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4 La neurociencia y la toma de decisiones en el adolescente[1]

Las emociones como factor de influencia en la decisión[2]

Plaza, María del Sol[3]

Palabras clave: Neocortex. Inteligencia socio-emocional. Resiliencia. Gratificación aplazada


Introducción

Indudablemente, el cerebro siempre ha sido el órgano más enigmático para el hombre. Todos los procesos del cuerpo humano se relacionan, de una u otra forma, con la actividad o la inactividad de las neuronas. Desde tiempos prehistóricos, la raza humana ha demostrado interés en saber qué contenía el cráneo del individuo y ya en la antigua Grecia y en el imperio romano se intuía la importancia de la función cerebral al atribuirle el almacenamiento de las emociones. Asimismo, hacia los siglos XVII y XVIII se era consciente de que existía materia gris y materia blanca [4] y que las alteraciones cerebrales podían ser causales de modificaciones de la conducta y de los pensamientos. Bajo la evolución de los mencionados conceptos, las bases de la neurociencia se cristalizan en el siglo XIX, con el estudio experimental del cerebro. De esta manera, se concluyó que los hemisferios cerebrales son responsables de las funciones cognitivas superiores, que el cerebelo domina los movimientos y que la médula controla las funciones vitales (Hidrósfera, 2012).

La neurociencia, pues, ha aportado al mejor conocimiento del funcionamiento cerebral para eventualmente actuar sobre él. Los valiosos hallazgos respecto de esta ciencia hablan de que es un campo científico muy amplio y variado que se clasifica en sub ciencias o campos científicos específicos, dedicados a cada una de las particularidades del cerebro, dada la complejidad y riqueza del mismo. En otras palabras, la neurociencia incluye varias ciencias que estudian la estructura y el funcionamiento de nuestra masa encefálica desde un punto de vista interdisciplinario, con aportes de cada una en relación a cada área cognitiva. Su tarea central es la de intentar explicar cómo actúan millones de células nerviosas hasta producir una determinada conducta y cómo el medioambiente y la conducta de otros individuos influyen en dichas células (Salomón y Villalobos, 2015). Vale decir, estudia el cerebro a nivel molecular, celular, neuronal, cognitivo y conductual. 

Desde los postulados de la neurociencia, el cerebro es, sin duda, el órgano que regula la conexión con nuestra existencia. Aún más, neurólogos de envergadura como el Dr. Facundo Manes (2014) afirman, a partir de diversos estudios e investigaciones, que de hecho alberga en sí la conciencia y el conocimiento a tal grado que permanece activo hasta durante el sueño, momento en que ordena la información adquirida en el día. Ahora bien, podría afirmarse que la neurociencia comparte con la educación un objetivo común: mejorar nuestro cerebro. La directora de la Asociación de Neuro aprendizaje Cognitivo, Prof. Rosana Fernández Coto (2013) ofrece una clara explicación al respecto y afirma que, fusionadas bajo el término de neuro educación, ambas ciencias sostienen que el cerebro es un órgano sensible a las emociones y que, a mayor cantidad de estímulos correctos, más se aprende. Por ello, la educación y la neurociencia se complementan para tal fin. Una explica los mecanismos cerebrales en pos del acto de aprender y la otra provee las herramientas para maximizarlos.

La neuroeducación, entonces, completa la neurociencia pero, a diferencia de ella, estudia el cerebro en tanto órgano de aprendizaje y tiene como objetivo contribuir al desarrollo emocional e intelectual de todas las personas.En este sentido, la educación toma un papel central en el intento de que los procesos químicos que se producen en el cerebro se encuentren favorecidos para lograr el aprendizaje, de allí su importancia en el desarrollo y cuidado de la red neuronal de la persona.

En base a todo lo anterior expuesto, se puede tener la certeza de que la neurociencia toma un rol prominente dentro del proceso de toma de decisiones en la etapa evolutiva adolescente. Si se observa el esquema de familia del siglo XXI, se revelan importantes problemáticas: un adolescente mayormente solo en el hogar, una ya escasa comunicación familiar empañada por el protagonismo de los elementos tecnológicos y un rol materno-paterno frecuentemente transformado en uno de pares. En términos generales, el adulto no establece una autoridad clara y precisa y se torna una suerte de amigo que complace o bien elude las problemáticas propias de las que adolece dicha edad. Así, a la hora de tomar una decisión, muchos jóvenes se muestran desorientados y faltos de acompañamiento por parte de sus familias, lo cual hace indispensable la existencia de una figura social externa sólida que minimice y hasta supla la carencia educativa del hogar, como sucede en varios casos, y que guíe la madurez cognitiva del adolescente.

En virtud de ello, el presente trabajo parte del pleno conocimiento de las funciones de la neurociencia como disciplina que estudia el sistema nervioso central en el ser humano y en los animales en cuanto a su función, su formato, su fisiología, sus lesiones y sus patología, pero que asimismo lee las asociaciones sinápticas del cerebro, su relación con el contexto y la forma como los procesos cognitivos posibilitan el aprendizaje. Es por eso que surge aquí la inquietud por ahondar en la temática en pos de descubrir si facilita, también, la adquisición de competencias que conduzcan a una toma de decisiones acertada.

El cerebro adolescente. Madurez, impulsividad y resiliencia 

La adolescencia es un período de cambios físicos, mentales, familiares y sociales. En efecto, es la etapa de transformación de nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra relación familiar y nuestra integración social. Se presentan variaciones en los estados de ánimo y la exacerbación de la emotividad, ya sea hacia la euforia como hacia la tristeza. Cabe aquí hacer mención a las señalizaciones de Amparo Moreno y Cristina del Barrio (2000), licenciada y doctora en psicología respectivamente, quienes sostienen que, en tanto el hombre es una unidad, las modificaciones biológicas del adolescente generan cambios radicales en su personalidad y pueden también relacionarse con la experimentación de cambios importantes en las estructuras cerebrales, ya que aún no están completamente desarrolladas. De allí la marcada vulnerabilidad en la personalidad; el joven necesita valerse de mecanismos de defensa que le permitan protegerse de lo que siente como amenaza de su entorno. Cuando esos mecanismos no concuerdan con la intensidad del conflicto, surgen comportamientos inadaptados que conllevan tensión. 

Por otra parte, la docente e investigadora, Lucía Antolín Suárez y el profesor de psicología evolutiva, Alfredo Oliva (2010), pertenecientes a la Universidad de Sevilla, sostienen que los factores psicológicos del adolescente inciden sobre la responsabilidad y la toma de decisiones propias; de allí la aceptación de riesgos por excelencia, la falta de medición de las consecuencias de los actos y el accionar según los sentimientos inmediatos. De igual manera, las técnicas de resonancia magnética funcional informan que los principales cambios en su cerebro afectan la corteza pre frontal, por lo que son más proclives a la falta de autorregulación y a una excesiva excitabilidad.

