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10 El Hangul y las mujeres coreanas

¿Es posible su análisis bajo una perspectiva de género y clase?

Martín Nicolás Saez

Introducción

Este trabajo indaga una de las problemáticas de interés de la historia coreana, esto es, lo que llamamos “el Hangul y las mujeres” que está recibiendo desde hace algunas décadas especial atención por parte de historiadores, lingüistas y académicos de otras disciplinas. Se presentará el surgimiento del Hangul de un modo históricamente contextualizado (los tiempos de su creación, sus implicancias históricas inmediatas, la sociedad y, por supuesto, las clases sociales que lo recibieron) deteniéndonos en preguntas tales como: ¿Qué participación han tenido las mujeres ante su emergencia? ¿Podemos comprenderlas como las principales receptoras y beneficiarias? ¿Realmente les implicó beneficios al estar hasta ese momento excluidas de la educación, la alfabetización y el mundo de lo escrito? ¿Todas ellas?

Aunque está ampliamente comprobada la participación que tuvieron las mujeres en los primeros tiempos del Hangul, también es cierto que muchas de ellas (tal vez la mayoría) no pudieron acceder a las letras. La participación social, política y pública de la mujer coreana a nivel general fue literalmente proscrita tras la llegada del budismo y el confucianismo a la península, consolidándose sobre todo en el primer milenio de nuestra era, en especial con las dinastías Koryo y Choson. Es en este extenso periodo donde la rigidez social y la jerarquización se conjugan con fuertes estructuras patriarcales que llevaron a la exclusión de la mujer:

Es de notar que casi todas las circunstancias que beneficiaban la situación de la mujer a lo largo de esta etapa histórica se van a ir perdiendo con la entrada del budismo y más específicamente con la adopción al confucianismo [doctrina que opacó notablemente el desarrollo de las actividades y prácticas de las mujeres coreanas] (Iadevito, 2005: 277).

El análisis histórico que se propone está guiado por una perspectiva de género y clase. Para ello irá más allá de una simple “historia de las mujeres”, donde rescatemos aisladamente los aportes de las mujeres o nos conformemos con sencillas afirmaciones tales como “las mujeres se vieron beneficiadas por la apropiación del Hangul en una sociedad donde escribían y predominaban los hombres”. La idea es entrelazar las cuestiones de clase y género, ya que ambas categorías se desenvuelven en el devenir histórico en estrecho diálogo. Buscar a las mujeres en la historia y las sociedades bajo una perspectiva de género implica:

Visibilizar la realidad que viven las mujeres así como los procesos culturales de socialización que internalizan y refuerzan los mecanismos de subordinación de las mujeres. En este sentido, la perspectiva de género no solo analiza la relación de subordinación entre las mujeres y los varones, sino también las relaciones entre mujeres y la funcionalidad de sus prácticas con el sistema patriarcal… (Facio, 2011: 10).

Plantear un estudio donde la perspectiva de género y clase sean el marco, implica “visibilizar” a las mujeres así como los mecanismos de su subordinación bajo la construcción histórica de los sistemas patriarcales, a la vez que superamos la mera división dicotómica entre varones y mujeres. A este último respecto y conjugado con una perspectiva de clase, será necesario tener en cuenta que hay mujeres que participaron de la opresión de otras mujeres como bien expuso alguna vez la socióloga Andrée Michel al decir que “hay oprimidas que también oprimen, y conviene señalarlo”.[1]

Silverblatt (1990), en su introducción a Luna, sol y brujas: géneros y clases en los Andes prehispánicos y coloniales –retomando los aportes que Engels hiciera en El origen de la familia, la propiedad y el Estado–, formula un principio que nos sirve de antecedente: “los cambios de la posición de las mujeres son inseparables de las profundas transformaciones en la economía política que espoleó la formación de las clases sociales” (Silverblatt, 1990: 23). Y, por supuesto, a las sociedades mismas.

Pasemos entonces a analizar los reinos que sentaron dichas bases económicas y políticas, cuando el Hangul hizo su aparición.

