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11 Leviatanes alterados, mundo digital
y Estados nacionales

Gustavo Marangoni[1] y Mauro Amorosino[2]

1. Medievales con wifi

Se necesitará sabiduría y previsión para evitar estos peligros y garantizar que la era tecnológica cumpla su inmensa promesa. Necesita profundizar en su propio interés por lo inmediato a través de una mejor comprensión de la historia y la geografía. La tarea no es solo o incluso un asunto de la tecnología. La sociedad necesita adaptar su política educativa a imperativos últimos en la dirección del país a largo plazo y en el cultivo de sus valores. Los inventores de los aparatos que tanto han revolucionado las maneras de recabar y compartir información pueden hacer una aportación idéntica, si no mayor, diseñando medios que permitan profundizar a sus fundamentos conceptuales. En el camino que lleva al primer orden mundial verdaderamente global, los grandes logros humanos de la tecnología deben fundirse con los poderes realzados del juicio humano trascedente y moral.

 

Henry Kissinger (2016: 360)

Escribimos este texto durante el contexto de pandemia. La enfermedad covid-19 ha puesto en entredicho muchas certezas y nos recuerda amargamente nuestra vulnerabilidad. El virus que recorre el mundo ha terminado con la vida de millones de personas, ha puesto a prueba los sistemas sanitarios de los países y, por consiguiente, a los sistemas políticos y económicos. También nos lleva a formularnos nuevas preguntas, o a intentar responder las viejas a partir de una experiencia transformadora.

Desde ya que no se trata de la primera vez en la historia de la humanidad que una enfermedad pasa de un continente a otro. De hecho, limitándonos a la estadística, el covid-19 podría definirse como una de las menos letales, de entre las enfermedades que lo han hecho. Y, además, la ciencia ha generado vacunas contra ella de modo más veloz que en otros casos similares anteriores, vacunas que prometen controlarla en tiempos reducidos respecto a anteriores experiencias. Sin embargo, aún resulta imposible razonar con seguridad y confianza. En primer término, porque seguimos transitando el peligro y la amenaza. Luego, porque siempre queda latente la posibilidad de un próximo virus o una variante del actual.

Claro que este capítulo no pretende abordar cuestiones epidemiológicas y sus posibles derivaciones. Nos proponemos reflexionar acerca del impacto de las nuevas tecnologías, las comunicaciones y el mundo digital sobre el campo específico de las relaciones internacionales en las primeras décadas del siglo xxi. Y precisamente por ello, no podemos soslayar el entorno en el cual escribimos, pues influye notablemente en nuestras ideas y análisis. El viejo clásico entre lo local y lo global, que parecía definirse claramente a favor del segundo por la fuerza arrolladora de las pantallas y las redes con su promesa de cercanía total, se ha encontrado con la barrera de un virus invisible que nos lleva a dudar del resultado. Frente al temor del contagio, la respuesta inmediata fue refugiarse en lo local. Los Estados, en sus tres niveles (nación, provincias y municipios o sus designaciones equivalentes según los distintos países), fueron visualizados por las comunidades como el refugio natural. Las expectativas y las demandas de cuidado y de protección se dirigieron a ellos, no a bloques regionales u organismos multilaterales.

Como en la antigua Edad Media, ante el miedo se buscó la seguridad –real o imaginaria– de los castillos y sus muros. Somos medievales con wifi para enfrentar las pestes que nos tocan. Como en esa época, se establecieron cuarentenas preventivas y severas restricciones a la circulación.[3] Para quienes los agentes locales eran considerados instituciones anquilosadas sometidas al estrés insoportable de las presiones globalizadoras que los convertirían en actores de reparto, ha llegado el momento de repensar las categorías.

Por supuesto que estamos lejos de sostener que exista una regresión a modelos de Estados nacionales de otras épocas, o a incurrir a los que algunos cientistas sociales denominan “el nacionalismo metodológico” (Milanovic, 2017). Pero consideramos que la pandemia viene a evidenciar un fenómeno dual de existencia previa: la aceleración de la vida cotidiana, el individualismo acentuado al que contribuyen los distintos soportes digitales, el impacto de empoderamiento que genera y refuerza cada generación de celular con sus nuevas, sofisticadas y estilizadas funciones llevan a convivir simultáneamente en cada uno de nosotros las fuerzas solipsistas propias de sujetos hiperconectados junto con las identidades comunitarias blindadas por lazos culturales, históricos y de proximidad. La abundante literatura política respecto del auge de los populismos (Rosanvallon, 2020; Casullo, 2019) aporta material sostenido en múltiples evidencias.

La aparente contradicción no es tal. Cada nueva generación de la tecnología de las comunicaciones se aleja de la palabra y se sumerge en las imágenes, las experiencias y las sensaciones. Según Actís y Creus:

[…] la tecnología de primera generación (1G) permitió las llamadas inalámbricas. La 2G, los mensajes de textos; la 3G, las páginas web en los teléfonos, y la –hasta hace muy poco tiempo novedosa– 4G, los videos streaming, el GPS y diversas aplicaciones. Con la 5G, la velocidad de los datos será 100 veces más veloz, algo indispensable para la conexión en un entorno T. Big data, algoritmos, lo T y 5G son todas caras de una misma revolución tecnológica (Actís y Creus, 2020: 109).

Y ese terreno es un reservorio de emociones que trascienden lo individual y se extienden en un terreno fértil y conocido para la política. El lenguaje, el espíritu de pertenencia y la delimitación de las diferencias entre “ellos y nosotros” hacen al concepto de lo político (Schmitt, 1984). Estados e individuos someten a revisión su eterno contrato, esta vez a la luz (y sombra) del impacto de innovaciones tecnológicas vertiginosas que los obligan a redefinir los lenguajes de anteriores acuerdos. No se trata de un divorcio; en todo caso se parece bastante a una nueva parametrización del vínculo que, por definición, se presenta como insoluble. Precisamente el dinamismo de esa relación y de sus avatares en el presente siglo trataremos en las próximas páginas.

2. De la aldea global a la aldea (g)local

A la función necesariamente política del productor de símbolos, responde la función necesariamente simbólica del responsable político. Cualquiera que transmita signos se ocupa de gobernar; cualquiera que gobierne se ocupa de transmitir.

