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Sobre ferias y exposiciones

Existen muchas definiciones sobre ferias y exposiciones. Para la UFI (The Global Association of the Exhibition Industry), las ferias son eventos que se desarrollan durante un tiempo determinado y a intervalos regulares, donde una gran cantidad de compañías presenta el principal rango de productos de una o varias industrias que generalmente se venden sobre la base de muestras. Estas ferias habitualmente atraen y están destinadas a visitantes comerciales y de negocios, en otras palabras, a visitantes profesionales. En cambio, las exposiciones son eventos que se desarrollan durante un tiempo determinado y a intervalos regulares, donde una gran cantidad de compañías presenta un amplio número de productos representativos de una o varias industrias y los vende o brinda información sobre ellos a los fines prácticos de la promoción de ventas. Las exposiciones generalmente atraen al público general. La Feria del Libro de Buenos Aires tiene la particularidad de ser tanto una feria como una exposición.

Juan Puchalt Sanchís (2008) afirma que la actividad ferial se desarrolla sobre cuatro pilares fundamentales: las empresas expositoras, que utilizan las ferias como una herramienta más de su plan de marketing; los visitantes, que asisten a estos eventos para contactar expositores, obtener información o desarrollar actividades comerciales; las organizaciones feriales –empresas privadas, asociaciones profesionales o instituciones públicas o semipúblicas– y los proveedores, que abastecen de productos y servicios a las organizaciones feriales, a las empresas expositoras y a los visitantes.

Munuera Alemán et al. (1993) clasifican las ferias según dos criterios:

  1. el ámbito territorial: internacionales, nacionales, regionales, comarcales y locales;
  2. los bienes o servicios exhibidos:
    1. Ferias generales: exposición de todo tipo de bienes o servicios producidos por las distintas actividades económicas y abiertas a todo tipo de visitantes. Navarro García (2001) describe algunas de sus características: mayor superficie que las ferias especializadas, mayor duración (pueden llegar a durar más de 10 o 15 días), masiva asistencia de visitantes, aun siendo multisectoriales suelen presentarse sectorializadas, entre otras.
    2. Ferias sectoriales o monográficas (en ocasiones también denominadas salones): limitan la exposición a una sola rama, sector económico o a cualquiera de los grupos de actividad incluidos en la misma. Apuntan a visitantes cualificados.

La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires es, como su nombre lo indica, una feria monográfica de ámbito internacional. Sin embargo, es una muestra que tiene una duración que se asemeja más a la de una feria general, ya que su apertura al público se extiende por diecinueve días, mientras que las actividades profesionales se desarrollan a lo largo de tres días previos a la apertura al público.

Según la UFI, para que una feria o exposición pueda ser clasificada como internacional debe tener al menos un 10% de expositores directos internacionales o el número de visitantes extranjeros debe representar al menos el 5% del total. En el caso de ferias de público, este porcentaje debe ser contado sobre la base de las visitantes profesionales, en caso de que estén identificados. El resto de las ferias se clasifican en regionales o nacionales. Las regionales son las que tienen visitantes de una región o provincia en particular, mientras que las nacionales reúnen visitantes de distintas regiones.

Las ferias pueden ser clasificadas, además de territorialmente, según la cobertura de mercado: horizontales o verticales. Las horizontales son las que abarcan un solo nivel dentro de una industria, mientras que las verticales comprenden todos los niveles dentro de una misma industria, es decir, un solo sector industrial (Godar y O’Connor, 2001), tal es el caso de la Feria del Libro de Buenos Aires.

