Otras publicaciones:

Book cover

DT_Chartier_Burucua_13x20_OK-final

Otras publicaciones:

Book cover

12-2022t

11 La cortesana y la mediadora

Dos dimensiones de expresión femenina en la tradición coreana

Verónica del Valle

Introducción

El objetivo principal es relacionar dos figuras femeninas arquetípicas de la cultura coreana: la mediadora y la cortesana. Surgidas del chamanismo y del grupo social Gisaeng respectivamente, a través de estas figuras las mujeres lograron encontrar un intersticio por medio del cual expresarse en una sociedad marcadamente patriarcal y opresiva para el género femenino.

Como punto de partida teórico se tomará el concepto de Hall (1982) de hegemonía, entendida como una alianza provisional entre ciertos grupos sociales (clase dominante) que pueden ejercer total autoridad sobre los grupos subordinados, ganando el consentimiento y otorgándole significado para que ese poder parezca legítimo y natural. Teniendo en cuenta también que en todo proceso cultural existen conflictos internos que logran espacios para que los grupos subordinados se expresen, pero siempre dentro de los límites de las definiciones establecidas por la clase dominante. Esta es una negociación en el terreno ideológico y cultural: el sistema hegemónico permite espacios de expresión para los grupos subordinados, pero esos valores y aspiraciones son asimilados en términos compatibles con la ideología dominante (Bennett, 1986). Las expresiones ideológicas de la clase dominante siempre coexisten y deben negociar con otras expresiones ideológicas que pueden ser afines u opuestas (Sorlin, 1985).

Por último, para el análisis se tendrá en cuenta la siguiente afirmación de Segato:

Lo que es observable es el mayor o menor grado de opresión de la mujer, el mayor o menor grado de sufrimiento, el mayor o menor grado de autodeterminación, el mayor o menor grado de oportunidades, de libertad, etc., más no la igualdad, pues esta pertenece al dominio de la estructura; y la estructura que organiza los símbolos, confiriéndoles sentido, no es del orden de lo perceptible a primera vista, sin el uso de herramientas de “escucha” adecuadas que llamamos, en su variedad, “análisis del discurso”. El poder se revela, a veces, con infinita sutileza (Segato, 2010: 54).

La cortesana

Hacia finales de la dinastía de Goryeo (Koryo, 918-1392) la escena social estuvo dominada por los clanes aristocráticos y reales, y el acceso a los cargos públicos estaba condicionado por complejos exámenes que solo podían ser aprobados por miembros de estas familias acomodadas que disponían de la educación y poder necesarios. Comienza a cobrar importancia el confucianismo (sistema ético y religioso proveniente de China) que con sus estándares éticos y morales acerca del gobierno, la familia y la sociedad sirvió para organizar el poder. Sin embargo, este pensamiento racionalista convivió con el budismo previo, que fomentaba el amor y el respeto por la naturaleza. En este contexto social y político surge el Sijo (시조), poema lírico breve con forma fija de solo tres versos (en el primero se introduce la situación, que se desarrolla en el segundo y en el tercero se da un giro o desenlace). Pero fue durante la dinastía Joseon (Choson, 1392-1910), cuando se produce un declive del budismo dejando al confucianismo como única ideología aceptable por las clases dominantes, que el género Sijo toma fuerza y relevancia. Fueron las Gisaeng (기생), clase social de artistas profesionales entrenadas para el entretenimiento de los nobles, quienes condujeron al Sijo a su esplendor y lo llevaron a los estratos sociales más bajos. El origen de las Gisaeng puede rastrearse en el Koryŏsa (Historia de Koryo/Goryeo) donde se las describe como descendientes de un grupo migratorio llamado “la gente del agua y del sauce” y que fueron vendidos como esclavos por el primer rey de Goryeo debido a su naturaleza conflictiva (Lee, 2010). Aunque provenientes de estratos sociales bajos y familias sin relevancia, al ser artistas del entretenimiento de la elite accedían a una educación vedada a la mayoría de las mujeres de su época. Tradicionalmente, la mujer coreana de clase acomodada era relegada a su hogar, accediendo únicamente a una educación informal dentro de la esfera doméstica que se reducía a los preceptos confucianos deseables en una mujer: diligencia, piedad filial y castidad. Como únicas mujeres a las que se les permitía actuar en la corte y en las fiestas privadas de la nobleza, las Gisaeng tenían un grado de libertad, instrucción y autonomía negada a la mayoría de sus congéneres.

Desde esta posición privilegiada jugaron un rol social clave ya que conectaron la cultura de la elite con los estratos bajos de la población. Gracias a ellas la música y la danza salen del ámbito cerrado de la corte y son llevadas al público en general. En esta época la literatura no solo asumía una forma escrita sino también cantada/recitada, y fueron las Gisaeng quienes llevaron este arte al “aire libre” poniéndolo al alcance de la gente que comúnmente no accedía a los libros, ni la instrucción suficiente para leerlos.

