En la misma colección

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José Carlos Chiaramonte,
historiador de la burguesía

Roy Hora[1]

El texto de Roberto Schmit ofrece un equilibrado panorama del aporte de José Carlos Chiaramonte a los estudios que aquí son encuadrados bajo el título de “Mercado, fiscalidad y cuestión regional”. Los tres libros sobre los que Schmit centra su atención –Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina (1971), Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica (1983) y Mercaderes del Litoral (1991)– constituyen un capítulo central de lo que con toda justicia califica como una extensa y fructífera contribución a los estudios históricos. La evaluación de Schmit no es nada complaciente, sin embargo, como a veces uno estaría tentado a pensar dada la naturaleza de unas jornadas convocadas para celebrar la obra de uno de los historiadores argentinos más destacados del último medio siglo. Pues el elogio excesivo no serviría otro propósito que el de banalizar el cometido de esta reunión, que es de celebración de una obra pero también de análisis de una trayectoria. Y, por sobre todas las cosas, una lectura deferente de los trabajos de Chiaramonte supondría no asumir la exigencia de rigor que este autor hizo suya a lo largo de su carrera, y que constituye un rasgo distintivo de su actitud ante el estudio del pasado. La contribución historiográfica de Chiaramonte debe ser medida con esta vara, y la presentación de Schmit lo hace de manera cumplida: reconoce aportes y, a la vez, no se inhibe de señalar problemas y limitaciones. Y también anota que las investigaciones más recientes sobre estas temáticas suelen tomar distancia de las perspectivas que en su momento hizo suyas nuestro homenajeado.

No me propongo aquí ofrecer una evaluación alternativa. En líneas generales, estoy de acuerdo con la ponderación sobria, a la vez que cálida y afectuosa, con que Schmit pasa revista a los trabajos de Chiaramonte. En cambio, quisiera dirigir mi atención hacia la problemática historiográfica que informa estos tres estudios, toda vez que esta cuestión puede ser de utilidad para entender rasgos más generales de la trayectoria intelectual del autor de estos textos. Visto desde este ángulo, uno de los aspectos más singulares del modo de hacer historia de Chiaramonte radica en su prolongada identificación con el universo de ideas marxistas. Este universo conceptual ofrece la perspectiva interpretativa que, visible ya en sus primeros escritos de la década de 1950, continúa informando los trabajos que aquí nos toca considerar. Y ello resulta peculiar por cuanto –como lo revelan las fechas de aparición de los tres libros en cuestión– su adscripción a este cuerpo de ideas se extendió mucho más allá de la “crisis del marxismo” que se abrió camino en la década de 1970 y se volvió muy extendida en la década de 1980.

Para explorar este punto me tomo de la observación de Schmit donde sugiere que estos estudios se encuentran imbuidos de una pretensión de “historia total”. Y sin duda es cierto que la denominación de “mercado, fiscalidad y cuestión regional” es algo estrecha para encuadrar una contribución que se propone hacer de esta temática el punto de apoyo para una reflexión más general sobre la naturaleza de las sociedades latinoamericanas de los siglos XVIII y XIX. En particular, el problema que mayor interés despertó en Chiaramonte en esta etapa de su carrera se refiere a la especificidad de las relaciones productivas y la naturaleza histórica de los grupos dominantes y, en estrecha vinculación con esta temática, la cuestión de las vías de evolución histórica posibles para aquellas sociedades. Y esto último es importante porque, para el autor de esos textos, el proceso histórico, aunque abierto a la acción humana, no tenía nada de contingente.

Ello nos recuerda que nos encontramos ante un historiador acostumbrado a posar su atención sobre temas y problemas que le permiten interrogarse sobre grandes procesos históricos pero que, asimismo, siempre se ha mostrado sensible a la dimensión epistemológica y conceptual de la actividad de investigación. La inquietud por el estatuto de cientificidad del saber histórico constituye un rasgo constitutivo de la manera en que Chiaramonte concibe la tarea del historiador, cuyas primeras manifestaciones pueden advertirse ya en las etapas más tempranas de su carrera. De acuerdo a su propio relato, cuando ingresó a la Universidad del Litoral, en 1949, decidió encarar simultáneamente estudios en Historia y Filosofía. Sus mayores esfuerzos, sin embargo, los destinó a la segunda de esas disciplinas, convencido de que la filosofía le permitía avanzar en la comprensión del universo de problemas que giran en torno a la pregunta qué es conocer y qué es lo que vale la pena conocer.

