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3 La escuela como ecosistema

El crecimiento personal, aun siendo una operación vital inmanente, i.e que realiza el ser vivo que crece, tampoco puede explicarse tan solo en clave endógena. Igualmente es resultado de una interacción sinérgica. Los directivos, administradores y gestores escolares tienen una misión privilegiada en el crecimiento personal de los alumnos, distinta pero no menos importante que el papel que en eso tienen los docentes. Estos llevan a cabo la suya con mensajes explícitos, diciendo cosas a sus alumnos, o invitándoles a desarrollar ciertas tareas. De otra forma, también los papás les dicen cosas a sus hijos para que lo hagan mejor. Mas para que puedan ejercer su influjo benéfico esos mensajes que, de una forma u otra, los chicos reciben de los adultos, se necesita un caldo de cultivo, digamos, una atmósfera que los haga significativos; un ambiente alentador, tanto en el hogar como en la escuela, bien que con características distintas en esos dos entornos: más cariñoso y entrañable en la familia, más exigente y formal en la escuela. Los gestores y directivos escolares tienen una tarea singular en la estructuración de esa atmósfera que alentará el crecimiento.

En el plano de los hábitos, el ambiente educa tanto o más que los mensajes directos. Educa la atmósfera institucional. Por ejemplo, el orden, en todos los sentidos. El orden material: que las cosas estén en su sitio, dentro y fuera del aula. Educa la limpieza, educa la puntualidad. Educa, y mucho, la disciplina, que es otra forma de orden. Principalmente a ciertas edades, y sobre todo con los chicos varones, interesa que sepan con claridad hasta dónde llega la broma y dónde empieza lo serio; que sepan que se pueden hacer unas cosas y otras no, que hacerlas o no hacerlas tiene consecuencias, y no sólo para quien las hace u omite, sino igualmente para otras personas; y que esas consecuencias pueden ser buenas o malas… Todo eso es importante para cualquier ser humano, y en cualquier organización, pero en una institución escolar es decisivo a ciertas edades.

Desde el punto de vista educativo, no se puede minimizar el valor del trabajo de dirigir y organizar una escuela. La tarea de los docentes en el aula no puede compensar la ausencia o defectos de esta otra, sencillamente porque es otra. Unos y otros colaboran sinérgicamente –las familias también, a su manera– en la creación de ese caldo de cultivo gracias al cual, de manera indirecta, les llega a los chicos el influjo benéfico que puede alentar su crecimiento.

Ha de ser fundamentalmente indirecta esa influencia, sobre todo a las edades que las mamás llaman «difíciles». Cuando pasan por esa fase, los muchachos y las muchachas no se manifiestan muy receptivos a los mensajes paternales, ya vengan de los papás o de los maestros. Ahí lo decisivo es, digamos, el contagio, la atmósfera que se respira. Por ejemplo, los modos en que los muchachos perciben que les tratan los adultos, o cómo se tratan los adultos entre ellos: los directivos con los docentes, con el personal administrativo y de servicio… Las relaciones entrecruzadas entre todos esos gremios, y de todos ellos, por ejemplo, con las personas que se encargan de la limpieza del centro… Esas relaciones que se dan en el ecosistema escolar son las que estructuran el ambiente que puede ser realmente propicio. Y ahí la tarea de los no docentes es tan decisiva como la de los docentes. A ciertas edades, incluso, diría que tiene más impacto que lo que se dice en el aula de clase.

Con la lente de los psicólogos y sociólogos se ven algunos aspectos importantes de nuestro trabajo. Pero me parece que quizá sufrimos algo de hipermetropía, una inflación de esas lentes a costa de otra, no diré si más o menos importante que esas, pero otra, que es la antropológica. No se puede negar que la educación tiene algo de «proceso», y eso se ve más desde la óptica psicológica y sociológica. Esas son ciencias empíricas desde hace más de un siglo; observan hechos y tratan de explicarlos estableciendo regularidades, legalidades que den cuenta de ellos (lo que hay es un caso de una ley general). Ante todo, aspiran a explicar los hechos midiendo y protocolizando procesos. La educación tiene algo de eso, pero no es todo y solo eso. En último término, no es un proceso sino una acción, o, si se prefiere, un conjunto de acciones, una larga serie de acciones –así como el resultado de ellas, no siempre previsible– dotadas de carácter propositivo, i.e que responden a un plan previamente diseñado. Ese plan se desarrolla en un marco de incertidumbre, toda vez que ha de contar con la libertad de las personas, algo que no siempre se puede prever. Lo previsto puede ocurrir o no, pero nunca ocurre de forma estereotípica, o siguiendo protocolos fijos. Esta característica distingue la tarea educativa de los procesos psicológicos o sociológicos, o incluso técnicos.

