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3 Un lugar para guanacos

Integrando animales en la historia social de la Patagonia

John Soluri

Nada hay tan característico de las pampas patagónicas ni un ser ligado a su clima y su tierra con tal rara adaptación como el guanaco. Es cierto que no es exclusivamente de la Patagonia, pues su patria es mayor, pero parece que ese animal sobrio y tímido fuera el verdadero dueño de aquellas tristes mesetas inacabables.

                      

Carlos Burmeister (1901)

                  

Pobres bestias, pensar que uno los mata, los cuerea y ahí nomás los deja. A veces una tropilla uno la sigue y la sigue durante días y le mata todas las crías. Ah, las cosas que hay que hacer.

                                     

Cazador Aónik’enk citado por Griva (1968)

En su obra influyente Los vengadores de la Patagonia trágica, Osvaldo Bayer incluye una foto de un grupo de huelguistas detenidos por las fuerzas del Estado argentino. Escribe Bayer en la leyenda de la foto: “Como se ve, les hacían dejar sus quillangos y pertenencias en el suelo y después se las requisaban y quedaban en poder de soldados y policías”[1]. La Patagonia Rebelde se centra, sensiblemente, en los actores humanos y en las relaciones socio-políticas que dieron lugar a las huelgas y su violenta represión durante los años 1920-1921 en el territorio argentino de Santa Cruz. No obstante, la foto de los trabajadores y “sus quillangos” nos permite hacer preguntas sobre relaciones históricas entre los trabajadores y los guanacos, los animales de los cuales sacaron las pieles para hacer los quillangos o capas. ¿Por qué tantos trabajadores, vestidos en la foto en ropa tejida al estilo europeo-americano, tenían quillangos, traje relacionado con los Aónik’enk, grupo indígena cuya presencia e historia son marginalizadas por Bayer? ¿Cómo los consiguieron? ¿Cuál fue la relación entre el auge de la industria lanar y la caza comercial de la fauna autóctona?

Este ensayo intenta contestar estas preguntas sobre la base de documentos históricos y fuentes secundarias con el propósito de revelar la relación entre los guanacos y personas diversas, inclusive trabajadores, estancieros y científicos en la historia moderna de la Patagonia sur. No cabe duda de que los animales son un tema muy de moda en las humanidades ambientales (environmental humanities). Investigadores en América Latina están trabajando historias de jardines zoológicos, movimientos para proteger a animales domésticos y la cacería de vida silvestre, entre otros temas[2]. Este ramo de investigación nos muestra que desde la antigüedad hasta hoy en día, la historia llamada humana es casi siempre desarrollada con la presencia tanto física como simbólica de los animales. Cuesta pensar en la historia patagónica sin considerar a los animales silvestres (ballenas, lobos marinos, pumas, guanacos, ñandúes, pingüinos, etc.) y domésticos (perros, caballos, ganados).

Sin embargo, el afán para centrar a los animales en la historia corre el riesgo de involuntariamente marginalizar relaciones sociales entre personas unidas y dividas por clase, etnicidad, género e ideologías. El uso de conceptos binarios tales como “humanos-animales” o “cultura-naturaleza” funciona para borrar diferencias importantes no solo entre distintos grupos humanos sino también dentro del mundo diverso de los animales. El propósito aquí es escribir una historia integrada que trence fuerzas socio-ecológicas en vez de separarlas. La foto reproducida por Bayer, entonces, nos sirve como punta de salida para seguir rumbos poco transitados hasta la fecha por historiadores de la Patagonia, rumbos que nos permitan enriquecer la historia social de obreros, indígenas y mujeres, y contextualizar los conflictos contemporáneos sobre el “manejo” de guanacos.

Del nau al guanaco: la colonización del espacio y conocimiento patagónicos

Visto por la óptica de la biología darwiniana, los guanacos (Lama guanicoe) son camélidos americanos, ungulados (artiodactyla). Son los mamíferos herbívoros más grandes que habitan la Patagonia, y sobrevivieron las extinciones del Pleistoceno. Amplificaron su rango geográfico durante el Holoceno (hace 8000 a 13.000 años) hasta que se extendieron desde el Perú hasta Tierra del Fuego[3]. Históricamente, han poblado estepas o matorrales semiáridos, adaptándose a alturas variables desde el nivel del mar hasta altiplanos. El nombre común en español –guanaco o huanaco– se deriva del idioma quechua. Los distintos grupos indígenas que poblaron la Patagonia les pusieron nombres diferentes. Los Aónikenk por ejemplo llamaron nau al animal que aprovecharon para alimentación y abrigo. Los Selk’nam los llamaron por varios nombres según el sexo o edad del animal. El uso de la palabra “guanaco” por parte de los pobladores europeos y euroamericanos es una indicación lingüística del poder del colonialismo y quizás la tendencia a desprestigiar a las culturas de los grupos cazadores-recolectores que vivían en la Patagonia o Tierra del Fuego[4].

Cuando llegaron los primeros europeos y africanos a Sudamérica, entre diez y quince millones de guanacos poblaban las sabanas y estepas[5]. Investigaciones arqueológicas confirman que el uso de guanacos, inclusive chulengos o recién nacidos, para confeccionar vestidos es una práctica pre-histórica[6]. La capa o quillango más antiguo conocido hasta la fecha proviene de un enterratorio que tuvo lugar hace quinientos años (o más) en una zona en lo que hoy en día es Magallanes, en Chile[7]. Según Caviglia, los Aónik’enk llamaban a las capas “kay” o “Kai guaj’ enk”. La palabra “quillango” no se encuentra con frecuencia en fuentes históricas de los siglos xviii o xix; aparentemente proviene del idioma guaraní, otra indicación de la manera compleja por la cual historias coloniales influyen en los conocimientos académicos y populares contemporáneos[8].

No cabe duda de que ya por el siglo xix las “mantas” del guanaco fueron muy anheladas por visitantes y colonizadores. Por ejemplo, en el año 1826 el norteamericano George Brock, a bordo de una nave en el estrecho de Magallanes, realizó un trueque con un grupo de indígenas en la bahía Gregorio. Brock intercambió tabaco por pieles de guanaco y otros animales[9]. La experiencia de Brock no fue única; marineros, cazadores de mamíferos marinos, turistas y científicos buscaban pieles o capas de guanaco como recuerdos de un mundo diferente de los suyos[10]. Ya por los años 1870, cantidades pequeñas de pieles de guanaco entraban a los Estados Unidos de América; un fabricante de paraguas en Nueva York aprovechó las fibras del guanaco para hacer una cubierta resistente al agua[11]. Comerciantes en Punta Arenas exportaron cientos de capas y cueros de guanaco entre otros tipos de pieles y plumas de avestruces, una actividad económica importante antes del auge de la producción lanar[12].