Además de las clasificaciones mencionadas, varios autores han elaborado sus definiciones sobre las ferias (Moreno Sánchez et al., 2007; Jiménez Guerrero et al., 2002; Baamonde Silva, 2010; Navarro García, 2001; Munuera y Ruiz, 1999; Jiménez Guerrero y González Adalid, 2008), todos coinciden en que se trata de un acontecimiento comercial que reúne en un mismo tiempo y espacio la oferta y la demanda, con una frecuencia generalmente anual. Allí se pueden intercambiar opiniones, informarse sobre tendencias del mercado, desarrollar negocios y exponer productos y/o servicios, entre otras cosas. Es quizás en este punto, como veremos más adelante, donde encontramos una diversidad de enfoques sobre lo que una feria permite, aunque ninguno resulta excluyente. Se trata, además, como afirma Navarro García (2001), de una de las estrategias tradicionales de introducción o asentamiento en los mercados nacionales e internacionales. Asimismo, tiene un valor fundamental –sobre todo en tiempos donde la evolución de las tecnologías digitales parece haber acortado distancias–, ya que estimulan el contacto cara a cara, que sigue teniendo, más allá de la evolución tecnológica, un valor fundamental para el desarrollo de los negocios. Como bien afirman Munuera y Ruiz (1999), las ferias son fundamentalmente un conjunto de servicios que se caracterizan por la intangibilidad, inseparabilidad, heterogeneidad y su carácter perecedero. Es quizás la definición de Francisco Pancorbo, retomada por Jiménez Guerrero y González Adalid (2008: 52), una de las mejores síntesis:

(…) las ferias son, sobre todo, poderosos medios generadores de actividad industrial y mercantil que facilitan la difusión y venta de productos, estimulan y acentúan el progreso técnico, e incluso constituyen símbolos de cooperación que mejoran la imagen nacional e internacional de la ciudad donde se celebran. (Pancorbo, 1981)

La literatura vinculada a las ferias se ha centrado fundamentalmente en el marketing ferial como componente estratégico de la comunicación empresarial, tal cual lo señala Fernando Navarro García (2008). Varios autores (Fenollar Quereda y Munuera Alemán, 2008; Navarro García, 2008; García Pérez de Lema et al., 2008; Baamonde Silva, 2010; Godar y O’Connor, 2001; Munuera y Ruiz, 1999; García Magro y Reyes Recio, 2015) coinciden en que hay un faltante de trabajos científicos que aborden otros temas vinculados a las ferias, como por ejemplo la situación de las instituciones feriales, el análisis de los resultados, la perspectiva de los visitantes/ consumidores, el aspecto comunicacional, entre otros.

Una estrategia de marketing

Las ferias comerciales cumplen una función muy importante para la economía de mercado, reúnen durante un tiempo determinado en un mismo espacio físico la oferta y la demanda, lo que favorece las relaciones comerciales; como ya hemos visto, este es un acuerdo entre los autores que abordan el tema.

También hay acuerdo en que la participación en las ferias comerciales es una importante estrategia de marketing de las empresas. Sin embargo, es en este punto donde empieza a aparecer una diversidad de opiniones sobre sus aspectos más relevantes.

Para Cuadrado Roura y Rubalcaba Bermejo (1997), las ferias desarrollan una función clave para las empresas ya que les permiten: consolidar y ampliar mercados; aumentar las ventas y redes de distribución; incrementar el número real y potencial de clientes; racionalizar su producción, ajustándose mejor al mercado; reducir los costes de búsqueda de clientes y de obtención de información; adquirir información sobre la competencia y la propia posición en el mercado; valorar la adecuación precio-calidad de sus productos según las necesidades y posibilidades de la demanda.

Por su parte, Juan Carlos Gázquez Abad y José Felipe Jiménez Guerrero (2002) sostienen que la participación en ferias comerciales tiene, inicialmente, un carácter eminentemente comunicativo; sin embargo, también se pueden encontrar otros aspectos de las variables de marketing (de ahí su carácter multidimensional) vinculados al:

  • producto: presentación de novedades, demostraciones de productos, captación de ideas para la generación de nuevos productos;
  • precio: se adoptan diferentes estrategias de precio, en general a un valor menor al habitual;
  • distribución: se hace directamente en la feria, además de poder establecer nuevos acuerdos de distribución o intermediarios, entre otros.

Afirman que la decisión de formar parte de un evento de este tipo tiene como claro objetivo el de aumentar los beneficios de la empresa, ya sea de manera inmediata (incrementando la cuota de mercado) o en forma diferida (mediante la búsqueda de nuevos clientes y distribuidores, y de la mejora de la imagen y el posicionamiento de la empresa), hecho que justifica el gasto que supone una participación de este tipo, a lo que se podría agregar que justifica incluso la pérdida de dinero. Como veremos más adelante, esto es algo que los protagonistas de la Feria del Libro de Buenos Aires mencionan en varias ocasiones.

