Otras publicaciones:

saenz-gabini_frontcover1

Book cover

Otras publicaciones:

9789871867509-frontcover

silentchange

12 El orden internacional y las estrategias de las grandes potencias

Eduardo Diez[1]

1. Introducción 

Si bien es recién en el siglo xx cuando las relaciones internacionales se conforman como una disciplina académica[2], lo cierto es que la búsqueda por consensuar normas de comportamiento entre diversos colectivos humanos puede rastrearse hasta casi el inicio de la civilización. Es así que el primer sistema internacional[3] se ubicó alrededor de 3.500 años antes de nuestra era, en la zona de la antigua Sumeria, cuando la expansión territorial, el crecimiento de las primeras ciudades y la ampliación de los vínculos comerciales y político-militares empezaron a requerir ir estableciendo canales de comunicación, reglas de convivencia y acuerdos de distinto tipo.

Desde ese entonces, hasta nuestros días, las diferentes regiones y el mundo en general han atravesado distintos sistemas internacionales y tipos de organización territorial, con el Estado como unidad fundamental desde hace varios siglos. Se trata de un sistema internacional caracterizado como anárquico[4], en el sentido de carecer de una autoridad superior a los Estados y reconocida como tal, como pudiera ser un gobierno mundial.

Sin embargo, esto no significa que habitemos un mundo desorganizado, pues decenas de miles de acuerdos bilaterales y multilaterales, regímenes regionales y globales, normas e instituciones de diverso tipo buscan sostener cierto orden internacional, por más que este sea precario. A la vez, que el sistema sea anárquico tampoco quiere decir que no haya un cierto tipo de jerarquía entre los Estados, con una o más grandes potencias que son capaces de, según sus intereses, proveer liderazgo, seguridad y bienes públicos globales (como paz y seguridad internacionales), difundir valores y modelos políticos o económicos, imponer sus deseos a países más débiles; etc.

De esta manera, si nos centramos en las últimas décadas, vemos un Estados Unidos que, desde hace más de setenta años, preside un orden que progresivamente se fue esparciendo, particularmente luego del fin de la Guerra Fría. Este presenta características y valores principalmente occidentales, asociados a la expansión del modelo democrático y definiciones propias sobre derechos humanos, por lo cual también es denominado “orden internacional liberal”.

No obstante, desde hace tiempo este se encuentra bajo múltiples ataques, debido a poderes reformistas o revisionistas no occidentales, a la expansión del nacionalismo y del populismo, junto a un retroceso de valores democráticos y republicanos en Occidente, a un Estados Unidos que con diversas decisiones y posiciones afectó varios de sus pilares, y a otras cuestiones que nos proponemos analizar en estas páginas, y que el contexto de pandemia no ha hecho más que agravar. Asimismo, otro de los objetivos que nos planteamos en este capítulo será el aproximarnos a diversas definiciones sobre las características tanto del orden internacional como de las grandes potencias, destacando el rol protagónico que poseen estas últimas en la evolución del primero. Finalmente, además de analizar la evolución histórica del orden, presentaremos también algunas alternativas que a futuro podrían darse respecto a su fisonomía.

Esperamos de esta manera ofrecer elementos valiosos para una comprensión más completa de las complejidades de las relaciones internacionales, especialmente a todas aquellas personas que quieran estudiarlas.

2. Conceptualizando el orden internacional y las grandes potencias

Antes de poder avanzar sobre otros aspectos, primero se vuelve necesario presentar estos términos centrales, y plantear algunas vinculaciones entre sí. Veremos así cómo, al menos hasta ahora, se vuelve imposible pensar las características y el funcionamiento del orden internacional sin considerar el accionar de las grandes potencias.

2.1. Definiendo el orden internacional

Por más que no haya una acepción sobre “orden internacional” a la que se le reconozca adhesión universal, en esta sección incluiremos algunas enunciaciones de autores relevantes.

En primer lugar, un referente de la escuela inglesa como Hedley Bull (2012, pp. 8 y 16-19) lo entiende como “la pauta de actividad acorde con los fines elementales o primarios de la sociedad internacional”. Estos fines serían la conservación del sistema y sociedad internacional, la preservación de la independencia o soberanía, la paz (aunque subordinada al primer fin), los límites al uso de la fuerza y el cumplimiento de los contratos y acuerdos sobre los derechos de propiedad. Vemos aquí que no se hace referencia a actores no estatales, los cuales son incluidos por algunos en una definición más amplia (la de “orden mundial”[5]). Más allá de eso, aun considerando otros actores, el Estado sigue siendo el principal del sistema internacional.

Manteniendo esa visión estatista, un liberal como John Ikenberry (2001, p. 23) nos presenta el orden como un conjunto de acuerdos de gobierno que definen y guían las relaciones entre Estados, incluyendo sus reglas, roles funcionales, expectativas compartidas, prácticas, principios e instituciones esenciales. También sostiene (2014, p. 84) que debe basarse en tres características para poder ser duradero: estar respaldado por una configuración de poder, ejercida por una o varias grandes potencias, contar sus reglas e instituciones con cierto grado de legitimidad, y ser capaz de resolver problemas de acción colectiva, o brindar servicios y beneficios a los Estados parte de ese orden.

Asimismo, observa (Ikenberry, 2019, p. 7) que este ha variado de muchas maneras a lo largo de su historia, incluso en su duración, alcance geográfico, lógica organizacional, reglas e instituciones, y en la manera y grado en que la coerción y el consentimiento sustentan el orden resultante. En el mismo sentido, describe tres versiones del orden (equilibrio de poder, hegemónico y por consentimiento) y considera que este sufre transformaciones –especialmente a partir de las grandes guerras– que considera como cambios sistémicos, pues destruyen el anterior sistema y su balance de poder.

Siguiendo con ese último punto, y analizando los grandes momentos de 1815, 1919, 1945 y 1989, Ikenberry (2001) observó una evolución en el intento de las grandes potencias por institucionalizar las relaciones de seguridad, más que confiar básicamente en estrategias de balance de poder o de hegemonía, y en acordar mecanismos cada vez más profundos y extensos geográficamente, sostenidos sobre los incentivos que se creaban para la mayoría de los participantes. Esto porque les permitía a las potencias centrales mantener un orden favorable a ellas a más largo plazo[6], con cierta legitimidad, y sin incurrir en los altos costos que traen aparejados las estrategias alternativas. Por otra parte, este tipo de acuerdos les brindaba una seguridad relativa a las potencias menores y Estados más débiles, siempre que los países centrales respetaran su compromiso con las normas del orden y cierta autolimitación en el uso de su poder.

Estos incentivos, sumados a otros beneficios que brinda un orden relativamente institucionalizado, a la necesidad de encontrar nuevos consensos y un contexto determinado para modificar sensiblemente el orden, y a la incertidumbre sobre si un nuevo orden y sus instituciones serán mejores que los actuales dificultan avanzar con cambios importantes de las instituciones, regímenes y normas que conforman el orden del momento, incluso cuando ya no reflejan la distribución de poder existente.

Por su parte, recalcando también el rol de los Estados centrales, para el realista Henry Kissinger (World Order, 2014, p. 9), el orden sería un conjunto de reglas justas y legítimas (para las grandes potencias[7]) aceptadas por consenso, que delimitan las acciones permitidas y propician un balance de poder, confiriendo una relativa seguridad, promoviendo moderación y previniendo que una entidad política domine a las demás.

Finalmente, y siendo más directo, el neorrealista John Mearsheimer (2001, p. 49) afirmará que el orden internacional es principalmente un subproducto del comportamiento egoísta de las grandes potencias del sistema. En ese sentido, para él (2019, p. 9), el orden sería un grupo de instituciones/reglas internacionales diseñadas por los países centrales para ayudar a gobernar las interacciones entre los Estados, y que esas potencias siguen o no en función de su propio interés.

Habiendo presentado distintas visiones sobre qué es el orden internacional y resaltado en todas ellas el fuerte vínculo entre este y los Estados más fuertes, precisemos más claramente estos últimos.

2.2. El papel central de los grandes poderes

Como ya adelantamos, uno de los principales roles que desempeñan estos actores está relacionado con la creación, preservación o modificación/reemplazo del orden internacional. Inclusive, el ascenso y declive de las grandes potencias, a lo largo de los siglos, tiende a explicar en buena medida los cambios en el orden internacional.

Volgy et al. (2011, p. 6, en Solti, 2015, p. 18) ven una gran potencia como un Estado que tiene capacidades inusuales con las que impulsar sus intereses en las relaciones interestatales, utiliza esos recursos para promover políticas exteriores inusualmente amplias y expansivas más allá de su vecindario o región inmediata, y busca influir en el curso de los asuntos internacionales de manera relativamente independiente de otras potencias importantes.

Es preciso aclarar que, si bien las grandes potencias se determinan en gran medida sobre la base de su capacidad militar relativa (Mearsheimer, 2001, p. 5), si un Estado vuelca demasiados recursos en objetivos militares, descuidando la creación de riqueza, esto a mediano o largo plazo puede conducir a un debilitamiento de ese actor (Kennedy, 1995). A su vez, esta necesidad de evitar sobredimensionar el aspecto castrense se vuelve más relevante cuando consideramos que la fuerza militar es inapropiada e ineficaz en la mayoría de los nuevos problemas de seguridad que han surgido durante las últimas décadas, como el cambio climático, hambrunas, sequías, ciberataques, crisis financieras o, muy actual al momento de escribir estas líneas, pandemias.

Por eso, un país que se encuentre en esta categoría no se caracterizará solamente por poseer un vasto poder militar, pero tampoco por destacar únicamente en el campo económico o algún otro en particular, pues la naturaleza del poder posee un carácter multidimensional, y una gran potencia requiere de un amplio abanico de recursos en diferentes áreas.

