Otras publicaciones:

9789871867530-frontcover

9789877230147-frontcover1

Otras publicaciones:

9789877230260-frontcover

Book cover

Una nueva apuesta: la Feria del Libro Infantil y Juvenil

Hacia 1988 y luego de varios años de exitosa experiencia en la organización de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, comienzan los preparativos para realizar una feria del libro que estuviera dedicada exclusivamente al público infantil. La fecha sería durante el receso escolar de invierno y el lugar el Centro Municipal de Exposiciones, que también albergaba a la “feria grande” y tenía una ventaja principal: la posibilidad de acceder a valores y condiciones de arrendamiento muy beneficiosos.

La propuesta cultural incluía: espectáculos para los niños, magos y payasos ambulantes por el predio, firmas de escritores, presentaciones de libros, información bibliográfica, biblioteca infantil y, por supuesto, la presencia de expositores vinculados al libro infantil, tanto nacionales como extranjeros. Asimismo, la organización de un seminario para docentes sobre hábitos de lectura que contaba con el auspicio de la Secretaría de Educación de la Municipalidad de Buenos Aires. Se preveía una extensión de tres semanas que abarcaría una semana de visitas escolares y las dos semanas de las vacaciones de invierno para público general.

La realización de la Feria del Libro Infantil estaba aún sin definir hacia mayo de 1988. El tiempo para organizarla era escaso y la situación económica poco auspiciosa para organizar una nueva feria. Dentro del Consejo de Administración de la Fundación El Libro, la realización de esta feria tenía sus defensores y sus detractores. Entre las razones para la no realización de la Feria se encontraban la delicada situación económica que se vivía al momento, el poco tiempo de preparación y la posibilidad de que la organización de una feria de menor cuantía socavara el prestigio conseguido con la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Mientras que quienes estaban a favor de su realización sostenían que “es muy probable que si la Fundación no la encara [la organización de la Feria], tal vez otra empresa lo haga por el atractivo que este rubro implica y el conocimiento del éxito de la feria grande (…)”, así lo afirmaba Roberto Castiglioni (Acta del 12 de mayo de 1988).

Finalmente, se resuelve realizar una reunión con los posibles expositores con carácter de “anuncio-convocatoria”, llevando todo el material informativo (planos, reglamentos, solicitudes), para luego, en función de las respuestas obtenidas por los posibles expositores se pudiera tomar una decisión sobre la realización o no de la Primera Feria del Libro Infantil en julio de 1988.

La reunión se realizó el día 20 de mayo de 1988 en la Cámara Argentina del Libro, allí concurrieron aproximadamente 45 representantes de editoriales y distribuidoras de libros infantiles. Según consta en el Acta del 7 de junio de 1988: “Si bien existieron algunos reparos por los costos, la opinión casi unánime fue positiva en cuanto a la realización y a la necesidad de estar presentes”.

Luego de dicha reunión empezaron los contactos directos con los posibles expositores para comenzar con la reserva de espacios:

Se obtuvieron en principio quince respuestas positivas, cuatro negativas (por tener poco material) y la mayoría solicitó un tiempo para contestar. Paralelamente, continuaron las tratativas con el Secretario de Educación de la Municipalidad, quien designó un funcionario de enlace (…) Se lograron también los espacios gratuitos en la televisión. El Sr. Débole informa que él y el Sr. Castiglioni fueron invitados a una reunión sobre el tema en la Cámara del Libro. Los miembros de la Cámara asistentes opinaron que tal vez no fuese oportuno por la especial situación que se está viviendo, y que los costos resultaron excesivos en relación con las posibilidades de venta de los libros infantiles que tienen bajo precio. Por esto la Feria resultaría seguramente deficitaria para los participantes. Sin embargo, la opinión unánime fue que debía hacerse, aunque algunos propusieron postergarla hasta fin de año. La posición final de la Cámara fue también de no hacer oposición a esta realización y se pidió a la Fundación, de ser posible, una postergación (…) Posteriormente se hizo una evaluación para definir el punto crítico en la cantidad de metros a vender (…) Resultó que debían venderse 600 m2 y los expositores en general estaban comprando lotes pequeños. Se llegaría en el mayor de los casos a 450 m2. Esto, agregado a la falta de definición de la fecha de las vacaciones de invierno para las escuelas de la Capital. (Acta del 7 de junio de 1988)

Luego de otras consideraciones, finalmente se resuelve aceptar la propuesta de Roberto Castiglioni: 1) postergar la Feria hasta las vacaciones del año próximo y darle carácter internacional, 2) incorporar elementos didácticos y estudiar la posibilidad de agregar también el libro juvenil (hasta 16 años). El Consejo aprueba la propuesta y solicita que se comience con las tareas organizativas con tiempo suficiente.

