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Cuestión regional y nación: actualidad de la obra de José Carlos Chiaramonte

Julio Djenderedjian[1]

Agradezco ante todo a los organizadores de estas Jornadas por la oportunidad de comentar el interesante texto de Roberto Schmit sobre la obra, a la vez compleja y fascinante, de José Carlos Chiaramonte y sus aportes en torno al funcionamiento de los mercados, la fiscalidad y la cuestión regional en el Río de la Plata de la primera mitad del siglo XIX. No podría estar menos de acuerdo con el enfoque general allí expresado, y con muchos de los puntos que lo animan; sólo quisiera, en aras de la brevedad, llamar la atención sobre algunos aspectos que considero pertinentes para comprender mejor no sólo el aporte de Chiaramonte sino sobre todo los avances a que sus tesis dieron lugar, y que nos sitúan, hoy en día, en un punto que, sin ser necesariamente antagónico al que él llegó, es sin embargo distinto.

Como es sabido, y lo ha expresado muy bien Schmit, el abordaje regional ha sido, en la obra de Chiaramonte, un prisma útil para comprender los condicionantes económicos de una determinada ecuación política; y, a su vez, un instrumento capaz de permitirle superar los contrahechos y anquilosados enfoques de clase o modo de producción, de gran predicamento en la historiografía de su época. De todos modos, su búsqueda apuntaba todavía, como aquéllos, a una explicación estructural: y ésta, que aún sigue animando buena parte de los debates, sigue también siendo más convincente en el plano regional que para el conjunto del variopinto espacio rioplatense. Como se recordará, una de las más fuertes conclusiones de Chiaramonte exhibía la persistencia del predominio del capital mercantil por sobre los sectores productivos, determinante en el fallo prolongado de la constitución de un gobierno nacional, únicamente posible con la previa emergencia de una clase política también de alcance nacional, labrada en torno a intereses económicos involucrados en ese ámbito. Ese esquema prolongaba así, en la etapa independiente, una herencia colonial en la que el valor agregado a los bienes en su circulación obliteraba con mucho al generado en sus fuentes. Sin entrar por ahora a discutir los matices, es claro que ello implicaba asimismo aceptar que las viejas élites, aun cuando hubieran variado en integrantes, no habían mudado de perfil: las bases de sus fortunas seguían estando en la ciudad y no en el campo, en el comercio y no en la producción.

Hoy, con más información que cuando esa explicación se planteó, pocos historiadores podrían desacordar con el hecho de que, aun avanzada la segunda mitad del siglo XIX, buena parte de la riqueza seguía siendo de origen y raigambre urbana; y no sólo en Corrientes. Sin embargo, al mirar con más atención los casos particulares, ese claro horizonte se distorsiona. Ante todo, porque la dimensión misma del sujeto ha cambiado: la ciudad, a partir de 1810, está obligada a incorporar y a representar a un territorio mucho más vasto que ella misma, y que no le está subordinado en los mismos términos que antaño. Ese territorio, que antes apenas si existía, adquiere a partir de entonces derechos políticos y por tanto peso en las decisiones; si, en alguna provincia en particular, la vieja élite urbana pudo defender con éxito sus antiguos castillos, ello se debió quizá tanto a su cohesión y fortaleza como a la paralela dispersión y debilidad de esos renovados sectores del mundo rural que podían pugnar por ocuparlos. El ejemplo correntino aúna las dos condiciones: en primer lugar, la concentración del sector mercantil, y su peso específico en su propio territorio; además, el sector productivo, al menos en el triángulo fluvial donde residía el núcleo principal de población, era en general mucho más pobre (en conjunto, y en promedio) que en otros puntos del litoral de los ríos, y mucho menos concentrado.[2]

Lo cual no necesariamente se replica en todos los demás casos, ni constituye el conjunto exclusivo de elementos a considerar. En primer lugar, las características de ese mercantilismo han de ser rediscutidas: no sólo por las evidencias de participación activa de sectores subalternos en mercados aun a media o larga distancia, sino también por los reales márgenes de ganancia, que poco indica hayan sido homogéneamente altos.[3] Más aún: en el comercio interior, esos márgenes se labraban casi exclusivamente sobre los bienes de consumo masivo, entre ellos los importados; un esquema en el cual los mismos sufren la irrupción de oferta proveniente del mundo industrial atlántico necesariamente debió hurtar, al menos en el mediano plazo, buena parte de la anterior ganancia. Pero además, los muy altos costos de intermediación al interior del espacio ex virreinal no habrían de descender sino ya avanzada la segunda mitad del siglo XIX: esa rigidez estructural conspiraba también contra las posibilidades de sostener, hasta entonces, cuotas de significativo poder económico sobre esquemas mercantilistas. Eso al menos es lo que explica los persistentes y fútiles intentos de defender posiciones que aparecen con demasiada frecuencia bajo asedio: por ejemplo, las medidas tomadas por algunas administraciones provinciales para reservar el menguado espacio mercantil local a sus propios comerciantes, gravando con impuestos adicionales a los “extranjeros”, es decir, a los provenientes de otras provincias.[4]

