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Mercado, Fiscalidad y Cuestión Regional en la obra de Chiaramonte

Susana Bandieri[1]

Roberto Schmit nos plantea, en su interesante intervención, una doble propuesta acerca de los variados aportes que José Carlos Chiaramonte ha realizado en el campo de la historia económico-social. Por un lado, realiza un análisis de sus contribuciones a los complejos temas del mercado, la fiscalidad y la cuestión regional, en tanto uno de los conjuntos temáticos propuestos para discutir en las Jornadas de Homenaje a la prolífica obra del autor. Por el otro, sugiere la posibilidad de realizar algunas relecturas de tales aportes a la luz de los nuevos desarrollos historiográficos.

Aún cuando el homenajeado no se ha considerado nunca, con justas razones, un exclusivo intérprete de esta línea de trabajo historiográfico, Schmit reconoce, y compartimos plenamente esa idea, que los aportes de Chiaramonte a la historia económico-social tienen en muchos casos absoluta vigencia. Basta con recordar, para ello, su trascendental obra Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina,[2] publicada a comienzos de la década de 1970 y reeditada más recientemente, donde no sólo se desarrollan temas vinculados a la fiscalidad y al mercado, sino también, y de manera muy explícita, se analizan las particulares características de las clases dominantes en la Argentina y su escasa vocación por convertirse en una burguesía industrial, como ciertos debates y posiciones producidas alrededor de las crisis de los años 1866 y 1873 parecían dejar entrever, así como también los efectos que los desequilibrios en los mercados internacionales ya tenían sobre un país con una clara tendencia agroexportadora, altamente dependiente de la demanda externa, en el marco de las características de la división internacional del trabajo por entonces vigente. La validez de estos aportes hace que esta obra dudosamente pueda estar ausente, aun hoy, de un buen programa universitario de historia Argentina en la segunda mitad del siglo XIX.

Otro texto central al que Schmit hace referencia es a Formas de sociedad y economía,[3] obra que refleja las experiencias de Chiaramonte en su exilio mexicano, donde entre otros temas se pone en discusión el valor de las producciones económicas dominantes en los esquemas de acumulación de excedentes vigentes en la Hispanoamérica colonial, para colocar el eje en el capital comercial. Así, reconociendo la posición preponderante de los mercaderes, los mecanismos de la circulación de bienes se tornan centrales, obligando al historiador a colocar la mirada en espacios necesariamente más específicos, donde las economías locales y regionales alcanzan una especial dimensión. Mercaderes del Litoral,[4] que Chiaramonte dedica a la provincia de Corrientes, resulta entonces un buen ejemplo del intento por materializar tal preocupación en una obra que refleja claramente la importancia del estudio de otras unidades de análisis –en este caso la “región-provincia”–, complejizando así las miradas todavía excesivamente centradas en Buenos Aires y en el litoral marítimo para explicar la economía en la primera mitad del siglo XIX.

Los argumentos de Schmit se centran en este punto en dos temas: por un lado, la centralidad de la cuestión regional en un marco de economías diversas, donde formas mercantiles, muchas veces de carácter precapitalista, dominaban en diferentes espacios, no sólo en la etapa pos-revolucionaria sino también en las posteriores, con lo cual se pone en evidente cuestionamiento el inmediato y rotundo impacto del libre comercio y de la expansión ganadera en la historia económica rioplatense y en su completa articulación con la economía mundial a través del puerto de Buenos Aires. Por el otro, introduce la importancia de estudiar las fronteras cambiantes de estos espacios provinciales ofreciendo, como decíamos al comienzo, un par de relecturas posibles de estas señeras obras de Chiaramonte a la luz de los aportes historiográficos más recientes.

Es en estos dos últimos temas donde nos detendremos brevemente en este comentario: la importancia de la cuestión, regional y, en directa vinculación con ello, de las fronteras interprovinciales e internacionales, entendidas éstas no como límites sino como espacios sociales de alto dinamismo y gran complejidad,[5] temas ambos muy vinculados a nuestra propia investigación y a la producción de ella derivada.

Es conocido que para Chiaramonte, como ha sostenido en trabajos recientes, la región no existe o, al menos, las infructuosas tentativas por definirla “…provienen de supuestos inconscientes que han convertido el vocablo en un cliché, carente de real sustancia histórica”.[6] No podemos menos que coincidir con él cuando por regiones se entienden las viejas divisiones impuestas por la costumbre y el propio devenir historiográfico, más vinculadas a determinadas posiciones geográficas y decisiones políticas que a definiciones derivadas de objetos específicos de estudio. Sin embargo, la “cuestión regional” aparece reiteradamente mencionada en las producciones historiográficas y, de hecho, también en el panel que nos reúne en esta oportunidad. Ello nos obliga a realizar algunas reflexiones al respecto.

