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6 Perspectivas de género
en relaciones internacionales

Sandra Bustamante[1]

1. Introducción

La perspectiva feminista o de género se vinculó a las relaciones internacionales recién a fines de la década de los 80 a través de J. Ann Tickner y otras autoras, casi al mismo tiempo que el “tercer debate” y lo que se llamó la era pospositivista, donde muchas autoras feministas de relaciones internacionales se ubicaron (Tickner & Sjoberg, 2013).

Este capítulo pretende, en primer lugar, hacer una revisión de la investigación empírica feminista de las relaciones internacionales, cuya mirada no es unívoca, sino que existen perspectivas y enfoques feministas divergentes y en ocasiones contradictorios. El punto en común es, por un lado, la denuncia de las desigualdades y prejuicios existentes en las categorías, paradigmas y conceptos de las relaciones internacionales y, por otro, una manifestación de cómo las teorías internacionales que se han considerado neutrales, objetivas y universales están en realidad profundamente marcadas por asunciones de género. Para ello las distintas autoras van a centrar su mirada en los distintos debates, buscando transgredir las fronteras de teorías supuestamente verdaderas al plantear experiencias de género que las contrarrestan (Sylvester, 1996). Con aproximaciones de ese tipo, el feminismo ha contribuido a demostrar cómo los paradigmas clásicos de la disciplina (realismo, liberalismo y estructuralismo) han servido para reforzar el sistema de género occidental.

En segundo lugar, analizaremos las críticas feministas a la agenda tradicional de la disciplina de relaciones internacionales, vinculada durante muchos años al paradigma realista y, por tanto, al estudio de las causas de las guerras internacionales, los procesos de surgimiento de los Estados y el equilibrio de poder. Asimismo, incluiremos una descripción de los temas relevantes de la agenda feminista en las relaciones internacionales actuales, como la perspectiva de género en la cooperación al desarrollo.

2. Naturaleza, antecedentes y origen histórico

2.1. Los orígenes del feminismo y su vinculación tardía con los estudios de relaciones internacionales

La esencia del feminismo en su lucha a favor de la igualdad entre mujeres y varones se retrotrae a la antigua Grecia, pero es desde la década de 1960 desde cuando las feministas empezaron a cuestionar las teorías tradicionales respecto a diversas representaciones e ideas respecto de las mujeres y lo femenino. En primer lugar, la atención teórica se dirigió a los discursos patriarcales, que eran abiertamente hostiles contra las mujeres y lo femenino, o que ignoraban el rol de las mujeres en la sociedad. El feminismo buscaba incluir a las mujeres en los campos en los cuales se las había excluido y tratar cuestiones importantes como “la esfera privada o doméstica y la esfera pública”, los derechos sexuales y reproductivos, y la violencia contra las mujeres.

Las ciencias sociales a partir de la década del 60 comenzaron a recibir aportes de estudios, teorías y perspectivas que, tomando el feminismo como base, empezaron a utilizar el género[2] como unidad de análisis. Pasaron muchos años hasta que la categoría de género fue incorporada a las relaciones internacionales. Para autores como Margot Light y Fred Halliday, se puede hablar de una cierta inercia institucional, de una escasa presencia de mujeres en la disciplina, de la propia despreocupación de las teóricas feministas o por la propia concepción que muchos académicos tienen de la disciplina al sostener que las relaciones internacionales son neutras en cuanto al género (Light y Halliday, 1994).

Un momento importante de vinculación del feminismo con las relaciones internacionales y de discusión respecto a estas posturas fue la aparición en 1988 de un número especial de la revista Millennium de la London School of Economics sobre “Mujeres y Relaciones Internacionales”. A partir de esa publicación, se ha vivido un continuo desarrollo particularmente en áreas como los estudios feministas de seguridad o la economía política global feminista. La relación entre los enfoques feministas y el resto de la disciplina de relaciones internacionales no ha sido fácil ni ha estado exenta de tensiones y controversias, comenzando por la conocida discusión entre Ann Tickner y Robert Keohane sobre la posibilidad (Tickner, 1997), y la conveniencia, de que las autoras feministas adaptaran la preocupación por el género a una estructura epistemológica reconocible para las corrientes dominantes de la disciplina, en forma de formulación de hipótesis y búsqueda de lógicas causales.

Las autoras feministas, como Jean Bethke Elshtain, Cynthia Enloe y J. Ann Tickner, buscaron transformar la disciplina e introducir un enfoque de género mostrando que los procesos internacionales han actuado desigualmente entre mujeres y hombres (Spike Peterson y Sisson Runyan, 1993: 7). A ello se han sumado teóricas, como Sandra Harding, que han planteado los problemas metodológicos y epistemológicos de conocimiento del sistema internacional desde una perspectiva de género (Harding, 1986).

Los análisis feministas vinculados a las relaciones internacionales son diversos, reflejo de los distintos espectros de la teoría feminista general, pero todas coinciden en “revelar las distorsiones, perjuicios, exclusiones y desigualdades” de las categorías, paradigmas y conceptos sobre los que se ha construido el discurso de las relaciones internacionales, transformando la “gramática androcéntrica” de la disciplina (Sylvester, 1996: 257).

El género se incluye como una categoría central, adoptándose nuevas metodologías y una nueva postura epistemológica y modificando las propias nociones de centro-periferia de la espacialidad disciplinaria. Las autoras feministas desarrollaron un método de análisis que intenta capturar fenómenos de las relaciones internacionales que las lentes tradicionales de la disciplina, centradas en las relaciones entre Estados soberanos, caracterizados como actores unitarios y racionales masculinizados, invisibilizaban (Tickner, 1992).

2.2. Los primeros antecedentes. Cuestionamiento de la epistemología y metodología de las relaciones internacionales

Como mencionamos anteriormente, el año 1988 fue clave para la incorporación del feminismo en las relaciones internacionales con la publicación del artículo de J. Ann Tickner que retó el statu quo del realismo como teoría dominante en política internacional, al afirmar que “la política internacional es un mundo de los hombres”[3] y, de manera más contundente, al rebatir los seis puntos pilares de la obra de Hans J. Morgenthau con críticas feministas[4]. Es claro su reclamo hacia la existente discriminación contra las mujeres a través de una visión masculina de la disciplina asumida como canon hasta el momento. A Tickner se sumaron las voces de académicas como Christine Sylvester, Mary Ann Tétreault, Cynthia Enloe, Gillian Youngs, que han aportado al debate de las relaciones internacionales en la materia.

Sandra Harding (1996) ha sido quien ha hecho importantes aportes a la epistemología feminista, analizando la forma en la que el género influencia el conocimiento y las prácticas de investigación y los criterios de fundamentación de la teoría. Su clasificación incluye: en primer lugar, un feminismo empirista, que considera que “el sexismo y el androcentrismo presentes en la investigación científica son sesgos sociales que se pueden corregir con una adhesión estricta al método científico (Harding, 1996: 23); en segundo lugar, un feminismo de punto de vista, que sostiene que la ciencia refleja la posición dominante del hombre en la vida social, lo que produce un conocimiento “parcial y perverso” (Harding, 1996: 24); y, por último, un feminismo posmoderno, que se refiere a la condición de género, centrado en la identidad de la mujer y su relación con el conocimiento. Tanto el feminismo de punto de vista como el posmoderno comparten los planteamientos del feminismo radical sobre las estructuras patriarcales y antropocéntricas de la sociedad y del sistema internacional.

