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Estrategias de supervivencia en un mundo ‘antijesuítico’

Roma-Córdoba-Buenos Aires: 1778-1803

Alicia Fraschina[1]

La implementación de las Reformas Borbónicas en Hispanoamérica durante la segunda mitad del siglo XVIII trajo aparejados cambios sustanciales. Uno de ellos la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, que dejó sin uno de sus principales mentores espirituales y educativos a los feligreses y vecinos de extensas zonas. A partir del análisis de la correspondencia epistolar –más de un centenar de cartas- mantenida entre el padre Gaspar Juárez –exjesuita rioplatense residente en un primer momento en Faenza y luego en Roma-[2] y Ambrosio Funes –su antiguo discípulo del Colegio de Monserrat en la ciudad de Córdoba en la Provincia del Tucumán-[3] me propongo reconstruir y comprender las prácticas que ambos despliegan con la intención de apuntalar, sostener y evitar el colapso de su respectiva cosmovisión; identificar las lógicas relacionales y de intercambio que transitan dentro de las redes que construyen en su interacción con el mundo cultural –tan distinto- en que estaban inmersos; y cuáles son las posturas devocionales y eclesiológicas que apoyan.

Para ello analizaré la extensa y compleja red relacional que tejen; las devociones religiosas que alientan; los objetos de difusión a que apelan con el objetivo de hacer presente una ausencia: libros, cuadros, imágenes; los distintos soportes mediante los cuales hacen circular sus ideas: cartas, biografías, historias de exilio, catálogos, publicaciones recientes. Es decir, las dos formas posibles de representación: lo visible y lo legible.

También pretendo conocer y comprender cuál es el espacio y el capital relacional de las mujeres dentro del universo de análisis que propongo y qué prácticas despliegan en un mundo de transformación extraordinaria a ambos lados del Atlántico. En fin, comprender de qué manera y por qué razones, este puñado de hombres y mujeres se relacionan entre sí y forman juntos un grupo dinámico específico en torno a la expulsa y disuelta Compañía de Jesús. Cuáles son los gestos y prácticas compartidas que otorgan conciencia de pertenencia a los distintos integrantes de la red y les proporcionan una referencia esencial que da sentido a su mundo y a su existencia.

La expulsión de los padres de la Compañía de Jesús de las tierras americanas produce una separación, una ausencia, que será reparable fundamentalmente por la escritura. Durante veinte años, entre 1781 y 1803, 123 epístolas escritas por Ambrosio Funes y por Gaspar Juárez cruzan el Atlántico en ambas direcciones,[4] creando un diálogo diferido en tiempos de guerra o de piratas, pero nunca interrumpido. Con cada correo marítimo, es decir entre tres y cinco veces por año, se responde la carta recién recibida, se reprocha su ausencia o se conjetura sobre su posible pérdida.

En cada epístola Juárez y Funes convocan recuerdos, transmiten noticias en torno a antiguos amigos o conocidos, comentan muertes y nacimientos, describen los logros de los exdiscípulos –ahora abogados o clérigos– y los de sus maestros que –incorporados al clero secular– escriben, enseñan, confiesan. Reconstruyen el presente, intercambian información sobre esta época tan convulsionada, en especial sobre la disuelta Compañía de Jesús. Cada carta busca con ahínco la presencia del otro, de su mundo. Escriben apelando a distintas modalidades: algunas epístolas son privadas: contienen vivencias subjetivas, opiniones muy controvertidas cuyo secreto es necesario conservar;[5] otras son públicas, destinadas a circular entre una lista prevista de destinatarios o entre eventuales lectores anónimos.

De la lejanía impuesta desde el momento de la expulsión nace la imperiosa necesidad de exhibir las marcas de la propia situación de enunciación. Durante décadas Ambrosio Funes relata para el destinatario de sus cartas los cambios que se van produciendo en la América meridional: la creación del Virreinato del Río de la Plata, que duda se mantenga por falta de rentas; de las intendencias, de la audiencia de Buenos Aires: cuya severidad en la administración de justicia tiene consternado al pueblo (ASR ff. 261-162); la división de la gobernación y del obispado (f. 174), el trazado de la línea divisoria entre las tierras de España y Portugal, las guerras con los portugueses, la decadencia de las misiones y las reducciones, la desolación de los indios, la ruina de las estancias jesuíticas (f. 263), la instalación de una acequia que proveerá de agua a un grupo de vecinos, la existencia de quintas muy cultivadas y útiles, el incremento de edificios en la ciudad y del número de sillas en el cabildo de la catedral (f. 171). En fin: la llegada de las reformas borbónicas. Como el mismo Funes reconoce: “desde que ustedes se fueron [ha ocurrido] un general trastorno de las cosas antiguas y descubrimiento de las nuevas”. (f. 264) Los cambios en las costumbres de la vida cotidiana, en la percepción y vivencia de la religiosidad, en el espacio que va ganando la razón como elemento idóneo suficiente para la comprensión de la naturaleza, lo perturban y cuestionan:

Yo no sé por qué son tan escasos en estos tiempos los buenos tratados de Teología, de moral pura, de filosofía ortodoxa. Parece que estas cosas no son de moda. La política, la química, el cálculo, el comercio, la historia natural con cierto embadurnamiento enciclopédico son las materias con que nuestros modernos nos quiebran las cabezas. (f. 279)

La Universidad, ese espacio de fuerte gravitación en la sociedad colonial en el que se educan los jóvenes de la élite y el futuro clero secular de Córdoba, Buenos Aires, Santa Fe, La Rioja, Paraguay, Lima y Santiago de Chile, ese ámbito donde Ambrosio ha conocido a sus maestros y ha recibido –aunque solo durante un año- su formación de corte escolástico, ha sido entregada a los frailes franciscanos después de la expulsión.[6] Un doble objetivo ha motivado a la Corona: adecuar a los nuevos tiempos algunos de los contenidos que se enseñan en dicha casa de estudios y erradicar de sus aulas las doctrinas suaristas y el probabilismo que habían sostenido los jesuitas.[7]

En sucesivas cartas Funes describe la progresiva concreción de estas propuestas que él percibe como el “derrumbe de la enseñanza pública”, a la que caracteriza como “un esqueleto de lo que fue”.[8] Se teme –afirma- que los frailes han hecho de dicha casa de estudios un asunto personal y lucrativo, una actitud que se manifiesta en el empeño que ponen en obtener cátedras, borlas [de doctorado], rentas, distinciones y mil prerrogativas incompatibles con la pobreza mendicante y con la humildad franciscana.