Hans Morgenthau, uno de los principales referentes del realismo clásico, detallará más los elementos del poder nacional, que según él hacen que un Estado pueda ser una gran potencia, una mediana o un país débil en el sistema internacional. Es así que enumerará (Morgenthau, 1986, pp. 143-189) tanto factores relativamente estables (geografía, recursos naturales, capacidad industrial, capacidad militar, población y carácter nacional), como otros que están sometidos a un mayor cambio (la moral nacional –grado de respaldo doméstico a las políticas internacionales de un gobierno– y las cualidades diplomáticas y de gobierno en general).

Aparte de estos componentes, sin lugar a dudas, el grado de atractivo que una gran potencia genera en otros Estados y sociedades, considerado un poder blando[8], es un factor a considerar a la hora de pensar en sus características. De hecho, ser una gran potencia y contar con la capacidad de construir y mantener un orden internacional no depende únicamente de la posesión de grandes recursos materiales en distintas áreas, sino que también está estrechamente relacionado con las nociones de “legitimidad” y “autoridad”, como asimismo resulta de su habilidad para organizar y liderar la cooperación internacional.

En parte vinculado a esto, pero también plausible de ser analizado por separado, para algunas visiones el tipo de régimen que posee un actor de este tipo puede ser un factor de legitimidad, estabilización y cooperación en los vínculos con aquellos otros países o grandes poderes con los que comparta las mismas características políticas (ej. teoría de la paz democrática), mientras que para otras corrientes el régimen es secundario y todos los países, incluyendo las grandes potencias, tenderán a comportarse de manera similar (por ej. el realismo).

Por otro lado, un Estado puede reclamar el estatus de gran potencia, pero la pertenencia a este club es, para algunos, también una categoría social, que depende del reconocimiento de otros países tanto sobre ese estatus (Hurrell, 2006, p. 4), como así también respecto a la posesión de ciertos derechos y responsabilidades especiales, como, por ejemplo, sobre la paz y la seguridad internacionales (Bull, 2012, p. 196).

Desde un punto de vista histórico, a lo largo de la evolución de la humanidad, cualquier sistema internacional ha tenido una (Egipto, Roma), dos (Antenas-Esparta, Estados Unidos-Unión Soviética) o más (Concierto Europeo) grandes potencias que incidían de manera decisiva en el orden existente, por más que en este capítulo solo nos centraremos en aquellas que tuvieron un rol central en la etapa pos-Westfalia. Es a partir de ese entonces a partir de cuando, por varios siglos, tendremos actores estatales europeos que, a través de sus capacidades políticas, económicas y militares y de su expansión a diferentes rincones del mundo, irán conformando un verdadero sistema internacional de alcance global, con un orden tutelado mayormente por ellos. En paralelo a esa situación, ningún país no europeo contaba con los recursos como para aspirar a encontrarse en un mismo pie de igualdad, y los cambios en la conformación del sistema internacional y su orden se daban por el ascenso o declinación de esas grandes potencias.

Fue en la Viena de 1814 donde se reconoció por primera vez en la práctica diplomática el rango de gran potencia, con el secretario de Asuntos Exteriores británico, lord Castlereagh, señalando que “el control de las negociaciones debía permanecer en manos de las seis potencias más importantes en población y peso” (Cesa, p. 313). Casi un siglo y medio después, con el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Consejo de Seguridad de la onu también reflejó la existencia de grandes poderes, con membrecía permanente y poder de veto, y el “resto”.

En ese contexto de mediados del siglo xx, se daba además la progresiva terminación del dominio europeo, en paralelo a la emergencia de dos superpotencias en un rango de poder muy superior al resto de los grandes poderes de la época. Al respecto, hay opiniones contradictorias sobre si un orden internacional con un sistema multipolar es más o menos estable, o más o menos violento, que uno bipolar.

El primero podría favorecer realineamientos de alianzas ante cambios en la distribución del poder entre las grandes potencias, como así también la posibilidad de que algunas se mantengan como neutrales en caso de conflicto bélico. No obstante, uno de los problemas que puede darse surge cuando no hay una gran potencia que asuma la responsabilidad de preservar el sistema, o ante una incapacidad de los poderes centrales en descifrar si el comportamiento de una potencia emergente apunta a un cambio radical del statu quo, ante lo que se requeriría una estrategia de contención, o si solo aspira a realizar modificaciones menores, lo que podría dar lugar al empleo de una estrategia de apaciguamiento (Morgenthau, 1986). Asimismo, a lo largo de la historia, en los sistemas multipolares los conflictos militares han sido más recurrentes que en los bipolares.

Por su parte, no son pocos los que piensan que un sistema bipolar, al contar con alianzas más duraderas por el control que las superpotencias ejercen sobre sus integrantes, les daría a ellas la posibilidad de emplear estrategias de mayor flexibilidad, al no temer tanto que, dentro de su bloque, se dieran “traiciones” hacia el otro bando, y al saber que ese dominio disminuiría la chance de que algún país de su alianza generara un conflicto con algún actor del otro grupo e involucrara a ambas agrupaciones en una guerra general (Waltz, 1988). El costado negativo de esta configuración es que, en caso de una guerra que involucre al menos a un miembro de cada parte, el conflicto tendría mayores chances de generalizarse y ser mucho más destructivo (especialmente en una etapa nuclear).

Pero, de ser cierto esto último, afortunadamente la Guerra Fría entre los dos polos no llegó a convertirse en caliente, y quedó Estados Unidos como la única superpotencia al final de ella, con posibilidades de expandir sus valores e intereses a un orden internacional ampliado.

Por todo esto, a la hora de pensar en el orden internacional, y más allá de alentar visiones optimistas y partidarias de un mayor multilateralismo e igualdad en el sistema internacional, no debemos descuidar la incidencia que presentan estos actores a la hora de entender la dinámica global y el mantenimiento o cambio de esta. Además, como bien destacó Bull (2012, p. 89), un aporte que realizan las grandes potencias al orden internacional se da preservando los sistemas locales de hegemonía dentro de los cuales el orden es impuesto desde arriba, y colaborando entre sí para controlar el equilibrio de poder global y, cada tanto, para imponer su voluntad conjunta sobre otros (por ejemplo, en el campo de la no proliferación nuclear).

Ese equilibrio de poder, sea general o local, cuando se ha dado, ha creado las condiciones para que puedan operar otras instituciones de las que, para el autor australiano, depende el orden internacional (la diplomacia, la guerra, el derecho internacional, y la preeminencia decisoria de las grandes potencias), y ha evitado que se lograra crear un imperio universal, o imperios regionales, a costa de la independencia de otros Estados (Bull, 2012, p. 102).

Pero, más allá de este papel, muchas veces estabilizador de las grandes potencias, en no pocas ocasiones esta situación se logró a partir de imponer una injusticia sistemática a los derechos de los Estados pequeños. Precisamente, ese dilema entre orden y justicia estará muy presente en ese autor y en otros referentes de las relaciones internacionales.

Luego de trabajar estos conceptos centrales, nos focalizaremos a continuación en describir cómo se dio el desarrollo del orden internacional vigente, para posteriormente arribar a ciertas perspectivas posibles sobre su futuro.

3. Origen y evolución del orden internacional moderno 

Es nuestro propósito, en esta sección, hacer referencia a cómo fue el surgimiento del orden de los últimos siglos, que partió de un núcleo europeo y se propagó gradualmente a otras regiones. A su vez, trataremos el difícil equilibrio que se fue dando entre aproximaciones conservadoras y liberales a él.

3.1. El componente conservador

El comienzo del orden moderno puede encontrarse en el sistema westfaliano, que inició en 1648[9]. Influenciado por la situación previa y las pocas esperanzas compartidas en la posibilidad de desarrollar una situación de mayor paz y cooperación, este presentó un carácter conservador y limitado, basado en un equilibrio de poder relativo entre las principales potencias, y, entre otras metas, apuntó a impulsar las normas de soberanía, no intervención e integridad territorial, terminar con las guerras religiosas y evitar el surgimiento de alguna potencia que pudiera amenazar sus intereses y derechos[10].

Subrayando aún más su importancia, vale señalar que la Paz de Westfalia fue la primera negociación formalmente multilateral de la historia, y que sus participantes compartían la tarea de inventar la idea misma de un orden internacional que creían que sería de larga duración (Badie, 2019, p. 2).

De esta manera, esto representó el intento inicial de institucionalizar un orden internacional sobre la base de reglas y límites acordados y basarlo en una multiplicidad de poderes, y un equilibrio de poder, más que en el dominio de un solo país.

Después de Westfalia, varias de sus características se consolidaron con la Paz de Utrecht (1713-1715), donde el establecimiento de un equilibrio entre poderes se consideró un factor para el mantenimiento de la paz en el continente. Inclusive, el artículo 2 del tratado de paz angloespañol firmado en julio de 1713 especificaba que su objetivo era “resolver y establecer la paz y la tranquilidad de la Cristiandad mediante un equilibrio de poder equitativo”.

Posteriormente, ese sistema se fue progresivamente ensanchando por todo el mundo[11], impulsado por la expansión europea a escala global y con un impacto duradero. Inclusive, mucho más tarde, cuando diversas colonias comenzaron a reclamar su independencia, lo hicieron en nombre de principios westfalianos, como los de independencia nacional, Estado soberano, interés nacional y no interferencia (Kissinger, 2014, pp. 6-7), como así también de nuevos principios que fueron surgiendo en ese contexto, como los de autodeterminación y no discriminación.

A pesar de no ser un orden muy estable o pacífico, pues la violación a esas normas fue recurrente y el surgimiento de una potencial potencia hegemónica derivaba en realineamiento de coaliciones[12] y conflictos de distinto tipo, posteriormente el Congreso de Viena permitió consolidar sus principios y alcanzar una larga paz relativa.