 

Regis Debray (1995)

En la década del 70, el sociólogo canadiense Marshall McLuhan (2011) acuñó un concepto para referirse a las consecuencias de la comunicación inmediata: “aldea global”. La idea encierra una percepción, a la distancia algo idealista, que fue constante durante buena parte del siglo xx cuando las telecomunicaciones y los viajes por impulsión a reacción eran los promotores de la cercanía y donde la tecnología se percibía como una virtuosa herramienta de transformación de la política mundial. Una de las manifestaciones primarias que despertó la idea de “aldea global” era que los Estados serían eclipsados por la aparición de actores no territoriales, como empresas transnacionales, movimientos sociales y organizaciones internacionales.

Lo más cercano a esa “aldea global” con lo que convivimos hoy día, con sus potencialidades y peligros, serían las comunidades virtuales que atraviesan las soberanías estatales, esgrimiendo sus propios principios y fundamentos, sobre los que se construyen sus relaciones. Los Estados y sus legislaciones están cada vez más exigidos para regular lo que sucede en la vida virtual de las personas y, aún más, para controlar el flujo de información que se desprende hacia ese mundo virtual y desde él.[4]

Keohane y Nye (1998) se enfrentaban tempranamente a esta perspectiva de pérdida de protagonismo de los Estados afirmando que, aunque los modernistas habían podido percibir de forma certera la dirección del cambio, no habían más que simplificado sus consecuencias. Los Estados continuaron acaparando las lealtades de la vasta mayoría de la población mundial, sin mencionar sus recursos y riquezas. Sí, es verdad, la capacidad de control de los gobiernos se ha atenuado respecto de los dos siglos anteriores. Pero eso no significa su muerte, ni siquiera la cesión de ser el principal actor de la novela. Si en un comienzo de esta historia se pensó que la llegada de Internet y la información como recurso libre podían llegar a ser el final de los gobiernos, en la práctica los Estados y las soberanías continúan jugando un rol preponderante, aunque en un contexto de difusión constante del poder. La aldea global ancla en la aldea (g)local. Según el economista especializado en desarrollo de startup, Igor Ochoa:

[…] el término glocalización es un acrónimo formado por las palabras globalización y localización. El primero que acuñó este vocablo fue Roland Robertson, un sociólogo británico que se ha dedicado a estudiar el fenómeno de la globalización. Su filosofía es clara, “pensar globalmente y actuar localmente”. La glocalización es en esencia una adaptación de patrones globales a las condiciones locales. A nivel empresarial esta estrategia consiste en adaptar un concepto de negocio estándar a las condiciones particulares de donde se establece. Los primeros que adoptaron esta metodología fueron los empresarios japoneses en la década de los años 80. Ellos lo denominaron “dochakuka”, que en japonés significa “el que vive de su propia tierra”. El concepto de glocalización no debe contemplarse únicamente desde el punto de vista económico, sino también desde el cultural (Ochoa, 2020).

Históricamente, los Estados han tenido dos grandes campos físicos sobre los cuales llevar adelante la conquista, el conflicto, la cooperación y el desarrollo de sus capacidades: tierra y mar. A ellos deberíamos sumarle, mucho más cercano en el tiempo, el campo aeroespacial como escenario de acción. Al igual que el mar, para poder declararnos amos de los cielos, requerimos de tecnología surgida de nuestra ciencia y técnica para su conquista. Las personas por sí mismas resultan ciertamente igual de inútiles en el medio del océano que a 10 metros sobre la superficie sin algún artilugio que les permita navegar o volar. El espacio exterior sería el cuarto campo de dominio, aunque estemos viviendo apenas los primerísimos estamentos de su conquista.

Así, el poder físico del hombre y el Estado parecían limitados a los campos naturales que se exponían al alcance de sus sentidos.

Hoy habría que sumar un quinto campo que, aunque no tenga una entidad física que podamos palpar, conecta al mundo exterior al mismo tiempo que lo acerca, como si fuera un aparato nervioso compuesto de millones de interconexiones en donde las computadoras, servidores, routers y fibra óptica funcionan y se enlazan aún a costa de su propia voluntad: el ciberespacio.

La geografía del ciberespacio resulta ser mucho más maleable que la de los otros ambientes. Mientras que los lagos, océanos, cordilleras y satélites naturales son algo complejos de manipular, porciones del ciberespacio se pueden apagar, prender, trasladar u ocultar con un simple clic.

Bajo el peso de la existencia humana, la conquista del aire fue apenas hace unos segundos, y la capacidad de llegar al espacio exterior ocurrió unos nanosegundos atrás. Internet, la World Wise Wase y que los Estados comiencen siquiera a pensar en la posibilidad de un plan de ciberseguridad para defender su seguridad nacional son el presente.

¿Cómo podríamos, entonces, conceptualizar el ciberespacio? Kuhel lo define como un

dominio global dentro del entorno de la información cuyo carácter distintivo y único está dado por el uso de la electrónica y el espectro electromagnético para crear, almacenar, modificar, intercambiar y explotar información a través de redes interdependientes e interconectadas utilizando tecnologías de la información y comunicación (Kuhel, 2009: 28).

Es este último elemento de la definición (“explotar información a través de redes interdependientes e interconectadas utilizando tecnologías de la información y comunicación”) lo que vuelve al ciberespacio un campo fundamental para las relaciones internacionales y la seguridad de los Estados. Será ese vínculo inseparable de la tecnología, los individuos y el impacto de la interconectividad lo que genere un salto abismal en su diferenciación con los sistemas de comunicación e interacción del pasado y lo que le dará sustento a la denominada “revolución de la información” hasta hacer casi imposible imaginar nuestras vidas actuales disociadas del ciberespacio.

¿Resulta sencillo hacer de este caos un cosmos? ¿Se presenta un simple trámite agregar a la cartografía de los Estados nacionales su correspondiente soberanía sobre un trozo de ciberespacio? No. ¿Resulta necesario establecer algunos criterios? Claro que sí.

Sin narrativas orientadoras, sin la cooperación de “fuerzas ficticias” que nos ayuden a trazar un marco de relativa certidumbre, no podríamos transitar la vida sin el riesgo cierto de enloquecer. Nos comenta Yuval Harari en su obra más exitosa respecto de la aparición de la ficción:

Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes…las grandes cooperaciones comunes a gran escala están establecidas sobre mitos que solo existen en la imaginación colectiva. Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en causas comunes (Harari, 2014: 41).