Los estudios de latín –se lamenta- son casi inexistentes, pues los frailes prácticamente no conocen la lengua; la filosofía no encuentra maestros; los padres no saben dónde educar a sus hijos, un tema que le toca muy de cerca de tal punto que intentará enviar a su primogénito a estudiar a Roma con los jesuitas expulsos. Hacia 1789, en poco más de un año, 30 o 40 colegiales dejan la carrera. Una situación que define como caótica –en parte producida por el pasaje de la Ratio Studiorum al eclecticismo-[9] un caos que atribuye a los franciscanos:

Las conquistas literarias de los frailes se fundan en haber sojuzgado el probabilismo. Ostentan desprecio de la laxitud pero no viven conforme a su instituto ni con la regularidad que ustedes [los jesuitas] […] Su célebre probabiliorismo[10] no los preserva de la ociosidad ni de la ignorancia, del apego al cigarro, de su circunspección, de poseer bienes temporales […] en suma, de vivir tan secularizados que unas veces se distinguen poco de los del siglo y otras ni poco, ni mucho. Y así, el Colegio y la Universidad son víctimas de la ignorancia. (ff. 289-290)

Una reflexión que merece un comentario por parte de Gaspar Juárez, una reflexión que probablemente dejó perplejo a su exdiscípulo:

Si como usted profetiza volviéramos ¡qué diferente sistema de estudios se emprendería en las Ciencias Naturales y Sobrenaturales, prefiriendo las más útiles y necesarias; pero sin alterar en lo sustancial y espiritual el Ratio Studiorum y Método Ignaciano! (Grenón I, p. 196)

Ambrosio Funes es testigo del clima altamente conflictivo que existe entre los regulares y el clero secular en torno al control y gobierno de la Universidad. Un derecho que “se arrogan los primeros y defienden con poder, alianzas y astucia, pese a la intención expresa del rey” de que la Casa de estudios fuera entregada a miembros del clero secular que no hubieran sido educados por los jesuitas, una aspiración muy difícil de cumplir en Córdoba. El presbítero Gregorio Funes –hermano de Ambrosio-, principal exponente del pensamiento ilustrado en la ciudad, asumiendo el liderazgo del clero secular, envía a Madrid una serie de memoriales a favor del traspaso de la casa de estudios al sector del clero que él lidera, una serie de reclamos, que eventualmente darán sus frutos.[11]

Desde Roma el padre Gaspar Juárez reconstruye su situación de enunciación a partir de su condición de exjesuita exiliado, miembro de una orden disuelta por breve papal en 1773.[12] Inicia su correspondencia con Ambrosio Funes hacia 1781, una época durante la cual en toda Europa –afirma- “se alzan mil tempestades contra la Iglesia”. En Alemania, con la protección del emperador, se reforman y disuelven distintas órdenes religiosas, a la vez que algunos obispos y arzobispos se atribuyen derechos exorbitantes y una casi independencia del Sumo Pontífice. La libertad de conciencia, la filosofía anticristiana y aún la herejía –observa el exjesuita- comienzan a triunfar sobre la Silla Apostólica (I p. 21) Mucho más lo preocupa la actitud del obispo de Pistoya, Scipione de Ricci y sus seguidores, quienes intentan reformar como “abusos de superstición” la invocación de los Santos y la Madre de Dios. Es más, pretenden cortar la libertad pontificia en asuntos que son de jurisdicción espiritual. Para confirmar estos “errores de disciplina eclesial y aún de dogma”, ha celebrado dicho obispo un sínodo diocesano (I p. 91). Y así los enemigos de la Santa Iglesia –especialmente “los infectados de jansenismo”[13]– durante un tiempo se han considerado triunfantes. Pero sucesivas críticas, del pueblo en primer lugar y luego de algunos obispos y cardenales, culminan en agosto de 1793, con la condenación pontificia de las 85 proposiciones de dicho sínodo. (II p. 85) Un documento que Juárez envía a Córdoba para que “lo lean los eclesiásticos instruidos y remediar de este modo el mal que ha producido en toda la cristiandad la lectura del sínodo, publicado por el partido jansenista dominante.” (II p. 88)

Desde 1789 y durante quince años describe para los lectores de sus epístolas –tanto en Córdoba como en Buenos Aires- la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas que arrasan Europa. Informa y da su opinión sobre los motivos que las impulsan: destruir la soberanía y el gobierno monárquico, aniquilar el Estado eclesiástico y regular y abandonar la verdadera Religión y la dependencia de la cabeza de la Iglesia. (I p. 227) Tres años más tarde envía a Funes una copia de los principios fundamentales que, decretados en París por la Convención Nacional, deben cumplirse en Francia: no habrá más una religión dominante, ya que todas serán respetadas; será abolido todo culto externo a Dios, a la Virgen y a los santos; todas las fiestas de la Iglesia quedan abolidas. Los religiosos y las monjas quedan afuera de sus conventos; el matrimonio ha sido declarado disoluble, los sacramentos son tenidos por mera superstición y los católicos por supersticiosos. (II pp. 24-25) Y así, en el mismo fragor de la ruptura, percibe los deslizamientos socioculturales que están ocurriendo, que se refieren a los marcos de referencia, al pasaje de una organización religiosa a una ética política o económica.[14]

Arde Francia en guerras civiles: en 1793 se calcula un millón de muertos, y desde sus fronteras amenazan los francesas a todo el mundo. Una situación que Juárez atribuye a “un azote de la divina justicia (II p. 54) que se siente más en aquellas regiones que han obrado desde hace tiempo contra la Iglesia y la Compañía de Jesús.” (II p. 98)

Un cuadro político que tiene su paralelo en el eclesiástico. Para describirlo invita a Funes a convocar sus conocimientos bíblicos y extraer sus propias conclusiones:

El cuadro eclesiástico europeo representaría el estado presente de la Santa Iglesia y el de la Compañía de Jesús. Se vería en él un profundo tenebroso abismo donde se distinguirían algunos dragones de primera magnitud en viva guerra contra los Ángeles, como en el Apocalipsis. Éstos por defender la Santa Iglesia y restablecer la Compañía, introduciendo la luz de la verdad y aquellos impidiéndolo […] Dragones que no sólo son seculares, sino también eclesiásticos, mundanos de primera magnitud. (II p. 84)

Una construcción de tono apocalíptico a la que Juárez apela para reflexionar y hacer reflexionar sobre los acontecimientos europeos.[15]

Si bien en sus cartas se percibe un destello de esperanza: la elección del nuevo papa Pío VII -1800-1823- que le permite vislumbrar futuros cambios -entre ellos la restitución de la Compañía de Jesús- las noticias que comunica a América siguen siendo preocupantes: se ha firmado un concordato entre Bonaparte y Pío VII por el cual se obliga a los legítimos obispos a renunciar a sus sillas, y en adelante el estado eclesiástico queda sujeto al civil. (II p. 205); en Francia y otros países no se admiten las órdenes religiosas cuyos miembros –hombres y mujeres- han sido desterrados. (II p. 32)

¿Qué estrategias fueron capaces de concebir tanto Funes como Juárez con el objetivo de apuntalar, sostener y mantener vigente su respectiva cosmovisión ante la profunda mutación de las ideas, los lenguajes, los imaginarios y las prácticas en este escenario de transformación extraordinaria?

En primer lugar contribuyen a la construcción de una compleja y extensa red relacional destinada a acrecentar la cohesión de la disuelta Compañía de Jesús. Una red que se extiende entre América y Europa. En el Nuevo Continente cubre espacios tan distantes como el Río de la Plata –en especial las ciudades de Córdoba, Buenos Aires, Santa Fe, Tucumán, La Rioja y Santiago del Estero-; hacia el norte Paraguay y Lima, hasta las excolonias inglesas en la América septentrional.[16] En Europa, si bien la red tiene su centro en los Estados Pontificios, desde allí se extiende a España, Portugal, Francia, Alemania y Rusia.

