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De Bahía a Asunción

El viaje de los primeros jesuitas
hasta las tierras de los guaraníes

Carlos A. Page[1]

Introducción

La idea de la Compañía de Jesús de evangelizar la región del Paraguay no era nueva y surgió muy poco tiempo después de la llegada de la Orden a América en 1549. Efectivamente, cuando el P. Manuel da Nóbrega envió desde San Salvador de Bahía al P. Leonardo Nunes a São Vicente, éste de inmediato le informó sobre el estado de la villa, en donde conoció gente que le comunicó que desde allí había un camino[2] que conducía a Asunción y que era transitado por comerciantes, tanto españoles como portugueses, pues era más corto que ir por el río Paraná y el océano. Pero no solo eso sino que recibió noticias que Asunción necesitaba sacerdotes, pues era manifiesto el maltrato hacia los indígenas. El P. Nóbrega partió para la villa portuguesa, comprobó lo manifestado por el P. Nunes y emprendió el viaje hacia Asunción. Por cierto que la expedición tendría sus pausas. Entre ellas nada menos que fundar la aldea indígena de Piratininga, donde se levantó una iglesia consagrada a San Pablo en 1554 (Leite, 1936).

Sus planes los comunicó a San Ignacio e incluían levantar una residencia en Asunción (Leite, 1957, p. 168 y 1955, p. 197). Todo esto llevó su tiempo y en el interín, el P. Nóbrega fue designado provincial y como tal, debió desistir de su expedición, enviando otros misioneros. Avanzaron hacia el interior los HH. Pero Correia y João de Sousa que lo hicieron predicando, pero fueron asesinados por los indígenas convirtiéndose en los primeros mártires jesuitas de América en 1554 (Vasconcellos, 1865, pp. 97-104).

Por el mal momento político imperante entre ambas Coronas, justamente por las posesiones en el Río de la Plata y el martirio sufrido por aquellos misioneros, el general de la Compañía de Jesús decidió que a Asunción vayan jesuitas españoles y no portugueses. Lo propio hizo el gobernador Tomé de Souza y su sucesor Duarte da Costa de no permitir los viajes al Paraguay. El P. Nóbrega siguió insistiendo y logró que el general P. Diego Laínez determinara que si los jesuitas portugueses querían ir a Asunción debían obtener licencia del rey de Portugal o del gobernador (Leite, 1958, p. 541). Posición que mantuvo tiempo después el visitador Inácio de Azevedo en 1568 (Leite, 1960, p. 482).

Todas estas tensiones quedaron zanjadas, cuando en 1580 se constituyó la unión dinástica de las dos Coronas, bajo el mismo soberano de la Casa de Austria: Felipe II. Situación que se prolongó hasta 1640, convirtiéndose en el imperio más dilatado de su tiempo con posesiones en todos los continentes.

La Congregación Provincial del Brasil de 1583, presidida por el P. José de Anchieta, planteó al general, entre otros postulados, que intercediera ante el rey y mostrara las ventajas que tendría la evangelización del Paraguay. Al año siguiente el general Aquaviva autorizó al visitador “per modum missionis” a enviar jesuitas al Paraguay (Leite, 2001, II, p. 120), coronando de esta manera la iniciativa de los PP. Nunes y Nóbrega.

Por el mismo tiempo que sucedían estos acontecimientos en Brasil, en el virreinato del Perú, se había creado la diócesis del Tucumán, y su flamante obispo, el dominico portugués Francisco de Vitória, emprendió viaje a América con otros cuatro sacerdotes de la misma Orden, llegando a Lima en febrero de 1580. Allí permanecieron hasta fines de ese año. Luego, y por espacio de otro año, Vitória residió en Potosí, desde donde solicitó al gobernador del Río de la Plata Juan de Garay, autorización para traer de Brasil objetos de culto, como campanas e imágenes. Lo mismo hizo con el gobernador de Tucumán Hernando de Lerma con quien no tendría una buena relación (Moraleda, 1989, p. 89 y 94).

El obispo Vitória asistió a la fundación de Salta, el 16 de abril de 1582, junto con su deán Francisco de Salcedo. Luego pasó a Talavera y regresó al Perú unos meses después para asistir al III Concilio Limense, participando activamente hasta el final, en octubre de 1583. Al año siguiente y desde Lima le presentó a Felipe II su renuncia al obispado, por no soportar la relación con el gobierno civil, tanto con el gobernador Lerma que terminó encarcelado, como su sucesor Ramírez de Velazco. No obstante ese año se reúne con el provincial de los jesuitas P. Baltasar Piñas (1581-1585), solicitándole sacerdotes para su diócesis, aunque con respuesta negativa. Por lo que el 6 de marzo de 1585 escribe al P. provincial del Brasil P. Anchieta (1577-1588) con la misma solicitud.