Subestimar el poder de esas creencias o sobreestimar la capacidad de las nuevas tecnologías constituye una debilidad de las mentes más brillantes. No se puede navegar en el ciberespacio sin mapas. Y estos se dibujan con mitos y creencias.

Van, por lo tanto, algunas certezas. Los gobiernos siguen constituyendo referencias ineludibles en el sistema de relaciones internacionales porque encarnan muchos de esos mitos. En ellos se apalancan las fuerzas que, frente a la esperanza globalizadora de uniformidad, sigue demarcando una línea entre “ellos y nosotros”. El mundo, aún en su apéndice ciberespacial, sigue siendo pluriverso, no universo. El desarrollo de la economía mundial al fusionarse con el ciberespacio, facilitando el comercio global, el intercambio de miles de millones de dólares sin siquiera mover físicamente medio centavo y la administración remota de empresas, entre tantos cientos de operaciones posibles, requiere de la participación de regulaciones públicas, muchas de ellas, ciertamente, inexactas y a destiempo. Pero, así como resulta inimaginable la operatoria de los aeropuertos sin la acción indispensable de las torres de control y la asignación de rutas por parte de las autoridades aeronáuticas, se presenta ilusoria la autorregulación de los unicornios y los gigantes tecnológicos. Repetimos: no nos enrolamos en la creencia de que nada ha cambiado ni nos hemos quedado anclados en la realpolitik. Pero creemos que el ciberespacio donde se crea y se usa la información digital que alimenta la economía mundial es una masa de la cual participan ineludiblemente las manos de los agentes públicos.

3. El ciberespacio como contexto (o por qué se equivocó Steve Jobs)

Tuve una auténtica revelación. Todos íbamos cubiertos de túnicas y nos habían preparado algo de café turco. El profesor nos explicó que la forma en que preparaban el café era diferente de la del resto del mundo, y yo pensé: ¿Y qué coño importa? ¿A qué chicos, incluso en Turquía, les importa una mierda el café turco? Llevaba todo el día viendo jóvenes en Estambul. Todos bebían lo que beben todos los demás chicos del mundo, todos llevaban ropa que parecía sacada de una tienda de Gap y todos utilizaban teléfonos móviles. Eran iguales que los jóvenes de todas partes. Me di cuenta de que, para los jóvenes, el mundo entero es un mismo lugar. Cuando fabricamos nuestros productos no pensamos en un teléfono turco o en un reproductor de música que los jóvenes turcos quieran y que sea diferente del que cualquier joven pueda querer. Ahora somos todos un mismo planeta.

 

Steve Jobs (2011)

Siempre fuimos del mismo planeta. La divulgación de artefactos y el traspaso de las tecnologías por las fronteras son tan antiguos como las fronteras mismas. Es cierto que el estadio en que se desenvolvió brillantemente el creador de Apple se caracterizó por la aceleración del tiempo histórico con un registro sin antecedente. No obstante, ese fenómeno no puede ser interpretado unívocamente como el de la eliminación de las diferencias y la igualación de todos los seres humanos por pautas y estéticas de consumo. Desde luego que ese punto de vista describe algunos procesos. Pero es, precisamente, la vista desde un solo punto. O, de algún modo, la confusión del texto con el contexto.

Joseph Nye (2010) suele repetir como un mantra que el poder depende del contexto. Y el ciberespacio es un contexto cada vez más importante en la política mundial. El anonimato, el bajo precio de entrada, las asimetrías y la vulnerabilidad se conjugan para que pequeños actores encuentren mayor capacidad para ejercer el hard and soft power en el ciberespacio que en cualquier otro ámbito de sus capacidades. Las características de este escenario han reducido algunas diferencias entre el poder de los actores y amplificado otras, brindando así un buen ejemplo de la difusión del poder que tipifica la política global de nuestro siglo.

Una comunidad de hackers internacional que ingresó en los archivos secretos del Pentágono y los dio a conocer al mundo entero, compañías transnacionales que tratan de influir sobre la forma en que se deben comunicar las noticias (y estableciendo qué merece el rótulo de noticia), o grupos terroristas que se valen de las tecnologías para reclutar, organizar y dar a conocer al mundo sus acciones y principios al instante, todos ellos se mueven en la misma arena internacional de la mutua intervención de las relaciones internacionales.

La cantidad de actores con capacidad de influencia y amenaza en el sistema internacional se ha multiplicado a raíz del ciberespacio. Una célula terrorista es capaz de, solo con una conexión a Internet, llevar adelante la logística para un atentado en prácticamente cualquier rincón del planeta. Los ataques desde el éter informático, donde los costos son bajos, pueden lanzarse hacia el mundo físico, donde los recursos son caros y escasos. La concepción de seguridad se ha modificado para siempre. Pero una práctica se repite. Los Estados también reclutan inteligencia y mano de obra entre los expertos que supieron identificar sus vulnerabilidades.

Asimismo, se ha modificado el mapa de los agentes con capacidad para generar esa influencia. En el mundo virtual, los protagonistas son diversos, muchas veces anónimos, relacionados en un mundo sin distancias físicas que los separen entre sí y cuyo ambiente se definió para la conexión antes que para evitar la interrelación (aunque a veces hay quienes operan con ese propósito). Internet se creó para unir, pero también para generar barreras de seguridad y defensa.

La forma en la cual el ciberespacio ha cambiado la forma que tenemos de crear, almacenar, modificar, intercambiar y explotar información ha transformado la concepción que teníamos de operar en los otros campos (tierra, mar, aire y espacio exterior) y en el uso del poder de los Estados.

El comportamiento del ciberpoder, según Nye, descansa en una serie de recursos que se relacionan con la creación, control y comunicación de información electrónica e informática, infraestructura, redes, software, recursos humanos. Esto, continúa el autor estadounidense, incluye Internet, pero también las intranets, teléfonos inteligentes y comunicaciones satelitales. El ciberpoder es, básicamente, la capacidad de utilizar el ciberespacio para crear ventajas e influir en eventos en otros entornos operativos (Nye, 2011: 3).