Los sujetos que participan en ella cubren una amplia gama social, desde una mulatilla postrada hasta las máximas autoridades de los ámbitos eclesiástico y civil. El núcleo lo constituyen los exjesuitas –verdaderos intermediarios entre mundos que sin ellos difícilmente entrarían en contacto- quienes “procuran no estar ociosos en su destierro, para después ser útiles al Nuevo Mundo, a la patria, a la nación y a nuestro soberano” (I p. 133): estudian, predican, están a cargo de distintas cátedras, atienden monasterios de monjas, celebran misa, escuchan confesiones y escriben. Fundamentalmente escriben, intercambian información con los jesuitas instalados en Rusia donde al amparo de Catalina II y de un breve de Clemente XIV por el que concede remaneant Societas Jesu in statu quo erat, se mantiene vigente la Compañía con sus colegios, misiones, noviciado y residencia (I pp. 16 y 22-23);[17] con los exjesuitas expatriados de la provincia jesuítica del Paraguay[18] residentes en distintas ciudades de Italia: una y otra vez circularán sus nombres, don Francisco Urias, don Ramón Rospillosi –maestro de Ambrosio y Gregorio Funes-, Francisco Antonio Zacarías en la Universidad de la Sapiencia en Roma, Francisco Iturri historiador de América, Diego Villafañe y Joseph Rivadavia los primeros en retornar al Río de la Plata; con los vecinos de la ciudad de Córdoba, los Funes, los Allende; con parientes y amigos: los canónigos Videla y Sarmiento, los curas Alberto Coarazas –discípulo del exjesuita Urias- y Miguel Moral que continúan organizando los ejercicios ignacianos; con el obispo del Paraguay, don Lorenzo Suárez primo del padre Juárez, las monjas catalinas y las teresas, la beata Catalina; en Buenos Aires serán sus corresponsales don Isidro Lorea, un destacado tallista, quien también se escribe con el padre Juárez, Joseph de Gainza, miembro del cabildo y comerciante, la beata María Antonia de San José, las monjas catalinas, el obispo Malvar; y con los misioneros exjesuitas ingleses, alemanes y americanos instalados en las excolonias inglesas.[19]

Los miembros de esta red se comunican por carta. Una experiencia cara a los miembros de la Compañía de Jesús que remonta sus orígenes al momento de la fundación de la orden.[20] Gaspar Juárez percibe cuál es su misión: “Que la Compañía de Jesús siga siendo el baluarte más fuerte de la Iglesia”. (II p. 173) En consecuencia traduce al italiano las cartas que le envía Ambrosio Funes y las da a conocer a los exjesuitas, quienes a su vez las traducen al francés, alemán y latín y las envían a sus respectivos Reinos. (I p. 76)

También se ocupa Juárez de escribir y difundir “cartas edificantes”, una modalidad de comunicación que hasta el momento de la expulsión los jesuitas han usado con frecuencia para dar a conocer la vida de aquellos que, teniendo alguna conexión con la Compañía de Jesús, podían servir como figura modélica y ejemplar. Antes de la abolición de la Compañía Juárez escribe Cartas edificantes de la provincia del Paraguay desde el año 1767 en torno a la vida de diez misioneros de guaraníes y de los chiquitos, en las que también da noticias de aquellas misiones, de la expulsión, de los padecimientos y desastres de los viajes: una compilación que se leyó en los refectorios para edificación de los sujetos (I p. 181); la vida del novicio Clemente Baigorri,[21] una copia de la cual envía a Buenos Aires para que se entregue a sus padres (I p. 18); recopila decenas de testimonios sobre la beata María Antonia de San José, instalada en la capital del Virreinato, con la intención de “formar aquí –en Roma- una carta edificante, de que resultará grande gloria de Dios y honor de nuestras Provincias Americanas” (I p. 7; II p. 234); y muerta doña Josefa Bustos, madre de los Funes, Juárez redacta su “elogio” (Gaspar, 1920) del cual hace imprimir más de 400 copias, envía 4 a Córdoba y comunica la intención de remitir otras 300 incluidas en las futuras encomiendas. Ha distribuido 50 en Roma entre los exjesuitas; los de España e Indias las envían a sus Provincias; también promete mandar algunos ejemplares a Buenos Aires –a la Madre Beata [María Antonia de San José] y a Gainza-, a Chile, al Perú, México, Quito y Santa Fe de Bogotá (II pp. 191-192).

A pesar del exilio los jesuitas continúan con la práctica obtener cartas de hermandad, un modo de “participar de todas las gracias, méritos y sufragios de la Compañía”. Como resultado de la mediación de Juárez, dos mujeres del ámbito rioplatense obtienen del Vicario General de la Compañía de Jesús en Rusia este reconocimiento o “Carta de Asociación a la Compañía” (II p 311): la beata María Antonia de San José (f. 163) y la vecina cordobesa doña María Teresa de Mercedes Cañete (II p. 311).

Asimismo apela Juárez a la costumbre jesuítica de incluir en las cartas una “relación” de los sucesos de la Compañía y sus sujetos, para que sirvan “de diversión y de instrucción” (I pp. 31-32).[22]

Otra estrategia que despliegan los exjesuitas del entorno de Juárez en defensa de su cosmovisión, “de la Iglesia y de la Monarquía” es la escritura y circulación de libros. A partir de una actitud ilustrada propia del siglo XVIII, producen textos de historia, de ciencias naturales y de matemáticas “útiles al público”. Publican la Historia del Chaco del Padre José Solís quien fue misionero en dicho territorio; una más general de América del Padre Joaquín Camaño[23]; y la de Joseph Peramás en latín sobre las Vidas de algunos sujetos de la Provincia del Paraguay que han muerto en Europa después del exilio con noticias en torno a la mencionada Provincia, especialmente al Colegio de Monserrat y sus colegiales; y un segundo tomo sobre las misiones guaraníes del Chaco. (II pp. 8-9)

Una serie de obras que fueron escritas como un arma “en la Guerra que libran contra los incrédulos y los libertinos”. No sólo contra los enemigos de la Iglesia sino también contra los “aparentes católicos” que se oponen tanto a las jurisdicciones de la Santa Sede como al culto exterior y la veneración de las santas imágenes. Dos exjesuitas, Fuensalidas de Chile e Iturriaga de México impugnan con sus obras la Pastoral del obispo de Pistoya (I p. 93); Francisco Antonio Zacarías escribe en defensa de la autoridad y potestad pontificia respondiendo a la obra ¿Qué cosa es el Papa?, que está circulando por Europa (I p. 24; II p. 110); Bolgini, un exjesuita italiano publica dos tomos para contrarrestar ¿Qué cosa es un apelante?, obra de un catedrático de Pavía escrita con la intención de coartar los poderes del Sumo Pontífice y ensalzar los de los Concilios (I pp. 110-111).

Desde el mismo momento del destierro los exjesuitas han ido produciendo numerosas obras, a tal punto que en 1789 Juárez informa a su antiguo discípulo que se está recopilando una Biblioteca Exulum –de los jesuitas en el exilio- en latín, y un Catálogo de los libros escritos en el destierro de Portugal y España, en castellano (I p. 180). En ambos figura su nombre.