La primera edición

En septiembre de 1988 y en función de lo resuelto oportunamente, comenzaron las conversaciones para poder llevar adelante la Primera Feria del Libro Infantil y Juvenil en julio de 1989. Se conformó una comisión asesora que estaba integrada por gente vinculada al sector infantil de la industria editorial, entre los que se encontraban: Roberto Chwat, Guillermo Schavelzon, Pablo Medina, Ignacio Arrieta, Oscar González, Carlos Silveyra, Beatriz Borovich, Susana Itzcovich, Ruth Mehl, Marta Giménez Pastor, Graciela Montes, Ana María Ramb, Hebe Solver y Pipo Pescador.

Sin embargo, los organizadores debían enfrentar ahora un inconveniente de consideración: el Centro Municipal de Exposiciones no estaría disponible para la fecha establecida para el desarrollo de la Feria debido a que ya se encontraba reservado para otra muestra. Las posibilidades que se barajaron frente a esta situación fueron dos: 1) realizar la Feria en los pabellones N° 10 y Frers de La Rural, o 2) la realización conjunta con “Expojuegos” en el Centro Municipal de Exposiciones.

En una reunión con los posibles expositores se abordaron diferentes temas vinculados a la organización. La Feria sería internacional, de libros infantiles, juveniles, recreativos, de educación y libros pedagógicos. Se expusieron las dos posibilidades vinculadas al lugar de realización, inclinándose los expositores por la opción de La Rural. “Había un marcado interés, solo supeditado al costo” (Acta del 1 de septiembre de 1988).

Más allá de la respuesta positiva por parte de los posibles expositores a favor de La Rural, este predio también se encontraba reservado para la fecha prevista:

El Sr. Castiglioni tuvo una conversación con la gerencia de La Rural, confirmando que los dos pabellones estaban ocupados, pero que la Sociedad Rural tenía un marcado interés en que se realizara esa feria, por su nivel cultural y que esto podría supeditar el anterior convenio. De ahí que el planteo actual determine una urgente decisión sobre la factibilidad de la Muestra visto que no puede prolongarse una situación contractual. El Sr. Castiglioni aclara que al momento no existe ningún compromiso y que la definición de los expositores está ligada a los costos. (Acta del 1 de septiembre de 1988)

La realización de la Feria del Libro Infantil y Juvenil en La Rural supondría un aumento en los valores de los lotes, ya que el costo del alquiler de este predio era superior al del Centro Municipal de Exposiciones. El metraje a vender para alcanzar el punto de equilibrio sería ahora de unos 1400 m2. El Consejo de Administración de la Fundación El Libro preveía dar condiciones de pago especiales, con mantenimiento de tarifas, descuentos por pago al contado, cuotas especiales, etc. Finalmente, hacia diciembre de 1988, el alquiler de los dos pabellones de La Rural era ya un compromiso asumido.

En mayo de 1989 se habían vendido 1072 m2 de los 1429 m2 disponibles. Dada la especial situación que atravesaba la industria editorial, se solicitó la incorporación de otros rubros, como juguetes didácticos y elementos de escritura (vinculados al libro para pintar). A pesar de no haber logrado vender la cantidad de metros estimados para alcanzar el punto de equilibrio, la decisión política del Consejo de Administración de realizar la Feria del Libro Infantil y Juvenil, independientemente de que su realización implicara un perjuicio económico, era una decisión tomada. El programa cultural estaba prácticamente cerrado e incluía narraciones de cuentos, espectáculos, actos, ambientaciones, talleres de trabajo y una jornada organizada por la Dirección Nacional del Libro para docentes y bibliotecarios.

