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14 “El rector, el coronel y el último decano comunista”, libro de Pilar Crespo y Asier Andrés: la represión estatal a la academia guatemalteca en los años ochentas del siglo XX[1]

Eduardo Antonio Velásquez Carrera[2]

A Guatemala: “Mi Patria, viva en la sangre de sus estudiantes-héroes, sus campesinos-mártires, sus trabajadores sacrificados y su pueblo en lucha”.

 

Dedicatoria hecha por Miguel Ángel Asturias
en su novela Weekend en Guatemala.

Introducción

El daño que los Estados Unidos de América le causaron a Guatemala al intervenirla y al derrocar al Presidente electo democráticamente, Jacobo Arbenz Guzmán en 1954, todavía no deja de tener secuelas trágicas. Ahora se sabe que la Central Intelligence Agency (CIA) financió, planeó y ayudó a ejecutar el derrocamiento de Arbenz en 1954. Los documentos desclasificados por el Departamento de Estado y libros más recientes como el de Nick Cullather (2002), PB Success, autor que fue contratado por la Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América, así lo confirman. Este autor tuvo acceso a información secreta de la misma para realizar la investigación que sustenta el libro. Por ello, interesa saber las causas de la guerra civil en Guatemala, profundizar en nuestra historia y en la memoria histórica que de aquellos sucesos tiene nuestro pueblo. Para 1984, para algunos analistas, “la guerra había terminado con una contundente victoria de las Fuerzas Armadas oficiales de Guatemala”. Los únicos partidos políticos legales que fueron permitidos por la reacción liberacionista se encontraban inmersos en la redacción de la Constitución Política de la República que fuera sancionada en 1985.

Sin embargo, Guatemala todavía era gobernada por una cúpula militar que para entonces era comandada por un Jefe de Estado, el General Oscar Humberto Mejía Victores, quien en agosto de 1983, le había dado un golpe militar el también General, José Efraín Ríos Montt. Este a su vez había sido llamado para integrar el triunvirato que los jóvenes militares golpistas le infringieron, el 23 de marzo de 1982, al corrupto y sangriento gobierno del General Fernando Romeo Lucas García (1978-1982), en los años finiseculares de la guerra interna en Guatemala. Ríos Montt rápidamente desplazó al Coronel Francisco Gordillo Martínez y al General Horacio Egberto Maldonado Schaad, el 9 de junio de 1982.

En el año de 2013, se presenta un libro, escrito por los periodistas españoles, Pilar Crespo y Asier Andrés, titulado “El Rector, el Coronel y el Último Decano comunista. Crónica de la Universidad de San Carlos y la represión durante los años ochenta”del siglo XX, en Guatemala. El Rector al que se refiere el título es el Doctor Eduardo Meyer Maldonado. En el caso del Coronel se trata de Héctor Bol de la Cruz y el último decano comunista, los autores lo catalogan así al Economista, Vitalino Girón Corado. El Dr. Meyer Maldonado fue electo rector de la universidad del Estado de Guatemala, la Universidad de San Carlos de Guatemala –USAC-[3]; para el período 1982-1986. El Coronel Héctor Bol de la Cruz era el jefe de la Policía Nacional, oficial del ejército de Guatemala, ex alumno de la Escuela de las Américas. Y el Economista, Vitalino Girón Corado, fue electo democráticamente por los tres cuerpos electorales, profesionales, profesores y estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la USAC, para el periodo 1982-1986. Los autores del libro afirman que “se trata de un reportaje sobre un tema muy concreto: el asesinato del decano de la Facultad de Ciencias Económicas en 1984, Vitalino Girón, y la colaboración con la dictadura militar de algunas autoridades universitarias de la época, como el rector Eduardo Meyer. Hasta ahí llega nuestra ambición”. Si bien se trata de ese tema, los autores contextualmente abordan otros, sin mucho conocimiento. Es el caso de las menciones que se hace de personajes como algunos miembros de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de San Carlos de Guatemala, como lo fueran Saúl Osorio Paz, José Severo Martínez Peláez, Carlos Eugenio de León Gudiel y de Vitalino Girón Corado, de quienes me ocupo como autor de este ensayo y de los cuales trato de ahondar en sus vidas y obras.

Carlos Eugenio de León Gudiel fue compañero de estudios del autor. Se graduó de Economista y trabajaba en sus años de estudiante en la Secretaria General del Consejo Nacional de Planificación Económica. En uno de los últimos años de la carrera, recuerdo que fue por un semestre a cursar al Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social –ILPES- en Santiago de Chile algún programa relativo a sus funciones burocráticas. Nuestro Plan de Estudios de la carrera de Economía era del año 1969 y por ello teníamos compañeros de otros años anteriores que cursaban algunas materias con nosotros, que habíamos ingresado a la Facultad en 1974. Pilar y Asier escriben que al momento de su secuestro trabajaba en el departamento de Estadística del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social y por las tardes era docente en la Facultad de Ciencias Económicas. Se sabe hoy que fue secuestrado, el 15 de noviembre de 1983, torturado y finalmente ejecutado por el aparato represivo del Estado, comandado por el propio Ejército de Guatemala y por sus extensiones en la propia Policía Nacional de Guatemala. La tortura fue física y psicológica. Carlos trató de suicidarse, según la versión de los periodistas españoles; y sus captores hicieron con él, lo que nunca hacían con la gran mayoría de presos políticos, devolverlo a la vida cotidiana. Esto sucedió el 4 de enero de 1984. Se murmuraba en los pasillos facultativos que Carlos Eugenio había entregado toda la información que tenía y que algunos miembros del Partido Guatemalteco del Trabajo –PGT- ; el Partido Comunista de Guatemala, podían haber sido delatados. Fue ametrallado por un comando de judiciales el 25de octubre de 1984. De acuerdo al Diario Militar[4], en donde es citado y en el que aparece con el número 25. Un día después, fue asesinado el Decano de la Facultad de Ciencias Económicas, Vitalino Girón Corado, electo para el período, 1982-1986, el 26 de octubre de 1984. En similares circunstancias de fuerza y de indefensión, hecho consumado por las fuerzas represivas del Estado.

Factor Méndez Doninelli (2014) nos recuerda que la Asociación de Estudiantes Universitarios –AEU- fue golpeada en 1984, la represión del Estado también alcanzó al estudiantado: “el 14 de mayo de ese año, Manuel Alfredo Baiza, del secretariado AEU 1978, miembro de la agrupación FRENTE, es secuestrado y desaparecido junto a María Magdalena y María Florencia Tobar Lima. Según el “Diario Militar” el 1 de agosto de 1984 fue ejecutado junto con varios líderes estudiantiles. El 15 de mayo es capturado y desaparecido Carlos Ernesto Cuevas Molina, estudiante de Sociología, Presidente del Comité Ejecutivo de la AEU. El mismo día son capturados y desaparecidos Otto René Estrada Illescas, estudiante de Ciencias Económicas, miembro del Sindicato de Trabajadores de la USAC (STUSC) y del Comité Ejecutivo de AEU y Rubén Amílcar Farfán, estudiante de Humanidades, miembro del Comité Ejecutivo AEU, trabajador de la Editorial Universitaria y delegado en el Consejo de Representantes del Sindicato de la USAC. El 19 de mayo es desaparecido Sergio Leonel Alvarado Arévalo, estudiante de Ciencias Económicas y miembro del Comité Ejecutivo AEU. El 21 de mayo son capturados y desaparecidos Gustavo Adolfo Castañón Fuentes, Irma Marilú Hichos Ramos y Héctor Alirio Interiano, miembros del Comité Ejecutivo AEU.”

Un profesor emblemático y muy estimado fue el economista Julio Alfonso Figueroa Gálvez[5], quien además de ser un buen docente era un respetado investigador, tanto en la Facultad de Ciencias Económicas como en el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Fue ametrallado el 26 de marzo de 1980, a plena luz del día y la cobertura mediática fue muy completa, parecía hasta aleccionadora, para generar escarmiento. Es decir, ya había antecedentes de ejecuciones extra judiciales, en el cierre de la década de los setentas e inicios de los ochenta del siglo pasado. Fue otro momento muy sangriento en la vida de nuestro país. Ya hemos mencionado dos veces “El Diario Militar”[6]. En mayo de 1999, en la Revista Harpers Magazine, de los Estados Unidos de América, se publica por primera vez este listado que incluye 183 personas desaparecidas, entre agosto de 1983 hasta marzo de 1985. En el “Diario” consta de 53 páginas de tamaño carta, en cada una de sus páginas, escritas a máquina y acompañadas de una fotografía tamaño cedula. Los investigadores que lo localizaron dicen: “En cada entrada la encabeza el nombre de la víctima, en mayúsculas y subrayada, seguida de una descripción en la que consta su alias, la organización a la que pertenecía, la fecha de su captura, una breve descripción de la misma y un código numérico de significado variable: “300”; que aparece en la mayoría de las fichas, significa el asesinato del detenido. En total, hay registradas 183 personas (24 mujeres y 159 hombres, entre los 12 y 82 años de edad), de las cuales 101 figuran como ejecutadas. Durante los 36 años que duró la guerra civil en Guatemala (el llamado conflicto armado interno) murieron un mínimo de 150.000 personas, mientras que otras 40.000 desaparecieron. El 93% de las víctimas totales fueron atribuidas por la Comisión de Esclarecimiento Histórico de Naciones Unidas a la acción de las fuerzas de seguridad dependientes de los gobiernos militares guatemaltecos. El porcentaje de desaparecidos a manos de las estructuras represivas oficiales es aún mayor”.

