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Invertir en las misiones jesuitas

Los encomenderos y el financiamiento de la Compañía de Jesús en los Andes, siglo XVI

Aliocha Maldavsky[1]

En los años 1570, la Compañía de Jesús se instala en el espacio andino a través de la fundación de colegios y residencias, gracias a la ayuda de muchos españoles, entre ellos varios encomenderos, antiguos conquistadores y ricos colonos. La presencia de los jesuitas en los Andes ha sido investigada de manera detenida por los historiadores, a través de su acción misional y de evangelización, de su historia institucional y de sus relaciones con los diversos poderes locales, eclesiásticos como civiles (Vargas Ugarte, 1963 y 1965; Marzal y Negro, 1999; Coello de la Rosa: 2010, Maldavsky, 2012 y 2014a). También existen trabajos sobre la actuación de algunos de sus miembros (Hyland, 2009), así como sobre el desarrollo de sus actividades económicas (Macera, 1966; Colmenares, 1969; Cushner, 1982; Marzal y Negro, 2005). Sin embargo, pocos estudios han encarado las fuentes de financiamiento de los jesuitas asociándolas a las motivaciones de los actores sociales que decidieron invertir en la Compañía de Jesús, contribuyendo a la fundación de sus colegios, a través de donaciones y de legados (Alaperrine Bouyer, 2007; Rodríguez, 2005; Maldavsky, 2014b).

Donaciones y legados ilustran el interés de la población urbana española por los jesuitas, que recién habían llegado a los territorios americanos dominados por Felipe II. Protagonistas de una espiritualidad renovada por la Reforma católica, los jesuitas también resaltaron su voluntad de participar en la conversión y la evangelización de la población indígena de los Andes, a pesar de que su instituto les prohibía tomar a su cargo la cura de las almas, dentro de las doctrinas de indios. Financiar a los jesuitas, convirtiéndose en un fundador o un benefactor de la orden, permitía obtener la salvación y al mismo tiempo perpetuar la memoria (Boltanski y Maldavsky, 2017). Para los encomenderos que estudiamos aquí, la donación y la fundación iban más allá de este registro general y es preciso situarlas en el contexto de sus esfuerzos por obtener y mantener su posición en la sociedad colonial andina que se estaba estructurando, a pesar de que sus privilegios habían sido menguados por el poder real desde la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542.

Los documentos de donación y de herencia establecidos delante de escribanos propician detalles sobre las motivaciones, las circunstancias y el contenido de esas fundaciones, dentro del marco de la caridad cristiana recomendada por el Concilio de Trento. Estudiaremos aquí tres donaciones de encomenderos a los jesuitas del Perú, que permiten analizar las implicaciones, en los años 1570 y 1580, de la participación financiera de estos ricos españoles en la evangelización de los indios y en la cristianización del espacio andino.

Tres donaciones y legados

En septiembre de 1572, cuatro años después de la llegada de los jesuitas a los Andes, un rico encomendero de La Paz, Juan de Ribas, fundador de la ciudad y miembro de su cabildo (Crespo, 1972, p. 77), se compromete a dotar el futuro colegio jesuita de La Paz con 3.000 pesos de renta anual, para que “se ocupen en los ministerios de la Compañía”.[2] Además de un obraje en La Paz, Juan de Ribas posee el repartimiento de Viacha, a 30 kilómetros de la ciudad (López Beltrán, 1998, p. 32; Jiménez de la Espada, 1965, II, p. 57), camino a Potosí, y cita también la encomienda de Pucará, que le pertenece a la hija de su esposa, Lucrecia de Sanzoles, anteriormente casada con Hernando de Vargas a quien La Gasca recompensó con dicha encomienda (Crespo, 1972, p. 54). Habría también poseído una hacienda y una estancia, con plantaciones de coca y 13.000 cabezas de ganado (Crespo, 1972, p. 77). En 1572, Ribas prevé una renta para que los jesuitas desarrollen misiones en los pueblos de su encomienda.[3] Mientras varias donaciones de los años 1560 se hicieron a título de restitución de bienes a los indios, Ribas no menciona ninguna mala conciencia y pretende ponerle remedio al mal estado en el que se encuentran los estudios y la doctrina cristiana en el virreinato, “para instruir a los indios naturales en las cosas de la santa fe católica”.[4] Para justificar su donación, el encomendero cita el provecho espiritual que sacarán los indios de la zona, y también los españoles, gracias a la enseñanza de la Compañía de Jesús.[5]

Sin embargo el asunto se demoró unos diez años en concretarse, debido a que el virrey Francisco de Toledo, cuyas relaciones con la orden eran tensas en ese entonces, rechazó la autorización para fundar colegios en La Paz y Arequipa, y por tener el donador diversas deudas por saldar antes de concretar su fundación (Maldavsky, 2012, p. 39-40; Boltanski y Maldavsky, 2017).[6] Felipe II recién autorizó la fundación en 1578 y Juan de Ribas confirmó su donación en 1583, con un legado testamentario, antes de fallecer en 1584.[7]

El caso de Alonso de Llanos es diferente, pues pertenece a otra categoría de encomenderos. Este mercader de Arequipa, benefactor del colegio jesuita de la ciudad, llegó a entrar en la Compañía de Jesús como coadjutor temporal, después de que falleciera su esposa, doña María de Cermeño, en 1587. En un primer texto de donación, del 17 de febrero de 1579, Antonio de Llanos se compromete a darle a la Compañía de Jesús 1500 pesos de renta anual, con la condición de que los jesuitas digan misas para la salvación de su lama de la de su esposa, María Cermeño, y les concedan el derecho a sepultura en la capilla principal de su iglesia. Otra escritura, firmada por los dos esposos el 28 de mayo de 1582, anuncia que el pago de la renta prometida se concretaría en junio del mismo año y que la donación comprendía también una estancia y su ganado, de los que los jesuitas disfrutarían después de la muerte de los donadores, 500 pesos suplementarios para objetos de ornamentos de la iglesia y una ayuda para reconstrucción del colegio, después del terremoto en enero del mismo año.[8] Se confirma la donación con la firma del testamento de la donadora, después de su muerte en 1587.[9]

