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9 El rol de la mujer en Corea

Cambios y continuidades

Desirée Nair Chaure

Introducción

El presente trabajo brinda un breve análisis del desarrollo y conformación del rol de la mujer en Corea, en el marco del proceso de constante transformación de la estructura social expresada a través de diferentes discursos y prácticas. Para ello tendremos en consideración la definición de género brindada por Mera, quien lo conceptualiza como el conjunto de diferentes experiencias, necesidades, oportunidades, limitaciones, derechos y obligaciones a las que se enfrentan hombres y mujeres debido a los roles que le son socialmente asignados, y que se asumen como naturales (Mera, 2009: 65).

La identidad de género se configura en relación a la noción del otro y la diferencia que existe con aquel. Por lo tanto, para comprender la construcción de “lo femenino” en cada modelo social hemos de identificar qué elementos culturales se han sostenido y cuáles se han modificado con el paso del tiempo. Buscaremos dar respuesta a interrogantes tales como: ¿cuáles son las problemáticas de género originadas por la situación de la mujer?; ¿en qué ámbitos sociales predominó la participación de la mujer? y ¿de qué manera se delineó la resistencia a la dominación patriarcal? A los fines de brindar un mayor ordenamiento se organiza el trabajo en cinco periodos históricos, en los cuales tuvieron lugar los cambios estructurales más significativos.

Los Tres Reinos

En los inicios de la conformación política de la península coreana, el territorio se encontraba dividido en tres reinos, Koguryo, Silla y Paekche, los dos primeros fundados en el año 37 a. C. y el último en el año 18 a. C.

En el reino de Silla la mujer poseía un papel de importancia y detentaba los mismos derechos que los hombres. Siendo el eje de la vida social, tenía derecho de herencia y linaje familiar, mientras que en la realeza la línea sucesoria podía ser tanto masculina como femenina. Los matrimonios se basaban en la libertad de elección y el hombre al casarse debía mudarse a la casa de su esposa, donde la autoridad familiar era detentada por los padres de la mujer, por lo cual el niño seguía la filiación de la madre. En caso de que el hombre partiese a la guerra, la mujer asumía completo control del hogar como jefe de familia. En los estratos sociales más bajos la responsabilidad sobre el cuidado del hogar era compartido (Iadevito, 2005: 5).

Se han registrado en el Samguk Sagi y el Samguk Yusa[1] tres monarcas mujeres dentro de la cronología de reyes, la reina Sondok quien condujo una administración benevolente y justa, logrando sofocar la rebelión de Pidan que pretendía tomar el poder; su sucesora, la reina Chindok, que combatió contra Paekche aliándose a China y centralizando el poder, y por último la reina Chinsong.

La religión predominante en todos los reinos fue el chamanismo, conformado por una serie de creencias vinculadas a la naturaleza y los espíritus, cuya influencia coincidió con la forma arcaica de organización matriarcal. Los chamanes han sido y son en la actualidad mayoritariamente mujeres, a pesar de que los hombres también pueden serlo. Al contar con una mayoría femenina en una proporción de 3 a 7, se la considera una religión centrada en las mujeres y vinculada a los sectores marginados socialmente. Este hecho también se sostiene en la creencia de que las mujeres poseen más ying, que se vincula a características más pasivas, receptivas y cooperativas, lo que les proporcionaría una mayor habilidad para recibir a los espíritus. Incluso los personajes de las canciones entonadas en los ritos son en su mayoría mujeres, como el caso de la princesa Baridegi[2].

La chamana representaba distintas funciones, era sacerdotisa al presidir rituales y comunicarse con los espíritus para solicitar ayuda, como la llegada de lluvias; ejercía como curandera y asumía la función de educadora al trasmitir la cultura vinculada a la tradición del chamanismo. Desde los comienzos de Silla hasta principios del siglo I, gran parte de los ritos a los ancestros eran llevados a cabo por mujeres chamanas y se les permitía el ingreso al palacio, a raíz de lo cual detentaban un significante poder político y social (García Daris, 2017: 15).

En el siglo IV ingresa el budismo[3] a Corea, introduciendo nuevas tradiciones y prácticas que fueron incorporadas por la realeza, de manera que se vieron limitadas las actividades chamánicas. Muchas mujeres nobles participaron activamente como devotas budistas, brindando ayuda comunitaria o buscando refugio en los monasterios ante una problemática personal. El chamanismo quedó entonces relegado a las clases populares, quienes recurrían a las chamanas en caso de enfermedad, conflictos o desastres naturales.