El intercambio de pieles de guanaco y plumas de avestruz asumió una importancia geopolítica hacia el siglo xix cuando los Estados de la Argentina y Chile lucharon para establecer soberanía en los territorios patagónicos disputados. En el año 1845, el director de la colonia chilena en Fuerte Bulnes escribió a sus superiores, adjuntando una lista de artículos

… para agazajar a los indijenas, y si es que está en las miras del Supremo Gobierno mantener la buena harmonía con ellos que hasta ahora no sabemos de cierto si se ha interrumpido, no dudo que S.S. tendrá a bien que se remitan los artículos que se expresan en la lista, maxime cuando se pueden hacer los regalos con economía para el fisco, recibiendo en retorno, ya los cueros de guanaco ó ya la carne del mismo animal, que será un medio de ahorrarse los víveres de la Colonia[13].

Por muchos años, grupos de Aónik’enk viajaron a Punta Arenas o a la isla Pavón para vender pieles y plumas a comerciantes particulares, pero también para ofrecer y recibir obsequios. En su informe de 1875, el gobernador del territorio de Magallanes, Diego Dublé Almeida, reportó que sobre un plazo de seis meses (la primavera y el verano) “los Tehuelches” visitaron Punta Arenas tres veces con el propósito de intercambiar pieles y plumas[14]. Dublé Almeida aseveró que los indígenas estaban contentos merced a su decisión para abolir “el tributo indirecto que desde tiempo inmemorial pagaban los indígenas al gobernador del territorio”. Según Dublé Almeida, “era costumbre entre ellos depositar cada uno a los pies de este un envoltorio que contenía el regalo de una o dos capas de pieles de guanaco i avestruz”. Pero ahora, la nueva política fue “dejarles completa libertad de comercio en la población de Punta Arenas”.

La nueva política declarada por el gobernador suena como una reforma típica del espíritu liberal de la época. Dublé Almeida apuntó los precios a que se les vendieron las pieles. No queda claro que los Aónik’enk entendieran los intercambios por la misma lógica capitalista. El gobernador observó que los indígenas “no admiten otra moneda que la de cien centavos de plata, con la que hacen adornos para las mujeres i niños i para los arreos de sus monturas”. Si aceptamos las palabras del gobernador como fieles, los Aónik’enk no participaron por motivos estrictamente comerciales. Es más, el gobierno chileno mantuvo una política de regalar comida y otras cosas a los Aónik’enk por razones geopolíticas –las regiones transitadas por grupos indígenas incorporaron territorios disputados entre la Argentina y Chile–. Entonces, el valor de las pieles del guanaco no fue determinado mayormente por mercados de consumidores sino por consideraciones políticas y culturales. En la cita de 1875, Dublé se refirió a “capas” de guanaco, como prendas confeccionadas por mujeres Aónik’enk de las pieles suaves de chulengos o guanaquitos recién nacidos. Las capas hechas a base de una docena o más de pieles tejidas se pusieron pelo adentro; la parte exterior fue pintada con diseños geométricos[15].

Por lo general, los viajeros y cronistas del siglo xix enfatizaron la abundancia de los guanacos. Por ejemplo, cuando el chileno Alejandro Bertrand estaba a bordo de un vapor en Punta Arenas en 1885, llegaron “muchos vendedores de pieles de guanaco, nutrias, chingues, etc.”[16]. Más tarde, viajando sobre tierra por una región conocida como Mapa del Guanaco, Bertrand confirmó la validez del topónimo: “Ni un solo momento, durante la marcha hemos dejado de ver estos bonitos animales muchas veces en tropas que pasarían de 300. Casi sin detener la marcha se atrapó uno nuevo”. Luego, Bertrand visitó los toldos de un grupo de Aónik’enk en donde las mujeres estaban cosiendo capas de guanaco.

Mariela Eva Rodríguez ha documentado los procesos discursivos de “extinguir” a los Aónik’enk en Santa Cruz. A partir de 1898, el gobierno argentino autorizó a la “tribu Tehuelche” el derecho para poblar cincuenta mil hectáreas de tierra, formando efectivamente una reservación[17]. A lo largo del siglo xx, iban perdiendo su territorio, idioma y sustentos los Aónik’enk. Hay un debate importante y complejo sobre cómo definir y entender las significaciones de la llamada “Conquista del Desierto” y otras campañas para controlar a los indígenas. No me interesa aquí entrar en debate sobre el uso de conceptos tales como “genocidio” y sus implicaciones políticas, pero es importante señalar que los Estados de la Argentina y Chile, mediante campañas militares y acciones menos coordinadas por actores privados, les quitaron el territorio a los Aónik’enk en Magallanes/Santa Cruz y el de los Selk’nam en Tierra del Fuego, efectivamente eliminando el poder geopolítico de dichos indígenas y debilitando su capacidad de mantener culturas materiales a base de la caza y recolección. La destrucción de sociedades indígenas y la colonización de las pampas por ganados exóticos dieron lugar a cambios importantes en las significaciones de la fauna[18].

Plaga y provecho: guanacos frente a la ganadería

En su memoria de 1901, Carlos Burmeister declaró que el guanaco era “el verdadero dueño” de las pampas patagónicas. Las palabras suenan a romanticismo y también a ironía; esa última surge del contexto geo-histórico. Burmeister pintó la imagen noble del guanaco en una obra burocrática, Memoria sobre el Territorio de Santa Cruz, la cual fue editada por una institución también burocrática –la Imprenta de la Nación–. La ironía, entonces, proviene del hecho de que Burmeister participaba en un proyecto de construcción de un Estado nacional, una república descendiente de una colonia en proceso de adueñarse de tierras ocupadas durante siglos por actores humanos, flora y fauna que habían quedado fuera del poder del imperio hispano. Al momento, cuando Burmeister imaginaba el guanaco como si fuera dueño de la Patagonia, otro ungulado, introducido por pobladores de las Islas Malvinas y de mucho más allá, invadía la región; la plaga de ovejas ya llegó.