Con éste último documento se entiende que María Cermeño había heredado la encomienda de su primer marido Thomas Faler (ou Farel). Fue a través de esta viuda de encomendero, como solía suceder, que un mercader como Antonio de Llanos accedió al estatuto más apreciado de la sociedad peruana en el siglo XVI. Thomas Faler deja una huella de su paso a las Indias en los archivos de la Casa de la Contratación el 24 de febrero de 1540, y también con su testamento, establecido el 19 de julio de 1542, dos meses antes de la batalla de Chupas.[10] Los padres de Thomas Faler eran originarios de Inglaterra y él viaja al Perú con su esposa, María Cermeño, sus dos cuñadas, Ana y Catalina Cermeño, su suegra Leonor López, cuyo esposo, proveedor de pólvora para la Casa de Contratación, muere antes de zarpar.[11] Las Cermeño viajaban para encontrarse con dos germanos suyos, Cristóbal, conquistador del Cuzco, y Pedro, jefe de los arcabuceros de Gonzalo Pizarro. Según James Lockhart, no eran nobles, pero tampoco humildes. En el Perú se alían rápidamente con uno de los conquistadores de Cajamarca, Martín Pizarro, quien no era pariente de Francisco y Gonzalo, y que Lockhart clasifica como uno de los plebeyos del reparto del botín, pues era analfabeto y de una familia artesana (Lockhart, 1972, p. 117-120; Del Busto, 1963).

La alianza entre Antonio de Llanos y esta familia relacionada con la conquista significa un ascenso social para este mercader, que llega al Perú como correspondiente de una compañía comercial sevillana creada en 1546 (Puente Brunke, p. 270). Activo en la región de Arequipa desde los años 1550, Llanos se especializa en el comercio de vino, azúcar y de bienes brindados por los indios a título del tributo. Además es comerciante al mayor de mercaderías importadas y de las producciones de su encomienda, además de haber iniciado la fabricación textil en el Perú. Sus lazos con Faler se concretan a la hora de comercializar la lana producida por los indios de la encomienda de éste último, lo que confirma la importancia de los encomenderos en el desarrollo de esta actividad entre los indios (Puente Brunke, p. 270-271). Según Keith Davies, quien le designa como un aventurero, Llanos deja de lado parte de sus actividades de mercader después de su casamiento con María Cermeño e invierte para su futuro en la compra de tierras y el cargo de tesorero real de Arequipa, donde es uno de los vecinos importantes en los años 1570 (Keith, 1984, p. 73). Aparece como miembro del cabildo de Arequipa a partir de julio de 1557 (Barriga, 1939, I, p. 372, 374, 375, 378, 405).

En 1589, en un informe dirigido al General en Roma, el provincial de los jesuitas, Juan de Atienza, confirma el detalle de la donación y afirma la entrega por Antonio de Llanos al colegio de 6.000 de los 1.4000 pesos necesarios para asentar la renta prometida después de la muerte de la pareja. Este legado y la entrada de Llanos en la Compañía de Jesús están relacionados con el parentesco entre María Cermeño y el jesuita Martin Pizarro, hijo de su hermana Catalina.[12]

De mayor prestigio es la figura de Francisco Gómez de León Butrón y Mújica, un conquistador que llega al Perú con Pedro de Alvarado en 1534, fundador de Arequipa y encomendero de Camaná, muerto en 1547 en la batalla de Guarina, donde combate por las tropas reales contra Gonzalo Pizarro. Su hijo legítimo, Antonio Gómez de Butrón, aparece en 26 de mayo de 1582 como donador a la Compañía de Jesús de un terreno que linda con el del colegio de la orden. Se trata de realizar, con los jesuitas, una obra pía ordenada por su padre en su testamento póstumo del 10 de junio de 1548.[13] Gómez de León había ordenada que se edificaran unas casas en un terreno que poseía en Arequipa, para que con la renta de su arriendo se pagara el salario de un sacerdote para enseñar la doctrina cristiana a los indios de su encomienda de Camaná. En su testamento póstumo de 1548, redactado en base a un memorial que dejo antes de morir y citado en los documentos de donación de 1582, expresa su mala consciencia por no haber hecho nada para cumplir con su deber de encomendero de cuidar por la evangelización de los indios de su encomienda.[14] El heredero de Gómez de León justifica la donación del terreno a los jesuitas por la disminución dramática de los habitantes de la encomienda de Camaná y por la imposibilidad de sacar una renta suficiente de las casas que debían ocupar el terreno donado y por la destrucción de éstas en el terremoto de ese mismo año. Por lo tanto, vista la imposibilidad de respetar la voluntad de su padre, pero con la conciencia de la responsabilidad moral que acompañaba la herencia de la obra pía deseada por qué padre, Antonio Gómez de Butrón decide transformar esa capellanía en una donación a los jesuitas. Su cuidado por la conversión de los indios le parece un substituto adecuado al financiamiento de un cura preciso.[15]

Esta transformación de una capellanía en obra pia a través de una donación plantea problemas jurídicos y de jurisdicción. Los jesuitas se encargan de pedirle a Gregorio XIII, a través de José de Acosta, la autorización de proceder a esa modificación de estatuto de la obra pía, lo que se logra el 15 de marzo de 1583.[16] Por otro lado, los protagonistas de esta donación prevén un conflicto con el clero secular a quien la capellanía había sido atribuida.[17] En 1585, los jesuitas le piden al General de la orden que solicite la modificación del documento pontifical que avaluaba el terreno en la mitad de su valor, lo que podía ser un motivo de pleito por parte del clero secular.[18] Además, toman la precaución, en junio de 1582, de citar testigos que certifican la ausencia de la capellanía. Entre ellos, Antonio de Llanos, Gónzalo Gómez de Butrón, medio hermano del donador, y Alonso de Luque, regidor de Arequipa, no sólo confirman la voluntad de Gómez de León de fundar una capellanía más de 30 años antes, sino que indican que la obra pia nunca fue llevada a cabo, pues ninguna casa fue construida en el terreno.[19] Uno de los testigos explica incluso que el propietario, Antonio Gómez de Butrón, en demasiado pobre para financiar tal construcción.[20]

