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9 La crisis del pensamiento crítico

Emir Sader[1]

El pensamiento crítico está descompasado con el momento histórico que vive América Latina. Siempre que la izquierda latinoamericana ha avanzado, ha tenido su correspondencia en avances en el pensamiento crítico, que ha ayudado a abrir nuevos horizontes y ha apuntado hacia problemas, contradicciones y nuevas perspectivas.

En este momento, con raras excepciones, el pensamiento crítico latinoamericano no es coadyuvante importante de las circunstancias que vive el movimiento popular del continente. ¿Por qué eso se da? ¿Cuáles son las condiciones que lo explican y como superarlas?

Desafíos teóricos del nuevo período histórico

Las grandes trasformaciones que ha vivido el mundo no han ahorrado a la izquierda y al mismo pensamiento crítico. Muchas certezas se han desvanecido. La de que la historia tenía una dinámica previsible, que la llevaría del capitalismo al socialismo y de ahí al comunismo. La de que la historia no retrocede. La de que la derecha es una fuerza inerte, que no se renueva. La de que ser de izquierda es estar en la ola de la historia. La de que los intelectuales de izquierda son la vanguardia del pensamiento. Entre otras.

La intelectualidad fue también profundamente afectada por las trasformaciones regresivas del mundo. A falta del socialismo como referencia mundial, algunos han preferido refugiarse en el liberalismo y en la democracia liberal, como si fueran defensas menos salvajes frente a todos los retrocesos. Otros han derechamente cambiado de lado y pasado a la nueva derecha. Muchos se han refugiado en el trabajo académico, desvinculado de la política, como defensa en contra los cambios que no logran comprender y asimilar.

Varios se habían incorporado a la ola del Fórum Social Mundial, resistiendo al neoliberalismo bajo el escudo del “otro mundo posible”. Pero muchos entre ellos se han dejado llevar por la nueva ola liberal y han apostado en una “sociedad civil” en contra del Estado, de los partidos, de la política, menospreciando el rol del Estado en la superación del neoliberalismo. Otros se han mantenido en las posiciones sectarias de siempre, negando la realidad porque esta no corresponde a la teoría, en lugar de valerse de la teoría como método para descifrar los enigmas de la realidad concreta.

Los profundos cambios en el mundo en las últimas décadas son desafíos complejos para el pensamiento crítico. Se ha pasado, en primer lugar, de un mundo bipolar de la guerra fría a un mundo unipolar, bajo hegemonía imperial norteamericana, con la victoria del campo occidental en contra del llamado campo socialista, que ha simplemente desaparecido. En segundo lugar, el capitalismo ha pasado del ciclo largo expansivo más importante de su historia a un ciclo largo profundamente recesivo desde entonces. En tercer lugar se ha pasado de la hegemonía de un modelo de bienestar social hacia uno liberal de mercado. Por el conjunto de esas trasformaciones se puede decir que se ha pasado a un nuevo período histórico, caracterizado por la hegemonía neoliberal y del imperialismo norteamericano como potencia única en escala mundial.

América Latina ha sido víctima privilegiada de esas trasformaciones. En primer lugar, se ha agotado el largo ciclo de desarrollo económico, iniciado en los años 1930, y terminado con la crisis de la deuda, de finales de los años 1970. En segundo lugar, con las dictaduras militares en algunos de los países políticamente más importantes del continente –Brasil, Uruguay, Chile y Argentina-, que han golpeado duramente a los movimientos populares de esos países, debilitando la capacidad de resistencia de esos movimientos y favoreciendo el surgimiento de un tercer elemento nuevo. Este fue la proliferación de gobiernos neoliberales en América Latina, la región que tuvo más de esos tipos de gobiernos y en sus modalidades más radicales.

Como reacción a esos efectos de las trasformaciones mundiales, fue en América Latina donde han surgido las reacciones más significativas a la hegemonía neoliberal. Son gobiernos que se han contrapuesto a la ola predominante en escala mundial y regional, privilegiando a las políticas sociales –en el continente más desigual del mundo-, en contraposición a la prioridad de los ajustes fiscales de los gobiernos neoliberales; que han privilegiado los procesos de integración regional y los intercambios Sur-Sur en lugar de los Tratados de Libre Comercio con EEUU y que han rescatado el rol activo del Estado como inductor del crecimiento económico y como garante de los derechos sociales, en lugar del Estado mínimo y la centralidad del mercado.

Fueron experiencias inéditas y, de alguna manera, inesperadas, dadas las profundas trasformaciones regresivas que los gobiernos neoliberales habían introducido y que podrían aparecer como irreversibles. Fueron gobiernos que han recibido herencias muy duras, como los procesos de desindustrialización de las economías, la reducción del Estado, las privatizaciones, la abertura de los mercados internos, la fragmentación social, con la mayor parte de los trabajadores en la precariedad, con un rol muy importante del agronegocio en la agricultura y en el comercio exterior de los países, entre otros. Esos nuevos gobiernos no han asumido así sus países en las condiciones anteriores al neoliberalismo, sino que han tenido que lidiar con todos esos retrocesos.

Fueron gobiernos exitosos en lo que se han planteado como objetivos inmediatos: disminuir la profunda desigualdad de sus países, promover procesos de integración regional, fortalecer el sector público. Con ello se han caracterizado como gobiernos antineoliberales e incluso posneoliberales.

Fue un desafío para el pensamiento social comprender la naturaleza de esos gobiernos, lo cual no sería posible sin una comprensión de los profundos retrocesos en escala mundial en las décadas anteriores. Sin tampoco una comprensión de la naturaleza misma del neoliberalismo, como modelo hegemónico del capitalismo en el período histórico actual.