En este periodo la sociedad dio un giro paulatino del sistema matriarcal hacia el patriarcal. Ante la necesidad de mejorar la alimentación y la vestimenta, se impulsó el abandono, por parte del hombre, de las tareas de caza, para dedicarse al cultivo y la cría de animales, lo cual intensificó la diferenciación de género y fomentó un cambio en la visión de la mujer.

La autoridad femenina se limitó a los asuntos domésticos. Se comenzaron a pactar los matrimonios entre familias y la trasmisión de los derechos, honores y bienes del padre a sus hijos varones, aboliéndose así los de la madre, y con el fin de garantizar la continuidad de la línea familiar paterna. Los hombres eran responsables por la manutención de sus padres ancianos, la preservación de la tradición y el honor familiar, por lo cual eran los únicos encargados de los ritos de veneración a los antepasados.

Dinastía Choson

La dinastía Choson abarcó un extenso periodo histórico, desde 1392 hasta 1910, finalizando con la llegada del dominio japonés. Se caracterizó por la adopción del neoconfucianismo como ideología de base en la sociedad, que tuvo un papel determinante en los patrones de conducta familiar, los cuales acentuaron la jerarquización y redujeron considerablemente la participación de la mujer bajo un rígido sistema paternalista.

En el sistema confuciano las relaciones interpersonales se estructuran en base a las obligaciones y deberes del individuo hacia el grupo, afirmando que los valores y comportamientos adecuados aseguran la estabilidad y armonía social. Su código ético se rige por cinco principios de obediencia: rey-súbdito, padre-hijo, esposo-esposa, hermano mayor-hermano menor, y relaciones entre amigos. Las mujeres se encuadraban en esta concepción a partir del Sam chong chi do o conducta de la triple obediencia, en la infancia debía obedecer a su padre, luego de casada a su marido y al enviudar a su hijo.

La mujer se encontraba en condición de inferioridad y subordinada al hombre, y su rol se enfocaba en la sexualidad y la reproducción. Se fomentaba como virtud máxima ser una madre dedicada y una esposa fiel. Sin importar la clase social a la que perteneciera, su obligación primordial era concebir un hijo varón para obtener rango de “madre”, sosteniendo la creencia de que un hijo varón valía más que cien hijas. La piedad filiar era el primer deber confuciano y, por ende, uno de los pocos derechos a los que la mujer podía acceder era el respeto de sus hijos a su autoridad. De este modo, la extrema sumisión se intentaba atenuar con la idealización de la maternidad.

Las mujeres nobles debían mantener una actitud austera, carente de educación y confinada a la vida del hogar sin intervención en los asuntos públicos. Tal era la estricta conducta de las mujeres de la corte que rechazaban la atención de médicos hombres. Ante ello, se propuso como solución la educación de jóvenes de clase baja para prestar servicios pagos como curanderas supervisadas por chamanas, pero debiendo consultar siempre a un hombre para determinar el diagnóstico y el tratamiento.

En cuanto al matrimonio, se caracterizaba por su universalidad, la diferencia entre casados y solteros se distinguía incluso en la ropa y el peinado, y era costumbre que se celebrara a edad temprana. Se permitía la poligamia solo para los hombres, dada en función de la legalidad de una segunda esposa, concubinas o favoritas. A la vez, las mujeres debían seguir el Pul Kyong yi bu, es decir que no podían tener dos maridos, las viudas no podían volver a casarse ya que debían completa obediencia a su esposo, incluso después de su muerte. Los hombres eran los únicos habilitados para solicitar un divorcio, mediante el cual la mujer perdía su posición social y se la alejaba de sus hijos. Las causales de divorcio podían ser la desobediencia a los suegros, la infertilidad, el adulterio, ser celosa, estar enferma, ser chismosa o robar. Los crímenes cometidos por las esposas contra sus maridos se juzgaban en igual condición que los de los esclavos contra sus amos.