Cuando el Diario Militar fue publicado en Guatemala, reconocí a varios de mis compañeros de estudios en la Facultad de Ciencias Económicas y especialmente a compañeros de la carrera de Economía, como Gilberto Antonio Escriba Ovando, Otto René Estrada Illescas y Héctor Alirio Interiano[7]. También aparecen a otros luchadores sociales guatemaltecos, verdaderamente reconocidos como el líder obrero, octogenario entonces, Antonio Ovando Sánchez, el economista y contador público y auditor, Julio René Estévez Rodríguez y el abogado y líder sindical, Santiago López Aguilar. Hay que recordar que los registros del “Diario Militar” comienzan tres semanas después del golpe de Estado, que el General Oscar Humberto Mejía Victores le propina al también gobierno de facto de José Efraín Ríos Montt. “Es la época de las peores masacres en el interior rural de Guatemala, dirigidas contra las distintas etnias mayas. En la capital, en cambio, el modelo represivo estaba más próximo al del cono sur del continente, y en particular a las técnicas de represión argentinas, chilenas y uruguayas (desapariciones y asesinatos selectivos realizados por fuerzas parapoliciales)” escriben los investigadores que localizaron el documento en cuestión. Dicen además, que “Un informe del Departamento de Estado norteamericano realizado en 1983 reza ´durante el mes de septiembre -primero en el poder de Mejía Víctores- se contabilizan 183 secuestros, la cuarta figura más alta de este estudio”. Gilberto era un muchacho alto, para los parametros guatemaltecos, esbelto y delgado, morucho, que por esas cualidades encabezó muchos años el desfile huelguero de dolores, vestido de “La Chabela” comandando a la muchachada de la Facultad de Ciencias Económicas. No pocas veces llegó hasta mi residencia a prestarme libros y mis cuadernos de anotaciones para fotocopiarlos y estar al día de lo que se nos enseñaba por aquellos años en la Escuela de Economía. Otto René era mi compañero mayor en el Colegio salesiano de Don Bosco, me llevaba tres años y su hermano Axel Estrada Illescas, un jugador experto y matrero de futbol, mi compañero de equipo y de clases en el mismo centro educativo. Nos reencontramos en la Facultad, con la misma amistad y cariño de nuestros años infantiles y adolescentes[8]. El último de mis compañeros del que recuerdo es Héctor Alirio[9], quien primero fue mi compañero de estudios en la carrera de Economía y después mi alumno cuando la represión cercó a la USAC y cuando yo era un economista recién graduado. Ya era un auxiliar de investigación en el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales –IIES- por aquellos años. Y fue allí en donde en uno de los cubículos fue archivando la memoria escrita de su partido político. Héctor Alirio fue capturado y hasta hoy se encuentra desaparecido. No aparece en el Diario Militar.

En el año de 2001, se publica en Guatemala el libro “Denegado en su totalidad: documentos estadounidense liberados” teniendo como compilador al historiador norteamericano Greg Grandin (2011). Este historiador norteamericano, afirma: “El Ejército de Guatemala y sus agentes –escuadrones de la muerte, agente de policía y matones callejeros- sometieron a los ciudadanos guatemaltecos a la campaña más brutal de violencia política emprendida en  las Américas en el siglo XX”. Como ya se había entregado el informe de la Comisión del Esclarecimiento Histórico, el compilador norteamericano afirma que:“Aunque el informe de la CEH se centra correctamente en el papel que jugaron los militares y las élites políticas y económicas de Guatemala en la ejecución de este programa de terror estatal…”hace falta sin embargo, darle la debida importancia a  los documentos desclasificados, que eran secretos y que “revelan que los guatemaltecos no habrían podido realizar esta represión tan efectivamente sin el dinero, el equipo, el adiestramiento y el apoyo moral proporcionados por los asesores estadounidenses”.

Grandin afirma que: “Después del derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954, empezaron a llegar a Guatemala asesores de seguridad estadounidenses. Estos convirtieron al país en un laboratorio perverso donde las técnicas de contrainsurgencia serían aplicadas, puestas a prueba y perfeccionadas”.Al mismo tiempo, soldados guatemaltecos empezaron a recibir cursos en escuelas militares de los Estados Unidos. Solo entre 1956 y 1961, 611 oficiales militares recibieron adiestramiento en los Estados Unidos de América o en la Zona del Canal de Panamá.En 1966, “solo la Escuela de las Américas adiestró a 1,100 militares guatemaltecos”. Los textos elaborados por los Estados Unidos, como Manuales de adiestramiento, enseñaban a los estudiantes (soldados de los ejércitos de los países americanos) a tratar a toda la sociedad civil como un enemigo interno”. Los títulos de los Manuales eran Manejo de información como fuente, contra-inteligencia, análisis, guerra revolucionaria, guerrilla e ideología comunista, terrorismo y guerrilla urbana. Con relación a los prisioneros de guerra, el gobierno guatemalteco insistió en que los insurgentes eran delincuentes y que no estaban protegidos por el derecho internacional[10]. Según Greg Grandin los agentes de la CIA querían un cambio revolucionario radical en la política guatemalteca. Buscaban invalidar la Revolución de 1944 y terminar la reforma agraria y el remplazo de Arbenz por un líder autoritario liberal. El golpe de estado de 1963 y la profesionalización de la contrainteligencia, fue un resultado de ello. Las jornadas de marzo y abril de 1962, la respuesta popular urbana y citadina. La convocatoria a elecciones presidenciales, por aquellos años, hechas por el General Miguel Idígoras Fuentes da al candidato Arévalo Bermejo, es según los reportes de la CIA el seguro ganador. Por ello se fragua el golpe de estado del coronel Enrique Peralta Azurdia, el 30 de marzo de 1963. Con ello, se evitó la llegada al poder de nuevo de Arévalo Bermejo y se abonó el terreno para la creación de la maquina asesina más eficaz de Las Américas, con asesoría estadounidense.

Se crea la regional o el archivo, bajo la dirección del Estado Mayor Presidencial. El caso de los 28 desaparecidos, miembros del Comité Central del Partido Comunista, en las postrimerías del régimen militar de Peralta Azurdia, 1963-1966; es un antecedente histórico primordial en esta historia de represión sistemática del Estado a los llamados “comunistas”. Naturalmente, que esa represión no solamente tiene estos antecedentes, sino más bien comienzan en la dictadura del General Jorge Ubico Castañeda, en 1931. En este sentido, hay que recordar los listados de los “comunistas” elaborada por la CIA, en tiempos de Arbenz y que ahora constituyen parte de los documentos desclasificados por ese organismo y por el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América. En marzo de 1966, la policía y las fuerzas militares montaron una serie coordinada de redadas en la ciudad de Guatemala, secuestrando y asesinando a gran número de líderes del PGT y las FAR. El 2 de marzo de 1966, en una casa de la zona 9 de la ciudad capital, Carlos Barillas Sosa, Francisco Amado Granados y Yolanda Carvajal Mercado, miembros de la dirección del MR13, fueron capturados sin ofrecer resistencia. Interrogados durante 3 días, les ejecutaron el 6 de marzo. El 3 de marzo de 1966, a la altura de San Bernardino, Suchitepéquez, Leonardo Castillo Flores, quien había sido secretario general de la Confederación Nacional de Campesinos (CNC) y miembro del PGT, así como Leonardo García Benavente, Francisco Macías Mayora y Víctor Manuel Palacios fueron apresados por elementos de la Policía Militar y la Policía Judicial.El 3 de marzo, Iris Yon Cerna fue capturada y desaparecida. Fue vista presa en la sede de la Policía Judicial el 6 de marzo de 1966. El 5 de marzo de 1966, a eso de las once y media de la mañana, Víctor Manuel Gutiérrez Garbín, secretario general del Comité Central del PGT, fue capturado en la colonia La Reformita, zona 12 de la capital, junto con una colaboradora del partido. El mismo día, en la 5ª calle A de la zona 2, Fernando Arce Behrens, quien era miembro del PGT y había regresado clandestinamente de México, fue apresado y trasladado al cuartel de la Policía Judicial, por entonces ubicado en la 7ª avenida y 14 calle de la zona 1. En este lugar le torturaron. Las órdenes para ejecutar arbitrariamente a las víctimas fueron dadas por el entonces viceministro de la Defensa Nacional, coronel Rafael Arriaga Bosque. En tal sentido, los documentos desclasificados afirman“…Fueron ejecutados secretamente por autoridades guatemaltecas… la ejecución no sería anunciada y el Gobierno de Guatemala negaría que estuvieron bajo su custodia”. Los líderes secuestrados del PGT y de las FAR fueron interrogados, torturados y asesinados; sus cuerpos echados al mar. De acuerdo con Greg Grandin, “fue la primera desaparición colectiva a gran escala de esa naturaleza realizada en América Latina”. Uno de los primeros escritores latinoamericanos, que realizó una entrevista con uno de los soldados que sobrevivió al hecho de cumplir órdenes de subir los cadáveres a los camiones militares en el Fuerte de Matamoros y luego al avión, en la fuerza aérea guatemalteca, que los llevó sobre el océano Pacifico y luego lanzarlos al mar, fue Eduardo Galeano (1969), en su libro “Guatemala: País Ocupado”.

En el mes de julio de 2005, se hace un descubrimiento que abría la posibilidad de contrastar y verificar informaciones de todo tipo sobre la represión estatal en Guatemala hacia diversos ciudadanos, especialmente de los desaparecidos cuando aparece el hoy llamado Archivo de la Policía Nacional de Guatemala. Según la propia información institucional que se muestra en la página web se dice: “…personal de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) realizó el importante hallazgo de un voluminoso archivo que corresponde a la documentación histórico-administrativa de la extinta Policía Nacional. El hallazgo fue fortuito, pues al verificar una diligencia relacionada con las previsiones frente al almacenaje de explosivos que representaban un riesgo latente para la población, se descubrió la existencia del Archivo Histórico de la Policía Nacional (AHPN). Los documentos estaban apilados en pésimas condiciones para su conservación, en las instalaciones de lo que a principio de los años 80 se proyectó como el edificio para el Hospital de la Policía Nacional, en la zona 6 de la ciudad capital de Guatemala. En este acervo documental de la Policía Nacional (PN), que aglutina más de 7 mil novecientos metros lineales de folios, se encontraron registros que datan de finales del siglo XIX (1882) y se extienden hasta 1997. Los aproximadamente 80 millones de folios reunidos y en proceso de organización, tienen una importancia incuestionable desde el punto de vista histórico, cultural y científico”.