El ciberpoder, para Nye, podrá diferenciarse a partir de cómo afecte y se relacione con los campos de relacionamiento humano. Así, cuando las relaciones de influencia se encierren en su propio espacio, estaremos hablando de “poder intraciberespacio” y, cuando afecte otro de los dominios, estamos frente a un “poder extraciberespacio” (Nye, 2011: 5).

Ejemplos de poder intraciberespacio serán los ataques dos (Denial of Service Attack) –es decir, un ataque a un sistema de computadoras o red que causa que un servicio o recurso sea inaccesible a los usuarios legítimos–, la coordinación de un ataque de botnets mediante la infiltración de un virus para invadir los sistemas de una empresa, organización o país, y el robo de propiedad intelectual mediante la infiltración de un código malicioso, por solo mencionar algunos casos.

El poder extraciberespacio se referirá a la utilización de recursos de ese ámbito para generar daño en objetivos físicos, jaquear un sistema de software scada para detener una planta nuclear en Irán, una represa en Moscú o detener la provisión de energía en Río de Janeiro en pleno verano. También, en un ejemplo mucho más cercano y conocido, hackers podrán diseminar toda una serie de información falsa para interferir en las elecciones de un Estado adversario.[5]

Debemos pensar que la cercanía que nos provee la interconectividad puede llegar a potenciar la unión entre actores en el plano internacional sin anular la capacidad de daño mutuo. Los puentes que construyen las nuevas tecnologías de información son sólidos y robustos, pero también son de doble vía. Sirven tanto para unir, como para que fluyan elementos no siempre bienvenidos. El daño potencial recorre el mismo camino que las virtudes.

El presente obliga a los gobiernos a conjugar la defensa de su soberanía física con la defensa en el campo informático. ¿Cómo debemos conceptualizar teóricamente este escenario en el cual la jerarquía del poder internacional de los Estados se puede diluir temporalmente frente a la presencia de grupos minúsculos pero organizados capaces de provocar inestabilidad a nivel global? ¿Cómo caracterizar un mundo en el que Estados cuya inversión en defensa o pbi son infinitamente menores a la de las grandes potencias militares son capaces de explotar vulnerabilidades e incapacitar a empresas, individuos y gobiernos exponencialmente más poderosos en los campos tradicionales a través de un ataque informático?

La información, un recurso de poder tan antiguo como el lenguaje, ha logrado ser un bien cada vez más accesible para los públicos que gozan de un acceso amplio a las fuentes casi infinitas que ofrece Internet y, dentro de ese universo, a las redes sociales que multiplicaron las posibilidades de interconectar grupos y socializar conocimientos.

Varios regímenes autoritarios sufrieron en carne propia, a comienzo de la primera década del siglo, esta corriente de ciberpoder cuando una serie de movilizaciones prodemocráticas y reformistas utilizaron las redes sociales para organizar, difundir información y movilizarse de manera masiva hasta hacer temblar sus cimientos. Egipto, Túnez, Siria, por mencionar algunos de los Estados aglomerados dentro del fenómeno conocido como Primavera Árabe.

Pero esta ola de protestas prodemocráticas y de la utilización de la información y redes sociales en pos de movilizar a grandes sectores de la sociedad tiene, según Fukuyama (2017), una reacción por parte de regímenes autoritarios, que aprendieron a controlar Internet, como China con sus cientos de miles de censores, o reclutan a legiones de trols, como Rusia, para inundar las redes sociales de información tergiversada o directamente falsa.

También la utilización de la posverdad se ha convertido en una herramienta capaz de influenciar los comportamientos de las sociedades. Su uso metódico y prolongado en el tiempo puede revertir el curso de los acontecimientos, principalmente en regímenes abiertos que garantizan mayores rangos en la libertad de acceso y navegación. Cuando es plantada por potencias extranjeras con intenciones de transformar el devenir de los acontecimientos internos de otro Estado en su propio beneficio, la información falsa se convierte en desinformación y, por lo tanto, en una herramienta empleada en la lucha por el poder global.

Existen tres grandes ejemplos en los cuales potencias occidentales han acusado a un gobierno extranjero. El caso de Rusia en las elecciones norteamericanas para alterar procesos internos mediante una combinación de ciberataques e implantación de noticias falsas o tergiversadas (fake news) en las redes sociales[6], la votación por el Brexit del 2016[7], y la crisis política y social catalana en España un año después. Pero los Estados no son los únicos actores con la capacidad, y la intención, de modificar los acontecimientos y dirigir las corrientes de la humanidad a su antojo.

4. Las dos caras del mundo digital: transparencia y fake news

El líder está en una jaula, aislado, prisionero de la corte complaciente que controla los accesos a su importante persona. Su jaula es de cristal, transparente, bien iluminada, aunque algunas zonas pequeñas, opacas y sombrías, lo protegen de la observación pública. Es un hombre sin vida privada, siempre en la vitrina de la opinión ciudadana. El palacio de gobierno es cómodo y dorado, tan amplio como un país, pero tenso, vulnerable y acosado. En él, la vida del líder se asemeja a una actuación teatral agotadora.

 

Carlos Mathus (2008)

Si activáramos y consultáramos habitualmente la función “tiempo en pantalla” de nuestros dispositivos, básicamente smartphones y tabletas, nos sorprenderíamos de la cantidad de horas que concentramos nuestra atención en “estar conectados”. Estos artefactos se han convertido en extensiones de nuestro cuerpo, auténticas prótesis con las que resolvemos los múltiples compromisos cotidianos. Nos comunicamos incorporando el novedoso hábito de alterar la conversación tradicional por el frenético intercambio de audios por WhatsApp o Telegram, enviamos y reenviamos por ellos diariamente decenas de mensajes, videos, fotos, memes, stickers; disponemos de plataformas de live streaming (Twitch) para retransmitir videojuegos, conversaciones, música; recurrimos a diferentes aplicaciones para realizar las compras más variadas (Mercado Libre, Amazon, E-Bay) con entrega en nuestro domicilio (Rappi, Glovo); pagamos, transferimos e invertimos con billeteras digitales (Mercado Pago, Modo); optamos por los caminos más veloces con información en tiempo real sobre el estado del tránsito gracias al Waze; gugleamos para buscar, seleccionar y descartar información u orientarnos (Google Maps); comparamos precios de servicios turísticos y entretenimientos (Trivago, Airbnb); establecemos citas que pueden derivar en vínculos transitorios o duraderos (Tinder, Badoo, Happn, Bumble); realizamos a distancia conferencias, reuniones de negocios y clases en todos los niveles educativos (Zoom, Google Meet, Teams); y, particularmente, generamos, a partir de la utilización casi compulsiva de las redes por los más variadas plataformas (Twitter, Instagram, TikTok, Facebook, y cientos que se agregan a diario en todo el mundo), contenidos a partir de nuestras biografías.