El neoconfucianismo le brindaba valor a la razón, condenando las prácticas supersticiosas y buscando su disolución, por lo cual rechazaba firmemente el chamanismo. A pesar de ello la erradicación de estas creencias en el seno de la sociedad fue imposible. La religión chamánica continuaba siendo ejercida por las mujeres, quienes encontraban en su tradición una vía de escape a la opresión del sistema patriarcal. De acuerdo con Hahm In Hee (2011), algunos teóricos consideran al fenómeno de la posesión chamánica como una compensación del sentimiento de desplazamiento y falta de importancia social hacia el género femenino; desplazadas de la sociedad confuciana masculina y débil en el aspecto religioso, las mujeres se enfocaron en el chamanismo y el budismo. El gobierno decidió entonces que las chamanas contribuyeran al erario público, situación que les daba cierto reconocimiento y poder, otorgándoles la oportunidad de disponer de un ingreso económico.

Dentro de la estructura confuciana de inalterable separación de los sexos, existía una clase social conformada por mujeres, que perduró durante siglos y era opuesta a los preceptos morales dominantes. Las kisaeng eran educadas en varias disciplinas artísticas como literatura, danza o pintura, y se dividían en distintas jerarquías de acuerdo a sus funciones. En el primer estrato se encontraban las más talentosas en danza y canto, que entretenían a los señores feudales y podían recibir visitas en sus aposentos privados; luego, aquellas que eran artistas pero ejercían la prostitución y, por último, las prostitutas a las que se les prohibía representar las artes de las primeras. Todas ellas podían pasear por los lugares públicos, asistir a eventos, vestirse según sus gustos y no cubrirse el rostro; es decir, que poseían mayores privilegios que el resto de las mujeres. Sin embargo, eran relegadas de la sociedad, al ser destinadas a vivir en las afueras de las ciudades. Muchas de ellas fueron importantes artistas, como Yi Mae chang y Uhwudong, destacada en la redacción de poesía y la interpretación del geomungo[4], o Hwang Jin Yi, la más reconocida poetisa kisaeng, quien escribió hermosos sijos[5] que aún hoy son populares.

El rol asignado a la mujer por el confucianismo comenzó a presentar quiebres a finales de siglo XIX. Por ejemplo, el movimiento Tonghak –que llevó a cabo una rebelión campesina– contaba entre sus reformas proclamadas la legalidad del casamiento de mujeres viudas y la no exclusión social de los hijos de las segundas esposas o concubinas. Sus lineamientos buscaban la inclusión de todas las personas, respeto y trato igualitario aún entre los esposos.

Así también el Tongnip Shinmun, uno de los primeros medios de difusión masiva perteneciente a la organización “Club de la Independencia”, centró su atención en la situación de la mujer, sosteniendo que era necesario para el desarrollo nacional la educación y la participación femenina. En 1898, publicó un documento considerado como la primera declaración de los derechos de la mujer, redactada por la organización Chanyanhoe, conformada por un grupo de mujeres de clase alta y cuyo objetivo era establecer de una escuela secular para niñas.

Otro de los movimientos en pos del desarrollo de la mujer fue el Yo u hoe, Asociación de Amigas Mujeres, de 1906. Entre sus actividades se destacó la solicitud al gobierno de la abolición del concubinato y la realización de debates sobre temas controversiales relativos a la posición social femenina.

A fines de la dinastía Choson, la monarquía decidió fomentar el desarrollo de la educación al estilo occidental, llegando a fundarse en 1886 la primera escuela para mujeres, Ewha, establecida por la misionera religiosa Mary F. Scranton. Muchas de sus alumnas provenían de clases sociales bajas, ya que la institución les brindaba alojamiento y enseñanza gratuita. Varias escuelas más se fundaron en el seno religioso, debido a que el catolicismo rechazaba el maltrato y abandono al que eran sometidas las mujeres, y se oponía a la poligamia. Muchas de las egresadas de estas escuelas, lideraron los primeros movimientos feministas e independentistas durante el periodo colonial posterior.

Colonialismo japonés

La dominación japonesa sobre Corea se inició formalmente en 1910 y finalizó con la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, tras dos bombas atómicas. En este periodo se puso fin al confucianismo como política de Estado y se promulgó el Código Civil Choson, que tomó de base el código japonés. El mismo establecía el divorcio por mutuo consentimiento, pero con la previa autorización paterna, dado que la mujer perdía su estatus social y su patrimonio. Asimismo, se permitió la instrucción para hombres y mujeres. La educación fue esencial para mejorar el estatus de la mujer, ya que posibilitó el cambio de las costumbres enraizadas y permitió dar los primeros pasos con el fin de socializar la igualdad.

