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10 Reflexiones sobre la tradición sociológica, los dilemas de nuestro tiempo y el porvenir[1]

Raquel Sosa Elízaga[2]

Introducción

El hecho de que la sociología se haya fundado como profesión en Europa tiene un impacto muy grande en el modo en que profesionales de este campo en distintas partes del mundo han abordado sus principios, paradigmas y métodos. El texto que presentamos se concentra en las contradicciones entre esquemas teóricos y metodológicos basados en formas de organización social, de las instituciones y del Estado que aparentan estabilidad y funcionalidad, con la violencia que Europa empeñó en las conquistas africanas y asiáticas, y el modo en que su visión colonialista y militarista introdujo distorsiones y confusiones en nuestro modo de ver el mundo.

En las últimas décadas del siglo XIX y a lo largo del siglo pasado, la sociología se consolidó como espacio privilegiado de conocimiento del comportamiento humano en sociedad. El larguísimo trecho que separa nuestra actividad hoy de la de Emile Durkheim, para explicar La División del Trabajo Social (1893), o del momento en que Max Weber incursionó en la búsqueda de los orígenes sociales y culturales de El Espíritu Protestante y la Etica del Capitalismo (1905) –para citar dos de las obras más emblemáticas-, es también el de una búsqueda incesante y compleja, emprendida a la par de otras iniciativas de conocimiento social (la antropología, la economía, la filosofía), para explicar, de un modo amplio y abarcador, procesos y tendencias nacionales, regionales y mundiales de sociedades en constante cambio. Como lo han explicado diversos historiadores y filósofos, esa etapa estuvo marcada por un crecimiento económico y social sin precedentes, pero también por la amenaza de graves conflictos entre las potencias, y un expansionismo colonial en Asia y África.

Fuente: The Times Concise Atlas of World History, London, Hammond, pp. 100,101.

Los horizontes que se vislumbraron entonces estuvieron contradictoriamente marcados tanto por la intensa rivalidad entre las potencias, como por la convicción de que, más temprano que tarde, se impondrían en el mundo los “valores occidentales”, y que llegaría una era marcada por el progreso y la civilización. Así, la que en los primeros años del siglo XX hubiera parecido una interpretación adecuada de la evolución humana a partir de Europa (y, por ende, del futuro de la historia humana en todo el mundo) no resultó en la realidad exenta de tropiezos graves y rupturas; no sólo porque fue confrontada brutalmente mediante irrupciones revolucionarias en todo el continente, sino porque las guerras mundiales redefinieron radicalmente las correlaciones de fuerzas a nivel internacional y el modo en que sería posible concebir un orden social.

En nuestra región, a la última guerra de independencia de España, protagonizada por el Partido Revolucionario Cubano y José Martí, siguieron invasiones norteamericanas en todo el continente. Las grandes inversiones inglesas en ferrocarriles y minería fueron acompañadas por inversiones norteamericanas en la agricultura, las comunicaciones y la industria y, alternativa y complementariamente, por políticas de Gran Garrote (1901-1909) y del Buen Vecino (1933-45), inscritas, desde luego en la orientación ideológica que James Monroe impuso para la América Independiente, América para los Americanos (1823).

Fuente: The Times Concise Atlas of World History, Hammond, pp.142-143.

Una sucesión de dictaduras oligárquicas, invasiones extranjeras y cruentas represiones de movimientos de resistencia obrera y campesina se sucedieron a lo largo de los años de la guerra europea, y se prolongaron hasta la segunda mitad del siglo. En ese contexto, el pensamiento crítico latinoamericano expresó, primero, su convicción sobre la necesidad de asentar la civilización sobre la barbarie, como lo expresaron Justo Sierra (1939) y José Vasconcelos (1948), o tomó partido por las organizaciones obreras y socialistas, como lo hicieron Luis Emilio Recabarren (1876-1924), Alfredo Palacios (1878-1965) y Manuel González Prada (1844-1918). Quien más honda huella dejó en el pensamiento y la acción política latinoamericanos fue José Carlos

Mariátegui (1928), al ser el primero en reconocer que los indígenas no sólo no representaban un problema, sino la base histórica y cultural del futuro de una civilización colectivista en la región.