Es que el Padre Juárez participa activamente en la contienda. Si bien apela a la diminutio, considerándose a sí mismo “el mínimo entre todos los escritores”, enumera para Funes y para los eventuales lectores de sus epístolas todos sus escritos y publicaciones: unas Cartas edificantes de la Provincia del Paraguay desde el año de 1767, dos tomos de Disertaciones del Derecho Natural y de las Gentes, Obbservazzioni Fitologiche sopre alcune Piante Esotiche sobre plantas americanas que ha publicado en idioma toscano, junto con un romano con quien comparte un jardín en el que llevan a cabo sus observaciones botánicas. Un texto exitoso –informa- debido a su novedad y al auge de las ciencias naturales, que le ha valido el premio de doble pensión alimentaria, es decir 200 pesos anuales por parte de la Corona (I p. 217)[24]; la cuarta obra serán varios tomos en castellano sobre “Disertaciones Phitologicas” que él considera no son más que ensayos para la Historia Natural del Virreynato del Río de la Plata que tiene intención de escribir (I pp. 180-185). Y por último, en respuesta a un pedido privado, un libro sobre la Virgen Santísima de la Luz, un escrito en el que refuta a los que impugnan el culto exterior y la veneración de las santas imágenes (II pp. 9-10).

Una producción de textos que genera un intercambio de informaciones entre Juárez y Funes, entre la América del Sur y Europa. El Padre Juárez pide datos sobre el virreinato recientemente creado y envía a Funes una “Instrucción para compilar materiales para la Historia Natural del Nuevo Virreinato de Buenos Aires” [sic] (I pp. 50-72). Funes, si bien ha leído los escritos de algunos exjesuitas como Juan Andrés y Francisco Lampillas, reclama a su antiguo maestro una “razón individual de estos y otros escritores” pues –se lamenta- apenas llegan sus obras a su ciudad. En consecuencia una descripción del nuevo espacio administrativo y varias semillas de plantas autóctonas americanas viajan a Roma y los dos tomos de Peramás, los catálogos de las obras producidas por los exjesuitas y los reiterados comentarios de Juárez sobre el milenarismo presente en la obra del chileno Manuel Lacunza Venida gloriosa de Jesucristo que circula en forma manuscrita por Europa y ha llegado a Buenos Aires (I pp. 148 y 223-236); los peligros de la masonería que en Europa gana adeptos a pasos agigantados y seculariza valores y gestos de la cristiandad (I pp. 272-276); el debate entre los exjesuitas Francisco Lampillas y Girolamo Tiraboschi en torno a la contribución de España a la cultura, la filosofía y la ciencia (I pp. 82-85); y los trabajos de Juan Andrés y Juan Francisco Masdeu en torno a la misma polémica (I pp. 196-197 y 258), circularán por Buenos Aires y por Córdoba.

Otra estrategia que vincula a los corresponsales será aquella que despliegan con la clara intención de mantener la vigencia de las prácticas religiosas y devocionales que desde una postura Ilustrada y jansenista están siendo cuestionadas, es más, abiertamente atacadas en el Viejo Continente: en el Sínodo de Pistoya, en la España Ilustrada, en la Francia Revolucionaria, en la Europa napoleónica. A partir de la convicción de que los jesuitas “son los que mantienen la Fe Católica y la autoridad de la Iglesia” (II p. 59), Juárez y Funes extreman los esfuerzos que se centran en torno a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús y a la de San José. Muy especialmente en torno al primero debido al lugar privilegiado que ocupa entre las devociones alentadas por los ignacianos[25] y el valor simbólico que ha adquirido en Francia en las luchas contra las nuevas ideas.[26]

El suegro de Funes, don Tomás Allende, ha dejado una dotación de mil pesos para la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en la catedral cordobesa. Su suegra, quien ha instituido misa, sermón y novena en honor a esta devoción, solicita a Roma –vía Juárez- un rescripto de indulgencia plenaria para el día de su fiesta y otro para los primeros viernes de cada mes. Rescriptos que al enviarlos a América, advierte el exjesuita, “no han pasado por los tribunales de Madrid, pues no lo hubieran permitido” (I p.199). Y explica que el Papa no está en condiciones de conceder el breve del oficio y rezo del Corazón de Jesús que doña Bernardina –suegra de Funes- pretende, pues “no puede hacerlo para ninguna parte de España” (I p. 202). Es que los breves –a diferencia de los rescriptos- deben pasar necesariamente por Madrid[27] y el culto al Sagrado Corazón “está prohibido políticamente por dicha Corte. El motivo es que siendo el Sagrado Corazón una devoción que la Compañía fomentaba y propagaba, expulsada la orden, se intenta mediante la prohibición que no quede ni aún este recuerdo.” (I p. 293)

Se solicitan y obtienen vía Juárez indulgencias plenarias para la fiesta y para las cuarenta horas en honor de San José en el Monasterio de las Teresas, solventadas por doña Mauricia Allende, cuñada de Funes (f.30); y para el convento de los dominicos, en honor de la Santísima Virgen y los Santos (I p. 89).

Juárez por su parte envía quince escapularios “en tela de adornarse”, como se usan en Roma, y otros con los corazones de Jesús y de María, que se llevan como reliquias y remedios contra males y desgracias (I p. 290); algunas estampitas de San Luis Gonzaga con el Corazón de Jesús y una oración para los niños, tres del Corazón de Jesús con los Santos de la Compañía, 18 del Corazón de Jesús para que se repartan el día de su fiesta, a fin de que se propague su devoción; una serie de medallas con indulgencia plenaria in artículo mortis para el que la tuviese consigo en el momento de la muerte (I pp. 224-225) y un paquete con libritos en torno al Sagrado Corazón para exhortaciones o sermones (I pp. 220-221).

Consciente de la deuda que tiene con aquellos que ante la ausencia de la Compañía de Jesús han asumido la tarea de mantener viva su presencia, a modo de agradecimiento envía relicarios a Ambrosio Funes (I pp. 22 y 49) y a la beata María Antonia de San José (I p. 49), y una reliquia de Santa Catalina para las monjas dominicas de Córdoba (I p. 135).