Finalmente, se constata que los alumnos militares guatemaltecos que frecuentaron la Escuela de las Américas y otros centros de entrenamiento militar en los Estados Unidos de América aprendieron bien lo enseñado. Los descubridores del Diario Militar dicen: “Todas las organizaciones represivas estatales adoptan las formas burocráticas de registro propias de las estructuras policiales y militares de las que derivan. Teniendo en cuenta que en el caso guatemalteco la desarticulación de la guerrilla urbana por el ejército en la primera mitad de los años ochenta fue posible, entre otros factores, por una aplicación sistemática de técnicas antisubversivas importadas por asesores de distintos países (Estados Unidos, Israel y, hasta 1982, Argentina), la creación de registros detallados era un paso lógico. Dichos registros fueron elaborados por unidades de la inteligencia militar (G-2) con fines de archivo. De la inmensa mayoría de ellos se desconoce su paradero y, presumiblemente, han resultado destruidos, ya que no se encontraron documentos similares durante la sistematización del archivo de la antigua Policía Nacional, descubierto en el año 2005 en unas dependencias policiales en desuso situadas en Ciudad de Guatemala”.

Por fin, se sabe que el Diario Militar, también conocido como el “Diario de los Escuadrones de la Muerte” apareció en los Estados Unidos de América en la misma semana en la que fuera entregado el informe de la Comisión del Esclarecimiento Histórico en Guatemala[11], tras los Acuerdos de Paz firmados en diciembre de 1996. Su autenticidad y veracidad fueron cuestionadas hasta que después del año 2009; cuando se pudieron cotejar los datos que proporcionaba el mencionado Diario, con la documentación y las informaciones encontradas en el Archivo de la Policía Nacional de Guatemala. Este trabajo lo realizó y lo publicó, la propia Secretaria de la Paz, del gobierno de la República de Guatemala[12].

I Parte: “Las cuestiones reveladoras que presenta del asesinato de un compañero”.

El libro en mención me ha interesado mucho, no solamente por lo bien escrito que está, sino especialmente por las cuestiones reveladoras que presenta del asesinato de un compañero de estudios, como lo fuera el economista Carlos Eugenio de León Gudiel, y de un profesor de la Facultad de Ciencias Económicas, que con los años llegara a ser Decano de la misma y fuera vilmente asesinado el 26 de octubre de 1984: el también economista Vitalino Girón Corado. Tuve el gusto de conocer a los autores del libro personalmente y valorar su esfuerzo. Conocí a Carlos Eugenio de León Gudiel, como mi compañero estudiante de la carrera de Economía y tuve trato con el Profesor Vitalino Girón Corado, quien llegara a ser electo Decano de la Facultad de Ciencias Económicas.

A pesar de las bondades del libro, hay un tono despectivo a los comunistas en general, comenzando con el título. Hay que recordar que desde la caída de Jacobo Árbenz Guzmán, dirigida por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, la oligarquía y el clero guatemaltecos, secundando, se exacerbó el odio a los comunistas, que ya solo el hecho de acusar a alguien de serlo, podría significarle la pérdida de la vida en Guatemala. De tal manera que entrar a calificar desde el título al “último decano comunista” es despectivo y acusatorio. Yo me pregunto, qué serían “El rector y el coronel”, anticomunistas, democráticos, asesinos o ¿qué? Pero, para ellos no hay calificativos, desde el propio título, lo cual me parece una intolerancia de parte de los autores.

Además, me parece que hay varias imprecisiones que se cometen en torno a la vida y obra de Saúl Osorio Paz, José Severo Martínez Peláez y de Vitalino Girón Corado, simplemente por poco conocimiento de las personas de las que se habla. Saúl Osorio Paz, desde su cuna humilde de Ipala, Chiquimula, consiguió labrarse una carrera profesional, docente y política, hasta graduarse de economista en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac). Estuvo exiliado en la Argentina de Perón, después de la caída de Arbenz, de junio-julio de 1954. A su retorno, fue fundador y director de la Escuela de Ciencias Económicas de Occidente, que diera origen al actual Centro Universitario de Occidente, entre 1958 y 1966. Posteriormente, fue electo decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Usac, para el periodo de 1975-1979, habiendo ejercido el cargo hasta 1978, cuando resultara electo rector de nuestra tricentenaria institución. Durante su segundo exilio en México, posterior a ese año, concluye la maestría en economía en la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en 1987. Se desempeña como docente e investigador de esa universidad y en 1997, concluye el doctorado en Economía en la División de Estudios de Posgrado de la misma universidad. Ya casi en sus años finales, escribió cuatro libros muy importantes sobre la crisis económica en América Central en la década de los ochenta del siglo pasado, la deuda externa latinoamericana, la tributación en Guatemala (Osorio Paz, 1984, 1997, 2004) y acerca de la seguridad social. La Usac le concede la medalla universitaria, en febrero de 2002, dos meses antes de su fallecimiento el 29 de abril de ese año.

II Parte: “Saúl Osorio Paz, conocedor del pensamiento económico de clásicos y contemporáneos”.

 Para quien tenga duda, respecto de la altura intelectual y cognoscitiva de Saúl Osorio Paz (2003a y b), lo invito a que lea el trabajo del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la Usac, que le dedicó dos ediciones especiales a su obra, las revistas ‘Economía’ números 156 y 158 en donde se abordan cuestiones de interés nacional, regional e internacional. Trata con ilustración sobre la política exterior de Estados Unidos de América para los países latinoamericanos, especialmente los centroamericanos y en particular para el caso de Guatemala. La integración centroamericana, el desarrollo, los recursos naturales, aspectos diversos de la teoría económica, globalización y análisis concretos de la economía nacional, fueron temas de su interés y estudio. Todo ello, se muestra en la compilación de su obra realizada y publicada en Guatemala, desconociéndose, hasta hoy, lo que dejó publicado en el exterior. Sin duda, fue un conocedor del pensamiento económico de los clásicos y de los contemporáneos, especialmente de la obra de Karl Marx, lo que la mayoría de economistas de su tiempo en Guatemala, no podrían decir. Vaya usted a saber, si Saúl Osorio Paz “no fue el mejor intelectual del Partido”, comunista como apuntan los autores en su libro.

Sobre la obra de José Severo Martínez Peláez (1970, 2011), los comentarios de los autores más bien parecen de legos que no conocen a profundidad los temas que Severo aborda en sus obras. También se le trata con desprecio o poca atención, en el libro. Reducen su obra clásica a un manual de adoctrinamiento o una “síntesis del pensamiento del Partido”. No saben que Severo es el propio criollo, nieto de asturianos inmigrantes y de una familia quezalteca, su abuelo materno fue uno de los fundadores del Banco de Occidente, poseedor de un talento personal excepcional y una formación privilegiada. Fue educado por una institutriz alemana, al suicidio de su madre. Además del español, hablaba, leía y escribía perfectamente alemán, fue estudiante de ese Colegio en Quetzaltenango y discípulo de un cura jesuita sabio. Sobre este particular es fundamental conocer el ensayo de José Asturias Rudeke (2000) y de Edeliberto Cifuentes Medina (2000 y 2014). Desconocen la diversidad de autores que han elogiado la obra prima de Severo y los temas abordados en su libro que fueron valorados admirativamente y duramente criticados por especialistas del mundo latinoamericano y anglosajón, hace muy poco tiempo. Fue considerado por el historiador argentino Tulio Halperin Donghi, como autor de uno de los dos mejores libros de historia de América Latina, en su momento.

En Guatemala, se presentó en el 2000 la compilación realizada por el historiador Óscar Guillermo Peláez Almengor, titulada La Patria del Criollo, tres décadas despuésen la que se hace una serie de evaluaciones y comentarios sobre la obra por parte de científicos sociales guatemaltecos y por un estadounidense. Destacan, además de los trabajos mencionados los aportes de otros historiadores como Julio Castellanos Cambranes, Ralph Lee Woodward Jr., Julio César Pinto Soria, Iván Molina Jiménez, Enrique Gordillo Castillo y de sociólogos como Carlos Figueroa Ibarra, etc.

Yo, por mi parte, fui autor y compilador de dos folletos (1998) que diez años después convertí en libro titulado (2008) “Severo Martínez Peláez, in memoriam: La Patria del Criollo un cuarto de siglo después”. En el libro se recoge los comentarios de científicos sociales del mundo sobre el libro clásico de Severo, que incluye al brasileño Ciro Flamarion Santana Cardoso, a los estadounidenses Mario Rodríguez, Thomas B. Irving y Robert M. Carmack, al británico Murdo MacLeod, al salvadoreño David Luna de Sola, al costarricense Víctor Hugo Acuña, al cubano Raúl Hernández Novas, al argentino Enrique Tandenter y al ecuatoriano Austin Cueva, que la consideraron una obra imprescindible para la historia colonial de América Latina.