Entramado social de las dinastías Koryo y Choson como marco socio histórico al surgimiento del Hangul: ¿y las mujeres?

El surgimiento del Hangul en el siglo XV –y su devenir histórico– no puede pasar por alto lo acontecido en el extenso periodo previo que podemos situar entre 918 y 1446 d. C. y que se caracterizó por el desarrollo de dos de las dinastías más influyentes y decisivas en la historia coreana. Y aunque ambas fueron muy distintas y particulares, bajo ellas se fraguaron los principales elementos de la identidad (e idiosincrasia) coreana.

Tanto Koryo como Choson se caracterizaron por ser sociedades sumamente rígidas y jerarquizadas, en las cuales una aristocracia compuesta por nobles, intelectuales, terratenientes y funcionarios estatales accedieron a la dirección de la sociedad, sostenidos por una base social conformada por amplios y heterogéneos grupos explotados y “no privilegiados” (sobre todo una abrumadora mayoría rural y analfabeta que pagaba fuertes impuestos para el sostén de la sociedad y los nobles, en su conjunto).

La dinastía Koryo (935-1392 d. C.) vino a reemplazar al Reino Unificado de Shilla y a nivel social se caracterizó por ser:

… una sociedad muy estratificada, encabezada por una nueva aristocracia hereditaria formada por personas allegadas al rey Taejo […] un amplio y sólido grupo de parientes cercanos que se constituyó mediante alianzas matrimoniales consanguíneas […] líderes militares y poderosas familias locales […] Esta aristocracia gozaba de privilegios y monopolizaba los puestos gubernamentales (Seligson, 2009: 56).

El poder de esta aristocracia, que reservaba el acceso al gobierno (y por lo tanto a las letras y a la alfabetización) a un reducido número de hombres, era acompañado a nivel estructural por un incesante acaparamiento de tierras, sobre todo cedidas por el gobierno, cantidades fijas de granos (arroz, centeno y mijo) y la conformación de latifundios. La cultura china y el budismo se constituyeron durante el periodo Koryo prácticamente en dos matrices sociales que permearon toda arista social, cultural y política, legitimando la hegemonía del grupo en el poder.

La base social estaba compuesta por una clase de campesinos, pescadores, artesanos, mercaderes llamados yamgmin (o buena gente) y chonmin (o baja gente) que reunía a carniceros, juglares, cazadores y mineros. Ambos tenían en común el pago de fuertes cargas, el no acceso a las letras y, por supuesto, a los cargos de gobierno.

Esta situación llevó a que las fuerzas de la dinastía Koryo se vieran debilitadas y su base, socavada. Al panorama hay que sumar la invasión mongola iniciada en el 1231 d. C. y, aunque la dinastía logró mantenerse en el poder, demostró su convaleciente sumisión. Fue así como en 1392 d. C., una serie de militares encabezados por el general Yi Song-Gye asesta el golpe final a Koryo interrumpiendo su gobierno de más de cuatrocientos años, inaugurando la dinastía homónima (Yi o Choson) que durará hasta el siglo XX.

La nueva sociedad que Choson estaba configurando estuvo hegemonizada por los yangban, básicamente funcionarios del nuevo gobierno, intelectuales y terratenientes. Estos hombres monopolizaban las letras, el gobierno, la administración y la tierra. El resto de la sociedad estaba conformada por los chungin donde destacaban los antiguos nobles de los tiempos de Koryo y los sangmin: en este último grupo encontramos nuevamente a la mayoría campesina, pescadores, comerciantes y artesanos explotados por fuertes trabajos y tributos, que estaban marginados de la alfabetización.

Antes de ambas dinastías, “… tanto la mujer casada como la mujer soltera participaban en los trabajos de agricultura y la responsabilidad de manutención del hogar era compartida por el hombre” (Iadevito, 2005: 275). En consecuencia, la mujer ocupó un importante lugar en el acceso a la vida pública y religiosa.[2] Todo esto se ve representado en su función de chamanas, tema ampliamente trabajado hoy día.

