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6 Cachivaches y tecno-vaciedad

Junto a las grandes ventajas que sin duda tienen, las llamadas «nuevas tecnologías» pueden llevar a un facilismo inconveniente. El hábito requiere un fuerte compromiso y un esfuerzo sostenido. La tendencia –por otra parte, natural– a ahorrar o a aliviar esfuerzo crece hoy desmesuradamente amenazando con atenuar, junto con el esfuerzo, las energías intelectuales y morales necesarias para afrontar lo difícil. Esto complica algunos aprendizajes importantes que nos perdemos o descuidamos simplemente pensando que «es difícil». Quizás estamos metidos en la vorágine de las «tic,s» de forma irreversible, pero hay que combatir, no contra las tics, sino contra la esclavitud a ellas; aprender a usarlas como lo que son: instrumentos, medios, no fines. Hay aprendizajes de calado humano que pueden ser facilitados con las tics, y otros, de no menor envergadura, que hay que lograr de otra forma.

Sostener esto no significa ser enemigo del progreso de la civilización científico-técnica ni nada parecido a ser un aerolito venido de otra galaxia, toda vez que aprender que en la vida no todo se resuelve apretando botones es compatible con valorar hasta qué punto nos la facilita saber apretar el botón adecuado en el momento adecuado. Basta imaginar la cantidad de penalidades que nos ahorran las tecnologías digitales, facilitando enormemente tantas tareas instrumentales. Sería absurdo negar las ventajas de esto. Ahora bien, hay tareas que no se resuelven con las tics. En la vida surgen problemas que tienen otro régimen de solución que apretar botones o aplicar un protocolo. Hay dificultades cuya envergadura exige aprender algo que con los botones no se aprende, que es a esperar. El botón es una maravilla porque tiene un efecto automático. Uno hace algo y aquello tiene un efecto inmediato, instantáneamente ocurre algo: acción-reacción. Aprieto el interruptor y se enciende la luz, o se apaga. Pero hay resultados que solo cabe esperar después de un esfuerzo prolongado, sistemático, reiterado, y generalmente plagado de fracasos y nuevas tentativas. Si no se sabe tolerar la frustración no se pueden abordar algunos desafíos difíciles que la vida también presenta.

Los aprendizajes de mayor categoría humana –por ejemplo, este de superar la ingenuidad de quien lo exige «todo, ¡ya!»– solo son posibles merced a ciertos hábitos. En consecuencia, no se entiende bien cómo puede haber desaparecido este concepto del horizonte semántico de la pedagogía contemporánea[1].

Los hábitos son pilares firmes que nos permiten afrontar la vida de forma realmente humana, y resolver cuestiones de trascendencia cuya clave no está en la red. Si no se entiende su complejidad ni se abordan en todo su alcance y dimensión, quizás alguien pueda llegar a ser corredor de bolsa, pero no podrá formar una familia. Tal vez llegue a ser un buen técnico, pero no sabrá resolver lo importante. Podrá incluso manejar fortunas, ir en coche oficial, pero humanamente le faltará un hervor.

Hay tareas, emprendimientos humanos, en los que puede uno valerse de las tics, por ejemplo, para documentarse. Gracias a ellas disponemos hoy de muchos más elementos para saber cómo se han abordado y resuelto algunas dificultades en circunstancias más o menos similares. Pero está claro que con toda la documentación que uno pueda acopiar, llega un momento en que hay que preguntarse: ―«Y ahora, ¿qué hago yo? ¿Cómo afronto, yo, este asunto?» ―Y hay que pararse a pensar, cerrar la máquina, y, sin pantalla –solo con el papel y el lápiz, y la propia inteligencia–, poner negro sobre blanco lo que uno tiene en la sesera. Y si no hay nada, cerrar los ojos y pensar. La máquina no puede hacerlo por uno.

Tampoco es fácil estudiar con la pantalla. Muchos piensan que la clave de todo es documentarse, estar bien informado, y que para eso lo ideal es la «informática». Pues no: la información es importante, pero no lo es todo, ni lo fundamental. Hay que lograr que la información reobre sobre la propia estructura cognoscitiva y se convierta en formación. Para eso no basta con estar conectado. Está bien poner el google y que aparezca todo lo que se ha dicho sobre un asunto: algunas cosas muy interesantes, otras no tanto, y muchas que no interesan nada. Pero de poco sirve el google si no se tiene criterio para distinguir lo auténtico de lo espurio, lo que verdaderamente aporta de lo que no es más que sandez. Y ese criterio se alcanza a tener tan solo leyendo libros serios escritos por gente seria, y conversando con gente que sabe de la materia. Las prelaciones o prioridades que da el google no son ni siquiera indicio de las fuentes de más categoría; tan solo nos indican las veces que han apretado el «like» los usuarios –que pueden ser bastante analfabetos, aunque sean muchos–, o el número de personas que han «visitado» la hoja web. A día de hoy, la posibilidad de «viralizar» la estupidez es cada vez menos remota. Todo eso es, como mucho, un indicio lejano. Se sabe discriminar lo interesante a la hora de buscar documentación, no si se ha navegado mucho en el google, sino si se han leído libros serios. Entonces es cuando uno se ha formado criterio.