III Parte: “La patria del criollo fue publicada en inglés con su mismo título en español”

 Como se sabe, La Patria del Criollo: una interpretación de la realidad colonial guatemalteca”, es mucho más que un manual de adoctrinamiento comunista y no puede ser considerado una síntesis del pensamiento del partido en Guatemala. Es el pensamiento del Maestro Severo sobre el período colonial de nuestra historia y un libro clásico de las ciencias sociales guatemaltecas y latinoamericanas. De ahí que resulte ocioso criticar que los estudiantes de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) y de la Facultad de Ciencias Económicas fueran lectores obligados de la obra del mejor profesor de historia de Guatemala colonial que teníamos, y que creo seguimos teniendo, para iniciar cualquier debate contemporáneo sobre ese período histórico. Lo destacable, diría para los momentos que vivimos, es que los estudiantes universitarios no la conozcan. Lo digo con espanto.

Los estudiantes universitarios de mi generación fuimos alumnos de Severo Martínez Peláez, en la cátedra de Historia Económica de Centroamérica, en las aulas de la Facultad de Ciencias Económicas de la Usac, allá por el año de 1976. Puedo decir que era un lujo tenerlo como profesor y que en mi carrera académica, tanto en Estados Unidos de América como en Brasil o en España, tuve pocos profesores como él. Casi un actor en la cátedra, con una erudición fuera de lo común, inclusive en los propios ambientes universitarios. Ya hubiesen querido otras personas con ideologías distintas a Severo, tener el conocimiento de este miembro del Partido Comunista de Guatemala, del famoso PGT. No hace mucho tiempo, La Patria del Criollo fue publicada en inglés con su mismo título en español, por Duke University Press; es la primera excepción que hace dicha Editorial de un libro publicado originalmente en español. Esta labor excepcional, traducir al inglés La Patria del Criollo, fue realizada por Susan M. Neve y George W. Lovell. El historiador estadounidense Christopher H. Lutz; fue el editor.

Hace apenas unos pocos años, en el marco del Encuentro Nacional de Historiadores que se realizó en nuestra ciudad, se presentó la Revista El Volcán, N° 19 del Posgrado de Sociología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México, en donde Severo vivió su segundo exilio y en la que fue profesor e investigador destacado, que contiene La Historiografía de Severo Martínez Peláez y el dolor por la ignominia que -no-pasa- de-moda. Muchos de los artículos presentados en la Revista fueron las ponencias presentadas en el Encuentro de Americanistas que se realizó en Viena, Austria, hace apenas un par de años, y en la que hubo una mesa sobre nuestro querido maestro. Se incluyen trabajos de Carlos Figueroa Ibarra, José Edgardo Cal Montoya, Coralia Gutiérrez Álvarez, George W. Lovell y Sergio Tischler Vizquerra[13], que ilustran bien las diversas contribuciones de Severo. Aquí en nuestro país se le dio atención al segundo libro magistral de Martínez Peláez, Motines de Indios (1985), que recién se editara en Guatemala hace un par de años con el apoyo de la Fundación Soros y cuya presentación se realizó en la ciudad de Quetzaltenango (Xelajú o Xela como es llamada por los guatemaltecos). Uno de los beneficios del libro de Pilar y de Asier ha sido que ha generado polémica de la buena. Es un buen inicio para los jóvenes periodistas españoles, con su primer libro. Entre ellos, el comentario de Dante Liano, publicado en El Acordeón del Diario El Periódico, que nos brindó una excepcional lectura de la obra de Martínez Peláez desde la perspectiva de la historia literaria.

IV Parte: “El libro tiene el acierto de utilizar registros del archivo histórico de la policía nacional”.

 Los traductores y editores norteamericanos piensan que Severo Martínez Peláez (1925-1998): “Es considerado como uno de los más distinguidos hombres de letras de Centroamérica. A pesar de que el conflicto socio político le provocó vivir una buena parte de su vida en el exilio en México, a través de sus escritos ejerció una enorme influencia sobre cómo se estudia y enseña historia en su Guatemala nativa. Todavía hoy, un libro muy vendido, popular, La Patria del Criollo (1970) es considerado un clásico de la historia de América Latina”. Esto fue escrito por el historiador escocés-canadiense W. George Lovell y el historiador estadounidense Christopher H. Lutz (2009), en la primera edición del libro en inglés por la Duke University Press.

En torno a Vitalino Girón Corado[14], se hace énfasis en sus orígenes humildes, hijo de campesinos del oriente de Guatemala. Para mí fue revelador conocer sobre las dificultades que afrontó para poder estudiar la primaria, la secundaria y en la universidad. No conocía su historia de vida. Muchos de nosotros, especialmente los graduados de los colegios privados, que éramos alumnos en San Carlos, por entonces, provenientes de los liceos, Don Bosco, el Americano, etcétera, a pesar de tener una vida holgada teníamos qué competir fuertemente con los egresados y bastante bien formados exalumnos de los institutos y escuelas públicas. Ellos eran trabajadores-estudiantes, nosotros no. Por aquellos años, se medía y se comparaban los alumnos por su rendimiento en el examen privado y por la calidad de la tesis de licenciatura. Girón Corado la escribió sobre un tema que él manejaba: El crédito agrícola. Recordemos que había ganado por oposición su plaza en el Banco de Desarrollo Agrícola (Bandesa). Vitalino fue guardia de Hacienda, y no cualquiera de ellos, sufridos compatriotas, llegó a ser Decano de la Facultad de Ciencias Económicas, a pesar de que lo apoyara el Partido Comunista. Es necesario reconocer que tenía talento y lealtad hacia sus conocimientos, ideología y a su clase social. Ese desempeño tuvo en la Decanatura, según me han contado, y lo que pude leer del mismo libro. Tuvo los arrestos de reivindicar un reajuste salarial necesario y justo para todos los trabajadores de la Tricentenaria Universidad que lo había formado, en medio de un régimen militar golpista y criminal, como el propio libro lo demuestra. Quizás fue el intelectual menos brillante, comparado con Saúl y Severo. Pero, pregunto, ¿quién de nosotros no lo sería?

El libro de Pilar y de Asier tiene el acierto de utilizar con fortuna los registros del Archivo Histórico de la Policía Nacional, y compararlo con el material recabado por medio de las entrevistas, datos hemerográficos y una bibliografía apropiada, a pesar de no ser amplia. Con ello consiguen elaborar capítulos memorables como aquellos que nos delinea al exrector Meyer Maldonado, con su doble discurso, al coronel Bol de la Cruz, alumno distinguido de la Escuela norteamericana de las Américas, con la eficiencia de los profesionales, expertos y formados en las artes y las ciencias de la muerte –como ha dicho García Márquez–, el Diario Militar, con su halo necrófilo –me trajo a la memoria a varios compañeros de estudio como Otto René Estrada Illescas, Gilberto Antonio Escribá Ovando y Héctor Alirio Interiano, solo para mencionar a algunos–, el conflicto salarial en la Usac y la huelga de los trabajadores, etcétera. Aquellos años terribles.

V Parte: “A pesar de las limitaciones, un libro bastante bueno para ser los autores primerizos”

 Por último, la Facultad de Ciencias Económicas (FCEE) de la Usac, que nos presentan Pilar y Asier, parece totalmente dominada ideológicamente por los marxistas. Lo cual, no es del todo cierto. Había buenos profesores de esa tendencia, como los que mencionan en el libro, algunos de ellos demasiado influenciados por la versión dogmática estalinista del marxismo, además de otros buenos como Roberto Godoy Dárdano y Edgar Reyes Rivera, por ejemplo. Enseñaba Integración Económica de Centroamérica, Alfredo Guerra Borges –ganador del premio “Universidad” en la Nacional Autónoma de México (UNAM). Había otros profesores de otras ideologías, especialmente social demócratas, demócratas cristianos y la derecha conservadora, presente en todas las escuelas.

En la de Economía, había profesores keynesianos formados también en el extranjero, como Marco Antonio Ramírez (Inglaterra), Bernardo Lemus Mendoza (Chile/Italia) y Roberto Rogelio Quintana de León (España/Francia). Otros como Haroldo Rodas Melgar (Suiza) enseñaba Economía Internacional, e investigadores de la talla del historiador de la economía, Mario Aníbal González, del demógrafo y economista, René Arturo Orellana González, Rafael Piedrasanta Arandi (Harvard University) y José Guillen Villalobos, nos enseñaban Legislación Económica y Problemas Económicos de Guatemala. Otros marginalistas como Guillermo Scheel Ochoa, estadígrafos como Martín Carranza y Guillermo Chapetón Méndez, monetaristas como Horacio Bobadilla Mata, los macroeconomistas y de cuentas nacionales como Humberto Pérez Montenegro, Juan Francisco Pinto y José Antonio Blanco, también conocedores del tema de las Finanzas Públicas. Llegaba como conferencista regular Jorge González del Valle (Stanford y Columbia University) apodado Corbata, discípulo de Robert Triffin, en los Estados Unidos de América. Fue también director del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos, con sede en México, D. F. Otros muy influenciados por la Economía Política de la CEPAL (Chile), como Carlos de León Gudiel y muchos tecnócratas del Banco de Guatemala, como Carlos González Arévalo, y del Consejo Nacional de Planificación Económica. Edin Velásquez Escobedo fue profesor de Econometría, posteriormente Ex Presidente del Banco Central de Guatemala (BANGUAT). Los humanistas que enseñaban eran el filósofo y matemático, Rodolfo Ortiz Amiel, el psicólogo Carlos Orantes Trocolli, el historiador Roberto Cabrera Guzmán, la politóloga Guadalupe Navas –también asesinada– y el escritor y literato Mario Alberto Carrera, entre otros.

