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¿Un socialismo
desde el interior del país?

Tradiciones y alteridades
del Partido Socialista Popular

Fernando Manuel Suárez

La relación del Partido Socialista Popular (PSP) –agrupación fundada en 1972 como resultado de la fusión del Partido Socialista Argentino (PSA), el Movimiento de Acción Popular Argentina (MAPA), el Grupo Evolución y Militancia Popular– con la “tradición socialista argentina” presenta algunas complejidades que ponen en cuestión la aparente continuidad y ligazón entre uno y otra, a pesar de la semejanza nominal (Suárez, 2015).

Los signos de ruptura del PSP con respecto al pasado del socialismo vernáculo resultan también visibles y son, en muchos casos, explícitos. Si bien no exhibía una beligerancia equivalente a la llamada “izquierda nacional”, mostraba diferencias con gran parte de la trayectoria previa del socialismo argentino y, a su modo, la desacreditaba y cuestionaba. El socialismo popular recriminaba a sus antecesores la escasa sensibilidad frente al sentir popular y su incomprensión de los fenómenos políticos de masas que habían logrado representarlo. En ese sentido, consideraba urgente y necesario rever desde el seno del socialismo las experiencias del peronismo y el radicalismo como expresiones genuinas de la voluntad de las “mayorías nacionales”.

La cuestión nacional fue uno de los ejes fundamentales sobre los que se ancló esa diferenciación. Esto se vinculaba a algunas de las discusiones que atravesaban a la llamada “nueva izquierda”, pero también de los rasgos idiosincráticos que este partido tenía. El PSP se constituyó –en especial, a partir de 1975– como un socialismo “desde el interior del país”, en contraste con lo que mostraba a primera vista la historia partidaria. Este rasgo estaba asociado a la inserción que el Movimiento Nacional Reformista (en adelante, MNR) había tenido en las universidades del interior (Rosario, Córdoba y Tucumán), que luego se había traducido en la consolidación de núcleos militantes en esos territorios. Esas características de origen repercutieron en un desarrollo político específico, con base en Rosario, y que tuvo algunas dificultades para arraigar en el espacio metropolitano.

Estos elementos, que evidencian tanto ruptura como continuidad, requieren ser analizados de forma articulada y no a modo de un simple inventario. La condensación de esos modos de interpretar y significar el pasado dio como resultado una configuración identitaria particular. El abordaje de una identidad política requiere que indaguemos acerca del modo en que se articularon esos elementos aparentemente contradictorios para constituir un espacio solidario específico y distinguible de otros. Esta perspectiva nos permitirá dar cuenta tanto de los componentes cohesivos de una identidad como también de las alteridades que la delimitan.

Con base en lo antedicho, intentaremos definir las categorías de identidad y tradición política a partir de las cuales trabajaremos. En segundo término, analizaremos el contexto de surgimiento del PSP y su vinculación con las expresiones políticas de la “nueva izquierda”. En tercer lugar, abordaremos puntualmente las tradiciones políticas que, a nuestro entender, vertebraron identitariamente a dicha fuerza política, procurando dar cuenta de las tensiones de tal combinación. A modo de cierre, por último, delinearemos la forma en que el PSP articuló dichas tradiciones en su propia configuración identitaria.

Identidades y tradiciones políticas: algunas definiciones conceptuales

Gerardo Aboy Carlés señala que una tradición política “[…] supone un tipo especial de intervención intelectual que aísla y filia determinadas recurrencias tópicas sobre un conjunto de prácticas sociales empíricas y teóricas” (Aboy Carlés, 2016, p. 7). Las tradiciones son el resultado de operaciones selectivas que establecen cierta filiación con un pasado, es: “[…] una versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social” (Williams, 2000, p. 137). Por tanto, las tradiciones resultan, en su articulación, un nodo central en la constitución de una identidad política específica.

Las tradiciones operan como sedimentos de las identidades políticas, la filiación pretérita contribuye de manera decisiva para establecer alteridades y fijar fronteras. Por lo general, las distintas tradiciones son reactualizadas y disputadas en la acción política concreta: “[…] las disímiles luchas pretéritas pueden ser articuladas en un contexto significativo que dote de sentido a la acción” (Aboy Carlés, 2001, p. 69). Lejos de la nitidez de un esquema que reconoce divisiones claras, cual compartimentos estancos, las tradiciones políticas están sujetas a una dinámica de permanente reinvención, hibridación y adaptación. La cohabitación de espacios identitarios diferentes vuelve a las tradiciones políticas parte de la disputa política y, como consecuencia de ello, las somete a una serie de operaciones de interpretación, revisión o alteración.[1]

