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Homenaje a José Carlos Chiaramonte.
Formas de pensar la historia

Eduardo Míguez[1]

Fecha recepción: 13 de abril de 2015

Aprobación final: 21 de octubre de 2015

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

En la puerta de la ciencia, como en la puerta del infierno, debiera estamparse esta consigna:

Qui si convien lasciare ogni sospetto

Ogni viltà convien che qui sia morta

¿Por qué más de cuarenta millones de personas sostienen, ya sea de manera directa con sus consumos, o indirecta con sus impuestos, a unos cuantos cientos de ellos que son historiadores, o a unos miles, que enseñan o difunden la historia de diversas maneras? Desde luego, se puede ampliar la observación a escala mundial, y, hasta donde sabemos, siempre ha sido así. El título de la novela de Mario Vargas Llosa, El hablador, proviene de un personaje que en el contexto de bandas dispersas de cazadores recolectores de la amazonia peruana va recorriendo los distintos grupos para transmitir noticias, mitos, leyendas, relatos, sagas, historias del pasado. No sé si Vargas Llosa se inspiró en una figura real, pero la identificación de la función social en una sociedad primitiva parece acorde a lo que de ellas sabemos. Una primer aproximación a la respuesta podemos buscarla en textos de nuestro homenajeado de hoy; al historiar la trayectoria del concepto de “historia oficial” menciona como uno de sus usos los relatos que los reyes hacían escribir de las trayectorias familiares.[2] En otro, citando a Eric Hobsbawm, destaca el crucial papel de la historia en la conformación de las nacionalidades desde el siglo XIX.[3] Estos ejemplos ilustran el lugar que ocupa la historia como fuente de legitimación de una forma de poder. He ahí, entonces, una respuesta posible. Una función necesaria del quehacer social es una reconstrucción del pasado, sea más mitológica, sea más sostenida en la búsqueda de hechos que efectivamente tuvieron lugar, que sea funcional al mantenimiento de un orden político-social.

Sin embargo, como recordaba el mismo texto de Chiaramonte sobre el legado de Hobsbawm, la moderna producción historiográfica es altamente corrosiva para las bases de sustentación del concepto decimonónico de nacionalidad, que, dinámico, sobrevive hasta hoy. Lo que equivale a decir que la parte más sustantiva de los recursos destinados a sostener la actividad de los historiadores, que nos llega vía impositiva, financia un discurso que no es coherente con el sustento de la forma política que canaliza esos recursos hacia los profesionales del pasado. Hay, desde luego, muchos elementos que explican esta paradoja. Podríamos adentrarnos en la naturaleza del Estado democrático, que para poder obtener el consenso social necesario para subsistir y ser eficaz debe admitir que las variadas expresiones del pensamiento social cohabiten también en su seno. Eso nos llevaría lejos del propósito de nuestra charla. Aquí es más relevante destacar que la forma del discurso que ha ganado legitimidad en los últimos siglos, y en particular desde los siglos XIX y XX, es la ciencia, que indudablemente ha terminado por desplazar a la religión como principal fuente de credibilidad. No es sorprendente, entonces, que la historia se haya recostado sobre esa tradición –una tradición que no le era ajena–para construir su legitimidad. En el marco global de los tiempos corrientes, sólo un discurso basado en la legitimidad de la ciencia se sostiene de manera consistente, más allá de que en ciertos momentos y lugares una ocasional verdad alternativa, de dudosa base epistemológica, pueda aparecer como hegemónica. Esto explica, por ejemplo, que ya desde el siglo pasado esa historia constructora de la nacionalidad hiciera ingentes esfuerzos por vestirse del ropaje de cientificidad; o, visto en una perspectiva menos cínica, que quienes bregaban por la nación estuvieran convencidos que el progreso y la ciencia los respaldaban. Habiendo consolidado su poder identitario, los estados nacionales pueden sostener discursos que historicen su origen, a la vez que conforman parte de la legitimidad que globalmente confiere al orden social su cientificidad.