La pregunta central que el libro me dejó: Si el Estado guatemalteco conocía de las actividades subversivas de los encartados, que no estaban vinculados a la guerrilla, ¿por qué no los procesó ante los tribunales de justicia, como era su deber cívico, político y humanitario? ¿Por qué optaron por asesinarlos a plena luz del día, exhibirlos después de muertos en algunos casos, devolverlos a sus casas muertos en el alma o simplemente desaparecerlos? ¿Por qué no decidieron tener presos políticos? Pilar y Andrés nos recuerdan que con el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982 se derogó la Carta Magna y se estableció un estatuto fundamental de gobierno, para lo cual nadie los eligió. De tal manera que el Ejército de Guatemala gobernó como se le dio la gana, hasta asustó a los miembros del CACIF, exiliando temporalmente a algunos de ellos. Me encontré en el avión, saliendo de Guatemala, a algún presidente del mismo. Todas esas preguntas y muchas más tendrán que responder en los tribunales los asesinos y los esbirros, ejecutantes e intelectuales, si algún día de Dios, en Guatemala la impunidad pueda romperse. A pesar de las limitaciones señaladas, un libro bastante bueno para ser los autores primerizos.

VI Parte: Debate en el periódico:

El escritor Adolfo Méndez Vides, en octubre de 2013, en “laColumna” que se llama “Viaje al centro de los libros” escribió sobre el libro, lo siguiente: “Una grata sorpresa resultó la lectura de la obra El rector, el coronel y el último decano comunista, de los periodistas españoles Pilar Crespo y Asier Andrés. El reportaje se sale de lo común, por la fuerza de su escritura, porque asombra, revive una época nacional que aún no superamos los guatemaltecos y tiende una mirada objetiva sobre los hechos. Me encantó la manera como los autores tejen los acontecimientos, libres de las ataduras del tiempo, y porque al retratar al protagonista principal, al llamado último decano comunista de la escuela de Economía de la vieja Universidad de San Carlos, Vitalino Girón, lo humanizan con toda su desventura y sueños, con sus debilidades, como un hombre víctima del periodo posterior al conflicto armado, comprometido con una ideología, siempre del lado de los débiles, con razón o sin ella, apelando a su identidad.

El reportaje arranca con un capítulo estremecedor, bellamente redactado, fluido y libre como una novela, con diálogos y descripción de la vida nuestra en el tenebroso octubre de 1984, cuando en una colonia por la calzada San Juan tres amigos beben cerveza y comentan el asesinato de Carlos de León, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas, que meses atrás había sido secuestrado y torturado con música de Rigo Tovar, y a quien le había llegado finalmente la hora. Los amigos le piden al decano Girón no acudir al funeral, pero él insiste, y esa misma tarde es también asesinado, un día antes de su partida a México, ya con planes de no retornar más. El pasaje es emotivo y perturbador. Y más fuerte aún cuando a lo largo de la obra se nos va descubriendo que su muerte no estaba registrada en el diario militar, porque los motivos fueron otros, quizá una manera de reprimir a la organización sindical antes del cambio de los gobiernos militares e ingreso a nuestro periodo democrático.

La historia impacta, más a medida que vamos conociendo a Vitalino salido de Jutiapa, de vigilante uniformado que ingresa a la universidad, que crece en lo político, pero cae rendido en el instante cuando también se desploma la Universidad de San Carlos, en cuyas elecciones en la actualidad priva la fiesta y el alcohol, todo se corrompió y como testimonia el hermano del fallecido: “Aquí el que no es sucio, no prospera”. El ejercicio periodístico es ejemplar, un modelo para los jóvenes periodistas, y una lectura reveladora para la generación que vivimos los hechos, y presenciamos desde diferentes perspectivas lo que estaba aconteciendo. Es una publicación de F&G Editores y de Plaza Pública”.

Por su parte, en la sección cultural de ElAcordeón, del matutino El Periódico, de Guatemala, el también escritor y profesor universitario Dante Liano escribió una columna titulada “Entre libros y panfletos”, el domingo 27 de octubre de 2013. De acuerdo a los editores del suplemento cultural, Dante Liano [15] “revisita en este artículo la Facultad de Humanidades de la Usac en 1972, en donde se entrecruzan prominentes académicos con una brillante generación de estudiantes que ha contribuido a construir las bases del pensamiento contemporáneo guatemalteco. Todo esto, para situar la figura y la obra de Severo Martínez Peláez y contestar esa extendida idea de la que la universidad nacional de aquellos años era una cueva de ignorantes y resentidos”.

Liano escribe lo siguiente: “El descenso al infierno de Harry Truman, la creación de un infierno nacional por el general Carlos Manuel Arana Osorio, presidente de la República, el rector Rafael Cuevas del Cid, la aparición de un soldado japonés en Guam, quien no sabía que la guerra había acabado, las guerrillas de las FAR derrotadas, los primeros indicios del fin de la Guerra Fría, la abolición de los “Estudios Generales”, el Bloody Sunday de Londonderry, el nacimiento de las universidades privadas, la odisea en los Andes del equipo de rugby uruguayo que sobrevive a la caída de su avión, la eterna lucha entre Municipal y Comunicaciones, el último año de Salvador Allende, el afianzamiento de la dictadura militar, conforman, entre otros, los singulares y desordenados acontecimientos que acompañan a la Universidad de San Carlos en 1972, la cual prepara los festejos de sus 300 años de vida, de allí a cuatro años”.

Entrar a la Facultad de Humanidades era un importante suceso. De su sede inicial, en el centro, se había trasladado al lejano y feo campus de la zona 12. Allí enseñaban los más valiosos profesores de la época. El doctor Salvador Aguado Andreut recibía culto y veneración de sus alumnos y habría corregido a quien, hoy, hubiese dicho que eran sus fans. Pero lo eran. Aguado corregía siempre, no se bajaba de la cátedra, enfundado en aplanchados trajes de corte europeo, de cabellos blancos y gris mirada luciferina. Su popularidad está certificada por los varios chistes que se imaginaron a sus espaldas. El mejor, quizá, el famoso epitafio: ´´Aquí yace tieso quien en vida fuera Aguado´´. Digno de él, digno de sus clases magistrales, digno del afamado conceptismo guatemalteco.

Dirigía el Departamento de Letras el irascible licenciado Ricardo Estrada, a quien el estudiante no imaginaba atrabiliario, como era, pues los niños habían amado la lectura de Tío coyote, tío conejo, libro que declaraba la ternura que Estrada escondía debajo de la amarga corteza que imponía su máscara de ídolo maya. Recién doctorados de la Universidad Complutense de Madrid, Francisco Albizúrez Palma y Luz Méndez de la Vega estaban siempre a la oposición y eran consentidos por los estudiantes. Albizúrez porque era un lector omnívoro y comprensivo, jocundo y orondo, sus clases eran un remanso de relajamiento después de las tensas tiradas de Aguado o de las ácidas reprimendas de Estrada: Albizúrez, además, estimulaba los anhelos literarios de sus estudiantes y no desdeñaba un piropo a las numerosas compañeras guapas que poblaban las clases; Luz Méndez de la Vega porque era la reina indiscutida del feminismo (cuando aún no era moda), una bofetada de femineidad escandalosa y, al mismo tiempo, una sapiente conocedora del Siglo de Oro español; años después, se revelaría como gran poeta. Y otros, menos memorables porque más distraídos y, sin embargo, óptimos maestros de historia de la literatura. En un rincón, Margarita Carrera de Weber volaba como un pajarito de su oficina de Extensión Universitaria a las clases de Lingüística y Filosofía, mientras publicaba importantes libros de poemas.

Los alumnos de esa Facultad no eran para menos. Había una clase que el curriculum disminuía al rango de optativa y que sin embargo, era mítica entre los estudiantes. Se trataba del curso de francés de madame Valladares. Madame Valladares era parisina y era una Margarita Carrera traducida al francés. Breve, apasionada, extremadamente comprensiva con sus haraganes estudiantes. Al ver a Juan Luis Molina, que aparecía sobrepasando los escasos pupitres de la Usac exclamaba: “Juan Luis, ¡otra vez te inscribes al primer año!”. Y Juan Luis, que parecía un pastor griego bonachón y sonriente, le respondía a carcajadas. Aparecía, con elegancia gachupina, Sagone, acompañado de su bella novia, Christel, estilizada alemana con apariencia de modelo de revista. Madame enseñaba con infinita paciencia un idioma que uno terminaba por amar, contagiado de la pasión de la maestra.

Otros alumnos de esa época han terminado por ser, ahora, profesores o intelectuales que dominan el panorama nacional. Adolfo Méndez Vides todavía conservaba su primer nombre y eran un flaco e hipernervioso estudiante de ingeniería, que andaba provocando a los que consideraba viejos (bastaba que tuvieran un año más que él) junto con su antigüeño grupo de Cuerpos sin lugar, del que formaba parte otro eterno contestador: Luis Aceituno. Aunque era estudiante de Ingeniería, Méndez Vides no despreciaba pasar a saludar a su maestra, doña Margarita Carrera, y de paso echar unas pullas a los académicos que gozaban de su estima, disfrazada de burla.

Lucrecia Méndez de Penedo, pese a ser alumna, tenía un lugar en la cultura del país. Si Manuel José Arce pasaba por la Facultad, la saludaba con familiaridad, mientras el resto de alumnos se rendía ante la fascinación y la fama del poeta. Carlos Obregón actuaba en el Gadem, y con modestia se sentaba a escuchar las clases; con Luis Tuchán y Roberto Peña eran los teatrantes del grupo, y hacían su aparte, con chistes y bromas de gente que ya vive plenamente el ejercicio de la cultura; Antonio Mosquera era también estudiante de Derecho y uno se preguntaba como hacía para estudiar tanto; Luis Eduardo Rivera, poeta contestón y malcriado, no podía estar quieto ante la disección académica de los textos y tenía la osadía de enfrentar la olímpica autoridad de Aguado; Quique Noriega, más socarrón, le tomaba el pelo: “Te jodió el viejito, ¿verdad vos?”, se reía después de un encontronazo entre poeta y profesor. Con Luis Eduardo y Quique uno podía estar horas en la cafetería, el aula más frecuentada de la Facultad, hablando de nuevas lecturas, apostrofándose mutuamente por la escasez de éstas, porque no has leído esto o aquello…

Ana María Urruela pasó de las letras a la historiografía y se convirtió en la presidenta de la Asociación de Geografía e Historia. María del Carmen Meléndez llegó a ser directora del Departamento de Letras. Alguna vez pasaba por la cafetería un estudiante de derecho, uno de oriente, famoso por su mal carácter y porque se decía que andaba con una pistola en la cintura, y echaba unas hojas sobre la mesa. “Escribí un cuento”, decía. “A ver qué les parece”. Luego se iba, al encuentro de un destino guerrillero que lo hizo reconocible, en las primeras páginas de los periódicos, el día que el Ejército tomó la casa de seguridad en donde estaba y donde murió combatiendo.

