En la misma colección

12-4583t

frontcover

En la misma colección

9789877230253-frontcover

9789877230031_frontcover

Unas palabras sobre José Carlos Chiaramonte

Fernando J. Devoto[1]

Las Jornadas de homenaje, una fórmula de toda justicia y más aún en este caso, presentan siempre inevitables problemas a los participantes. Un homenaje no es, no debería ser un momento de balance sino uno de celebración según las reglas de estilo. Por lo demás, en este caso, al existir un expositor y varios comentaristas estos se encuentran ante el dilema de discutir la ponencia, lo que oblitera la figura del homenajeado, o eludirla y desairar al ponente principal. Quisiera resolver la difícil alternativa observando, preliminarmente, que concuerdo con las líneas generales de la exposición de Eduardo Míguez que dice en ella lo esencial de las claves historiográficas que iluminan la obra de José Carlos. Dicho esto quisiera proponer algunas observaciones bien personales que parten de recortar y ampliar una de las proposiciones de la ponencia de Míguez.

Al tratar de reflexionar sobre la figura de José Carlos creo que habría que comenzar señalando que ha sido un autodidacta. Lo que no quiere decir, desde luego, que no puedan detectarse en él influencias, formaciones o tradiciones sino que ellas se combinan de un modo singular y poco escindible en sus componentes. Ese carácter autodidacta intransferible está en la base de la originalidad de su reflexión historiográfica siempre alejada de las escuelas y las modas tanto como de las etiquetas. Aunque ello sea así, sin embargo, nada impide proponer una reflexión en torno a su ubi consistam.

Y quisiera sugerir aquí que los orígenes del mismo, o en otros términos los fundamentos formativos de su histórica, pueden encontrarse en muchos lados pero sobre todo en la cultura comunista. Una cultura de la que se ha hecho ya, en la Argentina y en otros contextos, todo un exhaustivo elenco de sus límites y mucho menos de sus virtudes. Y señalo aquí cultura comunista y no historiografía marxista porque es en la primera y no en la segunda en la que quiero detenerme. Ella era, a diferencia de otras coetáneas, una cultura de libros y lecturas y estos iban mucho más allá de los llamados clásicos del pensamiento socialista o incluso de los historiadores de referencia de la misma. Y aquí yo encuentro uno de los elementos diferenciales del Chiaramonte historiador con relación a muchos de sus congéneres o con relación a las generaciones más jóvenes. Chiaramonte es un hombre de una muy amplia cultura que se despliega mucho más allá de la historiografía y abarca desde la filosofía hasta la literatura de las que es un infatigable lector. Lecturas que son, además, bien cosmopolitas. Las ventajas de ello para la labor de un historiador son en mi opinión evidentes.

Por otra parte, creo que había en la cultura historiográfica comunista en general, aunque mucho menos en la Argentina que en otros contextos, un celoso afán erudito que también connota a Chiaramonte como lo ha señalado ya Míguez. Ciertamente, a no pocos, en especial en Europa, les parecía extraña o exasperante esa combinación de una filosofía política y una teoría social bastante didascálicas, que supuestamente explicaban todo, con un afán erudito que no desmerecía incluso si se lo confrontaba con aquel de los historiadores llamados historizantes. ¿Para qué tanto esfuerzo? Como observó, por ejemplo, Franco Venturi en carta a Arnaldo Momigliano y ante la aparición del primer número de la más importante revista histórica comunista italiana: “Hai visto il primo numero della rivista dell’Istituto Gramsci diretta da Manacorda, Studi Storici? Da Marx a Crivellucci sarebbe stato anche più espressivo”. Y a los amigos de historiografía no es necesario recordarles que Crivellucci era entre otras cosas el traductor del manual de Bernheim al italiano en el que nuestra Nueva Escuela y otras símiles creían hallar sus fundamentos (y dicho sea de paso, he ahí un punto de contacto de nuestro homenajeado con Emilio Ravignani). No era el italiano el único caso, desde luego, he allí a la historiografía comunista de la Francia de la posguerra cerrando filas con la tradición erudita contra las innovaciones, a veces juzgadas aéreas otras reaccionarias, de Annales de aquellos tiempos. Y, por lo demás, ¿no pueden percibirse todavía esas mismas firmes convicciones eruditas incluso en los más tardíos trabajos historiográficos de Eric Hobsbawm? Empero, el haber mencionado a Annales, sugiere otra anotación en los márgenes en relación con esta tradición que parece haberse convertido en un passepartout apto para ser aplicado a cualquier intento de renovación historiográfica. No parece ser este el caso de Chiaramonte –aunque desde luego el propio interesado podría desmentirnos– quien nunca demostró hacia ella más entusiasmos que los estrictamente necesarios.

