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8 La confianza, clave para la promoción de hábitos

El reto es difícil. Alguien podrá pensar que es una causa noble pero quijotesca, i.e una causa perdida. Creo que no lo es. Ahora bien, aunque lo fuese, es una batalla que hay que dar. Vuelvo a la primera reflexión de este escrito: educar tiene algo de utópico, mas es una utopía que es muy realista perseguir. Puede que no se logre, pero es preciso intentarlo, y en ese intento algo lograremos. De lo contrario, nos convertimos en dispensadores de destrezas, o en amaestradores de monos con pantalones.

En palabras del gran pedagogo que fue Andrés Manjón, el desafío de mayor relieve para un educador es conseguir que alguien piense con su inteligencia, que quiera con su voluntad, y que ame con su corazón. Ese es el arte difícil, la entraña misma de nuestro oficio. A menudo nos entran las prisas y, aun con la intención de no suplantar –de reforzar el crecimiento interior del alumno–, podemos estar tentados de relevar la inteligencia aún torpe, la voluntad aún débil y el corazón tornadizo de las personas jóvenes a quienes hemos de ayudar; puede que nos seduzca suplirlos con nuestras facultades, supuestamente más resueltas y maduras.

En un escrito reciente titulado Homo adulescens –que no trata sobre la adolescencia, sino sobre el hombre como alguien que adolece–, he reflexionado sobre la libertad y el valor educativo de la confianza de cara a la provisión de hábitos (Barrio, 2016: 40-43). La confianza es la llave maestra para abrir la interioridad de una persona y poder entrar ahí, con «guante blanco», apelando a su inteligencia, a su voluntad y a sus afectos.

―¿Cómo se concreta eso? ―La clave de la eficacia de nuestro trabajo reside en lograr que alguien confíe en nosotros, para lo cual hace falta tomar nosotros la iniciativa de dar confianza a esa persona. Eso implica correr un riesgo, pues a edades muy tempranas la gente aún no es muy fiable, dado que todavía no ha tenido tiempo suficiente para consolidar hábitos. Los hábitos dan estabilidad a los modos de pensar y actuar, hacen que alguien sea más o menos «predecible». Dentro de un margen de error, puedo saber más o menos qué es, o qué hace una persona de la que me fio: sé quién es, cómo actúa y cómo reacciona habitualmente. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles señala que quien tiene hábitos es fiable para sí mismo (es amigo de sí, dice). Pues bien, la confianza es un elemento indispensable de la amistad. Y precisamente por eso puede tener amigos quien es fiable también para sí mismo, es decir, quien piensa y actúa con coherencia. Mas cuando una persona es aún muy joven tiene una fiabilidad «en construcción», y confiar en él es un «riesgo». Ahora bien, es un riesgo que hemos de estar dispuestos a correr quienes tratamos de ayudar a otros en su humanización, entre otras cosas porque de lo contrario no hacemos nada como educadores. El valor educativo de la confianza se constata, por contraste, comprobando hasta qué punto un ambiente de desconfianza esteriliza todos nuestros esfuerzos.

Visto desde otro ángulo: ¿Cómo reaccionamos ante la frustración de la confianza que han puesto otros en mí? Cuando una persona defrauda la confianza que otros depositaron en ella parece que todo se viene abajo. Lo hemos visto alguna vez. Pero igualmente esto representa una oportunidad para el verdadero crecimiento personal. El filósofo Fernando Inciarte decía que la conducta recta siempre es conducta correcta, es decir, resultado de muchas correcciones, que nos hacemos una vez constatamos haber cometido un error, o que nos hacen otras personas que nos aprecian, que confían en nosotros[1].

Tal vez no es muy educativo decirle a una persona: «Eres un desastre». Si bien esto no obsta que alguna vez haga falta que le quede muy claro que lo ha hecho mal, o, al menos, que podía haberlo hecho mucho mejor (esto último es más alentador). Es un mensaje completamente necesario, por mucho que pueda doler (siempre raspa, más o menos). Ahora bien, no se le hace ningún favor a una persona a la que no se le corrige cuando es debido. A la inversa, corregir a alguien es demostrarle que se confía en él, que se está convencido de que lo puede hacer mejor, y se espera que así sea. Se le da un mensaje alentador.