El campo teórico, en el sentido definido por Pierre Bourdieu, ha sido cambiado radicalmente. El neoliberalismo busca imponer la polarización entre estatal/privado como la central. Descalifica al Estado para contraponerle a lo que sería la esfera privada. Sin embargo, es una propuesta que no corresponde a la realidad. En la realidad, lo que busca el neoliberalismo es la mercantilización, la trasformación de lo que es derecho en mercancía, en la educación, en la salud, en la cultura, en los mismos espacios urbanos. Así, la que es la esfera neoliberal es la esfera mercantil. Así como lo que se contrapone a esa esfera no es el Estado, que puede ser muchas cosas distintas. Es la esfera pública. Si la esfera pública es la esfera de la mercancía y el consumidor, que tiene en el shopping center su utopía, la esfera de los derechos y del ciudadano es la esfera pública, que tiene en la plaza pública su referencia.

Así, el campo teórico de la era neoliberal se constituye alrededor de la polarización entre esfera pública/esfera mercantil, entre mercantilización y universalización de los derechos, entre consumidor y ciudadano.

El pensamiento crítico en la crisis latino-americana

En el momento de auge de los enfrentamientos políticos y de la lucha de ideas en América Latina, se siente con más fuerza la relativa ausencia de la intelectualidad crítica. En un momento en que los gobiernos antineoliberales sufren las más duras ofensivas de la derecha, buscando imponer procesos de restauración conservadora, valiéndose del monopolio de los medios, el pensamiento crítico latinoamericano podría tener un rol importante, pero su poca presencia es otro factor que afecta negativamente al campo de la izquierda.

Al pensamiento crítico no le faltan ideas, pero tiene que articularlas con los dilemas políticos inmediatos, tiene que ocupar espacios públicos, tiene que valerse de la teoría para ser interpelada por la práctica y no al revés, interpelar la práctica desde la teoría. Falta pelear por espacios, faltan instancias que convoquen a la intelectualidad a que participe activamente de los grandes debates contemporáneos. Hace falta que entidades que antes congregaban al pensamiento crítico superen tendencias burocráticas, encerradas sobre sí mismas, reducidas a espacios virtuales, para convocar a los jóvenes a la participación política.

A la pobreza de las propuestas de retorno a la centralidad del mercado, del Estado mínimo, de retorno a las políticas externas de subordinación a los EEUU, a la apología de las empresas privadas, queda un amplio abanico de argumentos y de propuestas alternativas a ser asumidos por la intelectualidad de izquierda. Para desenmascarar a las fisionomías que asume la derecha, para contraponer y valorar los avances de la década y media de gobiernos antineoliberales, de promover el rol de esos gobiernos latinoamericanos por sus políticas externas soberanas, por contraponerse a la ola neoliberal que sigue barriendo el mundo y atacando a los derechos de los más vulnerables.

Esos gobiernos han hecho la crítica, en la práctica, de los dogmas del pensamiento único, de la supuesta obligatoriedad de la prioridad de los ajustes fiscales. De que no era posible el crecimiento económico distribuyendo renta. De que las políticas sociales solo podrían existir como subproducto del crecimiento económico. De que el dinamismo económico depende de más mercado y menos Estado. Que no hay camino en el mundo más que el de la subordinación a los países del centro del mundo. Que el Sur es el retraso.

Total, todo lo que los gobiernos antineoliberales han desmentido rotundamente en la práctica son fuertes argumentos para que el pensamiento crítico se apoye en ellos y encare las dificultades presentes en la perspectiva de la superación de los errores cometidos para la retomada y profundización de esos procesos y no de su abandono. Esto lo hacen los de derecha y de ultra izquierda que se refugian en la expectativa que siempre han tenido de la limitación y el agotamiento de esos procesos. Pero les faltan razones y perspectivas de superación de los proyectos antineoliberales, que son todavía los más avanzados que disponemos hoy. Las supuestas alternativas se rebelan a la reiteración de un pasado desastroso y superado por la práctica y por la teoría.

Es el momento del pensamiento crítico de superar las trabas burocráticas y academicistas que neutralizan su potencial crítico, para volver a protagonizar, en primera línea, la lucha antineoliberal. Vuelvan a proponer ideas audaces, nuevas y emancipatorias, que vuelvan a engarzar la intelectualidad crítica con las nuevas generaciones huérfanas de futuro. Luchar por nuevos espacios que permitan frenar la acción de los “intelectuales mediáticos” de la derecha que ocupan gran parte de los espacios públicos en los debates de ideas.

La burocratización conduce a la despolitización, que es todo lo que la derecha quiere, porque lleva a la neutralización del pensamiento crítico. Por otra parte, el radicalismo verbal, despegado de la realidad, que no hace balances de los errores reiterados de sus previsiones catastrofistas, desmoraliza a las palabras y a la misma teoría que pretende hacer valer.

Fue una tragedia para la izquierda la ruptura entre una teoría sin practica –encerrada en los muros de las universidades, sin transcendencia hacia la realidad concreta– y una práctica sin teoría, que a menudo se pierde en los meandros de la institucionalidad vigente. Hoy es indispensable rescatar la articulación entre pensamiento crítico y lucha de superación del neoliberalismo, entre teoría y práctica, entre intelectualidad y compromiso político concreto. Si los viejos caminos se han desviado de esos horizontes, nuevos tienen que ser abiertos, los espacios públicos conquistados tienen que ser ocupados por el pensamiento crítico.

El que pierde la batalla de las ideas está destinado a la derrota política. No merecemos perder ni la una, ni la otra.


  1. Ex Presidente ALAS, XXI Congreso, San Pablo, Brasil, 1997. Miembro del Consejo Consultivo de ALAS.


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