Estos autores distinguen tres tipos de objetivos a la hora de la participación en una feria comercial:

  1. Aumento de la cuota de mercado.
  2. Prospección de mercado.
  3. Imagen. La empresa pretende mejorar su posicionamiento y su percepción por parte de los miembros del sector y, fundamentalmente, de los clientes.

Algo similar es lo que afirman María Fátima Moreno Sánchez et al. (2007), quienes dividen en dos las funciones que desempeñan las ferias en la estrategia empresarial:

  • Comercial: reúnen la oferta y la demanda en un mismo espacio físico.
  • Comunicacional: tanto de imagen como de nuevos productos.

Al mismo tiempo, sostienen que los organizadores ofrecen elementos tangibles –como el alquiler del espacio físico para exponer sus productos o servicios– así como intangibles: la posibilidad de tomar contacto directo con el comprador, de comunicar, de efectivizar transacciones comerciales, etc. Sin duda, un evento como la Feria del Libro de Buenos Aires, que reúne a más de un millón de personas al año, es una oportunidad única para satisfacer este tipo de objetivos.

Para Jiménez Guerreo et al. (2002), las características diferenciales de una feria en relación con otras actividades de promoción son: el cliente acude al vendedor, por lo tanto se acerca con otra predisposición; el empresario puede establecer contacto con profesionales y clientes con los que no siempre tiene la oportunidad de hacerlo y viceversa; actúan otros instrumentos de comunicación: venta personal, publicidad a través de medios de comunicación o reparto de folletos, relaciones públicas, etc.; intervienen otros elementos del marketing mix: producto, precio y distribución.

Siguiendo esta línea, Munuera Alemán et al. (1993: 121) destacan el elemento comunicacional de las ferias, que permiten una comunicación directa con el potencial cliente. Para ellos, “La política ferial de la empresa constituye una combinación de la política de ventas, de comunicación, de distribución y de las actividades de investigación de mercados de una empresa”. Al mismo tiempo, consideran que las ferias comerciales son de mucha utilidad como instrumento de prospección del mercado, ponderación de la competencia y orientación sobre futuras líneas de producción.

Molina Castillo y Cuestas Díaz (2008: 141) afirman que las ferias son “un fenómeno comercial complejo, rico y eficaz para el desarrollo de los mercados”. Esto se debe a que, coincidentemente con Munuera Alemán et al. (1993), las ferias son un importante instrumento para el desarrollo empresarial, que permiten establecer líneas estratégicas de comunicación comercial, como la promoción y la venta personal, facilitan las tareas de distribución y permiten obtener información del entorno comercial, además de que las empresas no son las únicas beneficiadas sino que también impactan en la ciudad, región o Estado en el que se desarrollan.

En ese mismo sentido van García Pérez de Lema et al. (2008), para ellos el desarrollo de las ferias favorece la evolución de las ciudades o regiones a través de 1) aumento del empleo directo o indirecto, 2) incremento de las inversiones privadas y públicas, 3) mejoras de las infraestructuras y de los sistemas de comunicación y 4) racionalización de la producción y del consumo.

Según Cuadrado Roura y Rubalcaba Bermejo (1996-1997: 158), las ferias son una fuente de crecimiento económico urbano y al mismo tiempo “contribuyen a la especialización urbana al potenciar el intercambio, conocimiento y profundización de mercados especializados”. Esta especialización urbana se da a través de cuatro factores:

  • Desarrollo de los sectores relacionados
  • Desarrollo de infraestructuras y servicios feriales relacionados
  • Desarrollo y promoción de la imagen de la ciudad
  • Desarrollo del gasto y del empleo

En un sentido más amplio, Baena Garciá et al. (2011) consideran que las ferias constituyen un centro de atención para el público general y un factor de desarrollo de la economía del país, más allá de dirigirse principalmente a las empresas y a su fuerza de ventas. Más adelante veremos algunas cifras que permiten vislumbrar la importancia de este tipo de actividades en la economía local.