Sin embargo, a principios de junio de 1989, a escasos días de inaugurar la Feria, durante una reunión informativa con los expositores donde, entre otros temas, se comentaron las propuestas culturales programadas,

se produjo el anuncio de deserción de algunas editoriales: Sigmar, Paidós, Aguilar, Santillana, Atlántida y Sudamericana, que pidieron que la Feria no se realizara por el momento económico que se estaba viviendo. Otros de los presentes manifestaron su interés en que la Feria se hiciera como estaba previsto. (Acta del 5 de junio de 1989)

La situación a pocos días de comenzar la Feria era crítica, el retiro de estas grandes editoriales significaba una reducción considerable del espacio comprometido y ameritaba una rápida resolución. Roberto Castiglioni hizo un resumen de las diferentes cuestiones a tener en cuenta antes de tomar una determinación:

a) si la Feria no se realiza por el pedido de algún sector, no puede alegarse razones de fuerza mayor y deberá devolverse lo cobrado. Se deberá también hacer frente a los compromisos y gastos ya concretados: predio, película, impresos, viáticos, envíos, etc.; b) el daño moral y el compromiso con otras instituciones y especialistas, instituciones públicas y privadas (Sociedad Rural, contratistas, etc.); c) las embajadas que ya han mandado sus libros; d) deterioro de la imagen de confiabilidad de la Fundación y de las personas que llevaron a cabo las tramitaciones. Si la Feria se hace, con el retiro de esas editoriales y de otras que están en dudas, también significará un costo que debe considerarse en dos aspectos: a) el comercial. Se debiera mantener el precio de mayo para que puedan incluirse editoriales más pequeñas, dar condiciones de pago especiales, congelar valores de servicios tratando de reducirlos al máximo, canjes por avisos en varios casos, ampliar la posibilidad de participación de expositores no específicos de libros, pero ligados íntimamente al tema; b) el organizativo. El tiempo que queda para hacer toda la promoción y la organización es muy breve. Significa que se limita en forma importante la difusión, el cuidado de la Feria, la confección de la Revista-Guía, etc. Además debiera estudiarse la consideración de sanciones para los expositores que se han retirado y colocado en una difícil situación a la Fundación a menos de un mes del inicio de la Feria. Por lo tanto y como recomendación final, podría pedirse a aquellas editoriales grandes que se han retirado que reduzcan los espacios reservados y que participen aunque sea desde un aspecto promocional. (Acta del 5 de junio de 1989)

El Consejo de Administración resolvió continuar con la realización de la Feria e intentar buscar la forma para que los expositores que se retiraron puedan volver, sin embargo no se concretó ningún reingreso.

Oscar González[1] (2013) recuerda

(…) la primera Feria que se armó en pleno proceso de inflación, en las vísperas de asunción de Menem (…) Hubo editoriales que dijeron que no era el momento, yo pensaba que si hay que esperar un momento en este país no hacemos nada. Y se hizo, fue una sorpresa y tuvo muy buena respuesta. Ahí comenzó una larga lucha que fue instalar la Feria del Libro Infantil y Juvenil como una opción para las vacaciones de invierno, dado que la Feria no se puede hacer en otro momento que no sean las vacaciones de invierno porque el chico está en la escuela. Pero salíamos a competir con la gran oferta que eran los cines, la calle Corrientes con sus espectáculos, etc.

La 1a. Exposición Feria Internacional de Buenos Aires del Libro Infantil y Juvenil se llevó a cabo de 7 al 20 de julio de 1989 en los pabellones 10 y Frers del predio La Rural, con la participación de 53 expositores. “La escasa concurrencia de los primeros días (que coincidió con el cambio de autoridades de la Nación) fue reemplazada por una concurrencia que crecía día a día, hasta provocar algunos problemas de circulación” (Acta del 25 de julio de 1989). Los números finales indicaron una asistencia de 120.000 personas (la entrada era gratuita para menores de 5 años, contingentes escolares, docentes y jubilados). A las Jornadas organizadas por la Dirección del Libro concurrieron más de 1200 docentes y bibliotecarios, especialmente del interior. Las actividades desarrolladas incluyeron: narraciones de cuentos, concursos de dibujos, búsqueda del tesoro, rincón del escritor; taller de ciencias, de creatividad, de escritura, de lectura, de cómo se hace un libro, de música, entre otras actividades. Asimismo, se programaron 153 actos culturales a los que asistieron 12.875 personas.

El balance económico arrojó pérdidas,[2] sin embargo el resultado global fue considerado positivo y los consejeros coincidieron en la necesidad de continuar con la realización de la Feria del Libro Infantil y Juvenil.

