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Exilios, experiencias generacionales y nuevas formas de hacer historia

Reflexiones sobre el texto de Eduardo Míguez

Pablo Buchbinder[1]

Eduardo Míguez ha elaborado un cuadro sintético pero a la vez profundo y exhaustivo de la obra de José Carlos Chiaramonte. Ha repasado su larga trayectoria historiográfica concentrándose particularmente en algunas de sus obras fundamentales como Nacionalismo y Liberalismo Económico, Formas de Economía y Sociedad en Hispanoamérica, Mercaderes del Litoral y Ciudades, Provincias, Estados. Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846). En su exposición ha subrayado un rasgo saliente de su producción historiográfica como es la condición de historiador de las ideas y ha hecho hincapié en un segundo núcleo también fundamental como es la fidelidad que ha observado Chiaramonte, a lo largo de su extensa trayectoria a los criterios profesionales que definen la tarea del historiador.

Considero también importante resaltar el clivaje que Míguez ha planteado en la obra de Chiaramonte, entre Nacionalismo y Liberalismo, Formas de Economía y Sociedad y yo agregaría también en este contexto a Mercaderes del Litoral por un lado y Ciudades, Provincias y Estadospor otro. Esto debe observarse entonces prescindiendo incluso de las fechas concretas de publicación ya que Mercaderes del Litoral se publicó en 1991, varios años después de los dos primeros pero los trabajos allí incluidos datan de casi una década antes. Es posible advertir así la inquietud que domina en las tres primeras obras por articular los argumentos que las sostienen en un contexto de debates y controversias propias, por un lado, del mundo profesional de la historiografía occidental de las décadas de 1960 y 1970 y, por otro también con un conjunto de discusiones característicos del universo de la izquierda, a nivel nacional e internacional de aquellas mismas décadas.

En las primeras obras mencionadas, sobre todo en las dos señaladas en primer término, es muy evidente la inserción en una polémica en la que el problema de la definición de las características y naturaleza de las clases dirigentes y de la formación económico-social construida en la Argentina desde finales del siglo XIX ocupaba un lugar central. Ese debate remitía, en el ámbito público, a otro problema fundamental en el mundo de la izquierda latinoamericana que era el del tipo de revolución social que era posible esperar en la Argentina. Como Míguez destacó muy claramente, esos problemas ya no son los que definen las preguntas de Ciudades, Provincias y Estados. Las inquietudes son aquí de otro tipo y también las vías a partir de las que se intenta responderlas.

Si se me permite podría acudir aquí a algunos recuerdos personales. Escuché personalmente, por primera vez a José Carlos Chiaramonte en una clase de Teoría e Historia de la Historiografía a finales del año 1987, a la que acudió a partir de una invitación de Fernando Devoto. En esa clase repasó aspectos de su producción historiográfica. Allí era posible advertir aún la intensa preocupación por pensar las formas de articulación de las esferas de la economía, la sociedad y el mundo de la política y de las ideas. Eran preocupaciones propias aún del clima de los debates de la izquierda intelectual argentina y europea pero también estaban presentes en las distintas vertientes de la historia social que buscaba encontrar una lógica de la dinámica histórica a partir de la articulación de los diferentes niveles de la realidad social. En algún momento del recorrido de esa conferencia cuestionó algunos postulados de naturaleza claramente marxistas entre ellos los que remitían a la idea de que si era posible encontrar manifestaciones de proteccionismo industrial en una sociedad era porque detrás de estas existía, necesariamente, una burguesía industrial. En otro pasaje de la misma exposición insistió en la necesidad de leer atentamente el último capítulo de Nacionalismo y Liberalismo. En él se ponía en cuestión la idea de la existencia de una burguesía industrial madura detrás del programa proteccionista de la década de 1870. Nacionalismo y Liberalismo y Mercaderes del Litoral están signados, hasta cierto punto entonces por un clima historiográfico en el que diferentes expresiones de la izquierda, y sobre todo de aquellas vinculadas con el revisionismo histórico en sus vertientes más combativas de los años sesenta y setenta proponían ejes y temas de debate. Estos eran recuperados por la historiografía profesional y científica aún cuando fuesen explorados en base a preguntas y opciones metodológicas sustantivamente diferentes.