La búsqueda de la independencia por parte del adolescente se presenta como un aspecto normal en su desarrollo, por lo que los adultos no deben verlo como una actitud de pérdida de control. Todo lo contrario, en todo momento el adulto debe ser constante y coherente, estar abierto a la escucha y respetar la identidad independiente de los jóvenes. Los adolescentes suelen retar la figura de la autoridad; aún más, las luchas por el poder se suscitan cuando el mando está en juego. Tales situaciones pueden llevar a la frustración y la vergüenza, o al resentimiento y el rencor si el joven resulta perdedor de esa disputa. Sin embargo, él reclamará límites permanentemente, ya que son esos límites los que le permiten crecer bajo un marco de seguridad sobre sí mismo (Medline Plus, 2015).

Pero si se habla de impulsividad en la etapa adolescente, sin duda debe hacerse referencia al término resiliencia. Según Ph. D. María Angélica Kotliarenco, con la contribución de Irma Cáceres y Marcelo Fontecilla (1997).[5], la resiliencia es un vocablo de elevado interés social en los últimos años y se define como la capacidad de superar los eventos adversos, causantes de gran estrés emocional, y de sostener un funcionamiento competente a pesar de las condiciones adversas que dichos eventos acarreen. Se entiende, aquí, por adversidad de carácter grave el estrés traumático o crónico causado por circunstancias tales como: una guerra, la muerte de un lazo afectivo, el divorcio de los padres, un abuso sexual, la carencia de hogar, un evento catastrófico, la pobreza crónica o la violencia doméstica, entre otros. En otras palabras, la resiliencia es la capacidad de crecer y desarrollarse como personas sanas y exitosas desde un punto de vista psicológico a pesar de haber nacido y crecido en entornos de alto riesgo. Vale decir, las personas resilientes son capaces de reponerse ante las adversidades de la vida; las superan y hasta en algunos casos las transforman positivamente.

En los últimos años, varios estudios clínicos han probado que a pesar de haber sufrido situaciones traumáticas durante la infancia o la adolescencia, algunos individuos no presentan trastornos mentales o comportamientos socialmente inadecuados en la adultez, como el consumo de drogas u homicidios dolosos. Pero, ¿qué es lo que lleva a la persona a sobreponerse ante dichas situaciones para no repetirlas o desencadenar violencia? El Dr. en psicología, Gastón del Río (2015) hace referencia al hecho de que la habilidad para afrontar exitosamente situaciones severamente conflictivas tiene que ver con dos factores principales: los personales; es decir, el temperamento, la inteligencia emocional o el grado de desarrollo del lóbulo cerebral frontal, y los contextuales o provenientes del medio, a saber: la relación familiar, la comunidad educativa, el núcleo de relaciones o el locus de control interno. Este último se refiere a la capacidad para discernir la responsabilidad de un hecho como propia.

Además, entre los factores que pueden componer la resiliencia en los jóvenes, el Dr. del Río refiere el optimismo, la empatía, la competencia intelectual, motriz o artística, el auto concepto, la autoestima, los objetivos de vida y el determinismo o la perseverancia para concretarlos. Todo ello tiene relación directa con la tridimensionalidad de la persona en esa edad: como ser biológico, psicológico y espiritual. Así, el aspecto corporal, la salud y los hábitos constituyen su ser biológico. La dimensión psicológica tiene que ver con una profunda conexión con el área social, las emociones y los pensamientos, y el área espiritual involucra la conciencia, la libertad, su subyacente responsabilidad y la esencia del individuo en sí mismo. 

En este sentido, el Dr. del Río (2015) afirma que las tres dimensiones de la persona se ven directa o indirectamente ligadas al auto concepto del adolescente, definido como las conscientes cogniciones de él mismo. Si ese auto concepto es negativo, muy posiblemente caiga en violencia verbal o física, al encontrar desvalorizada toda conducta que emane de sí y sentir gran frustración personal. Pero el efecto de una conducta resiliente es una mayor autoestima, resultado de un elevado auto concepto y sentimientos de valoración personal y seguridad.

Por lo tanto, si se parte de la mirada integral de la persona en la mencionada etapa con el fin de desarrollar sus recursos naturales en busca de estrategias para moldear su pensamiento positivamente, es indispensable recurrir al disparador de su emocionalidad, a sus experiencias y a su auto concepto. Ahora bien, la primera faz madurativa de vida se centra en el deseo, pero al entrar en la adolescencia, también se entremezcla con la sensación de autodesarrollo. Si un individuo siente que su vida realmente tiene un sentido trascendente proyectado a los demás, y logra sentirse realizado con él mismo, ese individuo será resiliente ante la adversidad. Por el contrario, quien creció en un entorno de culpa, castigo, desarraigo y amoralidad, probablemente proyecte su vida con similares anti valores (Garmezy, 1993).

Por ello, y en seguimiento a los conceptos del Dr. del Río (2015), en una situación de estrés o de decisión intervienen tres factores: el temperamento del individuo, la cohesión y el cariño familiar y la presencia de un apoyo social externo. Es posible deducir, entonces, que de esos tres factores se desprenderán distintas características del joven que estarán vinculadas a su auto concepto y autoestima, y por ende, a su accionar. Dichas características incluyen sus habilidades cognitivas y atencionales, sus competencias y méritos, su capacidad de controlar los impulsos, su perspectiva de vida, la calidad de su crianza y la calidad de su lugar de vivienda, así como la de sus servicios de salud y sociales. Por todo lo expuesto, desarrollar habilidades resilientes en los adolescentes favorecerá los procesos adaptativos para permitirles integrarse en el mundo adulto. La institución educativa constituye un apoyo social externo por excelencia. Es indispensable que el personal docente, no docente y directivo cuente con las herramientas y la capacitación necesarias para afrontar la conducta del adolescente sin tomarla a la ligera. Dado que él desafiará la autoridad reiteradamente, mantener líneas de comunicación abiertas y límites claros o negociables puede ayudar a reducir conflictos mayores (Medline Plus, 2015).

En el orden de las ideas anteriores, es factible afirmar que la mejor promoción de una acción radica en tratar de encontrar lo rescatable de la persona, enaltecerlo y valorarlo. Toda conducta no deseada puede modificarse con esfuerzo, voluntad y el apoyo del entorno. Si se estigmatiza a quien presenta indicios de conductas inadecuadas o decisiones equivocadas como un caso al cual sólo amerita adjudicarle una sanción, peligrará la integridad de la persona, quien sentirá que no es importante para los demás y que, por ende, no vale la pena esforzarse por cambiar.