Estas condiciones llevan a que ni las identidades ni las tradiciones puedan ser analizadas si no es de manera relacional, en base a un sistema de alteridades. A nuestro entender, las identidades no son el resultado de la mera auto-identificación “subjetiva” de los actores, pero tampoco una deriva “objetivista” de condiciones anteriores y externas a su constitución. En algunos contextos las identidades parecen más estables y menos porosas, pero el aspecto relacional tampoco puede ser soslayado en esos casos. La disputa entre identidades se manifiesta a través de operaciones político-discursivas amplias de diferenciación y equivalencia, las fronteras entre ellas pueden manifestarse rígidas o lábiles.[2] Esas disputas no necesariamente adoptan el formato de una confrontación directa, sino que muchas veces se reflejan en matices que, de todos modos, fundamentan las divisiones.

Contexto de surgimiento del PSP: el socialismo popular y la “nueva izquierda”

Es mucha la literatura, académica y política, que ha dado cuenta de las particularidades del proceso político argentino durante las décadas de 1960 y 1970 como un período de profundas transformaciones culturales, sociales y políticas. La inestabilidad endémica de la democracia argentina se potenció en un período signado por la proscripción de la principal fuerza partidaria del país y una recurrente intervención de las Fuerzas Armadas en política. El resultado fue un escenario en los que se sucedían gobiernos civiles cada vez más débiles y gobiernos militares cada vez más autoritarios. La contraparte de ese régimen de “democracia limitada” fue el proceso de radicalización política que atravesó a la sociedad en aquellos años.

Uno de los aspectos significativos para analizar estas décadas en la Argentina está asociado justamente a esa radicalización. Dicho fenómeno resulta difícil de enmarcar dado el alcance que tuvo y las múltiples formas en las que se expresó. Ese proceso no se reflejó solamente en un novedoso repertorio de acción colectiva, sino también en una reconfiguración de las ideas políticas que atravesaban las disputas entre los actores políticos organizados. Esa transformación de las ideas políticas fue particularmente fecunda en el campo de las izquierdas, alimentado por un intenso debate intelectual (Terán, 1991) y una profunda revisión de lo actuado hasta el momento por los partidos tradicionales (Tortti, 2002).

La década de 1960 implicó un cierto quiebre en términos culturales, sociales y políticos en la Argentina. La emergencia de la juventud como un actor significativo de la cultura y la política no fue un fenómeno exclusivo de estas latitudes, como tampoco lo fue la proliferación de ideas contestatarias (Sigal, 1991). Estos vasos comunicantes llevaron a Claudia Gilman a darle a ese período “sesenta/setenta” la entidad de “época” definida en tanto “campo de lo que es públicamente decible y aceptable –y goza de la más amplia legitimidad y escucha– en cierto momento de la historia” (Gilman, 2003, p. 36). En esa misma clave, se reconocía un espacio centralmente intelectual y cultural que en ese período adoptó un lenguaje común de discusión derivado del reencuentro entre el socialismo y el nacionalismo: la “nueva izquierda” (Tortti, 2014) o “neoizquierda” (Sigal, 1991). El doble proceso de politización de la cultura y culturización de la política implicaba, por un lado, “que la política se tornaba en la región dadora de sentido de las diversas prácticas” (Terán, 1991, p. 15) y, por el otro, “un especial protagonismo e influencia del mundo de los libros y las ideas en el ámbito de la política” (Ponza, 2007, p. 63). Esto no dio, sin embargo, como resultado un campo uniforme de pensamiento, más bien lo que delineó fue un terreno de disputa común forjado a partir de un lenguaje teórico-político compartido.

En términos generales, resulta pasible incluir al PSP dentro de este conjunto más amplio. Aunque se podrían considerar algunas objeciones, en especial sobre la base de su oposición explícita a la lucha armada. El socialismo popular, como es evidente, no pudo ser una experiencia política excepcional ni disociada de su contexto. Sin embargo, su devenir mostró particularidades que lo diferenciaron de otras experiencias políticas similares y le permitieron definir un perfil identitario específico. No se trata en este caso de mensurar sus similitudes o diferencias con respecto a otras organizaciones afines, sino más bien indagar cuáles fueron aquellos aspectos que habilitaron una diferenciación identitaria entre estas organizaciones. En un marco de profunda politización y radicalización, los pequeños matices y diferencias sellaban fronteras particularmente impermeables entre organizaciones que, a pesar de ello, parecían estar unidas por un sustrato ideológico común.

