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La Provincia jesuita de Nueva España

Criollismo e identidad

María Cristina Torales Pacheco[1]

… los escritores, ya en plena madurez criolla, parecen imantados por la interna e incontenible necesidad de ponderar, en extremos de lo inverosímil, todo cuanto pertenece a la naturaleza y a la cultura de la que, dotada de un pasado clásico propio, ya llaman patria. El elogio desmedido es como el oro del retablo que le han levantado a un mundo sin mácula; adornado de ingenio, piedad, valor y fidelidad incomparables; provisto de riquezas sin tasa y engarzado con ciudades de mítica opulencia y hermosura; de un mundo donde, bajo la sonrisa de un cielo benigno, rivalizan en hermandad la religión, las ciencias y las artes y donde transcurre la vida al amparo amoroso de la divina protección de una soberana doncella criolla. Un paraíso, ¡quién lo duda! Pero, y esto es lo decisivo, un paraíso americano.

(Edmundo O`Gorman. Meditaciones sobre el criollismo, 1970)

La Provincia Mexicana actualmente está integrada por 380 jesuitas y en el mundo hay 17.287 (https://www.sjmex.org Consulta 25/03/2017). Al tiempo en que se aplicó la pragmática del extrañamiento de la Compañía de Jesús en América, en 1767, la Provincia de Nueva España contaba con 678, casi el doble de los que hoy integran las 56 comunidades que hay en el territorio mexicano.

De los jesuitas del siglo XVIII, 68.4% habían nacido en América, 22.6% en la Península Ibérica y 9% fueron calificados como extranjeros (Zelis, 1871, p. 142). La mayoría de éstos procedían de la Asistencia Germánica. Esto nos permite afirmar que por el lugar de origen de sus integrantes, la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús fue una provincia criolla y su trayectoria histórica nos permite apreciarla como una corporación celosa de su identidad “novohispana”. No sólo el lugar donde nacieron sus integrantes es lo que le confiere el calificativo de criolla. En consistencia con el epígrafe que precede estas líneas, los jesuitas novohispanos proclamaron e hicieron visible y manifiesto el orgullo por su singularidad a través de la escritura. En sus crónicas, menologios y cartas edificantes, obras de carácter histórico que llevaron a la imprenta, mostraron el reconocimiento y exaltación del territorio y la naturaleza novohispanos y sustentaron en su trayectoria histórica en tierras americanas, su identidad como “provincia mexicana” bajo el amparo de la virgen en su advocación de Guadalupe del Tepeyac.

La estética de la Compañía de Jesús en el reino de Nueva España tuvo también un lugar protagónico a este respecto. La fisonomía de la arquitectura de sus iglesias cuyo modelo fue la iglesia del Gesù en Roma, fue interpretado por los artífices novohispanos qué valiéndose de los materiales propios de las diversas regiones del territorio mexicano, otorgaron a sus diseños y ornamentación un sello particular (Díaz, 1982). También lo hicieron en los magnos edificios de sus colegios y en sus austeras misiones. Los pintores y escultores, algunos de ellos coadjutores temporales, otros artífices contratados por ellos, hicieron lo propio en las representaciones plásticas de Jesús, de María, en sus muy diversas advocaciones así como en las de los numerosos santos que promovieron como modelos de virtudes cristianas. Estas imágenes fueron custodiadas y veneradas en sus capillas domésticas, las de las congregaciones que dirijieron así como los templos de sus colegios y convictorios en los que hicieron partícipes de sus celebraciones a la sociedad en general. Mediante su intensa y constante tarea pastoral, los jesuitas de Nueva España, impregnaron en los feligreses católicos la espiritualidad ignaciana y fomentaron en ellos la devoción a los santos de la corporación y a las diversas advocaciones marianas que ellos mismos introdujeron. De manera ejemplar, fue su decisiva participación en la promoción de Nuestra Señora de Guadalupe, principal símbolo de la identidad de los novohispanos y después de la independencia de la monarquía española, del pueblo mexicano y continua hasta nuestros días como el principal símbolo de la identidad en México. Estas particularidades hicieron de la provincia mexicana jesuita, un cuerpo sólido orgulloso de su identidad, que a pesar de las adversidades, logró mantenerse unido en el exilio aún después de la extinción dictada en 1773 y sus miembros, no repararon hasta ver restablecida su corporación en su patria.

Para aproximarnos a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, como una corporación cuyas características e iniciativas pueden ser explicadas en un sentido cultural, desde una concepción criolla, debemos apreciar entre sus fortalezas, su composición multicultural, la que entre otras cosas, hizo sensible a sus miembros para el aprecio y reconocimiento de los otros, de los americanos a los que acercaron a la fe católica desde la aprehensión de su cultura: sus lenguas, sus usos y costumbres. Desde una perspectiva económica, la auto sustentabilidad de sus colegios y misiones contribuyó también a su reafirmación y a su singularidad (Torales, 2014, p. 28). Como trasfondo de los procesos culturales debemos tener presente el esfuerzo importante que desde los primeros años los jesuitas realizaron para garantizar la viabilidad de sus fundaciones. Además de los patronazgos que cada colegio tuvo para su fundación, se hicieron de propiedades agrarias que se distinguieron por su eficiente administración. Con el fruto de éstas, participaron en el abasto de los principales centros urbanos. Los capitales adquiridos por la comercialización de los productos de la tierra de sus numerosas haciendas e ingenios les permitió, entre otras cosas, la edificación de sus magníficos colegios, templos y misiones, exigiéndose, en su fisonomía y solidez, edificios modelos de perfección. A partir de estas afirmaciones, nos aproximamos al criollismo de la Provincia Mexicana (Torales, 2011, p. 167-183; 2012, “La Provincia…” v. 3, p. 1483-1502; 2012, “Multiculturalidad…”, p. 133-151).

Una provincia criolla

El año de 1572, los jesuitas arribaron al reino de Nueva España, apenas siete años después de la clausura del Concilio de Trento. Ignacio de Loyola, por medio de su secretario, el padre Polanco, el año 1549 dejó inscrito su interés de que los jesuitas participaran en el proyecto novohispano en una carta a los padres Francisco de Estrada y Miguel de Torres: “…al México ínbien si le pareze, haziendo que sean pedidos ó sin serlo” (Monumenta Ignatiana, II, p. 302). Sin embargo, sólo aprobó el santo de Loyola para América la Provincia de Brasil en 1553. Desde Nueva España, había sido demandada la presencia de los jesuitas por el obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga y por Alonso de Villaseca, poderoso minero y terrateniente que ofreció aportar los gastos del viaje (AGNM, Archivo Histórico de Hacienda, v. 258, exp. 2. Paquete 7).

