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El historiador y sus mundos

Apuntes para un retrato intelectual

Fabio Wasserman[1]

El texto de Eduardo Míguez tiene el mérito de presentar en pocas líneas un muy logrado análisis de los rasgos más destacados de la producción historiográfica de José Carlos Chiaramonte. Si bien mi comentario se propone retomar algunas de sus observaciones, me permití incorporar el análisis de otras dimensiones que permiten delinear un retrato intelectual más amplio de nuestro homenajeado y calibrar el impacto que su obra ha tenido en diversos campos.

En relación a esto último puede mencionarse su reconocida gestión al frente del Instituto Ravignani durante un cuarto de siglo. O su labor como editor de la Colección Historia Argentina de Editorial Sudamericana que presenta estudios temáticos realizados por destacados especialistas y destinados a públicos amplios. O los artículos que publica regularmente en medios de comunicación masivos analizando temáticas que vinculan pasado y presente. Pero eso no es todo. También debemos considerar que sus trabajos son utilizados cada vez más en la formación de historiadores y profesores de historia, así como también en la docencia secundaria, terciaria y universitaria, tal como se puede apreciar en los programas de estudio. Más aún, algunas de sus interpretaciones han sido incorporadas en los diseños curriculares que están revisando la impronta nacionalista que aún tiñe el sistema educativo argentino. Y lo mismo sucede con otras expresiones del conocimiento histórico presentes en el espacio público–muestras y guiones de museos, manuales u otros recursos didácticos plasmados en diversos soportes e, incluso, programas de televisión–, y que evidencian que algunos de sus aportes más significativos han logrado trascender los ámbitos académicos y disciplinares.

Esta rápida enumeración permite dotar de mayor sentido la afirmación de Míguez según la cual Chiaramonte concibe la labor historiográfica tomando distancia tanto de la profesionalización vacua, como de la identificación con causas políticas e ideológicas que privilegian su defensa por sobre la producción de conocimiento riguroso. Este posicionamiento es un rasgo que lo ha destacado a lo largo de toda su trayectoria: si no dejó de lado el rigor cuando la política era el principal estímulo que dinamizaba el debate y la investigación histórica, tampoco se desinteresó por la relevancia social de su quehacer cuando la producción de conocimiento pasó a convertirse en su motor casi único. En ese sentido, y retomando el título de uno de sus últimos trabajos, creo que también hace un “uso político de la Historia” o, si se prefiere, un “uso público”. Y esto lo planteo como un elogio, aunque es posible que nuestro homenajeado no comparta esta caracterización y la valoración que hago de la misma.

Desde luego que su reconocido talento, el cuidadoso empleo de los instrumentos de análisis y la reflexión sobre la disciplina y sus contornos, no son los únicos atributos que caracterizan a la producción de Chiaramonte. Tal como lo advierte Míguez, la seriedad, la erudición y la elegancia intelectual también distinguen a sus textos, incluso los destinados a públicos no especializados. Otra cualidad que creo digna de destacar es su tenacidad. Una vez que se plantea un problema lo sigue a fondo, tal como lo está haciendo en la actualidad con su indagación sobre el Derecho Natural y de Gentes que se va ampliando en el tiempo y en el espacio. Y lo mismo podría decirse de algunas herramientas analíticas y conceptuales como región, que fue central en algunos de sus trabajos y que luego no sólo fue dejando de lado sino que también criticó su capacidad para resolver los problemas que se había planteado. Esta actitud se vincula con el pensamiento crítico, que para Míguez es uno de los rasgos más destacados y permanentes de su labor historiográfica y, no casualmente, también ha dado título a algunos de sus trabajos sobre la ilustración. En ese sentido, y si se me permite una pequeña digresión, estimo que bien podría ser considerado un legítimo heredero de la ilustración o, al menos, de la actitud ilustrada, del “atrévete a saber” kantiano pero desprovisto de su exhortación final a obedecer al príncipe.