Míguez, como ya señalamos, ha marcado de manera muy clara la diferencia entre esas obras y otras como Ciudades, Provincias y Estados. Allí se abandona la pretensión de totalidad y aparece el desafío de pensar la emergencia de formas institucionales o de organización política y el sistema conceptual que las sostiene en base a una serie de tradiciones intelectuales disponibles para los actores y no como en las obras anteriormente mencionadas en diálogo con las bases materiales o las estructuras sociales. Pero es en este aspecto en el que quisiera introducir algunos matices en relación con esa exposición. Estos consisten en pensar, lo que en el texto esta minuciosamente analizado a partir del recorrido de una trayectoria individual, en el marco de una experiencia colectiva y generacional.

¿Qué separa entonces los contextos de construcción de Nacionalismo y Liberalismo o Formas de Economía y Sociedad, o incluso Mercaderes del Litoral, tal vez una obra de transición, de Ciudades, Provincias, Estados? Básicamente está entre ellos la experiencia de la represión, la dictadura y sobre todo la experiencia del exilio y, en el caso específico que nos ocupa la inserción en el mundo académico mexicano. Aquí considero, puede formularse la pregunta de cómo esos años incidieron en el giro de la obra de Chiaramonte. Se impone entonces la pregunta de cómo los exilios incidieron en la transformación de la historiografía argentina en el cruce entre las tumultuosas experiencias militantes de los setenta y el clima mucho más moderado de los primeros años de la transición a la democracia en la Argentina.

Podríamos quizás pensar aquí en los itinerarios de un acelerado proceso de profesionalización. Itinerarios que son sinuosos pero en los que los sucesos de los años setenta y ochenta tuvieron una influencia decisiva. Aún podría reflexionarse sobre esta cuestión en confrontación con los propios escritos de Chiaramonte. En una breve conversación me comentaba que en su aproximación al problema regional, central en su obra desde los ochenta, aspecto además vinculado directamente con la cuestión de la dimensión provincial del estado y la política, había influido de manera fundamental su inserción en el Departamento de Economía de la Universidad Nacional del Sur y su vínculo con un grupo de profesionales especializados en economía regional. Chiaramonte, luego de sus primeros pasos profesionales en Santa Fe y Buenos Aires se trasladó a Bahía Blanca para incorporarse como profesor full-time de Historia Americana del Departamento de Economía de la Universidad Nacional del Sur. Como ha recordado en alguno de sus escritos autobiográficos, la articulación allí con el grupo de economistas regionales de ese departamento dirigido por Enrique Melchior, fue fundamental para la elaboración de alguno de sus primeros trabajos sobre la economía correntina. La Universidad Nacional del Sur fue cerrada en 1975 en el marco del giro represivo iniciado poco tiempo antes por el tercer gobierno peronista. La gran mayoría de sus docentes fueron cesanteados y varios debieron ir hacia un exilio prolongado. Chiaramonte partió ese mismo año rumbo en México. Ha recordado también en alguno de sus escritos que su primer viaje al exterior había sido justamente a ese país un año antes al Congreso de Americanistas cuando pasaba ya por entonces los cuarenta años.

Sin embargo, en sus propias reflexiones autobiográficas como la incluida en el volumen El Oficio del Investigador y la publicada en la revista, Ciencia e Investigación, la experiencia mexicana se resume en unas pocas líneas.[2] En ellas recuerda su inserción en el Departamento de Historia de la Instituto Nacional de Antropología e Historia, primero y luego, por un período de más de diez años en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autonóma de México en un programa de Historia de la Población dirigido por el demográfo Raúl Benítez Centeno. De todas formas, también en este testimonio subraya como aquellos años fueron útiles para ampliar su conocimiento de la Historia Mexicana e Iberoamericana y para reflexionar comparativamente y confrontar sus experiencias de investigación con otros especialistas.