Para estos autores, las ferias han ido evolucionando y han ido adquiriendo mayor relevancia independientemente del desarrollo de otras formas impersonales de marketing (propias de Internet), han dejado de ser simples lugares físicos donde realizar intercambios para convertirse en entidades que posibilitan la creación de valor de las marcas que allí concurren. Se han convertido en redes de relaciones de negocio, ya que aportan valor desde diferentes parámetros: los clientes se incorporan a la cadena de valor iniciada por el organizador que, al mismo tiempo, puede conseguir su principal ventaja competitiva debido a que la creación de valor se genera ahora a través de la creación de relaciones sociales. En otras palabras, generan valor a todos los agentes implicados: instituciones feriales, empresas expositoras y visitantes.

Baamonde Silva (2010) afirma que las ferias son un acelerador de los procesos que tienen lugar producto de la interacción de la empresa en el mercado. Este autor considera que las ferias tienen como una de sus principales funciones la comunicación, que es una pieza clave para conseguir ventajas diferenciales y posicionamiento, y que estas exposiciones no solo constituyen centros de negocio sino también una fuente de información para la prensa (especializada y diaria) y los medios de comunicación, ya que permiten obtener información directa de los participantes en un sector de actividad económica.

En ese mismo sentido van Rodríguez Oromendia, Reina Paz y Rufin Moreno (2013: 150), quienes afirman que les resulta más apropiado considerar a las ferias comerciales como un instrumento genérico de comunicación y no acotarlo a una herramienta específica dentro de ese instrumento. “En definitiva, las ferias comerciales son una parte fundamental dentro del proceso de ventas (CEIR, 2003)”.

Visitantes

Los visitantes son el principal atractivo con el que las instituciones feriales cautivan a los expositores. Jiménez Guerrero y González-Adalid (2008) clasifican al visitante ferial en función del criterio “tipo de mercado”, del cual se derivan el visitante profesional y el visitante no profesional. El visitante profesional es aquel cuya visita responde a los intereses de su empresa, se trata en general de un visitante especializado y altamente cualificado. Por otro lado, el visitante no profesional (también denominado público genérico) es aquel que es un consumidor directo de la oferta de la feria, cuyos intereses pueden estar vinculados a un proceso de compra particular o bien a objetos lúdicos, de diversión, ocio y entretenimiento.

Para Godar y O’Connor (2001), los compradores,[1] de igual forma que los vendedores, utilizan las ferias como una forma de establecer y mantener redes sociales.

Desde otro punto de vista, Pedro Fenollar Quereda y José Luis Munuera Alemán (2008) afirman que las ferias se constituyen como un importante entorno de consumo por su capacidad de exhibición de marcas y productos y, por lo tanto, tienen la oportunidad de captar a un público ávido por experimentar con los productos, cumpliendo de esta manera tanto con los objetivos empresariales como con los de los visitantes. Estos autores sostienen que una de las características más especiales que reúne una feria comercial es que el público asiste con una actitud positiva, esto se debe a que la decisión de asistir es una decisión autónoma, sin presiones. Además, el espacio ferial se torna más neutral que los locales comerciales habituales, y de este modo se aminora o elimina la presión hacia la compra. Este hecho, a simple vista, no debería ser un factor positivo para los expositores, sin embargo, esa liberación que se genera en el visitante / cliente podría llevar a una actitud mucho más positiva hacia el posicionamiento de la empresa trabajando sobre el deseo del visitante / consumidor, más allá de si finalmente efectúa la compra o no.

Fenollar Quereda y Munuera Alemán (2008) se refieren a un “consumidor hedonista”, que se encuentra en busca de nuevas sensaciones para experimentar con los productos y servicios, que disfruta del ver y el buscar más que del poseer, para situarse de esta manera en el reino experimental más que en el reino comercial.