Estos tres ejemplos, de los años 1570 y 1580, resumidos aquí rápidamente, revelan la riqueza de las motivaciones de estas donaciones a los jesuitas, por parte de encomenderos de La Paz y Arequipa. Una primera lectura indica que se trata de afirmar comportamientos religiosos comparables a los de la nobleza devota castellana en la misma época. A través de los legados piadosos, estos ricos colonos, independientemente de sus orígenes sociales, afirman su superioridad en la sociedad que se está construyendo en Hispanoamérica. En las ventajas que ofrece el estatuto de fundador y de benefactor de los jesuitas, encuentran los indicadores de distinción útiles para legitimar un estatuto aristocrático. Mientras que en el periodo anterior muchos encomenderos fundaron hospitales y restituyeron bienes directamente a los indios para disculparse de no haber respetado su deber de evangelización, estos ejemplos muestran cómo la Compañía de Jesús es elegida para cumplir con ese deber, fuera de la noción de restitución, en un contexto en el que los encomenderos dejan poco a poco de administrar directamente la cura de las almas de sus indios.

Legados piadosos e identidad nobiliaira hispánica

Las exigencias de los donadores peruanos son típicas de las actitudes frente a la muerte de los nobles españoles del siglo XVI. Demuestran que estos ricos colonos aplican, en el contexto americano las mismas normas que en Europa (Zuñiga, 2002, p. 149). Al definir el honor como uno de los ejes de la sociedad tradicional, José Antonio Maravall (1989, p. 15) explica que las distinciones dentro de la sociedad estamental de la Europa de Antiguo Régimen tiene sobre todo que ver con diferencias de estatuto, de prestigio, de honor, de rango de dignidad y el reconocimiento mutuo de éstas. El poder económico y político contribuye a manifestarlas y a reforzarlas. Las investigaciones sobre las sociedades ibéricas en la época moderna han puesto hincapié en la movilidad, a pesar de la impresión de cierre que parece caracterizarlas. También han demostrado la importancia creciente de la figura del Príncipe en la definición y la legitimación del lugar de cada uno en el juego social (Vincent, Ruiz Ibáñez, 2007, p. 75-77; Carrasco Martínez, 1999, 2000, 2010). También encontramos en América los valores fundadores de la sociedad peninsular, con mayores perspectivas de movilidad por la conquista y la explotación de nuevos territorios. El papel del Rey es ahí fundamental, pues define las élites al controlar el acceso a la tierra y a los honores, como lo revelan las relaciones de méritos y servicios.

Las exigencias de los donadores de Arequipa y La Paz para con la Compañía de Jesús siguen el modelo de las prácticas de los nobles castellanos, cuyas estrategias para construir la memoria familiar toman el camino del patronazgo religioso. Fundan capillas, conventos e iglesias, construyen sepulturas en lugares sagrados, esparcen sus armas en los templos, y obsequian dinero, objetos de culto, en vistas de crear lazos entre el prestigio de la familia y las verdades de la fe (Carrasco Martínez, 2010, p. 211). Elegir el espacio religioso y los rituales funerarios para poner en escena el prestigio nobiliario se verifica ya en el periodo medieval en Castilla y se relaciona con las estrategias conscientes y duraderas para ocupar el espacio público, a través de los lazos entre una familia y una orden religiosa. Los duques del Infantado cultivaron una relación plurisecular con el convento franciscano de Guadalajara, financiado por la familia y sitio de sepultura desde finales del siglo 14 hasta el siglo 19 (Carrasco Martínez, 2010, p. 210-244; Jara Fuente, 1996). La misma actitud se percibe con los Valdés de Gijón, casa nobiliaria de Asturias, con los Fernandez de Cordona o los nobles de Navarra (Fernández Secades, 2009; Molina Recio, 2002; Orduna Portús, 2009). Más allá de las pompas fúnebres (Beaune, 1977; Solignat, 2012), es la alianza con el clero la que manifiesta concretamente el prestigio nobiliario, con la fundación piadosa (Mazel, 2010).

En América, entre los criterios externos de nobleza, se verifican de forma bastante extensa las fundaciones de capellanías, que consisten en inmovilizar un capital que rinda una renta para financiar a un capellán, en general un miembro de la familia, encargado de decir misas para la salvación del alma del fundador y de sus descendientes. Este tipo de fundación sirve para preservar la memoria familiar, financiar a un clérigo, miembro de la misma y mantener en el linaje el patrimonio económico (Ots Capdequi, 1945, p. 125; Wobeser, 1996, 2005; Zuñiga, 2002, p. 163-165; Horvitz, 2006). Sin embargo, la fundación de conventos, y aquí de colegios jesuitas, es una forma más elaborada que la capellanía de fomentar el patronazgo laico sobre las instituciones religiosas, pues radica en el modelo de las familias aristocráticas peninsulares en términos de memoria del linaje y de patronato sobre la Iglesia. El lenguaje y las expectativas de los fundadores españoles en los Andes remiten claramente a las preocupaciones de los nobles castellanos y europeos, cuando eligen un lugar de sepultura para su linaje, deseando obtener los honores de fundadores (Boltanski, 2011; Solignat, 2012; Goudot, 2013). La novedad americana es que estas familias no cuentan con un lugar de sepultura de origen medieval y se encuentran en la situación de crear totalmente una tradición familiar. La elección de una sepultura en una ciudad española y no en la iglesia de la encomienda, revela que los encomenderos consideran que el espacio urbano que proponen las órdenes religiosas es más segura que la encomienda, cuya estabilidad es discutida en ese entonces, además de no ofrecer realmente una dimensión territorial comparable a la de los feudos castellanos.