La expansión de la industria lanar en la Patagonia sur (Magallanes, Santa Cruz y Tierra del Fuego) es un tema muy trabajado en la historiografía de la Patagonia[19]. No obstante, los historiadores han prestado poca atención a la importancia de la fauna silvestre en la transformación de un entorno formado por las actividades e interacciones entre una fauna nativa que incluye guanacos, zorros, pumas, ñandús y roedores como el tucu y otras clases de fauna que vivían en las pampas dominadas por especies de hierbas de los genus Poa y Stipa. Ganaderos en la Patagonia sur, de una manera parecida a sus homólogos en partes del mundo tan diversas como Japón, Sudáfrica y los Estados Unidos, intentaron exterminar fauna que percibieron como amenazas a su ganado[20]. La lista era bastante larga. Cazaron a depredadores grandes tales como el puma –llamado “león”– y el zorro colorado (Pseudalopex culpaeus) y gris (Pseudalopex griseus). Además, estos miraban a guanacos y avutardas (Chloephaga picta) como amenazas insidiosas por consumir lo mejor del pasto, y en el caso de guanacos, transmitir los parásitos asociados con la enfermedad temible de la sarna. Los ganaderos de Santa Cruz solicitaron en varias ocasiones al gobierno argentino apoyo para la destrucción de poblaciones de guanacos.

En 1912, estancieros santacruceños pidieron que el gobierno argentino declarara al guanaco una plaga. Aseverando que la población de los camélidos se acercaba a un millón, dos estancieros prominentes se reunieron en Buenos Aires con un comité técnico encabezado por José León Suárez, director de Industria Animal del Ministerio de Agricultura. Entre los integrantes asistieron Clemente Onelli, director del Jardín Zoológico de Buenos Aires; Fernando Lahille, jefe de Zoología, y dos representantes de la industria peletera. Según Suárez, el objeto fue buscar cómo utilizar el guanaco para incluirlo en la industria nacional sin destruirlo[21]. Notando que el valor comercial de las pieles del guanaco había bajado a tal punto que no había incentivo económico para cazarlo, los técnicos recomendaron que el gobierno promoviera ensayos para encontrar nuevas maneras de procesar las pieles con fines comerciales. Como antecedente, citaron el caso del zorro patagónico, una especie previamente declarada plaga que se convirtió en un bien comercial debido a la aplicación de una tinta novedosa que estimuló la demanda. El comité técnico esperaba encontrar un mercado europeo para la carne del guanaco, no como comida humana sino como alimento para perros en Alemania e Inglaterra.

Posteriormente, Clemente Onelli se refirió a la reunión con los ganaderos en un ensayo “El guanaco ante el tribunal de la Inquisición,” publicado en la Revista del Jardín Zoológico. Onelli confesó que asistió a la reunión “con la idea bien preconcebida de ser el defensor de ese precioso animal”[22]. La defensa del guanaco se fundó, según Onelli, en “la riqueza” que representaban la lana, la carne y el cuero del guanaco. La idea implícita era oponer la designación del guanaco como “plaga”, la cual implicaría la caza total, a favor de la idea del guanaco como animal de utilidad económica, la cual implicaría la caza moderada. Visto desde la perspectiva contemporánea de la conservación de la biodiversidad, la perspectiva de Onelli parece una forma de “desarrollo sostenible,” o sea, una manera de mirar a la fauna silvestre como “recurso natural”. No obstante, Onelli y los demás participantes solo hicieron un comentario superficial sobre la relación entre cazadores indígenas y guanacos. Tampoco criticó Onelli a los ganaderos con la excepción de contradecir la idea de que las ovejas transmitían parásitos a los guanacos.

En resumen, agentes del Estado nacional argentino en la primera parte del siglo xx miraban a los guanacos dentro de un cuadro nacionalista y capitalista, lo cual intentaba borrar la presencia indígena y simultáneamente negar las dimensiones destructivas de la ganadería. Se puede imaginar que se adoptaban la ganadería y la caza comercial de guanacos; sin embargo, aparecieron fricciones debido a dinámicas transversales socio-económicas. Primero, como se detalla más abajo, mercados internacionales demandaban casi exclusivamente las pieles de chulengos o guanaquitos, criaturas recién nacidas. Por tanto, la temporada de cazar era restringida a unas semanas en noviembre y diciembre, las que coincidían con la época de parición de los corderos, momento crítico para la reproducción de las majadas. Ganaderos y policías desconfían de los cazadores, echándoles la culpa por robos, daños a los alambrados y violaciones de propiedades. A pesar de la represión y violencia dirigida hacia los trabajadores durante las huelgas de 1920-1921, los ganaderos nunca lograron controlar la caza comercial porque hasta cierto punto ella nació y fue consecuencia de la misma ganadería. La formación de estancias extensivas con majadas masivas dio lugar a altibajos en la demanda de mano de obra. Curiosamente, el cuidado de las majadas casi nunca exigía más que unos pocos ovejeros capacitados, ayudados por perros ovejeros y caballos. La vista de miles de ovejas bajo el control de un par de ovejeros y sus perros les impresionó a muchos observadores. Las planillas de trabajadores de las estancias aumentaban mucho durante el verano, cuando las estancias se dedicaban a la esquila, la faena y el baño de las majadas. Llegaron trabajadores migrantes de cerca (Punta Arenas) y de lejos (Chiloé). Arreglaron contratos de corto plazo, los cuales pagaron a tasas por pieza[23]. En este contexto, la caza comercial les presentaba una fuente de ingresos adicional a los trabajadores migrantes y temporales. Además de esto, la marginalidad política y social de los Aónik’enk, como indica la cita en el epigrama, impulsaron su participación en la caza comercial.

Los cazadores de guanaquitos –conocidos coloquialmente como chulengueadores– son figuras ocultas. En los documentos oficiales, cuando salen, son representados como personas sombrías. Por ejemplo, en 1928 el jefe de policía de Río Gallegos, al solicitar cien monturas completas con el fin de equipar una patrulla volante, les explicaba a sus superiores que iba a empezar la temporada de alto empleo en Santa Cruz, en la que llegarían muchos migrantes, entre ellos personas que “se hallan al margen de la ley.” Agregó que era época de los chulengueadores

… y los daños y perjuicios que causan a los hacendados estos sujetos son ya del conocimiento de ese Ministerio y que conocedores de la falta de medios de movilidad de la policía, pueden cometer toda clase de depredaciones desde el abigeato hasta el daño por destrucción de alambrados, robos de haciendas, etc.[24].

La mala fama de los chulengueadores circulaba más allá de la Patagonia sur. En su libro Mamíferos Sud-Americanos (1940), Ángel Cabrera y José Yepes, ambos zoólogos y miembros de Comisión Nacional de Protección de la Fauna Sudamericana, aseveraron que el chulengueador era “poco más que un vagabundo. Trabaja acá o allá, donde le sale una esquila de ovejas o un arreo de hacienda, pero trabaja siempre lo menos posible y lleva una existencia errante con su caballo, durmiendo sobre el recado donde le sorprende la noche y comiendo en las casas conocidas, a veces pagando con algún trabajo liviano, pero casi siempre sin pagar”[25].