Para estos autores,

Otro aspecto muy relevante de las ferias es su capacidad para constituir, en sí mismas, una actividad de ocio y cultura, una forma de pasar el tiempo solo o acompañado, como lo es cada vez más ir de tiendas (Martin y Mason, 1987). En este sentido, un visitante ferial no profesional se caracteriza porque: 1) emplea tiempo en sus incursiones; 2) tiene una baja probabilidad de saber si comprará o qué comprará; 3) puede ir acompañado de otras personas, y 4) en caso de efectuar una compra, casi con toda seguridad continuará su periplo por el resto de la feria (Jarboe y McDaniel, 1987). (2008: 95)

Es decir que para Fenollar Quereda y Munuera Alemán, más allá de lo económico y empresarial, se puede referir a una proyección social ulterior en las ferias comerciales. La Feria del Libro de Buenos Aires es un buen ejemplo de este tipo de comportamiento.

Expositores

Los expositores se clasifican en directos e indirectos. Según Jiménez Guerrero y González-Adalid (2008), los expositores directos son aquellos que ocupan un stand del que es titular la empresa a la que pertenecen, en cambio los expositores indirectos presentan sus productos en el stand de un expositor directo, es decir que no tienen stand propio.

Al momento de participar en una feria, los expositores persiguen diferentes objetivos, ya que la participación en este tipo de eventos requiere una fuerte inversión por parte de las empresas. María Sicilia Piñero (2008) clasifica estos objetivos según tres criterios: 1) objetivos relacionados con la venta, 2) objetivos relacionados con la imagen y 3) objetivos de obtención de información y de motivación.

Entre los objetivos relacionados con la venta, aparece uno de los fines más importantes de una feria: conseguir ventas. También están: realizar nuevos contactos con potenciales compradores, comunicar las ventajas del producto, introducir un nuevo producto, e introducirse en nuevos mercados.

Los objetivos vinculados con la imagen incluyen: mejorar la imagen de la marca y de sus productos, promocionar la imagen de la empresa, fidelizar clientes y obtener cobertura informativa en los medios del evento (relaciones públicas).

Con respecto a los objetivos de obtención de información y de motivación, son dos los principales propósitos: obtención de información sobre la competencia, la demanda, los precios, las nuevas tendencias y los hábitos comerciales; y mejorar la motivación y formar al personal de ventas.

Munuera Alemán et al. (1993) agregan a los objetivos ya mencionados: descubrir nuevas aplicaciones y/o ideas sobre los productos actuales de las empresas; efectuar demostraciones sobre el funcionamiento de equipos industriales difíciles de transportar, realizando explicaciones sobre las características técnicas por personal especializado de la empresa; reclutar nuevo personal para la compañía y captar nuevos distribuidores y representantes de ventas; asistir, dado que los competidores también asisten a esta feria; financiar o patrocinar a la asociación de empresarios del sector que recomienda o presiona para participar en el certamen; alcanzar a técnicos, especialistas y prescriptores profesionales a los que sería difícil o imposible llegar de otra forma.

Nuevas tecnologías

El desarrollo de medios electrónicos y de la telefonía móvil así como el avance de la conectividad han favorecido el surgimiento de nuevos modelos de negocio que han transformado la relación entre los operadores económicos. En este contexto, se desarrolla el denominado comercio electrónico, caracterizado por ser el comprador el que tiene el control sobre la información a la que desea acceder y el tiempo dedicado a la compra; además, el usuario es el que transmite la decisión de compra a través de una red de comunicaciones (Molina Castillo y Cuestas Díaz, 2008).

Este escenario ha hecho suponer que quizás se podría ver afectado el tradicional modelo de las ferias. Sin embargo, como señala Pedro Moriyón (2008: 161):

Lejos de sustituirlas, las ferias se han visto reforzadas como punto de encuentro donde el asistente puede identificar la imagen real de las empresas, sus productos y sus gentes aprovechando todas las ventajas que las tecnologías de la información ofrecen para las fases de preparación y seguimiento post-feria. De esta forma las ferias aumentan su atractivo por el mayor rendimiento de la inversión en ellas realizada, tanto por parte de los expositores como de los visitantes, y por el mayor valor añadido que los primeros pueden aportar y los segundos percibir.

A esta idea sobre el marketing electrónico y las ferias comerciales como complementarias y no sustitutivas adhieren también Molina Castillo y Cuestas Díaz (2008: 152), quienes sostienen que este hecho “potencia la indudable validez de las ferias en la era de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones”. Y agregan que ha aparecido un elemento novedoso que aún no se ha desarrollado fuertemente pero que ha sabido aunar las ventajas de las ferias comerciales y del marketing electrónico: las ferias virtuales.