Hoy estamos inclinados a valorar más la cantidad que la calidad de la documentación. Es comprensible el interés en que la gente sepa manejar bien el google, y el énfasis que se hace en la información. Pero es un grave error pensar que la principal «destreza» estriba en saber acudir a las fuentes del saber, o bien en la técnica, bastante elementalita, de acceder al «site» adecuado. Intelectualmente eso es mísero, y, para un universitario, del todo insuficiente. Hoy somos vulnerables a esa forma de «tecnoestupidez». A mis estudiantes les insisto: ―Por mucho que sepáis acudir a la fuente, si no estudiáis, no os formaréis un criterio que os permita distinguir lo válido de lo espurio, y, así, la información no os enriquecerá apenas; más aún, será una auténtica pérdida de tiempo. El tiempo que empleáis en navegar y ver todo lo que se ha dicho sobre algo –entre lo que solo por casualidad puedes encontrar algo interesante– podríais dedicarlo a leeros un buen libro, y sabríais mucho más. ―Los profesores estamos para indicar a los estudiantes, sobre todo en la Universidad, adónde tienen que acudir para saber, pero no en el google, sino en los autores importantes y en los libros realmente valiosos que han escrito. Y, luego, el google está muy bien para completar datitos o cositas. Pero si usted quiere saber de esto, lea este libro y déjese de tonterías informáticas. Una vez que haya leído algo serio, sencillamente viendo las fuentes que ahí se citan tendrá una indicación mucho más precisa que todas las que da el google, sobre otros autores y libros que desde perspectivas variadas se han ocupado en serio del asunto en cuestión. En un libro serio se suelen citar otras cosas serias. Es un indicio razonable de que algo es serio el hecho de que aparezca citado por gente seria. Tanto mejor si se tiene la suerte de encontrar un profesor que sepa mucho de algo: puede orientar sobre quiénes se han ocupado en serio, y qué libros importantes han escrito. Ahí es donde hay que acudir. Eso es saber. Lo demás es una forma de autoengaño, a la que tal vez de forma inconsciente contribuyen algunos profesores aquejados de tecnoestupidez, pandemia que nos invade de forma creciente.

Otra forma de autoengaño, verdaderamente triste, es creerse –y hacerle creer a él– que un niño puede «investigar» con un cachivache informático. En el gremio pedagógico está de moda decirles a los niños de ocho años que tienen que investigar; que lo importante no es que aprendan cosas, sino que «aprendan a aprender». Eso tendría algún sentido si se tratara de aprender a aprender… cosas. Pero todo este discurso acaba en un tornillo sin fin: aprender a aprender a aprender… no se sabe qué (cosas). De manera que nunca acaba de haber un qué (aprender), porque todo es aprender a aprender. Esto se traduce en una forma sublimada de autoengaño consistente en pensar que lo que tienen que hacer los niños en la escuela no es escuchar la tabarra del profesor o leer un libro pesado, sino «investigar».

Los que saben qué es investigar –modestamente, yo sé qué es eso– no pueden evitar ser un poquito escépticos frente a semejante pretensión. ―¿Qué puede hacer un nene de seis años con un aparatito dotado de motor de búsqueda? ¿Investigar? ―A lo mejor puede hacer cosas muy divertidas, pero investigar, mire usted, no. Entre las muchas cosas divertidas que puede hacer, tal vez alguna de ellas sea interesante… Pero con esos cachivaches los nenes juegan, no investigan. La gente que ha investigado –con artículos serios, con monografías serias, con libros serios– sí que puede servirse del motor de búsqueda para algo más que jugar. Pero, ¡por favor, no engañemos a la gente! Investigar es otra cosa, no juguetear con un aparatito[2].


  1. Muchos teóricos de la educación se dedican a marear la perdiz con la innovación tecnológica y otras cuestiones igualmente periféricas, variando –diría que invariablemente– sobre el mismo manido tema, ya convertido en mantra, de la «educación y las nuevas tecnologías». El título de un librito que publiqué hace unos años –La innovación educativa pendiente: formar personas (Barrio, 2013)– refleja la sorpresa que me produce comprobar esa tendencia a «mirar hacia otro lado», que se me antoja especialmente acusada en el gremio pedagógico.
  2. A menudo compruebo los efectos devastadores de que muchos jóvenes lleguen a la Universidad creyéndose que saben investigar, porque en la escuela les han repetido mil veces que hacen eso en vez de escuchar rollos o leer libros. Pero resulta que cada vez más llegan sin haber leído ni medio libro. No pocos universitarios llaman «investigar» a un mero cortar y pegar informaciones sacadas de internet sin apenas elaboración propia, con gran aparato de información, con un lamentable dispendio en papel y tinta de impresora, pero sin que se muestren indicios suficientes de haber asimilado intelectualmente nada. Frecuentemente los profesores universitarios tienen que dedicarse a enseñar a leer a los estudiantes nóveles. A mi juicio, la quintaesencia de la enseñanza escolar es que la gente aprenda a leer, escribir y contar. Los maestros que logran eso merecen se les ponga un monolito. Gracias a esa benemérita tarea, los docentes de otros niveles –enseñanza media, bachillerato y Universidad– podrán hacer su trabajo.


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