Así, más allá de entrar en el examen (en modo alguno irrelevante) en torno a si Corrientes es norma o excepción, es menester plantear antes otra paradoja. El área guaraní, que involucra a Corrientes, el Paraguay y las misiones, constituía en el otoño del régimen colonial una pieza de enorme valor en el esquema mercantil rioplatense: un vasto conjunto de población, sin duda el más considerable dejando de lado el Alto Perú; por añadidura, la fuente de muchos bienes fundamentales para el consumo diario de la plebe en todo el virreinato, en especial yerba mate, tabaco y basto lienzo de algodón. Es decir, allí se originaba una porción sustancial del intercambio: y, en el esquema colonial, ello otorgaba sin dudas una gran importancia relativa a la élite correntina, como actor clave en aquel tráfico.

Pero eso no invalida otro aserto. Hacia 1800, Corrientes era la ciudad menos comercial del litoral: según se considere o no el área periurbana, su densa población contaba apenas con una tienda por cada 300 a 1.000 habitantes. Por contraste, en las dinámicas nuevas villas entrerrianas de Gualeguay o Gualeguaychú la cifra correspondiente era de apenas 70, incluyendo en ella hasta a los niños de pecho.[5] No sabemos a ciencia cierta si ello respondía más a cuestiones de oferta que de demanda; pero resulta muy significativo que el contraste se replique en los salarios: en términos nominales, los entrerrianos triplican o cuadruplican los correntinos; en términos reales y en dinero contante, la distancia se amplía aún más.[6] En suma, ya sea por debilidad del poder adquisitivo de sus potenciales clientes, o por cualquier otra causa, el sector mercantil correntino era, ya al fin del período colonial, mucho menos dinámico (y mucho menos competitivo) que el de sus vecinas del sur.

Obviamente que fuerte concentración de la oferta o baja rotación del capital pueden significar tasas de ganancia más altas; aun cuando ello no se reflejase en la dimensión de las fortunas de la élite correntina, de todos modos nos arrima aún más indicios sobre el grado de control que ésta podía ejercer sobre sus campañas, así como en la misma ciudad en la que residía, y que debió ser mucho más estrecho y sólido que el que tendría a su alcance la contemporánea nube de mercachifles porteños o entrerrianos en su propio ámbito de acción, obligados como estaban a luchar a brazo partido por sus ventas. Es cierto que los factores y habilitadores últimos de ese comercio correntino se encontraban más allá de él: de las grandes casas mercantiles de Buenos Aires provenían los recursos y a veces aun los hombres que lo abrían. Pero el caos de la independencia provocó, si no la ruptura total de esos lazos, al menos un replanteamiento de los mismos; y en ese esquema, el único sector cuya solidez habría de sobrevivir sólo podía ser el grupo mercantil local. De ese modo, si aceptamos la tesis estructural en la cual la sustancia del poder político y territorial tiene siempre detrás de sí una base de poder económico, no extraña la claridad del liderazgo de esa élite correntina, y su rara capacidad de sobrevivir a las tormentas revolucionarias.