Básicamente, llevado a cabo en la capital austríaca entre noviembre de 1814 y junio de 1815, este conjunto de conferencias diplomáticas buscó restablecer las fronteras europeas tras las guerras napoleónicas, restaurar el absolutismo como régimen político y, especialmente, alcanzar un equilibrio de poder que evitara conflictos generales similares. Como vimos previamente, fue en ese marco donde se reconoció el rango de gran potencia, pero además fue la primera ocasión en la historia en la que, a escala continental, representantes estatales se reunieron para formular tratados.

Ese consenso alcanzado entre los grandes poderes europeos de la época, denominado Concierto Europeo, permitiría que pasara casi un siglo sin una guerra generalizada y extendida en Europa, como así también cierta coordinación respecto a la expansión colonial e imperial en Asia y África.

Robert Jervis (1982, p. 357) identificó al Sistema de Congresos, la primera etapa de ese concierto que se extendería hasta 1823, y a la cual vio como su fase más fuerte, como un tipo de régimen de seguridad, o sea, un entorno regulado que consta de principios, reglas y normas que permiten que los países sean moderados en su comportamiento en la creencia de que otros actuarán de manera recíproca, y de esta manera limita el impacto del dilema del prisionero[13]. Además, más tarde afirmó (1985, p. 60) que tales sistemas de concierto entre grandes potencias surgen tradicionalmente después de la experiencia de librar una gran guerra contra un potencial hegemón, como la Francia napoleónica, ya que ese tipo de conflictos produce lazos significativos entre los aliados, socava la aceptabilidad de la guerra como una herramienta del arte de gobernar e incrementa los incentivos para cooperar.

Por su parte, Charles Kupchan (2010, pp. 188-189) categorizó el Concierto de Europa como una comunidad de seguridad –especialmente hasta mediados de siglo–, que funcionó como un directorio de las principales potencias europeas, proporcionando un foro en el que forjaron un conjunto de reglas y normas para regular sus relaciones y resolver pacíficamente la mayoría de sus disputas.

Finalmente, Ian Clark (2011, p. 73) se refiere a ese concierto como una forma de hegemonía colectiva, de control de las grandes potencias sobre la sociedad internacional, pero que también incluyó una cierta dosis de legitimidad, al brindarles una relativa seguridad, y otros bienes colectivos, a los países menos poderosos. Posteriormente, los cambios políticos y sociales fueron afectando su funcionamiento, y en particular las revoluciones de 1848 y las guerras de Crimea y las de unificación italiana y alemana lo debilitaron, al igual que el fortalecimiento de los nacionalismos y la expansión de valores liberales que chocaban contra aquellos conservadores que habían sido fundamentales para la creación del concierto.

Sin embargo, a pesar del progresivo abandono de la moderación estratégica, igual se logró circunscribir la expansión del desequilibrio, como así también sortear un conflicto europeo generalizado geográficamente. Del mismo modo, la guerra franco-prusiana marcó un relativo retorno a la estabilidad, y al Tratado de Fráncfort (1871) le siguió un largo período de paz entre las grandes potencias, incluso más extenso que el que se había dado tras el Congreso de Viena.

Asimismo, las guerras de 1853-1871 habían modificado el orden internacional, pero no lo habían extinguido. Si bien se había transformado bastante la jerarquía de poder en Europa, especialmente por el surgimiento de una Alemania unificada y el debilitamiento de Francia, aún sobrevivía un sistema internacional basado en la coexistencia de varios Estados soberanos, en el que las grandes potencias continuaban afirmando su tradicional pretensión de preeminencia a la hora de sostener o modificar el orden internacional (Bridge y Bullen, 2005, p. 176). Además, la Alemania de Bismarck y su búsqueda de un nuevo equilibrio de poder, acompañado de nuevas instancias de diálogo y coordinación[14], le darían un segundo tiempo al concierto, el cual incluiría nuevamente una suerte de sistema de conferencias para resolver las disputas.

Este siglo, entre Viena y la Primera Guerra Mundial, sería también conocido como la “Pax Britannica”, durante la cual ese Imperio se convirtió en el poder hegemónico global y actuó como guardián o policía del orden, aunque sin pretender expandirse en el continente europeo para no afectar de una manera radical el balance de poder existente en él. En ese sentido, desarrolló una política extracontinental muchas veces imperialista, y otra mayormente statuquista en el campo europeo.

Con todo, esta etapa para muchos fue una suerte de gobierno oligárquico del orden internacional, y las sociedades de los países participantes no se vieron involucradas ni identificadas con él (Badie, 2015, p. 6), lo que dificultó el apoyo de estas a su sostenimiento. Del mismo modo, el orden se asentó sobre un grupo de grandes potencias europeas, pero fuera quedaron otros poderes y países cuya participación, en un grado de mayor igualdad, habría sido necesaria para mantener la estabilidad del orden y del sistema.

3.2. El elemento liberal

Como empezamos a ver en el apartado anterior, este enfoque conservador y limitado, a la hora de pensar el sistema y el orden internacionales, no estaría mucho tiempo en soledad o sin visiones alternativas o complementarias. Por el contrario, a través de diversos autores y contribuciones a lo largo de distintos siglos, se irían sumando perspectivas liberales que consideraban la posibilidad de una mayor armonía de intereses entre los Estados y apostaban por una creciente cooperación internacional. Entre los principales aportes a ese enfoque liberal, encontramos el iluminismo del siglo xviii[15], el liberalismo del siglo xix[16] y el idealismo wilsoniano del siglo xx[17].

Pero, en la creación o consolidación de esta corriente liberal, también destaca el rol de algunas grandes potencias, y en ese sentido algunos autores interpretan la hegemonía británica del siglo xix como más próxima al concepto encontrado en las aproximaciones gramscianas, caracterizado por un importante componente de consenso y legitimidad, y no solo de coerción o imposición.

Es así que, para Robert Cox (1987, pp. 144 y 148), el modelo de Estado exitoso que Gran Bretaña logró desarrollar favoreció que otros quisieran emularlo, impulsando un orden internacional liberal en desarrollo, creado en parte a la imagen británica y alentado en gran medida por los recursos de esa gran potencia. Para esta interpretación, el poder británico fue decisivo no solo para persuadir a los Estados de adoptar políticas liberales, sino también para producir el espacio político que permitió que se formaran otros Estados liberales, ya sea en lo político o en lo económico. De esta manera, se fue fundando un orden liberal jerárquico, con Gran Bretaña en su centro.

La contribución clave de esa gran potencia fue entonces como proveedora de un “entorno permisivo” en esta esfera política: su papel no radicaba solo en el libre comercio o en relaciones monetarias estables, sino en exportar su ideología y hacer posible la formación de Estados liberales en otros lugares (Clark, 2011, p. 117); por más que en su momento ello afectara el funcionamiento conservador del Concierto Europeo al crear crecientes tensiones especialmente con una Rusia autocrática.

A su vez, los cambios tecnológicos (barco a vapor, tren, telégrafo, etc.), que revolucionaron el comercio y las comunicaciones, más el reconocimiento de la necesidad de una mayor demanda de coordinación y estandarización internacional, impulsaron la aparición de organizaciones intergubernamentales (oig) como elementos permanentes del orden internacional[18].

También fue en ese contexto en el que, para fines del siglo xix, Estados Unidos emergió como una gran potencia, siendo capaz de amenazar las posiciones británicas en las Américas, así como su supremacía naval en el Atlántico. Sin embargo, ambos países no participaron en una guerra hegemónica, sino que resolvieron sus diferencias a través de la negociación y forjaron una alianza estratégica, asentada no solo en intereses, sino especialmente en valores liberales compartidos, que ha perdurado hasta el día de hoy. Asimismo, Gran Bretaña le reafirmó a su excolonia el reconocimiento de su esfera de influencia sobre el continente americano (Kupchan et al., 2001, pp. 14 y 35).

Fue a través de esta progresiva expansión de una visión liberal sobre las posibilidades de un orden más justo, y de la colaboración global de una cada vez mayor cantidad de países a través de lo cual se favoreció la realización de dos conferencias en La Haya (1899 y 1907). A su vez, sus Convenciones, junto con las de Ginebra (sobre derecho internacional humanitario, 1864, 1906, 1929 y 1949), estuvieron entre las primeras declaraciones formales sobre las leyes de la guerra y los crímenes de guerra en el cuerpo del derecho internacional. Además, su importancia también radica en que los Estados considerados “habilitados” para participar en el armado del orden legal internacional incluyeron por primera vez países no europeos, especialmente en la segunda conferencia[19].

En ambos encuentros se trataron cuestiones vinculadas al desarme, las leyes de guerra y los crímenes de guerra. Asimismo, con la meta de resolver disputas internacionales, se buscó constituir un tribunal internacional vinculante para el arbitraje obligatorio. Si bien este objetivo no se concretó, en parte por el rechazo de algunas potencias, sí se acordó la creación de la Corte Permanente de Arbitraje como un foro voluntario.

3.3. Las dificultades para encontrar un equilibrio necesario

Como vemos en el caso de la ya mencionada Corte Permanente, pero también en muchas otras situaciones a lo largo del siglo xx, la teoría y la práctica del orden internacional enfrentaron la necesidad de intentar reconciliar varias cuestiones en conflicto.