Además de oficiar de intermediario dentro de esta red, Funes adorna su casa y dirige la fábrica de dos altares en la catedral de su ciudad. Una vez más Juárez será el encargado de concretar los pedidos. Las guerras que se libran en Europa, muchas de las cuales tienen el Atlántico por uno de sus escenarios, hacen imposible el envío inmediato de estos encargos. Hacia 1802 enumera para su corresponsal los objetos que ya obran en su poder: dos cuadros para la sala, dos medianos del Sagrado Corazón de Jesús, uno de la Dolorosa, tres del Niño Jesús en Brazos, dos pinturas de miniatura en plata de Nuestra Señora del Rosario y de San Gerónimo, dos láminas con marco dorado: una de la Virgen de la Soledad y otra de San Joseph, una del Corazón de Jesús en cuerpo entero y una miniatura de Nuestra Señora, “una copia de la Santa imagen que milagrosamente abrió aquí [en Roma] los ojos antes de los tiempos calamitosos pasados”. (II pp.188-189) Una selección que refiere al santoral jesuítico y a las principales devociones que impulsa la Compañía de Jesús, pero también algunas excepciones: Nuestra Señora del Rosario, una fuerte devoción cordobesa alentada por los dominicos de la cual participa Ambrosio Funes,[28] y San Gerónimo, patrono de la ciudad de Córdoba.[29]

La narración de prodigios, que en su casi totalidad se vinculan con la restitución de la Compañía de Jesús, circula dentro de la red. Funes relata en clave sobrenatural el terremoto de Arequipa que ha producido 200 muertos: solo el Colegio de la Compañía ha quedado intacto, una excepción “tan indicante de la restitución”. (f. 124) Juárez, siempre cauto –aunque no incrédulo- en torno al tema de los prodigios y milagros, reconstruye por su parte un acontecimiento peculiar: producida la expulsión de los jesuitas de la ciudad de Barcelona, se encontró un pliego en el aposento del P. Jayme Pedralbes en el que el exjesuita indicaba con precisión el lugar –hasta ese momento desconocido- del sepulcro de San Pedro Nolasco, fundador de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de las Mercedes. Realizada la excavación a instancias de Carlos III, se halló el cuerpo según lo descrito. Un acontecimiento que Juárez lee como una prueba “de la inocencia de los jesuitas”. (II pp. 94-104) Otro de los prodigios tiene por protagonista a María Antonia de San José, beata de la Compañía de Jesús, oriunda de Santiago del Estero pero residente en Buenos Aires. En esta oportunidad es Funes quien relata a Juárez una visión de esta mujer que:

Ni de día ni de noche baja las manos delante de la presencia del Señor solicitando la restitución de la Compañía a su estado primitivo. Y ha ocurrido que en una visión le fueron decretadas favorablemente sus súplicas aún mucho antes que se supiera por estas partes cosa alguna de los asuntos de ustedes en la Rusia. Se halló pues repentinamente el día de San Estanislao (santo de todas sus empresas), en tiempo de la solemne fiesta que le hacía, en el centro de una multitud de luces […] que al fin fueron apagándose […] pero reparó que en un último ángulo de aquel templo todavía restaba una pequeña lucecita que no sólo no se podía extinguir, sino que muchos Ángeles concurrían a porfía en su circunferencia a encender cada uno su mechón correspondiente sin poderlo conseguir en aquella ocasión […] sólo quedó aquella antorcha inextinguible que dio a ella su principio y su fin. (ff. 169-170)

Es más, añade Funes, dichos vaticinios se están produciendo en muchas otras partes.

Las mujeres tienen su espacio en la correspondencia que estamos analizando. Mujeres tan distintas y distantes como pueden ser la emperatriz de Rusia y una beata parda de la ciudad de Córdoba.

Catalina II no solo ha permitido la permanencia de la Compañía de Jesús en Rusia, sino que ha acrecentado sus casas y colegios que hacia 1785 son seis, siete misiones, una casa de noviciado y una residencia. El número de los jesuitas es de casi 200. (I p. 16): los hay rusos y también provenientes de otras naciones como Polonia, Alemania, Francia, Italia, quienes han ido tomando la sotana [jesuítica] y están trabajando en cátedras, púlpitos, misiones y confesiones “bajo la protección y benevolencia de la Emperatriz”. (I p. 151)

Doña Bernardina Rosa, suegra de Funes; doña Mauricia Allende, su cuñada y doña Josefa Bustos, su madre, impulsan la concreción de un sin fin de iniciativas devotas: novenarios, misas, cuarenta horas, en honor del Sagrado Corazón, cuyo culto prácticamente se había abandonado desde la expulsión de la Compañía y aportan el dinero necesario para la obtención de los rescriptos y breves papales necesarios.

Catalina, una mulatilla que durante treinta años ofrece sus padecimientos físicos y sus oraciones con la intención de cooperar a la restitución de la Compañía.

Y la beata jesuítica María Antonia de San José quien desde el momento de la expulsión –asumiendo un espacio de religiosidad que ha quedado vacante- reabre distintas casas de ejercicios espirituales desde Salta a Buenos Aires, ciudad esta última en la que se instala, funda la Casa de Ejercicios y Beaterio, organiza los ejercicios ignacianos a los que asisten entre 200 y 400 ejercitantes en tandas de diez días, tandas que se repiten sin interrupción. Un éxito desconocido antes de 1767. Mantiene una fluida correspondencia con el Padre Juárez –veintitrés cartas que envía a lo largo de once años-[30] a quien tiene al tanto de la vigencia del espíritu jesuítico en la capital del virreinato del Río de la Plata y de quien obtiene rescriptos papales y la legitimación necesaria para llevar adelante su misión. Es más, a través de sus epístolas, construye su autobiografía como mujer con un rol protagónico y novedoso (Fraschina, 2017). Una construcción que –pasada por el recorte y la traducción de Juárez y otros jesuitas- sale a la luz en forma de opúsculo y circula por Europa.[31]

Interesa ver qué representaciones construyen Juárez y Funes de estas mujeres; qué espacio ocupan en los escenarios que ellos describen en sus epístolas; a qué imágenes, lenguajes y citas de autoridad apelan para definirlas: ambos las perciben como actores que participan activamente en la construcción social y religiosa de una sociedad en profunda transformación. Si bien en ocasiones ese rol será supletorio y actúan dentro del espacio que ha dejado vacante la expulsa y disuelta Compañía de Jesús, las ven integradas a la contienda que –son conscientes- se está librando en ambas márgenes del Atlántico.

Juárez escribe a Funes:

Al ver en Roma algunos memoriales que mandó usted han quedado admirados no sólo los exjesuitas de todas las provincias sino también desde el Papa hasta los demás cardenales y Prelados confesando que el heroísmo que las Señoras mujeres de esa Provincia procura con tanto celo y aún a expensas propias conservar, consolidar y perpetuar los Ejercicios de piedad cristiana, devoción y veneración a los misterios de nuestra Santa fe que en otros Reinos impíamente impugnan destruir y aniquilar los más poderosos enemigos de la Iglesia. (I pp. 211-212)

No obstante el anhelo de Juárez, de que se difunda en Córdoba el culto al Sagrado Corazón y a San José, reconoce a la vez su propia imposibilidad de actuar y la activa participación de las mujeres:

Deseo intensamente que se propague y se solemnicen sus cultos pero para que esto allí se verifique, yo que estoy en tanta distancia y como borrado de la memoria de los vivos, no he sido más que un instrumento como muerto, los instrumentos vivos más inmediatos y más fervorosos son ellas [la suegra y la cuñada de Funes] y ustedes que han procurado y practican allí su culto y devoción. (I p. 247)

También reconoce Juárez el rol modélico de algunas mujeres. Este reconocimiento lo había llevado a escribir el elogio de la madre de Funes (II p. 189), así como a compilar materiales –cartas y memoriales- en torno a María Antonia de San José con la intención de “dar a luz alguna breve relación de su vida, para edificación del público”. (II p. 234)

Muerta María Antonia de San José en 1799 y comprobando Juárez que “desde Rusia se va extendiendo la Compañía por varias partes del mundo a buscar la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”, es testigo de cómo “se van verificando las conjeturas de algunos hombres prudentes y aún quizás predicciones de Dios de que la Compañía de Jesús desde un ángulo de la tierra volvería a propagarse por todo el mundo”. [32] Recuerda expresamente que la beata María Antonia de San José le había comunicado por escrito esta predicción que en 1803 se está verificando, (II p. 297), y reconoce en esta mujer el don de profecía.[33]

Tanto Juárez como Funes llegan a compararlas con figuras bíblicas y del santoral jesuítico: Catalina, la beata cordobesa, con su paciencia, su padecimiento y la tolerancia de sus trabajos será “el Job de su sexo” (I, p. 212); María Antonia, “el Javier de Occidente”, el Apóstol de nuestras Indias” (f. 117).