Los científicos despreciaron la caza de chulengos por lo general. Los chulengueadores buscan las manadas con crías durante las primeras semanas de la época del parto, y las siguen a caballo; al huir los animales, los chulengos de poco tiempo se cansan pronto, y cuando son alcanzados, no hay más que darles un garrotazo en la nuca con el cabo del rebenque o se les corta la yugular con el facón. A veces, los animalitos, al verse separados de sus madres, siguen inocentemente a los caballos de los chulengueadores y son despachados con toda facilidad. Es, pues, una caza (si es que se puede llamar así a semejante asesinato) que no ofrece riesgo ninguno ni ocasiona mayor gasto, y que está exenta de dificultades[26].

Otras voces académicas y oficiales argentinos concordaron con la imagen de los chulengueadores arañando la vida, pero no los condenaron. El economista Raúl Madueño observó en 1951 que la caza de animales silvestres “se realiza generalmente por personas que viven en el campo –agricultores o ganaderos– y de las más diversas actividades. Podemos decir que en el país casi no existen cazadores profesionales”[27]. Juan Carlos Godoy, director del Departamento de Caza y Conservación de la Fauna por los años 1960, también caracterizó a los cazadores comerciales como personas de pocos ingresos que aprovechaban la demanda de pieles de animales silvestres para suplementar sus salarios[28].

Profesionales letrados tales como Cabrera, Yepes, Madueño y Godoy vivían bastante lejos del mundo socio-ecológico de los verdaderos cazadores de chulengos; sin embargo, sus comentarios sugieren que la caza comercial de guanaquitos fue un trabajo temporal, una realidad que no nos debe sorprender cuando tomamos en cuenta la demanda comercial casi exclusiva por las pieles de guanaquitos nacidos entre octubre y diciembre. Además, solicitudes para patentes comerciales encontradas en el Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz y la oficina del Consejo Agrario Provincial (CAP) revelan la presencia de acopiadores que se dedicaron a viajar por el campo con el fin de comprar pieles de guanaquitos, zorros y otros animales en volúmenes pequeños. Luego, los acopiadores vendían bultos de pieles a comerciantes conectados a redes de exportadoras[29]. Las actividades de los acopiadores es evidencia indirecta que nos permite hipotetizar que muchas veces los migrantes se movían entre empleos temporales en las estancias y la caza comercial.

La caza comercial de guanaquitos en el siglo xx no fue un vestigio de una economía de frontera o protocapitalista, sino más bien fue consecuencia de la expansión de la ganadería extensiva capitalista, la cual respondía a las demandas de un sistema de producción textil bien industrializado. Los chulengueadores ocupaban espacios sociales entre el trabajo pagado y el desempleo, y lugares ecológicos en los márgenes de la propiedad privada.

De quillangos a guanaquitos: el comercio de pieles

La popularidad de las capas de guanaco se mantenía al principio del siglo xx, su comercio impulsado por las redes comerciales formadas y ampliadas alrededor de la producción lanar. Los comerciantes le pusieron el nombre de “quillango.” Por ejemplo, en el año 1901, la australiana Mary Gilmore se encontraba cuidando a un hijo en Río Gallegos mientras su marido trabajaba en una estancia. Gilmore pensó inventar un sustento a través del comercio de “curiosidades” de la región, inclusive quillangos. Gilmore había admirado un ejemplar en una sucursal de la empresa Braun y Blanchard, los comerciantes más importantes en la Patagonia. A pesar de que Gilmore hizo su fama posteriormente como periodista en Australia y no como exportadora de quillangos, su experiencia cotidiana en Río Gallegos fue una indicación del alto grado de comercialización de quillangos ya logrado a inicios del siglo xx. Carlos Burmeister estimó que en aquel tiempo las mujeres Aónik’enk producían unos dos mil quillangos por año. Si aceptamos que cada quillango consistió de doce a quince pieles de chulengos, debían haber matado entre 25.000 y 30.000 guanacos juveniles por año en aquel entonces.

Cuando el escritor norteamericano Charles Wellington Furlong viajó por la Patagonia en 1907-1908, le llamó la atención el uso del guanaco por los indígenas tanto como materia prima para comida y textiles como para el intercambio comercial. Furlong conoció una casa de comercio “importante” en donde le enseñaron al escritor norteamericano “una docena de bellas capas de guanaco”. Las describió como hechas de pieles de chulengos que fueron matados a las tres semanas de edad. Las pieles fueron hábilmente cosidas y frecuentemente llevaron diseños pintados con tintas obtenidas de fuentes locales tanto como importadas”[30]. Cuando el etnógrafo Samuel Lothrop visitó Río Gallegos en el año 1925, compró cinco ejemplares de quillangos para la colección del Museo del American Indian en Washington D. C. Lothrop observó que escaseaban a pesar de que en el pasado era posible adquirir quillangos en cantidades casi sin límites. No obstante, agregó que “nos había dicho que exportaron en exceso de quinientos mil de pieles de guanaco” en 1924. Las observaciones de Lothrop suenan contradictorias. Por un lado, expresa que los quillangos en 1925 no eran tan comunes como anteriormente; por otro, dice que comerciantes exportaron medio millón de pieles de guanaco. Parece que Lothrop cometió el error de combinar quillangos y pieles crudas de chulengos. A lo mejor, la confusión aparente reflejó un momento histórico cuando la cacería y el comercio de guanacos pasaron del control de los Aónik’enk al control de cazadores y comerciantes no indígenas.

Lo que el informe de Lothrop captó con exactitud fue el aumento en la escala de cacería de chulengos o guanaquitos. Estadísticas oficiales sobre importaciones, junto con propaganda comercial e informes en revistas técnicas, confirman un aumento fuerte y rápido en la importación de guanaquitos a los Estados Unidos de América, lo que implica sensiblemente un crecimiento de exportaciones de la Argentina. Las fuentes consultadas no registran los orígenes geográficos precisos, pero un comerciante destacado identificó a Santa Cruz como la fuente más importante para obtener guanaquitos de alta calidad. Hasta 1919-1920, la cantidad de pieles de guanacos curtidas y comercializadas en los Estados Unidos no subieron de los 5000 (como punto de comparación, la venta de pieles de zorro gris alcanzó los 28.000; la de armiños, alrededor de 300.000). Hubo un cambio tremendo en los años 20. Entre 1928 y 1930, el gobierno estadounidense reportó la entrada de aproximadamente 700.000 guanaquitos. Entre 1931 y 1946, más de 2.5 millones de pieles de guanaquitos ingresaron a los Estados Unidos de América. El volumen del comercio de guanaquitos bajó en la segunda mitad del siglo xx. Según un investigador, los comerciantes exportaron un promedio aproximado de 70.000 pieles de guanaquitos por año entre los años 50 y 70 del siglo pasado[31].