La primera de ellas giraba en torno a la tensión entre el deseo de incorporar a todos los países posibles en un sistema único para la solución de controversias internacionales, buscando darle así una mayor universalidad y legitimidad, y la realidad del hecho de que cualquier mecanismo y orden solo podrían funcionar a través de la participación y el compromiso de las grandes potencias. Una segunda diferencia surgía de la aspiración de hacer cumplir las normas de comportamiento estatal reconocidas internacionalmente, incluso en asuntos internos, cuando al mismo tiempo se reconocía el estatus soberano de cada Estado. Finalmente, existía la dificultad de determinar estándares generalmente aceptables de conducta estatal en un mundo compuesto por Estados con tradiciones culturales bastante diferentes (International Order, 2021). Esto último a pesar de que, durante mucho tiempo, los valores morales, políticos, económicos y culturales occidentales fueron presentados prácticamente como universales al resto del mundo, especialmente impulsados por posiciones de supremacía cultural o civilizacional, pero también crecientemente por una visión liberal que fue tomando forma.

Precisamente, influenciado por una idea de misión moral mundial donde su país debía tener un rol central, el presidente Woodrow Wilson proclamó que Estados Unidos había intervenido en la Gran Guerra (1914-1918) no para restablecer el equilibrio de poder europeo, sino para hacer que el mundo fuera seguro para la democracia. Buscaba así basar el orden posterior en la compatibilidad de las instituciones nacionales que reflejaban el ejemplo americano (Kissinger, 2014).

Impulsada por esta visión, al final de la contienda se albergó la esperanza de progresar hacia un orden más estable y democrático. Para esto se favoreció la creación de la Sociedad de Naciones y de nuevos Estados independientes, como así también la firma de diversos acuerdos tendientes a limitar las carreras armamentísticas e inclusive a proscribir la guerra[20].

Si bien la Asamblea de la Sociedad presentaba un carácter casi democrático en su funcionamiento, un componente conservador, que replicaba en buena medida el Sistema de Congresos del siglo xix, estaba en la existencia de asientos permanentes para las grandes potencias en el consejo de la organización, lo que buscaba preservar, por un lado, los intereses de estas, pero, por el otro, su compromiso con el sostenimiento del orden internacional. De esta manera, los órganos de la Liga reflejaron un compromiso entre dos proyectos de orden internacional, uno igualitario (liberal) y otro jerárquico (conservador/realista).

De todas maneras, esos principios de igualdad no se aplicaban de la misma manera en todos los casos y ámbitos, incluyendo en lo referente a las relaciones entre las grandes potencias. Es aquí donde tenemos el caso particular de Japón, un país que fue hecho miembro permanente del Consejo de la Liga, luego de haber logrado triunfos resonantes contra los chinos en el siglo xix y los rusos en 1904-1905, pero, fundamentalmente, por haber formado parte del bando de los vencedores de la Primera Guerra Mundial.

Si bien esto representaba su reconocimiento como la primera gran potencia asiática, Japón no tardó en comprender que no era considerado en un mismo nivel de igualdad que otras potencias occidentales, particularmente por ser de otra región, cultura y raza. Ante esa situación, ese país buscó asegurar cláusulas sobre “igualdad racial” o incluso un simple respaldo al principio de igualdad de las naciones en el Pacto de la Liga de las Naciones, lo cual fue opuesto especialmente por los Estados Unidos de Wilson y otros países.

Tal discriminación por parte de las grandes potencias occidentales alienó a Japón y lo convenció de que no se le otorgaría respeto a pesar de adherir a las normas internacionales aplicadas selectivamente por potencias occidentales (Kupcham et al., 2001, pp. 43-44). Asimismo, esto es un ejemplo claro de algo que indicamos páginas atrás: que la pertenencia al club de las grandes potencias es al menos en parte una categoría social que depende del reconocimiento de otros países sobre ese estatus. Lamentablemente, este rechazo a verlo en un pie de igualdad favoreció la creación de un sentimiento antioccidental en Japón que años más tarde se sumaría a otros hechos para terminar en trágicas situaciones.

Como sabemos, más allá del problema recién mencionado, el resultado de este gran proyecto no alcanzó el mismo éxito que el Congreso de Viena había logrado con objetivos, acciones y comportamientos más prudentes. Inclusive, el progresivo fracaso de estas iniciativas, que apuntaban a un orden más institucionalizado, el rechazo del Congreso y buena parte de la sociedad norteamericana a responsabilizarse por el sostenimiento del sistema con una participación activa[21], sumado al revisionismo alemán[22], el expansionismo japonés y a otras causas, derivarían en el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Ciertamente, esa situación vuelve a demostrar el rol central que tienen las grandes potencias respecto al orden internacional. Es así que el westfaliano no habría sido posible sin el acuerdo entre los principales poderes de la época, mientras que la ausencia de Estados Unidos, o al menos de otra gran potencia que velara fuertemente por su sostenimiento, inclusive a costa del empleo de la fuerza, sería mortal para este proyecto de la posguerra de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, es innegable también que un orden que es visto con cierta dosis de legitimidad, al menos por buena parte de la comunidad internacional, posee una fortaleza particular que un simple balance de poder no puede brindar. Por eso, lo crucial era encontrar un necesario balance entre ambos elementos. Como señalaría Kissinger (Diplomacy, 1994, p. 77), el poder sin legitimidad provoca las pruebas de fuerza, y la legitimidad sin poder solo provoca actitudes inútiles. De ahí que un orden es más duradero cuando el poder y los valores van de la mano y, en el mismo sentido, “el equilibrio de poder limita la capacidad de derrumbar el orden internacional, mientras que el acuerdo sobre valores compartidos reprime el deseo de derrocar el orden internacional”.

3.4. El orden internacional de la segunda mitad del siglo xx

Más allá del fracaso de la Sociedad de las Naciones y de varios instrumentos internacionales que buscaban limitar la guerra y establecer ciertas normas de convivencia y comportamiento estatales, la siguiente conflagración mundial daría nuevos aires y urgencias a la esperanza de avanzar con cierta institucionalización funcional. En particular, la Carta del Atlántico de agosto de 1941, rubricada por el presidente Roosevelt y el primer ministro Churchill, ha sido considerada como el documento fundador del orden internacional liberal. Esto por incluir principios como: los de autodeterminación de los pueblos; la cooperación para favorecer el comercio, la paz, el progreso económico; la libre navegación de los mares; y el rechazo a conquistas territoriales y al uso de la fuerza. Estos compromisos serían reafirmados y ampliados al año siguiente en la Declaración de las Naciones Unidas.

La nueva organización, al igual que la anterior experiencia de la sociedad, vería reflejada un sistema dual. Así, mientras que la igualdad se convirtió en el principio rector en el diseño de la Asamblea General, una hegemonía legalizada en la carta se percibía manifestada en un Consejo de Seguridad donde destacaban grandes potencias con asientos permanentes y poder de veto. Este compromiso entre una asamblea igualitaria y una suerte de cuerpo policial hegemónico fue el logro de Dumbarton Oaks (1944) y San Francisco (Simpson, 2004, p. 19).

Además, más allá de algunas similitudes, por varias razones las grandes potencias integrantes del Consejo de Seguridad se vieron más privilegiadas que las que habían formado parte del Consejo de la Sociedad. Es así que las decisiones del órgano de la segunda, en cuestiones que no eran de procedimiento, requerían del acuerdo de todos los miembros de la organización representados en la reunión, dando así una influencia significativa a los países no permanentes, casi como un poder de veto, y representaba insuficientemente el poder de los Estados poderosos. Por el contrario, en el caso del Consejo de Seguridad, para cuestiones del mismo tenor solo se requieren 9 votos, incluso los votos afirmativos de todos los miembros permanentes, por lo que el poder de veto solo reside claramente en estos últimos.

Por otro lado, mientras que en la sociedad en muchos casos podía darse superposición de atribuciones entre el consejo y la asamblea, al momento de reclamar un tema para su competencia[23], la carta de la onu otorgó al consejo una autoridad clara sobre los asuntos más importantes. De esta manera, según el artículo 39 de esta,

el Consejo de Seguridad determinará la existencia de toda amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión y hará recomendaciones o decidirá qué medidas serán tomadas […] para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.

Este poder agregado les daría a las grandes potencias más herramientas para impulsar y defender sus intereses, como así también para darle forma o para comprometerse con el sostenimiento de un orden internacional favorable.

Finalmente, en la sociedad se requería la unanimidad para hacer enmiendas al pacto, mientras que el Artículo 108 de la carta permite enmiendas con mayoría de dos tercios de los miembros de la onu, incluyendo a todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, lo que vuelve a resaltar su particular importancia[24].

En suma, el elemento conservador, representado por el control ejercido por los grandes poderes, seguía siendo central en el orden internacional. A pesar de ello, también se notaba un incremento del elemento liberal, como quedó demostrado con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el reconocimiento y la consolidación internacional de un amplio abanico de derechos considerados universales, impulsados desde las Naciones Unidas a través de la creación o el apoyo de una creciente cantidad de tratados, convenciones y mecanismos sobre esta materia[25].

La novedad del contexto internacional de ese entonces estaba asimismo en que ese grupo de grandes potencias ya no estaría conducido por los poderes europeos tradicionales, sino que, por encima de ellos, se ubicaron dos nuevos protagonistas, los Estados Unidos y la Unión Soviética, ambos asumiendo finalmente un rol central y duradero en el sistema internacional.

En el caso particular de Estados Unidos, esta superpotencia impulsaría una estrategia destinada a crear un orden asentado en organizaciones regionales e internacionales en campos como la economía (fmi, birf, gatt) o la seguridad internacional (otan, seato, anzus, etc.). Si bien esto implicó en buena medida que se autolimitara y no se buscara aprovechar al máximo su situación de supremacía en ese contexto, el apostar por un orden institucionalizado le permitió formarlo en buena medida en función de sus ideas y valores, y sostener su centralidad sin los costos que hubiera implicado una estrategia de imposición hegemónica.