Todas las teorías feministas en las relaciones internacionales han buscado incluir en la agenda internacional y en las líneas de investigación a la mujer y la perspectiva de género, que facilitara la emergencia de nuevas identidades que bregaban por su reconocimiento. Desde el punto de vista metodológico, se han propuesto numerosos cambios. Una de las áreas donde se han incorporado nuevas visiones ha sido en el concepto del “poder”, ya que se desafía la concepción realista del control del “hombre sobre el hombre”; es decir, el poder como forma de dominación que ha sido asociada siempre con la masculinidad desde que el ejercicio del poder es visto como una actividad varonil. Cuando las feministas definen el poder, este es concebido “como la habilidad humana para actuar en concierto, o la acción que es tomada en conexión con otros quienes comparten las mismas preocupaciones” (Tickner, 2012: 149). Esta definición se ajusta más a un poder compartido que a un poder asertivo y monopólico. En su propuesta denotan que la mujer es capaz de desarrollar más el sentido del poder como persuasión en vez del poder como coerción.

3. Enfoques teóricos, definiciones, conceptualización

3.1. El feminismo frente al paradigma realista

J. Ann Tickner en su obra plantea que, como profesora de Relaciones Internacionales, se cuestionaba:

¿Por qué hay pocas mujeres en la disciplina? ¿Por qué hay pocos textos escritos por mujeres para recomendarles como lecturas en las clases? ¿Por qué muchas de las cuestiones que se estudian en la disciplina están tan lejos de las experiencias que viven las mujeres? ¿Por qué las mujeres han brillado sólo por su ausencia en el mundo de la diplomacia y la política militar y exterior? (Tickner, 1992).

Tickner, en su análisis y réplica a los seis principios de Morgenthau, sostuvo que eran una expresión de la visión androcéntrica de las relaciones internacionales. Para la autora, la categoría del interés nacional, entendido como poder, está basada en una visión parcial (la masculina), y, desde el punto de vista femenino, el interés nacional no solo debe definirse como poder, sino también como cooperación e interdependencia, capaz de incluir problemas globales como el problema nuclear, el ecológico y el bienestar económico.

En la reformulación feminista que hizo de los seis (6) principios del realismo político de Hans Morgenthau, J. Ann Tickner plantea cómo tradicionalmente la diplomacia, el servicio militar y la ciencia política internacional han sido dominios masculinos históricos, en los que raramente se observaban mujeres desempeñando funciones de alta gerencia o como especialistas de seguridad internacional. Asegura que hay algo inhóspito y poco atractivo a las mujeres en las áreas antes señaladas (militares, política internacional y seguridad) que hace que estas se inclinen hacia los temas que ocupan un segundo plano en la agenda internacional, por lo que la exclusión de la mujer no solo responde a factores de discriminación, sino también a un proceso de selección que empieza por la forma como se enseñan las relaciones internacionales (Tickner, 1988).

Según las teorías feministas, esto se debe a que las relaciones internacionales, vistas desde la práctica generada desde el realismo político imperante después de la Segunda Guerra Mundial, se basan en términos como “poder”, “amenaza”, “guerra”, “disuasión”, “estrategia nuclear”, que son netamente afines a lo masculino. Desde el punto de vista de J. Ann Tickner,

las realidades son múltiples, por lo que una visión verdaderamente realista de la política debe reconocer, igualmente, elementos de cooperación y conflicto, moralidad y realismo político, fuerza, justicia y orden, lo que ayudaría a pensar en términos multidimensionales y mucho más veraces (Tickner, 1988: 437).

Tickner cuestiona a Morgenthau respecto a su postura del comportamiento inmoral de los actores internacionales (Estados), el cual se considera racionalmente prudente para alcanzar su interés nacional, así como producir un orden dentro del sistema internacional que es considerado caótico y conflictivo. Se obvian los elementos de cooperación y regeneración, que también son aspectos de las relaciones internacionales. Esto ha provocado que

en relaciones internacionales la tendencia a pensar la moralidad en términos abstractos, normas universales e inalcanzables y puramente instrumentales, como lo hace Morgenthau, disminu[ya] nuestra habilidad de tolerar las diferencias culturales y buscar el potencial para construir la comunidad (internacional) a pesar de estas diferencias (Tickner, 1988: 433).

Otra representante de esta postura es Cinthia Enloe, quien, en su libro Bananas, Beaches and Bases (Enloe, 989), planteó la necesidad de demostrar el papel verdadero de la mujer en la política internacional, el cual es más importante del que le asignan usualmente. Para ello examinó el papel desempeñado por las esposas de los líderes políticos o diplomáticos en las decisiones tomadas por estos y el papel de las mujeres vinculadas con las bases militares estadounidenses.

Global Gender Issues in the New Millennium es otro libro clave, escrito por Anne Sisson Runyan y V. Spike Peterson, quienes sostienen que el poder del género contribuye a mantener las divisiones de género, raza, clase, sexo y nacionalidad a pesar de la creciente atención a las cuestiones de género en el estudio y la práctica de la política mundial, y analizan las divisiones de poder y recursos basadas en el género que contribuyen a las crisis mundiales de representación, violencia y sostenibilidad. En la cuarta edición (Sisson Runyan y Spike Peterson, 2004), ponen énfasis en los desafíos de forjar solidaridades transnacionales para eliminar el género en la política, los estudios y la práctica mundiales mediante políticas renovadas para una mayor representación y redistribución. Sin embargo, ven la promesa en las luchas de coalición para volver a radicalizar las demandas políticas mundiales feministas con el fin de cambiar las condiciones descendentes de las mujeres, los hombres, los niños y el planeta.

Estas autoras feministas de relaciones internacionales sostienen la existencia de dos dicotomías. Por un lado, la consideración realista del Estado como una esfera racional y ordenada que representa a la sociedad frente a un sistema internacional anárquico. Para el feminismo, ese “modelo de Estado empleado está construido sobre el modelo del hombre soberano” (Sylvester, 1994: 164), poderoso y autónomo. Por el otro, la segunda dicotomía, de carácter etnocéntrica, que construye una legitimación de la colonización al ver al otro, al extranjero, como el símbolo de lo irracional frente al hombre blanco autónomo y racional. Los pueblos “bárbaros y salvajes” eran considerados como mujeres o niños, necesitados de la tutela y protección del hombre blanco para sobrevivir (Sylvester, 1994).

3.2. Las criticas feministas al enfoque estructuralista

El enfoque estructuralista en relaciones internacionales tiene un representante en Kenneth Waltz. Para Kepa Sodupe, mientras que el realismo tradicional recurre a las fuentes sociológicas e históricas, el neorrealismo se apoya en la teoría económica; mientras que el realismo tradicional considera que el poder es un fin en sí mismo y busca maximizarlo, el realismo estructuralista lo considera un medio, y su preocupación central es la seguridad; por último, mientras que el realismo tradicional prefiere realizar el análisis tomando en cuenta al Estado como unidad de análisis, el realismo estructural prefiere utilizar el análisis sistemático y considerar las relaciones o interacciones existentes entre las distintas unidades de análisis (Sodupe, 1991, 2002).

Este enfoque fue criticado por el feminismo, en particular por autoras como Jill Krause, que se sitúa en una postura feminista, posmoderna y posestructuralista. Incluye el debate sobre el género y la identidad en este contexto, y cuestiona fuertemente la “ortodoxia” dentro de la disciplina, según la cual el Estado nación es la única fuente significativa de identificación y lealtad política en el mundo. Al centrarse en las cuestiones de género y de identidad, la crítica feminista pone de manifiesto los problemas de exclusividad ideológica de la teoría de las relaciones internacionales y los procesos de exclusión y marginación que intervienen en la construcción de un relato históricamente específico de la identidad política en una comunidad espacialmente delimitada (Krause, 1996).

Explora en su obra, asimismo, las complejas formas en que las identidades de género contribuyen a la construcción de las identidades políticas. Sugiere que, aunque el género es una faceta central de la identidad humana, no es una característica “esencial” o “natural” y debe entenderse tanto como un aspecto de la identidad personal, como en término social y político. La identidad de género conforma luchas nacionalistas y es conformada por ellas, y es parte de la construcción de la nación como una entidad con una identidad distintiva.