Por lo tanto, Teresa Ordoñez, rica encomendera del Cuzco, pide, a cambio de una donación de 20.000 pesos para financiar el colegio de los jesuitas de la antigua capital de los Incas, que ella misma y su esposo, Diego de Silva, sean considerados como “fundadores y patronos” del colegio, además de una sepultura en la capilla principal de la iglesia del colegio. Pide además que los restos mortales de Diego de Silva sean transferidos y que la capilla acoja el cuerpo de su hijo, Don Tristan de Silva con sus herederos, y el de sus tres hijas, Paula, Feliciana y Florencia, con sus esposos y herederos respectivos, nacidos y por nacer. En los documentos de fundación, Teresa Ordoñez repite en cada uno de sus párrafos las palabras “fundadores y patronos”, para designarse a sí misma y a su esposo, y especifica que las misas que los jesuitas tendrán que decir para su alma y la de su esposo tendrán que ser celebradas en presencia de su escudo de armas. Además, la candela de cera que se acostumbra a dar al fundador, la recibirá su hijo legítimo, Tristán de Silva, como heredero del estatuto de fundador y patrono. Solicita también la presencia perpetua del escudo de su familia en la iglesia del colegio de los jesuitas del Cuzco y elige una fecha para la misa anual para ella misma y su esposo[21]. El documento original, conservado en el Archivo General de la Nación del Perú, en Lima, lleva el título “Fundación de patronazgo”, términos con los que jesuitas no concuerdan (Boltanski y Maldavsky, 2017).[22]

En Arequipa en 1582, Antoni de Llanos y María Cermeño exigen cosas comparables en términos de sepultura y piden que sus parientes sean enterrados con ellos en la capilla principal de la iglesia del colegio, a la derecha del altar, lo que revela una apropiación del espacio sagrado por el linaje. No sólo los jesuitas tendrán que acoger los restos de los dos donadores, sino también la de Francisco de Yeres, el padre de Llanos, y la del sobrino de María Cermeño, Alonso Pizarro. También prevén que sea transferido el cuerpo de una sobrina de la donadora, Francisca Pizarro, cuya hija, Jerónima Pizarro, la compañera a su vez en la sepultura, además de heredar del estatuto de fundadora con sus propios herederos. El escudo de armas de los donadores tendrá que aparecer claramente el día de su entierro y en los objetos que piensan obsequiar a los jesuitas.[23]

Ese mismo año, Antonio Gómez de Butrón pide, más modestamente ser considerado, él y su padre, como “benefactores” del colegio.[24] Juan de Ribas es mucho menos exigente que Llanos y Ordoñez, pues sólo pide ser considerado como fundador del colegio de La Paz. Parece significativo que Teresa Ordoñez emplee las palabras «patronazgo» y «patrón», cuando designa el estatuto de fundadora que reivindica para su esposo y sus descendientes legítimos. Las Constituciones de la Compañía de Jesús precisan que

primerament, cada semana, se diga una Misa perpetuamente en cualquiera Colegio por el fundador y bienhechores dél vivos y muertos. Ansí mesmo, en el principio de cada mes, todos los Sacerdotes que fueren en el Colegio, sean obligados de celebrar por los mesmos una Misa perpetuamente. Cada año ansí mesmo, el día que se entrega la posesión del Colegio, se diga una Misa solemne en él por el fundador y bienhechores, celebrando a la intención misma todos los otros Sacerdotes que en él moran. En el tal día se presente una candela de cera al fundador o a uno de sus deudos que más propinquo le fuere, o como el fundador dispusiere, con sus armas o devociones, en señal del reconocimiento que se debe en el Señor nuestro. (Loyola, 1963, IV, I, § 309-312, p. 512-513).

Sin embargo el texto explica el sentido de la ceremonia, precisando que “por esa candela se significa la gratitud que se debe a los fundadores, no ius patronatus o derecho alguno a ellos ni a sus successores al Colegio o a sus bienes temporales, que no le habrá” (Loyola, 1963, IV, I, § 314, p. 513).[25]

En una carta a José de Acosta, del 27 de noviembre de 1581, el general Claudio Acquaviva le advierte contra las pretensiones de los donadores y pide que no se emplee el término “patrón” en los textos legales de fundación, sino más bien el término “fundador” y sucesor en la fundación, porque la palabra patrón supone derechos precisos. Pide además que los fundadores no exijan nada preciso en términos de misas o de ministerios, mas allá de lo que aparece en las Constituciones de la orden, y que le tengan confianza a la Compañía, como lo han hecho los papas y los reyes que han participado en fundar colegios[26]. Esta reivindicación de un estatuto de patrón y las condiciones exigidas por los donadores tienen un significado preciso, como lo veremos a continuación.

Además de sentirse atraídos por la orden ignaciana, los fundadores y benefactores también cuentan con la reputación de los jesuitas para encarnar la cultura y la ética nobiliarias hispánicas. El estatuto de fundador equivale a acercarse al ideal del noble español, completando los indicadores de la pertenencia a la aristocracia en las sociedades hispanoamericanas: la posesión de una encomienda, la pertenencia para muchos al grupo de conquistadores y la participación en el poder a través de los cabildos urbanos. De hecho, la pertenencia efectiva de estas familias al grupo de hidalgos es muy dudosa. Para James Lockhart, de los hombres de Cajamarca, sólo un cuarto pertenecía quizás a la franja más modesta de ese grupo (Lockhart, 1972, p. 31-37). La mayoría de los hombres de Cajamarca que permanecieron en el Perú obtuvieron encomiendas y adoptaron un estilo de vida señoril, buscando honores y cargos. Guillermo Lohmann Villena afirma que los hidalgos eran más de lo que se piensa en América. Los esfuerzos de los americanos para entrar en las órdenes militares españolas en el siglo 17 demuestran más bien que sufrían de un déficit de legitimidad (Lockhart, 1972, p. 52-53; Lohmann Villena, 1993).