Las tradiciones políticas del Partido Socialista Popular

El socialismo popular argentino articuló una identidad política atravesada por al menos tres elementos que se articularon entre sí (Guberman, 2004). El PSP adoptó la nominación “socialista”, por lo que la filiación con esa tradición política no parece en duda, aunque la polisemia y saturación denotativa del significante durante el período analizado obliga a analizarlo con mayor profundidad.[3] Lo mismo ocurre con la tradición “reformista”, en especial de raíz universitaria, que también figuraba de manera explícita en el nombre del grupo universitario asociado al PSP, el MNR. El componente “nacionalista”, notorio tanto en su liturgia como en su simbología, resulta más difícil de anclar en una tradición política preexistente y remite más a una operación, por otro lado bastante extendida en la “nueva izquierda”, de revisión de lo actuado por los partidos de izquierda tradicionales y su sometimiento a categorías y principios forjados para realidades diferentes a la del país y consideradas, por ende, inapropiadas.

A continuación, revisaremos de forma somera estas tres tradiciones y la forma particular en que fueron articuladas en el discurso del socialismo popular. En principio, señalaremos algunos aspectos generales de cada una de ellas y la forma en que aparecían manifestados en el discurso del PSP, también las tensiones derivadas de la polisemia y las disputas conceptuales. En un segundo momento, intentaremos reconocer cómo se articulaban dichas tradiciones en la conformación de la identidad partidaria del socialismo popular.

Tradición socialista

El proceso histórico nos lleva a colocar al PSP como un legítimo heredero de la “tradición socialista argentina” y su continuidad. Sin embargo, esta interpretación taxativa se da de bruces con el posicionamiento del partido durante gran parte de la década de 1970. La propia organización, a poco de fundarse, se vio despojada de los sectores más vinculados con el socialismo partidario preexistente y fue hegemonizada por jóvenes dirigentes sin ligazón estrecha con ese pasado (Suárez, 2018). Asimismo, esa nueva organización redujo al mínimo las menciones al PS argentino histórico, con la excepción de Alfredo Palacios, que encarnaba un socialismo criollista y con sensibilidad nacional.

El acto fundacional del PSP tuvo lugar el 23 de abril de 1972 y contó con la participación de Guillermo Estévez Boero, principal referente del MAPA y futuro líder del partido. Estévez Boero centró su discurso, y también su propia definición del socialismo, en las figuras señeras de Karl Marx y Friedrich Engels. Recuperar el socialismo científico tradicional era una forma de desligarse de la controvertida trayectoria político-ideológica del PS argentino:

El Partido que se crea es Socialista, porque basa su ideología en la obra de aquellos gigantes del pensamiento que descubrieron el mecanismo del capitalismo y las vías de superación. Estos gigantes del pensamiento son Carlos Marx, Federico Engels y sus continuadores. El marxismo no está perimido, lo que está perimido es el imperialismo, lo que está perimido es el capitalismo, derrotado en todos los continentes por la lucha heroica de los pueblos como el de Vietnam.[4]

Como se ve en el mismo párrafo, Estévez Boero rescataba a los padres del socialismo científico y los ligaba con la resistencia del pueblo vietnamita. Esta relación reflejaba algunas de las marcas transversales que atravesaba a toda la “nueva izquierda” y que este grupo compartía.

Esta interpretación del socialismo se inscribía en la disputa más extensa que eclosionó durante esos años dentro y en torno a todas las expresiones de izquierda. En ese sentido, se reconocía tácitamente como una organización “marxista-leninista”, en una caracterización que incluía aspectos doctrinarios y, de manera más clara aún, cuestiones organizativas. El horizonte del socialismo como fin último de la acción política-partidaria estaba fuera de discusión, pero eso no diluía los múltiples matices interpretativos que atravesaban la noción articuladora y que, en definitiva, operaban de tabique divisor entre las distintas fuerzas.

El PSP se inscribía entonces en un socialismo de raíz marxista y, al mismo tiempo, se vinculaba, no sin críticas, con una “tradición socialista argentina”. Así, consideraba al partido fundado en 1896 “[…] un transplante mecánico de la experiencia y práctica de los partidos europeos […]”,[5] exitoso en un primer momento e incapaz de adaptarse a los cambios sociales que se habían dado en el país. Valoraba otras iniciativas que habían buscado “[…] crear nuevas fuerzas con idearios socialistas, más vinculados al quehacer nacional”,[6] que por lo general habían sido experiencias disidentes de la conducción partidaria. En ese periplo reivindicaban a figuras como Enrique Dickmann, Dardo Cúneo, Alfredo Palacios y Manuel Ugarte en su carácter de disidentes y promotores de un socialismo con un mayor cariz nacionalista y latinoamericanista. Pero, aun en esos casos, consideraban que: “unos y otros, pese a su militancia y sacrificio, fracasaron en la construcción de una herramienta política y orgánica idónea que condujese el proceso de Liberación Nacional de nuestro país”.[7]