Precisamente, esa utilización sistemática de aplicaciones y plataformas, sumada a la pulsión hacia la exhibición casi total de nuestra intimidad (y la facilidad con la que aceptamos términos y condiciones de uso y políticas de cookies), ha ampliado el interés de los Estados y las empresas por los “datos” que generamos en esas interacciones. Obtenerlos, analizarlos y generar estrategias mediante predicciones por algoritmos e inteligencia artificial son la base sobre la que se sustentan las ambiciones de la política y de las empresas para alcanzar y customizar nuestros perfiles de consumidores y votantes.

Esta hiperconexión puede pensarse como potencialmente enriquecedora de nuestra vida como individuos, pero al mismo tiempo introduce en nuestras existencias nuevos dilemas que entremezclan desafíos del conocimiento, la autoridad y el poder. Toda participación social debe convivir con ese temor latente de preocupaciones, peligros e incluso la potencialidad de violencia, todos escenarios a los que no estábamos, hasta hace apenas unos años atrás, preparados siquiera para pensar.

Como seres sociales que somos, privilegiamos la bondad de la conexión permanente como la puerta de entrada a la democratización del conocimiento. Pero también resulta una puerta de entrada a la comercialización de nuestras conductas, datos de comportamiento e infinidad de insumos tendientes a originar una predicción de nuestra conducta futura. Ya sea como consumidores o como ciudadanos insertados en un régimen político, estamos ante un fenómeno game-changing.

Los seres humanos nos hemos transformado en generadores de una materia prima que nos es extraída como si fuéramos minas de datos modificados. Si en el pasado la conquista de riquezas estaba determinada por el control de tierras, ríos y océanos, hoy el ámbito del ciberespacio reconfiguró la noción de riqueza” hacia la obtención de datos para la predicción de las acciones futuras. Shoshana Zuboff llama a estos datos del comportamiento “excedentes conductuales” (Zuboff, 2019: 31), insumos capaces de lograr establecer nuestros comportamientos presentes, pero, principalmente, nuestros comportamientos futuros. Ya no somos los sujetos de la realización de valor, sino objetos de los que se extrae el valor.

Para Zuboff, el resultado de esto es el surgimiento de una nueva clase de poder instrumental, capaz no solo de conocer nuestra conducta, sino también de moldearla. Empresas y gobiernos han pasado de ser capaces de obtener y atomizar el rastro de información que producimos diariamente, y que dejamos indeleblemente registrado en algún servidor del mundo, a buscar automatizarnos. La utilización de algoritmos de aprendizaje se alimenta de esas toneladas de terabytes que generamos para generalizar y comprender mejor en pos de ser capaces de elaborar medios de modificación conductual.

Empresas como Google, la madre de este capitalismo de la vigilancia, término acuñado por Zuboff, almacenan, estructuran y procesan estos “excedentes conductuales”, que van desde búsquedas que realizamos en Google Chrome, correos electrónicos, mensajes, fotos, canciones, geolocalizaciones, compras hasta la utilización de nuestras redes, todo funciona como una fuente que transforma la experiencia humana en una materia prima que se toma gratuitamente, ignorando cualquier consideración sobre derechos o intereses de los individuos.

El resultado del surgimiento de este nuevo tipo de poder llevado adelante por actores no gubernamentales en el campo internacional es, si acaso esto es posible, mayor complejidad, falta de referencias e incapacidad de los Estados para regular lo que sucede en su interior.

Ahora bien, los gobiernos y los aspirantes a gobernar también hacen uso de esta capacidad de utilizar los datos conductuales para generar control, domesticación y predicción de los comportamientos futuros de sus ciudadanos o votantes. China está a la vanguardia de estos procesos, lo que no resulta difícil de imaginar ante la esencia profundamente antidemocrática de este poder.

¿Por qué conceptualizar este poder instrumental como antidemocrático? Suena bastante paradójico que las mismas fuerzas que son capaces de conectar entre sí a cada ser humano con acceso a Internet y de proveerle, al mismo tiempo, acceso a prácticamente cualquier conocimiento jamás generado sea también capaz de, en un recorrido inverso de la información, conocer todo sobre nosotros y sobre buena parte de la humanidad para tener la capacidad de moldear nuestras decisiones, gustos, consumos, pensamientos y, eventualmente, también nuestros votos. No hay convergencia entre libertad y conocimiento. Existe una asimetría de poder por parte de empresas prácticamente no reguladas que se amparan en la libertad de Internet para acumular un conocimiento asimétrico sobre los individuos que ignoran por completo lo que se sabe sobre ellos. Al mismo tiempo, este conocimiento asimétrico se conjuga con una asimetría de poder, ya que no existe fuerza alguna que pueda supervisar a estas empresas y lo que puedan hacer con su conocimiento acumulado de la población mundial. Zuboff llama a esta concentración exclusiva del conocimiento y poder que sustenta una influencia privilegiada una “privatización del principio central del ordenamiento social” en el siglo xxi, una tiranía que se nutre de las personas, pero que no es de las personas (Zuboff, 2019: 1662).

En relación con los Estados, mientras más alejados estén los gobiernos de una forma abierta y dependiente de alguna clase de rendición de cuentas, de forma más acentuada, extendida y profunda podrá ser llevada adelante la utilización de estas herramientas para ejercer un control sobre sus ciudadanos.

