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La estación mexicana

Hilda Sabato[1]

Es un gran honor participar de esta jornada de homenaje a nuestro maestro y amigo José Carlos Chiaramonte. Luego de dos intensos días de trabajo y de estimulante intercambio sobre su obra y su trayectoria, el texto de Eduardo Míguez ha iluminado una dimensión fundamental de su labor de historiador, analizando sus fuentes historiográficas y los cambios a lo largo del tiempo, destacando su consecuente fidelidad a los criterios del oficio y de la profesión, y señalando la fuerte conexión que tienen sus escritos con los debates intelectuales de cada época. Coincido totalmente con el perceptivo análisis de Eduardo y también con los comentarios de mis compañeros de mesa.

En este marco, quisiera apenas hacer referencia a un aspecto muy específico de la trayectoria de Chiaramonte que no ha sido demasiado explorado: su estación mexicana. Lo hemos escuchado muchas veces contar historias de sus tiempos aztecas, recordar anécdotas con sus amigos de allá, y deleitarse explicando la receta de algún platillo de su predilección… pero me queda el interrogante acerca de cuál fue el impacto de esa experiencia en su trabajo intelectual, en su obra. Tal vez me lo perdí, pero no he encontrado referencias explícitas a esa cuestión en sus textos más recientes –salvo en una charla sobre el oficio del historiador donde al pasar refiere a los diez años que pasó en México–, por lo que sólo me queda especular un poco y, finalmente, preguntarle a él mismo cómo incidieron el exilio y la experiencia mexicana en su pensamiento, en sus concepciones historiográficas, en sus temas de investigación, en su perspectiva general. Salir de la Argentina obligado por una dictadura, ser arrancado de su lugar para insertarse en un medio diferente, descubrir –quizá– las diferencias pero también las semejanzas entre el país de origen y el nuevo destino, en las tradiciones intelectuales, las prácticas institucionales, las reglas de la tribu, en fin, las formas de vida mismas… ¿qué huellas imprimieron esas experiencias en sus maneras de entender y practicar la historia?

Los escritos de Chiaramonte ofrecen una primera señal de que algo había cambiado en el tránsito entre el Río de la Plata y Xochimilco. Su primer trabajo trascendente, como ha señalado bien Míguez, fue Nacionalismo y liberalismo económicos en la Argentina–hoy un clásico– y, según él mismo cuenta en algún texto, luego se puso a investigar sobre Corrientes, investigación que se publicó como libro mucho después, al regreso del exilio. Ambos eran, podemos decir, trabajos “fronteras adentro”.

Una vez en México, el cambio de perspectiva es evidente: en 1979 aparece Pensamiento de la Ilustración. Economía y sociedad iberoamericanas en el siglo XVIII, cuyo prólogo es de septiembre de1977; y, algo más tarde, Formas de economía y sociedad en Hispanoamérica, publicado en 1983, en los que amplió su horizonte de indagación. Y más tarde, ya después de su regreso a la Argentina, cuando retomó temas rioplatenses, lo hizo con una visión decididamente muy diferente a la del primer período, no sólo por los cambios teóricos y metodológicos que observa Míguez en su texto, sino porque introdujo la perspectiva latinoamericana, o “transnacional”, como se dice ahora.

Esta asociación entre textos y contextos es, sin duda, un tanto esquemática, así que intentaré complicarla un poco. Si bien la historiografía de los años en que se formó y comenzó a trabajar José Carlos giraba centralmente en torno a las cuestiones nacionales (se hacía historia argentina, mexicana, peruana, etcétera), en las décadas de 1960 y 1970 fue tomando forma creciente un movimiento intelectual que, con foco en las ciencias sociales, contribuía a construir “América Latina” a la vez como objeto de estudio y como espacio de intervención política e ideológica. Si bien esa denominación tiene una historia más larga, fue en la segunda posguerra cuando se impuso sobre otras maneras de nombrar a la región, a la vez que adquirió fuerza connotativa en términos identitarios. La creación de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en 1948, en el marco de las Naciones Unidas; de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en 1957, y del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) diez años más tarde, habla del clima de ideas prevaleciente en las ciencias sociales latinoamericanas. En ese marco, los historiadores mostraron un camino algo diferente al de sus colegas en las otras disciplinas, pero no fueron ajenos a ese nuevo espíritu de época y se abocaron a reflexionar sobre “un pasado común (con) problemas también comunes”, según rezaba en el texto de fundación de la Comisión de Historia Económica de CLACSO.

Chiaramonte se sumó tempranamente a ese clima –bastante antes de su exilio–y contribuyó a él con sus reflexiones. Recuerdo muy bien, por ejemplo, su participación en el Congreso de Americanistas que se realizó en México en 1974, en un simposio luego famoso sobre modos de producción en América Latina, que constituyó un hito en las discusiones intelectuales en el seno de la izquierda y del nuevo latinoamericanismo. La mirada regional o transnacional ya estaba presente en el José Carlos de entonces, y esa predisposición habría encontrado más tarde un terreno fértil –especulo– al transponer las fronteras locales e insertarse en un medio diferente, no menos nacional por cierto, pero de otra nación, lo que habrá agudizado la percepción crítica respecto a la propia y, más en general, a las naciones, las nacionalidades y el nacionalismo, temas decisivos en su obra posterior.

En todo caso, a partir de los años ochenta y de su regreso al país, José Carlos sería promotor y partícipe de una perspectiva un tanto diferente al latinoamericanismo de los setenta pero que podría encontrar allí algunas de sus raíces. Se trata de una mirada –desde entonces crecientemente compartida en la disciplina– que entiende que la historia de este rincón del mundo es parte de procesos que no empiezan ni terminan en las fronteras nacionales, y que atiende en particular a las transformaciones provocadas en América (sur y norte) por la crisis del orden colonial y de las sociedades de Antiguo Régimen a fines del siglo XVIII y principios del XIX. En ese marco podemos ubicar sus pioneros estudios sobre las independencias, el federalismo y sus variantes, la crítica a las versiones nacionalistas del origen de nuestras repúblicas, el lugar del derecho natural y de gentes en esos procesos, entre otros temas centrales en su producción de historiador, así como sus iniciativas de obras colectivas sobre esas y otras temáticas. Su obra puede considerarse así como parte de un movimiento historiográfico más amplio del cual fue actor pionero y promotor incansable.

Frente a estas brevísimas consideraciones sobre la trayectoria de José Carlos, no puedo sino volver a preguntarme –y a preguntarle– sobre el papel que tuvo la experiencia académica, intelectual y vital mexicana en ese fértil y singular periplo.


  1. Instituto Ravignani, UBA/CONICET


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