En ocasiones interesará que le quede bien claro que «esta es la última vez», que «no te consiento que vuelvas a hacerlo»… Duele más dar este mensaje que recibirlo; pero corregir, cuando es justo, forma parte de nuestra obligación como educadores. Sin duda, nos ha venido bien a todos, aunque nos haya arañado un poco. Pero precisamente al corregir a una persona se le manifiesta que, aunque no se haya mostrado digna de la confianza que inicialmente se depositó en ella, no la ha perdido del todo. Mas, entonces, la experiencia de no haber estado a la altura de lo que se esperaba de ella, reobra en forma de una motivación mucho mayor para que esa persona lo intente de nuevo, y con más empeño. Cuando a pesar de todo alguien ha reiterado su confianza en mí es cuando más esfuerzo pongo. Creo que esto es general, pero es más visible en la gente más joven. A menudo se ven reacciones sorprendentes en un muchacho cuando se le devuelve el crédito que en su momento se consideró justo retirarle porque no se mostró digno. La gente de esa edad puede cambiar mucho, casi de un día para otro, cuando percibe esta disposición en un adulto. Seguramente lo hemos visto más de una vez. En ocasiones puede no salir bien, pero pocas veces las personas se resisten a la confianza que se deposita en ellas.

Aun en el caso de que no salga bien, tampoco tenemos el derecho, por una mala experiencia, incluso reiterada, de suspender a todos la confianza, de negarles la posibilidad de rectificar. La desconfianza general, además de ser muy injusta, desactiva la atmósfera necesaria para educar.

Más significativo aún es esto en la familia. Hoy sabemos que nuestro trabajo con las familias es tan importante o más que con los niños. Estoy convencido de que, con paciencia y un poco de resiliencia, se puede llegar a resultados muy alentadores. De entrada, los papás suelen acudir a la escuela a quejarse. Al principio la relación puede ser algo tensa, incluso traumática; a veces resulta difícil de manejar. Pero en cuanto los papás perciben que estamos de su lado y que nos importan sus hijos, se convierten en nuestros aliados naturales. Es bastante razonable: nadie tiene más interés por sus hijos que ellos. Al notar que en ese interés les acompañamos, se alían a nuestra empresa. Para nosotros es nuestra profesión, pero cuando ellos perciben que hay un interés real por ayudar a sus hijos, los ganamos para nuestra causa, que es la suya. Con el tiempo, igual que nosotros podemos mejorar como maestros, también ellos mejoran como padres y madres. Cuando hay sinergia, colaboración entre papás y maestros, el trabajo con los chicos es más eficaz. No descubro nada que no sea bien sabido. Es una tarea morosa: recibir el envite, escuchar, poner buena cara, tener paciencia. Si es real ese interés, lo notan y cambian del todo; es otra relación.


  1. «La verdad no está separada de la ficción, o del error, como tampoco la verdad práctica de Aristóteles. Verdad pura y simple sólo se podría dar en un mundo extremadamente puro y extremadamente simple. Esa otra, la verdad práctica, es como dar palos de ciego, pero no sin pensárselo bien y, a bien dadas, con un poco de suerte. Es un constante errar y corregirse: lo que los escolásticos llamaban rectitudo, Aristóteles orthótes, y Platón, más explícitamente, rectificar (eparnotheîn); rectificar faltas, fallos, equívocos, equivocaciones, errores, peccata, hamarthémata, aun a sabiendas de que uno va a seguir cayendo en unas o en otros. En la crisis actual del concepto de verdad, el de verdad práctica [tiene la ventaja] de no hacer ineludible caer a la desesperada, o cínicamente, en un pragmatismo a ultranza. En todo caso, es uno de los conceptos que más me han servido a mí para salir adelante sin excesivas perplejidades a pesar de la crisis. El juego de verdad y error no tiene por qué ser siempre un juego de suma cero. Por lo menos, esa es la esperanza» (Inciarte, 2001: 167).


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