Junto con la inserción del modelo económico liberal en Corea, también ingresó el pensamiento occidental, que comenzaba a mostrar tintes de igualdad social y feminismo. Surgió así el movimiento Sinyoosoong o nueva mujer, compuesto por mujeres de clase alta, educadas en las escuelas misioneras. Promovían la oposición al sistema tradicional de valores familiares, al matrimonio arreglado y a la moralidad sexual, intentando vivir de acuerdo a su propia determinación. Algunas de las autoras más reconocidas de este grupo fueron Kim Won ju, Kim Myong sun y Na Hye sok, entre otras. Por igual emergieron organizaciones de mujeres en el marco político, motivadas por el sentimiento de patriotismo y nacionalismo, más que por la obtención de equidad.

En contraste con estos avances, una de las consecuencias más atroces del colonialismo fue la institucionalización de las denominadas “mujeres de confort”, que afectó a Corea y a otras naciones del este asiático. Más de 200.000 mujeres fueron separadas de sus hogares, llevadas engañadas o por medio de la violencia, para ser sometidas al estado de esclavitud sexual en centros concurridos por las fuerzas militares japonesas. Habiendo sido tratadas como un recurso material del ejército, tras la finalización de la guerra, la mayoría de ellas no pudieron reinsertarse en la sociedad, llegando a atentar contra su propia vida o recluyéndose en sus hogares.

A partir de la década de los años setenta los movimientos feministas y de derechos humanos comenzaron a tratar el tema. En los ochenta se focalizaron en la lucha anti prostitución y anti turismo sexual, proveniente principalmente de Japón. Para, finalmente, fundar en los noventa el Consejo Coreano para las Mujeres Forzadas a la Esclavitud Sexual Militar, conformado por más de 36 organizaciones feministas, que en 1993 lograron implementar el otorgamiento de una pensión para las víctimas.

La continuidad de esta problemática se manifiesta actualmente en las relaciones diplomáticas entre Corea del Sur y Japón, debido a la falta de reconocimiento oficial por parte de Japón de los delitos de violación a los derechos humanos cometidos durante el colonialismo.

Independencia y autoritarismo

Con el inicio del proceso de industrialización de los años sesenta llevado a cabo por Park Chung hee, los valores y las pautas de convivencia empezaron a mostrar modificaciones, al igual que el núcleo básico de la sociedad centrado en la familia y el papel de la mujer, dando lugar a un creciente cambio entre generaciones dentro de un corto periodo histórico.

Las políticas gubernamentales comenzaron a orientarse hacia el nuevo esquema económico y social, adaptándose a las exigencias del proceso y alejándose de los estrictos preceptos confucianos. Uno de los logros más relevantes del periodo fue el sufragio femenino y el derecho a ocupar cargos políticos, incorporados a la Constitución de 1948. A su vez, en 1960 el Parlamento aprobó el primer código que afirmaba la igualdad de géneros. Sin embargo, la Ley de Familia de 1958, normativa que regulaba la transmisión de propiedad y parentesco, mantenía la institución de “amo de familia” donde el hombre poseía derechos legales para la inscripción en el registro familiar, el cual otorgaba identidad social. Estos derechos se trasmitían por progenitura masculina.

Las esferas de participación femenina se incrementaron, teniendo mayor relevancia en el sistema educativo, aunque prevaleció la discriminación al avanzar en los distintos grados de estudio. En el espacio político, se demandó mayor representación y distribución de fondos públicos para políticas de género. Y en el mercado laboral gran cantidad de mujeres se emplearon en industrias textiles y en el sector de servicios, ya que se lo vinculaba a las tareas domésticas, aunque estos empleos se caracterizaban por bajos salarios, falta de seguridad social y pocas oportunidades de especialización.

Se crearon diversos grupos de mujeres, que más tarde serían partícipes de los movimientos democráticos por medio de protestas políticas a nivel local y organizaciones de base, tales como la Liga Coreana de Mujeres Votantes de 1969, que impulsaba la participación y educación femenina, y la Unión de Mujeres para la Reforma de la Ley Familiar de 1973.

En 1979, Corea del Sur firma la Convención para la eliminación de toda forma de discriminación contra la mujer en las Naciones Unidas. Esto impulsó la creación en 1983 de la Sociedad de Amigos por la Igualdad de las Mujeres y el Teléfono de Emergencia de las Mujeres, para enfrentar el urgente problema de violencia de género.