Sin embargo, esa opción como criterio de validación no es neutra. Conlleva la adopción de cánones de método que limitan la libertad en la construcción del discurso histórico. Aun cuando hoy sea poco sostenible el argumento positivista que cree poder descifrar un conjunto universal de pautas de la cientificidad, el complejo de reglas, conceptos, instrumentos metodológicos e instituciones que constituyen aquello que Thomas Kuhn denominó, con feliz expresión, un paradigma científico, establece formas de evaluar la admisibilidad de un texto en el universo de la ciencia. Y si bien los paradigmas son dinámicos, sus cambios son procesuales y se ajustan a normas que la propia comunidad científica establece. Uno de ellas, que ha sido parte constitutiva de todo paradigma científico, es el pensamiento crítico. Vale decir, la necesidad de someter constantemente a revisión todos los supuestos que un discurso, en este caso, histórico, conlleva.

En aquel texto sobre el legado de Hobsbawn, Chiaramonte destacaba la doble militancia del intelectual inglés; su compromiso político y la radicalidad de su análisis crítico historiográfico, que el profesor del Birkbeck College vinculaba estrechamente entre sí. Y aunque su colega (de profesión, y en algún tiempo, de militancia) argentino planteaba importantes reparos a la primera, destacaba que la firmeza de su compromiso con las reglas de la profesión, además de su jerarquía intelectual, evitaban que esa identificación política mermara la solidez científica de sus obras. Llegamos así a la síntesis de las dos frases, aparentemente contradictorias, de nuestro mentor. Al igual que Hobsbawn, que el que esto escribe, y creo que de Chiaramonte, Marx estaba convencido de que si podía contribuirse de manera significativa a transformar el mundo, ello debía ser desde la solidez científica del análisis de lo social. Y que para alcanzar esa cualidad, era necesario desprenderse de prejuicios y apelar sistemáticamente al análisis crítico, término que, según se ha observado, forma parte del título de la mayor parte de sus obras principales. Más allá de los errores o contradicciones en que se pueda incurrir, de los desacuerdos que pueda haber en las interpretaciones de los fenómenos históricos, e incluso en los preceptos que guían el trabajo, la búsqueda sistemática de una mejor comprensión de los procesos del pasado –de la verdad, diría, con el pudor necesario que el término siempre despierta entre los científicos críticos– es condición necesaria de la disciplina tal como es concebida por el historiador profesional.

Esta, creo, es una cualidad distintiva de la “forma de pensar la historia” de José Carlos Chiaramonte. Si su obra ha tenido vigencia por más de medio siglo, es porque ha intentado con el mayor rigor aplicar aquellos criterios profesionales que parecían ser los más válidos en el momento en que se abocaba a su trabajo. La perdurabilidad de sus contribuciones atestigua, además de su talento personal y la seriedad de su labor, la valía de muchos de los principios en los que se ha basado. Y nada es más elocuente sobre el rigor crítico con que esa obra es llevada a cabo que la secuencia de la reflexión del autor sobre las bases conceptuales de su trabajo. Comprensiblemente, Chiaramonte sólo ocasionalmente se ha detenido a someter su propia producción al escrutinio de la crítica conceptual que él mismo ha ido desarrollando con el tiempo. Comprensiblemente digo, no porque ello implicara la necesidad de corregir sus trabajos anteriores (cosa que ha hecho con frecuencia) sino más bien por lo contrario. Revisar las propias posiciones, es, creo, en su forma de ver la vida, una señal del afán por buscar honestamente mejorar la labor profesional. Pero hacerlo de manera sistemática sólo sería un ejercicio narcisista. Para ponerlo en términos más concretos, cualquiera que siga el pensamiento del autor de Nacionalismo y Liberalismo Económicos,[4] advertirá de inmediato que el uso ocasional que en esa obra hace del “lenguaje de clases” ha sido dejado de lado en trabajos posteriores, y radicalmente revisado en sus reflexiones recientes.[5] Igualmente podría decirse de la apelación a categorías periodizadoras en sus Ensayos sobre la Ilustración Argentina[6] y Problemas del Europeísmo en Argentina[7] –posteriormente reunidos en La crítica ilustrada de la realidad.[8]