Eso para nombrar solo a los compañeros de letras. Nombrar a todos los otros estudiantes fatigaría páginas y páginas de excelencia no vociferada. Recuerdo que la Facultad de Arquitectura brillaba por rigor y exigencia, y de allí vienen los principales diseñadores de la ciudad de Guatemala. La Facultad de Medicina era única en Centroamérica, y leo que todavía hoy es primera en el país. Los principales constructores de la Guatemala de hoy vienen de Ingeniería.

En el año 1972 apareció La patria del criollo, de Severo Martínez. Para entender ese libro, se necesita un ligero conocimiento de la literatura hispanoamericana. Sin remontarnos a la prosa de Bernal, pareciera innecesario recordar la gracia del castellano de José Martí, quien, para transmitir algunos de los más modernos conceptos de la cultura latinoamericana, no descuida la exigencia de un lenguaje de una elegancia notable, quizá suntuosa. Darío abre el siglo XX para toda la literatura en lengua española al abatir las barreras entre prosa y verso (me excuso por estas notas elementales), lo cual va a generar una versión peninsular del modernismo, por lo menos los esfuerzos estéticos de Juan Ramón, quien, naturalmente, detestará el modernismo. La prosa de Octavio Paz, los ensayos de Borges, las páginas de Cardoza, las ideas de Fernando Ortiz o de Ezequiel Martínez Estrada, sin olvidar a Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, marcan una pauta para el ensayo hispanoamericano.

Severo Martínez, hombre de vastas lecturas y rara honestidad intelectual, no ignoraría esa pauta. La patria del criollo es algo más que un ensayo histórico de interpretación de la realidad colonial. A primera vista, Martínez elabora una lectura filológica de la Recordación Florida (otro monumento de nuestra literatura), de don Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Para ello, Martínez había estado en el Archivo de Indias de Sevilla, y había completado su investigación en México, cuyos archivos coloniales son un tesoro para nuestra historia. Esa lectura filológica sirve de base para una replanteamiento de la sociedad colonial, y, en modo particular, para proponer una hipótesis de nacimiento de los rasgos semánticos del vocablo “indio”, tal y como se conoce en Guatemala. La conclusión, por paradójica e ingeniosa que parezca, no carece de lógica. El enunciado incompleto recita: “El indio no existe”. Al asombro que despierta esa afirmación, Severo añade: “El indio (como categoría antropológica, sociológica, étnica) es una creación colonial[16]. En América no había indios. Había seres humanos”. Si consideramos el racismo guatemalteco, la propuesta de Martínez debió causar admiración entre los lectores, en su mayoría estudiantes y profesores de la San Carlos. Lectura filológica y propuesta paradójica tienen como vehículo un idioma castellano pulido, preciso y elegante, a tal punto que La patria del criollo puede considerarse como otra más de las grandes obras del ensayo latinoamericano contemporáneo. La precisión del contenido se corresponde con la diafanidad de la forma. La conjugación de ambas explica el efecto de la obra sobre sus lectores. Incluyo, aquí, a los honestos y polémicos críticos.

Escribo estas líneas porque acabo de leer un reportaje que se refiere a la Universidad de San Carlos y a Severo Martínez. Para explicar la admiración de los estudiantes por Martínez, el libro dice: “estudiantes que, en su mayoría, provenían de centros educativos públicos, con maestros apenas graduados de secundaria, y de clases nocturnas después de largas jornadas de trabajo”. (Sugiero, para evitar el vicio de la circunlocución, la frase: “una chusma ignorante”). El periodista parece olvidar, o no puede recordar, que la mayor parte de médicos, ingenieros y libres profesionales de la Guatemala actual son esos estudiantes. También algunos de los profesores de las universidades privadas. Leo, además, en entrevista promocional, que uno de los periodistas declara haber leído La patria del criollo para conocer el pensamiento del PGT de la época. Tan modesto propósito se yergue como serio obstáculo a una lectura honesta, que habría sido más provechosa. El mismo periodista, describe, deplorablemente, reductivamente, despectivamente, a los universitarios de la época: “En esta historia no había ni héroes o villanos, solo un puñado de hombres guiados por sus intereses personales, a veces bastante mezquinos y absurdos, y casi siempre difíciles de defender en público´´. Sirva este artículo para reparar, si es posible, tan superficial afirmación, sugerida desde una visión de Guatemala desde afuera, o, peor, desde arriba”.

A continuación, los autores del libro, Pilar Crespo y Asier Andrés le respondieron al escritor Dante Liano, por medio del suplemento cultural de El Periódico, “el Acordeón”, titulado “A propósito, señor Liano”, del día domingo 3 de noviembre de 2013. Dicen lo siguiente. “Hemos leído con sorpresa la reacción que provocó en el escritor Dante Liano la lectura de nuestro libro ‘El Rector, el Coronel y el Último Decano Comunista’. Hace dos semanas en las páginas de ‘El Acordeón’, Liano publicó un artículo titulado ‘Entre Libros y Panfletos’ en el que nos acusa, básicamente, de despreciar a los estudiantes de la Universidad de San Carlos. La verdad es que no entendemos cómo el señor Liano llega a estas conclusiones tras leer nuestro libro. Por eso, queríamos clarificar algunos puntos.

Nuestro libro, no es una historia de la Usac, ni pretende hacer un balance de su aporte académico a lo largo de los últimos 40 años. Se trata de un reportaje sobre un tema muy concreto: el asesinato del decano de la Facultad de Ciencias Económicas en 1984, Vitalino Girón, y la colaboración con la dictadura militar de algunas autoridades universitarias de la época, como el rector Eduardo Meyer. Hasta ahí llega nuestra ambición.

Para tratar de entender la formación de muchos de los profesores de la Facultad de Económicas en los 70 y 80, abordamos la influencia que tuvo el Partido Guatemalteco del Trabajo en la facultad, y la influencia que tuvieron algunos intelectuales del partido y a la vez profesores de la facultad, como Severo Martínez Peláez, sobre alumnos que luego llegarían a ser profesores, como Vitalino Girón.

La Facultad de Económicas fue una de las primeras en masificarse en la Usac. Y no es que muchos guatemaltecos contasen con una fascinación especial por la economía, se trataba más bien, de que era una carrera que se podía estudiar fácilmente en planes nocturnos y de fin de semana. Muchos estudiantes de la época –como todavía ocurre hoy en día- no podían permitirse estudiar medicina o ingeniería porque requerían mucha dedicación y ellos tenían que trabajar mientras estudiaban. Esos eran los alumnos a los que Severo Martínez se dirigía en sus clases. Y por cierto, esos eran los alumnos a los que admiraba el profesor Peláez, que como buen comunista, tenía puestas sus esperanzas en la emergente clase obrera guatemalteca. Muchos eran personas de clase media baja que tenían familia y trabajaban desde que cursaban la educación secundaria. Y efectivamente, como usted señor Liano señala, son los actuales profesionales guatemaltecos. Muchos abogados y economistas, sobre todo, son así, personas que no provienen de familias acomodadas, que nunca tuvieron muchas oportunidades y tuvieron que trabajar duro para salir adelante.

Vitalino Girón, por ejemplo, ingresó a la Usac con 28 años, tras haber sido trabajador de la construcción y guardia de hacienda, cuando ya tenía familia que mantener.

Nos preguntamos, quién ve la Usac desde “arriba” y desde “fuera”, ¿quien expone este hecho incontestable o quien considera que hacer esta descripción implica llamar “chusma” a los estudiantes?

En otra parte de su texto, señor Liano, usted saca totalmente de contexto unas declaraciones que dimos en una entrevista que se publicó en las páginas de este diario. Cuando afirmamos que “en esta historia no había ni héroes o villanos, solo un puñado de hombres guiados por sus intereses personales, a veces bastante mezquinos y absurdos, y casi siempre difíciles de defender en público”, no estamos hablando de la Universidad de San Carlos en general a lo largo de su historia como usted da a entender para descalificarnos. Estamos hablando de los personajes de la historia que nosotros hemos abordado en nuestro libro, de los hechos que rodearon al asesinato de Vitalino Girón en 1984 y el papel que jugaron Eduardo Meyer y el jefe policial Héctor Bol de la Cruz. No vamos entrar a argumentar esta opinión que emitió uno de nosotros en una entrevista porque eso implicaría explicar todo nuestro libro. Y, la verdad, no tenemos muy claro que usted haya hecho el esfuerzo de leerlo. Estamos, eso sí, dispuestos a discutir lo que usted quiera el día que haga una crítica a algo más que un párrafo de nuestro texto y a unas declaraciones en una entrevista sacadas de contexto. Porque el libro tiene imprecisiones y generalizaciones que sería muy bueno discutir.