Los organizadores feriales han sabido aprovechar las ventajas que suponen los servicios on line que facilitan la gestión de tramites técnicos y administrativos, acreditación, contacto entre clientes, comunicación con empresas y profesionales, relación con el público, entre otras (Baamonde Silva, 2010). A lo mencionado hay que sumarle la aparición, desarrollo y consolidación de las redes sociales como fuente de promoción, contacto e intercambio con los distintos participantes involucrados en la actividad ferial. De igual forma, el desarrollo de software específico, que permite por ejemplo contabilizar personas, y la evolución constante de los teléfonos móviles inteligentes.

Sobre ferias del libro

Las ferias internacionales de libros constituyen una oportunidad para las editoriales para comercializar y difundir su producción –también servicios e intangibles como derechos o traducciones en el exterior. Según una encuesta realizada a empresas del sector por el Centro de Estudios para la Producción (CEP) en el marco del informe sobre la industria del libro en Argentina del año 2005, 7 de cada 10 firmas aseguraron haber participado en alguna oportunidad. Dentro de los principales motivos señalados por los cuales concurrir a una feria se encuentran la venta de libros y la compra-venta de derechos.

Las ferias del libro son de tres tipos: profesionales, de público o mixtas. Una feria del libro es un evento que convoca a todos los participantes de la cadena de valor del libro, que va del autor al lector. Raúl Padilla López (2009: 296), presidente de la Feria del Libro de Guadalajara, afirma que para que las ferias puedan subsistir y desarrollarse tienen que

(…) convertirse en empresas culturales eficientes. Propiciadas en mayor o menor medida por el sector público o por la iniciativa privada –o por la combinación de ambas, que es lo más conveniente–, quienes las organizan tienen que saber o aprender cómo hacerlas.

Por su parte, Richard Uribe Schroeder (2012: 23) clasifica estas ferias en internacionales, nacionales-locales y especializadas y, al mismo tiempo, estas se pueden dividir dependiendo de su objetivo específico:

  1. Aquellas enfocadas de manera exclusiva en realizar negocios de comercio, manufactura y servicios entre los profesionales del libro y otros profesionales de las industrias culturales y proveedores de nuevas tecnologías. Estas son, sobre todo, ferias internacionales dedicadas a público profesional y duran entre tres y seis días. En su programación incluyen encuentros y seminarios técnicos.
  2. Las organizadas para la venta de libros con diversos escenarios propicios para el intercambio comercial, como ruedas de negocios, ventas de derechos y ventas al por mayor y al por menor. Cuentan con programación académica y cultural, y duran entre una y tres semanas. En el caso de América Latina, estas ferias son internacionales o nacionales-locales.
  3. Las ferias con venta de libros en las cuales se impulsa el encuentro de los lectores con los autores. La mayoría de ellas son nacionales-locales, y duran entre dos días y una semana.

Cumplen tres funciones principales: la exhibición de novedades, la venta al público y el contacto entre profesionales del sector. Al mismo tiempo, permiten entablar una relación de contacto personal.

Y es por ello que las ferias actualmente están dedicadas al comercio, exhibición y fomento del libro como mercancía cultural, ya que sus participantes básicos son, sobre todo, editores y libreros. Para estos, las exposiciones y ferias profesionales son una herramienta ideal de promoción y de venta, porque en un solo lugar y en un corto tiempo concentran la demanda y la oferta. (Padilla López, 2009: 296-297)

Asimismo, son un espacio privilegiado para establecer diálogos en torno a las ideas y divulgar la producción intelectual de los países (Zapata López, 2012).

Fernando Zapata López (2012) considera que las ferias juegan un papel fundamental en la cadena de valor del libro y contribuyen a enriquecer la diversidad cultural, y es por ello que deben ser objeto de una mirada atenta por parte de las políticas públicas culturales. Incluso es ventajoso para los libreros –que frecuentemente se quejan de la existencia de las ferias– por el lugar que ocupa el libro y sus autores mediáticamente durante esos días, dándoles una gran visibilidad ante el público y abriendo las posibilidades comerciales una vez terminado el evento.