Junto a la constante búsqueda de ajustar los instrumentos de análisis sobre el pasado, las reflexiones sobre las que acabamos de recalar aportan un igualmente persistente interés por decir cosas relevantes para el presente. Las reflexiones sobre los Usos políticos de la historia,[9] y algunas notas posteriores que bien podrían haberse allí incluido, no son sólo advertencias metodológicas o historiográficas; son a la vez aproximaciones desde la historia profesional al papel del historiador en la sociedad, y respuestas a cuestiones relevantes en el contexto, en ocasiones, en la coyuntura en que fueron escritos. La erudición de que hacen gala incluso la mayoría de las notas periodísticas, y la elegancia intelectual de todos los ensayos, son una parte sustantiva de su mensaje. Ellas recuerdan que el historiador profesional tiene un rol específico que cumplir en la sociedad, y que, para hacerlo, la densidad de conocimiento y la frialdad reflexiva son requisitos. Y aunque estas consideraciones puedan sonar a la obsecuencia esperable en unas jornadas de homenaje, mi intención es darles un sentido distinto. Un problema perceptible en el actual desarrollo de la profesión, quizás ampliado por la rápida expansión del campo profesional en la Argentina de este siglo, es, en un extremo, una profesionalización vacua, en la que la carrera en sí misma se prioriza por sobre el valor social del producto. Y, en el extremo opuesto, un compromiso que, más allá de la perfecta legitimidad de los problemas estudiados –cuestiones de género, sectores subalternos, grupos revolucionarios, etc.– sacrifica el rigor intelectual y las exigencias metodológicas a un tratamiento que es más relevante por los ribetes afectivos e identitarios del tema que por la seriedad con la que son abordados.[10] Ante esto, las reflexiones, y, sobre todo, la trayectoria de Chiaramonte, recuerdan que, para ser socialmente relevantes, hay que ser profesionalmente solventes, y que la carrera profesional del historiador es el producto de un interés profundo por lo que aborda, y de un fuerte compromiso con el saber. Que el reconocimiento académico es un subproducto, muy satisfactorio, pero un subproducto al fin, de la vocación científica, y que la más valiosa recompensa para el estudioso es la convicción íntima sobre el constante progreso de su saber y su contribución al saber colectivo.

Discutir las formas de pensar la historia, aun reduciendo el espectro temático a los aspectos tratados por Chiaramonte, está por cierto más allá de lo posible en esta breve presentación. Por ello, habiendo propuesto un marco general en los párrafos introductorios, intentaré en estas breves palabras una reflexión sobre los patrones de aproximación al pasado que emergen de las reflexiones sobre el quehacer del historiador, y sobre todo, en la propia obra histórica de Chiaramonte.

En una nota reciente él concluía:

Si la investigación sobre fenómenos naturales no tiene por qué reclamar a los investigadores abarcar el conjunto de la naturaleza, ¿por qué reclamar algo similar a la historia? La respuesta podría ser que, en historia, la atención a los sucesos particulares requiere esa amplitud de mirada que la excesiva especialización anula.[11]

En otro texto, algo anterior y en un contexto académico, señalaba:

…que una misma idea que comprobamos existente en el siglo XVII y luego hallamos también antes en el XIII, no es ‟moderna”‟o tradicional” en sí, sino que es función de sus circunstancias históricas y del distinto uso que entonces se haga de la misma. Lo que, en conclusión, hace de la labor del historiador una empresa algo más compleja que la que estamos acostumbrados.[12]

Ambas reflexiones apuntan en un mismo sentido, y se vinculan íntimamente con la forma en que nuestro homenajeado nos ha propuesto pensar la historia. El punto de partida es una matriz de inspiración marxista. Como muchos saben, por formación, José Carlos es filósofo. En alguna ocasión escribí que, consecuentemente con este origen, siempre fue un historiador de las ideas. El argumento, más ilustrativo que exacto, es que sus notables esfuerzos por desentrañar las dinámicas económicas y políticas de las sociedades y los Estados que ha estudiado, provenía de que los consideraba factores constitutivos de los contextos, esenciales para dar sentido a las estructuras del pensamiento. Éstas no son inteligibles sin aquéllos.[13]