Se fue constituyendo así un orden liberal como subsistema global, el cual contaba con un núcleo que abarcaba a buena parte de Occidente. Aunque dentro de su esfera de influencia Estados Unidos empleaba estrategias duras y blandas para mantener su primacía, lo cierto es que con sus principales aliados también compartía una serie de valores[26] e intereses comunes que fortalecían el vínculo y su autoridad en el bloque, lo que se sumaba a la amenaza que les representaba el bando contrario. Además, la cohesión se vio favorecida por las altas tasas de crecimiento que beneficiaron a la mayoría de las sociedades occidentales durante varias décadas. De esta manera, se formó un orden con una importante dosis de legitimidad y que, al menos parcialmente, fue socialmente construido a través de las interacciones de Estados, normas, reglas y prácticas.

En ese contexto, la recuperación e integración europea terminarían siendo apoyadas por Estados Unidos como una garantía contra la reincidencia en las políticas autárquicas de los Estados individuales, fundamental para el subsistema liberal occidental. Al mismo tiempo, a medida que la competencia con la Unión Soviética se hizo más profunda, esa integración se convirtió en una parte central de una estrategia de contención, ya que brindaba la perspectiva de un equilibrio que no descansaba solamente en el despliegue de recursos y personal estadounidenses. De esta manera, “la integración europea fue tanto una consecuencia como una expresión de la hegemonía estadounidense” (Miller, 2007, pp. 337 y 352, en Clark, 2011, p. 139). Algo parecido ocurrió con la recuperación de Japón, ayudada por Estados Unidos bajo el impulso de un contexto regional asiático que se había vuelto más complejo e inestable con el triunfo de la revolución comunista en China (1949) y la guerra de Corea (1950-1953).

Por su parte, la Unión Soviética aplicaba sus relativamente menores recursos para buscar hacer lo mismo, en el sentido de impulsar sus intereses e influencia sobre los integrantes de su bloque y establecer una suerte de orden propio. En su caso, el empleo del poder duro fue más recurrente, y la situación económica se fue estancando progresivamente; pero tampoco debe desconocerse el atractivo que algunas propuestas soviéticas tenían sobre ciertos sectores en diversas sociedades.

Ambos órdenes, el liberal y el soviético, existían dentro de un orden internacional general menos intenso, pero que facilitaba la comunicación y la cooperación en intereses comunes, y con la onu sirviendo como una de las instituciones que ayudaba a concretar esos objetivos.

Otra característica de esa etapa fue que la posesión de armas nucleares, fundamentalmente en manos de las grandes potencias, redujo las posibilidades de una guerra hegemónica entre ellas y también las chances de cambios profundos en las características del orden internacional. Esto también favoreció alianzas más estables, reglas de convivencia y comunicación, un importante respeto a las respectivas esferas de influencia, un deseo compartido de limitar la proliferación nuclear a otros Estados[27], etc.

En paralelo, el progresivo proceso de descolonización ampliaba el tercer mundo y las complejidades del sistema y orden internacionales. Reflejando esto, la Conferencia de Bandung (1955) y la creación del Movimiento de Países No Alineados (1961) demostraron que había una gran cantidad de Estados que querían evitar quedar sujetos a un bloque, o tener que aceptar el supuesto mensaje “universalista” de alguna de las dos superpotencias. Esto a pesar de que, para poder ingresar al sistema internacional y a sus principales regímenes, los nuevos Estados habían tenido que asumir todo un conjunto de principios, normas y reglas que habían sido acordados por los grandes poderes, con los cuales no necesariamente se identificaban y sobre los que no tenían modo de modificarlos de manera significativa (al menos en esa etapa).

Finalmente, no debemos omitir mencionar nuevamente la relevancia del triunfo de la revolución comunista en China (1949), y cómo ese país más tarde empezaría a alejarse de la Unión Soviética y, con un pragmatismo compartido, aproximarse a los Estados Unidos (lo que posibilitaría su ingreso a la onu en lugar del gobierno de Taiwán). Si bien por ese entonces era un poder de segundo orden, el proceso de apertura que impulsaría a partir de fines de la década del 70 transformaría su lugar en el mundo, y eventualmente al mundo en sí.

Estos hechos, sumados a la progresiva consolidación del proceso de integración europeo y al crecimiento japonés, hicieron que el sistema, claramente bipolar en el campo militar, tuviera poco a poco algunos rasgos multipolares en otras esferas, como la económica.

Culminada la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética, se vivió una etapa unipolar en la cual el primer país empleó tanto recursos blandos como duros para expandir una visión occidental y liberal en el resto del mundo. Será un tiempo caracterizado por una combinación de poder y liderazgo norteamericano en varios campos, instituciones cada vez más globales (onu, omc, oms, bm, fmi), iniciativas de integración y cooperación de alcance regional (nafta, ue, apec, Mercosur), el fortalecimiento o creación de foros para tratar temas de manera más efectiva (G7, G20), procesos de apertura económica, y nuevos acuerdos y convenciones que buscaban impulsar y proteger intereses, valores y prioridades liberales (incluyendo acuerdos vinculados a la defensa de los Derechos Humanos y la Democracia). Sobre ese último punto, también se observó una creciente presión para actuar ante violaciones masivas de los derechos humanos, a través de diversos mecanismos e iniciativas, como las “intervenciones humanitarias”, aun a costa de principios del “templo westfaliano”, como el de soberanía.

Así fue como el mundo fue arribando al nuevo milenio, pareciendo encaminarse hacia una larga era de mayor cooperación internacional y paz, favorecida por la globalización, la creciente interdependencia y la expansión de valores liberales. No obstante, esa meta no sería tan sencilla de lograr, como nos proponemos explicar en las próximas páginas.

4. El siglo xxi y los desafíos al orden internacional 

En esta última parte, antes de las perspectivas y reflexiones finales, nos focalizaremos en analizar cómo se ha dado la evolución del orden internacional de las últimas décadas. En particular, haremos foco en cómo el accionar de Estados Unidos en distintos campos debilitó su liderazgo y en cómo China ha buscado ocupar algunos espacios abandonados o descuidados por la potencia hegemónica.

4.1. Una ilusión que se esfuma y un líder que atenta contra su propia posición

Mirando en retrospectiva el contexto inmediato de la posguerra de la Guerra Fría, lo cierto es que el derrumbe del bloque soviético hizo pecar de excesivo optimismo a no pocos especialistas en las relaciones internacionales. Inclusive algunos ya hablaban del “fin de la historia” (Fukuyama, 1992), y afirmaban que la caída del comunismo impulsaría una expansión definitiva de la democracia liberal occidental, constituyendo esto el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, al ver ese sistema político como la forma final de gobierno humano.

Sin embargo, lejos se está todavía de esa situación, e inclusive los últimos años han sido testigos de serios retrocesos de los principios liberales; y no solo en la periferia, sino también en el centro del poder mundial.

En primer lugar, los ataques del 11 de septiembre de 2001 demostraron el desafío que, para el orden internacional, representaban adversarios que eran organizaciones no estatales que rechazaban los principios sobre los que se sostenía este. Por otro lado, las respuestas de Estados Unidos afectaron también la situación: su guerra al terrorismo, la invasión a Irak para forzar un cambio de régimen, y la intervención en otros lugares llevaron a una sobreextensión estratégica y probaron que se sentía menos atado a sus compromisos adquiridos y a varias de las normas del orden internacional que había ayudado a crear. A esto se le sumó el rechazo a los esfuerzos multilaterales respecto al cambio climático y el Tribunal Penal Internacional, lo que fue derivando en un creciente debilitamiento de su atractivo y una mayor resistencia por otros poderes y Estados del sistema internacional.

Ante esa situación, la llegada de Obama al poder mejoró bastante la imagen de los Estados Unidos, gracias a una aproximación más multilateral y el reconocimiento de errores pasados. Durante su presidencia se impulsaría un pivoteo hacia Asia, reduciendo en lo posible mayores involucramientos en Medio Oriente y África, o haciéndolo de manera limitada (como Libia o Siria), frente al agotamiento de su sociedad ante este tipo de intervenciones y al considerar crecientemente a China como una amenaza potencialmente mayor a la del terrorismo. También en esos años fracasaba el reseteo de la relación con Rusia y volvía a darse una relación tirante favorecida por la situación en torno a Ucrania. Se retornaba así a una visión de competencia entre grandes potencias[28].

La situación del orden internacional acentuaría su inestabilidad con la asunción de Donald Trump a la presidencia. En particular, su estrategia de “America First” representó una situación donde la potencia hegemónica planteaba una cierta visión proteccionista, nacionalista, xenófoba y revisionista, acusando al orden internacional existente, sus principios e instituciones de haber perjudicado y debilitado a los Estados Unidos en una gran cantidad de áreas (soberanía, economía, comercio, empleo, seguridad, inmigración, etc.). Asimismo, varios de estos posicionamientos se extendían a otros países, incluyendo al Reino Unido, que tomaba la decisión de abandonar la Unión Europea, y a varios Estados donde se observaba la expansión del nacionalismo, el autoritarismo y el populismo[29], lo que ayudó a dificultar el funcionamiento de diversas instituciones como la onu, la ue, la omc y la oms; entre otras.

Particularmente, ante la retracción estadounidense de los últimos años, se consolidó el rol de China, que se presenta como defensora de la globalización, el comercio, las organizaciones internacionales, y la lucha contra el cambio climático y la pandemia; pero no ciertamente de los rasgos más liberales del orden internacional.

Observando este panorama, no debe parecernos ilógica la noción de hegemonía revisionista, junto con la posibilidad de que las potencias en ascenso o las grandes potencias de segundo nivel puedan intentar conservar buena parte del orden internacional frente a una hegemonía establecida. Esto último especialmente cuando esos otros poderes consideran que se ven beneficiados por el contexto existente y prefieren posiciones statuquistas en varios temas, o al menos hasta estar en una todavía mejor situación. De todos modos, debe diferenciarse entre apoyar el sostenimiento del orden internacional y el respetar la distribución de poder efectiva, pues hay potencias que pueden aceptar a grandes rasgos el primero, pero buscar una modificación más favorable del reparto de las capacidades existentes[30] (Cooley, 2019, pp. 690 y 695-696).