Con el advenimiento del budismo y el confucianismo las mujeres comenzaron a quedar relegadas y hasta proscritas de la sociedad:

A partir de este momento, el hombre pasa a ser el centro de la familia. Este predominio masculino se designa con el nombre de patriarcado […] Este proceso de sustitución de matriarcado por patriarcado llevó a la mujer a un plano de absoluta subordinación al hombre […] la participación femenina fue confinada a los quehaceres domésticos y a la dedicada y responsable crianza de hijos (Iadevito, 2005: 278-279).

La situación no fue igual para todas las mujeres. Notablemente, las mujeres de la aristocracia por su condición de clase pudieron sobrellevar de manera distinta las condiciones de su opresión y explotación: “La pertenencia de clase de un sujeto delimitará los contornos de su opresión” así como también “las posibilidades objetivas de enfrentamiento y superación parcial o no de esas condiciones de discriminación” (D’atri, 2013: 23-24). Y, por supuesto, de opresión. En cuanto a aquella inmensa mayoría explotada y marginada de mujeres: “La doble carga de clase y género fue particularmente dura para las mujeres del campesinado” (Silverblatt, 1990: 25).

El Hangul durante el reino Choson (1446 d. C.)

Como vimos, Yi Song-Ye “representó el ascenso de un nuevo tipo de grupo social, surgido de las filas del ejército” (Romero Castilla, 2009: 71) inaugurando la dinastía Choson. Fue tarea de los primeros monarcas Choson y sus aliados derrumbar los antiguos cimientos (el poder de los budistas, la casta de funcionarios e intelectuales de Koryo así como el sistema social que los sustentaba) para erigir sólidas bases para este grupo en ascenso. Esto se logró mediante la adopción de los valores neoconfucianos que no desarrollaremos en esta ocasión.

Uno de los soberanos Choson más importantes fue el rey Sejong cuyo gobierno se extendió desde 1418 a 1450 d. C. En su reinado se sentaron los cimientos más sólidos referentes a la identidad y soberanía coreana. Sejong incentivó los altos estudios fundando academias, desarrollando el arte, la astronomía, modernizando las técnicas de agricultura, la diplomacia y, lo que nos atañe, las letras.

El año 1446 d. C. quedó en la historia de Corea como un hito insoslayable. Tras años de intensa elaboración conjunta con la “Casa de los Sabios”, el rey Sejong promulgó el hunmijeongeum (literalmente, “sonidos correctos para instruir al pueblo”), iniciándose así una nueva etapa de lo escrito en la península. Podemos imaginar la trascendencia e implicancias que tal suceso tuvo en una sociedad sumamente estratificada y gobernada por grupos concentrados en el poder, hablamos sobre todo de aristócratas, nobles, funcionarios del Estado y terratenientes que basaban sus relaciones estatales y públicas en el uso del idioma y escritura china, fuente de su prestigio y poder:

Parece que el rey tenía miras más amplias que el estrecho horizonte de los “ilustrados”, recelosos de perder sus privilegios relacionados con la escritura. En un país como Corea, en el que la cultura escrita gozaba de una alta consideración, la mayor parte de la población no tenía participación alguna en ella. La propia administración del Estado resultaba difícil, pues faltaban funcionarios cualificados, es decir personas capaces de leer y escribir. En palabras del propio Sejong, esta paradoja se presentaba así: […] quienes custodian cárceles se ven en dificultades porque las condenas (escritas) y probanzas son incomprensibles para ellos (Hye, 2012: 718).

El Hangul fue llamado a cumplir una función clave en la creación de esa nueva administración y sociedad, instruyendo a las personas que llevarían adelante tal “hazaña”. La dinastía recientemente instaurada tenía necesidad de perfeccionar en modo creciente los alcances del Estado. El rey Sejong pensaba tanto (o más) en la necesidad de que el Estado funcione mejor (que tuviera mayores alcances organizativos y administrativos) y en debilitar al poderoso grupo de sabios (que empleaban la escritura china) que en las necesidades de su pueblo.