El Siglo de la Guerra y la Catástrofe Social

La experiencia de la primera mitad del siglo veinte –al que Eric Hobsbawm denominaría el siglo de la guerra- puso en evidencia que lo que alguna vez se previó como la -si no plácida, al menos inobjetable- ruta de construcción de sistemas sociales orgánicos (para usar el término de Herbert Spencer (1877), no resultaría sino en un cierto equilibrio catastrófico –como Gramsci lo señalara antes de la segunda guerra mundial-. Este fue el resultado de la obstinada expansión del ámbito de la riqueza material, del control económico sobre inmensos territorios a partir de la intensificación de la producción y el comercio internacional, y de la soberbia del poder. El punto de partida del nuevo orden social fue, precisamente, esa confrontación destructiva que, en treinta y un años (1914-1945) acabó con las vidas y la tranquilidad de casi un centenar de millones de seres humanos. Ello significa que, antes de 1950, la voracidad capitalista y el fascismo habían ahogado en sangre las expectativas de orden, progreso y modernidad que aquellos primeros sociólogos concibieron.

La expansión capitalista tendría su correlato en los países socialistas, en que a la acelerada fortificación industrial y militar seguiría un enorme desarrollo del aparato estatal y de la política pública en todos los ámbitos, salvo el de la participación política democrática. Frágiles pactos políticos dieron lugar a gobiernos autoritarios. El esperado socialismo nunca llegó, y en su lugar, una mediocre versión funcionalista gobernó tanto a los privilegios burocráticos como a las instituciones académicas. Cuando despertaron del sueño, hacía rato que el marxismo se había ido, pero fue en su nombre que se aplastaron los ideales de varias generaciones de pensadores críticos en todos los rincones del mundo. 1989 les daría el campanazo final, después de Hungría, Checoslovaquia y Afganistán.

En confrontación persistente, aunque de baja visibilidad, a ambos extremos no dejaron de multiplicarse expresiones de resistencia y oposición a la gran capacidad de desorganización y destrucción de la vida humana que tuvieron los grandes establecimientos del capital, la riqueza, la industria, las armas y el poder. La historia de esa posguerra ha sido magistralmente reconstruida, entre otros, por Josep Fontana, quien asume los acontecimientos fundamentales del último medio siglo pasado como parte de la estrategia capitalista dominante, por el bien del imperio (Fontana, 2011). Mas resulta indispensable, en la perspectiva del reconocimiento nuestro de lo que significó el nuevo establecimiento del poder, recordar el enorme texto de Sergio Bagú, Catástrofe política y teoría social (1997), en que a la magnitud de la destrucción y la guerra, Bagú opone el heroísmo anónimo de las masas. Es un hecho que, aún ante las peores adversidades, en el mundo las voces críticas no han dejado de escucharse, desde la sociología, la historia, la filosofía y, desde luego, en las calles.

Así, a partir de los años cincuenta, lo que se había conocido como la sociología de la acción social, de Talcott Parsons (1968), fincada en la perspectiva de una normatividad y funcionalidad obligadas en todo sistema social, resultó superada por los planteamientos críticos de diversos autores, entre los que destacan C. Wright Mills (1957) y Seymour Melman (1975), quienes pusieron el dedo en la llaga de la que sería la tragedia social de nuestro tiempo: la concentración del poder y las armas por encima de toda otra consideración sobre las necesidades y aspiraciones de la sociedad. A la par de ellos se produjo en los Estados Unidos un intenso debate científico sobre los límites de la conciencia, la libertad, la relación entre los seres humanos y la naturaleza, en el que participaron personajes tan lúcidos como Hannah Arendt (2006), Herbert Marcuse (1964), Margaret Mead (1970) y Gregory Bateson (1972). Buena parte del análisis que propusieron los académicos e intelectuales de la posguerra en los Estados Unidos se había originado en Europa, con grupos como la Escuela de Frankfurt y New Left Marxist Review, sólo que éstos asumieron una iniciativa más militante –tanto respecto del capitalismo, como del socialismo-, y se concentraron en las vicisitudes de la restauración, así como en la reconstitución de la memoria histórica, la amenaza de nuevas conflagraciones, y las posibilidades de relanzamiento de un orden democrático. Los extremos críticos y de desesperanza de esas visiones están representados, tempranamente en la literatura, por George Orwell (1949), y en la filosofía, por Jean-Paul Sartre (1943-1949) y Albert Camus (1953) y, en las generaciones siguientes, por Cornelius Castoriadis (1965), Louis Althusser (1965), Jürgen Habermas (2009), Michel Foucault (1975), Nikos Poulantzas (1969) y Pierre Bourdieu (1979).