Adolescencia y neuronas espejo. Teoría de la mente y decisión 

Se denominan neuronas espejo o especulares a aquellas que se activan cuando un animal o una persona observa una acción realizada por un semejante. Es decir, al contemplar lo que realiza el otro, nuestro cerebro activa las mismas neuronas implicadas. El hallazgo de las neuronas espejo explica la suerte de conexión que se produce en las personas que ven a otros bostezar, reír o llorar, y que imitan involuntariamente aquellas conductas. Vinculan desde el punto de vista mental y emocional, y se activan con la imagen de una acción. Increíblemente, nuestro cerebro no diferencia entre lo real y lo imaginario; por ende, aquello que piensa es real para él (de los Heros, 2016).

El mundialmente reconocido psicólogo estadounidense, especialista en inteligencia emocional, Daniel Goleman (2006), advierte que las neuronas espejo provocan el contagio de una emoción y el fluir de los sentimientos. En síntesis, ayudan a entrar en sintonía con el otro para sentir igual; a través de ellas se sienten los sentimientos y las emociones del otro. Por eso, se considera que la habilidad social depende de las neuronas espejo, ya que disparan la empatía primaria instantánea.

Íntimamente ligada a la función de las mencionadas neuronas, el neuropsicólogo clínico, Javier Tirapu-Ustárroz et al. (2007, 2008), desarrolla el concepto de la teoría de la mente. La misma se refiere a la habilidad para comprender y predecir la conducta de otras personas, sus conocimientos, sus intenciones y sus creencias. Tiene que ver con la interpretación de las emociones básicas, del lenguaje meta cognitivo y del lenguaje metafórico, a través de la mirada, la empatía o la comprensión social. En definitiva, es la capacidad de atribuir estados mentales a uno mismo o a los otros. Y se utiliza el término teoría porque esos estados mentales no son explícitos, si bien a partir de ellos puede inferirse la conducta ajena.

A estas alturas, y bajo las consideraciones mencionadas respecto de la etapa evolutiva adolescente, es lógico incurrir en el pensamiento de que el apropiado funcionamiento de las neuronas espejo como el de la teoría de la mente en esos años resulta fundamental para el desarrollo de la empatía y la sociabilidad, bases del carácter resiliente. En virtud de ello, un correcto grado de ambas aseguraría una mejor evolución de la corteza prefrontal, dado que la plasticidad que caracteriza al cerebro y el efecto positivo del fortalecimiento en resiliencia otorgaría al adolescente la posibilidad de formarse en tomas de decisiones acertadas y sanas. Moreno y del Barrio (2000) también aluden que el principal rasgo de diferencia entre la etapa adolescente aquí discutida y las edades anteriores es la capacidad reflexiva sobre sí mismo. El adolescente se auto observa e interroga acerca de sus acciones, sentimientos y pensamientos, y también lo hace respecto de las conductas de los otros hacia él. Aquí cobra sentido el aporte de Goleman (2006) respecto del importante hallazgo que ofrece la neurociencia sobre la función esencialmente sociable de nuestra mente, la cual se ve atraída por la comunicación cerebro a cerebro en cada relación con el otro. Ese mismo interactuar con los demás permite hacer impacto en las personas y a ellas en uno.
La inteligencia social y emocional del adolescente La medición de la inteligencia como facultad mental individual comenzó en los inicios del siglo XX y era entendida como una condición general que permanece estable a lo largo de la vida. Hoy la idea de una aptitud cognitiva general sigue siendo defendida por muchos, pero no por todos. Tradicionalmente, el intelecto se asociaba con las habilidades lógico-matemáticas. Más tarde se dio en considerar la graduación intelectual de una persona en función de los recursos para procesar la información y la experiencia (López, 2007).

Hacia fines del siglo, y desde una posición de mayor apertura, el psicólogo, pedagogo e investigador estadounidense, Howard Gardner (1998), expandió la definición de inteligencia hacia una capacidad en lugar de algo innato e inamovible. Al definir la inteligencia como una capacidad, la convirtió en una competencia adquirible, moldeable a partir del medio ambiente, las experiencias y la educación, aunque exista el componente genético.En función a las diferencias expuestas, y con la plena convicción de que la principal relación del adolescente es con los pares en su búsqueda de aceptación y su postura desafiante de toda norma, se torna necesario considerar la importancia tanto de la inteligencia emocional como de las habilidades sociales. Según Berbena, Sierra y Vivero (2008)[6], ambas tienen un rol fundamental en la capacidad para encarar desafíos; las personas socialmente aceptadas tienen un alto grado de autoestima, y un adolescente con alta autoestima es activo y tiene una visión optimista de la vida. Sumado a ello, los estadounidenses Esp. en psicología social, Peter Salovey, y John Mayer (1990), hacen referencia al área emocional como parte del área social. Ciertamente, sostienen que la inteligencia emocional incluye el talento para controlar las emociones propias y ajenas, para discriminar entre ellas y para que dicha información guíe el pensamiento y los comportamientos.

Como complemento de las ideas anteriores y también bajo los conceptos de Goleman (2004), dichas manifestaciones de la inteligencia involucran cualidades como la autoconsciencia, la autorregulación, la motivación, la empatía y las habilidades sociales. Se brindará una breve explicación de cada una a continuación.

La autoconciencia significa comprender profundamente las propias emociones, necesidades, motivaciones, fortalezas y debilidades. Proporciona personas justas, ni muy críticas ni confiadas en sí mismas en demasía. La autorregulación permite a la persona dominar los propios sentimientos e impulsos y ser capaz de crear un clima de confianza y justicia; no entra en pánico ante un cambio, sino que camina junto a él.

La motivación genera personas optimistas, incluso en situaciones con resultados adversos. Se combina con la autorregulación para superar la frustración tras un fracaso y así pone de manifiesto el concepto de resiliencia. La empatía, por su parte, otorga la habilidad para entender y tratar a las personas en función de sus reacciones emocionales. Por último, las habilidades sociales ofrecen la aptitud para manejar las relaciones con los demás. Las personas con habilidad social asumen que nada importante puede hacerse solo.

Reconocer las propias emociones y entender los entretejes y las consecuencias de los propios sentimientos es crucial para afirmar que existe inteligencia social. Por otro lado, ser socialmente inteligente implica trascender en la relación con el otro, hacia las personas que conforman el entorno, a través de la regulación de la emocionalidad (Extremera y Fernández-Berrocal, 2003). En relación al efecto de las ya mencionadas neuronas espejo y la teoría de la mente en el adolescente, es acertado aseverar que las emociones son realmente contagiosas. Cuando alguien transmite sentimientos tóxicos como la ira, el disgusto o el desdén, activa en el otro un sistema de circuitos para esas mismas emociones. En este sentido, las neuronas intervinientes juegan un papel esencial en el mensaje que transmiten al cerebro. En resumen, la base de la economía en el acto de ser socialmente hábil es justamente el banco de emociones que se reciben y se transmiten a los demás.