En su estadía, tanto en Lima como en Potosí, el obispo Vitória alcanzó a tener una idea acabada del territorio de su amplia y humilde diócesis, lo que le valió para pensar estrategias económicas para desarrollarla y consolidarla en el tiempo. Por eso vislumbró el potencial comercial que podría desarrollarse entre Potosí y Brasil, analizando la circulación entre estos extremos y la ventaja que daban las aguas del Paraná, cosa que no era novedosa. Esto está relacionado con su petición de jesuitas tanto al Perú como al Brasil. En ambas provincias también tenían idea de avanzar, hacia el Tucumán los del Perú y hacia Asunción los del Brasil.

Finalmente el obispo arribó a Santiago del Estero en agosto de 1585, habiendo llegado con el dominico y tesorero de la Catedral, el joven de 22 años Francisco de Salcedo, sobrino del deán. En tanto que la expedición de jesuitas que envía el provincial P. Juan de Atienza (1585-1592), llegó el 26 de noviembre. Eran solo tres: los PP. Francisco de Angulo, a su vez comisario del Santo Oficio, Alonso de Barzana y el H. Juan de Villegas.

Casi paralelamente a la llegada de los jesuitas del Perú el obispo Vitória prepara la expedición para ir a buscar a los jesuitas del Brasil. Para ello encomendará la tarea al dominico Francisco de Salcedo y a Diego de Palma Carrillo. El primero, era tesorero de la Catedral de Santiago del Estero, sobrino de su homónimo tío que era deán de la misma. En tanto que Palma Carrillo era un laico, natural de Córdoba (España), hijo de Juan Palma y de Juana de Sevilla. Se le concedió pasaporte para viajar al Perú como criado de Juan Báez el 12 de octubre de 1577 (Romera Iruela, 1980, p. 743). De partida en Sevilla en ese mismo año, también se le concedió licencia para comerciar en Indias.[3]

La relación de viaje y otros documentos complementarios

De este viaje, bastante dificultoso, hay varias noticias, en virtud justamente de los acontecimientos en los que se desarrolló. Dos cartas del gobernador del Tucumán Juan Ramírez de Velasco, fechadas el 6 de abril de 1587, una para el rey y otra para el virrey conde Villar. En la que dirige a este último, afirma el P. Egaña que el gobernador dice que la relación original es de Diego de Palma, fechada el 27 de marzo (Egaña, 1966, IV, p. 179-186), transcribiéndola completa. El P. Pastells (1912, p. 29) hace un resumen, al igual que la carta para el obispo, fechada en ese mismo año (1912, pp. 31-45) y al virrey Villar del 17 de mayo (1912, p. 46), quien notifica al rey en otra del 12 de junio (Levillier, 1925, p. 328), y al presidente de la Audiencia de Charcas, el 10 de octubre (Egaña, 1966, IV, p. 179), sumando otras noticias que le llegaron de las mismas embarcaciones inglesas que atacarán las naves del obispo (Levillier, 1925, p. 330-363).

En primer lugar, dudamos que la relación que publica el P. Egaña sea de Palma Carrillo, por lo que se desprende de su contenido, pues en su interior hay dos frases que no cuadran. Al referirse a los datos de unos navíos ingleses se expresa: “todo esto lo supo Diego de Palma de dos flamencos que venían en los navíos”. Un poco más adelante se escribe: “entre los papeles que bido [vio] Diego de Palma al capitán Roberto”. Es decir que escribe en tercera persona o más probablemente el autor es otro.