En contraste con las capas o quillangos hechos por mujeres Aónik’enk, las pieles de guanaquitos, zorros y otros animales las exportaban como “materia prima” a mercados europeos y norteamericanos. Peleteros y fábricas de textiles utilizaron guanaquitos para fines varios durante la primera mitad del siglo xx. Los usaron para hacer abrigos de piel y también para la producción de cuellos o puños de abrigos. Dichos usos ponían énfasis en los colores y texturas de las fibras naturales. Otras veces, los peleteros aplicaron tinturas para que la piel del guanaco se parezca a la de otro animal. Fábricas de vestidos quitaron las fibras suaves de los guanaquitos y las mezclaron con fibras de lana ovina. Las pieles de guanaquitos fueron utilizadas en productos más sencillos, tales como alfombras o cobijas para autos. La publicidad de las tiendas que vendían ropa de guanaquito se enfocaba en el origen exótico del animal, la moda casual y los precios relativamente moderados en el mundo de las pieles. Vestirse de guanaquito a los mediados del siglo xx en los Estados Unidos de América era señal de un cierto nivel de comodidad sin resultar ostentoso. En resumen, entre los años 1925 y 1980 las pieles de guanaquitos mantenían una presencia constante –aunque secundaria– en el mundo de la peletería norteamericana.

No todos los guanaquitos de la Patagonia sur salieron de la Argentina. En el año 1920, pieles de guanaquitos y zorros de proveniencia santacruceña ganaron precios favorables en Buenos Aires[32]. No hemos investigado profundamente la moda argentina pero hubo noticias de prensa de mujeres de vacaciones en Mar del Plata en los años 1940 incorporando pañoletas de guanaquitos o zorros en sus vestidos de noche[33]. La diseñadora de moda Fridl Loos, emigrada de Austria, utilizó materiales de animales nativos a América Sur, inclusive cueros de serpientes y pieles de guanacos[34]. En los años 60, Loos, tal vez animada por movimientos artísticos que buscaban apropiarse de culturas folclóricas, salía con ponchos de guanaquito[35].

El aprecio de consumidores por vestidos elaborados de pieles de guanaquitos perduró a lo largo del siglo xx, pero hubo cambios importantes entre el momento en que la australiana Mary Gilmore pensaba vender quillangos y los años 60, cuando la emigrante Fridl Loos se puso un poncho hecho de guanaquitos para señalar la identificación con su país adoptado. Pobladores y migrantes reemplazaron a los cazadores indígenas; quillangos –confinados a museos como artefactos de un pasado perdido– cedieron su lugar en el comercio a los guanaquitos, materia prima ya utilizada por peleteros norteamericanos y europeos.

El guanaco amenazado

Ya en 1882, un oficial chileno comunicó su preocupación por la extinción de la fauna nativa de la Patagonia sur:

La caza de guanacos y avestruces de las pampas es otra industria que aquí existe, pero que solo se practica por los patagones, y según un sistema primitivo también de fatales consecuencias porque al fin concluirá con los animales y aves que la sustentan: para crear las capas se cogen los guanacos de unos cuantos días sin definición de sexo y los avestruces encuentran en los indios patagones y aún en algunos habitantes civilizados de la Colonia, los mejores zorros para robarles sus nidadas de huevos. Si una persona industriosa e inteligente se dedicara aquí a la crianza de avestruces y guanacos se haría de una industria provechosa, que más tarde podría hacer sentir su influencia en toda la república[36].

Desde una mirada del siglo xxi, lo interesante es notar un cierto grado de conciencia del riesgo de sobrecaza de la fauna, una preocupación que se extendía a los lobos marinos en el fin del siglo xxi en la Argentina y Chile. Otra cosa curiosa es que la solución al “sistema primitivo” de la caza de guanacos y avestruces era criar a la fauna. No se pensaba en establecer reservas o refugios. Como ya hemos visto, ideas parecidas surgieron durante la reunión de 1912 sobre los guanacos en Santa Cruz. Clemente Onelli proponía la domesticación de los guanacos como alternativa a la matanza total. Dichas ideas resonaban con conceptos de moda en aquella época tales como el “uso racional” y la aclimatación. Veremos qué ideas parecidas había en el siglo xx y aún se respiran en la actualidad.

En la Argentina y Chile, proyectos orientados hacia la conservación de la flora y fauna iniciaron en 1922, año en que Francisco Moreno, impulsado por la investigación científica y “el paisaje maravilloso,” logró convencer el gobierno de establecer el Parque Nacional del Sur, rebautizado como Nahuel Huapi, en 1934, mismo año en que el Estado argentino estableció la Dirección Nacional de Parques. El primer director, Ezequiel Bustillo, propuso la creación de varios parques nacionales con infraestructura turística en la Patagonia como parte de su “visión ecléctica”, la cual entendía los parques nacionales como polos regionales de desarrollo económico[37]. Hubo enlace entre conservación y turismo en Chile también. La Ley de Bosques (1931) estableció que

… con el objeto de regularizar el comercio de maderas, garantizar la vida de determinadas especies arbóreas, y conservar la belleza del paisaje, el presidente de la República podrá establecer reservas de bosques y parques nacionales de turismo en los terrenos fiscales apropiados a dichos fines[38].

En 1940, representantes de la Argentina y Chile firmaron la “Convention on Nature Protection and Wild Life Preservation in the Western Hemisphere”, un proyecto avanzado por los Estados Unidos de América que definió un “parque nacional” como una zona para la “protección y preservación de paisajes extraordinarios, flora y fauna de importancia nacional”[39]. Ángel Cabrera y José Yepes publicaron su libro Mamíferos sudamericanos en el mismo año. El texto, acompañado por pinturas copiosas realizadas por Carlos Wiedner, se enfocó más que nada en la taxonomía, biología y ecología de los animales. Sin embargo, en su entrada sobre el guanaco, los autores advirtieron que la caza comercial de chulengos fue provocando “la eliminación gradual” del guanaco en la Patagonia. En contraste con informes críticos anteriores, Cabrera y Yepes recomendaron la creación de áreas protegidas, haciendo una comparación explícita con la historia del bisonte en los Estados Unidos de América[40].

El conservacionista argentino Georges Dennler de la Tour ya por 1938 intentó regular la caza comercial de chulengos sin gran éxito. En 1954, advirtió que “el guanaco está amenazado en todas partes y medidas fuertes son necesarias para evitar la extinción, ya sufrida en muchas regiones donde antes vivía”. Dennler recomendó la creación de reservas en sitios sin posibilidades para la agricultura o la ganadería. Agregó que dichas reservas habrían de ser suficientemente grandes para mantener “el equilibrio biológico”[41]. Atribuyó el declive en la población a la alta demanda por pieles de guanaquitos cazados por indígenas con armas de fuego, que resultaban en la “masacre” de las poblaciones que había en las “reservaciones indígenas”[42]. Dennler reconoció que la extensión de la crianza de ovejas contribuía a la disminución de la población de guanacos en la Argentina y Chile.