A lo largo de los años que van de la Guerra Fría a las guerras sucias y de “baja intensidad”, las posturas de estos autores, así como de quienes discutieron en general las perspectivas del capitalismo y del desarrollo, fueron discutidas en los Congresos de la Asociación Americana y en la Asociación Internacional de Sociología, fundadas entre 1947 y 1949, así como -durante el congreso fundacional de ésta última-, en la constitución de la Asociación Latinoamericana de Sociología.

La sociología latinoamericana entre la ira y la esperanza

No obstante, a diferencia de sus contrapartes en Estados Unidos y Europa, la sociología latinoamericana no se fundó como una opción disciplinaria exclusiva, sino que fincó su fuerza en la relación intensa entre profesionales de diversas ramas del conocimiento, de la antropología al derecho, y de la filosofía a la economía, a partir de la perspectiva de que el “objeto de estudio” del latinoamericanismo lo formarían las sociedades vivas latinoamericanas, su historia, su cultura y, sobre todo, su lucha por la liberación social, como lo reconoció el ecuatoriano Agustín Cueva (1985).

Ello no significó, en manera alguna, que el pensamiento social latinoamericano se enclaustrara, sino, por el contrario, que pudieron enriquecerse con planteamientos originales, como lo muestra la obra de Celso Furtado (1964), personaje que representa el tránsito del pensamiento apegado a la visión europea y norteamericana, al latinoamericanismo propiamente dicho, es decir, a un pensamiento orientado a entender la problemática del desarrollo económico, social y cultural de nuestra región. De acuerdo con el testimonio de Theotonio Dos Santos, este giro se explica sobre todo por la influencia de la Conferencia de Bandung, en 1955, y a partir de ella, por la fundación del Movimiento de los No Alineados (Dos Santos, 2015). El vínculo más poderoso entre Asia, África y América Latina se establecería, como en la guerra de independencia, con la lucha por la liberación de los esclavos de origen africano del dominio norteamericano y europeo. La pequeña isla de Martinica, en el Caribe, sería centro teórico, ideológico, cultural, político y filosófico del anticolonialismo. Desde la publicación en 1955 del Discurso sobre el colonialismo, fortalecido por el reconocimiento de la extraordinaria obra política de Toussaint Louverture, en 1962, el poeta Aimée Césaire se convirtió en un símbolo de la lucha anticolonial en el mundo. La fuerza de su pensamiento sería acrecentada y profundizada, entre otros, por su coterráneo, el psiquiatra y luchador político Frantz Fanon, cuyos textos extraordinarios Máscara blanca, piel negra (1952) y Los condenados de la tierra (1963) alimentaron con gran fuerza la lucha por la liberación de los territorios ocupados por lo colonialistas europeos en el norte de África.

A partir de estas perspectivas, el pensamiento latinoamericano no podía sino orientarse críticamente en relación a las visiones occidentalistas de la historia y del desarrollo. En su texto Tiempo, realidad social y conocimiento (1984), el historiador argentino Sergio Bagú planteó la necesidad de reconocer que los seres humanos sólo somos capaces de percibir una pequeña parte de la realidad y solemos negar o menospreciar el conocimiento de lo que se encuentra fuera de nuestro limitado horizonte. Su propuesta de identificación más amplia de nuestro tiempo y espacio constituyó indudablemente un hito en nuestra perspectiva de conocer y pensar el mundo desde nosotros mismos, o, como diría Simón Rodríguez dos siglos atrás, con cabeza propia (Rodríguez, 2004; Sosa, 2011).