Las ferias locales y regionales cumplen también una función social de gran importancia, a otra escala y con otros protagonistas, garantizan

(…) posibilidades de acceso al libro a poblaciones a las que la red de comercialización tradicional, por razones económicas obvias, no alcanza a cubrir. Suele ocurrir que los resultados comerciales en las ferias locales y regionales sean mucho mejores que los de las grandes ferias. (Zapata López, 2012: 34-35)

Según el mapa del Sistema de Información Cultural de la Argentina 2016,[2] se registran en el país 132 ferias del libro,[3] entendiéndolas como

(…) un evento social, económico y cultural –que se realiza con cierta periodicidad y que se lleva a cabo en una sede– en la que se difunden y comercializan libros y se promueve la lectura. Tiene por objetivo primordial la Promoción de la cultura y concomitantemente la estimulación y difusión comercial de editoriales, cadenas distribuidoras, librerías e instituciones ligadas a la producción y difusión del libro.

La mayoría de estas muestras son de tipo nacionales-locales, y entre ellas se destacan la Feria del Libro de Córdoba y la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires. La única feria del libro internacional del país es la de Buenos Aires. Es bastante frecuente en Latinoamérica que los eventos feriales de libros se concentren en las ciudades capitales de los países o en grandes ciudades.

Mónica Herrero de Consiglio (2012) sostiene que los negocios que se generan en las ferias de la región apuntan más a la compra-venta de ejemplares físicos de libros y a la consecución de distribuidores en distintas regiones o países que a la comercialización de derechos, aspecto que todavía no está demasiado explorado. Según esta autora, los organizadores feriales se han esforzado más por la capacitación de los distintos actores vinculados con la circulación y difusión del libro a través de jornadas especializadas, seminarios y otros eventos para profesionales del sector. De esta manera, generaron dos tipos de tendencias en las dinámicas de las ferias: por un lado, las jornadas específicas de capacitación y, por otro, esfuerzos más recientes tendientes a promover la negociación de derechos.

En lo que respecta al público, los visitantes de las ferias de libros responden a diversos perfiles y llegan con distintos intereses e inquietudes:

Algunos son voraces lectores que frecuentan a menudo las librerías; a estos apasionados por los libros las ferias les sirven para encontrarse con sus autores favoritos y para escucharlos hablar sin intermediarios, más que como una enorme librería donde pueden hallar títulos difíciles de conseguir. Están quienes solo concurren a las charlas con escritores, que suelen tener un interés marcado por la literatura, y quienes van más por curiosidad o a comprar el último best seller. Otros van para encontrar libros de estudio o solo por curiosidad. (Padilla López, 2009: 297)

En lo que atañe a los resultados de una muestra, Bernardo Jaramillo H. (2012) indica que el éxito de una feria suele medirse por indicadores comerciales vinculados al número de expositores, de metros cuadrados, visitantes, rondas de negocios, clientes extranjeros, actividades culturales y asistentes a las Jornadas Profesionales.

Por su parte, Fabiano dos Santos Piúba (2012) considera que una feria debe asumir un papel social entre sus objetivos, además de los propios de la comercialización del libro, como promotoras del acceso al libro y a la lectura, como un derecho básico y una práctica social de inclusión y desarrollo:

(…) una buena feria del libro es aquella que logra agregar a su proyecto y programación por lo menos cinco factores culturales vitales: a) la democratización del acceso al libro; b) la promoción de espacios para la formación de lectores; c) la valorización del libro y de la lectura en el imaginario simbólico; d) la promoción de la literatura y del conocimiento; y e) el fomento de la economía del libro a través de sus cadenas creativa y productiva. (Fabiano dos Santos Piúba, 2012: 48)


  1. Utilizan los términos compradores y vendedores en lugar de visitantes y expositores.
  2. http://www.sinca.gob.ar/sic/mapa/, revisado el 30 de noviembre de 2016.
  3. En noviembre de 2018 el registro de ferias del libro señalaba la existencia de 141.


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