El lóbulo frontal y la toma de decisiones 

El doctor en neurociencia, Mariano Sigman (2015), honorable referente argentino, ha dedicado su investigación a la neurociencia aplicada al proceso decisorio. Dentro de sus postulados, y contrariamente al pensamiento corriente, el desarrollo cognitivo no se reduce al despliegue de nuevas habilidades, sino que está más bien relacionado con la capacidad de deshacerse de hábitos que impiden demostrar lo que ya se conoce. Es decir, el desafío para la madurez los lóbulos frontales, que ocupan la tercera parte de nuestra corteza cerebral y utilizan casi un 40% de nuestro cerebro, se halla en aprender a gobernar los conceptos que ya posee, en lugar de adquirir nuevos.

Si se indagan las corrientes históricas sobre la temática, el filósofo empirista John Locke afirmaba que el cerebro al nacer era una tabula rasa a la espera de experiencias que la transformen. Sin embargo, hoy se sabe que el cerebro de un neonato no es una tabula rasa. Todo lo contrario; la vida mental de un recién nacido es mucho más compleja de lo que puede intuirse, dada su incapacidad para transmitirla verbalmente. A modo de ejemplo, experimentos han comprobado que un recién nacido reconoce visualmente objetos que ha tocado y es capaz de reaccionar ante el estímulo de sus neuronas espejo cuando imita gestos y muecas, aunque no sea de manera exacta, precisa o sincrónica. Asimismo, el lingüista Noam Chomsky alegó que la mente está predispuesta para todas las lenguas, argumento que explica que en la infancia y la adolescencia se tienda a aprender un idioma con tanta naturalidad.

De manera que los lóbulos frontales son los encargados de ejercer la función cognitiva ejecutiva. Ésta planifica, resuelve situaciones problemáticas, maneja la focalización atencional e inhibe ciertos reflejos o reacciones. Su integridad, entonces, es clave para el gobierno del accionar. Investigaciones de laboratorio demuestran que las áreas cerebrales más ligadas al comportamiento civilizado tienen relación directa con el lóbulo frontal. El mismo es el encargado del juicio, el control de impulsos y la planificación, entre otras funciones.

Irónicamente, pese a su importancia, la corteza del neo córtex se desarrolla y consolida lentamente con el crecimiento, a diferencia de otras zonas cerebrales. En efecto, madura entre los 25 y los 30 años de edad, por lo que puede afirmarse que el adolescente aún posee un predominio de zonas cerebrales límbicas. Ello significa que se encuentra marcado por necesidades de tipo fisiológicas e instintivas y, por ende, presenta dificultad para razonar frente a la emocionalidad. No obstante, con estímulos adecuados, podría inducirse una mejora en la zona cerebral frontal (de los Heros, 2016).

Asimismo, según Sigman (2015) el potencial del lóbulo frontal disminuye con la vejez y se inhibe bajo los efectos del alcohol. No es sorprendente, entonces, que una persona alcoholizada realice actos disparatados o hable sin tabúes, al igual que un anciano pierda la capacidad de entender cuándo un comentario o una acción es inapropiada en un determinado contexto, por más sincera y genuina que sea. Ciertamente, al igual que un neonato, en la vejez o en condiciones gobernadas por efectos de sustancias químicas externas, la persona se ve imposibilitada de controlar su sistema inhibitorio (al que nos referiremos más en detalle en el siguiente punto) y es incapaz de restringir hacer aquello que ya había pensado. De este modo, se ratifica el concepto establecido por la psicóloga y neurocientífica, Adele Diamond (2013) acerca de que el desarrollo cognitivo conlleva aprender a controlar impulsos y deseos a través de la inhibición, la disciplina y la atención desde edades tempranas.

La toma de decisiones 

Para retomar los conceptos de Adele Diamond (2013), las funciones ejecutivas del cerebro hacen posible pensar antes de actuar o tomar una decisión, enfrentar desafíos repentinos, resistir tentaciones y mantenerse enfocado en la tarea. Se refieren a la familia de procesos mentales requeridos cuando manejarse por puro instinto o automaticidad sería desaconsejable o perjudicial. Por supuesto que el ejercicio de las funciones ejecutivas requiere esfuerzo, ya que es más fácil dejarse llevar por los impulsos que reprimirlos.

Dentro de las funciones ejecutivas se distinguen tres actividades principales: el control inhibitorio (que incluye el autocontrol, la atención selectiva y la inhibición cognitiva), la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva. A continuación, se ofrecerá una reseña de cada una de ellas, en base a las afirmaciones de Goleman (2004).

Sin el control inhibitorio, la persona quedaría a merced de sus impulsos, pensamientos y hábitos arraigados o respuestas condicionadas por estímulos del ambiente. Dicho control hace posible elegir cómo reaccionar y permite concluir una actividad a pesar de la tentación de dejarla por otra más atractiva, por el mero hecho de la noción del deber. En pocas palabras, resume el dominio de la tentación de dejarse llevar por los deseos más concupiscibles.

Dentro del control inhibitorio se destaca el autocontrol. El mismo involucra el dominio absoluto de los instintos, las emociones y la conducta. Aquí, lo que se da en denominar gratificación aplazada toma gran sentido. Se hace referencia a la gratificación postergada o demora de la gratificación para definir la capacidad de espera en una persona para obtener algo que desea. Estamos hablando, aquí, del control de los impulsos y del poder de la voluntad. La capacidad de retener las tentaciones se considera una característica personal importante dentro de la inteligencia emocional. Aquellas personas que necesitan gratificación instantánea, difícilmente puedan auto controlarse. Un ejemplo experimental claro en el área de medición del autocontrol es el llamado Stanford Marshmallow Experiment (1972)[7].

Dicho experimento ha demostrado que ejercer el dominio sobre las pasiones desde edades tempranas puede ser psicológicamente importante para una adolescencia sana y una posterior vida adulta exitosa. Básicamente, el experimento se llevó a cabo con niños de cuatro años a quienes se les ofrecieron dulces y se les dio la opción de tomar uno o, de esperar un tiempo determinado, dos. Los niños fueron monitoreados durante los siguientes doce años y, sorprendentemente, aquellos que lograron resistir la tentación de tomar el primer dulce eran en su adolescencia individuos más emprendedores, decididos y constantes. El aprendizaje respecto de aplazar la gratificación en un niño logra que al llegar a la adolescencia la persona sea socialmente competente, presente mayor resistencia a la frustración y demuestre una actitud de vida mucho más responsable (Guillén, 2012; Igniter Media, 2010). 