Democracia

Con el inicio del proceso de restauración de los derechos civiles y la reforma de la legislación electoral, tuvieron lugar las primeras elecciones libres en 1987. Este nuevo escenario permitió la conformación de agrupaciones sociales, las cuales le dieron prioridad a temas relativos a la democracia y el nacionalismo, enfatizando la autonomía y la independencia. Propugnando derechos de igualdad laboral, educacional, sexual y de organización, incluyendo algunos específicos de género, como el aborto, la anticoncepción, la autodefensa y la agrupación sindical.

En consecuencia, se propagaron los movimientos feministas, que abogaban por el reconocimiento de los derechos económicos, políticos y sociales, enfrentándose a la resistencia conservadora contra el activismo legal. Realizaban reuniones de discusión, con expertos y políticos, y conferencias para concientizar a la opinión pública. Pueden mencionarse entre estas organizaciones la Unión de Asociaciones de Mujeres de Corea, la Asociación de Mujeres para la Igualdad y la Paz, la Asociación de Mujeres para la Democracia y la Hermandad, la Asociación de Mujeres Trabajadoras Unidas y la Asociación Unida de Mujeres Coreanas de 1987 que bregaba por la igualdad y la lucha contra la opresión de la mujer, delineándose bajo la ideología y los objetivos del movimiento Minjung[6].

En los últimos años se han creado nuevas asociaciones feministas que se dedican a la defensa de los derechos de las minorías sociales como trabajadoras extranjeras, lesbianas, trabajadoras sexuales y discapacitadas. Entre ellas se encuentran el Centro de Derechos Humanos de las Mujeres Inmigrantes, Mujeres Solidarias por la Similitud a través de la Diferencia, Solidaridad con la Liberación de las Mujeres y el Colectivo Cultural para las Minorías Sexuales.

Las demandas por la mejora de la condición femenina se reforzaron por el incremento de su participación en el sector laboral, marcado por la discriminación de género, que permitió generar conciencia sobre los problemas existentes. Avanzó la participación de las organizaciones feministas en la formación de una agenda política y la influencia de sus reclamos se vio reflejada en la legislación. En 1993 se aprobó la ley de prevención de la violencia doméstica; en 1995, la ley básica de desarrollo de la mujer; en 2001, la ley de Maternidad que otorgó licencia por maternidad con goce de haberes y, en 2004, las leyes de Prevención de la Prostitución y de Castigo a los Causantes de la Prostitución y Hechos Asociados (Kazur et al., 2006).

En 1988 se conformaron el Instituto Coreano de Desarrollo de la Mujer y el Comité Nacional de Políticas de la Mujer. Más tarde, se estableció el Comité Especial de la Mujer para facilitar la promulgación de leyes relacionadas con el género, a partir de la cual se crearon unidades administrativas en cada localidad. Ya durante el gobierno de Kim Dae jun se creó el Ministerio de Igualdad de Género, que conllevó el reemplazo del registro familiar patriarcal por la Ley Civil de 2005. La nueva ley mejoraba las condiciones de la mujer en cuanto a la herencia y bienes conyugales, disminuyendo la autoridad paterna, otorgándole la custodia de sus hijos, y brindándole acceso a la pensión nacional, seguro médico, ayuda a los veteranos, exención de impuesto, y protección a la maternidad y vivienda. Asimismo, durante el Plan Quinquenal (1998-2003) se tomaron como objetivos las reformas legales de apoyo al empleo, multiplicación de oportunidades educacionales y fomento de las actividades sociales de la mujer, junto con la participación en acciones relativas a la cooperación y unificación de la península coreana.

En la actualidad, ha comenzado a manifestarse un cambio en la dialéctica social de género con el debilitamiento de las tradiciones y la modificación del concepto de familia, debido a la conciencia fomentada desde organizaciones feministas y el gobierno, y la aceptación de conceptos occidentales. No obstante, han surgido nuevas problemáticas provocadas por la estigmatización del género femenino. Se desarrollan formas de discriminación sutil o encubierta, ya que las mujeres experimentan desventajas sistemáticas a nivel político, económico y cultural tales como violencia doméstica, aborto selectivo, acoso sexual, comercialización de la sexualidad y feminización de la pobreza.