Podrían hacerse otras precisiones sobre las virtudes de Chiaramonte como historiador, y que sin duda merecerían un estudio específico, pero creo que la mejor prueba de sus cualidades es el hecho que sus primeros trabajos hayan “añejado bien”, por lo que aún pueden seguir siendo leídos y utilizados con provecho, aunque el marco teórico en el que fueron concebidos haya sido dejado de lado.

Una de las claves que pueden utilizarse para recorrer el conjunto de la obra de Chiaramonte, así como también para analizar la producción historiográfica del último medio siglo y de la cual es sin duda uno de sus más destacados exponentes en el mundo iberoamericano, es el problema de la articulación entre distintas dimensiones de la experiencia histórica. En ese sentido quisiera retomar las reflexiones realizadas por Míguez cuando plantea que algunos lectores consideran a Nacionalismo y liberalismo económicos como su mejor trabajo. Mi impresión es que esto no se debe tan sólo a que en ese libro puso en práctica una “historia total”, sino al hecho de que es el trabajo en el que mejor logra articularlas distintas dimensiones en una misma narrativa. Esto se advierte mejor cuando se lo compara con otro trabajo que también tiene un abordaje “multidimensional”: Mercaderes del litoral. Si este minucioso estudio sobre Corrientes no encontró el mismo eco que el libro publicado dos décadas antes, no creo que se deba tan solo a que su objeto de estudio sea una provincia periférica en un país porteñocéntrico, como al hecho de tener una mayor capacidad analítica pero una menor articulación y, quizás por eso mismo, una menor potencia narrativa –desde luego que también se podrían contemplar otras condiciones culturales y sociales vinculadas a su circulación y recepción, pero aquí no hay lugar para hacerlo–. Si bien los libros de Chiaramonte se caracterizan por tener un carácter más analítico que narrativo, Nacionalismo y liberalismo económicos tiene la particularidad de haber sido concebido como una totalidad que integra los distintos aspectos tratados en un único relato que logra así mayor fuerza y cohesión a pesar de sus cuadros, notas y estadísticas. Mercaderes del litoral es un texto mucho más heterogéneo, en el que además de tratar una diversidad de temáticas, también incluye varios apéndices y largas notas que enriquecen el análisis pero desvían la lectura del eje principal. De ese modo, la narración no puede presentarse como una totalidad articulada, quedando en manos de los lectores realizar esta operación intelectual. A esto debe sumarse el hecho que se trata de un libro integrado por textosconcebidos y escritos en distintos momentos que arrastran algunas marcas de este diverso origen, más allá de que hayan sido adecuados para ser publicados en un único volumen. Es por eso, por ejemplo, que la conceptualización y el análisis que realiza de algunos fenómenos como las regiones y las provincias, no coincide del todo con las planteadas en su Introducción, La cuestión regional en el proceso de gestación del Estado nacional argentino, un texto de 1981 en el que sistematizó por primera vez algunas de sus ideas e hipótesis más relevantes sobre la estructura socioeconómica rioplatense y sus vínculos con el orden político posrevolucionario. A mi juicio, La cuestión regional constituye una verdadera bisagra en la producción de Chiaramonte y, me animaría a decir, en la historiografía del período.

La publicación de Mercaderes del Litoral en 1991, coincidió con el inicio de un nuevo programa historiográfico enfocado en una historia de las ideas vinculada con la historia política e institucional, pero distante de algunas tendencias en boga como el giro lingüístico. Este recorrido, que ya lleva un cuarto de siglo, fue desarrollado en un nuevo marco intelectual y político, pero también académico e institucional que Chiaramonte colaboró a construir desde la dirección del Instituto Ravignani y en la formación de otros investigadores y equipos de investigación. En este nuevo marco fue proponiendo nuevos temas como el Derecho Natural y de Gentes, o replanteando desde nuevas perspectivas problemas tradicionales como la naturaleza de las provincias y del federalismo, las identidades políticas, la comparación entre la experiencia iberoamericana y la norteamericana. Y si bien siguió siendo crítico de la excesiva especialización y de la fragmentación del conocimiento, lo cierto es que sus trabajos se fueron enfocando cada vez más en temáticas que la alejan de toda pretensión de producir una “historia total”. Esto se advierte en Ciudades, provincias, Estados: orígenes de la Nación Argentina, que es uno de los libros más destacados e influyentes de este período. Si mi hipótesis es correcta y en Mercaderes del litoral la articulación la tienen que hacer sus lectores, en Ciudades…este ejercicio también debe incluir otros textos, particularmente La cuestión regional, tal como lo proponemos algunos docentes cuando impartimos cursos sobre el siglo XIX rioplatense.