Para terminar, solo dos cosas. “La Patria del Criollo” fue publicada en 1970 y no en 1972, como usted sostiene. Y por cierto, señor Liano, ya que usted no menciona nuestros nombre aprovechamos para recordarle que sí tenemos. Nos llamamos Pilar Crespo y Asier Andrés y somos dos periodistas bastante inexpertos, pero no tanto como para juzgar en público un trabajo de la manera en la que usted ha juzgado el nuestro”.

 

Conclusión del autor

 

El escritor Adolfo Méndez Vides cataloga el libro de los periodistas españoles como un reportaje. Según él: “El reportaje arranca con un capítulo estremecedor, bellamente redactado, fluido y libre como una novela, con diálogos y descripción de la vida nuestra en el tenebroso octubre de 1984, cuando en una colonia por la calzada San Juan tres amigos beben cerveza y comentan el asesinato de Carlos de León, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas, que meses atrás había sido secuestrado y torturado con música de Rigo Tovar, y a quien le había llegado finalmente la hora. Los amigos le piden al decano Girón no acudir al funeral, pero él insiste, y esa misma tarde es también asesinado, un día antes de su partida a México, ya con planes de no retornar más. El pasaje es emotivo y perturbador. Y más fuerte aún cuando a lo largo de la obra se nos va descubriendo que su muerte no estaba registrada en el diario militar, porque los motivos fueron otros, quizá una manera de reprimir a la organización sindical antes del cambio de los gobiernos militares e ingreso a nuestro periodo democrático.” A mí me parece que el libro comentado es más que un reportaje y que se adentra en la investigación histórica de un período clave y obscuro de nuestra historia reciente.

Este párrafo me recuerda varios temas en torno a los asesinatos, a las desapariciones, al exilio de varios luchadores sociales guatemaltecos y a viejas preguntas: ¿Por qué no se fue a tiempo? Mientras beben cerveza comentan el asesinato de un profesor, como una cuestión tan común y no sé si vista como algo cotidiano. O quizás tan cotidiana, en un país bañado diariamente en sangre. Una persona que había sido secuestrada, torturada y devuelto casi muerto en vida por el Ejército de Guatemala y sus grupos de inteligencia militar. No vayas vos hombre, a vos también te van a matar. Se lo dijeron a muchos militantes guatemaltecos o a simples ciudadanos inconformes con el statu quo del país por aquellos años. Un día antes del exilio matan a Vitalino. Pasaje emotivo y perturbador. Estamos en manos de la represión del Estado y su brazo militar y policial. Estas muertes no estaban registradas en el Diario Militar, “porque los motivos fueron otros, quizá una manera de reprimir a la organización sindical antes del cambio de los gobiernos militares e ingreso a nuestro periodo democrático”. La cotidianidad del espanto, del miedo, del dolor, de la represión metida hasta los huesos y el alma.

En otro sentido, Dante Liano nos hace una reflexión fundamental sobre el Profesor José Severo Martínez Peláez cuando afirma que “La Patria del Criollo” además su aporte a la historia, a la economía colonial, a la antropología, a la sociología y al debate de la cuestión étnica y del racismo, puede considerarse como otras más de las grandes obras del ensayo latinoamericano contemporáneo. El escritor puntualiza “Severo Martínez[17], hombre de vastas lecturas y rara honestidad intelectual, no ignoraría esa pauta. La patria del criollo es algo más que un ensayo histórico de interpretación de la realidad colonial. A primera vista, Martínez elabora una lectura filológica de la Recordación Florida (otro monumento de nuestra literatura), de don Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Para ello, Martínez había estado en el Archivo de Indias de Sevilla, y había completado su investigación en México, cuyos archivos coloniales son un tesoro para nuestra historia. Esa lectura filológica sirve de base para una replanteamiento de la sociedad colonial, y, en modo particular, para proponer una hipótesis de nacimiento de los rasgos semánticos del vocablo “indio”, tal y como se conoce en Guatemala. La conclusión, por paradójica e ingeniosa que parezca, no carece de lógica. El enunciado incompleto recita: “El indio no existe”. Al asombro que despierta esa afirmación, Severo añade: “El indio (como categoría antropológica, sociológica, étnica) es una creación colonial. En América no había indios. Había seres humanos”. Si consideramos el racismo guatemalteco, la propuesta de Martínez debió causar admiración entre los lectores, en su mayoría estudiantes y profesores dela San Carlos. Lectura filológica y propuesta paradójica tienen como vehículo un idioma castellano pulido, preciso y elegante, a tal punto que La patria del criollo puede considerarse como otra más de las grandes obras del ensayo latinoamericano contemporáneo. La precisión del contenido se corresponde con la diafanidad de la forma. La conjugación de ambas explica el efecto de la obra sobre sus lectores. Incluyo, aquí, a los honestos y polémicos críticos.”

Por otra parte, los estudiantes universitarios de entonces, no eran como los pintan Pilar y Asier. De ello faltaría un estudio concreto. Dante Liano, opina desde su condición de estudiante de letras en la Facultad de Humanidades y profesor después en la propia Universidad de San Carlos. Declara: “(Escribo estas líneas porque acabo de leer un reportaje que se refiere a la Universidad de San Carlos y a Severo Martínez. Para explicar la admiración de los estudiantes por Martínez, el libro dice: “estudiantes que, en su mayoría, provenían de centros educativos públicos, con maestros apenas graduados de secundaria, y de clases nocturnas después de largas jornadas de trabajo”. (Sugiero, para evitar el vicio de la circunlocución, la frase: “una chusma ignorante”). El periodista parece olvidar, o no puede recordar, que la mayor parte de médicos, ingenieros y libres profesionales de la Guatemala actual son esos estudiantes. También algunos de los profesores de las universidades privadas.”

Como estudiante universitario, entonces, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Usac y de la Escuela de Economía, especialmente, me parece que la mayoría de mis compañeros de estudios provenían de los sectores populares, muchos de las capas medias urbanas y rurales, talvez de la pequeña burguesía y algunos de la misma burguesía o de los terratenientes urbanos y rurales. La educación pública no había caído a los niveles dolorosos de hoy día y los estudiantes de los institutos públicos, como el Instituto Central para Varones, de las Escuelas Normales, de las Escuelas de Comercio, del Instituto Rafael Aqueche eran en general buenos estudiantes, a pesar de la precariedad material que los acompañaba. No tenían precariedad espiritual y de conocimiento. Muchos de ellos lucharon y continuaron luchando por una Guatemala para todos. Nosotros los graduados de los Liceos, los salesianos de Don Bosco, los y las estudiantes del Americano teníamos que estudiar en serio para dar la altura y cultivar los dones de la expresión escrita y oral, en donde ciertamente éramos superados. A excepción hecha de Oliverio Castañeda de León, está claro. Las mujeres comenzaban a poblar, poco a poco, a la USAC de aquellos tiempos.

Por ello cuando se trata de la Facultad de Ciencias Económicas, que tenía ya tres escuelas, a saber, Economía, Contaduría Pública y Auditoria y Administración de Empresas, la cuestión se complica más en torno a su apreciación. Pilar Crespo y Asier Andrés afirman que en “La Facultad de Económicas fue una de las primeras en masificarse en la Usac. Y no es que muchos guatemaltecos contasen con una fascinación especial por la economía, se trataba más bien, de que era una carrera que se podía estudiar fácilmente en planes nocturnos y de fin de semana.  Muchos estudiantes de la época –como todavía ocurre hoy en día- no podían permitirse estudiar medicina o ingeniería porque requerían mucha dedicación y ellos tenían que trabajar mientras estudiaban. Esos eran los alumnos a los que Severo Martínez se dirigía en sus clases. Y por cierto, esos eran los alumnos a los que admiraba el profesor Peláez, que como buen comunista, tenía puestas sus esperanzas en la emergente clase obrera guatemalteca. Muchos eran personas de clase media baja que tenían familia y trabajaban desde que cursaban la educación secundaria”.

En esa Facultad, desde los años setentas del siglo pasado, la mayoría de estudiantes no se dedicaron a la carrera de Economía, que éramos relativamente pocos, sino empezaron a poblar las aulas de la carrera de Contaduría Pública y Auditoria y posteriormente la de Administración de Empresas. El área común eran los dos primeros años en donde todos los estudiantes de la Facultad llevábamos cursos comunes, entre ellos, Historia Económica de Centroamérica, en donde Severo Martínez Peláez era el coordinador de la catedra. Es cierto, que muchos de aquellos estudiantes no tenían los recursos económicos para costearse carrera como medicina o ingeniería y diría también que algunos como yo, no teníamos la vocación, a pesar de que nuestros padres contaran con los recursos monetarios necesarios. Habíamos estudiantes, todavía mantenidos por sus padres, que podíamos dedicarnos a nuestros estudios a tiempo completo. Muchos ya eran trabajadores estudiantes, miembros de los equipos de contabilidad y auditoría de los bancos del sistema naciente y en consolidación, otros auxiliares de contabilidad y finanzas, de empresas del Estado y privadas, otros trabajadores como maestros de educación primaria y secundaria y otros de servicios. De todo había en aquella viña del señor…

Me parece que Dante Liano tiene razón con relación a reducir el pensamiento de Severo Martínez Peláez, en la Patria del Criollo, al pensamiento del Partido Guatemalteco del Trabajo –PGT- , el Partido de los Comunistas de Guatemala, es un error de legos en la materia. “Leo, además, en entrevista promocional, que uno de los periodistas declara haber leído La patria del criollo para conocer el pensamiento del PGT de la época. Tan modesto propósito se yergue como serio obstáculo a una lectura honesta, que habría sido más provechosa. El mismo periodista, describe, deplorablemente, reductivamente, despectivamente, a los universitarios de la época: “En esta historia no había ni héroes o villanos, solo un puñado de hombres guiados por sus intereses personales, a veces bastante mezquinos y absurdos, y casi siempre difíciles de defender en público”.