El desafío de una segunda edición

Para la segunda edición de la Feria, la situación del país continuaba siendo muy complicada. La voluntad de realizar la muestra estaba, pero la situación económica ameritaba una prudencia aún mayor que la habitual, había que tratar de “afectar la menor cantidad de gastos posible hasta poder concretar la realización de la misma (…)” (Acta del 8 de febrero de 1990), y para ello, era necesario contar con la respuesta y el compromiso de los expositores. La Feria se realizó entre el 6 y el 21 de julio de 1990 en el predio La Rural, que otorgó beneficios especiales para que pudiera realizarse la exposición (cesión sin cargo de parte del pabellón 10, el ingreso anticipado al predio para el armado, etc.). En esta oportunidad, la Feria se extendió a lo largo de 4.140 m2, 121 m2 más que en la edición anterior, pero contó con un expositor menos, fueron 52 en lugar de los 53 de la primera. Las grandes editoriales, que en la primera edición cancelaron su participación a último momento, esta vez estuvieron presentes. La cantidad de público asistente fue la misma: 120.000 personas, pero en esta oportunidad la entrada fue gratuita para los menores de 14 años.

¿La tercera?

Los preparativos para la tercera edición de la Feria del Libro Infantil y Juvenil comenzaron antes de finalizar el año 1990. El tema a resolver era el predio que se elegiría para realizar la muestra. Las autoridades de La Rural se mostraron predispuestas a colaborar para que esta feria continuara desarrollándose en ese ámbito, pero el Centro Municipal de Exposiciones volvía a ser una opción, y por demás atractiva, ya que implicaba beneficios económicos que supondrían una reducción de costos, más allá de las ventajas de la ubicación geográfica que de por sí tiene ese predio. Como de costumbre, la decisión final quedaba supeditada a la opinión de los expositores.

En noviembre de 1990 se realizó una reunión con los posibles expositores a la que asistieron 25 representantes de editoriales, donde se analizaron los pros y contras de cada predio y, por unanimidad, se consideró que el mejor lugar para realizar la muestra era el Centro Municipal de Exposiciones. La Feria se extendería en esta oportunidad durante tres semanas –como era originalmente la idea–, una semana de clases y dos de vacaciones de invierno.

Sin embargo, en diciembre de 1990, luego de una nueva reunión con los expositores, que en su mayoría se inclinaron por esta opción, se resuelve realizar la exposición en el Predio Ferial de Palermo. La estimación de costos en ese momento indicaba un valor por metro cuadrado de $1.700.000 australes en La Rural y de $1.604.000 en el Centro Municipal de Exposiciones.[3] Pero las solicitudes de inscripción resultaron muy escasas, con la cantidad recibida solo se cubrirían 320 m2. Por lo tanto, en febrero se resolvió convocar a una nueva reunión a los posibles expositores para decidir sobre la realización de la Feria.

Como resultado de esa reunión se conformó una pequeña comisión de expositores que analizarían con un representante de la Fundación El Libro los presupuestos, para tratar de reducir los costos al máximo posible. Se lograron reducir valores en algunos rubros como impresiones, actos culturales y publicidad, a cambio del compromiso de los expositores a colaborar en esos rubros. Sin embargo, en mayo la situación continuaba siendo muy compleja y los costos impedían que varios de los expositores pudieran participar. Se estableció un punto de equilibro de 600 m2 a locar para poder realizar la Feria, a un costo de $2.000.000 de australes por m2. Para ese momento, ya no era una cuestión simplemente de costos sino también de tiempos, organizar una feria con tan poco tiempo suponía también realizar una muestra de menor calidad a las anteriores. La opinión del Comité Ejecutivo, liderado por Marta Díaz,[4] era no realizar la Feria, sin embargo la presión de algunas editoriales por continuar con el proyecto hizo que se hiciera un último intento por concretar la tercera Feria del Libro Infantil y Juvenil:

Se decide enviar una nota o fax que se elaborará de inmediato, teniendo presente que se ha de resaltar en el texto a) la insistencia de los expositores que ha determinado esta nueva instancia, b) que la demora en la toma de decisiones no es atribuible a la Fundación, c) que deberán reservar en concreto los metros a locar acompañando un cheque por el 40% de la locación y el saldo abonarse en dos cuotas el 15 y el 30/6, d) que las limitaciones de tiempo hacen suponer que la feria no podrá tener el nivel de las anteriores ni sus características y obviamente esto es para eliminar las críticas posteriores de los expositores que conocerán las reglas del juego, e) que en el futuro el Consejo tomará sus decisiones con el tiempo y mecanismos que él determine libremente, para evitar que se repitan situaciones como la presente. Finalmente se resuelve convocar a una reunión de emergencia para el jueves 23 a las 17hs. (Acta del 21 de mayo de 1991)