Como se sabe o como deberíamos haber aprendido después del carrusel al que hemos asistido en las últimas décadas, las modas ideológicas, los modelos teóricos y los vocabularios a ellos asociados desaparecen o envejecen bastante rápido en la historiografía contemporánea pero los hábitos eruditos y los sólidos productos derivados de aquellos, mucho menos. Por lo demás, en el caso de Chiaramonte, esa erudición siempre llevó en sus trabajos la mejor parte y sirvió también para poner en cuestión aquellos modelos teóricos iniciales bastante antes de que entrasen en una crisis casi terminal aquí y en otros lados. Y ello hace, me parece, que no sea descaminada la solo aparentemente paradojal estrategia de Míguez de colocar, implícitamente, a la obra de Chiaramonte dentro del universo de certezas que brinda un paraguas conceptual alternativo para la operación erudita: el del positivismo lógico.

Asimismo, sin abusar y sin olvidar que otras perspectivas serían no menos legítimas y sobre todo que lo que aquí se propone es sugerir iluminar una sola de sus facetas, quizás también podamos relacionar con aquella colocación inicial de Chiaramonte en la cultura comunista otras dos facetas de su personalidad. La primera es ese aire un poco solemne que tanto lo connota y que tan adecuado fue para la dirección del Instituto que ha decidido homenajearlo (solemnidad no exenta, con todo, tanto de ocasionales explosiones de carácter como de una constante afabilidad, ambas tan italianas). La segunda, que esa pertenencia comunista acentuó una colocación en aquellos tempranos años sesenta que fue por un buen tiempo algo marginal con relación al núcleo duro de los historiadores renovadores. Marginalidad que alentaría en él, tal vez, una muy cuidada estrategia profesional y un posicionamiento siempre independiente en ese ámbito de la historiografía argentina. Independencia que sería, finalmente, luego del retorno de la democracia –y dispersa en el exterior o en centros privados aquella generación renovadora de los sesenta sustituida en la Universidad pública por otra cuyas claves y cuyos comportamientos estaban regidos por otras lógicas y otras necesidades– el verdadero punto de fuerza que le permitiría llegar a la dirección del Instituto. Momento que significaría un antes y un después, tanto para el Instituto como para Chiaramonte. Para este, porque por significativos que fuesen sus vínculos forjados en los años del exilio mexicano o antes de él, ellos no eran automáticamente transferibles al nuevo campo de fuerzas de la historiografía renovadora de los años de la transición democrática y porque, al llegar al Instituto, pareció encontrar finalmente, sino su lugar en el mundo, sí un lugar para él muy satisfactorio, como bien lo percibió su amigo Juan Oddone en una carta a Tulio Halperín (un Oddone que dejó, asimismo, un bello y perceptivo retrato de Chiaramonte en Mirando Atrás, sus originalísimas memorias). De la periferia al centro bien podría llamarse aquel itinerario. Y una vez en el centro conservó no solo una inagotable capacidad para brindar nuevas perspectivas sobre la historiografía argentina sino también aquella voluntad de ser independiente siempre y, a la vez, de no estar aislado jamás. Una búsqueda de equilibrios, no muy usual en estas tierras, que me parece ayudó a convertir al Instituto, durante su dirección, en un ámbito plural de excelencia. Desde luego y para terminar, si de un antes y un después puede hablarse en referencia a la trayectoria profesional y la colocación en el campo historiográfico argentino, una ruptura de ese tipo no puede postularse con relación a la siempre original y renovadora labor de Chiaramonte como historiador, cuyos cambios en métodos y enfoques siguieron las pautas de una lenta transición.

Sea pues bienvenido este homenaje al Director emérito y a uno de los grandes historiadores argentinos. Caro José Carlos, salutem plurimam!


  1. Instituto Ravignani, UBA/CONICET.


Deja un comentario