La población y el rango geográfico del guanaco en Chile eran mucho menos que los de la Argentina. En 1948, al declarar a la especie “casi extinguida,” el ministro de agricultura de Chile decretó una veda a la caza de guanacos por cinco años. La veda fue reanudada en 1953 por cinco años adicionales[43]. El presidente Eduardo Frei firmó un decreto que “prohibió permanentemente la caza, posesión, transporte o comercio” de varias clases de mamíferos y aves, inclusive guanacos[44]. Posteriormente, la Corporación Nacional Forestal (CONAF) inició una investigación sobre la población, distribución y ciclos de vida de los guanacos que vivían en proximidades al Parque Nacional Torres del Paine, en Magallanes, y también en pastos en Tierra del Fuego que habían sido expropiados por el gobierno de Salvador Allende[45].

En Santa Cruz, el gobernador Carlos Alberto Raynelli decretó una veda provincial a la caza de guanacos y guanaquitos en 1968[46]. El texto del decreto reflejó tanto el poder perdurable de los ganaderos tanto como la influencia del ecologismo. Declarando que la “protección, conservación, propagación y uso” de la vida silvestre eran de “interés público”, el decreto reconoció la necesidad de poner fin a “la caza indiscriminada” de especies no consideradas plagas y la protección de los derechos de los ganaderos. En este sentido, el decreto provincial mantenía las contradicciones que marcaron la política del Estado argentino a lo largo del siglo xx. No tenemos datos a nivel provincial para poder evaluar la eficacia del decreto de 1968; no obstante, al nivel nacional argentino, las exportaciones de guanaquitos superaron los 400.000 entre 1972 y 1979; tomando en cuenta la importancia histórica de Santa Cruz como fuente de guanaquitos, se supone que el decreto no logró acabar con la caza comercial.

Sucesos fuera de la Argentina contribuyeron al declive en la caza comercial de guanaquitos. Primero, entró en vigencia en 1975 la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestres (CITES), acuerdo internacional que prohibió el comercio de especies en peligro de extinción tales como la vicuña, otro camélido americano que tenía una población muy reducida en el Perú. Luego de solicitar la protección del CITES para la vicuña, el Estado peruano pidió que se inscribieran los guanacos al Apéndice II de CITES, una lista de especies cuya comercialización estaba reglamentada por el acuerdo[47]. Al firmar el acuerdo CITES en 1981, el gobierno militar argentino tomó un compromiso implícito de formar un plan de manejo para los guanacos en su territorio. La falta de cumplimiento por parte de gobiernos militares y civiles posteriores motivó al Comité sobre Fauna en 1993 a comunicar la suspensión de importaciones de derivados del guanaco hasta que hubiera un plan de manejo. La decisión fue seguida por un declive fuerte en las exportaciones de guanaquitos y un aumento en inversiones estatales en las investigaciones científicas sobre el uso “sostenible” del guanaco[48].

Además del acuerdo CITES y la reducción importante en el comercio internacional de pieles de guanaco, un cambio importante fue la disminución de la industria lanar en la Patagonia sur y de hecho en casi todo el mundo. Son dos factores importantes para considerar. Primero, un declive prolongado en el precio de la lana a partir de 1960. El precio sufrió unos altibajos en los 80 pero la tendencia general fue una caída en la demanda de la fibra ovejuna a favor de las fibras sintéticas tales como poliésteres y acrílicas. Telas que apenas existían antes de la Segunda Guerra Mundial, captaron casi el 40% del mercado de textiles industriales hacia finales del siglo xx. En cambio, el consumo de lana bajó del 9 al 5% del consumo total de fibras para textiles[49].

El segundo factor fue la degradación de los suelos a nivel regional, lo que resultó en una reducción en la carga animal promedio. Los estancieros invirtieron mucho dinero en la formación de planteles de carneros y ovejas de “sangre pura”, pero por lo general no prestaron mucha atención a la calidad del pasto hasta que la reforma agraria chilena dirigida por Eduardo Frei la incentivó en los años 60. La confluencia del empobrecimiento de los suelos y la disminución de los precios para lana y carne congelada hizo difícil generar divisas para los estancieros ubicados en pastos marginales o degradados. El abandono de estancias se aceleró fuertemente después de la gran erupción del volcán Hudson en 1991. Ubicado en territorio chileno, el volcán lanzó grandes cantidades de cenizas sobre una extensión enorme de tierra en Santa Cruz.

Ya por 2015, cuatrocientas estancias –aproximadamente 100.000 kilómetros cuadrados de tierra– quedaron abandonadas, reduciendo la población rural y los cazadores potenciales de guanaquitos y demás fauna silvestre[50].

Haciendo campo historiográfico para los guanacos

Hoy en día los investigadores estiman que la población de guanacos en la Patagonia alcanza a un millón, un nivel comparable al de principios del siglo xx. Se puede explicar e interpretar la recuperación de distintas maneras. Desde una perspectiva ecológica, la historia profunda del guanaco en entornos patagónicos le ha dado la capacidad para adaptarse y sobrevivir en zonas áridas en donde no es rentable criar animales exóticos tales como ovejas. Desde una perspectiva histórica, el poder de fuerzas transnacionales, inclusive la influencia cultural de ecologismos que enfatizan la importancia de la conservación de la biodiversidad. La alta valorización de la biodiversidad ha impulsado la formación de áreas protegidas y convenios tales como el CITES. De hecho, la recuperación de poblaciones de guanacos en territorio chileno, inclusive en el Parque Nacional Torres del Paine, ha dado lugar a debates sobre el “manejo” de sus poblaciones, las cuales no quedan por supuesto dentro de los bordes de las zonas protegidas. Iniciativas para sacrificar animales de las poblaciones locales han enfrentado resistencia y publicidad crítica a niveles regionales e internacionales.

No obstante, es muy importante notar que, en la Patagonia sur, el abandono de estancias por razones financieras les ha dado más territorio a los guanacos que el establecimiento de áreas protegidas. Es más, los ganaderos en la Argentina que aún se dedican a criar ovejas han resucitado la idea de que los guanacos impiden sus negocios y buscan permiso para matarlos. La mayoría de los investigadores sostiene el contrario: las ovejas –apoyadas ampliamente por sus aliados humanos– son las que les niegan recursos alimentarios a los guanacos.