También nos interesan en particular unos documentos complementarios a la relación del viaje que demuestran el sentido que realmente tuvo el mismo. Por ejemplo la carta del obispo Vitória que dirige al provincial del Brasil P. José de Anchieta desde Santiago del Estero el 6 de marzo de 1585 (Egaña, 1961, III, p. 556), antes de la llegada de los jesuitas del Perú. Este documento fue reenviado al P. General, en donde el obispo le manifiesta su preocupación por la falta de sacerdotes, al estar tan distante de Lima y haber sido Santiago del Estero fundada no hacía mucho tiempo (1550); pero sobre todo porque contaba con alrededor de 150 mil almas entre paganos y cristianos. Ya había escrito a los obispados de La Plata, Asunción y Santiago de Chile solicitando sacerdotes, sin obtener respuesta favorable. Pero manifiesta tener especial afición a la Compañía de Jesús, porque según escribe el mismo el obispo, el P. Diego Laínez, era “tío, primo hermano de mi padre”. Esta afirmación del obispo no se ha podido comprobar aunque ambos provenían de familias de judíos conversos. Continúa relatando que había intentado traer jesuitas del Perú pero dice que de allá le respondieron negativamente por no “tener sufficiencia de Padres”, pues había solo cerca de 60 individuos. Según el obispo, se había enterado que recientemente había llegado al Brasil, en 1584, un navío con 140 religiosos[4]. Fue entonces que decide ir a buscar algunos a través del portador, el P. Francisco Salcedo a quien encomienda rogarle su petición. Otras cartas que escribió con este tono fueron al obispo frei António Barreiros[5] y al gobernador general, Manuel Tellez Barreto[6], a los fines que intercedieran con el P. Anchieta. Finalmente le promete que ya el P. Salcedo había recibido instrucciones de hacerse cargo de los gastos de traslado.

A su vez, se conocen las instrucciones que el obispo le dejó por escrito a su criado Diego de Palma (Pastells, 1912, p. 34-35). Allí le expresa que el motivo principal que los lleva al Brasil es para traer jesuitas y que esto debía comunicar al obispo y al gobernador para que lo ayudaran. Le menciona que necesitaría una docena de individuos y que llegados a São Vicente comience a averiguar dónde está el P. Anchieta. Allí debía quedarse tan solo un día y fletar una embarcación que los lleve a Bahia que es donde residía el obispo y el gobernador. No solo entregaría las cartas sino que tenía que hablar con ellos del estado de su obispado, y que les comentara lo tratado en el Concilio Limense, hasta convencerlos. También le pide que traiga algún clérigo adulto para el cargo de provisor y administrador de su obispado a quien estaría dispuesto a pagar “cada año más de mil ducados de renta”. Comenta en esta carta que estaba esperando licencia del Rey, en otras palabras la aceptación de su renuncia, para volver a España y pasar por Brasil a ver al obispo. Finalmente, les ordena leer varias veces las cartas que son portadores y que regresen en diciembre. El capitán Ruiz González de Andrade sería el contacto que facilitaría la misión en Brasil.

Palma y Salcedo eran personas de confianza del obispo a quienes había encomendado una misión que no resultó tan complicada. Una curiosidad es que Vitória no escribe de otra cosa que traer jesuitas. Nunca escribe de alguna mercadería en especial, excepto todo aquello que pudiera servir para su pobre diócesis recién iniciada.

Decimos que la tarea fue relativamente fácil, porque no había que convencer a los jesuitas, pues tanto el P. Anchieta como el P. Gouveia, antes de recibir la carta y a los mensajeros del obispo Vitória, ya tenían decidido enviar a tierras españolas al italiano Juan Leonardo D´Armini[7] como superior, al español Manuel Saloni, los lusitanos Esteban de Grão y Manuel Ortega, y el irlandés Thomás Fields (Page, 1916).

Ida y vuelta de un viaje azaroso

Con la correspondiente licencia del virrey del Perú, el obispo envió a sus emisarios, que viajaron desde Santiago del Estero a Santa Fe, donde se embarcaron a Buenos Aires en una travesía que se prolongó por un año y medio.

Salieron de Buenos Aires en una “fragata que allí hizimos, que costó quatro mil pesos”. Partieron el 20 de octubre de 1585 con diez marineros al mando de un piloto de nombre Pedrianes, proveniente de Brasil[8]. Después de 27 días de navegación, llegaron a São Vicente, del que era donatario Martim Alonso de Sousa[9] y donde se hallaban cuatro villas: la de São Vicente, en la que había jesuitas desde 1550, São Pablo fundada por los jesuitas, Gerebatiba y Santo Amaro.

Siguieron las instrucciones del obispo y compraron el navío “San Antonio”. Pagaron por él mil ducados, entregando el suyo, ya que estaba “comido de broma” que era un caracol que horada las maderas y hasta  llega a inutilizarlas.

Permanecieron en São Vicente hasta el 23 de enero de 1586 y de allí pasaron directamente a San Salvador de Bahía donde se encontraba el gobernador general de Brasil Manuel Tellez Barreto. La travesía no fue muy buena ya que navegaron contra el viento, de tal forma que un viaje de 10 días lo hicieron en 37. Fueron muy bien recibidos y entregaron las tres cartas. Permanecieron seis meses en Bahía, pues al ser grande el navío para volver por el Río de la Plata, compraron otro de 35 a 40 toneladas que costó, puesto a la vela, mil ducados.