Volviendo al caso de China, como señala Simone Pieranni, la súper app WeChat de ese país, que todo lo sabe de cada usuario pues es una Apps de Apps, funciona como un único y gigantesco contenedor equivalente en sí a Facebook, Instagram, Twitter, Uber, Deliveroo y otras tantas de las más conocidas en Occidente (Pieranni, 2021: 16). A la vista de estos ojos absolutos, somos seres que decidimos cada vez con mayor rapidez –y ligereza– motivados por nuestras emociones primarias, las cuales pueden identificarse y administrarse si se cuenta con la información agregada del mayor número posible de nuestras microdecisiones y sus posibles combinaciones. Para que nosotros podamos decidir con muy poca información, otros deben, previamente, contar con la mayor disponible.

El mundo camina hacia la transparencia. Universo de claridad, de luz, en él hay ojos que brotan y eclosionan sin descanso. El mundo es un inmenso campo de miradas. Informatizadas, miniaturizadas, dilatadas, transportadas, difundidas, florecen por doquier. Un ojo sin párpado está sobre el mundo. La mirada es nuestro Leviatán (Wajcman, 2011: 21).

Esta realidad no es exclusiva de regímenes autoritarios. La democracia no escapa a este fenómeno, ni mucho menos. En lo que a la política se refiere, el culto a la transparencia no se presenta como un sendero para el mayor compromiso y participación ciudadana en el proceso de toma de decisiones, sino que está orientado en función de los individuos como espectadores y consumidores. “El imperativo de la transparencia sirve para desnudar a los políticos, para desenmascarlos, para convertirlos en objetos de escándalo” (Byung-Chul, 2014: 24).

Decir que la transparencia total puede presentarse como un paradigma de la verdad no sería más que reproducir una gran mentira, que podríamos rebautizar como fake news, para estar acorde a los tiempos. El terreno fértil de individuos hiperconectados y motivados a observar y reaccionar en términos binarios para indignarse de manera inmediata es la consecuencia directa de la transparencia absoluta.

Este contexto, en donde muy pocas manos controlan de forma asimétrica la información y el conocimiento, es un campo fértil para moldear los comportamientos de los supuestos depositarios de la soberanía. Solo basta observar dos ejemplos, aunque sea de forma superficial. Uno con mejor prensa que el otro: la campaña presidencial de Obama de 2008 y la relación de la campaña de Trump del 2016 con Cambridge Analytica.

La campaña de Obama utilizó por primera vez modelos sobre las características del electorado en todos los estados que se disputaban semana a semana en la elección a presidente del 2008, lo que les permitía a quienes dirigían la campaña ver en tiempo real cómo repercutían en los comportamientos y las opiniones de cada votante del país las acciones que llevaban adelante. Para ello se recopiló un significativo volumen de datos sobre más de 250 millones de estadounidenses, incluyendo datos sobre conductas y relaciones en la red recopilados a partir del uso web de la campaña y de redes sociales de terceros, como Facebook (Zuboff, 2019: 410). Estos datos permitieron la utilización de modelos predictivos que prácticamente facultaron a la campaña de conocer, saber y entender exactamente a qué votante indeciso había que hablarle y sobre la base de qué tema abordarlo, elaborando una estrategia en el mundo real de comunicación diagramada por inteligencia artificial (Wylie, 2019: 32). Suena futurista, aunque ya es parte de nuestra historia.

En el caso de Cambridge Analytica, una empresa británica de consultoría electoral que también tuvo participación en la campaña del Brexit, recolectó información de más de 87 millones de usuarios de Facebook sin su consentimiento (Schneble, Elger, Shaw, 2018: 1). Estos datos le permitieron crear perfiles de los votantes para ajustar los mensajes (no necesariamente verídicos) y multiplicar el impacto de estos. El modelo conectaba los likes de los usuarios de Facebook con un test de personalidad que configuraba y constituía perfiles ajustados por información adicional, lo que Zuboff llama “datos conductuales”, como compras, hábitos, viajes, búsquedas de Internet, etcétera, que en su conjunto supuestamente le habría permitido a la empresa prever la tendencia de voto y ajustar los contenidos de información que se le enviaba a cada votante, lo que habría ayudado a Trump a ganar la ajustada elección de 2016.

Si a la ecuación de información sustraída a los ciudadanos sin su consentimiento y capacidad de predecir comportamientos gracias a esa información, le sumamos la posibilidad de crear noticias de acuerdo a los preconceptos, prejuicios e ideología del votante y de exponerlas a esos individuos en el momento y el tiempo exacto para alterar su comportamiento, tenemos la fórmula perfecta para transformar los regímenes democráticos del sistema internacional en sistemas profundamente débiles, fácilmente alterables y susceptibles a influencias tanto externas como internas.

Sujetos ávidos de transformar sus prejuicios en información y estimulados correspondientemente viralizan en las comunidades virtuales de pertenencia las herramientas destinadas a confirmar creencias previas de manera binaria: a favor o en contra. La veracidad no ocupa un lugar central en este proceso. Se puede afirmar que la era de los datos tiene como contracara la era de los sesgos que son los que ayudan a completar las evidencias que nos faltan para reafirmarnos en nuestros valores y principios.

En la dinámica interna de las democracias occidentales, este fenómeno tiende a convertir cada elección en un plebiscito debilitando las propuestas políticas moderadas o subalternizándolas dentro de coaliciones mayores más intensas conceptualmente. En el plano de las naciones, ha ralentizado las experiencias sostenidas en la multilateralidad avivando posiciones más localistas y en varios casos fortaleciendo reacciones discriminatorias o distanciadas del pluralismo.

Consecuentemente con Manín, en las “democracias de audiencias” el voto se ejerce más como castigo que como premio[8].

La política de fake news debe ser entendida no solo como un acto de transmisión de información sino además como un acto performativo: un acontecimiento expresivo que busca infligir un daño a un oponente. Mientras que el ideólogo partidario puede tener dificultades para interpretar un evento, el troll, más que defender su interpretación de los acontecimientos, intenta dañar. El primero protege su placer cognitivo, el segundo recibe una recompensa política –o económica por agraviar a otro (Manín, 2016: 18).