El debate actual sobre el lugar del guanaco en la Patagonia sur refleja las contradicciones de una historia dirigida por la colonización territorial y la explotación capitalista, fuerzas que generaron transformaciones de los entornos socio-ecológicos y las significaciones del guanaco. Mirando de nuevo la foto de los huelguistas y sus quillangos confiscados se nos revelan las capas de contradicciones en la historia e historiografía patagónicas. Cambiar el enfoque de los detenidos a los guanacos no es trivializar la memoria de los obreros, su movimiento para reclamar un grado de justicia social y la violencia que muchos sufrieron; al contrario, considerar la materialidad y significaciones de los guanaquitos/chulengos es profundizar en la historia socio-cultural de los mismos obreros migrantes y entender cómo se ganaron la vida a duras penas. Además, nos permite darnos cuenta de que la formación de relaciones capitalistas en las Américas tuvo lugar en contextos de ocupaciones violentas de territorios indígenas denominados “desiertos” por Estados que buscaban eliminar la autonomía de sociedades indígenas. La injusticia aludida por Bayer por la confiscación de los quillangos de los trabajadores fue prolongada por la expulsión de sociedades indígenas de sus territorios y la apropiación cultural del guanaco y sus pieles. Enfrentar la historia de borrar/apropiar la diversidad biocultural de la Patagonia es importante tanto para iniciativas que buscan usos sostenibles del guanaco como para movimientos indígenas. La condena de la matanza “primitiva” de chulengos –y de la cacería por lo general– ignora los daños ecológicos que resultaron y a lo mejor vayan a ocurrir por la destrucción o degradación del hábitat de guanaco debido a la ganadería, la urbanización o la expansión de infraestructura.

Por fin, una mirada al guanaco nos permite volver a hacer preguntas muy importantes para la renovación de historia social. Por ejemplo: ¿cómo se relacionaban las personas denominadas “peones”, “chilotes”, “indígenas” o “chulengueadores”? ¿Siempre eran identidades distintas o a veces se referían a la vida y experiencia de una sola persona? ¿Hasta qué grado funcionaba la caza comercial como amuleto oculto, explotando la reproducción biológica del guanaco (y demás vida silvestre) para asegurar la reproducción social de los obreros migrantes explotados por los estancieros o los Aónik’enk confinados a una reservación?

Los guanacos entonces, merecen la atención de los historiadores porque, además de ser una fuerza histórica que ha modificado el entorno de la Patagonia por miles de años, ayudan a revelar dimensiones de la historia social que quedan ocultas o marginalizadas en cuadros teóricos que favorecen relaciones netamente socio-económicas y toman como dado el Estado nacional como unidad de análisis. Aprovechándose del guanaco u otros animales, los historiadores pueden revolver las jaulas conceptuales del capitalismo y nacionalismo y abrir senderos nuevos para navegar un mundo diverso y contradictorio.