Esa misma búsqueda, y el impacto de las luchas por la liberación nacional en América Latina favorecieron el fortalecimiento de un pensamiento crítico orientado a construir las perspectivas de una doble liberación: del colonialismo y del capitalismo dependiente. Sergio Bagú (1992), Aníbal Quijano (2014), Celso Furtado (1964) y André Gunder Frank (2005) marcaron nuevos hitos en la larga tradición crítica del pensamiento latinoamericano (Freyre, 2003), abriéndole cauces inéditos y significativos, como prueban los trabajos de Florestán Fernándes (1960) Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1969), Ruy Mauro Marini (2008), Hugo Zemelman, Eduardo Ruiz Contardo, Agustín Cueva (1977), Pablo González Casanova (1983), Gérard Pierre Charles (1981), Suzy Castor (1989), John Saxe Fernández (1999), Jorge Turner (2007), René Zavaleta (1986), Marcelo Quiroga Santa Cruz (2007), Edelberto Torres Rivas (1969), Roberto Fernández Retamar (1971), Orlando Fals Borda (2009), Enrique Dussell (2007) y Gregorio Selser (2011), entre tantos otros.

Como sabemos, el golpe de Estado en Chile desató amargas reflexiones sobre el autoritarismo latinoamericano y reforzó las conclusiones de la teoría de la dependencia en el sentido de que la estrategia capitalista en nuestra región, como en otras zonas del Tercer Mundo (como se denominó a los países colonizados y sometidos al imperio de las potencias) se construye a partir de la primarización de la economía, la superexplotación del trabajo y la subordinación del Estado a las políticas de los organismos internacionales. Los años del exilio chileno y latinoamericano y de la persecución del pensamiento crítico, la destrucción de cientos de miles de libros, la desaparición, prisión, tortura y asesinato de dirigentes y militantes políticos de todo el subcontinente produjeron un gran dolor, pero también abrieron nuevos cauces a la resistencia, al principio, en movimientos armados, y más adelante, en movimientos en lucha por la democratización de la región (Sosa, 1991).

Cuando en 1990 fue finalmente derrotada la dictadura de Pinochet, América Latina era una región agotada por la continua tensión política, la exclusión de toda oposición por los gobiernos autoritarios, y sumida en la incertidumbre y en la pobreza. La esperanza en una “transición a la democracia” fue, lamentablemente, el preludio a la nueva era de conquista neoliberal (Cueva, 1989).

La sociología latinoamericana: de la decolonialidad a la lucha por la supervivencia

A lo largo de las dos décadas siguientes (1990-2000), la proliferación de asociaciones nacionales y regionales de sociología parece indicar la persistencia de la necesidad de comprender tanto la capacidad del capitalismo de sobrevivir a situaciones de desastre, como el despliegue continuo, irrenunciable, de irrupciones masivas en lucha contra la injusticia, el despotismo y la discriminación. Una vez superadas tanto las dictaduras como la llamada “transición a la democracia”, que ocupó a cientos de científic@s sociales de la región, y que ha tenido repercusiones en todas partes del mundo (Sosa, 2014), la sociología latinoamericana se reconstruyó en dos frentes opuestos: el primero, que se volvió dominante, fue el que impulsaron los organismos internacionales encargados de la reingeniería de los Estados y la política pública. Nos referimos, desde luego, al Banco Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo, a cuyas perspectivas contribuyeron la UNESCO, la CEPAL y la OCDE. El segundo, que ha tenido un excepcional desarrollo a partir del año 2000, es el que han formado académicos e investigadores de instituciones públicas, redes sociales y grupos asociados o interesados en el desarrollo de los movimientos sociales y de las experiencias de gobierno democrático y justicia social en América Latina, y al que podríamos denominar la orientación, política, filosófica y cultural alternativa.