Tal vez sea importante, aún contra las reticencias del mismo historiador aquí analizado resituar esa experiencia en la explicación que Míguez propone del cambio de perspectivas en su obra. El mundo académico mexicano se encontraba por entonces en un proceso de expansión acelerada y se trataba además de un ámbito en el que la cuestión regional o local venía cobrando una importancia central. Es posible que también esos contactos lo hayan incentivado a abandonar y cuestionar en forma decidida los postulados historiográficos circunscriptos a marcos nacionales en la medida en que era posible contrastar los recorridos rioplatenses con otros latinoamericanos y pensarlos en un marco y en una perspectiva nueva. Hasta donde he podido constatar el primer texto en que aparece tematizada la categoría de provincia-región y donde se formula por primera vez en forma explícita la crítica a las ideas esencialistas de la nación –aspectos centrales desde finales de los ochenta y principios de los noventa en su obra– es en el artículo titulado “La cuestión regional en el proceso de gestación del estado nacional argentino”. Este trabajo fue publicado en 1983 en un libro compilado por Marco Palacio, que reúne las ponencias presentadas en una reunión celebrada en el Colegio de México en noviembre de 1981.[3] Ese mismo texto fue publicado como introducción a Mercaderes del Litoral en 1991. Allí aparecen cuestionados el enfoque nacionalista propio de la historiografía y se hace explícita la propuesta de pensar la historia rioplatense de la primera mitad del siglo XIX en base a la nación-provincia. Pero el predominio de esta forma de organización política no es aún pensada, como lo será en Ciudades, Provincias, Estados…en base a tradiciones o universos conceptuales heredados de las antiguas tradiciones hispánicas sino –al modo de los sesenta– en base al predominio del capital mercantil y la ausencia, aún, de una clase dominante de dimensiones nacionales.

No creo que los cambios en las perspectivas de la obra de Chiaramonte puedan desvincularse de estas experiencias generacionales, al margen del papel central que él mismo desempeñó en la reconstrucción de la historiografía profesional y académica argentina desde mediados de los años ochenta. Los exilios modificaron el arco de problemas, preguntas, e inquietudes a los que estaban habituados desde los años sesenta y setenta muchos de quienes protagonizaron ese mismo proceso de reconstrucción. El exilio los insertó en circuitos científicos y profesionales distintos a aquellos con los que se vinculaban en la Argentina. Pero quizás lo fundamental sea también que les asignó nuevos interlocutores asociados a los circuitos historiográficos profesionales tanto europeos como norteamericanos y latinoamericanos.

Planteo entonces estas observaciones a modo de preguntas. La historia del proceso de profesionalización de la historiografía argentina y los esfuerzos por institucionalizarla desde 1983 está aún por hacerse y escribirse. Las ciencias sociales y la historia adolecieron en la Argentina de un proceso de institucionalización débil en parte por su inserción activa en los debates políticos de los años sesenta y setenta. El estudio de los esfuerzos por afirmar la esfera profesional y diferenciarla de experiencias políticas y militantes está aún escasamente analizada. En la historia de ese proceso de profesionalización y reconstrucción, arduo, complejo y aún no consolidado, sin duda, el papel de José Carlos Chiaramonte ha sido absolutamente central.


  1. Universidad de Buenos Aires / CONICET.
  2. José Carlos Chiaramonte, “El oficio del investigador en la historia: una experiencia personal”, en Félix Schuster y otros, El oficio de investigador Rosario, Homo Sapiens Ediciones, 1995, p. 114 y “Reseña Autobiográfica”, en Ciencia e Investigación. Tomo I, núm. 4, 2013, pp 31-42, republicado en este número del Boletín.
  3. José Carlos Chiaramonte, “La cuestión regional en el proceso de gestación del estado nacional argentino. Algunos problemas de interpretación”, en Marco Palacios (compilador), La unidad nacional en América Latina. Del regionalismo a la nacionalidad. México, El Colegio de México, 1983, pp. 51-85.


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