Fue por las indicaciones del Tercer General San Francisco de Borja, en atención a la solicitud del rey Felipe II en su real cédula del 26 de marzo de 1571 que los jesuitas cruzaron el Atlántico bajo el patrocinio real y dieron origen a la Provincia mexicana (Sánchez Baquero, 1945, p.18). Apenas recién llegados, atrajeron a varones nacidos en América, jóvenes y mayores, interesados en sumarse a las iniciativas de renovación de la fe católica impulsadas por los soldados de Cristo en las principales ciudades del virreinato. En consistencia con el espíritu posconciliar, sus primeras obras fueron orientadas a la educación de los jóvenes en las principales ciudades del virreinato. Fue hasta fines del siglo XVI que a solicitud de Gregorio XIII y del mismo monarca Felipe II, que el cuarto prepósito general de la corporación jesuita, Everardo Mercuriano, dispuso que los jesuitas en Nueva España, también fungieran como misioneros y participaran en la difusión de la fe entre los indígenas gentiles (Torales, 2011, pp. 77-107). Eso nos hace calificar a la Provincia Mexicana como una provincia mixta. Como misionera contribuyó a la expansión de la cultura occidental en el noroeste del territorio novohispano. Como educadora de la juventud cristiana, fundó sus colegios en las principales ciudades para las repúblicas de españoles. Estos espacios que garantizaron la incidencia jesuita en la educación de la juventud novohispana fueron los semilleros de vocaciones, lo que explica que desde fechas tempranas, numerosos, jóvenes mestizos y criollos nacidos en América, estudiantes en los colegios jesuitas, ingresaran a la Compañía de Jesús.

Poco más de cien años después del arribo de los jesuitas a la Nueva España, el año de 1680, la Compañía de Jesús tenía en la Ciudad de México, la Casa Profesa, el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, el Seminario convictorio de San Ildefonso para alumnos externos, el Colegio de San Andrés y el Colegio de San Gregorio para indios. En Puebla, la segunda ciudad en importancia del virreinato estaba el Colegio del Espíritu Santo en donde los jóvenes jesuitas se formaban para la Tercera Probación, el Colegio de San Ildefonso para estudiantes externos, el Seminario de San Jerónimo para Menores y el Seminario de Sa Ignacio para Mayores. En el siglo XVIII había también un colegio para indios, el de San Francisco Xavier. También había Colegios en Celaya, Chiapas, Durango, Guadalajara, Guanajuato, Guatemala, en la Habana, León, Mérida, Oaxaca, Sinaloa, San Luis de la Paz, Pátzcuaro, San Luis Potosí, Querétaro, Valladolid, Veracruz y Zacatecas. En Tepozotlán además del Colegio noviciado de primera probación, existía el Seminario de San Martín para indios. Había entonces residencia en Campeche, Chihuahua, Parral, Parras y Puerto Príncipe. Los jesuitas tenían misiones en Chinipas, Sinaloa, Sonora, Tarahumara e iniciaban sus tareas evangelizadoras en California y Nayarit.

A poco más de cien años de haber llegado, los jesuitas atendían la educación de los varones en las principales ciudades de Nueva España, en algunas de ellas además de colegios, contaban con seminarios convictorios y trabajaban en la fundación de colegios en espacios donde apenas tenían su residencia.

La Provincia Mexicana en su esplendor

El 19 de noviembre del año 1750 falleció el prepósito general de la Compañía de Jesús, el padre Francisco Retz, a la edad de 77 años. En ese tiempo había en el mundo 22.642 jesuitas de los cuales 11.345 eran sacerdotes. distribuidos en 39 provincias que integraban las cinco asistencias: Itálica, Portuguesa, Hispánica, Gálica y la Germánica. Ésta era la más numerosa, estaba integrada por 10 provincias y 8.747 jesuitas, tan sólo en la provincia de Austria había 1.771 jesuitas. Mientras en la Asistencia Hispánica, integrada con las provincias de Toledo, Castilla, Aragón, Andalucía o Bética, Cerdeña, Perú, Chile, Nuevo Reino, México, Filipinas, Paraguay y Quito, la más poblada de ellas era Castilla que tenía 718 miembros. La Provincia Mexicana a cargo del padre Juan Antonio Baltazar era la más numerosa fuera de Europa, contaba con 615 miembros, de éstos, 382 eran sacerdotes. Tenía también el mayor número de colegios fuera de Europa y ocupaba junto con Venecia, el décimo lugar de las provincias con mayor número de éstos. No obstante que desde fines del siglo XVII la Provincia se vio enriquecida con la presencia de jesuitas centroeuropeos adscritos a la Asistencia germánica, la Provincia era mayoritariamente criolla, sus miembros habían nacido en tierras novohispanas.

La Provincia registró en su Catálogo (Catalogus personarum, & Domiciliorum, Ano MDCCLI) 23 colegios, 1 noviciado, 8 seminarios y convictorios, 5 residencias y 9 rectorados de misiones.

copia alta resolución

Catálogo de la Provincia Mexicana en 1750. Archivo Histórico de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús.

Cabría mencionar que tres de los calificados como colegios, no tenían en sus funciones las formación de jóvenes. El Colegio de San Luis de la Paz y el Colegio de Sinaloa fungían como espacios de apoyo para la expansión y gobierno de las misiones por lo que en ellos no residían maestros. Los sacerdotes que en ellos vivían colaboraban en la atención sacramental de los feligreses. El Colegio de San Andrés, que originalmente se fundó en la ciudad de México para noviciado, contaba con la casa de ejercicios Ara Coeli que el año de 1750 abrió sus puertas para trasmitir la espiritualidad ignaciana a los vecinos de la capital del virreinato. En san Andrés, también vivían los padres procuradores de la Provincia, los procuradores de las misiones y los procuradores de algunas de las haciendas como la de Arroyo Zarco que apoyaba las misiones de California y el ingenio de azúcar de nombre Xochimancas que en el siglo XVII adquirió el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Vivían también en San Andrés los socios de los procuradores y sus asistentes. Eso explica que en 1750 había en ella 12 sacerdotes y 17 coadjutores temporales.