Un reconocimiento y una caracterización que Juárez sostiene a lo largo de toda su correspondencia, en tanto Ambrosio Funes, ante la imposibilidad de reconocer la capacidad de estas mujeres de contribuir a la construcción social a partir de sus propias iniciativas, apartándose de toda realidad las describe como “simples, rústicas, pobres” (f. 247) y para justificar el extraordinario éxito de María Antonia de San José en la organización de los ejercicios espirituales, apela a la explicación que le dicta la cultura de su época y de su entorno: “está en ella el dedo de Dios”, y así a través de esta mujer excepcional “se acredita el imperio de los débiles y se ostentan los prodigios de la Providencia”. (f. 117)

Reflexiones finales

En su último lustro de vida Gaspar Juárez toma decisiones fundamentales: en dos oportunidades se propone regresar a las Indias para continuar con su labor misionera, dos intentos que no logra concretar por problemas de salud. (II pp. 219 y 236) En 1800, a través del Provincial de la Compañía instalado en Roma, pide y obtiene “en secreto”, su reinserción en la Compañía instalada en Rusia. No contento con esto, también obtiene mediante un rescripto pontificio de Propaganda Fide, el nombramiento de misionero apostólico para cualquier parte del mundo. (II p. 237) Muere en enero de 1804 sin haber concretado el deseo de retornar a su tierra pero “con la esperanza fundada” de que con la elección del nuevo Papa Pío VII cambiarían las cosas de la Compañía en Italia y quizá sería restablecida. (II p. 238)

Con respecto a la Universidad de Córdoba, tras años de conflictos, discusiones y consultas, se llegó a la conclusión de que los franciscanos –herederos de los jesuitas en la administración y la enseñanza- no tenían facultad para colar grados académicos. Por una Real Cédula de Carlos IV, en 1800 se resuelve “se erija y funde de nuevo […] con el título de Real Universidad de San Carlos y Nuestra Señora de Montserrat”. Se reiteró la orden –dada en la época de la expulsión- de que fuera regenteada por el clero secular, una medida que se concreta recién en 1808 con la elección de Gregorio Funes –hermano de Ambrosio- como su primer rector.[34] Durante su rectorado lleva a cabo una renovación ideológica que sigue los pasos dados en las universidades españolas –cabe recordar que él había estudiado en la Universidad de Alcalá de Henares- en las que la Ilustración y las tesis regalista y jansenistas en torno a la organización eclesiástica y a las pautas devocionales son difundidas en las distintas cátedras.[35]

Tanto el P. Juárez como Ambrosio Funes apelan al lenguaje verbal, escrito e icónico en la lucha que están librando tanto en Europa como en América a fines del siglo XVIII. Son conscientes, o por lo menos intuyen, la irreductibilidad entre el texto y la imagen. Por ello hacen uso de los dos registros: de lo visible y lo legible, dos registros que se cruzan, se vinculan, se responden, pero nunca se confunden (Chartier, pp. 73-99). Las imágenes de bulto, los cuadros, las estampas, los relicarios, que tienen el poder de mostrar lo que ningún texto podría dar a leer. Pero también apelan a lo legible, lo que puede ser dicho, enunciado, declarado: las cartas –bajo una importante variedad de formas-, los libros, los breves y rescriptos pontificios, los textos para la reflexión y los sermones. Ambos recursos son convocados y circulan dentro de la red relacional que construyen con la finalidad de evocar una ausencia y mantener la presencia y cohesión de la Compañía de Jesús, de los valores que ella sustenta, de las prácticas devocionales que alienta, de la postura eclesiológica que defiende, especialmente en relación con el poder espiritual del Papa.

El análisis de las prácticas desplegadas por los hombres y las mujeres ha permitido observar que, en términos generales, no se da la clásica identificación de lo masculino con el espacio público y lo femenino con el privado; o –en el ámbito religioso- la distribución de roles que otorga a los hombres un rol evangelizador y misionero y a la mujer uno más íntimo, místico, visionario. Tanto unos como otros, actúan en la esfera pública: Catalina II apoyando el desarrollo de la Compañía en Rusia; María Antonia de San José organizando los ejercicios ignacianos en Buenos Aires; las mujeres de las familias Funes y Allende promocionando y sosteniendo económicamente el culto al Sagrado Corazón de Jesús en Córdoba; el Padre Juárez y Ambrosio Funes actuando como lazo entre dos mundos distantes; los jesuitas, escribiendo, publicando, enseñando. Todos comunicados, movilizados en pos de un objetivo común. Tanto las cartas de Ambrosio como las de María Antonia de San José pasan por procesos similares: sufren la censura –son recortadas- antes de salir a la luz pública. Con una significativa diferencia: las del primero circularán como “Carta de un Ilustre Caballero Americano, natural de Córdoba del Tucumán, a un sujeto residente en Roma”, las de ella –transformadas en un opúsculo- conservarán su nombre.

Pero ¿fueron eficaces estas prácticas? No obstante los inmensos cambios culturales que marcan la entrada a la modernidad y que indican una transformación muy profunda de la sociedad –la “invención del individuo”, la distinción entre lo público y lo privado, la radical novedad del Estado moderno, la soberanía de la Nación, el “desencantamiento del mundo”, las nuevas formas de sociabilidad- no obstante esta profundas mutaciones, las prácticas desplegadas, y recogidas en la correspondencia que hemos analizado, forman parte de la base sobre la cual se construirá la restitución de la Compañía y la subsistencia de una religiosidad barroca. En el clima europeo de la Restauración -un período que comenzó a partir de la derrota del Imperio Napoleónico -1814-1815- tal como lo ha intuido el Padre Juárez poco antes de morir, la Compañía de Jesús es restablecida por Pío VII, en julio de 1814. La bula Sollicitudo omnium ecclesiarum responde a las exigencias de una sociedad atemorizada que no había aceptado todavía la experiencia iluminista y la revolucionaria, y que buscaba en los jesuitas un baluarte conservador en el cual apoyarse. La reinserción de los jesuitas en la actual Argentina queda sujeta a los avatares del siglo XIX: en la década de 1830, tanto en Buenos Aires como en Córdoba, se acoge con entusiasmo a algunos de ellos procedentes de España, y si bien son expulsados nuevamente, luego de la caída de Juan Manuel de Rosas –gobernador de la Provincia de Buenos Aires- en 1852 inician su regreso desde Montevideo, esta vez el definitivo, invitados por las autoridades eclesiásticas. En ambos espacios organizan misiones volantes por la campaña, dan los ejercicios ignacianos y abren sendos seminarios. En Córdoba se les concede el uso del antiguo templo de la Compañía y en Buenos Aires, hacia 1868 reasumen la tarea educativa –un claro objetivo de la Nueva Compañía- con la fundación del Colegio del Salvador.[36] En esta época la pastoral y la vida religiosa tienden a asumir actitudes “ilustradas” y a volcarse a una piedad más sencilla y emotiva. La religiosidad popular se recupera. El culto al Sagrado Corazón otorga –en determinados espacios y grupos- un sentido de pertenencia. En 1876 la diócesis de Córdoba es consagrada a su advocación.[37]