La atención selectiva, como segunda característica del control inhibitorio, es aquella que permite focalizarnos en una situación dada y suprimir la influencia de otros estímulos externos o internos. También permite reprimir representaciones mentales, como pensamientos o recuerdos no deseados y hasta el olvido voluntario. Existen dos elementos presentes en el proceso de orientación atencional: uno endógeno, que ocurre desde el interior de la voluntad de la persona por concentrarse en algo y otro exógeno, que ocurre desde un estímulo exterior. A veces ambos elementos colisionan. Por ejemplo, por medio de un estímulo endógeno puede desearse focalizar la atención en algo, pero elementos externos desvían de ello, como sucede a menudo al manejar un automóvil. La etapa adolescente es muy proclive a provocar atención interrumpida por factores exógenos, dada su inestabilidad y conflicto interior. Conocer el desarrollo atencional en esa etapa, entonces, puede evitar que los adultos soliciten lo imposible.

La tercera y última de las características del control inhibitorio, la inhibición cognitiva, hace referencia al proceso reactivo patológico por el cual se reduce cualquier elemento conectado a la adquisición de conocimientos. En relación a las restantes funciones ejecutivas, la memoria de trabajo tiene que ver con el almacenamiento y manipulación temporal de datos e información y la flexibilidad cognitiva presenta la capacidad de ver una situación desde múltiples perspectivas, espaciales o interpersonales para adaptarse a las circunstancias con facilidad. Básicamente es la función ejecutiva que permite ver un objeto desde el punto de vista de otra persona o pensar cómo se vería desde otro ángulo. Involucra inhibir perspectivas previas, cambiar la manera de pensar e intentar soluciones diferentes ante un problema cuando la decisión tomada no da el resultado esperado. Requiere la capacidad de tomar ventaja de oportunidades repentinas, asumir errores y adaptarse a nuevas situaciones.

Para cerrar el curso de pensamiento del presente apartado, las funciones ejecutivas pueden mejorarse con dedicación y tiempo pero se requiere de un ambiente físico, social y emocional sano, dado que situaciones como la falta de sueño, el estrés, la soledad o la falta de ejercicio físico las deterioran. A partir de ellas, se moldean funciones superiores y más específicas, como el pensamiento crítico y el planeamiento para la toma de decisiones, esenciales para una vida social y académica exitosa y de vital importancia dentro de un clima psicológico, social y cognitivamente sano.

La amígdala cerebral y la toma de decisiones. La recompensa cerebral 

La toma de decisiones es una actividad cotidiana. Sin embargo, elegir entre varias opciones puede convertirse en una preocupación importante. El catedrático en psicobiología de la Universidad de Murcia, José María Martínez Selva et al. (2006), hace una referencia muy clara sobre el proceso decisorio. Así, afirma que en él se ponen en juego numerosos procesos cognitivos, como los estímulos presentes en la tarea, los recuerdos de experiencias anteriores o la estimación de las posibles consecuencias una vez hecha la elección. Todos esos procesos requieren de las ya descriptas funciones ejecutivas. No obstante, la toma de decisiones no se construye a partir de un mero proceso racional, sino que se ve altamente influenciada por los aspectos emocionales derivados de experimentar situaciones previas similares y de las consecuencias asociadas a ellas.

Por otro lado, el doctor en medicina y neurocientífico español, Carlos Belmonte (2007), alega que muchas son las emociones que experimenta la persona humana. Dentro de su clasificación, las primarias incluyen el miedo, la alegría, la tristeza o la sorpresa y van acompañadas de expresiones faciales, motoras o vocales. Las secundarias, en cambio, involucran la envidia, la vergüenza, los celos, la culpa o la empatía y tienen que ver con las relaciones interpersonales. A lo largo de la historia, y aún hoy, la cognición ha tendido a estudiarse separadamente de las emociones. Sin embargo, recientemente se ha considerado que la cognición no es lo único que ocupa nuestra mente, sino que también da origen a las emociones. En una palabra, comienza a aceptarse que la emoción es un proceso consciente.

Así, el grado de inteligencia emocional guía la toma de decisiones. Puede simplificarla y acelerar el proceso o complejizarla y retrasarlo. Claramente, aquellas personas con dificultades para la toma de decisiones presentan cambios emocionales y problemas de ajuste en la vida social respecto de las que no las tienen. La respuesta emocional es la reacción subjetiva que presenta la persona ante las consecuencias positivas o negativas de una decisión y esa reacción puede influir de forma consciente o inconsciente en su conducta futura. A modo de ejemplo del poder de la emoción en su interacción con la razón, una lesión en la corteza prefrontal se traduciría en una incapacidad para emitir juicios de valor adecuados ante situaciones complejas[8].

Ahora bien, hablar de emocionalidad remite indudablemente a la actuación de la amígdala cerebral, la cual se considera muy ligada a los procesos del aprendizaje y la memoria. Cabe hacer referencia al legado Salovey y Mayer (1990), quienes confirman que cada hemisferio cerebral posee una amígdala, por lo que tenemos dos de ellas. Sin amígdala cerebral padeceríamos de lo que se denomina ceguera afectiva: la incapacidad de apreciar el significado emocional de los acontecimientos. Como función adicional, la amígdala produce la secreción de lágrimas, activa la secreción de noradrenalina[9], neurotransmisor y hormona que estimula los sentidos y pone al cerebro en estado de alerta, y funciona como un depósito de la memoria emocional. Quienes sufren de un deterioro en la amígdala cerebral prácticamente pierden la memoria, ya que guarda aquellos recuerdos que tuvieron más impacto emocional, desde los traumas hasta los momentos más felices.

Los autores arriba mencionados hacen referencia a los descubrimientos del neurocientífico Joseph E. LeDoux (1999), también estadounidense, acerca de que las señales sensoriales pasan primeramente a la amígdala antes que al neo córtex. La misma puede actuar en forma independiente del lóbulo frontal, ya que responde antes de que el neo córtex procese la información. Por otro lado, el cerebro dispone de dos sistemas de registro: uno para los hechos ordinarios, concretos y literales, almacenados en el hipocampo, y otro para los recuerdos con carga emocional, almacenados en la amígdala. 

Curiosamente, la amígdala también se ocupa de advertir de un peligro y de intervenir en la adquisición del miedo condicionado al mismo, ya que las asociaciones entre estímulos y sus consecuencias se producen en ella. A posteriori, dichas asociaciones se utilizarán en la toma de decisiones ante situaciones semejantes. Así se procesa la emocionalidad de las elecciones desventajosas, de modo que la valoración cognitiva de una situación se halla basada en la valoración emocional previa. En resumen, la amígdala es responsable del factor de desencadenamiento de respuestas emocionales, ya que interviene de forma decisiva en el reconocimiento, aprendizaje y respuesta de los estímulos afectivos, y en consecuencia, presenta un papel fundamental en las etapas iniciales para la toma de decisiones (Aguado, 2002; Martínez Selva et al., 2006).A continuación, se retomarán los aportes de Salovey y Mayer (1990) y de Oliva y Antolin (2010) acerca de la relación estrecha que existe entre el lóbulo frontal y la amígdala. Cuando una reacción emocional ansiosa e impulsiva aparece en la amígdala, el neo córtex se encarga de elaborar una respuesta más adecuada. Es decir que el regulador cerebral que desconecta los impulsos de ella está ligado al neo córtex. De esta manera, la zona prefrontal moldea la impulsividad para dar lugar a una reacción más racional y equilibrada. Más específicamente, es el lóbulo prefrontal izquierdo el encargado de suavizar los impulsos emocionales más avasallantes. Sin embargo, en el adolescente el proceso es el reverso. La zona cerebral límbica ejerce influencia en el lóbulo frontal, lo cual impide el razonamiento frente a la emocionalidad. En consecuencia, cobran protagonismo los sentimientos inmediatos, lo cual obstaculiza la medición del efecto y seduce a la aceptación del riesgo. Este ciclo de estímulo-respuesta desemboca, a menudo, en una decisión desafortunada.