El Estado nación deja de ser central en las relaciones internacionales. Más bien, podría hablarse de una identidad colectiva para plantear una serie de preguntas sobre la importancia de las relaciones sociales y las desigualdades de poder en la construcción de esas identidades. La postura de Krause alienta a repensar las categorías de género e identidad de una manera totalmente diferente. Se debe ser consciente de que el género es fundamental en la construcción de las categorías “inclusivas” y “exclusivas” que establecen los derechos de la ciudadanía.

Krause muestra la complejidad de las cuestiones de género, identidad y poder en la construcción de “la nación” en el mundo contemporáneo. Nuestro sentido de la identidad personal y colectiva, sostiene, está influenciado por los cambios sociales impulsados por la actividad económica mundial, por las ideologías transnacionales y por las poderosas ideas e imágenes difundidas por los medios de comunicación mundiales. Las cuestiones de género son importantes para comprender algunos de los complejos y dinámicos vínculos entre lo “global” y lo “local” y las reivindicaciones contrapuestas de las identidades colectivas.

El análisis sistémico propuesto para considerar las relaciones o interacciones existentes entre las distintas unidades de análisis es insuficiente. Las relaciones internacionales necesitan desarrollar nuevos enfoques para conceptualizar y teorizar las relaciones sociales y las relaciones de poder en una era global. Centrarse en el género y la identidad nos lleva a plantear preguntas bastante diferentes sobre los procesos sociales implicados en la construcción de esas “comunidades limitadas” llamadas “Estados nación”, que tanto han ocupado a los estudiosos de las relaciones internacionales.

El género se transforma en un factor importante para comprender la identidad personal y colectiva que subyace en el Estado nación. Pero, a la vez, pensar que este puede ser el único componente irreductible de la identidad oculta las formas cada vez más complejas en las que se forman y transforman las identidades.

3.3. El feminismo cuestiona el liberalismo

El liberalismo en las relaciones internacionales nació como alternativa teórica al realismo, y ha sido particularmente influyente en determinados periodos, sobre todo en la medida en que se revelaba como útil para explicar el contexto internacional de un momento concreto. Está estructurado sobre la base de la importancia que concede a cuestiones tales como la libertad, la racionalidad, los derechos humanos, la democracia y los límites al poder, y, al contrario que el realismo, está convencido de que el conflicto es evitable. En este sentido, los autores liberales considerarán, por un lado, que la libertad individual y los derechos humanos solamente estarán salvaguardados en el marco de un Estado democrático que respete el imperio de la ley y, por otro, que la voluntad de cada Estado deberá someterse a la voluntad general acordada por los Estados en su conjunto.

Las autoras que han criticado estas posturas pertenecen a la posición del feminismo liberal, también llamado “feminismo de la corriente principal”. Es una rama del feminismo que se define por su enfoque en el logro de la igualdad de género a través de la reforma política y legal en el marco de la democracia liberal. Tiene sus raíces en el feminismo de la primera ola del siglo xix, que se centró especialmente en el sufragio femenino y el acceso a la educación, y que se asoció con el liberalismo y el progresismo del siglo xix. Pone gran énfasis en el mundo público y suele apoyar las leyes y reglamentos que promueven la igualdad de género y prohíben las prácticas discriminatorias hacia las mujeres.

Entre las representantes podemos considerar a Susan Moller Okin y Jane Mansbridge, filósofas políticas que han aportado particularmente a la idea de la justica global, y a la internacionalista Gillian Youngs.

Susan Moller Okin publicó en 1979 Women in Western Political Thought y, en 1989, Justice, Gender and Family, una crítica a las modernas teorías de la justicia que incluían a Rawls, Nozick, MacIntyre y Walzer. La principal idea de la autora es que la teoría de la justicia debe ser completada. Para ello debe incluir a las mujeres y poder ver las inequidades de genero existentes en el mundo.

En 1993, con Jane Mansbridge publicó su artículo “Feminismo”. Los principales interrogantes de estas autoras están vinculados al análisis del canon que las feministas vienen rechazando. Es necesario considerar la limitación del desarrollo de la mujer en el ámbito privado que viene impuesta desde tiempos de Aristóteles, que en su definición de lo “político”, como el bien supremo, lo diferenció del hogar, como lo “otro”. Las mujeres son históricamente lo “otro”. Políticamente, actúan contra esta dicotomía que genera desigualdades en ambas caras de la moneda. Teóricamente, reconocen la necesidad de incluir distintas perspectivas en el análisis y crítica de la dominación. Pues la diferencia que culturalmente separa a las mujeres obliga a analizar la brecha desde núcleos distintos. Mansbridge introduce distintos focos de investigación feminista y abre campos de conocimiento por los que acercarse a las cuestiones de género partiendo de la afirmación: “Lo personal es político”.

Gillian Youngs ha hecho un importante aporte con su artículo “Feminist International Relations: ¿a contradictions in terms? Or: why women and gender are essential to understand the world ‘we’ live in”, donde sostiene que el principal aporte de la teoría feminista a las relaciones internacionales está vinculado a tres cuestiones:

  • El Estado y el mercado están, desde el punto de vista del género, masculinizados y estructurados.
  • Existe una concepción dominante de la agenda política, que es masculina, y que ignora las realidades de las mujeres y su activa contribución a la vida económica y política.
  • La falta de atención de la categoría género oscurece la construcción de las identidades masculinas y femeninas.

Más allá del análisis del poder, y en eso se vincula al liberalismo, a la autora le interesa hablar de las inequidades de género. Hace una profunda revisión ontológica de las relaciones internacionales y sostiene que ser consciente de la hegemonía masculina existente permite revisar las desigualdades socioeconómicas y raciales, entre otras.

Por último, Youngs analiza la existencia de tres modelos: el patriarcal, orientado a ignorar a la mujer; el del “héroe guerrero-ciudadano”, orientado a la conquista de la mujer; y un modelo superador, el “burgués racional”, que es menos agresivo y más igualitario y es el que se requiere en las relaciones internacionales contemporáneas. La agencia de la mujer en el mundo contemporáneo está vinculada a su libre participación en movimientos sociales, en movimientos de derechos de la mujer globales y en la asunción del liderazgo.

3.4. Nuevas tendencias de feminismo y relaciones internacionales

3.4.1. Feminismo poscolonial como crítica al eurocentrismo

Algunas autoras feministas se dedicaron al estudio de la colonización para desvelar cómo la ideología que la legitimó, conocida como la misión civilizadora por la cual Occidente tenía la sagrada misión de llevar la civilización a las sociedades bárbaras o atrasadas, estaba construida sobre la dicotomía masculino-femenino. Al mismo tiempo, las autoras feministas se dedican a denunciar las consecuencias que un fenómeno internacional como la colonización tuvo en las sociedades con las que se encontró, haciendo hincapié en cómo esta modificó, transformó o solidificó los papeles y atribuciones asignadas a hombres y mujeres.

El término “feminismo poscolonial” es relativamente reciente, y habría que empezar por señalar que no todas las estudiosas del tema se ponen de acuerdo en una denominación como esta. En primer lugar, porque el “término feminismo” tiene para algunas autoras feministas claras connotaciones de feminismo blanco occidental y heterosexista, y, desde ese punto de vista, suelen comenzar sus ensayos con una crítica. Sin embargo, lo aceptan, aunque caracterizándolo como el feminismo de las mujeres del tercer mundo. Algo parecido ocurre con el término de “poscolonial”: se prefiere hablar de feminismo del “tercer mundo”. Aunque también se reconocen problemas en esta denominación, parece preferible porque daría cabida tanto a las mujeres oprimidas por la raza en el “primer mundo”, como a las mujeres de los países descolonizados o neocolonizados.

En esta postura se ubica a autoras como: Gayatri C. Spivak, con su postura de la “conciencia subalterna”; Trinh T. Minh-ha, que ha centrado su teoría en el “otro inapropiado”; y Chandra T. Mohanty, con su noción de “la mujer del tercer mundo”.