La más renombrada de las Gisaeng fue Hwang Jini (1511-1541) quien por su inteligencia y belleza logró convertirse en una celebridad de su época. Aunque hija de una concubina del palacio, se negó al mandato familiar de un matrimonio arreglado y prefirió seguir su propio camino como artista. A través de los poemas, Hwang Jini pudo expresar abiertamente sus sentimientos, algo no permitido a una mujer por los rígidos códigos confucianos. Si bien sus habilidades debían utilizarse para entretener a la elite, ella aprovechó el arte para expresar sus pensamientos, desafiando la rigidez de la corte.

La mediadora

Otra faceta interesante de negociación con la hegemonía es el chamanismo. Según la tradición, la primera chamana en Corea fue la princesa Bari. Si bien su historia surge de la transmisión oral pudiendo ubicarse en una fecha anterior, el primer registro escrito data de la dinastía Choson (Joseon, 1392-1910). En esta época el pensamiento dominante era el confucianismo que, como se citó anteriormente, establece entre otros los ideales del respeto por la jerarquía social, la piedad filial, la búsqueda de estabilidad y armonía social y familiar. Estos preceptos fueron vistos por la clase dominante como una base inmejorable a partir de la cual reorganizar la estructura política y moral del reino. Debido a que el confucianismo promovía el desarrollo y el cultivo a nivel personal (la moral personal y social iban van unidas), fomentó el surgimiento de una nueva clase ilustrada dominante: la Yangban que como única obligación tenían el estudio de la doctrina confuciana y el acceso a los cargos públicos. En esta sociedad rígidamente estratificada los miembros de la clase dominante buscaron proteger su estatus: la pertenencia al grupo era hereditaria y se establecía a través de un sistema fijo de matrimonios permitidos (solo se casaban dentro de la misma clase social) con lo cual limitaban su número. Por debajo de ellos se encontraban los Chungin o aquellos que poseían una profesión especializada. Luego estaba la clase baja (entre los que se contaban los chamanes y las Gisaeng) y finalmente, en el estrato más bajo los esclavos. En una época predominantemente racional, los chamanes fueron proscritos y se les asignaron impuestos especiales. En un Estado altamente burocrático, a los cargos solo podían acceder los miembros de la clase Yangban a través de un complejo sistema de exámenes.

Es en este periodo de dominación y exclusión sufrida por las mujeres tanto a nivel público como privado (no accedían a la educación formal, no participan en ningún rito confuciano de los antepasados, etc.) cuando el chamanismo se convierte en una experiencia religiosa principalmente femenina.

Según el mito, la princesa Bari desciende al mundo subterráneo y atraviesa una serie de duras pruebas para salvar a su padre (el rey, quien la había abandonado de bebé) y se convierte así en ejemplo de los valores confucianos de piedad filial, devoción a la familia y al país. Sin embargo, la complejidad del relato nos muestra a una mujer que reniega de otro mandato confuciano al rechazar su herencia y no aceptar volver a su reino y a la sociedad restrictiva que representa. Es así como elige volver con su esposo, con quien se casó sin consentimiento paterno, otro signo de rebeldía hacia las tradiciones y mandatos de la época.

El chamán vive en la liminalidad: es intermediario entre el cielo y la tierra, entre el reino de los espíritus y el mundo de los hombres, reconcilia los opuestos. En los antiguos estados tribales los chamanes poseían gran poder religioso y político. Aún en el comienzo del periodo de los Tres Reinos mantuvieron cierto estatus, pues hasta los reyes tenían atributos de origen chamánico y la diferencia de roles entre ambos no estaba nítidamente marcada. Luego los soberanos comenzaron a centralizar cada vez más el poder, y la división entre el sacerdote y el monarca se hizo más notoria, concentrando todo el poder este último. Al mismo tiempo ingresan nuevas religiones y pensamientos filosóficos desde China (budismo, taoísmo, confucianismo, etc.) que comienzan a competir con las creencias autóctonas tribales/chamánicas. Si bien se produjo un sincretismo entre el chamanismo y estas nuevas ideas extranjeras, su rol como creencia religiosa preponderante menguó y solo se mantuvo activo en los sectores populares.

La función de los chamanes era principalmente satisfacer las necesidades prácticas de las personas y armonizar a los opuestos (cielo/tierra, vivos/muertos, alegría/dolor, etc.). Si bien históricamente existieron chamanes de ambos sexos y no existía una distinción entre ambos sexos en la práctica (a diferencia del confucianismo), fueron las mujeres quienes terminaron imponiéndose en número a través de los siglos. Posiblemente esto se deba a que el accionar femenino le otorgó vitalidad y continuidad, utilizándolo como medio de expresión y espacio de libertad en una sociedad cada vez más patriarcal y opresiva hacia el género femenino. En la vida pública predominaba el confucianismo con sus ceremonias centradas y dirigidas por hombres; pero puertas adentro y en las tradiciones chamánicas supervivientes, especialmente en las clases más populares, eran las mujeres quienes poseían un papel preponderante.