Siguiendo con la administración Trump, varios de sus principales documentos referidos al contexto internacional se caracterizaron por presentar una visión de creciente competencia entre grandes poderes, enfatizando particularmente el desafío que planteaban China y Rusia y su supuesta búsqueda de “revisar sustancialmente el orden internacional y las normas de comportamiento posteriores a la Guerra Fría” (Departamento de Defensa, 2018, p. 6) y “cambiar el orden internacional a su favor” (Casa Blanca, 2017, p. 27). Los presentó como poderes revisionistas, que aspiraban a crear esferas de influencia y requerían ser contenidos y disuadidos. Aunque lo cierto es que China y Rusia también critican fuertemente a Estados Unidos por otras diversas cuestiones[31]. Esto a pesar de que las diferencias en magnitud de poder, entre Estados Unidos y los otros dos países, siguen siendo importantes, y de que, al menos en el caso de Rusia, no parecería que de momento pudiera aspirar a convertirse en un actor internacional tan relevante como era en el pasado, considerando diferentes dificultades internas y externas que posee. China, por el contrario, y más allá de no tener una situación y panoramas fáciles[32], sí podría contar en el futuro próximo con la acumulación de recursos para convertirse en una hegemonía alternativa a la norteamericana.

4.2. El orden internacional y Estados Unidos ante el resurgimiento de China

Teniendo en cuenta lo visto en las últimas páginas, ¿qué implicará para la estabilidad del orden internacional una China que crece cada vez más y aumenta su poder respecto a Estados Unidos, estando cerca de alcanzarlo o incluso superarlo en varias áreas? Además, ¿cuál es la visión que presenta China respecto al sistema y el orden internacionales?

Sin lugar a dudas, los recursos de poder duro y blando del país asiático han ido creciendo de manera muy significativa en las últimas décadas, al igual que su capacidad para influenciar más allá de su zona geográfica, pero al menos públicamente ha buscado mostrarse como un poder positivo en el sistema y sostenedor del orden internacional en sus normas más tradicionales. Con ese objetivo, su gobierno ha hecho reiteradas referencias a su teoría del ascenso pacífico, de construcción de un mundo armonioso y de una comunidad de destino común para la humanidad[33], por más que no comparte varios postulados del orden internacional liberal y tiende a presentar un posicionamiento más cercano a un sistema westfaliano tradicional y conservador, afirmando principios como los de soberanía, integridad territorial y no intervención en asuntos internos, y aseverando además que la estructura de la gobernanza global depende del equilibrio de poder. Asimismo, se muestra más abierta a una pluralidad política, social, ideológica y de valores –un rasgo que puede atraer apoyo de diferentes países y regiones–, a diferencia de la visión universal que ha marcado buena parte de la “Pax Americana”.

Pero, más allá de la imagen que quiera dar, la realidad es que también las percepciones de Estados Unidos y otros países respecto a China, correctas o no, serán determinantes a la hora de definir cualquier relación. De esta manera, así como el surgimiento de Atenas y el temor generado en Esparta y sus aliados llevaron a la guerra del Peloponeso, lo mismo podría ocurrir en el caso de la relación sino-norteamericana, en un proceso que Graham Allison (2017) ha denominado la “trampa de Tucídides”.

En este contexto donde en términos relativos China crece más que Estados Unidos, una posible respuesta del segundo sería gastar más en defensa, aunque Kennedy (1995) ha advertido que esto solo acelerará su declinación al descuidar la generación de riqueza. Por otro lado, Robert Gilpin (1981, p. 188) sostiene que una gran potencia en declive tiene dos estrategias generales a su disposición:

[…] puede incrementar los recursos destinados a mantener sus compromisos y posición en el sistema internacional; y/o puede intentar reducir sus compromisos existentes (y los costos asociados) de una manera que, en última instancia, no ponga en peligro su posición internacional.

En consecuencia, empleando la primera opción, puede por caso extraer algún tributo de sus clientes (como, por ejemplo, Trump lo hizo con críticas al funcionamiento de la otan y reclamos por un mayor aporte presupuestario de sus integrantes), manipular los términos de intercambio comercial con otros países (lo que intentó el presidente norteamericano con China y renegociando el nafta), o procurar aumentar su propia eficiencia en el uso de los recursos existentes a través de reformas sociales e institucionales (balance interno).

Por su parte, en lo referente a la reducción de costos (Gilpin, 1981, pp. 191-193), y descartando en este caso el apostar a una guerra para buscar acabar con la potencia emergente, la gran potencia en declive podría diseñar un nuevo perímetro defensivo con la ayuda de nuevas alianzas, o reducir sus compromisos internacionales. También podríamos encontrar como alternativas el buscar acercarse a una potencia menor para sumarla a su bando (como fue el caso de Estados Unidos con China frente a la Unión Soviética, que tal vez en el contexto actual podría equivaler a que los norteamericanos buscaran acercarse a Rusia para contener a China), hacer concesiones a la potencia emergente para buscar apaciguarla (cosa que no siempre funciona, como fue el caso de la Alemania nazi), o retirarse unilateralmente de las áreas más expuestas para concentrarse en zonas más estratégicas y fáciles de defender (como progresivamente lo buscó hacer Trump en Siria, Irak y Afganistán[34]).

Pero ¿será esto suficiente para sostener una hegemonía, o al menos una primacía, norteamericana y al orden liberal existente? ¿Iremos, por el contrario, a una guerra hegemónica y a un cambio del orden? ¿Qué alternativas y posibilidades nos puede deparar el destino?

5. Perspectivas y reflexiones finales

Como vimos a lo largo de estas páginas, desde el surgimiento del sistema estatal moderno, las grandes potencias han ocupado un lugar central en la jerarquía internacional, al contar con una influencia desigual sobre el establecimiento del orden internacional y la gestión de la sociedad internacional, por lo que han podido institucionalizar su estatus especial en todos los grandes regímenes internacionales (Stolte, 2015, pp. 16-17). Durante varios siglos esos actores fueron fundamentalmente occidentales o europeos, pero ¿qué pasa cuando van surgiendo otras grandes potencias, con características domésticas y externas bastante distintas a las establecidas?

Precisamente, cuando en 1994 Henry Kissinger publicó La diplomacia, donde analizó el potencial orden internacional que se diseñaría al final de la Guerra Fría, alertó sobre el desafío que representaría “conciliar valores diferentes y experiencias históricas muy diversas entre países de importancia comparable” (Kissinger, 1994, p. 18), sobre todo cuando ningún orden internacional anterior ha contenido grandes centros de poder distribuidos por todo el globo terráqueo e interactuando intensamente entre sí (Kissinger, 1994, p. 805).

En ese sentido, la expansión de esta perspectiva liberal, luego de 1989, terminó abarcando una serie de países y regiones muy diversas y con una heterogeneidad a nivel político y económico mucho mayor a la que poseía el subsistema global occidental durante la Guerra Fría, consolidando un orden, normas e instituciones internacionales que cada vez expresan menos esa diversidad[35] y presentan crecientes problemas.

Por eso siempre debemos ser prudentes y considerar la pluralidad existente internacionalmente a la hora de pensar en cuestiones de valores, justicia, modelos de desarrollo, cultura y tantos otros aspectos que muchas veces pareciera que se dieran por supuestos en Occidente, al tomar los propios como universales. Inclusive Bull (2012) y Huntington (1996) señalaban que la búsqueda de expandir a otras regiones los sistemas y valores occidentales era peligrosa y equivocada, pues llevaría a un creciente rechazo, resistencia y hasta un choque entre civilizaciones con distintas concepciones de orden internacional. De todos modos, como ya señalamos, la amenaza contra ese orden y sus principios también viene desde el centro de él, como lo demostraron la presidencia de Trump y la fuerte crítica de una porción importante de la sociedad norteamericana.

Por todo lo visto, es probable que en las próximas décadas se produzcan continuos ajustes, negociaciones, diferencias e incluso conflictos sobre el orden internacional, lo que hace que su evolución futura presente una importante dosis de incertidumbre y muchas preguntas sin responder: ¿podrá Estados Unidos demostrar que vuelve a ser un país confiable para liderar, o los problemas domésticos[36] y el accionar de otras potencias llevarán a ese país a abandonar progresivamente ese rol?; de ser así, ¿resistirá el orden liberal sin una hegemonía estadounidense u occidental, sufriendo cambios, pero siendo capaz de mantener algunos de sus elementos centrales, dada la dificultad para modificar fuertemente sus características, o, con el paso del tiempo, iremos a un orden distinto encabezado por China, si es que ese país quisiera y pudiera asumir esa responsabilidad?; de ocurrir esto último, ¿sería un cambio pacífico, incluso hasta negociado, o uno que involucrara algún tipo de conflicto militar y un cambio sistémico posterior, como los analizados por Ikenberry?

Otro curso posible podría ser una vuelta a un orden más westfaliano y conservador, con un concierto de grandes poderes, o al menos dos bloques[37], coexistiendo dentro de un equilibrio de poder relativo, cada uno con esferas de influencia, valores y particularidades propias, y con ciertas reglas de convivencia y diálogo entre ellos. En ese caso, y si puede llegar a ser un orden más pluralista, diversificado y regionalizado, ¿esto lo haría más estable, representativo y eficaz?

Aunque Wilson y otros presidentes de su país se opusieran a esta idea, quizás Kennedy (1963) tenía razón cuando en un famoso discurso, en la American University, propuso: “[…] si no podemos poner fin a nuestras diferencias ahora, por lo menos podemos ayudar a que el mundo sea seguro para la diversidad”. Partiendo de ese pragmatismo, y dándole mayor voz e importancia a intereses de otras potencias y países emergentes, quizás sería más factible enfrentar mejor diversas amenazas transnacionales, como el cambio climático, la proliferación nuclear, las pandemias, el terrorismo, y las crisis económicas, entre tantas otras.