Jesuitas en la Provincia Mexicana[2]
Año Cant. Año Cant.
1680 387 1708 509
1687 412 1714 510
1690 451 1750 622
1693 484 1764 675
1698 513 1767 678
Asistencia Hispánica en 1750
Provincia Jesuitas Colegios Residencias Rectorados de misiones
Perú 526 15 3
Chile 242 10 10
Nuevo Reino 193 9 1
Mexicana 615 23 5 9
Filipinas 126 5 12 1
Paraguay 303 10 1 7
Quito 209 11 4

La Compañía de Jesús en 1750

Ciudad de México

Casa Profesa: 18 sacerdotes; 13 coadjutores. Total 31.

Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo: 38 sacerdotes; 42 escolares; 15 coadjutores. Total 80.

Seminario mexicano de San Ildefonso: 2 sacerdotes, 2 escolares. Total 4.

Colegio mexicano de San Andrés: 12 sacerdotes; 17 coadjutores. Total 29.

Colegio mexicano de San Gregorio: 6 sacerdotes, 2 coadjutores.

Colegio para la Primera probación en Tepozotlán: 10 sacerdotes; 11 novicios juniores; 34 novicios escolares; 6 coadjutores antiguos; 14 coadjutores nuevos 14. Total 71.

Colegio de san Martín para indios: 1 sacerdote.

Puebla

Colegio del Espíritu Santo para la tercera probación: 40 sacerdotes; 3 escolares; 17 coadjutores. Total 60

Colegio de San Ildefonso: 15 sacerdotes; 24 filósofos; 6 coadjutores.

Colegio de San Francisco Xavier: 8 sacerdotes; 3 coadjutores. Total 11.

Seminario de San Ignacio: 2 sacerdotes.

Seminario de San Jerónimo: 1 sacerdote; 1 escolar.

Colegio de Querétaro: 7 sacerdotes; 1 escolar; 3 coadjutores. Total 11.

Seminario de Querétaro: 1 sacerdote.

Colegio de San Luis de la Paz: 5 sacerdotes.

Colegio de San Luis Potosí: 5 sacerdotes; 1 escolar; 3 coadjutores. Total 9.

Colegio de Zacatecas: 6 sacerdotes; 1 escolar; 3 coadjutores. Total 10.

Colegio de Guadalajara: 7 sacerdotes; 1 escolar; 3 coadjutores. Total 11.

Seminario de San Juan Bautista en Guadalajara: 1 sacerdote; 1 escolar.

Colegio de Guatemala: 8 sacerdotes; 2 coadjutores. Total 10.

Seminario de Guatemala San Francisco de Borja: 1 sacerdote.

Colegio de Valladolid: 8 sacerdotes; 2 escolares; 1 coadjutor. Ttotal 11.

Colegio de Veracruz: 5 sacerdotes; 1 escolar; 2 coadjutores. Total 8.

Colegio de Mérida: 8 sacerdotes; 1 coadjutor. Total 9.

Colegio de Pátzcuaro: 4 sacerdotes; 1 escolar; 1 coadjutor. Total 6.

Colegio de Oaxaca: 8 sacerdotes; 2 escolares; 2 coadjutor. Total 12.

Colegio de Celaya: 5 sacerdote; 1 escolar; 1 coadjutor. Total 7.

Colegio de Chiapas: 5 sacerdotes; 1 coadjutor. Total 6.

Colegio de Durango: 6 sacerdotes; 1 coadjutor. Total 7.

Colegio de la Habana 8 sacerdotes; 2 coadjutores. Total 10.

Colegio de Guanajuato: 4 sacerdotes; 1 escolar; 2 coadjutores. Total 7.

Residencia de Chihuahua: 4 sacerdotes; 1 coadjutor. Total 5.

Residencia de Campeche: 4 sacerdotes.

Residencia de Puerto Príncipe: 2 sacerdotes.

Colegio de León: 5 sacerdotes; 1 escolar; 2 coadjutores. Total 8.

Residencia de Parral: 1 sacerdote.

Residencia de Parras: 3 sacerdotes.

Provincias de misión y misiones jesuitas en Nueva España 1750

Visitador general de las Misiones: P. Agustín Carta

Socio: José Yáñez

Provincia de la Pimería Superior (9 sacerdotes)

Misiones de Tubutama, San Ignacio, Caborca, Santa María Suamca, Guebabi, San Xavier del Bac, San Marcelo, Basaraca

Provincia de Sonora (18 sacerdotes)

Misiones de Ures, Arispe, Ariberzi, Huepaca, Babiacora, Cucurpe, Pópulo, Tecoripa, Cumuripa, Matape, Batuco, Onabas, Opàpa, Saguaripa, Oposura, Guasabas, Bacadehuatzi, Cuquiaratzi

Provincia de Sinaloa (16 sacerdotes)

Misiones de Mochicahui, Sinaloa, Guiribis, Guaimas, Rahun, Torin, Santa Cruz, Nabojia, Caamoa, Conicari, Toro, Tegueco, Guazábe, Nio, Chicorat, Mocoritos

Provincia de Chinipas (7 sacerdotes)

Msiones de Chinipas, Moris, Yecoras, Santa Ana, Guazaparez, Serocagui, Tabares.

Provincia de tarahumara (13 sacerdotes)

Misiones de Temeichi, Yepómera, San Borja, Nonoava, Norogachi, Yoquibo,Carichic, Sisoguichic, Tomochic, Papigochic, Santo Tomás, Coyachic, Chinartas

Provincia de Tepehuanes (11 sacerdotes)

Misiones de Santa Catarina, Santiago Papiásquiaro, Zatebo, Cinco Señores, Tizonazo, Las Bocas, Baburigami, Nabogami, San Pablo, Guexotitan, Santa Cruz y Las Cuevas

Provincia de Piastla (10 sacerdotes)

Misiones de San Gregorio, Los Remedios, Alaya, Pueblo Nuevo, Yemoriba, Utaiz, Santa Apolonia, Badiraguato, Cariatapa, Tamazula.

Provincia de Nayarit (6 sacerdotes)

Misiones de La Mesa, Jesús María, San Juan, Santa Teresa, Guainamota, Ixcatán.

Provincia de California (13 sacerdotes)

Misiones de San Xavier, Los Dolores, Lorto, San Ignacio, Guadalupe, Purísima

Santa Rosalía, San Joseph Comendú, San José del Cabo

Santiago, La Paz, Santa Rosa y San Luis

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José Antonio de Villaseñor y Sánchez. La Provincia de Nueva España, 1754 (Díaz, 1982, p. 19).