La correspondencia entre Juárez y Funes ha permitido observar y encontrar un grado de coherencia en las prácticas mediante las cuales los hombres y las mujeres de fines del siglo XVIII, a ambos lados del Atlántico, cooperaron en la construcción social en un momento de cambios extraordinarios en el que en vastas regiones de Europa y América se intenta con fuerza sustituir la religión como principio organizador, como marco de referencia y se generan múltiples debates entre los cuales los sostenidos entre jansenistas y jesuitas quedan como un “teatro” (Certeau, 1993, pp. 167-171) en el que se representan las tensiones producidas por los desplazamientos culturales.

También hemos observado cómo gracias a la escritura, la lectura y la escucha de estas cartas, los individuos –actores de situaciones extremas- fueron capaces de construir una representación de ellos mismos, una comprensión de lo social y una interpretación de su relación con el mundo.

Asimismo pudimos acercarnos a la comprensión de la forma y las razones por las cuales las mujeres y los hombres se relacionan entre sí y forman redes dinámicas específicas, por qué los exjesuitas y un importante grupo de vecinos de Córdoba y Buenos Aires se nuclean en torno a determinadas prácticas y despliegan estrategias de supervivencia con el objetivo de mantener vigente una religiosidad que daba sentido a su existencia.

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  1. Grupo RELIGIO-Instituto Ravignani-UBA+.
  2. Una primera versión de este trabajo fue presentada en el 53 Congreso Internacional de Americanistas en México DF, julio de 2009, Simposio: Prácticas contrastadas: espiritualidad, religiosidad y género en Iberoamérica, siglos XVI-XIX, dirigido por Asunción Lavrin y Rosalva Loreto López, con el título “Espiritualidad religiosa y reformas secularizadoras a partir de un epistolario masculino: Córdoba (Virreinato del Río de la Plata) y Roma, 1784-1803”, una ponencia que ha permanecido inédita.
    Gaspar Juárez nació en 1731 en Santiago del Estero, en la Gobernación de Córdoba del Tucumán que en ese momento formaba parte del Virreinato del Perú. Estudió en el Colegio de Monserrat, en la ciudad de Córdoba. Entró a la Compañía de Jesús en 1748 y entre 1750 y 1753 cursó Filosofía y Teología en la universidad de dicha ciudad, durante seis años se ocupó en el ministerio de las misiones, al cabo de los cuales enseñó humanidades, filosofía y teología moral en la Universidad. En 1767 se lo deportó a Faenza, Italia. Extinguida la Compañía en 1773 pasó a Roma donde se integró al clero secular. Se reincorporó a la Compañía de Jesús en 1800 y murió en Roma en 1804.
  3. Ambrosio Funes pertenece a una familia estrechamente ligada a la Compañía de Jesús. Nació en Córdoba. Fue hijo del Sargento Mayor don Juan José Funes y de doña María Josefa Bustos. Inició sus estudios como alumno del Colegio de Monserrat, que interrumpió en el momento de la expulsión de la Compañía. Contrajo matrimonio con María Ignacia de Allende, hija de don Tomás de Allende, uno de los más prósperos comerciantes de mulas de la región. Tuvo ocho hijos, se dedicó al comercio y ocupó los cargos de Sargento Mayor y Comandante de Milicias de Córdoba, Síndico Procurador de la ciudad, Ministro de las Reales Cajas, Alcalde de 1º. y de 2º. Voto, Gobernador interino y Gobernador efectivo. Murió en 1816.
  4. Las cartas de Ambrosio Funes a Gaspar Juárez se conservan en el Archivio di Stato di Roma. (en adelante ASR). Amministrazione Camerale del Patrimonio exgesuitico. Buste 7-8. Corrispondenza riguardante l’esecuzione del breve di soppressione (1773-1775).De las 54 cartas que –según consta en el epistolario de Gaspar Juárez- A. Funes envió a su maestro, se conservan diez en dicho reservorio. Las 67 epístolas de Gaspar Juárez a su discípulo cordobés –que se conservan en el Archivo del Colegio del Salvador, Buenos Aires- han sido publicadas en Pedro Grenón, Los Funes y el Padre Juárez, SJ, Córdoba, Tipología la Gutenberg, 1920, 2 volúmenes. En adelante citaré solo con número de folio las epístolas de Funes y con tomo y página las correspondientes a Juárez.
  5. Al extremo que en ocasiones se reemplaza la firma por un prudente NN o un enigmático “Santiagomanta”. “Manta”, palabra del quichua santiagueño que significa “de”, “desde”.
  6. En 1622 el Colegio jesuítico de Córdoba obtuvo la facultad de otorgar grados académicos gracias a un breve de Gregorio XV fechado en julio del año anterior, luego confirmado por Urbano VIII en 1634. Sobre la Universidad en América y la Ilustración ver Siebzehner, 1992, pp. 113-121.
  7. El probabilismo es una doctrina casuística, en teología moral, que sostiene que, en caso de duda sobre la bondad o no de una acción, se puede seguir una opinión probable, aunque exista otra que sea más probable. El primero que lo expuso fue Bartolomé de Medina en 1577, pero cobró vigor en los siglos XVII y XVIII, desatando la polémica de los rigoristas, tanto jansenistas como jansenizantes. En las discusiones se vinculó el probabilismo con la Compañía de Jesús, atribuyéndole una connotación laxista y la defensa del tiranicidio.
  8. Si bien son numerosas las cartas en las que A. Funes reflexiona sobre el estado de la enseñanza en el Convictorio y la Universidad de Córdoba, sigo fundamentalmente ASR, Carta de A. Funes a G. Juárez, 1 de noviembre de 1789, ff. 275-293.
  9. Sobre las reformas llevadas a cabo por los franciscanos en la Universidad de Córdoba ver Moya, 2000.
  10. En oposición a los teólogos probabilistas, los probabilioristas, entre ellos los miembros de algunas órdenes religiosas contrarias a los jesuitas, sostenían que en los casos de duda era obligatorio seguir el criterio más probable. Sus partidarios atacaban a los jesuitas por considerar que el probabilismo alentaba una conducta no condicente con los criterios morales de la Iglesia, y los tacharon así de “laxistas”, es decir de alentadores de una moral laxa.
  11. Para entender los juegos de alianzas entre la Orden franciscana, la sociedad cordobesa y el gobierno central en torno a la Universidad, ver Melean, 2016, pp. 97-103.
  12. En torno a la supresión y eventual restitución de la Compañía ver Fabre y Goujon, 2014.
  13. El jansenismo es un movimiento espiritual, doctrinal, político y eclesiástico que surge en Bélgica a principios del siglo XVII y se desarrolla luego en Holanda, Francia y más tardíamente en Italia y la Península Ibérica. Las preocupaciones principales de Cornelio Jansen (1585-1638) tenían que ver con la doctrina de la gracia y con el tema de la predestinación. Con el correr del tiempo las posturas jansenistas se ocuparon de otras cuestiones. En la cuestión moral se definieron radicalmente rigoristas –y por lo tanto enemigos de los jesuitas- y partidarios del episcopalismo en oposición a una Iglesia jerárquica, dependiente directa y absolutamente del papa. Si bien el jansenismo fue condenado en 1713 por la bula Unigenitus, sobrevivió durante buena parte del siglo XIX.