La vasta obra de Spivak puede resumirse particularmente en un texto: “Puede hablar el subalterno?”[5] (Spivak, 1985). El argumento en general apunta al silenciamiento estructural del subalterno dentro de la narrativa histórica capitalista. Su “habla” no adquiere estatus dialógico, no es un sujeto que ocupa una posición discursiva desde la que puede hablar o responder. La crítica de Spivak resalta los peligros del trabajo intelectual que actúa, consciente o inconscientemente, a favor de la dominación del subalterno, manteniéndolo en silencio sin darle un espacio o una posición desde la que pueda “hablar”. De esto se desprende que el intelectual no debe –ni puede–, en su opinión, hablar “por” el subalterno, ya que esto implica proteger y reforzar la “subalternidad” y la opresión sobre ellos.

Trinh T. Minh-ha, además de teórica crítica del feminismo, es una documentalista y cineasta que sostiene que la forma en que la sociedad define y gobierna el lugar de la mujer puede reconocerse fácilmente a través de las técnicas de poder cada vez más refinadas que desarrolla y normaliza en el control y la vida cotidiana de la política y la sexualidad. La exposición pública invita al acoso público, que difiere notablemente con lo que le ocurre al género masculino. Nunca ha sido fácil para las mujeres salir en público sin ser agredidas verbal o físicamente. Y nunca ha sido fácil para las mujeres educadas desenvolverse bien en sociedades controladas por los hombres, ya que, para sobrevivir, deben aprender, de una u otra manera, el arte de velarse, ya sea literal o figurativamente. En su película A Tale of Love del año 1995, se inspira en “The Tale of Kieu”, el poema de amor nacional vietnamita, marcado por las turbulencias internas y la lucha contra la dominación extranjera (Trinh T. Minh-ha, s/f).

Chandra T. Mohanty ha sostenido que

cualquier discusión sobre la construcción intelectual y política de las “feminismos del tercer mundo” debe tratar dos proyectos simultáneos: la crítica interna de los feminismos hegemónicos de “Occidente”, y la formulación de intereses y estrategias feministas basados en la autonomía, geografía, historia y cultura. A partir de ello deberían estructurarse las nuevas prácticas y los principios analíticos del feminismo. El primero es un proyecto de deconstrucción y desmantelamiento; el segundo, de construcción y creación (Mohanty, 2008).

Su obra brega por la necesaria consideración del “feminismo del tercer mundo” que debe evitar verse marginado y guetizado tanto en las tendencias principales (de derecha e izquierda) del discurso feminista, como en el discurso feminista de Occidente. Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, su principal aporte es la existencia de una nueva definición de “colonización”, predominantemente discursiva, y que se refiere a una cierta forma de apropiación y codificación de “producción académica” y “conocimiento” acerca de las mujeres en el tercer mundo por medio de categorías analíticas particulares. Estas categorías, empleadas en escritos específicos sobre el tema, toman como referencia los intereses feministas tal como han sido articulados en Estados Unidos y Europa Occidental, desconociendo el punto de vista de las feministas de clase trabajadora o de color. Para que esto cese, es necesaria una conexión integral de la academia feminista y la práctica y organización política feministas. Los estudios feministas poscoloniales no se limitan a la simple producción de conocimiento sobre cierto sujeto, sino que también incluyen la acción y el activismo.

El ecofeminismo, por su parte, particularmente representado por Vandana Shiva, nos muestra sociedades en las que las grandes mayorías se sienten seguras: a la vez que se está destruyendo la naturaleza, las desigualdades en todos los ejes de dominación –género, clase, procedencia, edad– se han profundizado y las dinámicas que expulsan a las personas de la sociedad están adquiriendo una velocidad aterradora. Las diversas manifestaciones de la actual crisis civilizatoria –riesgo ecológico, dificultades para la reproducción social e incremento de la injusticia– están interconectadas y tienen su origen en la tensión esencial que existe entre la civilización agrourbana-industrial, nacida en Occidente, y aquello que nos hace humanidad (Shiva y Mies, 1997).

Su postura esperaba que teóricos de distintas disciplinas conocieran cuáles eran los mecanismos económicos, políticos, epistemológicos y simbólicos que sostienen un modelo biocida y que mantienen a las mayorías sociales anestesiadas e incapaces de darse cuenta de que lo que llamamos “progreso” y “desarrollo”; en muchas ocasiones, son el proceso de destrucción de las bases materiales que sostienen a la especie humana. Shiva y Mies muestran al ecofeminismo como una potente corriente de pensamiento y un movimiento social que liga el ecologismo y el feminismo. Se trata de una filosofía y una práctica activista que defiende que el modelo económico y cultural occidental se constituyó, se ha constituido y se mantiene por medio de la colonización de las mujeres, de los pueblos “extranjeros” y de sus tierras, y de la naturaleza.

El ecofeminismo, de forma profunda en la obra de Shiva y Mies, somete a revisión conceptos clave de nuestra cultura –“economía”, “progreso”, “ciencia”, etc.–, mostrando cómo estas nociones hegemónicas son incapaces de conducir a los pueblos a una vida digna, y destacando la urgencia de adoptar un nuevo paradigma que ponga freno a esta guerra declarada a la vida. Denuncia cómo la inmanencia de la vida humana y los límites ecológicos quedan fuera de las preocupaciones de la economía y del desarrollo. Esta denuncia trastoca las bases fundamentales del paradigma económico-capitalista y desvela que su lógica es incompatible con la de un mundo sostenible y justo. En esta línea, Shiva y Mies realizan una crítica profunda y contundente sobre el actual modelo social, científico, económico y cultural y proponen una mirada diferente sobre la realidad cotidiana y la política, dando valor a elementos, prácticas y sujetos que han sido designados por el pensamiento hegemónico como subalternos y que han sido invisibilizados.

4. Desarrollo descriptivo-explicativo, modelos, herramientas, casos

4.1. Una nueva perspectiva de género en la cooperación internacional al desarrollo

Tras el proceso de descolonización, los nuevos Estados emprendieron un proceso de desarrollo y de modernización con el auspicio de organismos internacionales como el Banco Mundial, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, la Unión Europea o de la cooperación bilateral.

Se han llevado a cabo numerosos estudios sobre los efectos de estas políticas de desarrollo y modernización sobre las poblaciones en general, pero solo recién a partir de la influencia de autoras como Naila Kabeer se realizaron algunos estudios con una perspectiva de género sobre los efectos en las mujeres de dichas políticas.

Los primeros estudios se llevaron a cabo tras los nefastos resultados identificados en la primera década de las Naciones Unidas para el Desarrollo (1960-1970). A partir de entonces, y para lograr la mejora de la eficacia de la ayuda y un impacto positivo, habrían de incluirse necesariamente el abordaje y el papel de las mujeres en los procesos de desarrollo. Empezó a mostrarse a partir de ese momento la exclusión y la invisibilidad de las mujeres en las prácticas del desarrollo, junto al impacto negativo ocasionado, tanto en la estructura local como en las relaciones de género.

Un debate importante se dio vinculado a la interpretación que se daba desde un punto de vista “occidental o blanco” y el aporte necesario del “feminismo del tercer mundo”, cuya voz necesitaba ser escuchada. En la actualidad los estudios de género y desarrollo existen a nivel de grado y posgrado prácticamente en todas las universidades donde se estudia Relaciones Internacionales, y son muchas las académicas involucradas en este tema. Una de ellas es Naila Kabeer, quien ha aportado la visión feminista al análisis de género, pobreza y desigualdad en el área de desarrollo internacional y las confusiones y errores que siguen obstaculizando la posibilidad de que las mujeres puedan salir de los estados de pobreza y desigualdad.