El 25 de junio de 1767 se inició la aplicación de la Pragmática Sanción para el Extrañamiento de los jesuitas, expedida por Carlos III el 2 abril del mismo año. En esa fecha no era muy diferente la composición de la Provincia Mexicana a la de 1750. Estaba gobernada por el padre Salvador Gándara. En la Casa Profesa en la Ciudad de México, habitaban entonces 22 sacerdotes y 12 coadjutores; en el Colegio Máximo habitan 31 sacerdotes entre los que se encontraban el prefecto de estudios, los maestros de Prima, de Vísperas, de Moral, de Escritura, de Física, Lógica, Filosofía, Retórica, Poesía, los de Gramática así como los prefectos de las congregaciones de la Anunciata, la Purísima y la de los Dolores. Había también cuatro capellanes. Vivían en el Colegio Máximo los teólogos de 1º a 4º años. Entre los hermanos coadjutores estaba el sobrestante de la fábrica quien recién había estado al tanto de la edificación de un nuevo claustro; había un sastre y ropero y otro, su segundo en la ropería; el enfermero George Schultz, un despensero, el portero, dos procuradores y cinco administradores. En el Colegio de San Andrés, había 14 sacerdotes y 14 coadjutores. Como ya hemos dicho este Colegio ya no estaba dedicado a la formación, ahí residían los procuradores de la Provincia, de las Misiones y de la California. Había en esa fecha varios confesores para la atención sacramental de los naturales; estaba ahí el padre Agustín Márquez director de la recién fundada Casa de Ejercicios. Había un misionero en lengua mexicana, dos capellanes de las haciendas y un administrador. Entre los coadjutores estaban los compañeros de los procuradores, varios administradores un despensero y Juan Lautner experto azucarero, calificado para la supervisión de la producción de los ingenios, entre ellos el de Xochimancas. En el Colegio de San Gregorio para indios, había un catequista, un maestro de escuela de primeras letras que era coadjutor. Estaba el rector que era además el prefecto de salud, un confesor para indios y los prefectos de las congregaciones de San José y de la Buena Muerte y las cárceles, en total era 12, diez sacerdotes y dos coadjutores. En el Colegio convictorio de San Ildefonso había 5 sacerdotes y 2 escolares. Era entonces el rector el padre Julián Parreño apoyado por el prefecto de letras humanas, el historiador de la Provincia, el padre Francisco Xavier Alegre, el prefecto de Espíritu y de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús, el prefecto de Cánones y los maestros de aposentos para filósofos y gramáticos. Había sólo u coadjutor quien se encargaba de la despensa.

Podríamos hacer un recorrido por cada una de los colegios y casas de la Compañía a través del catálogo que fue escrito en el exilio por Zelis y continuado una vez que se restauró a los jesuitas por el padre Pedro Márquez. Sin embargo, tratar con detalle el proceso de expulsión rebasa los límites de este ensayo. Carecemos de una información exacta del total de los jesuitas que fueron expulsados, sólo hay mención precisa de que en el lapso de un año partieron para el exilio desde el puerto de Veracruz 475 (Zelis, 1871, p. 199). Después de estancias transitorias en Cuba, en El Puerto de Santa María, en la bahía de Cádiz y en la isla de Córcega, la Provincia Mexicana se estableció en los Estados Pontificios donde sus miembros hicieron esfuerzos extraordinarios para mantenerse unidos, incluso después de la extinción de la corporación en 1773. Una de sus estrategias de vinculación fue el mantener el registro y destino de cada uno de sus miembros hasta después de su restauración en México el año de 1816.[3]

Narraciones históricas, la construcción de su identidad

Es lugar común en la historiografía, afirmar cómo signo de modernidad de la Compañía de Jesús el recurso de la escritura como instrumento para la unión de sus miembros dispersos en el mundo y la letra impresa como auxiliar de sus proyectos educativos y misioneros (Torales, 2005, p. 363-385).

Los géneros literarios de la corporación jesuita fueron, en primera instancia escritos para edificar a sus miembros. El propio fundador el santo de Loyola, fomentó en sus hermanos los escritos edificantes. En su misiva dirigida a Pedro Fabro el 10 de diciembre de 1542 dice así:

En esta parte, para ayudarme que no yerre, diré lo que hago, y espero hacer adelante en el Señor cerca el escribir a los de la Compañía. La carta principal yo la escribo una vez, narrando las cosas que muestran edificación, y después mirando y corrigiendo, haciendo cuenta que todos la han de ver, torno a escribir o hacer escribir otra vez porque lo que se escribe es aún mucho más de mirar que lo que se habla, porque la escritura queda y da siempre testimonio… (Loyola, 1991, p. 763).

Fueron numerosos estos géneros literarios que los jesuitas cultivaron pero sin duda, las cartas “principales” edificantes promovidas por el santo fundador ocuparon un lugar especial. En particular, aquellas orientadas a difundir las historias de vida de los individuos. Cuando fallecía un miembro de la corporación el superior de la casa asignaba a uno de los compañeros la escritura de la historia de vida del difunto. Con el tiempo estas cartas sirvieron para elaborar los menologios de la Corporación. Así como hubo interés por las historias de vidas edificantes, se cultivó también el género de la crónica el cual podríamos sugerir que fue derivado de las cartas annua, textos en los que debían escribirse anualmente los principales sucesos de cada casa, que debían dirigirse al general en Roma. Las narraciones históricas de la corporación, fue un género practicado por los jesuitas tanto para hacer un recuento de sus logros, como un recurso edificante para los miembros de la corporación y para quienes les apoyaban en sus proyectos.

Ignacio de Loyola dejó claro en sus cartas que lo que se escribiera habría de trascender los muros de sus residencias y colegios, se debería escribir para quienes se interesaban por las obras concebidas para mayor gloria de Dios. Si bien mucho de lo que escribieron, circuló en el mundo en copias manuscritas, el recurso de la imprenta, invención ampliamente utilizada por la corporación jesuita, favoreció la difusión de los textos edificantes. La letra impresa de los compañeros de Jesús, representó también un arma eficaz para combatir los embates anti jesuitas que se multiplicaron en Europa, impulsados por jansenistas y regalistas. Las crónicas de los jesuitas, además de constituirse en blindajes ante el anti jesuitismo en la Europa moderna, sirvieron a sus miembros como instrumentos de cohesión e identidad.