La ausencia de distinción jurídica en América entre españoles privilegiados exentos de impuestos y españoles pecheros, sólo el hecho de pertenecer al grupo de encomenderos y de poder comprobar un lazo de parentesco con un conquistador eran suficientes para fundar una “nobleza” de españoles en América (Zuñiga, 2002, p. 159-163). La importancia de la reputación en la definición del estatuto de los individuos explica que hayan buscado todos los medios para demostrar un estilo de vida noble o que se le pareciera. El estatuto de fundador y de benefactor de un colegio jesuita era uno de esos medios.

Sin embargo, las motivaciones que animan a estos encomenderos van sin duda más allá de la búsqueda de una reputación de noble y es preciso analizarlas a la luz de las relaciones que tienen con los indios de su encomienda a partir de los años 1570. Sin aludir directamente a la restitución de bienes a los indios, la cláusula de la consciencia sigue vigente en las fundaciones de colegios jesuitas. Es lo que demuestra la documentación de estos legados y donaciones.

Dar en tiempo de paz: deber de evangelización y patronato laico

En efecto, en las cláusulas de las donaciones y legados a los jesuitas por parte de los encomenderos se recuerdan sus deberes en materia de evangelización de los indios. Los fundadores de colegios jesuitas aluden a su mala consciencia por haber descuidado ese deber, lo que remite a los reproches que hicieron los religiosos dominicos a los encomenderos en los años 1550, dando lugar a numerosas restituciones de bienes a los indios (Lohmann Villena, 1966; Maldavsky, 2011). En 1587, Antonio de Llanos declara en el testamento que establece para su esposa, María Cermeño:

Ytem digo y declaro que entre mi y la dicha Maria cermeño mi muger difunta muchas y diversas vezes se trato y comunico sobre las cosas parecederas de este mundo, y lo que ella pretendia para lo que tocava a la salvacion de nuestras animas y descargos de nuestras consciencias y del mucho tiempo que avia que estavamos en este Reyno, y aver gozado de Yndios, tributos, y servicios personales dellos, assi en vida de Thomas Farel su marido con quien ella passo a este Reyno que fue uno de los primeros pobladores del, y despues destar casada conmigo y sobre estas cosas que agravavan su consciencia y que para satisfaction desta y de otras cosas acordamos de que de la hazienda de ambos a dos fuessemos fundadores del collegio de la compañia del nombre de Jhs desta ciudad. (Testamento de María Cermeño, 4 de julio de 1587, AGPN, Papeles de jesuitas 44/61, f. 16).

Los mismos argumentos aparecen en el testamento de Gómez de León, citado en los documentos de donación de su hijo al colegio jesuita de Arequipa en 1582. El padre explica en 1548 que está “en cargo a mis indios de muchos dineros que me an dado y ningún fruto e hecho en ellos en los doctrinar y alunbrar en las cosas de nuestra santa fe católica”.[27]

Fundar un colegio jesuita no es exactamente lo mismo que restituir bienes a los indios directamente o a través de fundaciones piadosas (Maldavsky, p. 2016). Sin embargo, los donadores de los años 1570 y 1580 relacionan su gesto hacia una orden misionera con su deber de evangelización.

En 1575, Juan de Ribas le pide a los jesuitas que emprendan misiones con los indios de su encomienda y de la de su hija política, sin imponerles frecuencia alguna.[28] También solicita a los jesuitas como curas de indios para su encomienda, si decidieran asumir ese tipo de cargo, lo que la Compañía de Jesús consideraba como contrario a sus Constituciones. Como en la Nueva España, en los Andes los miembros de las otras órdenes religiosas asumían el papel de curas de indios. Sin embargo los jesuitas se limitaron rápidamente, desde su llegada en 1568, a dos doctrinas de indios, Santiago del cercado y Juli, a pedido de las autoridades civiles y religiosas. En el momento de la donación de Ribas, acababan de dejar la doctrina de Huarochirí, y estaban en conflicto con el virrey Francisco de Toledo, al respecto (Maldavsky, 25012, p. 39-40).

Ribas y su esposa ya habían procedido de la misma forma con los agustinos, pues habían contribuido a la fundación de su convento en La Paz en 1563 y les habían “dado” la cura de almas de su encomienda de Anco Anco, actuando como verdaderos patrones laicos (La Calancha, 1639, p. 511).

En Arequipa, en 1582, Antonio de Llanos y María Cermeño les piden a los jesuitas

que cuando el dicho colegio de la dicha Compañía desta ciudad tuviere Padres para inbiar fuera desta dicha ciudad a las minsiones [sic] que la dicha Compañía suele hazer, los tales padres tengan especial ciudado y memoria de los indios de nuestro repartimiento ques en Condesuyo, que se llama, los Chilpacas y Salamanca y Chichas, y en esta dicha ciudad los canchis que residen en Characato. (Arequipa, 28 de mayo de 1582, MPI, p. 166-167.)

El texto se refiere a la encomienda de la pareja, situada dentro de la jurisdicción de Arequipa, en la frontera del Condesuyo que dependía del Cuzco, y a los indios mitmakuna, pertenecientes al mismo grupo de dicha encomienda, pero residentes cerca de la ciudad (Puente Brunke, 1992, p. 411; Málaga Medina, 1975, p. 65). En 1575, el cura de Chichas y Chilpacas puede haber sido Gaspar de Ayala, quien aparece en la lista de los vecinos de Arequipa que contribuyeron a financiar la guerra contra los turcos, a pedido de Felipe II (Barriga, 1940, p. 393). Los documentos de la visita ordenada por Francisco de Toledo en la región indican que un cura secular atiende a la doctrina cristiana de los indios de Chilpaca y Achamarca, que son las encomiendas que corresponden al pueblo de reducción de Salamanca, citado en la donación (Cook, 1975, p. 227 y 231).