Ni aun en los más tempranos trabajos, en la época en que militaba en el Partido Comunista, propuso Chiaramonte una relación mecánica entre pensamiento y estructuras económicas, como la que frecuentaban los esquemas estalinistas más burdos. Sin embargo, la idea de que existe alguna forma de articulación entre las tecnologías productivas, las formas de organización social, las estructuras políticas y las formas de entender el mundo es una preocupación persistente en su labor intelectual. El distanciamiento de Chiaramonte de aquella militancia tuvo lugar, junto al de muchos otros intelectuales, a comienzos de la década de 1960, cuando la realidad de la Unión Soviética como una brutal dictadura que mal señalaba la senda de progreso humano alguno se hizo evidente, y las recriminaciones a Hobsbawn a las que nos hemos referido se basan en la renuencia del británico a asumir esa realidad y seguir el mismo camino. Pero al igual que para muchos de sus colegas, dejar el PC era la oportunidad para renovar su marxismo, más que para abandonarlo. Gramsci se volvió entonces un instrumento para repensar en clave crítica muchos de los supuestos conceptuales de aquella “filosofía social” decimonónica. Para volver a ese texto sobre Hobsbawn, tan revelador porque más allá de algunas anécdotas personales, pone en evidencia las coincidencias y distancias entre el autor y su objeto, lo que allí se valora del historiador de los Rebeldes Primitivos es precisamente que, pese a no denunciar al estalinismo, su uso del marxismo contiene la renovación gramsciana y la flexibilidad necesaria para hacerlo un instrumento de comprensión útil. Virtud esta última que siempre estuvo presente en la obra del historiador santafecino.

Con el tiempo, sin embargo, las estructuras conceptuales del marxismo terminaron siendo consideradas limitantes aun en las versiones que evitaban los esquemas más rígidos. El cierre del largo vínculo entre nuestro autor y esa doctrina sociológica puede verse con transparencia en su Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica.[14] Más allá de algunas observaciones empíricas sobre los rasgos de las economías coloniales del continente, el libro revisa las aproximaciones al problema de las interpretaciones comprensivas de estas sociedades, lo que implica discutir la relación entre producción, intercambio, formas políticas y sociales. Al hacerlo, incursiona en un cuidadoso ejercicio de marxología, de problemática naturaleza. ¿Cuánto importa qué fue exactamente lo que Marx dijo o quiso decir, si se renuncia a la textualidad marxiana como fuente de autoridad? Salvo, claro, que se trate estrictamente de un ejercicio historiográfico, lo que no es el caso. Si aquel libro era ambiguo en ese sentido, su autor prontamente abandonó la ambigüedad, y en los textos posteriores el marxismo dejó de ser una referencia precisa en la matriz conceptual de sus textos. Sin embargo, para quienes el marxismo fue un modelo formativo en el pensamiento social, concluir que ella ya no conlleva los instrumentos más útiles para comprender los fenómenos sociales no equivale a desechar algunas preguntas y circuitos intelectuales que Marx y algunos de sus seguidores han contribuido a subrayar. Si pierden carácter dogmático, no por ello dejan de ser vías de indagación sugerentes. Conversando alguna vez con el autor de Formas de sociedad…, aun tomando distancia de la obra, concluía que existía allí un problema sobre el que todavía era relevante reflexionar, más allá de que las rutas de aproximación pudieran ser otras.

En verdad, como se ha sugerido, esta impronta tenía una vigencia en su obra anterior a su distanciamiento más decidido de la perspectiva marxista. Si ésta es visible en la aproximación a los problemas que abordaba, la aparición de su molde interpretativo es más bien ocasional, y colateral al argumento. Como nos recuerda en la introducción a la última reedición de Nacionalismo y liberalismo…, el tema de aquella obra se asociaba a discusiones de gran relevancia del momento: desarrollo industrial, burguesía nacional, etc.[15] También recuerda allí que la elección de un debate de ideas y políticas como objeto implicaba en cierta forma una rebelión contra la hegemonía que la historia económica ostentaba en esos años. Creo, sin embargo, que la referencia clave en ese prólogo es a la “historia total” de la tradición de Annales. Esa historia multidimensional definía un rasgo central del enfoque que asumiría Chiaramonte en sus principales obras históricas por un largo tiempo. Hace unos pocos años, ante un elogio que hice a aquel libro de 1971, me comentaba que una colega y colaboradora suya le había dicho que lo seguía considerando su mejor obra. Ambiguo cumplido, decía él, por lo que implicaba sobre su trabajo posterior. El argumento, sin embargo, tiene alguna justificación sin desmedro para la obra más reciente. Aquel libro recogía el resultado de una investigación de diseño y límites precisos, que respondía a una idea bien definida sobre lo que era necesario llevar a cabo para comprender un fenómeno social; en este caso, la propuesta programático-política del proteccionismo. Y ello implicaba articular en la explicación una imagen de las múltiples dimensiones que afectaban ese proceso; en cierta forma, una historia total, o, dicho en otras palabras “esa amplitud de mirada que la excesiva especialización anula”.