Ahora bien, la toma de decisiones conlleva una acción. Dicha acción se verá afectada por la motivación que lleve a la persona a tomarla. La palabra motivación remite a los procesos neurobiológicos que impulsan a un individuo a realizar un trabajo con el fin de obtener un reforzador. La causa que motiva a tomar una acción es su consecuente potencial recompensa y el motivo que lleva a optar por una conducta se ve influido por su valor resultante. Si ese valor es positivo, la conducta se repetirá con más frecuencia que si es negativo. En otras palabras, la consecuencia satisfactoria aumenta la ocurrencia de la conducta, mientras que la consecuencia no satisfactoria la inhibe.

La experta en neurociencia, Corinne J. Montes Rodríguez y el Dr. Oscar Prospéro García (2005), ambos pertenecientes a la Universidad Nacional Autónoma de Méjico, sostienen que existen consideraciones antropológicas del hombre para las cuales sus conductas se ven motivadas por la recompensa a adquirir. A su vez, esa recompensa está ligada a la repetición por valor homeostático [10] y hedónico[11], o bien al rechazo y alejamiento por valor amigdalino o amenaza de castigo. En relación a ello, el catedrático en psico biología del instituto de neurociencia de la UAB de Barcelona, Ignacio Morgado Bernal (1999), afirma: “El hombre es un buscador de recompensas y placeres, temeroso del castigo y el dolor” (p. 523).

La interrelación entre una toma de decisiones y la subsecuente consecuencia placentera que el cerebro pareciera esperar de la misma es aún un misterio. El cerebro, ¿en verdad toma decisiones en pos de una gratificación? Si ello es así, la etapa adolescente es la más proclive a la búsqueda del hedonismo. Por eso es importante hacer uso de estrategias que permitan moldear el pensamiento del adolescente hacia decisiones acertadas. Idealmente, buscaremos orientar a los jóvenes a ir más allá de una satisfacción personal por motivaciones homeostáticas, hedónicas o amigdalinas; buscaremos guiarlos hacia un accionar del pensamiento por motivaciones trascendentes de comunión con el otro.

Resonancia y toma de decisiones. El pensamiento convergente y divergente 

Se han expuesto anteriormente las ideas de Salovey y Mayer (1990) acerca de que la inteligencia emocional se caracteriza por la capacidad de auto motivarse, de perseverar ante las frustraciones, de controlar los impulsos, de postergar las gratificaciones, de regular nuestro estado de ánimo, de eludir la angustia y de sentir empatía. Así, el éxito de las personas en su vida social, laboral y familiar estará delimitado por el grado de dominio de dichas capacidades. A ello cabe agregar un concepto descripto por la Prof. Rosana Fernández Coto (2013) acerca del ambiente. En efecto, dentro de la neurociencia y la neuroeducación, el propiciar un ambiente resonante; es decir, aquel en el que cada individuo se sienta motivado a lograr lo mejor de sí mismo, y en el que no exista amenaza para su estilo de aprendizaje, desarrolla las habilidades innatas y estimula la adquisición de nuevas competencias. Un entorno resonante evita que se produzca lo que se ha dado en llamar período de downshifting [12], en el cual el cerebro emocional percibe algo como peligroso y toma el control sobre el cerebro racional para producir reacciones tales como la falta de concentración, la agresividad, la inhibición o el retraso de una acción. Para comprender mejor este proceso, biológicamente esas reacciones se dan por una escasa cantidad de oxígeno y sangre en el cerebro racional, que inhibe las capacidades mentales.

Íntimamente ligado al concepto de entorno, se distinguen dos tipos principales de pensamiento: convergente y divergente. El estudio de la inteligencia tradicionalmente se limitaba al análisis del pensamiento convergente, una estructura marcada por su inclinación a la solución de un problema en forma convencional. Este estilo de pensamiento convergente es reactivo, puesto que responde al estímulo del problema y a menudo la impulsividad puede llevar a decisiones desacertadas. Sin embargo, en 1951 el psicólogo norteamericano Joy Paul Guilford introdujo la terminología del pensamiento divergente, para referirse a aquel que elabora criterios de originalidad, inventiva y flexibilidad. Está íntimamente ligado a la creatividad para hallar diversos caminos que conduzcan a la resolución de un conflicto y presenta las características de flexible, fluido, original, elaborado, profundo y redefinido; vale decir, capaz de encontrar utilidades diferentes a las habituales para liberarse de prejuicios (Álvarez, 2010)[13]. Dicho de otro modo y, en resumen, un pensamiento se manifiesta como proactivo en tanto integra emoción y racionalidad y las encauza en la decisión adecuada. A su vez, un entorno resonante o emocionalmente positivo es indispensable en la composición del pensamiento de tipo divergente para la eficaz toma de decisiones. La alegría, la cordialidad y el buen estado de ánimo pueden traducirse rápidamente en mayor eficiencia y eficacia hacia la acción.

La neuroplasticidad o plasticidad cognitiva 

Resulta evidente que el entorno y el tipo de pensamiento están íntimamente ligados al concepto de plasticidad neuronal. En efecto, un ambiente rico en estímulos positivos intervendrá en la adquisición de nuevas capacidades e incluso en la reparación de aquéllas que sufrieron alteraciones por problemas a lo largo del desarrollo o maduración. La plasticidad neuronal es, pues, la capacidad que posee el sistema nervioso central para adaptarse y minimizar los efectos de potenciales alteraciones en la estructura o fisiología del cerebro. Esa adaptación es posible debido a su capacidad de cambio estructural-funcional, el cual puede darse en cualquier momento de la vida, si bien las posibilidades de adaptarse a una lesión cerebral son mayores en las edades tempranas (Hernández-Muela, Mulas y Mattos, 2004; Pascual-Castroviejo, 1996).