El costado negativo, desde una perspectiva occidental, está en el retroceso que sufrirían los principales componentes liberales del orden, incluidos la defensa de los derechos humanos, la prevención del genocidio y la promoción de la democracia. Sin embargo, si Occidente vuelve a reforzar sus rasgos tradicionales, prioriza el poder blando y destaca por un fuerte protagonismo de actores de la sociedad civil y organizaciones de distinto tipo, podría volver a convertirse en ese modelo que, durante muchas décadas, generó admiración e imitación en buena parte del resto del planeta.

Las cartas aún no están echadas, pero lo que suceda con el orden internacional y las posibilidades y amenazas que encuentren países como el nuestro seguirán dependiendo en buena medida del accionar de las grandes potencias. No reconocer esto y no buscar desarrollar estrategias anticipatorias consensuadas y desideologizadas que nos permitan prepararnos a nivel nacional y regional ante la creciente competencia entre Estados Unidos y China serían errores que nos costarían muy caro.

Bibliografia

Allison, G. (2017). Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap? Boston: Houghton Mifflin Harcourt.

Badie, B. (2019). New Perspectives on the International Order – No Longer Alone in This World. Cham, Suiza: Palgrave Pivot.

Bridge, F. R. y Bullen, R. (2005). The Great Powers and the European states system 1814–1914. Londres: Pearson Education Limited.

Bull, H. (2012). The Anarchical Society: A Study of Order in World Politics. Hampshire, Inglaterra: Palgrave Macmillan.

Cesa, M. (2012). Great Powers. En R. Devetak, A. Burke y J. George (eds.), An Introduction to International Policy (pp. 268-280). Cambridge University Press.

Clark, I. (2011). Hegemony in International Society. Oxford University Press.

Cooley, A., Nexon, D. y Ward, S. (2019). Revising order or challenging the balance of military power? An alternative typology of revisionist and status-quo states. Review of International Studies, 45(4), pp. 689-708.

Cox, R. W. (1987). Production, Power and World Order: Social Forces in the Making of History. Nueva York: Columbia University Press.

Department of Defense of the United States (2018). Nuclear Posture Review. Recuperado el 12 de febrero de 2021 de bit.ly/3hj0bFF.

Feng, H., He, K. y Li, X. (2019). How China Sees the World – Insights from China’s International Relations Scholars. Singapur: Springer.

Fukuyama, F. (1992). The End of History and the Last Man. Nueva York: Free Press.

Gilpin, R. (1981). War and Change in World Politics. Cambridge University Press.

Huntington, S. (1996). The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Nueva York: Simon and Schuster.

Hurrell, A. (2006). Hegemony, liberalism and global order: what space for would-be great powers? International Affairs, vol. 82, n.º 1, enero, pp. 1-19.

Ikenberry, G. J. (2001). After Victory: Institutions, Strategic Restraint, and the Rebuilding of Order after Major Wars. Princeton: Princeton University Press.

Ikenberry, G. J. (2014). Power, Order, and Change in World Politics. Cambridge: Cambridge University Press.

Ikenberry, G. J. (2016). The Rise, Character, and Evolution of International Order. En O. Fioretos, T. Falleti y A. Sheingate (eds.), Oxford Handbook of Historical Institutionalism. Oxford: Oxford University Press.

Ikenberry, G. J. (2019). Reflections on After Victory. The British Journal of Politics and International Relations 2019, vol. 21(1), pp. 5-19.

“International Order”. New Dictionary of the History of Ideas. Recuperado el 15 de abril de 2021 de Encyclopedia.com, en bit.ly/3xkelvR.

Jervis, R. (1982). Security regimes. International Organization, vol. 36, n.º 2, pp. 357-378.

Jervis, R. (1985). From Balance to Concert: A Study of International Security Cooperation. World Politics, vol. 38, n.º 1, pp. 58-79.

Kennedy, J. F. (1963). Commencement Address at the American University. John F. Kennedy Presidential Library and Museum. Recuperado el 24 de marzo de 2021 de bit.ly/2TxGn8u.

Kennedy, P. (1995). Auge y caída de las grandes potencias. España: Plaza & Janés.

Kissinger, H. (1994). Diplomacy. Nueva York: Simon & Schuster.

Kissinger, H. (2014). World Order. Nueva York: Penguin Press.

Kissinger, H. (2017). A World Restored: Metternich, Castlereagh, and the Problems of Peace, 1812–22. Auckland, Nueva Zelanda: Pickle Partners Publishing.

Kupchan, C. (2010). How Enemies Become Friends: The Sources of Stable Peace. Princeton University Press.

Kupchan, C., Adler, E., Coicaud, J. y Foong Khong, Y. (2001). Power in transition: The peaceful change of international order. Nueva York: United Nations University Press.

Mazarr, M., Priebe, M., Radin, A. y Stuth Cevallos, A. (2016). Understanding the Current International Order. Santa Monica, California: rand Corporation.

Mearsheimer, J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. Nueva York: W. W. Norton & Company.

Mearsheimer, J. (2019). Bound to Fail: The Rise and Fall of the Liberal International Order. International Security, vol. 43, n.º 4, pp. 7-50.

Miller, B. (2007). States, Nations, and the Great Powers: The Sources of Regional War and Peace. Cambridge: Cambridge University Press.

Morgenthau, H. (1986). Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

Simpson, G. (2004). Great Powers and Outlaw States: Unequal Sovereigns in the International Legal Order. Cambridge: Cambridge University Press.

Stolte, C. (2015). Great Powers and the Drive for Status in International Relations. En C. Stolte, Brazil’s Africa Strategy (pp. 15-42). Nueva York: Palgrave Macmillan.

Volgy, T., Corbetta, R. Grant, K. y Baird, R. (2011). Major Powers and the Quest for Status in International Politics: Global and Regional Perspectives. Nueva York: Palgrave Macmillan.

Waltz, K. (1988). Teoría de la política internacional. Buenos Aires: gel.

White House (12/2017). National Security Strategy of the United States of America. Recuperado el 12 de febrero de 2021 de bit.ly/3f3nmSM.