Como se sabe, y en esto coincido plenamente con el escritor Liano, “La Patria del Criollo: una interpretación de la realidad colonial guatemalteca”, es mucho más que un manual de adoctrinamiento comunista y no puede ser considerado una síntesis del pensamiento del partido en Guatemala. Es el pensamiento del Maestro Severo sobre el período colonial de nuestra historia y un libro clásico de las ciencias sociales guatemaltecas y latinoamericanas.

Finalmente los autores del libro, Crespo y Andrés escribieron: “Se trata de un reportaje sobre un tema muy concreto: el asesinato del decano de la Facultad de Ciencias Económicas en 1984, Vitalino Girón, y la colaboración con la dictadura militar de algunas autoridades universitarias de la época, como el rector Eduardo Meyer.  Hasta ahí llega nuestra ambición” Como puede constatarse en este ensayo, quizás sin quererlo, los autores superaron con creces su ambición.

Como epilogo, este año en que se celebra el cincuentenario de uno de los guatemaltecos que fundaron la Guatemalidad, en el que recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1967, el poema “Cantata” de Miguel Ángel Asturias, escrito precisamente en el año de 1954; cuando el imperio al norte de Mesoamérica, destrozo el sueño de Arévalo y Arbenz, con la mayoría de su pueblo siguiéndolos. El bardo de “La Parroquia vieja” que nos dejó la esperanza de una mejor Patria. Un amante de Nuestra América.

 

(Cantata)

Miguel Ángel Asturias, 1954

¡Patria de las perfectas luces, tuya

la ingenua, agraria y melodiosa fiesta,

campos que cubren hoy brazos de cruces!

¡Patria de los perfectos lagos, altos

espejos que tu mano acerca al cielo

para que vea Dios tantos estragos!

¡Patria de los perfectos montes, cauda

de verdes curvas imantando auroras,

hoy por cárcel te dan tus horizontes!

¡Patria de los perfectos días, horas

de pájaros, de flores, de silencio

que ahora, ¡oh dolor!, son agonías!

¡Patria de los perfectos cielos, dueña

de tardes de oro y noches de luceros,

alba y poniente que hoy visten tus duelos!

¡Patria de los perfectos valles, tienden

de volcán a volcán verdes hamacas

que escuchan hoy llorar casas y calles!

¡Patria de los perfectos frutos, pulpa

de paraíso en cáscara de luces,

agridulces ahora por tus lutos!

¡Patria del armadillo y la luciérnaga

del pavo azul y el pájaro esmeralda,

por la que llora sin cesar el grillo!

¡Patria del monaguillo de los monos,

El atel colilargo, los venados,

los tapires, el pájaro amarillo

y los cenzontles reales, fuego en plumas

del colibrí ligero, juego en voces

de la protesta de tus animales!

Loros de verde que a tu oído gritan

no ser del oro verde que ambicionan

los que la libertad, Patria, te quitan.

Guacamayas que son tu plusvalía

por el plumaje de oro, cielo y sangre,

proclamándote va su gritería…

¡Patria de las perfectas aves, libre

vive el quetzal y encarcelado muere,

la vida es libertad, Patria, lo sabes!

¡Patria de los perfectos mares, tuyos

de tu profundidad y ricas costas,

más lóbregos hoy por tus pesares!

¡Patria de las perfectas mieses, antes

que tuyas, júbilo del pueblo, gente

con la que ahora en el pesar te creces!

¡Patria de los perfectos goces, hechos

de sonido, color, sabor, aroma,

que ahora para quién no son atroces!

¡Patria de las perfectas mieles, llanto

salado hoy, llanto en copa de amargura,

no la apartes de mí, no me consueles!

¡Patria de las perfectas siembras, calzan

con hambre de maíz sus pies desnudos,

los que huyen hoy, tus machos y tus hembras!”

 

Nueva Guatemala de la Asunción, junio de 2017.

Bibliografía

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  1. Periodistas españoles. Publicado por F&G Editores y Plaza Pública en la ciudad de Guatemala en el año de 2013.
  2. Ex presidente ALAS, XXIII Congreso, Antigua, Guatemala 2001. Miembro del Consejo Consultivo de ALAS.
  3. Sobre la represión hacia la USAC, se puede consultar Kobrac, Paul 1999 En Pie de Lucha: Organización y represión en la Universidad de San Carlos de Guatemala, 1944-1996 (Ciudad de Guatemala: Editorial Fénix).
  4. Según el Diario Militar, Daniel era el alias utilizado por Carlos Eugenio en su vida clandestina en el PGT. Fue dirigente de la Juventud Patriótica del Trabajo –JPT- y al momento de su asesinato miembro de la Dirección General del PGT.
  5. Figueroa Ibarra, Carlos (2005) lo recuerda en “En Memoria de Julio Alfonso Figueroa Gálvez”. Revista “Economía” del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales –IIES- de la Universidad de San Carlos de Guatemala –USAC- Número 166, Octubre-Diciembre. Edición Especial: “En Memoria de Lic. Vitalino Girón Corado y del Lic. Julio Alfonso Figueroa Gálvez”. 73-78 Pp. 202 Pp.
  6. Para quienes quieran consultarlo en: https://es.wikipedia.org/wiki/Diario_Militar. Sobre el significado de este listado, de acuerdo a los investigadores que lo localizaron: “El Diario Militar es un documento único en su género: ha permitido, por un lado, la identificación directa de un centenar de desaparecidos, mientras que por otro prueba la planificación de un régimen de terror cuyo objetivo era la supresión física de todo aquel individuo identificado como enemigo del orden establecido.”
  7. El Diario Militar consigna a Gilberto como Otto Leonel Juárez Ramírez. Lo sindica de ser responsable de la regional norte del PGT. Fue apresado en la Cafetería La Luciérnaga, a las 19.10 horas del 14 de mayo de 1984, de la ciudad de Mazatenango, Suchitepéquez. Fue ejecutado el 1 de agosto de 1984. En ese documento está listado con el número 127.  Este mismo “Diario de la muerte” refiere a Otto René, quien supuestamente utilizaba el alias de “Palmiro”. Lo acusan de ser el responsable del Comité de base de la región central del PGT y miembro de información militar y comisión de pobladores. Fue capturado el 15 de mayo de 1984, a las once de la mañana, en la 5ª calle y segunda avenida de la zona 1. Fue ejecutado, según este documento, el 1 de agosto de 1984. Está listado con el número 133.
  8. Tuvieron otro hermano mayor, que no conocí personalmente. Se llamó Julio Alberto Estrada Illescas, era también militante del PGT. En el momento que fue capturado su hermano menor, Otto René, el 15 de mayo de 1984, Julio se une a la esposa de éste para buscarlo por los hospitales, cuerpos de policía y morgues. Haciendo esto se encontraba, cuando es capturado el 14 de junio de 1984.
  9. Héctor Alirio Interiano compiló por años, documentos de reflexión, pronunciamientos, directrices, volantes, mosquitos del Partido Guatemalteco del Trabajo –PGT-. Cuando años después visité la Latin American Library de Tulane University en Nueva Orleans, Luisiana, EE. UU.; pude ver el fantástico trabajo de sus manos “Héctor Alirio Interiano: The PGT papers”.
  10. Cuestión absolutamente fundamental. El aparato represivo del Estado optó por no tener presos políticos. Y por ello, están siendo juzgados los militares que cometieron delitos penales en los tribunales de justicia del país. No procesaron a nadie, por ser miembros del Partido comunista o de cualquier otra tendencia. Simplemente los asesinaron, los desaparecieron, después de torturarlos. Ese fue su error crucial, debieron procesarlos en los tribunales de justicia, tal lo ordenaba el ordenamiento jurídico del Guatemala.
  11. (2012) Doyle, Kate. En su testimonio ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que se reunió en Guayaquil, Ecuador durante el cuadragésimo quinto periodo extraordinario de sesiones en Guayaquil, Ecuador, así lo afirmó. El 25 abril de 2012, Kate Doyle, analista y directora del Proyecto de Documentación de Guatemala en el Archivo de Seguridad Nacional. Ella publicó en los Estados Unidos de América, en mayo de 1999, el Diario Militar.
  12. (2011) Secretaria de la Paz. Dirección de los Archivo de la Paz. Autenticidad del Diario Militar, a la luz de los documentos históricos de la Policía Nacional. (Ciudad de Guatemala: Serviprensa, S. A.). Segunda Edición.
  13. Revista El Volcán (México: Posgrado de Sociología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), N° 19.
  14. Véase: Girón Corado(2005) y Figueroa Gálvez (2005)
  15. Dante Liano es un escritor guatemalteco, radicado en Milán, Italia, en donde enseña en Universidades de ese país. Premio Nacional de Literatura de 1991 y autor de importantes cuentos como “Jornadas” y novelas como ‘El hombre de Monserrat’ y ‘El misterio de San Andrés’. Recientemente publicó la novela “El hijo de casa”.
  16. Destacable el párrafo de La Patria del Criollo, en la que Martínez Peláez afirma que Pedro de Alvarado, el conquistador extremeño de Guatemala, nunca vio un indio. Vio nativos americanos, porque el régimen colonial todavía no estaba establecido cuando Alvarado se encontró con la muerte en México.
  17. El trabajo de José Asturias Rudeke (2002), titulado, “Historia de un historiador” publicado en “La Patria del Criollo, tres décadas después” es fundamental sobre este tema. 31-59 Pp. Existe una tesis doctoral, de Edeliberto Cifuentes Medina (2014) sobre la vida y la obra de Severo Martínez Peláez. Su trabajo fue una tesis de doctorado titulada “Severo Martínez Peláez: Historia y Revolución”. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México: Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, “Alfonso Vélez Pliego”, Postgrado en Sociología.


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