La visión dominante, a la que identificamos como de reasiento de la colonialidad del poder y del saber, dirigida por los organismos internacionales, ha tenido un impacto decisivo en el desarrollo de las universidades en toda la región, y se constituyó desde los años noventa en eje de reordenamiento de la vida académica e institucional de los sistemas educativos de la región. Una vez establecidas las reformas durante los años noventa -que implicaron modificaciones a las leyes de educación en prácticamente toda América Latina-, los sistemas de evaluación de desempeño, los planes y programas de estudio, la promoción de proyectos de investigación, la organización de foros y debates internacionales, las publicaciones y, desde luego, la activación de vínculos con las instituciones públicas y las empresas se reorientaron prioritariamente en función de los conceptos empresariales de productividad, eficiencia, calidad/excelencia, y se concentraron en la promoción, realización y supervisión de las reformas llevadas a cabo por los gobiernos, bajo la conducción de estos organismos internacionales (Sosa, 2010).

El despliegue económico llevado a cabo para la promoción y seguimiento de las reformas fue tal, que pronto se formó un “consenso mayoritario” de que el camino emprendido era no sólo el único posible, sino al que podían atribuírsele de modo exclusivo las virtudes de cientificidad y pertinencia. La formación de élites académicas, el control sobre becas, estímulos, proyectos académicos y, desde luego, la promoción de investigación, docencia, extensión, proyectos, publicaciones y conferencias internacionales se llevarían a cabo en base a la hegemonía de este “nuevo” pensamiento único. Basta revisar las publicaciones institucionales de la última década y media para constatar que los términos de visión y misión; la distinción entre investigaciones cuantitativas y cualitativas; la separación de los estudiantes respecto al ámbito profesional; el imperio del teoricismo y la despolitización del conocimiento se volvieron signo distintivo de los estudios reconocidos como científicos en toda la región, como ocurrió, desde luego, en los principales centros académicos del mundo.

En la sociología mexicana y latinoamericana, la influencia de esta visión ha llegado a ser tan abrumadora, que se descalifica a quien no publica en revistas indizadas, consideradas de excelencia, y se somete a riguroso control y amenaza de exclusión a estudiantes que incumplan con los métodos y condiciones de certificación impuestos por el establishment científico, particularmente en el posgrado. Ello ha hecho también que proliferen las investigaciones cuantitativas de medición de impacto de los programas impuestos por esa orientación en todos los ámbitos sociales, particularmente en los referidos a la salud, la educación, la microempresa, la vivienda y el medio ambiente; que se utilice sin decoro el trabajo de l@s estudiantes, particularmente de licenciatura, para que realicen esfuerzos no reconocidos ni remunerados de maquila de investigación para sus profesores; y que procure alejarse a toda costa a los estudiantes de ambos niveles universitarios de consideraciones y críticas de orden general a los modelos y paradigmas impuestos como exclusivos.

Resulta particularmente preocupante que las problemáticas de pobreza, desigualdad, violencia y exclusión –que son, a todas vistas, las dominantes en la vida social real en nuestra región- reciban escasa atención de las instituciones académicas; que poco se alimente reflexión crítica y la ampliación de horizontes de estudio de problemas no enfrentados ni resueltos, casi por completo ausentes de los planes y programas de estudio. En contraste, proliferan en nuestras instituciones públicas los debates teóricos sobre las obras de autores europeos de todas las épocas, así como toda clase de consideraciones generales sobre la globalización, el cambio climático, la modernidad, el poscapitalismo, etc., parte significativa de las cuales no contiene asidero ni propuestas para enfrentar de modo distinto los problemas urgentes del mundo actual y de nuestra región. Tal vez, quien estudie en el futuro esta época, se sorprenderá de los niveles alcanzados por la frivolización de la información, el tiempo dedicado a la alimentación de redes sociales y el desconocimiento mayoritario de estudiantes y maestros de ciencias sociales sobre los elementos mínimos indispensables para hacer lo que antes se llamaba análisis de coyuntura, que no es otra cosa que la comprensión de las fuerzas presentes, actuantes y determinantes en la vida social, política, económica, cultural, y desde luego, intelectual, teórica y académica, en nuestra región y el mundo. La aspiración al conocimiento para transformar la realidad ha sido, así, mayoritariamente sustituida por el cumplimiento de instrucciones prácticas para lograr objetivos específicos, y por la alienación respecto a la posibilidad de involucrarse de alguna manera en la comprensión y búsqueda de soluciones de los problemas sociales de nuestra época.