Los procesos mediante los cuales el cerebro es capaz de repararse y reorganizarse han sido motivo de investigación en los últimos años. La plasticidad de las estructuras nerviosas es evidente en tanto una persona que padezca un daño estructural considerable, no necesariamente responde de acuerdo con su pronóstico inicial. En efecto, de acuerdo con la Esp. en neuropediatría y Mag. en neurociencias, Sara Hernández-Muela et al. (2004), el grado de reparación de nuestro cerebro tiene que ver tanto con factores extrínsecos (tratamiento, estímulos externos) como intrínsecos (ambiente familiar, percepción individual), y la corteza cerebral está en permanente cambio a partir de los estímulos que recibe.

A ello, el neurólogo Ignacio Pascual-Castroviejo agrega en 1996 que prácticamente todas las funciones cerebrales son factibles de beneficiarse con el proceso de plasticidad neuronal. A veces puede darse de manera espontánea y otras veces necesita recurrirse a la terapia farmacológica o la rehabilitación, tanto física como psíquica. No obstante, un ambiente rico en estímulos interviene positivamente en la readquisición de facultades que se han visto mermadas o afectadas. Afortunadamente, los estímulos pueden ser muy variados y pueden facilitar la recuperación de funciones cognitivas dificultadas por lesiones o problemas de distinta índole.

Al hablar de neuroplasticidad cognitiva, resulta preponderante recordar el término resiliencia y asociarlo a ella. Se ha sugerido anteriormente que un cerebro resiliente es aquel que se adapta al medio y a las experiencias de vida. La capacidad de plasticidad neuronal se conjuga con la fortaleza espiritual de la persona para enfrentar y hasta revertir los efectos de una situación no deseada. En relación a ello, la ciencia de la logoterapia ha hecho grandes aportes sobre la resiliencia. Bajo dicha ciencia, la indigencia espiritual en el hombre puede combatirse con la permanente búsqueda del sentido de la vida, de acuerdo con la escala de valores de cada persona, para forjar el patrón resiliente. La logoterapia y la resiliencia comparten el hecho de que toda acción negativa puede revertirse para aprender de ella y que existen patrones protectores que responden a virtudes y valores para preservar a la persona ante situaciones críticas. En este propósito, dicha noción se complementa con la creencia en hallar un significado positivo de las experiencias y en que la vida vale la pena y tiene sentido. Cada persona tiene un destino que le es único, y es importante mantenerse emocionalmente equilibrado para afrontar adversidades (Acevedo, 2002; del Río, 2015).Por último, y para ilustrar la implicancia de la plasticidad neuronal, el Lic. en ciencias biológicas, Hernán Aldana Marcos conjuntamente con la Prof. Rosana Fernández Coto alegan en una conferencia dictada en 2015 que la provocación de una emoción primaria, como el miedo frente a un robo que se plantea en forma periódica, ya no tendría el mismo efecto. En efecto, la acción ya no sería una amenaza y la reacción de la persona no sería igual, dado que, al verse expuesto a varios robos consecutivos, el cerebro desplegaría su plasticidad para adaptarse al cambio y desarrollaría mayor resiliencia para fortalecerse y aprender a actuar en consecuencia.

El cerebro racional y emocional 

Desde los tiempos de la Antigua Grecia, el hombre ha querido separar la razón de las emociones. Así, la racionalidad estudiada o cognitivismo intenta comprender nuestro conocimiento del mundo y cómo nos insertamos en él. Estudia la mente únicamente en función del pensamiento, el razonamiento y el intelecto y deja de lado las emociones. Ahora bien, afirmar que la mente carece de emociones es como decir que las personas, en términos de LeDoux y Bernal (1999) “(…) serían almas gélidas, criaturas frías e inertes, desprovistas de deseos, temores, penas o placeres” (p.28).

A partir de la mirada de dichos autores, tal vez uno de los motivos por el que el cognitivismo eludió la existencia de las emociones fue el considerarlas tradicionalmente estados subjetivos de la consciencia. No obstante, en la actualidad el cognitivismo ha dado cabida al hecho de que la emocionalidad es parte del funcionamiento de nuestra mente. Es así como se llega a la conclusión de que si es posible estudiar cómo el cerebro procesa inconscientemente la información, también podría estudiarse cómo procesa inconscientemente el significado emocional de los estímulos.

Por otro lado, podría hablarse de una herencia emocional como base común para las reacciones en todos los individuos. La conducta genética sería la responsable de la manera en que se responde a una emoción como, por ejemplo, el miedo. No por ello, sin embargo, dichas emociones dejan de ser factibles de moldearse o educarse a través de la voluntad. Nuestros genes nos proporcionan la materia prima a partir de la cual formamos nuestro sentir. Son los responsables del sistema nervioso que tenemos, los procesos mentales que realizan y las funciones corporales que pueden controlar. Pero nuestra forma de pensar y sentir ante una situación determinada está condicionada por otros factores también: factores sociales y culturales. En otras palabras, la naturaleza y las experiencias se entretejen para dar forma a las reacciones y decisiones del hombre.

Dadas las condiciones que anteceden, las emociones están estrechamente vinculadas a la memoria y se considera que el contenido emocional de los sucesos afecta el recuerdo posterior. Los eventos sentimentalmente significativos se retienen de modo diferente que los hechos más neutros o más triviales. Es posible afirmar, entonces, que las emociones con las que se procesan los momentos vividos son una suerte de filtro, que selecciona el significado de los hechos y, por ende, decide si serán guardados de forma más duradera. Para dar una explicación científica, las situaciones de un gran contenido emocional producen la liberación de hormonas como la adrenalina, que nos mantiene en estado de alerta, y los glucocorticoides, que intervienen en las funciones endócrinas del organismo. La memoria en función a dichas situaciones estará relacionada con la cantidad y con la intensidad de las hormonas liberadas. Así, los niveles hormonales durante o después de una emoción significativa modularán la consolidación de la memoria (Bentosela, Mustaca y Ruetti, 2008).

A estas instancias, es conveniente destacar la incidencia del factor de estrés en las funciones ejecutivas del cerebro. Aldana Marcos y Fernández Coto (2015) explican que el término estrés se relaciona con toda influencia extrínseca e intrínseca que provoque fuertes grados de tensión psicológica y que, a su vez, se materializa en malestares tanto físicos como emocionales. Sólo en niveles normales, el estrés es saludable en tanto nos impulsa a tomar un curso de acción, como ante una situación de peligro que nos impulse a escapar y propiciarnos seguridad. Pero cuando los niveles de estrés son muy altos y permanentes, tiene lugar el descontrol emocional y el desempeño de las funciones ejecutivas decrece. A ello se lo denomina distrés, y sería la manifestación negativa del estrés.