En Bahía subieron los seis jesuitas mencionados. A cada uno se les entregó dinero para el vestuario y ornamentos “muchos libros y muchas reliquias de santos, entrellos huesos muy grandes y muchos Anusdeyes[10], muchas imágines”. Mientras que Palma Carrillo y Salcedo habían adquirido campanas, hierro, acero, calderas de cobre, bacías, peroles para hacer azúcar, hacienda y unos 45 africanos esclavizados de Guinea “para el servicio del Reverendísimo Obispo”, que había obsequiado el gobernador “como muy solene presente”.

La prolongada estadía llegó a su fin y partieron de Bahía el 20 de agosto de 1586, pasando por la capitanía del Espíritu Santo, donde arribaron el 23 de diciembre, siendo recibidos por su donatario Basco Cultiño. Permanecieron hasta el 4 de octubre y aquí también recibieron regalos, especialmente dos: uno para el obispo y otro para la señora doña Yomar de Melo, esposa del fiscal de Chuquisaca Juan de Otéllez.

En cuatro días llegaron a Río de Janeiro, donde fueron agasajados por el gobernador Salvador Correa de Saa. También recibieron de él varios obsequios, sobre todo porque era conocido del obispo, entre los que se encontraban conservas y muchos barriles de jengibre en conserva. Permaneciendo 22 días, partiendo luego a São Vicente, donde después de nueve semanas, cargaron 100 quintales de arroz y toda suerte de conservas y cosas necesarias para el resto del viaje.

De tal manera que levaron anclas en São Vicente el 4 de enero de 1587 y arribaron a la boca del Río de la Plata en 16 días, es decir el 20 de enero, día de San Sebastián. Fue entonces cuando avistaron tres navíos ingleses que inmediatamente vinieron por ellos.

El corsario a cargo se llamaba Robert Withington (o Wirthrington), quien partió de Gravesend, puerto ubicado al sur del Támesis y cercano al Mar del Norte, con una expedición organizada por el 3º conde de Cumberland, George Clifford[11]. Eran dos naves, una el “Red Dragon”, al mando de Withington y el “Bark Clifford” a cargo de Christopher Lister. Dejaron Inglaterra en Dartmouth y partieron hacia el sur.

El relato que seguimos, brinda datos precisos de los ingleses al final del texto. Quien escribe, menciona que Palma, fue informado por dos flamencos de Amberes que él conocía y se lo revelaron en secreto. En realidad eran tres navíos,

la capitana de 400 toneladas y dentro treinta y seis pieças de artillería muy gruesas, y el otro de 200 toneladas con diez y ocho pieças gruessas, y la lancha con tres pieças, y en cada navío de los grandes, una lancha, la una de 14 bancos y la otra de 10 bancos y traen grandísima cantidad de artificios de fuego y ocho pieças de artillería para las lanchas y 300 hombres entre marineros y soldados.

Se dirigían rumbo al Mar del Sur y luego Valdivia, para remontar a Panamá y quemar todos los navíos que se cruzaran a su paso. Además el texto revela que entre los papeles del capitán, a los que accedió el mismo Palma, encontró una nota de don Antonio, que estaba en Inglaterra. Se refiere al prior de Crato, príncipe portugués, hijo bastardo de don Luis, duque de Beja y de doña Violante Gómez (la Pelicana), que pretendía la corona portuguesa contra Felipe II. Para ello se proclamó rey en Santarém y le otorgó licencia al pirata inglés para que robasen libremente entre 1586 y 1587 y le diesen el tercio de lo recaudado, y si eran portugueses les debía dar una carta de pago o recibo, que al volver a Portugal se los devolviese. De tal forma que “an saqueado estos cossarios catorce navios y del uno dellos dizen que supieron estar el Rey nuestro Señor indispuesto” (Egaña, 1966, p. 185). Antonio de Crato fue derrotado en la batalla de Oporto y en el mar, frente a la isla de San Miguel. El pretendiente se llevó las joyas de la Corona y se refugió en Francia y luego en Inglaterra.