En el ámbito familiar los padres continúan rigiendo las decisiones individuales, opinan respecto al estatus socioeconómico, educativo y religioso de la pareja y de sus suegros. Este elemento se suma a la presión social para casarse y el ideal de mujer “madre no trabajadora”, donde la mujer profesional debe limitarse a los quehaceres domésticos y subordinarse a un esposo dedicado exclusivamente al trabajo. Ello termina provocando desinterés y rechazo hacia el matrimonio, ya que las expectativas no se condicen con la vida conyugal.

La creencia de que el hijo varón garantiza la imposibilidad del divorcio y la aceptación por parte de la familia política de la mujer aún se sostiene y se manifiesta en el incremento de la tasa de abortos de niñas a pesar de que su práctica sea ilegal.

Las mujeres enfrentan así dos problemáticas. En principio, no cuentan con apoyo social para los cuidados familiares que se les asignan después de casarse y, además, las malas condiciones laborales las obligan a confinarse al matrimonio antes que a un empleo inseguro. Ello da como resultado altos índices de divorcios, bajos matrimonios y caída en la tasa de natalidad, que se ha convertido en un problema demográfico en los últimos años.

En cuanto al empleo, está presente la segregación por género, donde el trabajo ejercido por una mujer percibe un valor social más bajo. Los hombres poseen salarios más elevados y conforman el 98% de los puestos jerárquicos; y en caso de crisis, las mujeres son las primeras en ser despedidas[7] (Kong, 1997: 6). La mujer experimenta una carencia de oportunidades en el mercado de trabajo, la proporción de asalariadas es limitada y con sueldos bajos, al tiempo que la cantidad de empleadas familiares no remuneradas es alta en comparación con otras sociedades industrializadas.

Las mujeres pueden educarse y desempeñarse profesionalmente, pero cuando se casan y tienen hijos deben prescindir de su trabajo y dedicarse exclusivamente al cuidado de los niños y el hogar, para reinsertarse tardíamente en el sistema laboral cuando sus hijos crecen[8]. La mayoría de las mujeres casadas son las principales o únicas responsables del trabajo doméstico, incluyendo el cuidado de ancianos y enfermos.

Esta situación se traduce en la consolidación de la inseguridad del empleo femenino, donde los hogares pobres con jefas de familia son más propensos a mantenerse en la pobreza.

En los medios de comunicación se presenta a las mujeres como emocionales, jóvenes, bellas, amas de casa o secretarias; a diferencia de los hombres que se muestran con intereses nacionales, empresarios, doctores, abogados o militares. Los libros escolares presentan a los niños en escenarios de resolución de problemas y aceptando retos, mientras que las niñas se muestran sumisas en el hogar. Estas características facilitan la tendencia social a tratar con mayor relevancia al hombre, despersonalizando a la mujer.

Una de las soluciones propuesta por el gobierno para enfrentar la problemática fue la Ley de Igualdad en el Empleo, que estipula un mecanismo igualitario en todas las etapas de empleo: igual salario por igual trabajo, reconocimiento de la baja laboral para el cuidado de los hijos, prohíbe la discriminación por razones de matrimonio, embarazo y nacimiento, y brinda apoyo parcial para guarderías en el lugar de trabajo. Plantea la prevención del acoso sexual laboral y la exigencia a las grandes empresas de informar sobre la composición de género de su personal[9]. No obstante, la violación a las normas de igualdad laboral es habitual ya que no se encuentra reglamentada y por ende su incumplimiento no conlleva ninguna sanción.

El empleo público también se encuentra afectado por la desigualdad de género, lo que motivó un modelo de promoción que ha logrado el crecimiento en los comités de gobierno central, pero con un alto porcentaje de puestos creados para tareas específicas, que no se consideran empleos estatales permanentes. Junto con los movimientos feministas se impulsó una “red de política de mujeres” para la instauración de una cuota femenina en el Asamblea Nacional y el apoyo activo a las candidatas electorales[10].

Conclusión

Puede decirse que en la historia coreana los modelos de organización social y las pautas de comportamiento, al igual que la identidad de la mujer, se constituyeron en relación a tres doctrinas filosófico-ideológicas: el chamanismo, el budismo y el confucianismo.