Se ha mencionado que las funciones ejecutivas posibilitan razonar, planificar y tomar decisiones, pero ante el distrés, se presentan dificultades en relación a la atención, la memoria, la toma de decisiones y la concentración. En este sentido, el Esp. en neurociencia, Néstor Braidot (2016), afirma que nuestro cerebro opera en función al distrés. En efecto, el sistema límbico ejerce el rol de la preservación y la supervivencia. Básicamente, rige el comportamiento emocional. Para ello, abarca estructuras troncales como la amígdala para regular la vida afectiva, el hipotálamo para la liberación de la hormona oxitocina, reductora del distrés y el hipocampo para controlar la memoria.

Ahora bien, la memoria es un proceso complejo, que otorga sentido a lo vivido, vincula el presente y el pasado y construye experiencias. Ya en 1998, la Lic. en psicología, Susana Kaufman, postuló que una situación de distrés sumamente fuerte, sorpresiva o impactante puede llevar a la instalación de un trauma en el cerebro. A su vez, la naturaleza de todo trauma y sus efectos convoca al proceso de construcción de la memoria sobre hechos de heridas individuales o colectivas. Así, a partir de dichos postulados, la noción de trauma ha cobrado gran interés en un afán por intentar predecir y prevenir las consecuencias del mismo, en muchos casos irreparables. Los ecos de un trauma hacen que las huellas de lo vivido provoquen efectos silenciosos o expresos en la vida de una persona.

En estricta concordancia con lo anteriormente expuesto, Braidot (2016) asevera que algunas consecuencias del distrés en la memoria y el funcionamiento de nuestro cerebro son reversibles, en tanto otras pueden tornarse muy graves y generar un deterioro general. Dentro de éstas podemos destacar el daño en la corteza prefrontal y la reducción de los recursos cognitivos de análisis y toma de decisiones. El distrés debilita o fragmenta la memoria episódica, produce la liberación excesiva de la hormona cortisol, la cual inhabilita la capacidad de razonamiento de la corteza prefrontal y altera la hormona serotonina, con consecuencias en los niveles de sueño y estado de vigilia.

Conclusiones

 El cerebro es el órgano primario regulador de nuestro existir, mas el adolescente aún se encuentra gobernado por la impulsividad característica de la zona límbica, dada la inmadurez de su lóbulo cortical frontal. Ello anticipa una alta probabilidad de que fracase en sus decisiones, sin una guía por parte del adulto, debido a que la influencia ejercida por la zona límbica sobre el lóbulo frontal impide el razonamiento y lleva a la toma de riesgos.

Por otro lado, dado que el adolescente completa su desarrollo cognitivo-emocional en esta etapa y presenta cambios sustanciales en su lóbulo frontal, lo que se logre o se omita cerebralmente a esta edad impactará en su vida adulta con seguridad.

No hay duda alguna de que la educación es esencial para la formación de futuros ciudadanos responsables y la madurez emocional se ve enlazada al ejercicio de tal responsabilidad, según la capacidad para tomar una adecuada decisión en el momento propicio. En base a ello, se puede aseverar que toda toma de decisiones estará afectada por el grado de inteligencia emocional y social de la persona y que lograr la estabilidad emocional conllevará una vida sana y armoniosa. En efecto, es el área emocional la que tiene el poder de elevar el alcance del cerebro a su máxima expresión de madurez o bien de obstruirlo. Por ende, desde el momento en que sólo recordamos aquello que nos emociona positiva o negativamente, emociones y aprendizaje van de la mano. Del mismo modo, es coherente inducir al postulado de que emociones y decisión también prosiguen juntas, ya que toda elección importante implica una pérdida en alguna medida y es allí cuando el cerebro debe emplear su razón para discriminar entre el objeto de deseo y sus potenciales efectos.

Liderar mentes del siglo XXI bajo una estructura aún en muchos casos del siglo XIX es todo un desafío. El adolescente de hoy es un nativo digital y como tal tiene el cerebro formateado de una manera diferente, valga la informalidad del término. Está condicionado por una muy baja capacidad de espera, de paciencia, de tolerancia a la frustración y de escucha. Pertenece a la generación del todo ya y rápido. En atención a ello, tal vez la mejor manera de guiarlos es con la adaptación de la propia experiencia al camino que ellos mismos forjan y con la búsqueda constante de elementos que apunten a desarrollar la autonomía hacia un pensamiento crítico serio y de calidad.

Como reflexión final, es necesario tomar conciencia de que hoy se vive de cara al futuro y en la proyección de querer ser más, tener más y poder más estamos perdiendo a nuestros jóvenes. Por esa razón, es importante despertar esa sensibilidad hacia el otro que estamos olvidando, esa necesidad de contribuir a formar personas y a crear un mundo mejor. El adolescente nos necesita. Algún día tomará el timón de su vida y es allí cuando como directivos, docentes, padres o apoyos sociales podemos colaborar para que navegue por un mar más calmo.

Desde el rol de educadores, tenemos entre manos la enorme responsabilidad de cuidar y formar el cerebro del otro. Sabemos que a la hora de tomar una decisión, la emocionalidad del adolescente tiende a pesar más que su razón. Precisamente por eso, debemos constituirnos como un apoyo social externo sólido en la mediación de su equilibrio.


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  6. Esp. Ma. Alicia Zavala Berbena y Lic. Ma. del Carmen Vargas Vivero de la Facultad de Psicología, Universidad de Guanajuato, León. Dra. Ma. de los Dolores Valadez Sierra, del Departamento de Psicología aplicada al Centro Universitario de Ciencias para la Salud de la Universidad de Guadalajara, Méjico.
  7. Véase https://goo.gl/WrKKmA
  8. Véase el caso Phineas Gage https://goo.gl/6x2XdG
  9. . La noradrenalina es un neurotransmisor y hormona, perteneciente al grupo de sustancias denominado catecolamina, configurado por noradrenalina, dopamina y adrenalina las cuales, junto a la serotonina, forman parte de los principales neurotransmisores cerebrales. Esta sustancia presenta un efecto excitatorio, manteniendo la vigilia y regula el aprendizaje, la memoria y la sensación de recompensa (Castillero Mimenza, 2017).
  10. Para expandir el término homeostasis, del griego homo = similar y estasis = estado, véase: Pérez Porto y Merino (2009). Definición de homeostasis [versión electrónica] Recuperado desde https://goo.gl/T9Ow9W
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  12. El término downshifting del inglés significa “reducir la marcha”. Se remite al movimiento surgido a fines de los ochenta en EE.UU. que proviene de los altos ejecutivos o yuppies y que consistía en trabajar menos para vivir más; o sea, vivir con menos dinero, pero siendo dueños del propio tiempo. Recuperado de https://goo.gl/8b6sKE
  13. Elisa Álvarez es directora de INTERAC (Centro de alto rendimiento intelectual).


1 comentario

  1. juane 22/01/2021 8:29 pm

    Excelente aporte a la comprensión de la conducta humana desde un enfoque integrador de las áreas cognoscitiva, biológica y emocional.
    Muchas gracias!

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