Si algún segmento de la obra de José Carlos Chiaramonte podía reclamar por la injusticia de aquella afirmación de su colaboradora, seguramente debía ser Mercaderes del Litoral,[16] publicado en 1991, que reiteraba de manera eficaz la fórmula general de la obra fundacional, con la ventaja adicional de estar menos marcado por el clima de su época que el libro veinte años anterior. Nuevamente, la obra recorre la economía, la sociedad, la política de Corrientes, en búsqueda ya no sólo de una idea –en cierta forma, una formulación más temprana de la misma idea, ya que el proteccionismo de Pedro Ferrer y compañía es un ángulo temático relevante– sino de un fenómeno estatal particular, con rasgos distintivos respecto de las otras provincias / estados. Mercaderestenía además la ventaja de una larga indagación sobre las raíces ideológicas de algunos de los fenómenos estudiados, vinculado al permanente interés del autor por las manifestaciones locales del Iluminismo, además de beneficiarse de su maduración profesional.[17] El único pecado, quizás, que resta glamour al libro respecto de Nacionalismo…, es abordar un fenómeno provincial en un país fuertemente centralista‒porteño. Sin embargo, precisamente la circunscripción espacial le permitía alcanzar una solvencia en esa “historia total” más difícil de lograr en temas más abarcadores.

Ambos elementos marcaron el paso posterior en la trayectoria historiográfica de Chiaramonte. El estudio del fenómeno correntino ponía la relación entre las provincias y Buenos Aires, y al federalismo, en el ojo de la mira. La centralidad de esos fenómenos en el proceso formativo de la nación era ineludible. Pero al virar la temática sobre problemas más amplios, la estrategia de una historia total se hacía inviable. Si era factible estudiar en múltiples dimensiones la coyuntura que dio origen a un movimiento proteccionista o el orden sociopolítico de una provincia que nunca superaría en esa etapa los 85.000 habitantes –en general, era bastante más pequeña–, no lo era para aproximarse a un amplio conjunto de fenómenos que coadyuvaron a la formación de la Argentina. Por eso, Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina, 1800-1846[18] abandona el programa de investigación de las dos obras principales que la precedieron, y adquiere una forma historiográfica radicalmente diferente. Discutir el conjunto de elementos que fueron dando forma paulatinamente a la Nación requería avanzar con la indagación en diversos sentidos, que no podían fácilmente ser articulados en una unidad, en una “totalidad”. Su coherencia estaba dada por un proceso histórico amplio y complejo, del que ellos representaban trazos fundamentales, pero no una síntesis del conjunto. Y esto se traslada a la obra que recogió esas múltiples líneas de reflexión. Son variadas miradas sobre un problema, más que una explicación multidimensional.

Si observamos el programa de este evento, sin embargo, constatamos el impacto historiográfico de estas indagaciones, que inspiran dos de las cuatro áreas temáticas escogidas. Ello se justifica en que nuestro agasajado ha contribuido de manera decisiva a establecer en la agenda de los estudiosos del pasado argentino y latinoamericano un conjunto de problemas que han adquirido notable centralidad. Como se ha dicho, la perspectiva adoptada en ellos es inevitablemente diferente a la de los trabajos previos más destacados. El proceso de emergencia de las formas institucionales de organización política, y el sistema conceptual que les dio sustento, que son el núcleo del problema abordado, son vistos en relación a los universos de tradiciones intelectuales disponibles para los actores, y ya no en relación a las bases materiales y las estructuras sociales que los constriñen. Que este cambio de enfoque no implica renunciar a la concepción multidimensional de la historia resulta evidente si recordamos las dos citas de páginas atrás, que provienen de reflexiones bien recientes sobre la tarea del historiador. Muchas razones explican que haya optado por avanzar sobre el mundo de las ideas más que sobre el mundo material en esta búsqueda. Una, bastante obvia, y por ello más bien trivial, radica en la imposibilidad concreta de una estrategia como la seguida anteriormente. Otra radica en las falencias que el campo presentaba, fundamentalmente por haber sido dominado por aquella tradición que naturalizaba la Nación, “el mito de los orígenes”, lo llama, como fundamento del proyecto de nacionalidad. Mitre, por ejemplo, actor clave en la fundación de esa tradición, en su Historia de Belgrano, data la primera hazaña militar de los “argentinos” en 1680.[19] Sin duda, el conjunto de artículos que dio origen a Ciudades, provincias, estadosha contribuido a despertar en los historiadores de la región gran cautela al pensar el marco nacional como un ámbito definido, sea por las instituciones o por las representaciones, y a establecer una reflexión sobre el desarrollo cronológico de esa referencia. Más allá de las divergencias de opiniones que estas cuestiones puedan suscitar, no puede ya ignorarse el problema.