  1. Licenciado y magíster en Relaciones Internacionales. Profesor de grado y posgrado en la Universidad de Belgrano, en la Universidad de Buenos Aires, en UCEMA y en el CIEE Argentina. Director ejecutivo de la Fundación “Diálogo Argentino-Americano”. Coordinador del Comité de Asuntos Nucleares del CARI y coordinador académico del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Belgrano (CESIUB). Cuenta con varias publicaciones en diferentes áreas. Correo electrónico: eduardo.diez@comunidad.ub.edu.ar.
  2. Con la creación de la Cátedra Woodrow Wilson en la Universidad de Gales (1919).
  3. Para Bull (2012, p. 9), “un sistema internacional se forma cuando dos o más Estados tienen suficiente contacto entre ellos, y tienen suficiente impacto mutuo sobre las decisiones como para que se comporten –al menos en una cierta medida– como partes de un todo”. En la época de Sumeria, no existían los Estados como los conocemos hoy, pero sí había unidades político-territoriales que tenían el suficiente contacto entre sí como para conformar un primer sistema internacional.
  4. Una traducción literal del griego anarchos, que significa “no tener gobernante”.
  5. A su vez, por un lado, varios asemejan orden mundial con orden internacional, mientras que otros identifican al orden mundial como el conjunto de órdenes internacionales. En ese sentido, no hay un consenso absoluto sobre el término “orden internacional” ni tampoco respecto al de “orden mundial”, pero, para evitar confusiones, en este capítulo consideramos al primero en función de las definiciones que damos en esta sección.
  6. Por ejemplo, ocupando lugares de control en las principales instituciones internacionales (onu, fmi, bm, etc.).
  7. Para este autor, la legitimidad implica la aceptación del marco del orden internacional por todas las grandes potencias, al menos en la medida en que ningún Estado central esté tan insatisfecho como para expresar su descontento en una política exterior revolucionaria.
  8. Este se aplica a elementos intangibles, no materiales y no militares del poder, incluidas las ideas, la ideología, la cultura, las instituciones, y la admiración que genera en otros. Por el contrario, el poder duro implica coerción (militar, económica, etc.). Son conceptos definidos por Joseph Nye, quien empleó el de smart power (“poder inteligente”) para referirse a la capacidad de combinar el blando y el duro para una estrategia internacional exitosa.
  9. El 24 de octubre de ese año, por los Tratados de Münster y Osnabrück (dos ciudades en la región de Westfalia), finalizaron la guerra de los Treinta Años en el Sacro Imperio Romano Germánico y Europa Central, y la guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. Si bien no fue un arreglo que involucró a toda Europa, varios de sus pilares se fueron progresivamente expandiendo.
  10. Entre las figuras que destacaron o influenciaron en ese contexto histórico a través de sus obras podemos destacar a Maquiavelo (El príncipe, 1513) y Hobbes (El Leviatán, 1651). En general, esos autores compartían una visión negativa de la naturaleza humana, enfatizaban la política del poder y del engaño, consideraban la política como una colisión de intereses, veían la necesidad del gobernante de regirse por un patrón moral diferente al de los individuos (pues su meta principal/ raison d’état es la supervivencia del Estado) y calificaban al sistema internacional como anárquico y de violencia recurrente. Sus contribuciones ayudarían a darle forma a la teoría realista de las relaciones internacionales.
  11. En ese proceso los europeos se encontraron con órdenes internacionales regionales, como en el océano Índico o en Asia Oriental, pero sus avances tecnológicos, especialmente en el campo militar, les permitieron imponer sus ideas de orden sobre las de países como India o China.
  12. Gran Bretaña fue el país que más conscientemente jugó a ser el fiel de la balanza de poder en Europa, buscando evitar que surgiera una amenaza (España, los Habsburgo, Francia, Rusia, Alemania, etc.) que pudiera amenazarla directamente, mientras volcaba la mayor parte de sus recursos en lograr una expansión fuera del continente. Su ubicación geográfica, el rol central en la Revolución Industrial, y la posesión de vastas reservas de carbón le ayudaron en ese objetivo.
  13. Este dilema, un concepto central de la teoría de juegos, muestra que, por temor, incertidumbre o privilegiar objetivos a corto plazo, dos partes pueden no cooperar incluso si ello va en contra del interés de ambas. Por el contrario, ante la expectativa de volver a “jugar” de manera reiterada, esa situación favorecería el sostenimiento de la cooperación.
  14. Por ejemplo, el Tratado de Berlín de 1878, donde las grandes potencias reformaron las fronteras de la región balcánica, o cuando el canciller alemán organizó una conferencia en Berlín (1884-1885) con el objetivo de resolver los problemas que planteaba la expansión colonial en África. Participaron de esta última catorce países, incluyendo algunos que no tenían intereses territoriales directos en África (como Estados Unidos), buscando lograr un reconocimiento internacional sobre los resultados de la conferencia. Ese líder alemán, a cargo de la política exterior de su país entre 1870 y 1890, sería fundamental para sostener un balance de poder y una paz relativa en el continente europeo durante esas décadas.
  15. Consideraban a los individuos como seres racionales y perfectibles que desean la paz, afirmaban la posibilidad de trascender la anarquía con el desarrollo de nuevas instituciones y veían el comercio como factor pacificador. Al mismo tiempo, partiendo de un racionalismo secular, su concepción de orden internacional se sustentaba en un análisis fundado en la situación humana antes que en la creencia en un Dios. Entre los autores más relevantes, destacan Locke, Voltaire, Adam Smith y Kant.
  16. Presentaban una visión racional y utilitarista, tanto económica/comercial (John Stuart Mill) como política/legal (Jeremy Bentham).
  17. Ese presidente norteamericano afirmaba que los gobiernos representativos comparten intereses comunes, incluyendo la paz (viendo como irracional e inmoral no respetarla), rechazaba el equilibrio de poder y apostaba por la expansión de la democracia, la solución pacífica de las controversias, la diplomacia pública, el desarme y la proscripción del uso de la fuerza. Finalmente, y de ahí su propuesta de la Sociedad de las Naciones, confiaba en que las organizaciones internacionales y el derecho internacional podían crear una red que limitase la anarquía e impidiera, o al menos dificultase, la guerra.
  18. Unión Internacional de Telecomunicaciones (1865), Unión Postal Universal (1874), Oficina Internacional de Pesas y Medidas (1875), etc.
  19. Donde, por ejemplo, participaron 17 delegaciones latinoamericanas, y Roque Saénz Peña y Luis María Drago fueron los integrantes de la delegación argentina.
  20. Pacto Briand-Kellogg (1928), Tratado Naval de Londres (1930), Tratado Antibélico de No Agresión y de Conciliación (Pacto Saavedra-Lamas, 1933), etc. Vale señalar que, en general, esos acuerdos se crearon sin la existencia de cláusulas o medios para hacer cumplirlos.
  21. Aparte del rechazo a verse ante la necesidad de enviar tropas norteamericanas a involucrarse en Europa, u otras regiones donde la Liga pudiera requerir de su apoyo, otro motivo para que el Congreso se opusiera a formar parte de esa organización era que pudiera afectar la hegemonía de su país sobre el continente americano. De ahí que considerasen que la doctrina Monroe (1823), que buscaba limitar la intervención extranjera en esta región, era un mecanismo suficiente y más eficiente que formar parte de la Liga.
  22. Parte de ese revanchismo se entiende por el carácter punitivo del Tratado de Versalles, a diferencia de la relativa moderación y limitación planteada en Viena. En ese sentido, Versalles forzó a Alemania a aceptar toda la responsabilidad moral y material de haber causado la guerra, desarmarse, conceder territorios a los vencedores y abonar enormes reparaciones de guerra. Esto generó fuertes problemas políticos y económicos en Alemania, y un gran sentimiento de humillación y sed de revancha, lo que favoreció eventualmente el surgimiento del partido nazi.
  23. Derivado en buena medida del hecho de que la Carta de la Sociedad contenía un lenguaje idéntico con respecto a las responsabilidades principales de cada órgano: La Asamblea (Art. 3) / El Consejo (Art. 4) “podrá tratar en sus reuniones todo asunto comprendido dentro de la esfera de acción de la Liga o que afecte a la paz del mundo”.
  24. Lo que, aun así, mantiene muy bajas las posibilidades de impulsar reformas del Consejo de Seguridad que busquen reflejar una mayor representación de la distribución de poder existente, ante el rechazo de algunos de sus miembros permanentes a sumar países como India o Japón.
  25. Es justo reconocer que esas definiciones partían desde una óptica y valores liberales y occidentales aprovechando el peso numérico que al momento de la creación de la onu tenían Europa Occidental y, especialmente, América Latina (principal bloque geográfico durante los primeros años de la organización), encolumnadas ambas detrás de los Estados Unidos. En ese sentido, si bien tras el proceso de descolonización una importante cantidad de los nuevos Estados adhirieron a muchos de estos acuerdos y axiomas, lo cierto es que internamente distintos sectores de sus respectivas sociedades no se sintieron verdaderamente reflejados cultural o religiosamente con ellos, lo que ha dificultado su implementación a nivel doméstico o ha favorecido la adopción de mecanismos alternativos, como es la Declaración de los Derechos Humanos en el Islam (1990).
  26. Sistema político democrático, economía de mercado, protección de la propiedad privada, Estado de derecho, promoción de los derechos humanos, seguridad colectiva, resolución pacífica de diferencias, respaldo a instituciones internacionales, etc.
  27. Un instrumento en ese sentido constituye el tnp (Tratado de No Proliferación Nuclear, 1968), que prohíbe desarrollar armas nucleares a sus integrantes que no las poseen, y reconoce a las dos superpotencias y tres grandes potencias de ese entonces la posesión de armas nucleares (aunque con un compromiso laxo de avanzar hacia un progresivo desarme y definitiva eliminación de estos artefactos).
  28. Con China y Rusia impulsando, sea de manera conjunta o individual, iniciativas como la Organización de Cooperación de Shanghái, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el brics, etc. Esto creó alternativas al modelo de desarrollo y asistencia liberal e importantes instancias de coordinación sin la participación de potencias occidentales.
  29. De hecho, ya desde hace quince años el número de democracias liberales retrocede anualmente a nivel global.
  30. Por su parte, un poder revolucionario o revisionista radical apuntaría a cambiar tanto la distribución del poder como el orden internacional en sí. Dos claros ejemplos, salvando las diferencias entre sí, son la Francia napoleónica y la Alemania nazi.
  31. China y Rusia juzgan que Estados Unidos ha buscado aprovechar su situación de posguerra de Guerra Fría para imponer sus intereses y valores al resto del sistema internacional, vulnerando diversos acuerdos (por ejemplo, extendiendo la otan hacia el Este, a pesar de haberse comprometido a no hacerlo) y acrecentando su hegemonía, a la vez que intenta rodear a esos dos países con aliados propios y limitar sus posibilidades. Por el contrario, los dos países llaman a defender un orden más westfaliano y multilateral (a nivel grandes potencias), donde puedan coexistir sistemas políticos e ideológicos diferentes, no busquen aplicarse a otros los propios modelos y se respete la soberanía territorial y el principio de no intervención.
  32. Pensemos –solo para mencionar dos desafíos, uno externo y otro interno– que con varios países en su región posee litigios territoriales o ven a China como un rival histórico (India, Vietnam, Filipinas, Japón, etc.), mientras que a nivel doméstico cuenta con una población crecientemente envejecida y cada vez con menos nacimientos (los cuales cayeron un 15 % en 2020 con relación al año anterior).
  33. Una en la que supuestamente los países tienen como objetivo mutuo el desarrollo y la cooperación, resolviendo las diferencias de manera pacífica y manteniendo un sistema de comercio e inversión global.
  34. Además, habiendo afirmado ya la administración Biden que la salida del último país se haría el 11 de septiembre de 2021, aprovechando también el creciente rechazo de la sociedad norteamericana a involucrarse en conflictos lejanos a sus territorios.
  35. Por ejemplo, un Consejo de Seguridad de la onu que sigue reflejando la distribución de poder de 1945 y no la actual, siendo a la vez un órgano fuertemente occidentalista, o un G7 que representaba casi el 70 % del producto bruto mundial en 1992 y hoy equivale a menos del 30 %. Sin embargo, las serias dificultades que han presentado varias organizaciones y mecanismos internacionales para coordinar una respuesta multilateral ante la pandemia del covid-19 (onu, oms, G7, etc.) tal vez brinde un impulso y un cierto consenso para encarar algunas reformas necesarias.
  36. Como una mayor desigualdad económica, el estancamiento o incluso el retroceso del bienestar de las clases medias y bajas, “grietas” políticas, ideológicas y hasta raciales, un gran déficit fiscal, y una visión social cada vez más negativa respecto a la globalización, la interdependencia o las responsabilidades internacionales. Vale recordar que estos problemas no son exclusivos a Estados Unidos, sino cuestiones compartidas por varios países occidentales, lo cual también debilita el orden internacional liberal.
  37. Uno encabezado por Estados Unidos y otro por China. Sería en parte similar, aunque no igual –dado el grado de interdependencia–, al existente durante la Guerra Fría.


Deja un comentario