Las lecciones más valiosas de este aprendizaje, sin embargo, no las iba a recibir en la universidad. Al igual que otros historiadores que atravesaron la universidad en los años peronistas, sus propios testimonios nos lo presentan como un estudiante sólo ligeramente conmovido por los estímulos intelectuales provenientes del cuerpo de profesores o por lo que sucedía dentro del aula. Esas clases, por otra parte, las frecuentó de manera irregular, por cuanto un empleo de tiempo completo con el que contribuía a sostener la economía familiar lo forzó a estudiar muchas asignaturas en calidad de alumno libre. Chiaramonte no parece haber lamentado esta pérdida que, a la luz de su trayectoria posterior, nada indica que haya tenido consecuencias demasiado negativas. La pobre calidad de la oferta académica de la universidad rosarina de los primeros años cincuenta ayuda a explicar por qué la asistencia regular a clase no era decisiva para la formación de un historiador. Pero ello tambiéninvita a preguntarse por las opciones que tenía ante sí para compensar esas carencias.

No podía hacerlo, sin duda, en el seno de su familia o en su universo de relaciones primarias. Su círculo social no sólo no contaba con una posición económica holgada sino que, más importante, tampoco poseía el tipo de recursos de capital cultural o las conexiones sociales o profesionales que podrían haber favorecido su formación o su carrera. En este sentido, su situación era distinta a la de otros jóvenes de su generación para los cuales la universidad también resultó marginal en su educación pero que provenían de hogares que ya poseían un lugar en la comunidad intelectual –Tulio Halperin Donghi, por caso, nacido en un hogar de profesores universitarios. Hijo del proceso de ascenso de las clases medias inmigrantes, fue su hermana, apenas unos años mayores y estudiante como él, y no las generaciones mayores, quien lo introdujo, vía la literatura, por en el camino de la lectura (señalemos, de paso, que a ella le dedicó uno de los libros que mencionamos en este comentario). Pero si lo que lo aguardaba fuera de la universidad no era un destino de orfandad autodidacta sino algo más interesante que la currícula oficial de la universidad peronista fue porque allí lo estaba esperando el dinámico mundo intelectual erigido por el Partido Comunista. Y es indudable que esa fuerza decisiva en la cultura de izquierda de la posguerra le iba a ofrecer algo más que una formación profesional.

El caso de Chiaramonte se nos presenta como un ejemplo revelador de la importancia que, para un joven inquieto e intelectualmente ambicioso, podía alcanzar la vinculación con el sofisticado universo cultural organizado en torno al comunismo en sus años de apogeo. Aunque alejada de las cátedras universitarias, esa sofisticada cultura gozaba del prestigio que le otorgaba su posición central en el debate intelectual europeo (en particular en Francia e Italia) y que, por otra parte, se apoyaba en el vasto aparato cultural que se había ido extendiendo por todo el país desde los años de los frentes populares. Al igual que a José Aricó (nacido el mismo año que Chiaramonte, 1931, también proveniente de un medio social alejado de la alta cultura, y también formado al margen de las instituciones universitarias), esa organización estaba en condiciones de ofrecerle a un joven ubicado en una posición periférica (tanto en sentido geográfico como social e institucional) una vía para conectarse con los grandes debates de ese tiempo, y de una serie de puntos de apoyo a partir de los cuales avanzar en el mundo intelectual.

Esa sociabilidad comunista estaba hecha de ideas pero también de afectos y relaciones especialmente propicias para canalizar el tipo de aspiraciones que tanto un origen social como un posicionamiento desfavorable respecto a los centros de la alta cultura dificultaban. A diferencia del ambiente secular que suele predominar en los programas de formación profesional institucionalizados, que favorece una relación más pragmática e instrumental con doctrinas y teorías, el comunismo proveía una comunidad de cultura alternativa de particular intensidad. No debiera sorprender, por tanto, que el influjo de ese mundo de ideas se hiciera sentir mucho más allá de la eventual toma de distancia de la organización partidaria que inicialmente lo encauzó (que, en caso todos los casos, tuvo lugar en el curso de la década de 1960).

Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica ofrece testimonio de la vigencia del interés de Chiaramonte por las categorías con que se forja el conocimiento histórico en el seno del marxismo. El elemento más llamativo de este conjunto de ensayos elaborados a lo largo de la década de 1970 es el vivo interés que su autor manifiesta en el debate teórico marxista, expresado en este caso en el combate contra las encarnaciones nativas del althusserianismo. En este libro, el marxismo no es concebido como letra muerta, sino como el universo conceptual que, a partir del rechazo del concepto de modo de producción y la opción por el de clase social, mejor permite captar la especificidad de las sociedades latinoamericanas de los siglos XVIII y XIX. Y, en verdad, el concepto de clase es el que desde el comienzo de la carrera de Chiaramonte había venido organizando sus contribuciones, que giran en torno de la historia y las peculiaridades de lo que en el lenguaje de esta tradición se designa como el problema de burguesía nacional. Nacionalismo y proteccionismo económicos y Mercaderes del Litoral exploran el pasado a la luz de estas ideas. En ambos trabajo, Chiaramonte va a colocar una narrativa sobria y elegante al servicio de un programa de investigación sobre la naturaleza de los sectores dominantes, regionales y nacionales y, en relación con ello, de las peculiaridades de la sociedad decimonónica y, finalmente, de sus posibles vías de desarrollo.