La estructura patriarcal se configuró principalmente durante la dinastía Choson al incorporar el confucianismo al sistema social, cuyos rasgos culturales sedimentados aún se mantienen. La dicotomía entre lo público y lo privado, el Estado y la familia, moldeó la jerarquización y la sexualización de los roles sociales. Así, el hombre vinculado a lo público era considerado racional, objetivo, universal y trabajador productivo, integrante activo de la sociedad; mientras que la mujer relacionada a lo privado, a los asuntos domésticos, era vista como emocional, subjetiva y trabajadora reproductiva, su posición consistía únicamente en la crianza de los hijos y la conservación de la prosperidad familiar mediante el seguimiento de las normas del matrimonio. Este esquema binario continúa justificando ciertas desigualdades de género en la Corea moderna.

Así también, el chamanismo le concedió a la mujer un rol de importancia desde el periodo de los Tres Reinos, el cual se mantiene hasta nuestros días. Es habitual que en las zonas urbanas las chamanas sean contratadas para atender problemas, garantizar protección y revitalizar hogares.

En relación al budismo, al ser capaz de convivir con las costumbres confucianas, no permitió el incremento de la participación femenina, aunque sirvió de refugio para aquellas mujeres que se encontraban en una situación social desfavorable.

El proceso de incorporación de la mujer en el ámbito público comenzó en los años setenta de manera marginal, limitada y focalizada en sectores sociales específicos. Del mismo modo, el progreso de la representación femenina en la política ha sido lento y desigual, debido al conservadurismo dentro del sistema democrático.

Debemos tener en cuenta que a partir de la industrialización se ha tomado a la estructura familiar, apoyada en la institución del “amo de familia”, como representación del desarrollo nacional, donde el gobierno cumple la función de padre de todos los ciudadanos.

A partir de ello, el punto de vista masculino prevalece y la participación femenina queda relegada a los cargos menores, que se enmarca una vez más en la visión confuciana de la mujer vinculada a lo privado y el hombre a lo público, como ideal para alcanzar la armonía social y el desarrollo económico.

Podemos concluir entonces que, aunque Corea del Sur ha logrado un desarrollo económico remarcable en un corto periodo de tiempo, la problemática de la disparidad de género persiste. La situación de la mujer en su resignificación social presenta un doble sentido, la identidad dual manifestada en la subordinación y coerción patriarcal, restringida al ámbito hogareño, frente a su autonomía económica, social y política, que ha comenzado a redefinir los roles familiares y sus vínculos. Por ello, es indispensable que el rol femenino continúe ampliándose y diversificando, dado que es visible la reproducción de ciertas lógicas tradicionales en el ideario social, que dificulta la posibilidad de una ruptura definitiva de los prejuicios de género.

Bibliografía

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  1. Samguk Sagi: registro histórico de los Tres Reinos. Samguk Yusa: colección de leyendas, cuentos y relatos históricos de los Tres Reinos.
  2. Reina de las divinidades y espíritus, fundadora del linaje mudang, protege las almas de los muertos durante el viaje a la morada final.
  3. En un principio, las monjas budistas contaban con la posibilidad de casarse libremente y elegir el trabajo de su preferencia. Poseían los mismos derechos de opinión que los monjes y se rechazaba la idea de que nacer mujer fuese un karma negativo. Esta lealtad y respeto perduró hasta el siglo II a. C. cuando surgió la discriminación por género, se incrementaron las reglas monásticas para las mujeres, y surgieron textos misóginos.
  4. Instrumento musical de cuerdas de Corea.
  5. Género poético tradicional, compuesto por tres versos.
  6. Minjung (pueblo) era un movimiento de los años ochenta que buscaba la eliminación del autoritarismo y las contradicciones del capitalismo, abogando por el cambio hacia un nuevo orden social centrado en la desestructuración de las clases.
  7. Por ejemplo, este fenómeno tuvo lugar en la crisis de 1997.
  8. La participación de la mujer en el porcentaje de empleo delinea una curva en forma de “M”, donde se observa mayor participación a los 20 años, decayendo a finales de los 20 y durante los 30, para volver a incrementarse a los 40 años.
  9. Si posee menos del 80% del porcentaje medio de las mujeres trabajadoras de la rama de actividad a la que pertenece, debe presentar medidas de discriminación pasiva para revertir la situación (Kazur et al., 2006: 53).
  10. Pese a las características del sistema, hubo un avance importante en el hecho de que en 2013 resultó electa una mujer como Presidenta de la Nación, Park Geun Hye, hija de Park Chung Hee.


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