Antonio de Llanos muere diez años después, el 3 de diciembre de 1592 a las cuatro de la mañana. Es entonces miembro de la orden como coadjutor temporal y acaba de establecer su testamento, el 1ro. de diciembre, en el cual lega el resto de sus bienes a la Compañía de Jesús. Cita entre ellos una viña que había plantado con Thomas Farel. En el codicilo, hecho el mismo día, desea que las rentas de esa viña sean repartidas por los jesuitas entre los indios pobres de Chilpacas, cuando los padres hicieren sus misiones en la zona.[29] Las viñas se citan en una memoria también dejada por Llanos en manos de los jesuitas, «Memoria que yo el Pe Antonio de Llanos de la compagnia de jesus hago para que el p provincial de la dha compagnia descargue mi consciencia» (AGNP, Jesuitas 44/61, f. 36-38). Estos documentos fueron copiados en 1654-1655, para rendir cuentas a los herederos de Llanos, lo que revela que existió una investigación para justificar la propiedad o el usufructo de esos bienes por la Compañía de Jesús. Al margen de la copia de dicha memoria, se puede leer la mención siguiente:

El Pe francisco Conde fue a mission a esos indios por diez. de 1620. Llevo orden de saber del estado de esta viña, hallo que estaba del todo acabada, sin azequia y sin cepas, y solas las tierras: y que estas estaban por de los indios y no por nosotros. (Memoria, AGNP, Jesuitas 44/61, f. 36v ).

Antonio Gómez de Butrón también pide algo parecido en su donación:

Iten encargo y pido y ruego yo, el dicho Antonio Gómez de Buitron, a la dicha Compañía de Jesus y religiosos della, que quando algunos Padres religiosos salieren desta dicha ciudad a misiones, que se acuerden en particular de industriar y enseñar a los indios y naturales que ubiere en el dicho valle de Camaná en las cosas que para su salbacion convenga y en las cosas de la santa fe católica y su conversión. (MPIII, p. 156).

Resulta difícil a firmar que estas misiones se hacían con frecuencia. Se puede razonablemente pensar lo contrario, vista la observación hecha durante la misión de 1620 en las viñas de Llanos. Esto demuestra que la Compañía de Jesús se sentía libre de no respetar a la letra las solicitaciones precisas de sus benefactores.

Para los encomenderos, lo que está en juego en los años 1570, a través de las donaciones a los jesuitas con la promesa de hacer misiones, es a la vez la voluntad de restituir y de respetar el deber de evangelización, además de preservar la memoria familiar y de mantener un lazo de patronazgo laico con los indios de su encomienda. Mientras que en los años 1540 y 1550, los encomenderos habían gozado de una gran libertad nombrando o no el personal religioso para su encomienda, ya en los años 1570, con la afirmación del patronato real y de las normas tridentinas, ya no participan de forma activa en la nominación de los curas de su encomienda, pues éste es nombrado por el corregidor y el obispo. Esta evolución acompaña la oposición de una parte del clero a la perpetuidad de las encomiendas, que el Rey fue tentado de conceder, a cambio de dinero, sin jamás tomar una decisión definitiva durante la segunda mitad del siglo 16, a pesar de un intenso debate en el Consejo de Indias como en el Perú (Goldwert, 1955-1956, 1957-1958). También coincide con las limitaciones al poder de los encomenderos por parte de la Corona durante el siglo XVI, ya sea la prohibición de residir con los indios, así como de beneficiarse con la mano de obra indígena, reduciendo su margen de maniobra a la de rentistas de un tributo calculado por los funcionarios de la Corona.

En estas condiciones, cuando ya no es posible ejercer un patronato laico directo con la administración religiosa de los indios de la encomienda, la mediación de una orden religiosa como la Compañía de Jesús, que acostumbraba a emprender misiones rurales, podía ser una forma alternativa de preservar el poder señoril. Ello explica el uso de la palabra “patrón” por ciertos donadores y sus exigencias en materia de evangelización. El sueño de seguir eligiendo al cura de la encomienda no desaparece, pues Juan de Ribas manifiesta su deseo de que los jesuitas tomen a su cargo la administración espiritual de los indios de su encomienda en 1575. Pero los jesuitas no aprueban ese tipo de cláusulas y no prometen respetarlas. El general Claudio Acquaviva lo apunta en la carta citada a José de Acosta de 1581, porque a pesar de que la predicación y la enseñanza de la doctrina cristiana estén inscritas en sus Constituciones, los jesuitas desconfían de la obligación contractual que supone una donación establecida delante de un escribano.[30] Sin embargo, la petición de los donadores fue sin duda lo suficientemente insistente para que las clausulas fueran preservadas en los documentos, lo que invita a reflexionar sobre su significado, en un contexto de fragilidad de la situación de los encomenderos. El destino de la viña de Antonio de Llanos demuestra que los jesuitas no se preocuparon de sacarle provecho a esa tierra y que se la dejaron a los indios, quienes la utilizaron con otros objetivos. Treinta años después del legado, en 1620, existe una tierra utilizada por los indios y el nombre de Llanos sigue presente en los documentos, gracias a la mano del escribano. El encomendero consigue su objetivo: la memoria de su nombre no se ha perdido, ni la del bien que de cierta manera le restituyó a los indios a través de los jesuitas. Estos aceptaron la viña, porque obtenían beneficios más interesantes por otro lado, pero no formaba parte de sus prioridades y se la dejaron a los indios.

No es una casualidad si el apoyo a los jesuitas se concreta para algunos donadores en un momento en el que emprenden tramites con la Corona para consolidar su posición social. En septiembre de 1581, los hermanos Gómez de Butrón, Antonio y Gonzalo, piden una «Información de méritos y servicios» de su padre, Francisco Gómez de León Butrón y Mújica, con el objetivo de obtener mercedes reales. La pregunta nro. 14 que se propone a los testigos de esta información insiste en la pobreza de Antonio, lo que no le permite vivir conforme a la calidad de su persona.[31]