Al volver sobre esos textos con la perspectiva que nos ofrece el transcurso del tiempo, se hace evidente que Chiaramonte ha realizado aportes decisivos a las investigaciones sobre ese elusivo sujeto histórico que es la burguesía argentina. Por cierto, no resulta sencillo pensar en otro autor que haya encarado un proyecto de investigación tan complejo, a la vez que desplegado en tantos planos, en torno a los problemas de la emergencia y características, trayectoria y limitaciones, de este grupo en nuestro país. Los hallazgos que nos ofrece el ciclo que comprende a Nacionalismo y liberalismo económicos y a Mercaderes del Litoral sin duda valen por lo que aportan a esta problemática, pero también porque iluminaron vastas zonas de nuestro pasado (las finanzas públicas, la economía, las ideas políticas) y, en definitiva, porque terminaron empujando a su autor más allá de dónde inicialmente se había propuesto llegar. De hecho, su investigación sobre las elites correntinas fue el punto de arranque de una reflexión que, cada vez más centrada en las instituciones políticas, y cada vez más indiferente al problema del nexo entre política y clases sociales, así como a la premisa de que la burguesía es el gran actor del proceso de desarrollo capitalista, y a que éste sólo alcanza su madurez cuando adopta la forma de crecimiento industrial autocentrado, en el curso de la década de 1990 dejaría definitivamente atrás la problemática a la que hicimos referencia en estas páginas. Comenzaba así una nueva y fructífera deriva que fue alejando a su autor de una manera de encuadrar el estudio del proceso histórico argentino a partir del estudio de las similitudes y las diferencias con el “modelo clásico” ofrecido por el patrón de desarrollo europeo que tanta centralidad había tenido en las perspectivas historiográficas en las que se formó.

Hoy sabemos que las formas de evolución histórica son diversas, y que el proceso de cambio económico y social tiene múltiples avenidas, así como una multiplicidad de actores capaces de protagonizarlo. ¿Podemos acusar al Chiaramonte de aquellos años de no haber sido sensible a lo que en nuestros días tenemos por cierto? Como toda contribución, y con todas sus peculiaridades, la suya lleva la marca de su tiempo. Decía Immanuel Wallerstein en 1988: “no conozco ninguna interpretación histórica seria de este mundo moderno nuestro en la que el concepto de la burguesía […] esté ausente. Y por una buena razón. Es difícil contar un cuento sin incluir a su protagonista principal”.[2] En la actualidad solemos ver las cosas desde otro ángulo, y un ensayo reciente de Franco Moretti lo resume en esta frase: “aunque el capitalismo está más poderoso que nunca, su encarnación humana parece haberse desvanecido”.[3] Es probable que, con matices y énfasis propios, muchos suscribamos este juicio, y le imputemos validez para el presente y en gran medida también para el pasado. Ello nos recuerda algo importante sobre el modo en que “progresa” el conocimiento histórico: a través de avances acumulativos y evolución lineal pero, en ocasiones, también a saltos y súbitos cambios de rumbo. ¿Qué nos deja, pues, la contribución de José Carlos Chiaramonte a los estudios sobre los grupos dominantes argentinos y latinoamericanos de los siglos XVIII y XIX? Despojado de sus marcas epocales, sus textos no sólo nos ayudan a comprender vastas zonas de nuestro pasado sino que nos ofrecen el gran espectáculo de una mente ágil y rigurosa, siempre dispuesta a reconocer la complejidad del mundo social y siempre comprometida con la búsqueda de explicaciones a la vez sofisticadas y convincentes. Nos deja, en fin, un conjunto de textos que se han ganado un lugar central en nuestra tradición historiográfica.


  1. Universidad Nacional de Quilmes / CONICET.
  2. Immanuel Wallerstein, “The Bourgeois(ie) as Concept and Reality”, New Left Review, 16, 1988, p. 98, citado en Franco Moretti, El burgués. Entre la historia y la literatura, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2014, p. 13.
  3. Franco Moretti, El burgués…, op. cit., p. 13.


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