Pero ello es sólo la primera parte de la cuestión. La ruptura de los vínculos con el resto del espacio rioplatense, y, más aún, el quiebre mismo del área guaraní, socavaron las bases de ese predominio de los mercaderes correntinos. El comercio todo sufrió enormemente al acotarse su ámbito de realización: resumido al escaso consumo y valor agregado generados en la propia localidad, su progresivo retroceso habría de minar a largo plazo, entre muchas otras cosas, las bases fiscales mismas del estado. Una muestra la tenemos en el Paraguay del doctor Francia: mientras en 1816-1820 la recaudación impositiva promediaba anualmente los 250 ó 300.000 pesos, en 1830-1833 esa cifra había descendido hasta los 40 a 80.000, y buena parte de ello pagado en la aduana de Itapúa, volcada al intercambio con el Brasil.[7] Patética exhibición de una pérdida concreta del comercio correntino, la fuente primera de esa enorme diferencia, y quizá aun más que ella, había dejado de pasar por sus tierras en su camino al sur. Por otro lado, eso no es sino uno de los problemas que habrían de irse develando en ese convulso período: otro no menos dramático será el mismo impacto de la apertura comercial atlántica labrada ya desde 1809. Como todo proceso análogo, esa apertura implicó inmediatamente un cambio profundo en los precios relativos, valorizando los bienes transables producidos localmente y demoliendo, incluso con riesgosos excesos en la oferta, los correspondientes a aquellos que se importaban. Es cierto que los intentos para mitigar en Corrientes (como en otras partes) los efectos de esa apertura involucraron incluso a comerciantes extranjeros que eran los nuevos emisarios de aquélla; pero, por definición, el proceso mismo volvía imposible una vuelta sin más hacia atrás. La penetración de nuevos productos y de nuevos y más comerciantes, de una u otra forma, habría de ir demoliendo de manera inexorable el olímpico dominio de la vieja élite mercantil. El objetivo del nuevo comercio involucraba necesariamente, y en forma cada vez más acusada, a sectores que antaño sólo participaban de él en pocos rubros. Yerba y lienzo de algodón, los más transados ejemplos del consumo popular que habían sido la base del mercadeo a larga distancia, pronto fueron acompañados, y en buena parte reemplazados, por renglones similares de comercio ultramarino; las campañas, ahora intensamente recorridas por buscadores de cueros, lana o crin, proveían una parte cada vez más sustantiva del retorno. En ese esquema, una mera circunstancia geográfica habría de ganar inmensa centralidad: el único puerto atlántico estaba en Buenos Aires, y por tanto todo debía trasladarse o ser traído desde allí. Huelga recordar los múltiples problemas políticos que ello trajo aparejado.

No puede así negarse que, durante cierto tiempo, el desempeño de la economía correntina palió con buen resultado muchas de esas adversidades; si a partir de un momento ese esquema comenzó a derrumbarse, en ello tuvo parte, como apunta Schmit, el ascenso de las áreas de frontera, en las cuales se generaba una porción cada vez mayor del valor agregado exportable. Pero además es menester recordar otro contraste: la apertura económica implicó que los sectores más dinámicos y competitivos habrían de concentrar la inversión y atraer la sustancia de los esfuerzos y de los recursos; y mientras Buenos Aires, o Entre Ríos, generaron incluso en la primera mitad del siglo XIX diferencias de productividad crecientes valiéndose de su eficaz integración a la economía atlántica, Corrientes, por el contrario, vio frustradas las bases de su prosperidad justamente cuando aquellas otras vecinas del sur más las desarrollaban. Ese decurso, como hemos visto, podía aun encontrar parte de su origen en causas bastante antiguas.

Pero acaso aquellas bases de prosperidad eran también irrisorias. Corrientes, como parte del espacio guaraní, había contado en la época colonial con abundante copia de mano de obra de bajo costo de oportunidad, el recurso típicamente utilizado por los antiguos mercaderes del litoral para extraer su correspondiente cuota de beneficios. En el nuevo esquema no bastaba con aquélla. Por el contrario, aun una ecuación desfavorable en mano de obra podía suplirse utilizando otro recurso abundante, la tierra por ejemplo, entre otras cosas porque la inserción internacional debía realizarse manejando una escala productiva sólo alcanzable mediante una exitosa combinación de esos insumos, y una adecuación flexible a la demanda. Contrastando con su vecina Entre Ríos, que avanzó resueltamente sobre sus áreas “vacíasˮ, la ocupación concreta de la frontera sureste correntina deberá aguardar a la segunda mitad del siglo XIX, incluso a pesar del precioso incentivo del territorio misionero, sede de vastos yerbales cuya explotación hubiera podido potenciar un renglón exportable de valor.[8] Así, el hecho de que la vieja élite mercantil, que pudo manejarse con éxito durante las décadas de 1820 y 1830, no haya logrado sin embargo desarrollar estrategias para ejercer un dominio territorial efectivo sobre sus fronteras, habla a las claras de la existencia de limitaciones intrínsecas a su proyecto: en esencia, probablemente, el punto débil estaba en la incapacidad de generar capital de inversión digno de reemplazar, o al menos de atraer, al proveniente de los antiguos factores metropolitanos, y que había sido clave esencial del sistema mercantil. Sin él, era obviamente muy difícil que ese proyecto perdurase, y menos probable aún que se expandiera. Por ello, luego de Pago Largo, la feliz experiencia correntina se derrumbó: sus recetas sabían demasiado a pasado, sobre todo en lo que respecta a la acrimonia de sus debilidades.