Desde los primeros miembros de la Compañía que pisaron territorio novohispano identificamos el aprecio e interés de relatar la historia de la Provincia. Dos de ellos dejaron escritas en el archivo de la Provincia sus narraciones las que se publicaron hasta el siglo XX. Me refiero a las obras de Juan Sánchez Baquero (Sánchez Baquero, 1945) y Gaspar de Villerías (1945). Ambas crónicas nos dieron noticia de los orígenes de la Provincia, de las fundaciones de sus primeras residencias y colegios, de sus tareas misionales entre los feligreses católicos y de sus varones virtuosos cuya trayectoria habría de edificar a los jóvenes novicios. Aunque estos manuscritos no llegaron a la imprenta al tiempo en que fueron escritos, en el archivo de la Provincia las consultaron los historiadores de la corporación de los siglos XVII y XVIII y se valieron de ellos para sus historias, algunas de las cuales si lograron salir a la luz en letra impresa y fueron difundidas más allá de los océanos. Citemos a este propósito, la obra Andrés Pérez de Rivas Triunfos de nuestra Santa Fe (Perez de Rivas, 1645) cuyo objetivo del autor fue la exaltación las misiones entre los pobladores gentiles en el noroeste de México. Mención especial merece Francisco de Florencia (1619-1695), a quien debe considerarse como un constructor de identidades. Fue historiador prolífico, pieza nodal en la identidad de la Provincia que concibió a fines del siglo XVII la crónica de la Compañía de Jesús de la cual sólo vio publicada la primera parte. Florencia nació en La Florida, en la capital del virreinato fue colegial de San Ildefonso de México (1629-34) y ya sacerdote ingresó a la Compañía en Nueva España (1641) donde llevó a cabo en 1660 su profesión solemne. Ocho años después, fue nombrado procurador de su Provincia para acudir a Madrid y a Roma para que, entre otras gestiones, consiguiera el envío de más jesuitas para apoyar la expansión misional hacia el Noroeste. Cumplidas sus tareas y estando todavía en Europa, se le asignó la procuraduría de Indias con sede en Sevilla, cargo que tuvo hasta el año de 1675 que retornó a Nueva España. Aprovechó su estancia en la Península Ibérica para imprimir en Barcelona, el año de 1671, el primer Menologio de la Provincia Mexicana. Es éste, su primer texto orientado a fortalecer la identidad de la Provincia. En él dio noticia de la trayectoria de 66 jesuitas, algunos distinguidos como ejemplares misioneros, otros, como educadores. Esta obra se difundió tanto en el continente europeo como en América. Ya de regreso a Nueva España, Florencia fue rector del Colegio del Espíritu Santo en Puebla (1680) y del Colegio Máximo de San Pedro Y San Pablo (1682). En sus últimos años escribió dos obras magnas que nos permiten calificarlo como el historiador constructor de identidades. A costa del arzobispo de México Francisco Aguiar y Seixas, escribió y publicó en 1688 su libro Estrella del Norte (AGNM, Bienes Nacionales, v. 457, exp. 3, f. 5 r.). Se trata de la narración del origen de la devoción a la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac. Responde esta obra a la intención del prelado de fomentar la unidad de su feligresía compleja en su composición étnica y económica. Florencia, tenía ya antecedentes como escritor mariano. Años antes el Obispo de Guadalajara le había comisionado para escribir en torno a la devoción a María en advocaciones propias de su diócesis: la virgen de San Juan de los Lagos y la Virgen de Zapopan. Habría que decir también que su afición a la escritura sobre las devociones marianas en América fue evidente en su obra póstuma Zodiaco Mariano, un compendio en el que dio razón del origen de numerosas advocaciones marianas en las distintas regiones del virreinato novohispano.[4]

En adición a sus escritos que sirvieron para fomentar las identidades regionales sustentadas en las diversas avocaciones marianas y en particular la relativa a la Virgen de Guadalupe como símbolo de unión de los novohispanos, Florencia asumió el reto de escribir la Historia del primer siglo de los jesuitas en México. Concibió ésta en tres apartados: la Historia de la Provincia que surgió con su proyecto educativo y las misiones urbanas; en la segunda nos advirtió habría de narrar las tareas misionales y la tercera parte, habría de estar integrada con un menologio de los jesuitas que en Nueva España se hubieran distinguido por sus virtudes en el primer siglo de los soldados en Nueva España.

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Portada de la crónica del p. Florencia. Aparecen los sanyos de la Orden Ignacio, Flanqueado por Francisco Xavier y Francisco de Borja. Al centro el mapa de Nueva España en el que sobresale la Península de California.

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Portada del Menologio del padre Florencia impreso con adiciones por el padre Juan Antonio de Oviedo. El ejemplar que se exhibe fue de Juan Joseph Eguiara y Eguren (1696-1763). Criollo, destacado bibliógrafo novohispano.

Sólo la primera parte salió de la imprenta en 1694, un año antes de la muerte de su autor. La tercera parte, el Menologio, fue publicado el año de 1747, con adiciones por el padre Juan Antonio de Oviedo (1670-1757), en atención a la petición que le hizo la Congregación Provincial el año de 1733 (Menologio de los varones, 1747). Cabe advertir que se trató de una edición doméstica que sugiere la existencia de imprentas domésticas de la Compañía pues los ejemplares carecen de pie de imprenta y de las aprobaciones de las autoridades civil y eclesiástica. La segunda parte, la referente a las misiones no logró su impresión. El proyecto de Florencia y lo que ha llegado de él hasta nosotros nos deja ver la intencionalidad del autor que, a través de la trayectoria histórica de las vidas ejemplares de los soldados de Cristo, exaltó la identidad criolla de la Provincia Mexicana.

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Juan Antonio de Oviedo (1670-1754), editor de las obras póstumas de Francisco de Florencia, S.A.Retrato Miguel Cabrera pintor y Baltazar Troncoso grabador, 1757.

Al tiempo de la expulsión Francisco Xavier Alegre, tenía la encomienda de escribir la crónica de la provincia la cual prácticamente estaba concluida cuando partió por Veracruz a su destierro. Por ello Alegre no logró verla impresa y su manuscrito circuló entre sus contemporáneos novohispanos. Fue hasta los años cuarenta del siglo XIX, cuando el historiador Calos María de Bustamante, se empeñó en publicarla como un testimonio del aprecio y añoranza por los soldados de Cristo como soportes de la cultura e identidad nacionales (Alegre, 1842).