Lo que más nos interesa es que el Hangul, desde su creación, representó un serio desafío social: el ya mencionado grupo de aristócratas que concentraba su poder en cargos en el Estado, posesión de tierras y privilegios desde los tiempos de Koryo, lo resistieron. Tres cuestiones había en Corea reservadas para unos pocos: tierra, cargos en el Estado y por supuesto, la escritura. Es así como el idioma chino era utilizado en las esferas oficiales, en la literatura, o en las relaciones internacionales. ¿Es posible siquiera pensar que entregarían así como así la fuente misma de su prestigio y privilegio social? El Hangul fue despreciado por estos poderosos letrados, desprestigiado y rebajado a “lengua de mujeres”.

El Hangul y las mujeres

Está ampliamente documentado que el Hangul fue apropiado por las mujeres coreanas desde un principio. Ellas pudieron acceder al mundo de lo escrito por primera vez en la historia (escritura, lectura y la enseñanza-aprendizaje de las mismas). El Hangul comenzó a brindarles lugares y funciones a ocupar que hasta el momento les estaban completamente vedados, aunque claro está, su situación social no se vio modificada.

A esta altura del análisis nos preguntamos: ¿Cuánto pudieron beneficiarse las mujeres al apropiarse del Hangul? ¿Todas ellas pudieron? No podríamos realizar esta labor si perdemos de vista las estructuras sociales, las jerarquías de clase y las construcciones de género características de Corea hacia los siglos XIV y XV forjadas bajo las fraguas de las dinastías Koryo y Choson, que hemos trabajado más arriba.

El Hangul se nos devela así con una gran particularidad: un alfabeto que tras ser elaborado fue marginado por los hombres del poder y posteriormente apropiado por las mujeres a tal punto de permitirles ilustrar la cultura propia, su vida cotidiana, sus intereses y modos de percibir la sociedad y el mundo. Por primera vez, estas cuestiones dejaron de ser narradas por hombres y las mujeres comenzaron a representar y exponer por ellas mismas las condiciones de su propia existencia.

Esto es evidente, por ejemplo, en los llamados “Romances del género femenino”, género literario propio, que en sus primeros pasos llevó a la escritura los cantos tradicionales que hasta el momento estaban reservados a la oralidad como los kasa o los sijo (Kim, 2012: 721). Según la autora, los romances:

Se limitan a los planos de la vida cotidiana y de los sentimientos enlazados con las relaciones humanas, en particular, con la emoción proveniente de la vida matrimonial, del vaivén entre el amor y el odio […] por una parte, se despliegan las lamentaciones acompañadas de resignación o autocrítica, y por otra, se centran en las moralejas de tono didáctico (Kim, 2012: 720).

Aunque es cierto que las mujeres pudieron escribir y leer, lo hicieron en un contexto de producción que las limitaba (al igual que los alcances de sus obras), siempre girando en torno a reducidas “temáticas”. Al decir de Foucault, siempre que hay discurso:

Se trata de determinar las condiciones de su utilización, de imponer a los individuos que los dicen cierto número de reglas y no permitir de esta forma el acceso a ellos a todo el mundo […] nadie entrará en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, cualificado para hacerlo (Foucault, 2005: 38-39).

Aunque las mujeres ingresan al mundo de lo escrito, lo hacen de manera limitada por los poderosos grupos en el poder avalados por una sociedad patriarcal y jerárquica, ya que eran vistas, al decir de Foucault, como “no cualificadas”[3].

Los actuales estudios literarios dan a conocer muchas de esas obras producidas por las mujeres coreanas a partir del siglo XV y que revisten mayor intensidad en los posteriores (sobre todo siglos XVIII y XIX). La arqueología viene cumpliendo un papel sumamente importante: se han encontrado centenares de cartas de mujeres en tumbas, como parte de ajuares funerarios, dirigidas a sus esposos que se hallaban en guerras o viajes diplomáticos. Ejemplo de ello es un caso de los años noventa del siglo XX: en la tumba de un hombre noble fue hallada la carta que su esposa le dirigía y realizada en un calcetín (버선). Además, se encontraron otras 170 cartas.[4]

Encontramos también novelas, canciones, diarios personales y memorias, sobre todo de mujeres aristócratas vinculadas a la vida de palacio, como lo fueran las Memorias de dama Hyegyeong escritas mientras su autora residió en el palacio Changgyeong en el actual Seúl. Aunque algo tardías –estas memorias datan de entre 1795 y 1805– son un excelente ejemplo.