El ejemplo correntino, magistralmente analizado por Chiaramonte, nos muestra así que, aun cuando admitamos que el estudio de la matriz regional es una puerta de entrada indispensable para resolver la todavía incierta ecuación política rioplatense de la primera mitad del siglo XIX, no es frecuente encontrar, como allí, un bastante exitoso ejemplo de supervivencia agónica de una élite mercantil de antiguo cuño. Quizá esa matriz de supervivencia haya sido excepcional; quizá no. Pero, de todos modos, es claro que describe más el pasado que el futuro, y más a una parte que al conjunto. Nos deja así un gran interrogante a resolver: cómo, finalmente, de esos restos disímiles arrastrados por la tormenta, pudo construirse, en algún momento, una nación unificada, y una élite acorde a la titánica tarea de ponerla en práctica. En esa búsqueda nunca será inocuo el valor del análisis regional: pero la interpretación tendrá necesariamente que excederlo.


  1. Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” / CONICET.
  2. El número de vacunos por explotación era en Corrientes de alrededor de la mitad que en Buenos Aires, y de la cuarta parte que en Entre Ríos. Ver Julio Djenderedjian, “¿Un aire de familia? Producción agrícola y sociedad en perspectiva comparada: las fronteras rioplatenses a inicios del siglo XIXˮ, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, vol. 41, Köln – Weimar – Wien, Alemania-Austria, 2004, pp. 247-273
  3. Ver ejemplos de esa variedad en Jorge Gelman, De mercachifle a gran comerciante. Los caminos del ascenso en el Río de la Plata colonial. La Rábida, Universidad Internacional de Andalucía, 1996.
  4. En Tucumán, en 1823, se diferenciaban los costos de las patentes para apertura de tiendas; el forastero debía abonar el doble que el hijo del país. En Santa Fe, para 1821 ocurría lo mismo con respecto a los derechos a que estaban sujetos los extranjeros, los americanos y los provincianos “nuestrosˮ, con ventajas para éstos; en San Juan, en 1832, se estableció un pago de un 10% y una patente de 200 pesos a los introductores de mercancías que no fueran vecinos de la provincia; los sanjuaninos, en cambio, sólo abonarían el 4%. Para esos y muchos otros casos ver Mónica Walter, “El comerciante en la primera mitad del siglo XIX” en Quinto Congreso Nacional y Regional de Historia Argentina, Resistencia-Corrientes, 1 a 5 de septiembre de 1981. Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1987, pp. 510-511.
  5. Buenos Aires gozaba de guarismos similares; ver por ejemplo Carlos Mayo (dir.) Pulperos y pulperías de Buenos Aires (1740-1830). Buenos Aires, Biblos, 2000.
  6. En Corrientes, hacia 1800, un salario mensual de peón apenas llegaba a 16 ó 18 reales, pagados en parte en géneros; en Entre Ríos, Buenos Aires o Santa Fe, los montos salariales nominales de la misma categoría laboral ascendían a 48; 50 o aun a 60 reales, pagados totalmente en dinero contante. El costo de subsistencia, además, descendía mucho en el Entre Ríos rural por el bajo precio de la carne. Ver Julio Djenderedjian y Juan Luis Martirén, “Are salaries a so useful tool to build up comparable standards of living? Some caveats concerning salary elements, available currencies, debts and credit in pre-modern Rio de la Plata region, 1770-1830ˮ, ponencia presentada en el World Economic History Congress, Kyoto, agosto 2015.
  7. Según los cálculos no exentos de controversia de Richard White, La primera revolución radical de América. Paraguay (1811-1840). Asunción, La República, 1984. Obviamente la mayor parte de la recaudación continuaba basándose en gravámenes al comercio.
  8. Mientras que Entre Ríos fundaba Feliciano (1823), Concordia (1824), La Paz (1829), Diamante (1836) o Federación (1847), Corrientes se limitó a establecer algunos puntos poblados en áreas estratégicas, como Paso de los Higos (luego Monte Caseros), o Mercedes. Al respecto es ilustrativo recorrer los tres tomos de la Coleccion de datos y documentos referentes á Misiones como parte integrante del territorio de la provincia de Corrientes, Corrientes, Imprenta de La Verdad, 1877: incluso en los valiosos yerbales misioneros, el gobierno correntino no pasó de nombrar recaudadores de impuestos y alguna autoridad, no planteándose nunca avances sólidos sobre las áreas “desocupadasˮ del territorio.


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