Nadie pone en duda hoy que la producción historiográfica argentina ha pasado en las últimas décadas del siglo XX y primeros años del presente por una profunda revisión, producto de una aguda crisis de los paradigmas científicos vigentes hasta la segunda posguerra, cuyos resultados han sido la problematización de las visiones del pasado y la desmitificación de muchos de los antiguos planteos. Aún en temas que parecían agotados, referidos a las áreas de tratamiento más privilegiadas, se revisan viejas convicciones a la luz de las últimas investigaciones. Es en este panorama de la historiografía actual donde entendemos que los estudios regionales alcanzan una nueva dimensión porque las investigaciones mas acotadas sirven especialmente para la complejización de los problemas. En este nuevo sentido, los avances son muy importantes en los distintos ámbitos académicos del país. Como el propio Chiaramonte reconoce:

…esto que llamamos, mal o bien, “historia regional” en una necesidad […] dado que se hizo necesario modificar una perspectiva historiográfica deforme, fruto del “centralismo” […] lo que ha dado como resultado un relato histórico en el que se ha descuidado lo concerniente al resto del país.[7]

De hecho, en la Argentina siempre he existido producción historiográfica que de común se inscribía en el campo de la “historia regional” pero, en general, se entendían por ello los tratamientos circunscriptos exclusivamente a las “historias provinciales” extra pampeanas, de carácter casi siempre institucional, sin que se manifestara en éstas un particular interés por definir otros espacios de análisis históricos más comprensivos. El auge de la llamada “historia nacional”, por otra parte, impidió a estos trabajos, salvo honrosas excepciones, un reconocimiento superador del alcanzado en los ámbitos de influencia de la propia provincia. Aún así, no puede desconocerse la validez de estos estudios, la mayoría de los cuales se encuentran mencionados en el capítulo correspondiente a la “Historiografía de la Historia Regional”, en las Actas de las Segundas Jornadas del Comité Argentino del Comité Internacional de Ciencias Históricas, reunido en la ciudad de Paraná en agosto de 1988.[8]

Esta obra, verdadera puesta a punto del estado de la cuestión en la historiografía argentina sobre fines de la década de 1980, donde claramente se visualiza la conjunción de tendencias propia de esos años, nos exime de mayores comentarios sobre el desarrollo de la “historia regional” en la etapa anterior y de sus autores más representativos. Sí cabe mencionar, sin embargo, como parte de una tendencia general, que lo que hasta allí se denominaba “región” no escapaba fácilmente de los límites políticos provinciales o, a lo sumo, intentaba reflejar macro-regiones geográficas, entendidas como tales a partir de denominaciones de uso común. Esta definición apriorística del objeto de estudio, reflejaba no otra cosa que la enorme influencia de la geografía positivista y su concepto de región como objeto de estudio en sí mismo, no comprendiendo, necesariamente, procesos históricos asimilables. Muchas veces, la historia de la región no era otra cosa que la sumatoria de las historias de las provincias supuestamente involucradas en la misma. En otros casos, la región se asimilaba a unidades territoriales artificialmente concebidas, como parte de la “regionalización” a que dieran lugar en América Latina el auge de las políticas territoriales y de planificación en las décadas de 1960 y 70, producto de las cuales son las denominaciones de NOA, NEA o el mismo Comahue, por ejemplo.[9]

Entiendo que otra cosa pretende Roberto Schmit cuando propone retomar la cuestión regional y su vinculación directa con la importancia de las fronteras con referencia específica a la circulación mercantil en el ámbito fluvial litoraleño. De lo que se trata, básicamente, es de volver más comprensibles las miradas atendiendo, en este caso, a los flujos mercantiles que seguramente atravesaban los límites provinciales y aún internacionales, en la idea de romper con la matriz nacional que todavía pesa, y mucho, en nuestra historiografía. Para centrarnos en el ejemplo que más conocemos, la Patagonia nunca podría ser entendida como una región en sí misma, sino como un conjunto de marcos espaciales que cambian con el tiempo y en relación con el objeto de estudio.[10] Si se pretende investigar el comercio ganadero, los circuitos mercantiles y el rol que en ello jugaron los sectores vinculados a la comercialización en las áreas andinas patagónicas hasta avanzado el siglo XX, por ejemplo, no puede menos que estudiarse simultáneamente la relación que con ello guarda la economía del sur chileno. Es decir, como bien dice el propio Chiaramonte, ningún estudio regional es posible “… sin que se nos imponga al mismo tiempo la interrogación sobre la naturaleza del conjunto en el que se integra.”[11]

Otra buena síntesis de lo que pretendemos explicar nos brinda Roger Chartier cuando afirma que, en definitiva,

…se trata de identificar diferentes regiones que muestren características históricas comunes en sus relaciones y cambios, independientemente de la soberanía estatal –y provincial, podríamos agregar– que corresponda. Lo que importa es la elección de un marco de estudio adecuado donde sean visibles las conexiones históricas en relación con la población, las culturas, las economías y los poderes, y donde se vuelvan visibles la circulación de hombres y productos y el mestizaje de los imaginarios.[12]