La reunión del 23 de mayo arrojó como resultado 14 expositores que rentaron 501 m2: “Algunos expositores que habían confirmado su participación se retiraron por el poco tiempo disponible para la preparación. Otros disminuyeron los metros por el alto valor de locación (…)” (Acta del 23 de mayo de 1991). La cantidad de metros locados no llegaba al mínimo establecido para concretar la feria (600 m2). Además, la realización con solamente 14 expositores suponía una reducción muy grande en relación con las anteriores ediciones que contaron con más de 50 expositores cada una. Finalmente se resuelve no realizar la feria y postergar su organización para el año siguiente “con el tiempo y los requerimientos de organización que el público, expositores y la Fundación merecen” (Acta del 23 de mayo de 1991).

Según Oscar González (2013), la suspensión de la Feria fue debido a que “había intereses creados. Porque las texteras[5] consideraban que las perjudicábamos, estaban equivocadas. (…) sentían que el libro complementario competía con el de texto”.

Ahora sí, la tercera

La organización de la 3ra. Feria del Libro Infantil y Juvenil se retomó hacia noviembre de 1991. Nuevamente, el tema a resolver sería el predio, se barajaron nuevas posibilidades: la Biblioteca Nacional y el Palais de Glace, que contaban con el entusiasmo de editores y autoridades nacionales.

En diciembre la comisión asesora adquirió la categoría de Comisión del Libro Infantil, presidida por Roberto Chwat,[6] y se puso al frente de la organización de la Feria junto con el Comité Ejecutivo.

Las posibilidades de realización de la Feria en la Biblioteca Nacional o en el Palais de Glace fueron descartadas definitivamente hacia abril de 1992, resolviéndose finalmente por los pabellones E e I del Centro Municipal de Exposiciones.

En esta oportunidad, el Consejo ya había tomado una decisión: “Ante la situación creada por las diversas circunstancias del intento del año anterior, la Feria debe realizarse, aun a costa de una pérdida, aunque no se completen los metros mínimos” (Acta del 5 de mayo de 1992). De hecho, faltando pocos días para que comenzara la Feria se habían vendido 880 m2 (de los 1200 m2 previstos) y dos módulos armados con capacidad para 50 libros, que salieron a la venta por la escasa adquisición de espacios.

El Ing. Chwat dice que es opinión generalizada que esta Feria es la más linda y completa de todas las realizadas hasta el momento. Entre los aspectos negativos figura el lugar, que no es tan accesible como La Rural, y fundamentalmente la competencia con otras actividades recreativas. La venta de libros para los expositores no ha sido importante y debe tenerse en cuenta que los libros para niños son muy económicos. El Ing. Chwat opina que estas críticas no existirían si hubiese habido muchas ventas.

Para el Ing. Chwat la Fundación debiera plantearse en el futuro si le da a la Feria del Libro Infantil el mismo enfoque que se le dio a la Feria “grande”, que se hizo por muchos años a pura pérdida, sin dejar de hacer todo lo necesario para alcanzar el éxito. (Acta del 28 de julio de 1992)

Camino al andar

La organización de la Feria del Libro Infantil y Juvenil adquirió a partir de la tercera feria regularidad en su realización. No obstante ello, las dificultades organizativas vinculadas a los costos y forma de financiación, el lugar de realización, los expositores, la falta de certeza y acuerdo sobre la fecha de las vacaciones de invierno –de la cual dependía el establecimiento de la fecha de realización de la Feria–, la respuesta del público, entre otras, fueron una constante. De hecho, estas dificultades frecuentes a las cuales se enfrentaba la organización de la Feria del Libro Infantil y Juvenil hacían que la discusión sobre la efectiva realización de esta muestra, como una decisión política a tomar, fuera recurrente. Eustasio García refería en una oportunidad que

(…) casi todos los consejeros son hombres de empresa y que en los negocios hay años en los que se gana y otros en los que se pierde. La Fundación fue creada para la promoción del libro y esto significa hacer ferias, la grande y la chica, y que se debe asumir lo que toca vivir. También se debe tratar de consolidar el capital para cumplir con sus fines pero en definitiva se trata de invertir en la cultura. (Acta del 13 de enero de 1998)

El Consejo de Administración estableció una partida presupuestaria para cubrir los posibles desajustes que pudieran surgir de la organización de la Feria del Libro Infantil y Juvenil.

