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2 Competencias y hábitos

Es evidente que hay muchos aprendizajes plenamente humanos que se limitan a rutinizar comportamientos. Cuando una persona va a una autoescuela a que le enseñen a conducir un automóvil lo que desea es que le inculquen una serie de rutinas, unos automatismos que le ahorren ponerse a pensar en lo que tiene que hacer cuando se sienta al volante. Es cuestión de adiestramiento, de training repetitivo. La primera vez sí hay que pensarlo: primero desactivar el freno de mano, segundo poner la palanca de cambios en punto muerto, tercero arrancar el motor, cuarto embragar… Pero ese aprendizaje realmente ya está completo cuando uno no tiene que pensar qué tiene que hacer para que el coche ande; puede ir pensando en otras cosas, incluso conversar con el copiloto sin que este se aferre al asiento estremecido de pánico pensando –él sí– que se va a estrellar. Uno es un conductor fiable cuando efectivamente ha automatizado una serie de rutinas que le ahorran pensar. Hay abundantes aprendizajes humanos que tienen ese régimen. Y en las instituciones escolares hay mucho de eso. Pero perderíamos la orientación fundamental de nuestro trabajo, al menos la dimensión y alcance serio de la empresa en que estamos empeñados, si nos fijáramos tan solo en promover esas competencias olvidando algo que tiene un régimen claramente distinto, y que tiene más que ver con el significado de un concepto desaparecido del lenguaje de la pedagogía desde hace unas tres décadas: el hábito.

Llevo tiempo en el empeño –algunos dirían que es una causa perdida– de mostrar cuán significativa es esta noción para comprender la fibra más neurálgica de nuestro trabajo como educadores (Barrio, 2007, 2015). Me parece que lo más esencial de él estriba en alentar ciertos hábitos intelectuales y morales. Ahí reside la clave profunda del crecimiento de lo más humano del ser humano. Es sorprendente que una noción tan fundamental esté prácticamente ausente del discurso de las llamadas ciencias de la educación, más o menos suplantada por otras que dicen algo próximo o parecido, pero que sin tener en cuenta aquella acaban siendo puros sucedáneos: herramientas, destrezas, competencias, estrategias…

Sin quitarles la importancia que sin duda tienen, esas otras cosas que llamo sucedáneas se distinguen de los hábitos. Estos son pautas de pensamiento y de actuación que involucran, y además de forma necesaria, a la conciencia y a la libertad, cosa que no necesariamente ocurre con las destrezas o las competencias. Puedo lograr que una persona sea muy diestra en hacer algo de forma bastante parecida a la manera en que puedo lograr que un mono haga monadas en el circo, o un caballo cabriolas, y las haga con gran destreza. Parece algo forzado decir que un caballo es competente en las cabriolas; sería más justo decirlo del caballista. Pero la labor del domador es precisamente «inculcarle» al caballo, a base de puro training repetitivo, esos movimientos tan precisos y bellos. Y eso se puede conseguir empleando los procedimientos del condicionamiento operante, manejando bien los recursos que ofrece una buena conexión estímulo-respuesta, acción-reacción, o la que los psicólogos conductistas denominan «ley del efecto». La cosa es bastante simple: cada vez que el caballo hace el movimiento, no que quiere él, sino el caballista, este le da un caramelito, y si lo hace mal recibe un azotito. Esto, repetido ochenta veces, «hace» –causa– las cabriolas, o monadas.

En cambio, los hábitos no se pueden inculcar. Por supuesto que se aprenden, mas tan solo en la medida en que quien los aprende se hace ciertos planteamientos y toma ciertas decisiones, que desde luego tendrá que reiterar. Ahora bien, los hábitos son para quien se los trabaja. Aunque una persona puede ayudar a otra en eso, nunca podrá suplantarla. Nadie puede hacer eso por otro. Tal vez puede «suplir», en el sentido de suministrar una energía supletoria que a veces puede hacer falta para compensar la debilidad ajena, como quien sopla una brasa «alentándola», i.e dándole aliento para que prenda. Suplir, aquí, es ayudar, subsidiar, no suplantar o reemplazar.

Veamos qué pasa con el hábito de estudio. Para obtenerlo hace falta que alguna vez –comenzando por una primera– se plantee uno la importancia de dotarse de ese hábito: ―Eso es bueno para mí. ―Pero hay que obtenerlo; nadie nace con él. Puede haber alguien que por temperamento tenga más facilidad que otras personas para lograrlo. Mas todo el mundo tiene que hacer un esfuerzo –unos más, otros menos– para tener ese hábito. Y se consigue sentándose tres horas delante del libro con la determinación absoluta de no levantarse del asiento hasta que pase ese tiempo. He de poner el mismo empeño con el que iría a por un bocadillo de chorizo si llevara tres días de ayuno riguroso y me lo pusieran delante; con la misma determinación voy a por el libro. También he de empeñarme en decir «no», según me vengan a la cabeza, a las quince o veinte sugestiones de cosas mucho más interesantes que podría hacer precisamente en ese momento (a la media hora de estar frente al libro vendrán en cascada). Si corono esa empresa que, como los trabajos de Hércules, se me antoja titánica la primera vez que la emprendo, entonces doy un paso muy consistente, que deja impresa una profunda huella en mi estructura psicomoral, y que me facilita dar, al rebufo de ese, otros pasos en la misma dirección. Al día siguiente habré de tomar una decisión parecida, pero será otra. Ahora bien, si va en la misma línea que la anterior, experimento que tomarla me cuesta un poquito menos. Quizá la segunda vez todavía no, ni la tercera; pero al cuarto día que me pongo noto que voy ahorrando cada vez más energía –esfuerzo–: la quinta vez me cuesta menos que la cuarta, y esta menos que la tercera. Si los primeros pasos han sido firmes y bien determinados, la huella que dejan en mí me predispone a continuar dando más pasos en esa senda. Y una vez que se vence la inercia, uno se va acondicionando a esa nueva situación, de manera que continuar en ella la marcha acaba exigiendo menos esfuerzo –siempre cuesta algo– que abandonarla o torcerla.