Según José de la Puente Brunke, la situación económica de los encomenderos se fue deteriorando en la segunda mitad del siglo XVI debido a la catástrofe demográfica que afecta entonces a la población indígena, lo que vuelve más urgente aun la lucha por la perpetuidad de las encomiendas. Las Leyes nuevas de 1542 habían limitado su atribución a dos vidas y le dejaban al rey y a sus funcionarios la posibilidad de prolongar la merced en función de los casos (Puente Brunke, 1992, p. 274-293). Esto explica que se multipliquen entonces las peticiones de mercedes reales, como la de los hermanos Gómez de Butrón. A pesar de que la encomienda ya no significaba necesariamente un beneficio económico de gran envergadura, a causa de la disminución de la renta, seguía siendo sinónimo de prestigio (Puente Brunke, 1992, p. 298). En el caso de los hermanos Buitrón, los documentos de donación, así como los de la información hecha para obtener mercedes reales, alegan de la precariedad de los descendientes del conquistador. Gómez de león había sido fundador de la villa de Camaná en 1539, posteriormente transferida a Arequipa. Había entonces obtenido la encomienda de Majes, Pampamico et Camaná, de manos de Francisco Pizarro por una vida, y su hijo legítimo, Antonio, se beneficiaba de ella por dos vidas más. Los indios tributarios de dicha encomienda pasaron de 174 en 1573 a 53 en 1602, lo que confirma las afirmaciones de Antonio Gómez de Butrón y de los testigos solicitados por los jesuitas en 1582 (Puente Brunke, 1992, p. 420; Málaga Medina, 1989, p. 91) y es coherente con los estudios demográficos sobre la disminución drástica de la población indígena en la costa meridional del Perú (Cook, 1981, p. 59-74).

Sin embargo, a pesar de que los documentos no permiten concluir que los descendientes de Gómez de León gozaran con una situación económica acomodada, sabemos que Antonio poseía en 1570 una estancia y una heredad, además de pertenecerle el tambo de Siguas, donde servían los indios de su encomienda, desde 1556, cuando era aún menor de edad (Davies, 1984, p. 191-192; Barriga, 1939, p. 384-385). Según las Relaciones Geográficas, Antonio Gómez de Butrón poseía además, a inicios de los años 1570, «buen ingenio de azúcar», en el valle de Camaná[32] y declara él mismo estar casado con Doña Juana de Peralta Cabeza de Vaca, hija legitima de Diego Peralta Cabeza de Vaca, lo que lo sitúa dentro de las familias más importantes de Arequipa todavía en el siglo XVII.[33] Esta alianza le permitió solicitar al hermano de su esposa en 1581, don Diego de Peralta Cabeza de Vaca, quien fue después corregidor del valle de Colca (1596-1600), en la región de Arequipa (Cook, 2003, p. 428), pues le nombra como procurador, además de su propio hermano, para establecer la Relación de méritos y servicios de su padre (AGI, Lima, 249, N.12(1), f. 1.). Según Keith Davies, la economía vitícola de Arequipa sufrió una crisis de sobreproducción en el último tercio del siglo 16, debida a la caída de los precios, con la que se benefician sobre todo los mercaderes. Esto provocó una contracción de la propiedad y los Gómez de Butrón ya no aparecen como propietarios de bienes vitícolas en el siglo 17, lo que podría resultar de dicha crisis (Davies, 1984, p. 84-98, p. 206).

El sentimiento de fragilidad que revela la petición de Gómez de Butrón en 1582 se debe relacionar con la amargura que expresaron los criollos ya en la segunda mitad del siglo 16, relacionada con la impresión de descenso social que sentían los descendientes de conquistadores (Lavallé, 1993; Saint-Lu, 1970). Si la batalla por la perpetuidad de las encomiendas ya no está más a la orden del día, lo que impide el asentamiento de un sistema señorial en América (Puente Brunke, 1992, p. 300), los encomenderos y sus descendientes desarrollan actividades lucrativas, con éxito variable, como Lucas Martinez Vegazo (Trelles Arestegui, 1991), y a alianzas matrimoniales con funcionarios de la Corona, lo que les permite acceder a mercedes reales, manteniendo así su estatuto social.

Fundar conventos y, por lo tanto, participar de forma activa en la construcción de un espacio cristiano, son argumentos claramente expresados por los encomenderos en sus trámites con la administración real. En febrero de 1580, Juan de Ribas, le pide al Consejo de Indias que prolongue el beneficio de su encomienda por una vida suplementaria. Explica que va a gastar todo su bien en fundar un colegio jesuita en La Paz, cuyos residentes irán a predicar a los indios de la zona. También alude a la fundación de un convento de religiosas de la Santa Trinidad en Lima, por su esposa y la hija de ésta. Esta petición acompaña una copia de su Relación de méritos y servicios, hecha en 1565. La petición es rechazada el 23 de abril de 1583.[34]

El argumento se explica por las incertidumbres acerca del futuro de la encomienda en ese entonces y por la reducción del papel religioso de los encomenderos. Se agrega el peligro de ser condenado a pagar una multa por no haber respetado el deber de evangelización. Por lo tanto, la caridad evangelizadora, a través del estatuto de fundador de una orden religiosa dedicada a las misiones, le permite a los encomenderos establecer un dispositivo hasta cierto punto independiente del rey y de los obispos. Varios objetivos se alcanzan de esta forma. Los encomenderos alivian su consciencia y se esfuerzan por poner su alma al abrigo de la damnación. Al mismo tiempo, preservan lazos de patronazgo con los indios. Excluidos de la nominación del cura de su encomienda, sin seguridad de poder legarla a sus herederos, los encomenderos recurren a un intermediario capaz de asumir el deber de evangelización que les corresponde, urdiendo una relación que no tiene límites en el tiempo. Con los jesuitas, se plantea el carácter perpetuo de la fundación piadosa, a la que se suma la petición de misiones a indios precisos e identificables. Este lazo puede ser interpretado como un esfuerzo por mantener una relación señorial a través de la reivindicación del estatuto de patrón laico, a pesar de que la dominación sobre los habitantes de la encomienda se vuelva teórica. Por este medio, los encomenderos adhieren a un modelo de comportamiento nobiliario, cuya justificación no depende de su participación a la guerra por la fe, como lo era para los primeros conquistadores, y cuyo fundamento ya forma parte del pasado y deja de ser vigente a finales del siglo 16. Sin embargo, los encomenderos demuestran que siguen teniendo un papel en la propagación de la fe, gracias a la mediación de los jesuitas.