Para Kabeer, la desigualdad de género tiene gran poder de penetración entre diferentes grupos pertenecientes a la misma sociedad. Es independiente de otras formas de desigualdad, de modo que se manifiesta tanto entre los pobres como entre los ricos, en grupos dominados por una raza o en grupos subordinados racialmente, en grupos de privilegiados y entre los “intocables”. Dentro de una misma sociedad, la forma que toman las desigualdades entre géneros puede variar en sus diferentes estratos. A menudo, aunque no necesariamente, estas desigualdades son más severas entre los pobres; por lo tanto, la desigualdad de género se suma a las carencias económicas y produce formas de pobreza más acentuadas entre las mujeres que entre los hombres. La desigualdad de género es parte fundamental de los procesos que producen y aumentan la pobreza en una sociedad y, por consiguiente, debe también ser parte fundamental de las medidas que se tomen para erradicar la pobreza (Kabeer, 2006). La pobreza y la desigualdad de género deben ser abordadas a nivel de sociedad y a través de intervenciones explícitas adecuadas para atacar formas específicas de desventajas.

El inicio de estos estudios fue realizándose casi al mismo tiempo que el tratamiento de estos temas se debatía en las agendas de organismos internacionales y regionales, buscando avances de los derechos humanos de las mujeres y de la igualdad de género a nivel global. Estos avances se fueron realizando en foros internacionales, en particular en las Conferencias Mundiales de las Naciones Unidas sobre las Mujeres que iniciaron en los años 70, influenciando significativamente la Agenda de Género en el Desarrollo. En 1975 se celebró la Primera Conferencia Mundial de las Mujeres en México, lo que dio como resultado la proclamación de la Primera Década de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985). En esa década se probó además la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (cedaw) y en 1999, el Protocolo Facultativo de dicha convención, que hizo posible denunciar tanto individual como colectivamente la violación de los derechos garantizados por la convención, ante el comité de expertos/as de la cedaw.

En 1980 se celebró la Segunda Conferencia Mundial sobre la Mujer en Copenhague y en 1985 la Tercera Conferencia, que tuvo lugar en Nairobi. Pero el avance más significativo, sin embargo, se produjo en la iv Conferencia Mundial sobre las Mujeres celebrada en 1995 en Beijing. La Conferencia de Beijing, con su Declaración y la Plataforma para la Acción, constituyen el referente de la política internacional más importante respecto a la agenda de género en el desarrollo y en la cooperación internacional.

A partir de esta conferencia, se consolidó y se reconoce oficialmente el enfoque de género en el desarrollo (ged), sustituyendo al anterior enfoque de mujeres en el desarrollo (med). Con este cambio de paradigma, se trasladó el análisis de un sujeto femenino aislado y victimizado, basando la desigualdad de género en la “exclusión de las mujeres”, a uno entendido en términos de “las relaciones de poder”, que situaba a las mujeres en una posición de desventaja respecto a los hombres (ged).

La perspectiva med se había popularizado en las políticas y las prácticas del desarrollo en la Primera Década de la Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985), teniendo consecuencias importantes en los niveles académico, político y práctico. A nivel académico, se centró en las mujeres como categoría analítica y operacional; a nivel político, incorporándola a la agenda internacional y haciendo un llamamiento a su integración en los procesos del desarrollo; y finalmente en el práctico, creando estructuras específicas dedicadas a las mujeres, cuyo propósito era el de acelerar las políticas, los programas y los proyectos específicos para su desarrollo. Los proyectos basados en la perspectiva med no dieron los resultados esperados, en parte porque buscaban satisfacer básicamente las necesidades prácticas de las mujeres, sin cuestionar las relaciones de poder que las situaban en una posición de desventaja respecto a los hombres.

El enfoque ged “género en desarrollo”, en cambio, identifica diferencias en la participación, así como las estructuras y procesos que perpetúan la desigualdad. El análisis de género pretende evaluar en qué medida las necesidades de las mujeres se reflejan en la acción de desarrollo; evaluar si se necesitan cambios adicionales para que las mujeres participen y se beneficien de la acción; y evaluar si existen oportunidades para evitar o reducir desequilibrios de género.

En los años 90, el resultado del compromiso por la igualdad de género se asumió en la mayoría de las conferencias, cumbres y foros mundiales dedicados al tema del desarrollo, por ejemplo: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente (Río de Janeiro, 1992), la Conferencia Mundial de los Derechos Humanos (Viena, 1993), la de Población y Desarrollo (El Cairo, 1994), la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Social (Copenhague, 1995), etc.

Por otro lado, en el ámbito de la eficacia de la ayuda y lucha contra la pobreza, se han de mencionar los Objetivos de la Cumbre del Milenio (odm), la Declaración de París sobre la Eficacia de la Ayuda al Desarrollo (2005), el Acuerdo y la Declaración de Accra (2008), junto a otros muchos compromisos y documentos legislativos, en los que de alguna manera se trató de incluir la perspectiva de género.

En los años 90, se establecieron sinergias con el nuevo paradigma del desarrollo humano, que habría de contemplar la igualdad de género, la diversidad, la sostenibilidad ecológica, los derechos humanos y la democracia. Es decir, se impuso como finalidad un desarrollo con sensibilidad a la diversidad y a la diferencia, sin perder de vista el objetivo de los derechos humanos de las mujeres y de la igualdad de género. Posterior a los acuerdos de la Conferencia de Beijing de 1995, se sucedieron las Conferencias de Beijing +5 (2000), +10 (2005) y +15 (2010), destinadas a revisar y evaluar los avances internacionales en materia de igualdad de género. El 25 de septiembre de 2015, los líderes mundiales adoptaron un conjunto de objetivos globales para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos como parte de una nueva agenda de desarrollo sostenible. Cada objetivo tiene metas específicas que deben alcanzarse en los próximos 15 años, entre ellos el Objetivo 5, que busca lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas.

La igualdad de género para el pnud no solo es un derecho humano fundamental, sino que es uno de los fundamentos esenciales para construir un mundo pacífico, próspero y sostenible. Se han conseguido algunos avances durante las últimas décadas: más niñas están escolarizadas, y se obliga a menos niñas al matrimonio precoz; hay más mujeres con cargos en parlamentos y en posiciones de liderazgo; y las leyes se están reformando para fomentar la igualdad de género. A pesar de estos logros, todavía existen muchas dificultades: las leyes y las normas sociales discriminatorias continúan siendo generalizadas, las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en todos los niveles de liderazgo político, y 1 de cada 5 mujeres y niñas de entre 15 y 49 años afirma haber sufrido violencia sexual o física a manos de una pareja íntima en un período de 12 meses (pnud, 2021).

El “Estudio mundial sobre el papel de la mujer en el desarrollo” se publica cada cinco años y se presenta al Segundo Comité de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se ocupa de cuestiones económicas y financieras. El “Estudio mundial…” aporta una perspectiva de género en los asuntos económicos y de desarrollo. Las ediciones disponibles hasta el momento son las siguientes:

  • La importancia de hacer frente a la pobreza económica y la pobreza de tiempo de las mujeres en favor del desarrollo sostenible (2019).
  • Igualdad de género y desarrollo sostenible (2014).
  • El control de las mujeres sobre los recursos económicos y el acceso a los recursos financieros, incluidas las microfinanzas (2009).
  • Las mujeres y la migración internacional (2004).
  • Globalización, género y trabajo (1999).
  • Mujeres en una economía global cambiante (1994).
  • Estudio mundial sobre el papel de la mujer en el desarrollo (1989).
  • Estudio mundial sobre el papel de la mujer en el desarrollo (1984).

4.2. Las mujeres en los conflictos internacionales: como militares y como víctimas

Las autoras feministas centran su análisis en cómo opera el sistema de género en los conflictos internacionales. Dichos estudios inciden fundamentalmente en los siguientes aspectos.