El Eumsik dimibang escrito por Lady Jang en 1670 fue el primer libro de cocina no solo de Corea sino probablemente de Asia, y escrito por una mujer[5]. Una obra tardía la representa el Chongseo gyuhap el cual contiene consejos para las mujeres, escrito en 1809 por Lady Bingheogak.

Para continuar: Hangul, género y clase

Permítasenos la siguiente extensa cita, por demás esclarecedora sobre la condición material de la mujer a la emergencia del Hangul y que permitirá catapultar nuestro análisis. Según Kim:

Las severas prácticas de los credos confucianos obstaculizaron por completo la presencia femenina en la sociedad. Las mujeres estaban sometidas a la presión de normas discriminatorias a favor del mundo autoritario de los varones en que se les exigía la sumisión, el valor moral considerado como la primera virtud para las mujeres. No podían tratar con los hombres ni cercanos ni forasteros; ni siquiera debían compartir un mismo espacio, ya desde los siete años, con los hombres; vivían en el recinto destinado al uso exclusivo de las mujeres que estaba en lo más interno de la casa, rodeado de varias capas de muros; la convivencia conyugal también se realizaba a través de la “visita nocturna” del marido a su esposa y la vida cotidiana se ejercía por separado, en su propio espacio cada uno. No cabía ningún tipo de noción social en la vida femenina y tampoco se vio necesidad alguna de una educación académica; es más, fue deliberadamente vetada a menudo para que las mujeres solo desempeñaran su función de madres entregadas y esposas obedientes (Kim, 2012: 720).

Es posible apreciar las cadenas que se cernieron sobre todas las mujeres en la sociedad coreana: sin presencia social y pública, exigencia a la sumisión, severas restricciones incluso en el plano de la vida privada, sin educación académica, lo cual podría sintetizarse en palabras de Irene Silverblatt para los Andes centrales en el mismo periodo: “[mujeres a las cuales se asignaban] características peculiares que presuponían su inherente impureza y su inferioridad con respecto a los hombres” (Silverblatt, 1990: 22).

Pero como bien expone la intelectual feminista Andrea D’atri, al género además sumamos las cuestiones de clase, ya que “la pertenencia de clase de un sujeto delimitará los contornos de su opresión”, existiendo “diferencias de clase que moldearán en forma variable […] las vivencias de la opresión […] y, fundamentalmente, las posibilidades de […] superación” (D’atri, 2013: 23-24).

Es así como encontramos a mujeres que lograron apropiarse del Hangul y acceder al mundo escrito como autoras y lectoras, ya que:

… se popularizó entre las mujeres de la clase social alta en la corte real y de aristocracia especialmente de las provenientes de los grupos sociales sadebu y posterior yangban, pero que otros grupos de mujeres no pudieron dado que la mayoría de las mujeres eran analfabetas independientemente de su procedencia social (Kim, 2012: 721).

Sobre estas últimas se yuxtaponía una doble condición de oprimidas y explotadas ya que al hecho de ser mujeres se sumaba su inherente condición de clase. De seguro, no vieron modificada su existencia que se basaba en el constante trabajo de la tierra (la cual no poseían ni sus esposos ni ellas) y el mantenimiento del hogar y la familia.

Por último, es necesario mencionar que el Hangul, lejos de ser monopolizado exclusivamente por las mujeres, fue utilizado también por hombres muchas veces para reforzar su superioridad social y garantizar la opresión de las mujeres, ya que hablamos de letrados masculinos que escriben a partir del siglo XVI:

… a través de la voz y la visión femeninas […] fidelidad y lealtad profesada por parte de una mujer hacia su amor [y también] como medio particular de distraer y entretener a las mujeres para retenerlas en sus alcobas en circunstancias convulsas de la apertura y la modernización del mundo (Kim, 2012: 721).