El saber corporativo: exaltación de lo americano

La importancia que los jesuitas otorgaron al reconocimiento de los territorios en los que emprendieron sus tareas educativas y misioneras, el aprecio y descripción de la naturaleza y el conocimiento y comprensión de los otros, los habitantes de las tierras ignotas que ellos exploraron, quedó manifiesto también a través de la escritura y su difusión en letra impresa. Fue también el santo fundador, Ignacio, promotor de ello cuando en una carta a Gaspar Berce signada el 24 de abril de 1554 le dijo:

…se escribiese algo de la cosmografía de las regiones donde andan los nuestros; como sería, cúan luengos son los días de verano y de invierno, cuándo comienza el verano, si las sombras van siniestras, o la mano diestra. Finalmente, si otras cosas hay que parezcan extraordinarias, se dé aviso, como de animales y plantas no conocidas, o no in tal grandeza, etc. (Loyola, 1991, p. 985).

Esta fortaleza manifiesta en la Provincia Mexicana desde sus primeros años, fue lo que he calificado como el saber corporativo y acumulativo que se advierte, entre otras cuestiones, por el reconocimiento y aprecio del territorio novohispano. Nos atrevemos a afirmar que los jesuitas fueron los principales contribuyentes a la configuración del espacio territorial novohispano plasmado en la cartografía de los siglos XVI al XVIII. A la par de sus tareas misioneras, en sus diarios y narraciones de viaje llevaron a cabo registros del territorio y sus habitantes los cuales enviaron a sus autoridades para que ese saber fuera compartido por quienes les relevaran en las tareas misioneras. A manera de ejemplo, hay que mencionar al menos aquí a dos jesuitas cosmógrafos que contribuyeron a la fisonomía del territorio que otros habrían de evangelizar, me refiero al padre Juan Sánchez Baquero, a quien se le debe el primer plano del valle de México y el reconocimiento desde el Sureste del litoral del Pacífico y al padre Eusebio Francisco Kino quien confirmó con sus exploraciones la peninsularidad de la California y su cartografía habría de servir más tarde al padre Juan María de Salvatierra para la evangelización de la California.

En otro espacio he mostrado como un magnífico ejemplo a este respecto es la obra que se le encomendó al padre Miguel Venegas, Historia de las Californias. Venegas se distinguió como profesor no participó en las tareas de misiones y nunca estuvo en la península de California. Incapacitado para continuar su trayectoria como maestro, se le asignó esta tarea. Para ello se valió del saber de los jesuitas acumulado en el archivo de la Provincia. Revisó los escritos de los misioneros, sus cartas y diarios y concluida su obra, el manuscrito fue enviado a la Península Ibérica para su publicación. Ya en Europa, al padre jesuita Burriel, miembro de la Real Academia de la Historia, se le solicitó su intervención en la edición de la obra. Éste la revisó, la corrigió y le añadió dos mapas en los que la Provincia Mexicana hizo pública la ofrenda al rey Fernando VI, de su saber sobre las Californias y el Pacífico Insular.

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Manuel Rodríguez Mapa de la América septentrional, Asia Oriental y Mar del Sur. Madrid, 1756.

La perfección en las artes, un auxiliar para el cultivo y proclamación de la identidad

En la década previa a su expulsión la Provincia Mexicana de la Compañía había logrado reedificar y mejorar sustantivamente los edificios de sus colegios en los principales centros urbanos. Ya desde mediados del siglo XVIII (1754) mostraba la solidez de sus centros educativos al tiempo en que propuso al Prepósito en Roma, la división en dos: una Provincia que habría de comprender los Colegios y otra para el gobierno de las misiones cuyo territorio comprendía el noroeste. La perfección en el trazo de sus colegios deja manifiesta la aspiración de los jesuitas por presentar ante la sociedad su fortaleza. Como sucedió en Europa, los jesuitas se distinguieron por contratar a los mejores exponentes del barroco. Pintores como Baltasar de Echave, Juan Correa, Cristóbal de Villalpando, Miguel Cabrera, entre otros, interpretaron la espiritualidad ignaciana en numerosos y magníficos lienzos que fueron integrados a los retablos o colocados en los claustros de las residencias, de los seminarios y de los colegios. Las iglesias de los jesuitas respondieron a las orientaciones del barroco, ese estilo que proclamó el horror al vacío. Entre el dorado de sus retablos sobresalieron las pinturas de sus santos: Ignacio, Francisco Xavier, Estanislao de Kotska, Luis Gonzaga y aun los santos mártires de Japón: Pablo Miki, Juan de Soan Goto y Diego Kisai; las numerosas representaciones de María en sus diversas advocaciones. No faltó en algunas de ellas la construcción de la “casita de la Virgen de Loreto” conforme a las medidas que se decía había tenido la casa de la virgen trasladada de Nazaret al norte de la península Itálica. Complemento sustantivo para las tareas piadosas en estos recintos, fueron los numerosos relicarios, Los jesuitas desde su arribo a Nueva España, fueron los principales promotores de la veneración de las reliquias y en sus iglesias las exponían a los feligreses en magníficos relicarios de plata labrada por los orfebres locales.