4.2.1. La agenda de género en las fuerzas militares

Este es un área en la cual se han integrado varios cambios. La Organización de las Naciones Unidas impulsó la agenda Mujeres, Paz y Seguridad, y en el año 2000 el Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 1.325, que reconoce el impacto desproporcionado de los conflictos armados sobre mujeres y niños, así como la relativa ausencia o escasez de representación femenina en los procesos de paz y estabilización. Se exhorta allí a los Estados miembro a promover la presencia de las mujeres en los distintos niveles de toma de decisiones y a incluir transversalmente la dimensión de género en la prevención, gestión y resolución de conflictos armados y en todas las etapas de los procesos de construcción de paz. “Esta resolución dio las pautas para un nuevo modo de pensar el rol de las mujeres, reconociéndolas no solo como víctimas, sino también como actores relevantes en el plano de la seguridad internacional. A esa resolución le siguieron otras entre 2008 y 2015 que en conjunto configuraron, por primera vez en la historia de la onu, una agenda internacional sobre la dimensión de género en los conflictos y en la producción de seguridad” (Carreiras, 2008).

Sin embargo, en 2015 las mujeres representaban apenas 6 % de los efectivos movilizados en las distintas operaciones internacionales de los países miembros de la otan, y 6,4 % en las operaciones comandadas por la alianza misma. Aunque el porcentaje es más elevado que el de las operaciones de la onu, en donde las mujeres representan actualmente entre 0 % y 4 % de los contingentes, está lejos de reflejar las ambiciones en términos de integración de género. Dentro del conjunto de Estados miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan), representan cerca de 11 %, mientras que en América Latina apenas sobrepasaban el 4 % en 2010. En el interior de ambos bloques de países, la variación también es amplia, y podemos observar algunos casos en los que el porcentaje de mujeres en el ámbito militar se aproxima a 20 % y otros en que es apenas residual (Donadio, 2010; otan, 2015; Lucero, 2018).

Tal como afirma Rut Diamint, en momentos como el vivido durante el COVID 19, en el cual “la militarización de las calles, los toques de queda, la intromisión en datos personales, la delación entre vecinos, los paliativos ofrecidos por soldados, la regulación de la vida privada, en pos de proteger la salud de la población admite, ante una ciudadanía atemorizada, la cesión de sus derechos y la aceptación de una imposición punitiva”, es importante la inclusión de una perspectiva de género. Esta podría ofrecer un paliativo para frenar impulsos autoritativos, particulamente en democracias más débiles o anómicas (Diamint, 2020).

4.2.2. Los efectos de los conflictos armados y guerras sobre las mujeres

Por un lado, debemos considerar el rol de las mujeres como víctimas de los conflictos. La Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, aprobada en 1995 por 189 Estados miembros de las Naciones Unidas, hizo de las mujeres y los conflictos armados una de las doce esferas de especial preocupación. De manera inequívoca, afirmaba que la paz está estrechamente relacionada con la igualdad entre mujeres y hombres y con el desarrollo.

Dicha plataforma ha establecido que los conflictos causan índices mucho más elevados de violencia sexual.

Asimismo, dejan a las mujeres en una situación muy vulnerable ante la pobreza, la pérdida del trabajo y la destrucción de bienes, como, por ejemplo, sus casas. Los servicios básicos de salud se desmoronan, agravados por una tasa de mortalidad materna que es en promedio 2,5 veces más alta en países que sufren o han sufrido un conflicto (Beijing, 2020).

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados informa en la página web del organismo que las mujeres representan el 49 por ciento de las personas refugiadas en todo el mundo (según datos disponibles) principalmente como resultado de los conflictos, y a menudo atraviesan mayores dificultades por motivos de género en comparación con los hombres en estas situaciones.

Además de problemas como la falta de atención a la salud en general y en particular a la salud sexual y reproductiva, las víctimas mujeres en los conflictos tienen una mayor carga de violencia.

En un estudio realizado por Pilar Estébanez Estébanez (2018), la autora menciona las siguientes consecuencias de los conflictos armados y las guerras sobre las mujeres

Violación como arma de guerra

En conflictos como el de la ex-Yugoslavia, el Congo, Sierra Leona o Liberia, las mujeres han sido violadas como parte de la estrategia de guerra de las partes en conflicto. Las niñas son, también, esclavizadas para ser utilizadas sexualmente por grupos militares o paramilitares. Solo durante la guerra de ex-Yugoslavia la Comisión Warburton (1993) calculó el número de víctimas en 20.000, mientras que algunas ong elevaban esta cifra a 50.000. La violación masiva de mujeres de la población enemiga sigue siendo una de las armas de guerra más usadas.

Los testimonios aportados por el Comité Internacional de la Cruz Roja (cicr) han mostrado que la violencia sexual es un fenómeno generalizado en los conflictos armados y en otras situaciones de violencia, que afecta principalmente a las mujeres. Esta problemática ha tenido un peso significativo a lo largo de los más de 20 años de conflicto en la República Democrática del Congo (rdc). El cicr se ha esforzado por abordar el problema de la violencia sexual mediante diversas actividades orientadas, por ejemplo, al apoyo psicológico, psicosocial y clínico a las víctimas, a la asistencia a las comunidades (por ejemplo, mediante campañas de sensibilización), a la reducción de los riesgos y a la interacción con los portadores de armas para modificar su conducta y prevenir la violencia sexual. En todas estas actividades, el cicr da absoluta prioridad a las víctimas y se basa en el principio de “no causar daño”.

Los juicios por violación de Minova se desarrollaron a lo largo de ocho días, en una sala de tribunal temporal, en Kivu Sur, República Democrática del Congo. Durante el proceso, llevado a cabo en 2014, los 39 soldados acusados de participar en la violación de unos 1.000 residentes de Minova durante noviembre de 2012 escucharon los testimonios de las víctimas, quienes, por razones de seguridad, usaron velos para ocultar su identidad. 

En Sierra Leona, durante un período de 10 años de guerra civil (1991-2001), miles de mujeres y niñas fueron sometidas a violencia y violación sexual generalizada y sistemática, según un informe de 2003 de Human Rights Watch, y en este ambiente generalizado ha habido pocos avances para eliminar las actitudes de depredación sexual y enjuiciar a los violadores. Muchos ataques quedan impunes y los denunciados a menudo acaban por no tener acusaciones, según varios abogados y miembros de la policía. Los registros judiciales muestran que en 2018 solo 26 casos de violación fueron procesados con éxito y condujeron a una condena, pero algunos casos no llegan a los tribunales debido a la falta de instalaciones adecuadas en el país para llevar a cabo las pruebas de adn necesarias.

La mitad de las mujeres desplazadas en conflictos internamente que tuvieron contacto cara a cara con los combatientes informaron haber sufrido violencia sexual.

onu Mujeres se ha ocupado particularmente de este tema y ha propuesto 16 pasos para poner fin a la violencia contra las mujeres como parte de su agenda política, que incluimos a continuación:

  1. Ratificar los tratados internacionales y regionales que protegen los derechos de las mujeres y de las niñas, y garantizar que las leyes y los servicios nacionales observen las normas internacionales en materia de derechos humanos.
  2. Adoptar y cumplir las leyes para poner fin a la impunidad, juzgar a los culpables de violencia contra las mujeres y las niñas y otorgar reparaciones y soluciones a las mujeres por las violaciones de que fueron víctimas.
  3. Crear planes nacionales y locales de acción para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas en todos los países, que logren reunir al gobierno, a las organizaciones de mujeres y a otras organizaciones de la sociedad civil, a los medios de comunicación y al sector privado en un frente coordinado y colectivo que luche contra dichas violaciones de los derechos humanos.
  4. Hacer que la justicia sea accesible para las mujeres y las niñas brindándoles servicios jurídicos y especializados gratuitos, y aumentando la cantidad de mujeres en los cuerpos de policía y en los principales servicios.
  5. Poner fin a la impunidad frente a la violencia sexual en los conflictos juzgando a los culpables en contextos de conflicto y de posconflicto y respetando el derecho de las supervivientes a los programas globales de reparaciones que no creen estigmatización y que tengan un impacto de transformación sobre la vida de las mujeres y de las niñas.
  6. Garantizar el acceso universal a los servicios esenciales, para que, como mínimo, las necesidades urgentes e inmediatas de las mujeres y de las niñas sean atendidas mediante líneas de emergencia gratuitas que trabajen las 24 horas, con intervenciones rápidas para su seguridad y protección, con viviendas y refugios seguros para ellas y sus hijos, con un seguimiento y apoyo psicosocial, con cuidados posviolación y con una ayuda jurídica gratuita para que comprendan sus derechos y opciones.
  7. Brindar formación a aquellos que trabajan en los servicios esenciales, especialmente la policía, los abogados y los jueces, los trabajadores sociales y el personal de salud, de modo que se garantice el cumplimiento de normas y protocolos de calidad. Los servicios tienen que ser confidenciales, sensibles y adecuados a las mujeres supervivientes.
  8. Otorgar recursos públicos adecuados para ejecutar las leyes y políticas existentes, reconociendo el costo y las consecuencias devastadoras de la violencia contra las mujeres, no solo por las vidas que han sido directamente afectadas, sino para la sociedad y la economía en general, así como en relación con los presupuestos públicos.
  9. Recopilar, analizar y difundir la información nacional en materia de la prevalencia, las causas y las consecuencias de la violencia contra las mujeres y las niñas, de los perfiles de las supervivientes y de los culpables y de los progresos y carencias en la implementación de las políticas, los planes y las leyes nacionales.
  10. Invertir en la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres para enfrentar las causas de base de la violencia contra las mujeres y las niñas. Las áreas estratégicas son la educación secundaria de las niñas, el hacer avanzar la salud y los derechos reproductivos de las mujeres, el atender las relaciones internas de la violencia con el vih y el sida, y el aumentar la participación y el liderazgo político y económico de las mujeres. La igualdad entre los géneros y la erradicación de la violencia contra las mujeres deben situarse firmemente en el centro del logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
  11. Mejorar la autonomía económica de las mujeres garantizando los derechos de estas a poseer tierras y propiedades, a la herencia, a una paga igual por un trabajo igual, y a un empleo seguro y decente. Las oportunidades económicas y laborales desiguales en detrimento de las mujeres son un factor primordial que perpetúa su permanencia en situaciones de violencia, explotación y abuso.
  12. Aumentar la conciencia pública y la movilización social para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas, y para permitir a las mujeres y a las niñas que son víctimas de violencia romper el silencio y buscar justicia y apoyo.
  13. Involucrar a los medios de comunicación de masas en la creación de una opinión pública y en poner en tela de juicio las normas de género perjudiciales que perpetúan la violencia contra las mujeres y las niñas.
  14. Trabajar para los jóvenes y con ellos en cuanto que defensores del cambio para poner fin a la violencia contra las mujeres y garantizar que el sistema educativo empodere a las niñas y a los niños de modo de transformar y establecer relaciones de género basadas en la armonía, el respeto mutuo y la no violencia.
  15. Movilizar a los hombres y a los niños de todas las edades y de todos los estratos sociales para que se manifiesten en contra de la violencia contra las mujeres y las niñas, de modo que alienten la igualdad y la solidaridad entre los géneros.
  16. Realizar una donación al Fondo Fiduciario de la onu para poner fin a la violencia contra las mujeres, que es el único fondo de subsidios en el mundo dedicado exclusivamente a canalizar las experiencias y el apoyo financiero a los esfuerzos nacionales, locales y comunitarios de erradicación de la violencia contra las mujeres (onu Mujeres en Estébanez Estébanez, 2018).
Niñas soldado y esclavas sexuales

En julio de 2020, Amnistía Internacional denunciaba que unos 2.000 niños y niñas yazidíes, reclutados como soldados y esclavas sexuales del grupo terrorista Estado Islámico (ei) en Irak, sufrían una crisis de salud física y mental como consecuencia de las acciones de los yihadistas en el norte del país entre 2014 y 2017, tras regresar a sus hogares.

En 2018, el Premio Nobel de la Paz recayó en dos personas comprometidas de forma extraordinaria contra la violencia sexual como arma de guerra: el ginecólogo congoleño Denis Mukwege y la activista yazidí Nadia Murad.

Las denuncias contra este mal endémico se multiplican cada día. Los estudios llevados a cabo por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) demostraron que el 75 % de las mujeres y niñas de Sierra Leona fueron víctimas de abusos sexuales, mientras que otros cálculos elevan la cifra al 90 %. Además, en algunos casos se las obligó a convertirse en compañeras sexuales o “esposas” de un solo combatiente, mientras que en otros han sufrido el abuso de varios combatientes.

Aparte de la brutalidad y del trauma provocado por la propia violación, las agresiones sexuales llegaban a provocar graves daños físicos, embarazos forzados, enfermedades como el vih/sida e incluso la muerte. Según Amnistía Internacional, los siguientes países siguen reclutando niños y niñas soldado: Afganistán, Angola, Burundi, Camboya, Colombia, Filipinas, Guatemala, Guinea Bissau, Honduras, Irlanda del Norte, Kosovo, Liberia, Mozambique, Birmania, Nepal, Nicaragua, República Democrática del Congo, Chechenia, el Salvador, Sierra Leona, Somalia, Sri Lanka, Sudán y Uganda (Estébanez Estébanez, 2018)

Prostitución

El sexo en situaciones de conflicto se convierte en muchas ocasiones en una estrategia de supervivencia para obtener comida o bienes primarios. El comercio sexual emerge en torno a los núcleos de asentamiento de refugiados o desplazados, como ha demostrado un estudio de la Organización Mundial de la Salud (oms). En 1999, en el este y el norte de Sudán, el 27 % de las madres solteras habían entrado a formar parte de las redes del comercio sexual para poder mantener a su familia y sus hijos.

4.2.3. Las mujeres como negociadoras de las Mesas de Paz

En el año 2018, el secretario general de la onu António Guterres reveló que, entre 1990 y 2017, las mujeres constituyeron solo el 2 % de los mediadores, el 8 % de los negociadores y el 5 % de los testigos y signatarios en todos los procesos de paz importantes. Sin embargo, los conflictos siguen teniendo un efecto devastador en las mujeres y las niñas.

En un discurso icónico para la perspectiva de género ante el Consejo de Seguridad, el secretario aseguró que las defensoras de los derechos humanos, las líderes políticas, las periodistas y las activistas, que desempeñan un papel importante en el abordaje de las causas fundamentales de los conflictos, son amenazadas a tasas alarmantes. “La marginación de las mujeres, la falta de acceso a los servicios de salud y educación, y su desempoderamiento económico siguen siendo tanto una causa como un efecto de los conflictos”, dijo, recalcando que la financiación de programas para promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en los países afectados por conflictos es solo el 5 % de la ayuda bilateral total a esos países.

El secretario general recomendó varias medidas para abordar esta brecha:

  • Proseguir con la paridad de género: aquí es donde los números son más bajos, y la tasa de cambio, más lenta. Las mujeres ahora representan el 41 % de los jefes y jefes adjuntos de las operaciones de paz, un número más alto que nunca, y sus diferentes perspectivas ya están teniendo un impacto positivo. Sin embargo, el número de mujeres en estas operaciones en general está estancado, con solo el 4 % de personal militar femenino, y un 10 % de la policía.
  • Aumentar la participación de las mujeres en la mediación: onu Mujeres recalca que la participación de las mujeres en los procesos de paz incrementa la posibilidad de que el acuerdo dure más de quince años en un 35 %. La participación de las mujeres no debe limitarse a funciones de asesoría o estructuras paralelas.
  • Mantener un enfoque de género: a medida que los procesos de paz fallan a nivel nacional e internacional, se debe apoyar constantemente a los grupos locales de mujeres que negocian el acceso humanitario, y apoyar la resiliencia de la comunidad.
  • Aumentar la financiación dedicada al capítulo de la mujer: revisar los fondos para la igualdad de género con el objetivo de alcanzar o superar el 15 %.