El libro titulado Naehun escrito en 1475 d. C. por la reina Sohei obedece a la misma lógica: en sus capítulos recrea consejos para las mujeres que están permeados por los valores confucianos de piedad filial y obediencia de la mujer al hombre (algunos apartados son conductas, formas de expresión, piedad filial, conducta maternal, etc.).

En conclusión, fue el Hangul una especial herramienta en manos de las mujeres, sobre todo de las nobles y aristócratas –aunque de seguro no exclusivamente– mediante el aprendizaje de un alfabeto que les permitió escribir, leer y enseñar. Como hemos trabajado, su condición de clase les permitió afrontar su existencia y opresión social de manera particular y diferenciable a la del resto de las mujeres, lo cual podemos ver, por ejemplo, en su acceso al Hangul. El resto de ellas difícilmente pudieron acceder a la escritura, aunque muchas “plebeyas” vinculadas al mundo periférico de servidumbre o campesinado pudieron acceder paulatinamente a la lectura de ciertas obras que, no obstante, les recordaban las leyes, normas o sobre todo, el lugar que debían ocupar en la sociedad.

Reflexiones finales: el Hangul como parte de la identidad coreana

Como se mencionó ut supra, el Hangul fue presentado como alfabeto para Corea a mediados del siglo XV por el rey Sejong (entre 1443 y 1446) en el marco de consolidación de la dinastía Choson, la cual inició un acelerado camino para reforzar su legitimidad, lograr mayor eficacia estatal administrativa y también, de soberanía. En sus inicios fue rechazado por los poderosos hombres que utilizaban la escritura china, sinónimo de superioridad y prestigio. Fue relegado inmediatamente y considerado “escritura de mujeres” e incluso atravesó fuertes periodos de proscripción como la efectuada en 1504 por el príncipe Yonsan. Hemos visto su apropiación por parte de las mujeres, sobre todo de las pertenecientes a clases sociales altas (yangban).

Sin dudas, su uso se fue intensificando, lo utilizaron tanto mujeres como hombres, encontrando una importante generalización hacia fines del siglo XVI. No obstante, la escritura china siguió siendo hegemónica sobre todo en la vida oficial del Estado y el Hangul permaneció ilustrando la vida cotidiana, sucesos de palacio y cartas como las enviadas entre hijo-madre, hermano-hermana o esposo-esposa.

De los Frailes Álvaro comentó con certeza la trascendencia del Hangul, “cuyo uso y estudio, a pesar de las dificultades encontradas en distintos momentos de la Historia, se fue extendiendo a todas las clases y condiciones” (De los Frailes Álvaro, 2010: 99). Según el mismo autor, hacia el siglo XIX, comienza “a coexistir este con las letras chinas en periódicos, libros y documentos oficiales” (De los Frailes Álvaro, 2010: 100) para pasar por un nuevo periodo de proscripción tras la invasión imperialista japonesa. El siglo XX devino clave ya que “… se ha convertido en el estándar de la comunicación escrita […] se aprende en las aulas y permite ojear la prensa…” (Prieto, 2011: 54).

El Hangul se abrió paso lentamente a través de los siglos, en una tarea para nada fácil. Y como la Historia nos ha enseñado, los periodos de mayor dificultad fueron aquellos que hicieron arraigar el Hangul en la sociedad: está documentado que siempre que hubo invasiones extranjeras a la península, los reyes emplearon el Hangul para comunicarse y emitir leyes para su pueblo o bien, en la invasión japonesa iniciada en el siglo XIX, se convirtió en instrumento de resistencia: reforzó el sentimiento de pertenencia e identidad coreana ante la amenaza externa.