  14. En torno al pasaje de una organización religiosa a una ética política o económica, ver Certeau, 1993, pp. 149-200.
  15. Una reflexión que tiene como base la Biblia, Apocalipsis 12, 7: “Entonces hubo una batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón”; 20, 1-2: “Vi un ángel que bajaba del cielo; tenía en la mano la llave del abismo y una gran cadena. Prendió al Dragón, la antigua Serpiente –que es el Diablo, Satanás- lo encadenó por mil años”.
  16. Grenón, vol. I pp. 33-36. Después de la abolición quedaron trabajando los jesuitas en Inglaterra y en la Nueva República que se ha formado en las Colonias Americanas Inglesas. Producida la abolición de la Compañía, como nadie los intimó, quedaron trabajando como misioneros, dependientes del Papa, a quien dan cuenta de lo que allí sucede por medio de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide y el que antes de la abolición era Superior o Provincial, ha quedado después con el título de Vicario Apostólico.
    Sobre la Compañía de Jesús en los Estados Unidos después de la supresión ver Schalafly In: O´Malley et al., 2006, pp. 772-784.
  17. Sobre los jesuitas en Rusia ver Inglot SJ, 2013, pp. 3-15.
  18. En torno a los jesuitas expatriados del actual territorio argentino ver Storni, 1967, pp. 39-56.
  19. Todos estos nombres se encuentran citados en los dos volúmenes de Grenón, ya citados.
  20. Ver Morales SJ, 2005.
  21. Clemente Baigorri fue uno de los novicios que acompañaron a los jesuitas en la expulsión, “cuyo buen olor de santidad dura hasta ahora –escribía Juárez- en todos los que le conocieron. Lo eligieron los mismos novicios como su Maestro y Director”. Grenón II, pp. 115-116. Murió en Faenza en 1770.
  22. En la compilación de Grenón, ya citada, se reproduce sólo una, la número 6, “Relación de lo que nos sucedió desde nuestro arribo a la Italia hasta la abolición de la Compañía de Jesús. Y de otros sucesos relativos a esta Religión”, Grenón I pp. 113-128.
  23. Sobre Camaño ver, Piciulo, Vol. 126 núm. 1.
  24. Desde la expulsión la Corona otorga 100 pesos a cada exjesuita para ayudar a su manutención. A los que publican alguna obra les dobla la pensión.
  25. Sobre la relación entre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la Compañía ver Echegaray, 1998, pp. 369-380. Las experiencias místicas de una religiosa francesa, Margarita María de Alacoque de la orden de la Visitación –fundada por San Francisco de Sales-, fueron el punto de partida para construir en el siglo XVII una devoción al Corazón de Jesús. Según ha quedado registrado en sus epístolas, a partir de una serie de apariciones en 1673 Cristo le dijo haberla escogido para comunicarle a los hombres los tesoros de su Corazón. En julio de 1688 –de acuerdo con la narración del historiador jesuita Francisco Zambrano- durante una aparición a Margarita, la Virgen hizo saber al jesuita Claudio La Colombiere, su confesor, que “está reservado a los hijos de Ignacio el estudiar y dar a conocer el valor y utilidad de tan rico manantial”.
  26. En Francia, el culto al Sagrado Corazón asume un carácter adverso a las nuevas ideas. Luis XIV había consagrado el reino a esta devoción y los campesinos de La Vendeé sublevados contra el nuevo orden habían combatido llevándolo como bandera. Ver Di Stefano y Zanatta, 2000, p. 283.
  27. En noviembre de 1761 Carlos III decretó que en lo sucesivo las bulas o breves del Papa, para ser válidas en sus estados, habían de tener Pase Regio: el exequátur. Es decir, debían pasar por el Consejo y ser allí revisados, para permitir su divulgación si fuera aceptable, o de lo contrario para que se suplicase al Papa con el fin de que derogase sus letras y proveyese de otra forma más conveniente. Si bien esta medida se revocó al año y medio, en 1768 entró nuevamente en vigencia.
  28. Para un análisis de las devociones de los Funes ver Lida, 2004, pp. 191-213; 2000, pp. 105-133..
  29. El trabajo de Martínez de Sánchez, 1996, pp. 3-41 nos informa sobre la fuerte presencia de imágenes de Nuestra Señora del Rosario, de los Dolores y del Niño Dios en el culto privado en la ciudad de Córdoba durante el período tardo-colonial pero una muy escasa presencia o referencia al Sagrado Corazón.
  30. Las cartas de María Antonia de San José al padre Gaspar Juárez se encuentran en ASR, ya citado y en Archivum Romanum Societatis Iesu, Roma. En su casi totalidad están publicadas en Blanco SJ, 1942.
  31. Se trata de “El estandarte de la mujer fuerte”, un opúsculo de autor desconocido, de quince páginas, publicado en Europa en vida de la beata, escrito a partir de las cartas que ella y Funes envían a Gaspar Juárez. Ha sido reproducido por Blanco, ya citado, pp. 421-436.
  32. Para el tema de las demostraciones que surgieron como consecuencia de la expulsión de los jesuitas y las profecías y revelaciones en torno al regreso –llamativamente similares- que se produjeron desde Guatemala y Veracruz hasta la ciudad de México, entre las cuales se destaca “la de las lámparas”, ver Enciso, 2000, pp. 209-241.
  33. Sobre la profesía y el rol de profeta ver Kienzley and Walker, pp. 21-41. El término “profecía” refiere a la comunicación directa de la Divinidad con el profeta o a través del profeta como intermediario. Mediante la profecía se interpreta el pasado, se habla al presente, o puede predecir el futuro. La inspiración profética puede ser auditiva o visual. También puede ocurrir a través de sueños. La forma ideal de discernír sobre la veracidad de un profeta es verificar que su profecía se convierte en realidad. Esta última característica es justamente la enfatizada por el P. Juárez.
  34. Para la figura de Gregorio Funes ver Lida, 2006.
  35. Sobre la enseñanza en las Universidades españolas y americanas ver Góngora, 1957, pp. 96-151.
  36. El Colegio del Salvador fue objeto de desmanes, asalto, saqueo e incendio producidos contra la Compañía de Jesús. Para un análisis de este acontecimiento ver Di Stefano, 2010, pp. 238-245.
  37. En torno a los jesuitas en Buenos Aires y en Córdoba durante el período 1830-1865 ver Pérez, 1901; Di Stefano y Zanatta, 2000. Reimpreso en 2009 con un nuevo Prólogo y un apéndice de actualización bibliográfica, pp. 229-303; Barral y Di Stefano, pp. 635-658.


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