Si bien este último aspecto tiene una repercusión muy amplia en la profesión, y se identifica claramente con nuestro autor, un énfasis igualmente relevante, e intelectualmente más desafiante, emerge en torno a la dinámica conceptual de los procesos revolucionarios americanos de comienzos del siglo XIX. Cuantas rupturas y cuantas continuidades son perceptibles en la forma en que los actores del siglo XIX definen los sistemas de ideas e instituciones que emergerán de las revoluciones, incluso, me aventuraría a decir, hasta qué punto fueron ellas en efecto cambios revolucionarios en el utillaje intelectual que sustentó del orden político. Para transitar esta línea de indagación era necesario un marco referencial, y la historiografía norteamericana sobre su propio proceso revolucionario ofrecía una rica oportunidad en esta perspectiva. Es en este contexto que nuestro autor se rebela contra un mero afán clasificatorio de las ideas que circulaban en aquel momento. No se trata de ubicar tal o cual propuesta o proyecto en relación a ciertas corrientes o tradiciones, sino de entender cómo se articulaban en un contexto político concreto.[20] La propuesta acarrea dificultades que aún requieren atención. Porque si las indagaciones han progresado sustantivamente en la reconstrucción del complejo marco mental en que han sido empleadas, no es evidente que el avance en la contextualización política en que se apeló a ellas, y las razones de los actores que las esgrimieron, esté igualmente desarrollado.

La exigencia es mayor porque, fiel a su tradición historiográfica, Chiaramonte se muestra escéptico respecto del “giro lingüístico”. Si la realidad material del pasado es elusiva, no parece que ello justificara, en su perspectiva, renunciar a pensar la historia como un esfuerzo sistemático por aproximarse a ella. Historiar las ideas, entonces, sigue demandando, como en sus trabajos más tempranos, comprenderlas en el contexto en que surgen. Sus dudas sobre nuestra capacidad para reconstruir de manera precisa el significado de los conceptos en el pasado no lo llevan en el sentido, tan de moda desde unos años atrás, de renunciar a pensar que el ancla de significado de la historia yace en los hechos, y no meramente en una ilusión del lenguaje. Igualmente, la excesiva especialización, la fragmentación historiográfica, le generan dudas.[21] Es que si los estudiosos se limitan a reconstruir segmentos muy limitados de la realidad, independientemente del grado de precisión que puedan lograr en su arte, esos segmentos carecen de real significado. La historia total de Annales, a la que pueden agregarse otras tradiciones, como los marxistas británicos Hill, Hilton, Rudé, Hobsbawm, que Chiaramonte asume en su formación como historiador, reaccionaban contra una erudición vacía. Para ellos, la labor histórica aspira a comprender los fenómenos sociales del pasado, no sólo a proporcionar relatos fragmentarios de algunas de sus dimensiones.[22]