Los navíos del obispo Vitória fueron abordados por los piratas, llevándose a todos sus tripulantes[12] a sus barcos, dejando 20 ingleses de guarnición en cada uno. Partieron con los prisioneros hacia el estrecho de Magallanes, pero a la altura de la actual población de Rivadavia, es donde decidieron matar a los PP. D´Armini y Salcedo. Finalmente y junto con toda la tripulación, los dejaron desnudos con un poco de arroz putrefacto y otro tanto de harina de mandioca. Incluso al P. Ortega, luego de ser azotado lo tiraron al agua, pero pudo salir (Del Techo, 2005, p. 75). No concretaron la matanza planeada, pero:

Tomaron los huesos sagrados de los bienaventurados mártires y hecháronlos en el suelo y pisáronlos y los escupieron y hecharon a la mar. Lo mismo hizieron de los Anusdeis y quantas imágines avía. Finalmente hallaron un barril de imágenes de estaño, que traían los Padres para los indios, y los fundieron para pelota de arcabuz (Egaña, 1966, p. 184).

Después de 28 días de tenerlos como prisioneros los dejaron a 30 leguas a la mar, aproximadamente en el golfo de San Mateo, isla de Lobos[13], sin el piloto Pedro Aniz y sin velas, “una poca de harina y cinco pipas de agua para ciento veinte personas” (Egaña, 1966, IV, p. 184 y Lozano, 1754, pp. 23 a 26). También se llevaron como botín, las calderas, acero, campanas, hierro, “hasta las rejas y açadas que traíamos para la ciudad de Buenos Aires”, aunque los esclavos los dejaron “por no podellos llevar ni tener agua ni comida para ellos”. Los corsarios recibieron de los prisioneros información de Bahía, a donde decidieron partir, llegando en abril de 1587, sitiándola por dos meses (Lozano, 1754, p. 36).

De esta forma, Diego de Palma en el navío pequeño “Nossa Senhora da Graça” y el P. Salcedo con los jesuitas en el “San Antonio”, pudieron llegar a Buenos Aires 18 días después que fueron dejados por los ingleses: “todos desnudos, assí los Padres como los demás, sin traer más que las camissas rotas sobre sus cuerpos”. Gran consternación causó en la ciudad su arribo, el 18 de marzo de 1587, pues estaban esperanzados en recibir herramientas y vestimentas. El obispo de Paraguay, fray Alonso Guerra O.P., que estaba en Buenos Aires, además del consuelo espiritual, les llevó frazadas a los jesuitas.

De Buenos Aires a Asunción

El prelado procuró convencer a los jesuitas para que fuesen a Asunción (Del Techo, 2005, p. 76), pero recordemos que estaban acompañados por dos emisarios del obispo Vitória y a él le debían su viaje. Llegaron a Córdoba y al encontrarse con el obispo y los misioneros del Perú (Lozano, 1754, p. 20), el P. Barzana invitó al P. Ortega a recorrer su comarca durante cinco meses. El P. Lozano recuerda aquellos días con una carta que le envió el P. Ortega al provincial del Perú: “todos nos ponian miedo por estar los Indios rebelados, y ser los caminos muy asperos, y la falta de comida mucha”. Continúa expresando que no obstante el fruto fue provechoso a pesar que: “Fué esse año muy estéril por toda aquella tierra: morian los Indios de hambre, y de ella nos cupo buena parte, porque algunos dias passamos con dos docenas de granos de maíz”. Efectivamente, cuenta que ya sin alimentos se encontraron con unos indígenas que no solo no tenían comida, sino que le dijeron que conseguirían a ocho días de distancia. El P. Barzana le manifestó al P. Ortega que siguiera, que él se iba a quedar a bautizar a esa gente. El P. Ortega comenzó el camino y estuvo cerca de morir de manos de unos indios que pretendían comérselo. Llegó a una estancia de españoles que lo atendieron, mientras que enviaron a un empleado a buscar al P. Barzana. No pudo encontrarlo y el P. Barzana llegó solo, después de 46 leguas de caminata y con el siempre latente sueño de alcanzar la Patagonia (Lozano, 1754, pp. 29-30). De regreso a Córdoba, el obispo lo designó Visitador de su diócesis y obviamente el humilde misionero desistió de tal nombramiento. El obispo no solo insistió sino que a su vez lo designó también Provisor y Vicario General.