La veneración a los santos, signos de identidad

Los jesuitas, leales a los principios del Concilio de Trento, además de apoyar a las principales cofradías fundadas en los principales centros urbanos como lo fue en la ciudad de México la Archicofradía del Santísimo Sacramento, impulsaron en la Nueva España las congregaciones para renovar la fe católica de los feligreses tanto en los centros urbanos como en sus misiones. Las congregaciones que fundaron para fomentar la veneración de Jesús, María y José, fueron iniciativas que unieron a los propósitos píos de la Compañía, a numerosos seglares conducidos por un prefecto jesuita. Por ejemplo, en la capital del reino de Nueva España, la congregación de la Anunciata estaba fundada en la residencia de Puerto del Príncipe, en el Colegio de Guatemala y en el Colegio Máximo donde también funcionaba la de la Purísima que unía a los alumnos, exalumnos y patrocinadores, cada semana, para reafirmar los principios de la fe católica en torno a la devoción de la Purísima Concepción y sus congregantes se hacían cargo, entre otros, de asistir a los enfermos dementes y a los presos de las cárceles. Ahí también había una Congregación de los Dolores de la Virgen introducida en el siglo XVII por el padre José Vidal, asociaba a quienes se identificaban con los sufrimientos de María. Estas congregaciones las había también en los colegios del Espíritu Santo y San Ildefonso de Puebla, en el Colegio de Durango, en el de León, en el de Pátzcuaro, en el de San Luis de la Paz, en el de San Luis Potosí, en el de la Habana, en el de Oaxaca, en el de Veracruz, en el de Zacatecas y en el de Zelaya. Había también congregación de los Dolores en la residencia de Parras y en la de Chihuahua. La Congregación del Divino Salvador con sede en la Casa profesa, contribuía a sostener el hospital para mujeres dementes, institución que subsistió hasta principios del siglo XX en que las enfermas fueron trasladadas al Manicomio general de la Ciudad de México. En el Colegio de San Gregorio para indios, se reunían los feligreses de la Congregación de San José y de la Congregación de la Buena Muerte. Había también congregaciones de la Buena Muerte que brindaban a sus miembros el auxilio espiritual en la enfermedad y en la proximidad a la muerte en la Casa Profesa y en los Colegios de la Habana, Querétaro y Guadalajara. Ésta última atendida al tiempo de la expulsión por el historiador Francisco Xavier Clavigero. En el Seminario de San Ildefonso funcionaba la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús. En Puebla, en el Colegio del Espíritu Santo había una congregación para mulatos y en el Colegio de Veracruz había una congregación de “negros” (Zelis, 1841, pp. 107-131).

Conviene mencionar que también hubo congregaciones orientadas a venerar a los santos de la corporación jesuita en espacios no atendidos por jesuitas lo que nos muestra su fuerte influencia en los feligreses. Ejemplo de ello es la Congregación de San Francisco Xavier que se reunía en la parroquia de la Santa Veracruz, en la ciudad de México cuyas Constituciones fueron aprobadas por el arzobispo de México Mateo Saga de Bugueiro (Constituciones que han de guardar, 1660). Estas asociaciones que sumaron a los seglares a los proyectos piadosos de los jesuitas, se multiplicaron en todo el territorio novohispano. A través de ellas, los soldados de Cristo, fieles ejecutores de la renovación católica postridentina, multiplicaron sus empeños por fomentar las prácticas sacramentales y la devoción a María y a los santos como mediadores entre la divinidad y los feligreses. Fue común entre los jesuitas, hacer de las numerosas advocaciones marianas signos de identidad de los pueblos. No faltaron los soldados ce Cristo que promovieron la edificación de capillas y retablos bajo el patrocinio de los congregantes para venerar las muy variadas advocaciones de la madre de Dios: la Virgen de los Dolores, la virgen del Refugio, la virgen de la Luz, la virgen de Loreto, etc. Un magnifico testimonio al respecto fue la capilla de la Purísima que en el siglo XVII fue construida bajo la dirección de su prefecto el padre Antonio Núñez de Miranda, en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y consagrada el 2 de junio de 1669 (Diaz de Ovando, 1951, p. 50). De todas las advocaciones marianas promovidas por los soldados de Cristo, sobresalió la promoción que hicieron para impulsar la devoción de la virgen de Guadalupe del Tepeyac, como signo de unión de los novohispanos.

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Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac. José de Ibarra, óleo. Museo del Colegio de San Ignacio Vizcaínas. Ciudad de México.

Puntal sustantivo de esto fue la iniciativa del arzobispo Francisco Aguiar y Seixas quién a su costa, solicitó al ya citado padre Florencia la escritura de la historia del origen de esta advocación la cual fue impresa con el nombre de Estrella del Norte.[5] Sobra decir que este prelado se distinguió por fomentar las devociones con un carácter identitario. Como gallego que era de origen, encomendó a su confesor José Lezamis la historia del apóstol Santiago del que se preció devoto y promotor del santo como patrono de toda España (Torales, 2010, p. 321-331). Podemos conjeturar que, así como vio en ese santo una devoción integradora de los españoles, concibió a Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac como una advocación que aglutinara a los novohispanos (Torales, 2011).

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Arzobispo de México Francisco Aguiar y Seixas (1636-1698), promotor de identidades.

El esfuerzo pío de los jesuitas promotores de las congregaciones fue fortalecido con la letra impresa. Fueron escritos, aprobados e impresos los estatutos para normar la participación de los congregantes; se publicaron novenas y “coronas” para fomentar las oraciones a María y a los santos; los sermones que los predicadores jesuitas expresaron en las principales festividades auspiciadas por las congregaciones, fueron publicados para difundir y perpetuar sus contenidos. A este propósito es revelador el título de uno de ellos: Sermon que predicó el Rdo. P. Juan de San Miguel. Religioso de la Compañia de Jesus. Rector del Colegio de Santa Ana de esta Ciudad de Mexico. Al Nacimiento de N. Señora y Dedicacion de su Capilla de Guadalupe, en la Santa Iglesia Cayhedral, a expensas de la Archicofradia del Santissimo Sacramento. Presente el Ilustrissimo, y Reverendissimo Señor Arcobispo de Mexico. D. Fr. Payo de Ribera. Dedicale. A la muy ilustre Archi-Cofradia del Santissimo Sacramento, y à su insigne Rector el Capitan Don Juan de Chavarría Valera, Caballero del Orden de Santiago. El Capitan Juan Martinez de Leon, Mayordomo de la misma Santa Archi-Cofradia (Medina, 1989, p. 428). El sermón del jesuita orientado a la promover la devoción a la advocación mariana que habría de unificar la identidad del novohispano; la predicación ante los más importantes individuos de la jerarquía social en la ciudad de México, los archicofrades del Santísimo Sacramento y el patrocinio por su rector, uno de los empresarios más acaudalados del reino, quien, entre las numerosas obras pías que dejó dispuestas en su testamento, destinó a los jesuitas una cantidad sustantiva como patrono del Colegio de San Gregorio para indios caciques y en particular, para la edificación de la iglesia dedicada a la Virgen de Loreto.

Para concluir, habría que decir que el signo de modernidad de la corporación jesuita, manifiesto, entre otras cosas, por valerse de la escritura y la letra impresa para dejar huella del reconocimiento del territorio, de los habitantes de la Nueva España, de su historia y de sus prácticas devocionales, le permitió, entre otras, cultivar su cohesión e identidad en el exilio al tiempo en que en la Nueva España los jesuitas se mantuvieron presentes en la memoria colectiva.