En un proceso se puede planificar casi todo: el comienzo, el final –el objetivo al que apunta– y el desarrollo, es decir, las etapas intermedias. Se puede medir la eficacia, el logro de los objetivos intermedios de cada etapa. El resultado finalmente llegará si no hay fallos técnicos. En principio, si está bien diseñado y ejecutado, se logra. Algo de lo que hacemos se puede protocolizar. Pero visto desde una perspectiva, digamos, holística –desde un ángulo antropológico integral–, hay una diferencia fundamental entre la actividad de educar y el «proceso». Y esa diferencia estriba en que podemos poner bien los medios, y no obstante malograrse el «resultado», fracasar en lo que nos proponemos, pues ni todo ni lo fundamental depende de los medios, ni tampoco de la planificación, el diseño, el control y la evaluación del proceso. Hay un margen amplísimo de incertidumbre que necesariamente introduce este factor de la libertad de las personas. Puede que el profesor sea un genio, pero si el alumno no se deja ayudar por él, el profesor no consigue nada. Y al contrario, siendo un torpe o un patán el profesor, puede que el alumno aprenda, aunque sea de un chiste malo. Hay mucho de imprevisible en esta tarea.

El efecto propiamente educativo de muchas acciones es incidental, bien que solo pueden considerarse educativas aquellas que se proponen ayudar a crecer y que siguen un plan pensado con vistas a ese objetivo, con un diseño en el que se buscan los medios más eficaces para lograr lo que uno se propone. Ambas afirmaciones son compatibles.

Se podría expresar de otra manera. Lo que los educadores hacemos es suministrar destrezas siguiendo un proceso más o menos protocolizado, pero lo que, haciendo eso, intentamos conseguir –no siempre lo conseguimos– es fomentar una serie de hábitos, sonsacar la humanidad de cada ser humano, «hacer salir», mayéuticamente, lo mejor de cada persona, en definitiva ayudarla a crecer como persona. Caso de que lo consigamos, esto lo conseguiremos alentando hábitos. El crecimiento –el efecto propio de la educación– supera radicalmente la acción educativa, trasciende los medios que ponemos. El fin, en otras palabras, es totalmente desproporcionado a los medios. Y con todo es un efecto que en alguna medida podemos obtener –nunca del todo– haciendo bien lo que hacemos como educadores, poniendo los medios. Pero hace falta no perder de vista el fin, ni la conciencia de que los medios son siempre limitados. El planteamiento parece complejo, pero en realidad es algo muy intuitivo. Es lo que en el fondo sabemos hacer y, mal que bien, es lo que intentamos hacer.

Aquí trato de teorizar algo que ya sabemos, mas como el discurso pedagógico lo margina y se centra en otras cosas, a su vez marginales –destrezas, herramientas, innovación (casi siempre de aparatos, no de ideas)–, y al ser tan persistentes esos mantras, puede que olvidemos lo esencial. Todos somos vulnerables a esta amnesia. Vivimos en un contexto –la llamada «cultura de la imagen»– hiper-ruidoso, plagado de mensajes cada vez más rapsódicos, lo cual hace que cada vez sea más difícil concentrar y retener la atención.

Con tanto cachivache informático no es fácil estudiar. Lo que dije sobre el hábito de estudio nosotros lo sabemos por experiencia, porque hemos estudiado y hemos logrado, mejor o peor, obtener ese hábito. Pero somos conscientes de que hoy en día los escolares han de ser auténticos héroes para lograr estudiar. Es muy difícil leer, es muy difícil escuchar. Los telefonitos modernos tienen tantas prestaciones –se pueden hacer tantas y tan variadas cosas con ellos–, que en vez de descargar esfuerzo para dedicarlo a lo sustantivo, nos inducen a convertir en sustantivo lo instrumental, a base de atraer sobre ello mucha mayor atención de la que es razonable concentrar en los medios. El resultado es evidente para cualquiera: mucha gente joven tiene dificultad seria para retenerle la atención a algo más de cinco minutos.

Las palabras piden ir algo más despacio que las imágenes, tanto las fijas como las cinéticas. Para cumplir su función semántica –de remitir a un significado–, el lenguaje verbal necesita que uno se fije en la palabra, que escuche o que lea. En cambio, la imagen es remitencia inmediata, no establece ningún hiato entre el sujeto y la cosa, entre otras razones porque en la llamada «cultura de la imagen» la imagen es cada vez menos «imagen de» algo, constituyéndose ella misma objeto de toda nuestra atención. La abundancia y rapsodia de lo icónico es tal en nuestro contexto sociocultural que, más que conducir a los conceptos, parece que obtura nuestro acceso a ellos. Hay gente que se cree que piensa –para lo cual hace falta, de algún modo, cerrar los ojos–, pero en realidad no lo hace asociando ideas, sino imágenes, iconos. Esto dificultad enormemente la reflexión.

Si se mutila el verbo –si se difracta en puros aullidos o monosílabos, golpes de voz o fonemas–, se hace algo muy inmediato, pero igualmente muy poco significativo. No poner freno a esa cadencia entrópica es letal para la inteligencia. El negocio de los cachivaches vive de que la gente necesite más de lo icónico y le retenga menos atención a la palabra. Para los docentes de cualquier nivel constituye hoy una batalla verdaderamente titánica –que hay que dar, por muy costoso que sea darla, y por mucho que llevemos las de perder– mostrar que lo interesante de las herramientas digitales no es lo que puedes hacer con ellas, sino lo que puedes dejar de hacer gracias a ellas, y el tiempo que pueden ahorrarte para dedicarlo a lo importante, que no son las features del telefonito, sino leer libros gordos y discutirlos con colegas, alumnos, amigos. Dar ese paso es difícil, pero es un reto educativo fundamental en el momento presente.



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