Al ser requerido en Santiago del Estero, el obispo llevó consigo a todos los jesuitas y aprovechó para determinar el destino de cada uno. Los cinco jesuitas del Brasil y los tres del Perú, fueron calurosamente recibidos por el gobernador Ramírez de Velazco y los pobladores, quienes les ofrecieron una casa por residencia. Era una construcción separada del Palacio Episcopal con una renta suficiente para su sustento. Quedaron en ella el P. Francisco de Angulo como rector del que comenzó a llamarse “Colegio del Santo Nombre de Jesús”, donde el H. Juan de Villegas enseñaba a leer y escribir, y el P. Juan Gutiérrez hacía lo propio con la lengua latina. Esta primera residencia de la que sería luego la Provincia del Paraguay, cuenta Lozano que no sabe el motivo por la que se abandonó y los jesuitas se fueron a otra casa que les cedió don Pedro de Ribera Cortés, cuyo único hijo Tomas, con los años pasó a ser miembro de la Compañía de Jesús (Lozano, 1754, p. 31-32).[14]

Ya en Santiago del Estero, los jesuitas determinaron cómo distribuirse, para lo cual los PP. Angulo y Gutiérrez y el H. Villegas se quedaron en el colegio y los PP. Barzana, Ortega, Saloni y Fields se abocarían a la tarea misional. Finalmente los PP. D´Armini, y Grão que querían regresar a Brasil, fueron a Santa Fe a esperar la resolución de su provincial que, si bien fue positiva, tardó dos años en llegar. Aunque el general Aquaviva ya había ordenado, por carta del 24 de febrero de 1586, dirigida al provincial Atienza, que le comunicaba que devolviera a los llegados del Brasil (Egaña, 1974, p. 151-152).

La primera misión que les encomendó el obispo fue ir a visitar a los habitantes del río Salado, donde se asentaban varios pueblos que contaban entre 500 y 1.000 familias. La mayoría desconocía el cristianismo porque no hubo sacerdotes que hablaran el Tonocote, lengua que dominaba el P. Barzana y debió enseñar a los llegados del Brasil, mientras atendía su tarea pastoral. Pero en poco tiempo enfermó y debió regresar a Santiago, en tanto sus compañeros aún sin haber aprendido la lengua fueron detrás. Ellos solo sabían el guaraní por lo que atinadamente el P. superior los envió a Asunción (Pastells, 1912, p. 77 y Del Techo, 2005, p. 79), incluso por la no poca insistencia del obispo Guerra. El P. Barzana en tanto regresó al Salado y para marzo de 1588, de vuelta viajó a Esteco con el H. Villegas y otro clérigo. Luego acompañó al gobernador a una misión al Valle Calchaquí.

Los jesuitas del Brasil llegaron a Asunción el 11 de agosto de 1588, siendo recibidos por el gobernador, licenciado Juan de Torres de Vera y Aragón y gran parte de la población. Como era costumbre salieron a recibirlos a unas tres leguas de la ciudad para luego acompañarlos en su ingreso. No se encontraba el obispo Guerra, quien no regresaría al Paraguay, pero había dejado encomendado a un religioso de su misma Orden como Gobernador Episcopal, recomendándole que recibiese y agasajase a los jesuitas

Inmediatamente y con el beneplácito de los vecinos, abrieron una residencia en una casa particular. La autoridad eclesiástica les concedió amplias facultades para predicar y administrar los sacramentos a españoles e indios. Quedó como superior de la flamante casa el P. Saloni, comenzando a predicar por la ciudad, entre españoles y naturales. Después salieron hacia dos pueblos de indios comarcanos.

Lozano expresa cómo vieron estos jesuitas a Asunción quienes se encontraron

perplexos, sin saber por donde dár principio á la labor de aquel campo inculto, que aunque mostraba el genio de los naturales ser de buen terruño, se hallaba tan esterilizado con la maleza de los vicios, que requería el aliento de muchos Obreros incansables. (Lozano, 1754, p. 53).

Comenzaron con los españoles de la ciudad y luego con los indios que vivían en ella sirviéndoles. Posteriormente avanzaron hacia las chacras, hasta que fueron invitados por dos pueblos indígenas.

Fueron recibidos con demostraciones muy festivas, y aparato ostentoso si se coteja con su miseria: porque adornaban las calles arcos de ramas verdes, entretexidos vistosamente, con flores de diversos colores, y poblados de varias frutas, y aves canoras, cuyas voces aumentaban la alegría del bullicio popular: tenían dispuestas danzas al sonido dissonante de sus flautas, y bocinas, que suelen hacer mas estrendo, que musica; pero en tales lances se ha de recibir su molestia con agrado, valiendose del dissimulo, y de la paciencia para el aplauso. Al pasar arrojaban sobre los Padres diferentes flores, y algunos mas intrépidos se acercaban, hasta ponerlas en su mano, deseando acreditar de este modo su regocijo.

Les salió al encuentro una procesión de niños llevando enarbolada una gran cruz y cantando acordes de la doctrina cristiana en su lengua. Los llevaron a su “iglesia”, donde esperaban muchas mujeres para dar la bienvenida (Lozano, 1754, p. 55).