Vale destacar que, según consta en las actas, el Comité Organizador de la Feria bregó en todo momento por tratar de hacer de la muestra una propuesta atractiva para el público y los expositores, considerando la limitación de recursos económicos y materiales a los que se enfrentaban permanentemente.

Las ferias de 1995 y 1996, la sexta y la séptima, arrojaron superávit pese a la delicada situación económica. Con ocasión del balance de cierre de la sexta feria, Roberto Chwat afirmaba: “Se tiene una excelente impresión y a todos los expositores les fue mejor de lo que esperaban y algunos han cubierto los gastos” (Acta del 8 de agosto de 1995). En función de los últimos resultados obtenidos, Chwat consideraba que era “el momento en que la feria debe crecer y brindar mayores posibilidades para la realización de actividades participativas” (Acta del 29 de octubre de 1996).

Asimismo, había una cuestión que era clara, como indicaba Roberto Chwat:

(…) si bien es cierto que para la mayoría de los expositores, la Feria nunca fue redituable económicamente, no se la puede medir con ese parámetro. Lo redituable es la promoción de la lectura que se realiza a través de la Feria. Por lo demás siempre se pretende que los costos de los stands sean los más bajos posible. (Acta del 12 de septiembre de 2000)

Así también lo cree Oscar González (2013), quien afirma que

Nadie puede pensar en la Feria para salvar el año, descartado. Si vos le das uso a la Feria y tenés una rentabilidad del 10 o 15% ya está. Hay una actividad, una presencia que son muy importantes, también incluso para las provincias y diferentes instituciones. (…) Yo pienso que al lector hay que salir a buscarlo, y las firmas de autores, las charlas y los diferentes eventos que se realizan en la Feria ayudan a ese propósito.

Es opinión generalizada, tanto sobre la Feria del Libro de Buenos Aires como sobre la Feria del Libro Infantil y Juvenil, que la decisión de participación no está vinculada con un beneficio económico directo, sino con un beneficio de carácter más intangible. Rodolfo Marchese (2013), consejero de la Fundación El Libro en representación de FAIGA, afirma que “nadie puede dejar de estar en la Feria del Libro, si vende libros o edita libros o produce libros”. Por su parte, Francisco del Carril (2012) sostiene que

nadie se salvaba por la feria. En el caso nuestro, yo siempre decía que la feria, en definitiva, para una editorial como Emecé, en ese momento, era el 8% de las ventas de ese mes (…) no era significativo, era más la imagen que lo que era en sí la feria. Era lo que transmitías al público, no era desde el punto de vista económico.

El predio, otra vez el predio

Para fines de 1997 se conoció la intención del gobierno de la Ciudad de aumentar el valor de locación del Centro Municipal de Exposiciones de $0,40 el m2 a $1. Esta situación ponía en jaque la continuidad de la Feria del Libro Infantil y Juvenil, ya que si bien existía una intención de continuar con la realización de esta muestra, las posibilidades materiales se veían seriamente reducidas por el aumento de los costos.

En el año 1999, luego de tomar conocimiento de que el predio había sido cedido gratuitamente para la realización de una muestra del CONSUDEC por sus fines culturales y educativos, comenzaron las gestiones para obtener la exención del pago del alquiler del predio para la Feria del Libro Infantil y Juvenil. La nueva tarifa que debería abonar la Fundación El Libro para la feria de 1999 significaba “un incremento del 150% del precio vigente el año pasado. En caso de no concederse ese pedido, resultará muy difícil poder realizar la 10a. Feria Infantil” (Acta del 9 de marzo de 1999).

La exención del pago del alquiler para la realización de la Feria del Libro Infantil y Juvenil llegó mediante la sanción de la Ley 383 de la Ciudad de Buenos Aires, justo a tiempo para la 11a. Feria (año 2000). La eximición solo comprende el canon locativo, debiendo hacerse efectivo el pago de las garantías por futuro consumo de servicios y concertarse los seguros. A partir de ese momento la exención del pago del alquiler del predio para la Feria del Libro Infantil y Juvenil se fue ratificando año a año por sucesivas leyes.