Los exalumnos de los colegios jesuitas, entre otros, fueron los principales herederos de su legado y se comprometieron, en sus iniciativas, a mantener viva esa presencia y, una vez restaurada en 1814 la corporación jesuita en Europa occidental, los novohispanos, no descansaron hasta ver nuevamente restaurada la Provincia Mexicana en México el año de 1816. Tan sólo para ofrecer una idea de lo que significaron los herederos de la Compañía y su importancia en la formación de la conciencia e identidad nacionales conviene citar las palabras de un escritor admirador de ellos que escribió en en el ocaso del virreinato. Me refiero a Felix Osores (c. 1790-1851), sacerdote y actor político en el México independiente, quien hacia 1808 hizo un recuento de los individuos que estuvieron en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y en el Seminario convictorio de San Ildefonso. Al final de su introducción a esa obra nos ofrece las siguientes líneas:

El Colegio ha devuelto al mundo entero las riquezas que recibió de familias ilustres y de otros convictorios muy distinguidos, pero con usuras o creces incomparables. A los colegios y universidades ha dado innumerables maestros, rectores y escritores sapientísimos; a las repúblicas, regidores, jueces y generales impertérritos; a la diplomacia, ministros y plenipotenciarios sagacísimos; a las asambleas o congresos legislativos, sabios y discretos diputados y oradores, a las feligresías, párrocos edificantes; a los cabildos eclesiásticos, los prebendados más célebres; a tantas y tantas diócesis, pastores celosos y santos; y a las religiones, individuos de mucha piedad, priores, guardianes, prepósitos, provinciales y generales, y singularmente a la Compañía de Jesús, o a su Provincia de Nueva España, a la que si no le dio todo lo que fue, sin disputa le dio la mayor y más distinguida parte (Osores, 1975, p. 655).

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Manuel Quiroz de Campo Sagrado. Colección de varias poesías. C. 1816. Manuscrito. Archivo Histórico de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús.

Muchos individuos como Félix de Osores, apreciaron y reconocieron el legado de los jesuitas a través de la memoria colectiva de los novohispanos y vieron con beneplácito la restauración de la Provincia Mexicana. No obstante que las Cortes de Cádiz exigieron en el año 1820 la supresión de la Compañía, después de la Independencia de México en 1821, numerosos intelectuales y políticos, entre ellos Osores, se empeñaron en su restauración por apreciarles como constructores y soportes de la identidad nacional.

Para finalizar estas líneas, conviene citar unas palabras de Carlos María de Bustamante, abogado y político, muy afecto a los jesuitas que sin haber sido educado por ellos, ya he mencionado que les consideró indispensables para la formación de las juventudes del México nacional. En 1842, cuando publicó la Historia de la Compañía de Jesús en Nueva Españaque estaba escribiendo el p. Francisco Xavier Alegre al tiempo de la expulsión nos afirma que lo hizo “Para probar la utilidad que prestará a la América mexicana la solicitada reposición de dicha compañía”. Inició su edición con una dedicatoria a José María Morelos, quien había sido fusilado en 1815. Se refirió a él como “Exmo. Sr. General [….] uno de los primeros caudillos de la independencia mexicana…” Recordó cómo éste en 1813 había considerado la restitución de los jesuitas al territorio mexicano porque:

…veía con ojos políticos y religiosos el porvenir de su patria, que conocía sus intereses y cuales eran los medios más á propósito para hacerla feliz, entendió que nuestra juventud necesitaba de su apoyo para su enseñanza, y los pueblos y gentiles de misioneros activos y laboriosos que anunciasen el evangelio hasta las mas remotas regiones de este vasto continente (Alegre, 1842).

A mediados del siglo XIX, al tiempo en que en México la sociedad se debatía e incluso luchaba para definir su fisonomía como nación eligiendo entre las opciones de república o monarquía, en la conciencia colectiva de letrados republicanos y monárquicos, estuvieron presentes los escritos de los jesuitas y eran citados como promotores de la identidad nacional.

Archivos y fuentes consultadas

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AGNM. (Archivo General de la Nación de México). Bienes Nacionales, v. 457, exp. 3, f. 5 r.

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Monumenta Ignatiana. Ex autographis vel ex antiquioribus exemplis collecta. Serie prima. Sancti Ignatii de Loyola societatis Iesu fundatoris. Epistolae et instuctiones. Matriti: Typis Gabrielis Lopez del Horno, 1904, tomo secundus, 1904, p. 302.

Catalogus personarum, & Domiciliorum, in quibus sub A.R.P. Societatis Jesu. Mexici:ex regalis antiquioris Divi Ildephonsi Collegii Thipographia, Anno MDCCLI.

ANÓNIMO `Gaspar de Villerías]. Relación breve de la venida de los de la Compañía de Jesús a la Nuea España. Año de 1602, versión paleográfica del original, prólogo, notas y adiciones de Francisco González de Cossío. México: Imprenta Universitaria, 1945. Aunque fue publicada como obra anónima, se le atribuye a Gaspar de Villerías.

Bibliografía

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  1. Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Contacto: cristina.torales@ibero.mx.
  2. Datos obtenidos de los Catalogus Provinciae Mexicanae que se conservan en el Archivo Histórico de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, compilados por el doctor Manuel Ignacio Pérez Alonso, S.J.
  3. El padre Pedro Márquez continuó en México el Catálogo que tuvo a su cargo el padre Zeliz.
  4. El manuscrito de Florencia lo encontró el padre Juan Antonio de Oviedo en la primera mitad del siglo XVIII, le hizo algunas adiciones y lo llevó a la imprenta.
  5. La estrella de el Norte de México, aparecida al rayar el dia de la luz evangelica efte Nuevo Mundo, en la cumbre del cerro de Tepeyac, orilla del mar Tezcucano, a un Natural recien convertido; pintada tres dias defpues en fu tilma, ó capa de lienzo, delante del Obifpo, y de fu familia, en fu Cafa Obifpal :e luz en la Fé á los Indios : para rumbocierto á los Efpañoles en la viertud : para ferenidad de las tempeftuofas innundaciones de la Laguna. En la historia de la milagrosa imagen de Maria Santissima de Guadalupe, que se apareció en la manta de Juan Diego /su author el Padre Francisco de Florencia de la Compañía de Jesus. 1688.


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