5. Sobre los hombros de gigantes

Quiero imaginar bajo qué rasgos nuevos podría producirse el despotismo en el mundo: veo una muchedumbre innumerable de hombres semejantes e iguales que giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres, con los que llenan su alma. Cada uno de ellos, retirado aparte, es como extraño al destino de todos los demás: sus hijos y sus amigos particulares forman para él toda la especie humana; en cuanto al resto de sus conciudadanos, él está a su lado, pero no los ve; los toca y ni siquiera los siente; no existe más que en sí mismo y para sí mismo, y, si le queda todavía una familia, se puede decir al menos que ya no tiene patria. Por encima de ellos se alza un poder inmenso…

 

Alexis de Tocqueville (2011)

El cine y la literatura han sido –y siguen siendo– prolíficos productores de ficciones distópicas, representaciones imaginarias de sociedades futuras con características negativas y alienantes. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, 1984 de George Orwell, la abundante obra de Philip Dick con Blade Runner al frente (libro y película), Aldous Huxley y Un mundo feliz, entre otras maravillas de la creación artística. En esa línea, y más cerca en el tiempo, Black Mirror, la serie de Charles Brooker emitida por Netflix y producida en Gran Bretaña, proyecta hacia un porvenir no tan lejano el impacto de las tecnologías en la vida cotidiana. La habilidad narrativa para exponer en capítulos unitarios durante cinco temporadas (luego se agregaría una película) el efecto en la cotidianeidad de la multiplicidad de pantallas, los fundamentos del paradigma de la digitalización, el control sobre la privacidad y la información y las consecuencias de la inclinación hacia el espectáculo absoluto lograron un gran éxito en el público y prolífico material de análisis.[9]

Con estas referencias solo queremos destacar que la preocupación sobre algunos de los efectos de las innovaciones tecnológicas sobre las libertades individuales, el poder de los Estados y la regulación de los gigantes corporativos es muy antigua y proviene de distintas disciplinas, no solo es monopolio del análisis por parte de los cientistas sociales. La propia cita de Tocqueville que encabeza este capítulo señala que uno de los pensadores más agudos sobre la democracia supo observar tempranamente los riesgos intrínsecos que la amenazaban.

Las últimas décadas manifiestan una transición de una formación histórica de Estados nacionales basados en el control de los cuerpos y la vigilancia el panóptico de Bentham recogida por Foucault– hacia un panóptico digital. La primera diferencia radica en que, mientras que a los sujetos del primer panóptico se los controlaba por las restricciones a los movimientos y la comunicación, los del segundo se exhiben e hipercomunican espontáneamente. “El Big Brother digital traspasa su trabajo a los reclusos. Así, la entrega de datos no sucede por coacción, sino por una necesidad interna” (Byung-Chul, 2014: 21). La segunda diferencia es que las instituciones políticas de los Estados nacionales no corren con la misma velocidad de adaptación que las empresas tecnológicas y deben responder a ciudadanos para su legitimación, un proceso mucho más complejo que el que supone la relación entre el sector privado y los clientes. Quizás para salvar estas distancias haya reaparecido el fenómeno denominado “populismo”, que, aun en su ambigüedad, remite a un mayor grado de decisionismo por parte de los líderes y una adopción tan rápida como ligera de los nuevos instrumentos aportados por la aceleración tecnológica. Los sistemas de representación, mediación y resolución de conflictos cuya matriz primaria hay que rastrear siglos atrás se estresan significativamente cuando irrumpen las masas y desbordan los canales tradicionales de participación política. Sucedió con los sistemas de elección cesaristas del siglo xix y con las democracias liberales del primer tramo del siglo xx y acontece en la actualidad.

La esencia de los regímenes inspirados en el republicanismo (o monarquías constitucionales), que reivindican la separación de los poderes, los frenos y los contrapesos, padecen más que cualquier otro estas novedades e incrementos en el tráfico de demandas y exigencias. De allí la inestabilidad, los problemas de gobernanza, las crisis que muchas veces asumen el formato de revueltas violentas y espontáneas que sorprenden a Estados que ya no pueden reivindicar el manual weberiano del monopolio exclusivo de la fuerza para disolver el descontento y regresar a “la normalidad”.

La pandemia ha instalado el concepto de “nueva normalidad” como promesa de una nueva velocidad de crucero con menos turbulencias una vez que se haya superado el trastorno global por los efectos del covid-19. Suena voluntarista esperar que encontremos pronto esa tierra prometida. Por supuesto, estamos refiriéndonos mucho más allá de las cuestiones sanitarias. El virus solo ha removido el malestar preexistente con aspectos centrales del vínculo Estado-ciudadano y también con los mecanismos de generación y distribución del capitalismo global de las últimas cuatro décadas.

Una vez que el “genio sale de la lámpara”, no resulta sencillo persuadirlo de regresar a ella. De hecho, su regreso suele suceder cuando este se fatiga de haber hecho de las suyas y cuando el formato original del recipiente que lo albergaba alteró su formato para presentarse lo suficientemente atractivo y cómodo para tentarlo a volver. Como toda obra de orfebrería, lleva su tiempo, especialmente porque no existen programas o planes de refacción preconcebidos y se suele trabajar, como casi siempre en la historia, con pocas ideas directrices y mucho ensayo y error.

Las dos anclas para amarrar las velas sobre los vientos que soplan son dos: los Estados nacionales y el voto. Como hemos afirmado a lo largo de este capítulo, los primeros seguirán protagonizando el escenario de las relaciones internacionales. Pero, claro, en una nueva versión que los obligará a soltar lastres y rémoras del siglo pasado.

Respecto del sufragio universal, hay menos dudas. Al menos en Occidente (y también en otras latitudes), el criterio de validación y legitimidad se ampara en la existencia de esta institución fundamental. Muchos líderes pueden comportarse opacamente respecto a los límites de sus atribuciones, los controles de otros poderes y los mecanismos de financiamiento de sus actividades. Frente a estos y otros desafíos, muchas veces encuentran la astucia para superar airosos faltas o inobservancias de las leyes y reglamentos. Pero la tolerancia a los vicios en las elecciones se reduce a niveles ínfimos. Cuando se alteran comicios o se restringen los mecanismos habituales de competencia, la repulsa no proviene solo de la comunidad local, sino también del exterior. Gobiernos, ong, medios, redes encuentran (insistimos en referirnos a Occidente) en este hecho su umbral infranqueable de tolerancia. Estamos ante la presencia de un buen punto de apoyo, de una barrera fundamental para encarar la reingeniería institucional que procure renovar los siempre frágiles lazos de la opinión pública con sus representantes.