Oscar González (2013) afirma que si no les cediesen el predio no sería posible hacer la Feria:

(…) estuvimos peleándola muy duro hasta el 99. En el 2000 asumió Kuky [Miller,[7] la presidencia del comité] hasta el 2008 y después estuve yo hasta ahora. Con Kuky empezamos a darle otro perfil a la Feria, con el lema, con las plazas, queríamos darle un perfil no tan mercantil, sino insistir mucho sobre elementos que atrajeran a la gente. El problema nuestro era que competíamos con la calle Corrientes, por eso la necesidad nuestra de ofrecer espectáculos y otras cosas. Para que con una sola entrada la gente tenga diferentes posibilidades. (…) El salto fue en el 2003, nos sorprendió, colapsó, unas colas que no daban abasto, tuvimos que agregar boleterías. Comparando con lo de hoy habría que ver, pero con lo que veníamos haciendo, realmente fue un salto. Desde ahí se consideró que la Feria ya estaba instalada.

Esto también se evidenció en la superficie ocupada, en el año 2004 se sumó un pabellón más a la exposición y comenzaron a utilizarse los pabellones A, C, E y el Hall Central del Centro Municipal de Exposiciones.

A partir del año 2006, empezó a desarrollarse el Encuentro de Profesionales del Libro Infantil y Juvenil. En este contexto se realizaron mesas redondas, visitas a expositores, conferencias y desayunos de trabajo.

Nuevos sobresaltos

En el año 2009, para la 20a. Feria, la pandemia de gripe A que afectó al país motivó la suspensión del evento pocos días antes de su inicio, luego de que el gobierno nacional desaconsejara la concurrencia a espectáculos masivos. Lo cierto es que, además de la situación provocada por la Gripe A, hubo otro factor que facilitó la decisión: la falta de certidumbre con respecto a la posibilidad de utilizar del Centro Municipal de Exposiciones, ya que se encontraba ocupado por parte del patrimonio del Teatro Colón que estaba en refacciones.

De hecho, las ferias de los años 2010 y 2011 fueron ferias reducidas en su superficie. La Feria del Libro Infantil y Juvenil pasó de ocupar los pabellones A, C, E y el Hall Central del Centro Municipal de Exposiciones a ubicarse solamente en el Pabellón E, lo que implicó una reducción significativa en la oferta de la Feria al público y a los expositores. Oscar González (2013) atribuye las permanentes dificultades que experimenta este evento a que

somos pocos, en realidad hacemos una Feria en la que ponemos todo, lo que tenemos y lo que no tenemos. Nosotros dependemos del Gobierno de la Ciudad, porque ellos nos proporcionan el lugar físico para hacer la Feria. Siempre estamos a expensas de otro, no somos autosuficientes porque no nos dan los números. Siempre peleamos para hacer la Feria, con los de adentro y con los de afuera, hacemos lo que podemos.

Con todo, la Feria del Libro Infantil y Juvenil ha sabido reponerse a las dificultades y salir a competir año a año. Como se ha visto a lo largo de este capítulo, esa decisión política tantas veces mencionada y empujada por buena parte de los consejeros y del Comité Ejecutivo parece ser la que permitió que la historia de este evento llegara hasta la actualidad. Finalmente, si hay una conclusión que nos permite extraer esta parte de la historia es que, sin dudas, la participación en la Feria del Libro, tanto en la Internacional como en la Infantil, no tiene que ver con un beneficio comercial directo, sino con un beneficio intangible que se asocia mucho más a la construcción de imagen.


  1. Ex presidente del Comité Organizador de la Feria del Libro Infantil y Juvenil.
  2. No hemos podido acceder a los balances de la Fundación El Libro, sin embargo, según consta en el Acta del 14 de agosto de 1989, el balance provisorio arrojó una pérdida de $954.418 australes, sin contar ciertos valores pendientes como: los derechos de SADAIC, los agregados al rubro instalación que no estaban previstos (modificaciones por el retiro de expositores, salas para las Jornadas, etc.), la actualización de la deuda de los expositores que se retiraron y la realización del video promocional.
  3. Cf. Acta del 18 de diciembre de 1990. La fluctuación de precios producto de la hiperinflación imperante en ese momento impedía dar números definitivos a largo plazo.
  4. Roberto Castiglioni falleció al poco tiempo de finalizada la primera Feria del Libro Infantil y Juvenil y fue la secretaria ejecutiva, Marta Díaz, quien continuó con la tarea.
  5. Se refiere a editoriales de libros de texto.
  6. Titular de la editorial Sigmar.
  7. Titular de Ediciones de la Flor.


Deja un comentario