Conclusión: el legado de haber traído a los primeros jesuitas del Paraguay

Así pues, los primeros jesuitas que llegaron a Asunción tuvieron contacto directo con los guaraníes de la comarca, dando inicio a la histórica gesta de la Compañía de Jesús. El P. Saloni quedó al frente del colegio de Asunción y los PP. Fields y Ortega, no solo abrieron una residencia en Villarrica sino que, este último, convirtió y agrupó en dos pueblos a los Ybybarajas. En 1593 se sumaron a Asunción los PP. Barzana y Lorenzana. El primero regresó pronto a Perú por enfermedad, mientras el segundo, junto al P. Saloni, aprendió la lengua y costumbres de los guaraníes. Saloni falleció en 1599, en tanto que Ortega y Fields volvieron a Asunción y en 1602 abandonaron el colegio por orden del nuevo provincial Rodrigo Cabrero. No fue de la partida el P. Fields que estaba enfermo y murió en Asunción en 1625, siendo testigo del regreso de los jesuitas, quienes volvieron por decisión del P. Diego Álvarez Paz, quien estaba al frente de la flamante viceprovincia de Charcas, antecesora de la provincia del Paraguay. Fue entonces que dispuso se poblara nuevamente Asunción, como lo había pedido el obispo, enviando obviamente al P. Lorenzana que conocía perfectamente el lugar, acompañado del P. José Cataldino.

El P. Ortega fue considerado por Lozano como el héroe evangélico que veneraba América, pero fue escandalosamente encarcelado con falsas acusaciones, producto de su acérrima defensa a los indígenas (Lozano, 1754, p. 463; Medina, 1945, p. 142). Después de dos años fue absuelto, se le otorgó la profesión de cuarto voto y fue a misionar a los Chiriguanos, aunque regresó sin poder haber cumplido la difícil misión y se retiró al colegio de Chuquisaca donde pasó sus últimos años, falleciendo el 21 de octubre de 1622.

El obispo Vitória, quien renunció a su cargo por acusaciones que le hizo el gobernador Ramírez de Velazco, sobre comercio ilícito, regresó a España y murió en 1592. Previamente en 1587 nombró en su lugar con amplios poderes como gobernador, provisor y vicario, al licenciado Pedro López de Barrasa, hasta que llegara el nuevo obispo. Por su parte Diego Palma Carrillo se halló presente en la fundación de la ciudad de Vera (Corrientes) en 1588, recibiendo un solar y seis pueblos de indios en encomienda. En 1591, siendo capitán, fue nombrado procurador de la ciudad junto a Francisco de Vera y Aragón, recibiendo una estancia. Al año siguiente se lo eligió alcalde de primer voto (Manrilla, 2008). Finalmente Francisco de Salcedo reacondicionó la Catedral a su costa, en tiempos que era tesorero y provisor de la Catedral bajo el obispado de fray Hernando de Trejo y Sanabria. En ese mismo tiempo donó la estancia llamada “San Pedro mártir” para el sustento del colegio de los jesuitas de Tucumán. Pues la sede jesuita de Santiago del Estero se trasladó a Tucumán en 1610. De tal manera que el Colegio y la iglesia dedicada a Santa María Magdalena se levantaron en el solar donado por el vecino Juan Bautista Beriso en 1588. Cuando ocupó otro cargo en Chuquisaca, les donó a los mismos jesuitas otra estancia llamada “Santa Catalina de Yatasto” en la jurisdicción de Esteco, que tenía una renta igual a la otra de 4.000 pesos. Por todas estas donaciones el general Viteleschi le otorgó el título de “fundador” del colegio de Tucumán. Con el tiempo llegó a ser obispo de Santiago de Chile (1622-1634) (Avellá Cháfer, 1944, p. 189).

El obispo Vitória fue un personaje controvertido en su época y también para algunos historiadores actuales que, siguiendo las tendenciosas acusaciones del gobernador, y sin cotejar otra información, lo condenaron sin pruebas. Solo financió dos expediciones a Brasil, la primera con el único fin de no solo trasladar a los jesuitas ofrecidos en aquella provincia, sino también de lo necesario para comenzar a levantar un nuevo obispado, con lo que las autoridades portuguesas colaboraron generosamente. No obstante los bienes adquiridos fueron robados por los corsarios ingleses. Para la segunda expedición confió nuevamente en el joven Salcedo a quien por escritura del 19 de junio de 1587 le donó los dos barcos para que retomara la tarea emprendida antes, pero volvió a fracasar, pues las naves fondearon justo el día que Vitória dejaba definitivamente Santiago del Estero el 4 de setiembre de 1587 (Moraleda, 1998, p. 103-104; y Avellá Cháfer, 1944, p. 189).