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  1. Universidad Paris Ouest Nanterre la Défense. Contacto: maldavsky@free.fr.
  2. Donación de Juan de Ribas, Lima, 2 de septiembre de 1572 (Egaña, 1954, MPI, p. 481-487). El general Everardo Mercurian acepta la donación en Roma, el 20 de agosto de 1573 (MPI, p. 549-552) y ésta se confirma con un nuevo documento notarial hecho en Lima, el 30 de agosto de 1575 (MPI, p. 728-738). Un resumen de la donación de Juan de Ribas puede leerse en Mateos (1944, p. 258).
  3. MPI, p. 481-487, p. 728-738.
  4. MPI, p. 729.
  5. MPI, p. 730. Sobre la encomienda de Viacha, Archivo General de Indias (AGI), Patronato (113, R.9, f. 2). La mitad de la encomienda de Viacha (y sus 3.000 pesos de renta anual) fue atribuida a Juan de Ribas por el Licenciado La Gasca: Relación de méritos y servicios de Juan de Ribas, presentada al Consejo de Indias en 1563, AGI, Patronato (113, R.9, f. 13).
  6. Informe de Juan de la Plaza, desde el Cuzco, 12 de diciembre de 1576 (MPII, p. 147-149).
  7. Ordenanza de Felipe II, que autoriza la fundación del colegio de La Paz y la donación de Juan de Ribas, Madrid, 13 de diciembre de 1577 (MPII, p. 329). Otro texto de donación, La Paz 28 de marzo de 1582, (MPIII, p. 116-124). Testamento y legado, La Paz, 24 de diciembre de 1583 (MPIII, p. 318-328). Muerte de Juan de Ribas anunciada por el provincial de los jesuitas, Baltasar Piñas, el 12 de enero de 1584, (MPIII, p. 329-330). Su testamento y el inventario de sus bienes están en el Archivo histórico Chile, Jesuitas (405, f. 3-28).
  8. Arequipa, 28 de mayo de 1582 (MPIII, p. 162-175).
  9. El testamento de María Cermeño, 4 de julio de 1587, se encuentra en los documentos del testamento y la sucesión de su esposo. Archivo General de la Nación del Perú (AGNP), Papeles de jesuitas 44/61 ( f. 13-17).
  10. Testamento de Tomas Faler, Lima, 19 de julio de 1542. AGNP Protocolos, siglo XVI, Pedro Salinas, n°153 (f. 244v-246v).
  11. AGI, Pasajeros (L.3, E.1258, 24/02/1540).
  12. Carta de Martín Pizarro a Claudio Acquaviva, Arequipa, 28 de enero de 1585 (MPIII, p. 530-531). Llanos aparece como coadjutor temporal del colegio de Arequipa en el catálogo breve de 1591 (MPIV, p. 668). Muere el 3 de noviembre de 1592 y su muerte es anunciada en la carta anua del 6 de abril de 1594, que recuerda su calidad de fundador del colegio de Arequipa (MPV, p. 375).
  13. Documentos de donacion de Antonio Gómez de Butrón a la Compañía de Jesús, Arequipa, 26 de mayo de 1582 (MPIII, p. 147-162).
  14. MPIII, p. 149.
  15. MPIII, p. 153.
  16. Documento pontifical (MPIII, p. 262-264).
  17. De esta donación surge un conflicto entre la Compañía de Jesús y un cura secular sobre este tema, según una carta de Baltasar Piñas a Claudio Acquaviva, La Paz, 12 de enero de 1584 (MPIII, p. 331).
  18. Carta de Alonso Ruiz a Claudio Acquaviva, Cuzco, 26 de diciembre de 1585 (MPIII, p. 725).
  19. MPIII, p. 175-184.
  20. Testimonio de Baltasar Torres, du 9 juin 1582 (MPIII, p. 180).
  21. Los documentos de la donación de Teresa Ordoñez al colegio del Cuzco, Cuzco, 30 de diciembre de 1576, MPII, p. 187-201, y las condiciones en las p. 192-197.
  22. «Fundación de patronazgo», AGNP, Compañía de Jesús, 24-21, f. 1.
  23. Arequipa, 28 de mayo de 1582, MPIII, p. 166. Archivum Romanum Societatis Iesu, Fondo Gesuitico 1361/14,8.
  24. Documentos de donación de Antonio Gómez de Butrón a la Compañía de Jesús, Arequipa, 26 de mayo de 1582 (MPIII, p. 156).
  25.  Sobre las relaciones entre la Compañía de Jesús y los fundadores, ver Boltanski y Maldavsky (2017).
  26. Carta de Claudio Acquaviva a José de Acosta, 27 de noviembre de 1581 (MPIII, p. 80-82).
  27. Testamento de Gómez de León, citado en los documentos de donación de Antonio Gómez de Butrón a la Compañía de Jesús, Arequipa, 26 de mayo de 1582, MPIII, p. 149.
  28. MPI, p. 730. Sobre la encomienda de Viacha: AGI, Patronato, 113, R.9, f. 2.
  29. Codicilo al testamento de Antonio de Llanos, Arequipa, 1° de diciembre de 1592, AGNP, Jesuitas 44/61, f. 10-10v.
  30. Carta de Claudio Acquaviva a José de Acosta, 27 de noviembre de 1581 (MPIII, p. 80).
  31. AGI, Lima, 249, N.12 (1), f. 4v. Esta «Relación de méritos y servicios» de Gómez de León está incluida en el legajo de su bis nieto, Antonio de Butrón y Mújica, cura de la catedral de Arequipa, quien pide una promoción en 1657.
  32. “Descripción de la ciudad de La Plata, Cuzco y Guamanga, y otros pueblos del Perú” (Jiménez de la Espada, 1965, p. 49-50).
  33. AGI, Lima, 249, N.12 (1), f. 4v. Era una de los 18 herederos del conquistador (Davies, 1984, p. 105).
  34. AGI, Patronato, 113, R.9, f. 2-2v et f. 53.


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