Conclusiones iniciales

Durante el periodo Choson existió en Corea una estricta división sexual dentro del ámbito de las prácticas religiosas y del acceso a la educación. Como se mencionó anteriormente, mientras que los hombres tenían en el confucianismo un espacio de preponderancia, las mujeres vieron en el chamanismo un ámbito en el cual poder participar y expresarse espiritualmente. A la educación formal accedían solo los varones, mientras que solo aquellas mujeres que seguían el camino de las Gisaeng podían aspirar a lo mismo. Pero esta marcada diferenciación sexual también era visible en el campo de la literatura (y las artes en general) donde los hombres estaban limitados por las reglas de la escritura clásica china, pero las Gisaeng eran más libres de expresar sus pensamientos especialmente en la poesía. A través de la escritura se les permitía manifestar sus emociones, muchas veces encontradas: dolor, resentimiento (social y personal), alegría, el amor, la belleza, etc. Es esta mezcla de sentimientos, aparentemente opuestos, la que también se denomina han: fuerza que impulsó a las mujeres coreanas a sobreponerse a situaciones de opresión y sufrimiento padecidas a través de la historia (Doménech, 2015).

En la literatura y el arte, usados como vehículo de expresión por las Gisaeng, como en el terreno del mito y el chamanismo, se puede encontrar el elemento emotivo y la fuerza “primitiva” muchas veces asociada con lo femenino (en contraposición a lo racional como símbolo masculino, especialmente en el confucianismo).

Como se formuló al inicio del trabajo, es en la negociación con la ideología dominante que los grupos subordinados pueden expresarse dentro de los límites que le impone el poder. Esto puede observarse en el caso de las Gisaeng: los preceptos confucianos no habrían permitido que ellas demostraran sus sentimientos libremente a través del arte si no hubiesen estado al servido del entretenimiento de la clase dirigente. Hay una negociación entre la hegemonía dominante y los demás discursos, sin la cual los segundos no podrían haber atravesado la censura de los valores imperantes. Es evidente la habilidad demostrada por las mujeres al poder utilizar los medios a su alcance para encontrar un canal eficaz de expresión en medio de una sociedad que les ofrecía muy pocas posibilidades de hacerlo sin ser amonestadas.

Bibliografía

Bennett, T. (1986). “Introduction: Popular culture and the turn to Gramsci”, en Bennett, T., Mercer, C. y Woollacott, J. (eds.), Popular culture and social relations (pp. 56-90). Milton Keynes: Open University Press.

Cooper, J. C. (2010). An Illustrated Introduction to Taoism: The Wisdom of the Sages. Bloomington, Indiana: World Wisdom Inc.

Doménech, A. J. (2001). “Una introducción al pensamiento coreano: tradición, religión y filosofía”. Segundo Simposio Internacional sobre Corea. Madrid, 21 y 22 de noviembre de 2001. Centro Español de Investigaciones Coreanas (CEIC).

Doménech, A. J., Prevosti i Monclús, A. y Prats, R. (coords.) (2005). Pensamiento y religión en Asia Oriental. Barcelona: Editorial UOC.

Doménech, A. J. (2015). “Religious Beliefs and Practices Illustrated by Films”, en Bruno, A. L. (ed.), Corea: K-pop multimediale. Ariccia: Aracne editrice.

Doménech, A. J. “La experiencia de una chamana.” Material de curso.

Doménech, A. J. (2016). “The dream of inter-religious dialogue in Kim Manjung’s Kuunmong”. Material de curso Korea Foundation e-School.

Hall, S. (1982). “The Discovery of Ideology: return of the repressed in media studies”, en Gurevitch, M.; Bennett, T.; Curran, J. y Woollacott, J. (eds.), Culture, society and the media (pp. 56-90). New York: Methuen.

Kim, S. (2008). “Feminist Discourse and the Hegemonic Role of Mass Media”. Feminist Media Studies, 8:4, 391-406.

Kim, Y. (2012). 15 códigos de la cultura coreana. Buenos Aires: Bajo la Luna.

Lee, I. (2010). “Convention and innovation: the lives and cultural legacy of the Kisaeng in colonial Korea (1910-1945).” Seoul Journal of Korean Studies, 23(1), June, 71-93.

Lévi-Strauss, C. (1995). Antropología estructural. Buenos Aires: Paidós.

Manríquez, J. L. L. (coord.) (2012). Historia mínima de Corea. México: El Colegio de México.

Rhi-Bou-Yong (1992). “El chamanismo y la psicología coreana”. Coreana, Tomo III, Nº 2, 35-39.

Segato, R. (2010). Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Prometeo.

Sorlin, P. (1985). Sociología del cine: la apertura para la historia de mañana. México: Fondo de Cultura Económica.

Walraven, B. (2011). “Divine territory. Shaman songs, elite culture and the nation.” Korean Histories, 2(2), 42-58.



Deja un comentario