La directora ejecutiva de onu Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuka, también estuvo presente en la reunión y, haciéndose eco de las palabras del secretario general, expresó su alarma por la extrema marginalización política de las mujeres: “Las mujeres no pueden ser excluidas de los procesos de paz simplemente porque no van al frente de guerra […]. Nuestra continua tolerancia por el reconocimiento limitado del conocimiento y la experiencia de las mujeres es vergonzosa”.

La ausencia de las mujeres en los procesos de paz no puede ser justificada aludiendo a su supuesta falta de experiencia en el diálogo y la negociación, sino que obedece a la falta de voluntad para incluirlas en ellos. Las mujeres tienen una amplia experiencia en procesos de diálogo. Han sido capaces de liderar experiencias de diálogo en muchos contextos de conflicto armado, así como posbélicos, pero ha habido una falta de esfuerzos deliberada para integrarlas en los procesos de paz formales.

Algunos avances que se han logrado han sido que en noviembre de 2015 se puso en funcionamiento en Oslo (Noruega) la red regional Nordic Women Mediators (nwm), inspirada y en parte motivada por una iniciativa similar de Sudáfrica (el Gertrude Shope Annual Dialogue Forum), y desde entonces ha surgido una red nacional en cada uno de los cinco países nórdicos. La red nwm se creó con el propósito de dar solución al acceso limitado de la mujer a los procesos de paz y su escasa participación en ellos promoviendo y respaldando la participación de la mujer en las negociaciones de paz en todos los niveles y etapas, ya sea dando mayor difusión a las opiniones y las preocupaciones de las mujeres, defendiendo procesos más inclusivos, realizando proyectos conjuntos, compartiendo experiencias o estableciendo contactos y forjando lazos con otras redes de mediadoras. Se están creando otras redes regionales que pueden servir como instrumento eficaz en distintas crisis y zonas de conflicto.

En el proceso de paz de Colombia, numerosas mujeres han participado como negociadoras (un 33 % del total). La guerrilla de las farc y el gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos firmaron un acuerdo final de paz en un conflicto donde las mujeres constituyeron el 51 % de las víctimas de desplazamiento forzado, el 47 % de las de homicidio y el 82 % de las de violencia sexual. Además, eran aproximadamente el 40 % de los integrantes de las Farc, y muchas de ellas eran madres.

5. Perspectivas actuales y reflexiones finales

La perspectiva actual de las relaciones internacionales indudablemente va asociada a los cambios que ha sufrido el feminismo en los últimos años y a la definitiva incorporación de la mujer como una actora importante en las relaciones internacionales, como académica, en puestos de gravitación en los organismos internacionales, o como jefas de Estado, lo que se suma al lugar que ocupan los movimientos sociales a favor de los derechos de la mujer como actores globales.

No existe una única perspectiva de análisis feminista o de género vinculada a las relaciones internacionales. Intentamos mostrar los cambios que se han ido produciendo desde la publicación en el año 1988 del artículo de J. Ann Tickner hasta la actualidad, aunque las posturas presentadas no son las únicas, y hemos dejado de lado importantes visiones de América Latina de los últimos años por la necesidad de ceñirnos al número de páginas sugerido. Hemos presentado a quienes consideramos han sido las autoras que han iniciado las diferentes posturas.

En la presentación de los casos, hemos intentado mostrar, asimismo, dos de los más notorios modos de como la perspectiva de género ha cambiado el tratamiento de temas de gran trascendencia para las relaciones internacionales, como son la cooperación al desarrollo y las mujeres en los conflictos internacionales, porque quizás son los temas más tratados, pero no ignoramos la importancia de la perspectiva de género en otras áreas.

Es importante destacar que, en la mayoría de los casos, los estudios feministas no pretendieron crear un discurso unitario para explicar la complejidad de la realidad internacional, sino más bien cuestionar/cuestionarnos y cambiar algunas preguntas clásicas de la disciplina. El principal desafío que plantea es poder resignificar categorías y conceptos desde una perspectiva de género y considerar que el género no es neutral, y que quienes estudian o actúan vinculados a esta disciplina necesitan pensar en cómo sus escritos o sus acciones ejercen influencia sobre hombres y mujeres.

El feminismo en general y en las relaciones internacionales en particular ha sufrido un largo rechazo o desconocimiento. Empezar a conocer las posturas y, particularmente, comprender que su principal objetivo es la igualdad como acción, pero también la renovación teórica, conceptual, epistemológica y metodológica, es un paso hacia el logro de resultados significativos para la disciplina.

Entendemos que todavía es necesario develar cómo el mundo internacional está permeado por los sistemas de género y que estos afectan los diversos acontecimientos. En abril de 2021, un artículo de José Antonio Sanahuja y Cecilia Güemes en la web de la Fundación Carolina nos dejaba un cuestionamiento interesante en este sentido:

La teoría feminista de las Relaciones Internacionales es, quizás, el marco con mayor potencial crítico para re-imaginar el mundo, la sociedad, el progreso humano, y construir utopías posibles y deseables. Es una teorización subversiva, en el sentido literal del término, lo que es muy positivo porque es transformador.

Estamos convencidas de que el feminismo en las relaciones internacionales representa un giro epistemológico y cognitivo, pero también una manera de acción, como lo ha hecho el feminismo desde siempre. Ya no puede pensarse el sistema internacional sin igualdad de género y el necesario empoderamiento femenino. Es parte de una justicia global que, como lo expresó Nancy Fraser ya en el año 2002, está haciendo saltar por los aires el marco keynesiano-westfaliano y que nos permite pensar a partir de estos nuevos cuestionamientos:

¿Qué grado de desigualdad económica es compatible con la justicia? ¿Qué nivel de redistribución es exigible, y conforme a qué principio de justicia redistributiva? ¿Qué constituye un respeto igual para todos, qué tipo de diferencias merecen un reconocimiento público y mediante qué dispositivos debe llevarse éste a efecto? ¿Cuál es el marco adecuado para examinar las cuestiones de primer orden relativas a la justicia? ¿Quiénes son los sujetos depositarios del derecho a una distribución justa o a un reconocimiento recíproco llegado el caso? (Fraser, 2002).

Estas preguntas son cuestionamientos feministas para un mundo más justo.

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  1. Internacionalista (UNR), egresada del ISEN y doctora en Ciencia Política (UNR). Es profesora titular e investigadora de la UB (Argentina) y profesora colaboradora de la UOC (España). Es consultora sénior de género y desarrollo para distintas organizaciones (Banco Mundial, OIT, BID, ONU Mujeres, PNUD, Unión Europea, Eurosocial, entre otras). Correo electrónico: sandra.bustamante@comunidad.ub.edu.ar.
  2. La definición más conocida de “género” es la que lo define como el sexo socialmente construido, pero este concepto ha evolucionado y abarca un espacio mucho mayor al sexual. Incluye cuatro elementos importantes: símbolos, conceptos normativos que signan los roles de mujeres y hombres; instituciones como la familia, la Iglesia, la escuela, en la medida que en estas instituciones el individuo se desarrolla, adquiriendo y reforzando los símbolos y las normas anteriormente descritas; y la identidad subjetiva, es decir, qué características son percibidas como propias de determinado género por los diferentes individuos.
  3. La expresión original es: “International Politics is a man’s world […]”. Citado en J. Ann Tickner, Revista de Relaciones Internacionales de la unam, n.º 114, septiembre-diciembre de 2012, pp. 143-152.
  4. Tickner inicia este debate en un artículo anterior: “Hans Morgenthau’s Principles of Political Realism: A Feminist Reformulation”, en Millennium: Journal of International Studies, 1988, vol. 17, n.º 3, p. 429.
  5. El concepto de “subalterno” que toma es el propuesto por Gramsci, volviéndolo un sujeto histórico que responde también a las categorías de género y etnicidad. A diferencia de “clase”, “subalterno” se refiere específicamente a los grupos oprimidos y sin voz: el proletariado, las mujeres, los campesinos, aquellos que pertenecen a grupos tribales, entre otros.


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