Por su parte, la visión que hemos denominado alternativa no está tampoco exenta de problemas. Desarrollada fundamentalmente bajo el impulso de movimientos sociales de transformación, su auge a lo largo de los primeros años del siglo XXI, se asoció a una actitud de ruptura con los rígidos esquemas neoliberales de la región, la búsqueda del establecimiento de regímenes democráticos y la realización de una justicia verdadera en todos los órdenes. Representativos de este impulso han sido los trabajos desarrollados por el Foro Social Mundial, por CLACSO y la Asociación Latinoamericana de Sociología. Amparados en pequeños espacios de la academia y, en momentos cruciales, con el apoyo de instituciones educativas formadas en Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, más recientemente El Salvador, así como en las elaboraciones de los propios movimientos y de experiencias de reconstrucción de los espacios públicos de la región, como los realizados por el Movimiento de los Sin Tierra y el EZLN, entre otros, comenzaron a hacerse visibles sus aportaciones críticas a través de publicaciones, seminarios, programas académicos y foros críticos de gran interés en la región y en el mundo.

Basten, como ejemplos, el Congreso que realizó CLACSO en Colombia, el año 2015, con 10,000 asistentes, y el de la Asociación Latinoamericana de Sociología, con más de 3,600. Los planteamientos alternativos, sin embargo, topan con dos dificultades mayúsculas: la primera, es que, por razones explicables, pero no justificables, buen número de los escritos académicos críticos y alternativos no presentan diálogo/crítica/confrontación argumentada con los planteamientos institucionales dominantes. La segunda es que, por razones también comprensibles, la dinámica de ejercicio gubernamental, y sobre todo, el hecho de que los gobiernos democráticos hayan ido distanciándose del movimiento que les dio origen, o no hayan realizado los cambios necesarios y suficientes para reorientar de manera amplia y profunda los procesos políticos, la gestión gubernamental y las relaciones internacionales con gobiernos y organismos internacionales que operan de la manera que hemos descrito, ha provocado un distanciamiento, en algunos casos oposición radical, de tales gobiernos. La agenda que plantean los planteamientos alternativos, de una revisión a fondo del papel y la estructura de un nuevo Estado; una relación transformada y transformadora entre el régimen político y la sociedad organizada; alternativas al neoextractivismo y a los programas sociales condicionados y, desde luego, un horizonte de transformaciones que inicie una ruta distinta a la del capitalismo en la región, deben formar parte de una nueva relación entre intelectuales, academias, y los gobiernos democráticos de la región. La sociología tiene mucho qué aportar en los debates pendientes del futuro. No puede perder la oportunidad de incorporarse a la discusión crítica de la sociedad que tenemos y a la que aspiramos.

Conclusiones

Es necesario reconocer que la respuesta latinoamericana a las imposiciones europeas, así como la fundación de perspectivas anticolonialistas, antimperialistas y antibelicistas ha abierto caminos inéditos e insospechados en la sociología. Es posible que estas perspectivas obliguen en el futuro a repensar no sólo la historia, sino la actualidad de una sociología fundada en el conocimiento de relaciones complejas y contradictorias a nivel internacional; en las consecuencias e impacto de las distintas colonialidades en el modo de construir conocimiento; y también, en la formulación de modos distintos, plurales, diversos, orientados a la justicia, el buen vivir y el reconocimiento y enriquecimiento de nuestros patrimonios históricos y culturales.

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  1. Publicado en Castañeda Sabido, Fernando; Dávila Pérez, Consuelo y Morales Ramírez, Dámaso (coord.) El futuro de las ciencias sociales en un entorno social globalizado, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, 2016.
  2. Ex Presidenta ALAS, XX Congreso, México D.F., México, 1995. Miembro del Consejo Consultivo de ALAS.


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