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  1. Osvaldo Bayer, Los vengadores de la Patagonia trágica. Buenos Aires, Editorial Galerna, 1972.
  2. Germán Vergara, “Animals in Latin American History”, Oxford Research Encyclopedia of Latin American History. 24 May. 2018; Claudia Leal, “Wild and trapped: a history of Colombian zoos and its revelations of animal fortunes and State entanglements, 1930s-1990s”. História, Ciências, Saúde-Manguinhos 28 (2022): 81-101; Reinaldo Funes Monzote, “Facetas de la interacción con los animales en Cuba durante el siglo XIX: los bueyes en la plantación esclavista y la Sociedad Protectora de Animales y Plantas”, Signos históricos, 8 (2006): 80-110; J. L. A. Franco, J. Drummond, y F. P. de M. Nora, “History of Science and Conservation of the Jaguar (Panthera onca) in Brazil”, Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña (HALAC), 8 (2018) 42–72; https://doi.org/10.32991/2237-2717.2018v8i2.p42-72; Martha Few y Zeb Tortorici (eds), Centering Animals in Latin American History. Durham, NC: Duke University Press, 2013.
  3. Benito A. González, R. Eduardo Palmas, Beatriz Zapata, Juan C. Marín, “Taxonomic and biogeographical status of guanaco (Lama guanicoe), Artiodactyla Camelidae”. Mammal Review 36 (2006): 157-178.
  4. Por ejemplo, un viajero español del siglo xvi hizo una comparación explícita de las maneras de ponerse las capas entre los pobladores de la Patagonia y “las yndias del Cuzco”. Citado por Sergio E. Caviglia, “El arte de las mujeres Aónik’enk y Gününa Küna –Kay Guaj’enk o Kay Güttruj– (las capas pintadas),” Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología 27 (2002): 44.
  5. Andrés J. Novaro y Rebecca Susan Walker, “Lessons of 15 thousand years of Human-Wildlife Interactions for Conservation for Patagonia in the 21st Century”. Diversity 13, 633 (2021).
  6. Romina Frontini, Rodrigo L. Tomassini, Cristina Bayón, “Perinatal guanacos (Lama guancoe) exploited by hunter-gatherers from the Holocene of Argentine Pampas”. International Journal of Osteoarchaeology 28 (2018): 703-713.
  7. Caviglia, “El arte de las mujeres Aónik’enk y Gününa Küna –Kay Guaj’enk o Kay Güttruj– (las capas pintadas)”. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología 27 (2002): 41-70.
  8. Caviglia, “El arte de las mujeres”. p. 44.
  9. George Brock al capitán George Mabon, Valparaíso, 5 de marzo de 1845. Archivo Nacional de Chile. Fondo. Min. de Interior, v 197 (1841-1847): Fojas 506-507.
  10. Marcelo Mayorga, Pieles, tabaco y quillangos. Relaciones entre loberos angloestaounidenses y aborígenes australes en la Patagonia (1780–1850). Chile: Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, 2020.
  11. “Guanaco” [campo pagado]. Isacc Smith’s Son & Co., New York Daily Tribune 8 mar. 1871; Commercial Bulletin of Boston 28 mar. 1874, p. 4.
  12. General Valdivieso, Memoria enviado al Ministro de Relaciones Exteriores, Culto, y Colonización, Punta Arenas 15 mar. 1890. Archivo Nacional de Chile, Fondo: Gobernaciones, Magallanes v. 20.
  13. Justo de la Rivera, Fuerte Bulnes, 10 feb. 1845, Archivo Nacional de Chile, Fondo: Ministerio de Interiór, v. 197 (1941-1847), Foja 296.
  14. Diego Dublé Almeida al Ministro de Relaciones Exteriores y Colonización, 25 abr. 1875. Archivo del Ministro de Relaciones Exteriores de Chilem Fondo Histórico: v. 49a.
  15. H. Hesketh Prichard, Through the Heart of Patagonia. New York: Appleton & Company, 1902; Julius Beerbohm, Wanderings in Patagonia or life among the Ostrich-Hunters. Nueva York: Henry Holt and Company, 1879.
  16. Alejandro Bertrand, Memoria sobre la región central de las tierras magallánicas. Santiago de Chile: Imprenta Nacional, 1886, p. 32.
  17. Mariela Eva Rodríguez, “Invisible Indians, degenerate descendants”: Idiosyncrasies of mestizaje in southern Patagonia,” Rethinking Race in Argentina, editado por Paulina Alberto y Eduardo Elena. Nueva York: Cambridge University Press, 2016, pp. 126-153.
  18. Me refiero a debates entre investigadores tales como Julio Vezeb, Mark Healy, Walter Delrio, Pilar Pérez, Ricardo P. Salvatore y Ana Ramos en una colección de ensayos recientemente publicado en inglés: Carolyne R. Larson (ed.), The Conquest of the Desert: Argentina’s Indigenous Peoples and the Battle for History. Albuquerque, NM: University of New Mexico Press, 2020.
  19. Mateo Martinic, Historia de la Región Magallánica. Punta Arenas: Universidad de Magallanes, 1992; sobre Santa Cruz: Elsa Mabel Barbería, Los dueños de la tierra en la Patagonia austral, 1880-1920. Argentina: Universidad Federal de la Patagonia Austral, 1995.
  20. Brett Walker, “Meiji Modernization, Scientific Agriculture, and the Destruction of Japan’s Hokkaido Wolf,” Environmental History 9 (2004): 248-274; William Beinart, “The night of the jackal: sheep, pastures and predators in the Cape”, Past & Present 158 (1998): 172-206; Michael D. Wise, Producing Predators: Wolves, Work and Conquest in the Northern Rockies. Lincoln, NE: University of Nebraska Press, 2016.
  21. Tradución del español al inglés de correspondencia entre José León Suárez al Ministro de Agricultura, Dr. Adolfo Mujica, 24 Jul. 1912 anexado en Consul General de los Estados Unidos, Argentina al Secretario del Estado, Buenos Aires, 27 ago 1912. USNA (Archivo Nacional de los EE. UU.). Record Group (RG) 59 Argentina (microfilmado).
  22. Revisa del Jardín Zoólogico (Buenos Aires) v. 15-16 (1915), 71-74.
  23. Por ejemplo, el sueldo de un esquilador correspondía al número de animales esquilados al día por el trabajador. En cambio, los pastores que vivieron en el campo vigilando a las majadas ganaron un sueldo mensual fijo.
  24. Jefatura de Policía al subsecretario del Ministerio del Interior [copia], 14 nov. 1928, Archivo histórico de la Provincia, Río Gallegos, Santa Cruz.
  25. Ángel Cabrera y José Yepes, Mamíferos sudamericanos. Buenos Aires: Compañía Argentina de Editores, 1940, p. 261.
  26. Cabrera y Yepes, Mamíferos sudamericanos, p. 260.
  27. Raúl R. Madueño, La caza en la economía Argentina. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales, 1952, p. 20.
  28. Juan Carlos Godoy, Fauna Silvestre. Buenos Aires: Consejo Federal de Inversiones, 1963, p. 97.
  29. Me refiero a solicitudes para patentes registradas entre 1920 y 1970, las que son conservadas en el Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz (Río Gallegos). Le agradezco a Silvina López Rivera por su colaboración en la investigación de archivo realizada en 2017.
  30. Charles Wellington Furlong, “Hunting the Guanaco,” The Outing Magazine v 61 (1912): 10 [3-20].
  31. Daniel A. de Lamo, South American Camelids in Argentina: History, Use, and Animal Health. Buenos Aires: Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria, 2011, pp. 24-25.
  32. Fur Trade Review 48 (sep. 1920-feb. 1921): 229.
  33. “Skirts in Big Prints, Plain Linen BlousesEvening Type at Mar del Plata,” Women’s Wear Daily, v. 62 (26 feb. 1941): 4. ProQuest.
  34. “Buenos Aires, Rising Fashion Center, Draws Buyer from other Latin-American Countries,” Women’s Wear Daily (18 jun. 1942): 4, ProQuest.
  35. “As Argentine As,” Women’s Wear Daily 8 sep. 1969, p. 36. ProQuest; Susana Saulquin, La moda en la Argentina. Buenos Aires: Emecé, 1990.
  36. “Comercio y porvenir de Punta Arenas”, 31 de marzo de 1882, Archivo de Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile. Fondo histórico: v. 90B.
  37. Scarzanella, Eugenia (2002). “Las bellezas naturales y la nación. Los parques nacionales en Argentina en la primera parte del siglo XX”, Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, 73, oct., 5-17.
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  39. Scarzanella, “Las bellezas naturales y la nación” y Organización de los Estados Americanos, departamento de ley internacional. https://bit.ly/3dyEvpN
  40. Cabrera and Yepes, Mamiferos sudamericanos, p. 261.
  41. Georges Dennler de la Tour, “The Guanaco,” Oryx 2 (1954): 278 [273-279].
  42. Dennler de la Tour, “The Guanaco”, p. 276.
  43. Moisés Hernández Ponce al Ministro de Agricultura, Valparaíso, 26 oct. 1953; Chile, Ministerio de Agricultura, Decreto 694. “Prohibe por un periodo de cinco años, la caza del guanaco en todo el territorio nacional,” 31 oct. 1953 Chile, Archivo de la Administración, Fondo: v. 1028.
  44. Chile, Min. de Agricultura, Decreto 506 (1967). https://bit.ly/3SGKlFg.
  45. Kenneth J. Raedeke M., El Guanaco de Magallanes, Chile. distribución y biología. Chile: CONAF, 1978.
  46. Decreto 2067 (copia). Río Gallegos, 3 dic.1968, Consejo Agraria Provincial (CAP), Río Gallegos, Santa Cruz. El autor guarda una copia digital del documento.
  47. Emily Wakild, “Saving the Vicuña: The Political, Biophysical, and Cultural History of Wild Animal Conservation in Peru, 1964-2000”, American Historical Review 125 (feb. 2020): 71-72 [54-88].
  48. Daniel A. de Lamo, South American Camelids in Argentina, p. 25.
  49. Jeffrey Harrop, “Man-made fibres since 1945”. Cambridge History of Western Textiles, editado por David T. Jenkins. Nueva York: Cambridge University Press, 2003, pp. 948-972.
  50. Andrea Marino, Victoria Rodríguez, Natalia M. Schroeder, “Wild guanacos as scapegoat for continued overgrazing by livestock across southern Patagonia”, Journal of Applied Ecology 57 (2020) p. 2394 [2393-2398.


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