Otras publicaciones

cover

remesas

Otras publicaciones

9789871867479-frontcover

9789871867974-frontcover

4 Debilitamiento «espiritual»

Veíamos que el hábito no se inculca, sino que se alienta. En este preciso sentido, aunque la idea de hábito parece psicológica es más bien espiritual. En efecto, justamente ese aliento, o hálito, es lo que evoca en latín la voz spiritus; es el rendimiento de la acción de soplar: dar auge. Es lo que se hace con la brasa para que prenda y crezca. De ahí que la remoción del concepto de hábito, no solo del discurso educativo, sino también del ético y el cultural, delate cierto declive de las fuerzas del espíritu.

No deseo nutrir nostalgias del tipo «cualquier tiempo pasado fue mejor». Algo de lo que digo puede parecer desalentador, pero lo hago con el propósito de animar. Trato de mostrar que queda mucho por hacer, y para afrontarlo hace falta tomar aliento. Cualquier conclusión pesimista de todo esto es prematura, e infundada. Pero es importante percibir la envergadura del reto; alguna vez lo he descrito en términos de educar en un contexto cultural que es deseducativo de suyo, constitutivamente (Barrio, 2005).

En un librito que da un poco de vértigo, Gilles Lipovetsky señala algunas características de un «narcisismo intimista» que estimula el individualismo, paradójicamente, en el seno mismo de la sociedad global, una autosatisfacción intimista con rasgos contradictorios:

  1. Por un lado, un celo grande por la salud, y al mismo tiempo una afición al ruido y la velocidad que evidencia un impulso tanático de jugársela a cada momento. Se ve bien en las variadas manifestaciones de la «contracultura» juvenil que recogen muchas series televisivas y videojuegos.
  2. Cada uno tiene que ser él mismo, tener personalidad y criterio propio, no ser un clon de nadie, etc. Pero esa afición a la opinión personal es al mismo tiempo hipersensible a la opinión ajena: cómo me ven los otros, qué se me responde en los foros interactivos, etc. Hay una especie de necesidad compulsiva de decir algo, aunque no se tenga mucho que decir, e inmediatamente comprobar el impacto, si eso tiene eco… Son señas curiosas de un narcisismo brutal. Somos dueños exclusivos de nuestra intimidad, pero al mismo tiempo esclavos de estar publicándola al momento en el instagram o el facebook, y estamos en todo momento pendientes de que otros aprieten el botón del «like».
  3. Somos muy relajados en el saber, pero también perfeccionistas en el deporte y el bricolaje. Saber parece que importa cada vez a menos gente. La llamada «crisis de autoridad», de la que tanto se habla, en el fondo es la crisis del saber. En su acepción originaria, auctoritas era el saber socialmente reconocido. Que una persona es una autoridad en determinado asunto significa que sabe mucho de eso. La crisis de autoridad no es más que la crisis del prestigio del saber. A quien ha dedicado su vida a estudiar, a saber mucho de algo –más aún si lo ha hecho para enseñarlo a otros–, se le presenta como el arquetipo del «pringao», como dicen los muchachetes en mi país; es alguien que ha desperdiciado su vida, que no la ha aprovechado para ganar dineros, lucrar apoyos, o cosechar popularidad… La gente que realmente «sabe» es la que tiene «éxito» en esas otras facetas. Cuando esta mentalidad invade la escuela, la situación de los profesores es de máxima vulnerabilidad.
  4. Huimos del esfuerzo, pero somos adictos a los gimnasios; superascetas para las dietas y el figurín, pero alérgicos a cualquier norma estricta.
  5. Somos cuidadosos de la imagen, controlados en las relaciones públicas, «discretos» ante la muerte –el gran tabú–, pero no tenemos ningún problema para gritar o llorar en las mil nuevas terapias «psi» (Lipovetsky, 2000: 111 ss).

Nos vamos acostumbrando a una especie de pacífica e indiferente cohabitación de contrarios: Todo vale, o, lo que es lo mismo, nada tiene valor especial. El escrito de Lipovetsky retrata bien el perfil de una enfermedad cultural profunda, más visible en el llamado primer mundo, aunque poco a poco se va convirtiendo en un problema global. No quiero excederme en patetismos, pero si se lee este libro en conexión con algunas reflexiones de Benedicto XVI sobre la emergencia educativa, asusta un poco comprobar cómo se va socializando la trivialidad[1]. En efecto, puede uno descorazonarse ante la mediocridad y el adocenamiento de quienes afirman, por ejemplo, que la verdad es «lo que vende», o que interesa más «seducir», provocar y ser divertido, que decir algo consistente. Europa se va llenando de «almas de paja». No sabemos bien qué y quiénes somos. La crisis espiritual es una especie de «paro antropológico» que delata una general capitulación en el esfuerzo de humanizarse, de crecer como seres humanos, de cultivar el humanismo en su más amplia y profunda acepción, porque se llega a pensar que la humanidad –la propia y la de los demás humanos– no puede dar más de sí[2].


  1. En un mensaje, el entonces Papa apuntaba esa emergencia al denunciar «un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida» (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI a la Diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21 de enero del 2008, visible en la hoja web http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2008/documents/hf_ben-xvi_let_20080121_educazione.html).
  2. En un trabajo reciente la he descrito como una crisis metafísica (vid. Barrio, 2018a).


Deja un comentario