liderazgos intolerantes hacia el disenso. El intelectual, lo mejor que puede hacer es ejercer a fondo su capacidad de crítica y no dejarse chantajear por esos argumentos… (Oficio del historiador)

Recordar que quien esto dice, fue –y es– un hombre con fuertes compromisos políticos.

Queda claro que nuestra práctica conlleva el dominio de los aspectos técnicos, desde el manejo de las fuentes hasta los procedimientos metodológicos. Es relevante asimismo la necesidad de conocer adecuadamente las dimensiones teórico conceptuales, que como señalaba José Carlos Chiaramonte, permite “saber evitar los falsos caminos”.

Menos evidentes resultan las actitudes a asumir frente a los efectos extrahistoriográficos de su labor; si ello vale para el historiador tout court, es particularmente sensible para el que se dedica a historiar el pasado argentino. Cerramos estas notas con las palabras de José Carlos Chiaramonte contenidas en Fundamentos intelectuales y políticos de las independencias:

…si bien el historiador no puede ignorar la posible repercusión de su trabajo, ni desinteresarse por el consumo político de los productos de su disciplina, tampoco puede compartir un falseamiento de las normas básicas de su oficio por más fuerte que, aparentemente, sea la intención ética que lo anime.

Creo que estas Jornadas son un merecido reconocimiento a su trabajo en pos de la profesionalización de la Historia y particularmente a su exitosa gestión institucional en medio de cambiantes coyunturas.


  1. Instituto Ravignani, UBA/CONICET.


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