Cuando acudimos a la ayuda de las visiones distópicas, lo hicimos con fines pedagógicos, no desde el pesimismo intelectual. Solo buscamos aprovechar el ingenio de otras artes para señalar que la realidad es susceptible a distintas interpretaciones, que las contradicciones y las ambigüedades han acompañado todas las etapas de la historia humana y que el presente que nos toca vivir no parece representar una excepción. Ante los relatos eufóricos que les conceden a la ciencia y la tecnología el visado del pasaporte hacia “un mundo feliz”, siempre resulta indispensable dejar planteados interrogantes. Por ello decidimos, siguiendo el consejo de Isaac Newton, que aconsejaba sentarse en los hombros de gigantes para ver más lejos, finalizar con un pensamiento de la “Introducción a la metafísica” de Martín Heidegger. En ese texto, como en toda su vasta obra, el filósofo alemán manifestaba su interés y prevenciones alrededor de la relación entre el ser humano y la tecnología de un modo que aún hoy nos interpela:

Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan experimentar, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre como fantasmas las preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué? (Heidegger, 2003).

Las respuestas a estos interrogantes son para cientistas sociales. Sin privarle a otras disciplinas la posibilidad de realizar sus aportes, la esencia de la ciencia política y las relaciones internacionales consiste en aportar herramientas basadas en la evidencia para superar los complejos desafíos del presente. Si la ficción puede ser útil para alertar sobre peligros y desafíos (los antiguos griegos no se privaron de utilizar los mitos para ello), las ciencias sociales deben abocarse a las propuestas específicas para las mujeres y los hombres que han adoptado la política como profesión.

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  1. Politólogo por la usal, máster en Relaciones Internacionales por la Flacso, especialista en Historia Contemporánea por la UTDT, docente universitario de grado y posgrado desde 1988. Actualmente, es profesor en la carrera de Ciencia Política, Gobierno y Administración de la UB. Expresidente del Banco Provincia.
    Correo electrónico: gustavo.marangoni@comunidad.ub.edu.ar.
  2. Licenciado en Relaciones Internacionales por la usal, docente en esa casa de estudios desde 2006 y en la ub desde 2020 en la carrera de Ciencia Política, Gobierno y Administración. Posee estudios de Maestría en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones por la Universidad Austral y estudios de Maestría en Historia por la utdt. Correo electrónico: mauro.amorosino@comunidad.ub.edu.ar.
  3. La lucha contra la pandemia dio lugar a reacciones nacionales con poca coordinación inicial. Pero, simultáneamente a ese fenómeno, científicos de las más variadas nacionalidades publican y comparten en Internet sus primeros ensayos e investigaciones en la lucha contra el virus y, aunque con más lentitud, avanza la articulación de iniciativas como covax (dentro de la órbita de la Organización Mundial de la Salud) para garantizar la provisión de vacunas contra el covid-19 para todos los países, particularmente aquellos con menor poder de negociación con los grandes laboratorios.
  4. Esto dependerá de las características del régimen político. Un régimen abierto y democrático será mucho más permeable a un proceso de desinformación o de fake news que un Estado cerrado y totalitario que controla el flujo de la información que circula dentro de su territorio o ciberespacio. Las sociedades con regímenes políticos más centralizados, como la sociedad china, disponen de menos inhibiciones para proceder al control del ciberespacio. El gobierno de ese país administra el Great Firewall, una gigantesca puerta entre la Internet china y la del resto del mundo que se regula con los criterios establecidos por el pcch.
  5. El uso indebido de datos de 87 millones de usuarios de Facebook por parte de Cambridge Analytica durante la campaña de las presidenciales de 2016 en Estados Unidos forzó a Zuckerberg a someterse a una audiencia pública. Zuckerberg lamentó que su empresa “tardara en identificar las operaciones” rusas en los comicios de 2016 y reconoció que empleados de Facebook habían sido entrevistados por el fiscal especial Robert Mueller, el exdirector del fbi encargado de investigar si Rusia interfirió en las elecciones presidenciales que ganó Donald Trump. En un principio, el fundador de Facebook pareció dar a entender que habían sido citados por Mueller, pero luego se retractó y precisó que estaban “trabajando” con ese equipo especial. En febrero, Mueller acusó a 13 ciudadanos rusos de interferir en los comicios presidenciales, junto a tres empresas de ese país (una de ellas conocida en ocasiones como la “fábrica de trols rusa”). “Fue mi error y lo siento”: Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, comparece ante el Congreso de Estados Unidos por el escándalo de Cambridge Analytica. bbc News Mundo. En bbc.in/3hmdG7D.
  6. La inteligencia estadounidense presentó durante las primeras semanas de la presidencia de Joe Biden un informe en el que menciona “varios incidentes durante los cuales actores vinculados con los gobiernos ruso, chino e iraní atentaron contra la seguridad de las redes de organizaciones políticas, de candidatos o de partidos” durante los comicios de 2020. El líder demócrata afirmó que Moscú “pagará un precio” por las presuntas interferencias en las últimas elecciones –que se sumarían a las ya denunciadas en 2016, cuando Donald Trump le ganó a Hillary Clinton–, y, al ser consultado sobre qué medidas tomará, sentenció: “Lo verás en breve”.
  7. Respecto a la campaña a favor del Brexit, a la enorme cantidad de material existente sobre los pormenores de la estrategia planteada y ejecutada eficazmente por Dominic Cummings, se puede sumar la amable película protagonizada por Benedict Cumberbatch y producida por hbo denominada precisamente Brexit: the Uncivil War. Asumiendo, desde luego, que se trata de una ficción basada en hechos reales, el film de Toby Haynes narra de un modo atractivo como un conjunto de actores con intereses muy diversos –y opuestos, en muchos casos– jugaron de modo subordinado a una estrategia en el Big Data, las redes y las fake news.
  8. Para el autor, lo que estamos percibiendo hoy es el predominio de una nueva elite de expertos en comunicación que ha reemplazado al activista político y la burocracia del partido. La democracia de audiencias es el gobierno de los expertos en medios.
  9. En nuestro país, el filósofo Esteban Ierardo ha escrito distintos análisis desde su disciplina.


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