Las preguntas que guiaron la etapa más temprana del trabajo de Chiaramonte respondían a este criterio. Si en la Argentina de los años sesenta se percibía como un serio desequilibrio la ausencia de una “burguesía industrial” y la dependencia del sector agropecuario por ausencia de un desarrollo más integrado del secundario, podía buscarse en su pasado una clave para comprenderlo. En algún momento, pareciera haber existido un impulso que hubiera encaminado al país en una dirección diferente; el avance en ese sentido, sin embargo, fue escaso y en líneas generales se frustró. Era posible, entonces, encontrar en aquella frustración la clave para ese derrotero que había orientado la evolución nacional en un sentido que no aseguraba el desarrollo económico y social. Comprender al movimiento proteccionista de los años 1870 y las claves de su fracaso exigía indagar en el conjunto del orden social que le dio origen, y la estructura de Nacionalismo… responde a esa idea. Muchos de los supuestos que guiaron aquellas preguntas, sin embargo, fueron luego puestos en duda, entre otros, por su autor. Pensar al capitalismo desarrollado como una etapa secuencial, y a la burguesía como un fenómeno asociado a ella, no parece ya una clave adecuada para formular un proyecto de investigación. La historia económica, siguiendo a veces, discutiendo otras, algunos de los argumentos de aquella obra, ha puesto la secuencia del desarrollo argentino en una perspectiva diferente de la que predominaba en los años sesenta. Si, pese a ello, aquella obra de 1971 se sostiene, y justificó una nueva edición reciente, no es sólo por el interés que despertó en su momento, mera curiosidad historiográfica, sino porque la densidad de la imagen del pasado a que dio lugar continúa siendo relevante, más allá de la motivación inmediata en la definición del tema.

Es posible que la polémica Ferré – Roxas y Patrón haya jugado su parte en la opción subsiguiente por estudiar Corrientes, pero seguramente varios factores incidieron en que la evolución del proyecto siguiera una lógica diferente. En parte, la cuestión del proteccionismo perdió importancia, y los problemas de Argentina eran comprendidos en otra óptica. Quizás más significativo haya sido que la lógica misma del trabajo impuso otros problemas que, claramente, aparecen hoy como más relevantes en el desarrollo del conocimiento histórico. Por un lado, la cuestión del federalismo, no sólo como fenómeno político, sino como problema institucional. Por otro, el descubrimiento de un orden socio-político que diferenciaba el caso estudiado del “caudillismo” que supuestamente prevalecía en otras provincias.[23] En este sentido, Mercaderes… no sólo terminó siendo un estudio paradigmático de un fenómeno provincial, sino una matriz para plantear una serie de problemas que adquirieron en la obra posterior de Chiaramonte envergadura autónoma. ¿Qué papel jugaron las provincias en el proceso formativo de la nación? ¿Cómo deben entenderse aquellos estados provinciales que fueron la forma institucional dominante por más de treinta años? Y en consecuencia, ¿cómo debe entenderse a la Nación en ese período? Estas preguntas, a su vez, planteaban, como vimos, el problema de la matriz conceptual del propio proceso revolucionario. La coexistencia de lenguajes nuevos y viejos, y la persistencia de las concepciones del derecho de gentes y del derecho natural, que a su vez imbuían de sentido a las instituciones, deben ser comprendidas en el marco de esos lenguajes ambiguos.[24] Rastrear el significado de términos como “pueblo”, “federación”, “caudillo”, “nación”, etc., exigía, en esta perspectiva, comprenderlos en relación a los universos conceptuales y las tradiciones institucionales en que eran utilizados. Más allá de las dudas sobre nuestra posibilidad de captar de manera precisa esos significados, que ya mencionáramos –después de todo, las palabras han sido y son siempre tanto instrumento de comunicación como puertas abiertas al malentendido–, la discusión a que llevó esta labor abre preguntas que han permitido enriquecer y renovar el campo historiográfico.

Que ellas no son ociosas más allá de ese campo resulta evidente en la propia labor del historiador. Provisto de estas dudas, puede interpelar a la sociedad sobre sus certezas. Sobre la Nación, su origen y su evolución, sus estructuras sociales y de poder, las bases de su economía, la relación con las provincias, sus instituciones, los universos de ideas que la rigen, la relación con otras naciones… Historizar el pasado, repensarlo constantemente de manera crítica, invita a buscar respuestas más inteligentes a los problemas del presente.

Resumen

El presente artículo es una versión revisada de la ponencia que el autor presentó en las Jornadas “Pensar la historia rioplatense entre el fin del Imperio y la construcción de las naciones”, sobre la obra de José Carlos Chiaramonte en torno a las formas de pensar la historia.

Palabras clave: discurso histórico – ciencia – ideas – Chiaramonte, José Carlos

Abstract

This article is a reviewed version of a paper presented by the author at the conference “Pensar la historia rioplatense entre el fin del Imperio y la construcción de las naciones”, based on the work of Jose Carlos Chiaramonte on the different ways of thinking about History.