La inercia es la resistencia al cambio de estado, del reposo al movimiento, o, a la inversa, del movimiento al reposo. Una vez que se alcanza la velocidad de régimen, cuesta menos mantenerse andando que parar. Siempre hace falta esfuerzo, y siempre será necesario ponerse a estudiar. Eso nunca lo «pide el cuerpo», o casi nunca. Por mucho que al haberlo hecho más veces se haga menos costoso seguir haciéndolo, en último término cada vez hay que «ponerse». No llegará el momento en que ponerse a estudiar llegue a ser resultado de una pura inercia de pasos anteriores. Aunque sea con un esfuerzo menor, hay que afanarse y bregar para mantener ese régimen. ¿Pero qué pasa? Pues que el hábito facilita las decisiones ulteriores, y en ese sentido, como ya se mencionó, supone un ahorro de energía, es decir, la liberación de fuerzas que pueden emplearse, por ejemplo, en arraigar otros hábitos buenos, o en desarraigar algún mal hábito. Una vez alcanzada la «velocidad de régimen», la octava vez cuesta menos, aunque siga costando. Por otra parte, el planteamiento que nos llevó a iniciar esa trayectoria –el que nos condujo a dar el primer paso– habrá que mantenerlo vivo, realimentarlo. No bastará solo con no revocarlo; frecuentemente habrá que nutrirlo con nuevos planteamientos, con motivos actualizados.

Los hábitos no ahorran el planteamiento ni la decisión. Lo que hacen es facilitar que la conciencia y la libertad sigan la orientación que uno quiere darles. Por el contrario, el régimen propio de otros aprendizajes del tipo rutinas, destrezas o competencias es el de una pauta de comportamiento que procede, sí, de un planteamiento y decisión inicial, pero que, una vez iniciada la senda, lo que más cuenta es la inercia de la primera decisión. Es como un tubo donde uno se mete –o le meten a uno– y ya todo es cuestión de dejarse deslizar, secundar esa pauta que le han inculcado. No digo que ya no cuente la iniciativa, pero cuenta menos, y de otra forma. El ejemplo de aprender a conducir un automóvil es bastante claro. Como seres humanos, racionales y libres, también hay muchas cosas que hacemos en las que el planteamiento y la decisión tienen menor papel. Y es razonable que sea así. Pero los hábitos intelectuales y morales, que son la clave del crecimiento de lo más humano del ser humano, de ningún modo ahorran el planteamiento y decisión. Eso sí: lo facilitan, suponen un acondicionamiento estable en ese modo coherente de pensar y vivir, hacen que uno se encuentre mejor comportándose «del modo habitual».

El concepto de hábito pone de relieve lo esencial de la tarea en que estamos empeñados, de una forma u otra, todos los educadores. Parece que los docentes son los que más pueden hacer por alentar hábitos. Pero eso se logra con el trabajo de todos. Por supuesto, los papás saben perfectamente lo que significa un hábito. Quizá no lo sepan definir con precisión, pero saben bien lo que es eso. Y saben distinguirlo de los sucedáneos.

Los papás y las mamás les dicen a sus hijos: «Es importante que te prepares bien, que seas una persona “de provecho”, competente, que triunfes en la vida». Es lógico que esperen que a sus hijos les vaya bien en la vida. Y eso tiene mucho que ver con que tengan competencias. De todos modos, aunque no lo digan tanto –lo dicen, pero no tanto–, saben que lo más importante es que sean buenas personas. «Que te vaya bien está muy bien; pero más lo está que lo hagas bien, y aún más que seas bueno». No es exactamente lo mismo que a uno le vaya bien, que lo haga bien, o que lo pase bien, que igualmente es una cosa buenísima. Mas tampoco coinciden estas formas de bien con aquella según la cual puede decirse que una persona es buena persona, i.e es buena como persona.

A los educadores –tanto a los papás como a los docentes– les importa, y mucho, que sus hijos o alumnos prosperen en la vida, triunfen y sean personas de éxito, y eso tiene que ver con el dominio de algunas destrezas y el logro de algunas competencias. Pero también saben que no es eso lo que más importa en la vida. Todos lo sabemos, pero a base de insistir tanto en lo otro y tan poco en esto, puede que se nos olvide un poco (no del todo, pero sí un poco).



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