Un informe elaborado por la UNESCO para Corea del Sur comenta lo siguiente sobre la situación de la mujer:

Si bien estadísticamente puede haber una pequeña diferencia entre la tasa de alfabetización de adultos mujeres y hombres, a muchas coreanas se les negó la oportunidad de educación por razones socioeconómicas y una ideología patriarcal. Ellas permanecieron analfabetas y enfrentan dificultades en su vida diaria (UNESCO, 2013: 69).

Como vemos, más allá de que el 97,9%[6] de las personas en edad adulta estén alfabetizadas, son las mujeres las que aún sufren dificultad para el acceso al Hangul. Esta situación, marcadamente superior en las zonas rurales, ha llevado a la elaboración de programas como la “Escuela de madres”, implementado por el gobierno surcoreano en colaboración con la UNESCO.

Hoy en día, a 571 años de su creación y más allá de los desafíos presentes aún por superarse, vemos que el Hangul es cada vez más lo que su raíz etimológica mencionó desde su nacimiento: un hunminjeongum o un alfabeto para instruir a su pueblo.

Bibliografía

D’atri, A. (2013). Pan y rosas: pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo. Buenos Aires: Ediciones IPS.

De Los Frailes Álvaro, L. (2010). “Retos y curiosidades en la práctica de la traducción coreano-español (parte I)”, en Ojeda, A. e Hidalgo, A. (2010), Estudios actuales sobre Corea. Granada: Entorno Gráfico Ediciones.

Facio, A. y Fries, L. (2005). “Feminismo, género y patriarcado”. Academia: Revista sobre enseñanza del Derecho de Buenos Aires, año 3, N° 6, 259-294. Recuperado de: https://goo.gl/HCEj8n

Foucault, M. (2005). El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets Editores.

Iadevito, P. (2005). “Corea tradicional y moderna: espacios de construcción de la identidad femenina”, en Oviedo, E. (comp.), Corea, una mirada desde Argentina, Rosario: Editorial de la Universidad Nacional de Rosario.

Kim, H.-J. (2012). “La escritura coreana y la literatura femenina”, en Agud, A. et al., Séptimo centenario de los estudios orientales en Salamanca. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca.

Ojeda, A. e Hidalgo, A. (coords.) (2011). Corea, imagen y realidad. Granada: Entorno Grafico Ediciones.

Seligson, S. (2009). “Desde los orígenes hasta fines del siglo XIV d. C.”, en Manríquez, J. L. (coord.), Historia mínima de Corea. México: El Colegio de México.

Silverblatt, I. (1990). Luna, sol y brujas: géneros y clases en los Andes prehispánicos y coloniales. Cusco: Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas.

Unesco (2013). Programas de Alfabetización centrados en las mujeres para reducir las desigualdades de género. Hamburgo. Recuperado de: https://goo.gl/rmrteJ


  1. Cita tomada del libro Pan y rosas: pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo escrito por Andrea D’atri, el cual vio la luz en el año 2013 y profundiza la importancia de la perspectiva de clase como herramienta teórica sustancial para el análisis histórico.
  2. Oficiando ceremonias familiares y comunales, ocupando el lugar de sacerdotisa, ofreciendo plegarias y bendiciones para sus comunidades, accediendo a la herencia y la tierra.
  3. Incluso alguna vez advirtió el mismo rey Sejong sobre la peligrosidad de instruir a las mujeres.
  4. Para ver en detalle, y además tomar en cuenta los aportes de la arqueología, recomendamos el siguiente video alojado en la web: https://goo.gl/r5jxys
  5. La obra fue escrita hacia 1670 (siglo XVII) por Lady Jang, una noble (yangbang) perteneciente a la provincia Gyeongsang de la dinastía Choson. No solo es excelente referencia al mundo culinario coreano, sino que también nos demuestra cómo las mujeres, mediante el Hangul, podían abocarse a los más diversos géneros de escritura plasmando sus intereses.
  6. El mismo documento señala que los hombres en edad adulta están alfabetizados en un 99,2% y las mujeres en un 96,2%, lo que significaría una diferencia de casi 3 puntos en detrimento de las mujeres.


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