Antes de concluir estos breves apuntes quisiera señalar otros rasgos que permiten enriquecer el perfil intelectual de Chiaramonte. Tal como ha notado Míguez, es notoria la marca que le dejó su formación como filósofo e historiador de las ideas. Y si bien es claro que trascendió ese campo, también lo es que “siempre vuelve a ese primer amor”. Pero también tiene otra afición que quizás sea menos conocida, y es que se trata de un gran lector de textos literarios. En las numerosas reuniones que mantuvimos durante años mientras dirigía mis tesis de licenciatura y de doctorado, nuestra conversación solía derivar hacia la literatura y la filosofía. Y si señalo estas cuestiones, no es sólo para resaltar su fidelidad a una formación o el gusto por determinada rama del arte o del conocimiento, sino por algo mucho más valioso que está presente en los mejores historiadores e intelectuales: su interés por las cosas del mundo en un sentido amplio. Cualquiera que haya mantenido un diálogo con Chiaramonte sabe que puede empezar por un hecho histórico o por alguna anécdota sobre algún personaje del presente o del pasado, para pasar a una discusión sobre la formación de Ñuls, las cualidades de algún vino o la comida mexicana.

Su curiosidad y sus dotes como conversador lo suelen llevar también a compartir sus hallazgos. Muchas veces, al verme pasar por la puerta de su oficina, me llamaba para preguntarme “¿sabías qué…?”, “¿conocés a…?”, o “encontré tal texto que dice…”. Claro que esta pasión por el diálogo, también se expresa en su reconocida condición de polemista en la que suele hacer gala de su rigor crítico.

Hay algo más que quisiera plantear de su relación con la literatura, quizás menos conocido aún, y es el hecho de que tanto su obra como su persona forman parte de algunos ensayos y textos literarios. Así, por ejemplo, cuando Ricardo Piglia enfrenta al personaje principal de su novela Respiración Artificial con la biblioteca de su tío desaparecido, en esos estantes se enumeran entre otros libros “Nacionalismo y liberalismo de José Carlos Chiaramonte”.

En relación a este vínculo, y dado que hay poco tiempo (y espacio), quisiera aprovechar que esta reunión se realiza en el Centro Cultural “Paco Urondo” para concluir con un breve recorrido que alude tangencialmente a la Santa Fe natal de nuestro homenajeado. En las primeras páginas de El río sin orillas, Juan José Saer, que ha planteado el problema de la región o la zona en clave literaria, nos recuerda su visita al Instituto Ravignani en diciembre de 1989 en procura de bibliografía para realizar su ensayo. La descripción del encuentro con su amigo José Carlos Chiaramonte, a quien ya le había dedicado años antes uno de sus poemas y que en su novela póstuma La Grande convertiría en uno de sus personajes, está enmarcada en una de esas lluvias torrenciales de verano que parecen capaces de arrasar con todo y que, dada la precariedad de sus instalaciones, también estaba afectando al Instituto Ravignani cuyos empleados luchaban infructuosamente con las goteras que amenazaban a los libros de la biblioteca.

Quien recuerde esos días, esos meses, y esos años, y el desafío que tomó al asumir la dirección del Ravignani y las transformaciones que logró promover, se dará cuenta de que, más allá de sus dotes como historiador y como intelectual, nuestro homenajeado es, por sobre todas las cosas, y como digno heredero de la ilustración, un optimista de la voluntad, pero también de la inteligencia.


  1. Instituto Ravignani (CONICET – UBA).


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