De tal manera que su legado fue el haber facilitado el ingreso de los jesuitas en Asunción y el Guayrá, donde gracias a la experiencia que acumularon les sirvió a sus sucesores para desarrollar las primeras reducciones de guaraníes en la misma región del Guayrá donde habían arado y sembrado la tierra con las palabras del Evangelio.

Bibliografía

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  1. CIECS-CONICET/UNC. Contacto: capage1@hotmail.com.
  2. Era el camino de Santo Tomás, llamado así por los portugueses o de Pay Sumé por los indígenas. Hace referencia a la presencia del apóstol en América donde había dejado huellas de su paso. El P. Nóbrega había visto en Bahía testimonios que comunicó a Europa. Tuvo tal aceptación esta idea que el propio Rivadeneyra incorporó en su menologio la historia americana de Santo Tomás en su vida. Y creemos que, como el P. Nunes le relató que además del camino abierto por el apóstol, había huellas dejadas por el santo en la playa, fue también motivo para que viajara a constatar lo informado (Cavalcante, 2009).
  3. AGI/24.48.111//JUSTICIA,932 (antes JUSTICIA,51-4-111/1).
  4. Esta es una información errónea del obispo. Por un lado jamás podrían haber arribado ese número de jesuitas y por el otro el P. Leite registra la expedición de 1583 que traía al visitador Gouveira que arribó a Bahía el 5 de marzo junto a dos sacerdotes y dos coadjutores (Leite, 2001, I, p. 207).
  5. De frei Barreiros no se conoce lugar y fecha de nacimiento, mientras que falleció en Salvador el 11 de mayo de 1600. Fue el tercer obispo de Sao Salvador de Bahía, designado a mediados de 1575 e instalándose un año después. Al morir el gobernador Teles Barrteo fue designado con Cosme Rangel de Macedo, miembro del Consejo de Gobierno.
  6. Tellez Barreto (c. 1520-1588) era caballero de Avis, fue el primer gobernador general de Brasil entre 1582 y 1587, luego de la unificación de las coronas peninsulares.
  7. Juan Leonardo de D´Armini, cuenta la relación del viaje, era un hombre de unos 50 años, “de grandes letras y santidad”. A la que agrega Storni, nacido en Nápoles en 1545, aunque Anchieta dice 1641. Ingresó a la Compañía de Jesús de Roma en 1567, profesando su cuarto voto en 1584. Falleció en Pernambuco en 1605 (Storni, 1980, p. 77).
  8. Según otras fuentes, también fueron de la partida el comerciante portugués Lope Vázquez Pestaña y el capitán Alonso de Vera “El Tupí”. Además los emisarios del obispo llevaron consigo la considerable suma de cien mil ducados (Moraleda, 1998, p. 101).
  9. Nació en Vila Viçosa, 1500 y falleció en Lisboa el 21 de julio de 1571. Fue un noble, marino y militar portugués, recordado por haber participado en la primera expedición colonizadora de Brasil y por haber sido gobernador de la India portuguesa (1542-1545), llevando allí a San Francisco de Borja.
  10. Agnus dei: Objeto de devoción consistente en una lámina de cera impresa con alguna imagen, bendecido y consagrado por el Papa.
  11. Clifford (1558-1605) fue un noble y cortesano inglés, aventurero, navegante y corsario. Estudió en la Universidad de Oxford y como favorito de la reina Isabel I de Inglaterra, sirvió en la Royal Navy, combatiendo a la “Armada Invencible” de Felipe II. Supervisó 12 expediciones navales contra la corona unificada de España y Portugal.
  12. Según fuentes de los propios ingleses que toma Muñoz Moraleda (1998, p. 60), venían en un barco 45 esclavos, además de dos mujeres portuguesas y un niño. En el otro 35 esclavas mujeres, “4 ó 5 frailes” y dos mujeres portuguesas nacidas en Rio de Janeiro.
  13. La Isla de los Lobos está ubicada sobre el océano Atlántico en la desembocadura del Río de la Plata frente a la actual ciudad de Punta del Este en Uruguay.
  14. El P. Tomás de Ribera nació y murió en Santiago del Estero (1604-1677), ingresando a la Compañía de Jesús en 1640 y profesando sus últimos votos en 1653 (Storni, 1980, p. 238).


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