Key-Words: Historical Speeches – Science – Ideas – Chiaramonte, José Carlos


  1. Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y Universidad Nacional de Mar del Plata.
  2. José Carlos Chiaramonte, “Que fue y que es la Historia Oficial”, en Ñ, Revista de Cultura, Buenos Aires, 30 de junio de 2014.
  3. José Carlos Chiaramonte, “El legado de Eric Hobsbawm”, en H-industri@. Revista de historia de la industria, los servicios y las empresas en América Latina, Año 7, Nº 13, segundo semestre de 2013.
  4. José Carlos Chiaramonte, Nacionalismo y Liberalismo económico en Argentina, 1860-1880. Buenos Aires: Solar-Hachette, 1971.
  5. José Carlos Chiaramonte, “Crítica del lenguaje de clases” y “Fundamentos del Lenguaje de clases: El historicismo romántico y la individualización de fenómenos colectivos”, ambos en Usos políticos de la historia. Lenguajes de clases y revisionismo histórico. Buenos Aires, Sudamericana, 2013.
  6. Paraná, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, 1962.
  7. Paraná, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, 1964.
  8. José Carlos Chiaramonte, La crítica Ilustrada de la Realidad. Economía y sociedad en el pensamiento argentino e iberoamericano en el siglo XVIII. Buenos Aires, CEAL, 1982.
  9. Op. cit., nota 5.
  10. Desde luego, no me refiero a todos los trabajos sobre estos temas, muchos de los cuales son aportes muy valiosos, sino solo a aquellos que priorizan el tema por sobre el problema, la enunciación por sobre el rigor crítico, lo afectivo por sobre lo profesional, y que con frecuencia están referidos a tiempos bastante recientes.
  11. José Carlos Chiaramonte, “Reflexiones sobre la naturaleza y situación de la investigación histórica”, en Ciencia Hoy, Vol. 23, núm. 135, 1º de octubre de 2013.
  12. José Carlos Chiaramonte, “La historia intelectual y el riesgo de las periodizaciones”, Prismas, Revista de Historia Intelectual, núm. 11, 2007.
  13. Eduardo Míguez, “Prologo” a Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina 1860-1880”, 6ta. edición, Buenos Aires: Edhasa, 2012.
  14. José Carlos Chiaramonte, Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica. México, Grijalbo, 1983.
  15. “Introducción” en Nacionalismo…, op. cit., nota 13.
  16. Mercaderes del Litoral, Economía y sociedad en la provincia de Corrientes, primera mitad del siglo XIX. Buenos Aires, F.C.E., 1991.
  17. “Notas sobre la presencia italiana en el litoral argentino en la primer mitad del siglo XIX”, en Fernando Devoto y Gianfausto Rosoli, L’Italia nella società Argentina. Roma, Centro Studi Emigrazioni, 1988.
  18. Chiaramonte, José Carlos. Ciudad, provincias, Estados: Orígenes de la nación argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997.
  19. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano. Buenos Aires, Estrada, 1947, tomo I., p. 94.
  20. En esto, pone allí en práctica lo que enuncia conceptualmente en “La historia intelectual…” op. cit. nota 12.
  21. “Reflexiones sobre la naturaleza…”, op. cit., nota 11.
  22. No las distancia esto tanto de las ciencias naturales; si un biólogo puede pasar años de su vida estudiando una encima, es porque se inscribe en el marco de la comprensión de procesos más amplios.
  23. “Legalidad constitucional o caudillismo: el problema del orden social en el surgimiento de los estados autónomos del litoral argentino en la primer mitad del siglo XIXˮ, en Desarrollo Económico, núm. 102, Buenos Aires, 1986; Chiaramonte retomó en una perspectiva más crítica el concepto de caudillismo en “Autonomía e independencia en el Río de la Plata, 1808-1810ˮ, Historia Mexicana, núm. 229, Julio-Septiembre 2008, y en “The ‘Ancient Constitution’ after the Independence (1808-1852)”, The Hispanic American Historical Review, vol. 90, núm. 3, 2010.
  24. José Carlos Chiaramonte, Fundamentos intelectuales y políticos de las independencias. Notas para una nueva historia intelectual de Iberoamérica. Buenos Aires, Teseo, 2010.


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