La cuestión no pasa entonces sólo por disminuir la escala de observación, sino por la variación del foco con que se analizan los problemas, lo cual permite un mayor refinamiento analítico y un potencial y adecuado uso de las perspectivas comparadas. Se trata, en definitiva, de una forma de hacer historia que puede ayudar a resolver las tensiones entre las visiones generalizadoras y homogéneas de las denominadas “historias nacionales” y las situaciones heterogéneas y variables de los espacios que la integran, siempre y cuando se tenga en cuenta que el objeto de estudio no es la región en si misma sino una visión abierta del espacio de estudio donde se manifiestan y se explican la circulación de bienes y las relaciones sociales y de poder, reconociendo su variedad y heterogeneidad en el marco de los distintos procesos históricos. Puede sostenerse entonces que la única manera posible de volver operativo el concepto de región es su construcción a partir de las interacciones sociales que la definen como tal en el espacio y en el tiempo, dejando de lado cualquier delimitación previa que pretenda concebirla como una totalidad preexistente con rasgos de homogeneidad preestablecidos. De esa manera, como bien aporta Fradkin, pierde entidad la discusión sobre si la región es un dato dado o construido. Ni lo uno ni lo otro: la región no puede ser considerada una entidad fija y homogénea ni es una construcción arbitraria del historiador, solo debe tratar de dar cuenta de un fenómeno social real donde se desarrolla el devenir de los sujetos históricos en un período determinado. En suma, el problema se reduce al de cualquier objeto de conocimiento histórico donde lo que importa es su base en hechos verificables.[13]

Creo que no fue otra la pretensión de Roberto Schmit y de quienes plantearon la “cuestión regional” como una de las temáticas del encuentro y, como desprendimiento natural de la misma, el tema de las fronteras, aunque la preocupación no fuera necesariamente incursionar en la problemática conceptual del tema, sin duda todavía plagada de vaguedades e incertidumbres como bien dice Chiaramonte, sino en sugerir posibles líneas de trabajo que se desprenden de la producción fundante del homenajeado.


  1. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas / Universidad Nacional del Comahue.
  2. José Carlos Chiaramonte, Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina,1860-1880. Buenos Aires, Solar- Hachette, 1971 (2da. ed., Buenos Aires, Edhasa, 2012)
  3. José Carlos Chiaramonte, Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica. México, Grijalbo, 1983.
  4. José Carlos Chiaramonte, Mercaderes del Litoral. Economía y sociedad en la provincia de Corrientes, primera mitad del siglo XIX. Buenos Aires, FCE, 1991.
  5. Compartimos la idea de Jean Chesneaux cuando distingue la “frontera-zona” como área de aproximación y contactos económicos, sociales y culturales, en oposición a la “frontera-línea”, forma tradicional de tratar la frontera, o sea, como límite que demarca un territorio y divide poblaciones (J. Chesneaux, “La inserción de la historia en el espacio: la geopolítica”, en ¿Hacemos tabla rasa del pasado?, México, Siglo XXI, 1972, pp. 180-191).
  6. José Carlos Chiaramonte, “Sobre el uso historiográfico del concepto de región”, en Estudios Sociales, Santa Fe, UNL, Vol. 31, núm. 1, 2008, p. 7.
  7. Ibídem, p. 16.
  8. AA.VV., “Capítulo III. Historiografía de la historia regional”, en Historiografía Argentina (1958-1988). Una evaluación crítica de la producción histórica argentina. Comité Internacional de Ciencias Históricas, Comité Argentino, Buenos Aires, Palabra Gráfica y Edit. S.A., 1990, pp. 87-147.
  9. Muchas de estas denominaciones surgieron como materialización del concepto de “región plan” a partir de la creación del CONADE -Consejo Nacional de Desarrollo- en 1967, en tanto conceptualización económica del espacio, donde la región se definía como el producto de acciones organizadas en un plan destinado a lograr objetivos de la sociedad regional en el espacio que ésta habitase. Al no cumplirse tales objetivos, programados desde el gobierno central, la “región” era sólo una mera expresión de deseos. Esta cuestión fue particularmente clara en el caso de la región “Comahue”, donde las áreas que la integraban se modificaron incluso con el transcurso del tiempo y los cambios en las respectivas políticas nacionales, quedando su utilización actual casi exclusivamente vinculada a la Universidad, con sedes diversas en las provincias de Río Negro y Neuquén.
  10. Como bien dice Pierre Vilar, el historiador debe prestar especial atención a los cambios temporales de la espacialidad y a su variación social, porque sus “regiones” cambiarán de acuerdo a la época y a las finalidades de su estudio (P. Vilar, “Crecimiento económico y análisis histórico”, en P. Vilar, Crecimiento y desarrollo. Barcelona, Ariel, 1976, pp. 36-37).
  11. José Carlos Chiaramonte, “Sobre el uso historiográfico…”, op. cit., 2008, p. 20.
  12. Roger Chartier, “La conscience de la globalité (commentaire)”, en Annales, HSS, Nº 1, Paris, janvier-février 2001, p. 121 (traducción de la autora).
  13. Raúl Fradkin, “Poder y conflicto social en el mundo rural: notas sobre las posibilidades de la historia regional”, en Sandra Fernández y Gabriela Dalla Corte (comps.), Lugares para la Historia. Espacio Historia Regional e Historia Local en los estudios contemporáneos. Rosario, UNR, 2001. Segunda edición 2005, p. 131.


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