La conducción del socialismo popular, más tarde (en 1975), celebraría haberse despojado de los sectores que no adherían a una visión que “[…] puede […] considerarse a nivel de los más avanzados del mundo”.[8] El desplazamiento de los sectores representantes de la “social-democracia” –nombrada así en sentido peyorativo– mostraba, en sus términos, que el suyo era “[…] el planteo correcto para la construcción de la organización”.[9] Esta forma de construcción “correcta” se sustentaba en una rigurosa aplicación del método del socialismo científico, utilizado para el conocimiento objetivo de la realidad nacional.

El componente marxista del PSP estaba tensionado por una doctrina que había sufrido sucesivas reinterpretaciones a lo largo del tiempo. Esa heterogeneidad era reconocida y recogida en una propuesta formativa de lecturas obligatorias que se cumplían con relativo rigor dentro de la organización (Guberman, 2004). Como señala Héctor Cavallero: “En aquel tiempo, todos los cuadros habíamos leído determinadas obras de Marx, de Engels, de Lenin, de Mao Tse Tung, mucha historia argentina y latinoamericana”.[10] La referencia a los autores estudiados, sin embargo, no era explícita en el propio discurso partidario; en la mayoría de los casos, aparecía plasmada de manera tácita, sin alusiones directas, y mediante operaciones de sincretismo y reelaboración. La propia lógica de construcción política, fundada en un apego a la “realidad nacional”, llevaba a matizar o directamente ocultar estas referencias teóricas foráneas. Esa tensión aparece visible cuando señalaban:

Una práctica política en el seno y al servicio de los trabajadores posibilita y exige una correcta interpretación de la realidad nacional, a la cual es sólo posible arribar aplicando el método del socialismo científico. La combinación equilibrada entre esta práctica y estos conocimientos constituye la única base de concreción de un partido revolucionario.[11]

La configuración fragmentaria y en permanente disputa del espacio de la izquierda política alentaría al PSP, como a otras fuerzas, a sobreactuar las diferencias que las separaban. Las críticas, por lo general, eran direccionadas de manera genérica y enfatizaban la incorrecta comprensión de las bases teórico-políticas comunes por parte de sus adversarios:

Las sectas de izquierda, la socialdemocracia, siempre han atribuido la enajenación y el divorcio del pueblo a la brutalidad, a la ignorancia y a la incomprensión del pueblo. Nosotros criticamos la brutalidad, la ignorancia y la incomprensión de las sectas y de la socialdemocracia.[12]

Tradición nacionalista

El componente nacionalista del PSP resulta sumamente visible en sus manifestaciones discursivas y simbólicas. Sin embargo, el socialismo popular no pretendía integrarse a una “tradición nacionalista” que, por otro lado, tenía una larguísima trayectoria en el país, más ligada a expresiones derechistas y católicas. No obstante, en la segunda mitad del siglo XX el nacionalismo se había manifestado como una doctrina política más fluida, ubicua y transversal. Algunas expresiones de la “nueva izquierda” se forjaron ideológicamente al calor de la vinculación entre las ideas socialistas y el nacionalismo (Georgieff, 2008). Es esa versión particular del nacionalismo la que es preciso identificar en la matriz ideológica del socialismo popular.

Ese nacionalismo se definía, en principio, en clave negativa, es decir, como anverso de la trayectoria particularmente receptiva a las ideas extrajeras de la izquierda tradicional. El imperativo de conformar un partido socialista consustanciado con la realidad nacional era para el PSP un objetivo primordial. En un principio, ese nacionalismo genérico se solapaba con el realismo objetivista derivado de la doctrina del socialismo científico. Esta operación llevaba a una revisión de la historia nacional y, simultáneamente, a una crítica a los métodos que las dirigencias socialistas del pasado habían utilizado para desentrañarla. La ponderación positiva del yrigoyenismo y del peronismo formará parte de esa relectura histórica que los socialistas populares llevaron a cabo.

En segunda instancia, el nacionalismo del PSP se plasmaba a partir de una caracterización política, muy extendida por entonces, que establecía a la oligarquía y al imperialismo como los enemigos a vencer. Esta interpretación traía aparejada una estrategia política que, en función de sus presupuestos, articulaba perfectamente con una visión nacionalista. El Frente del Pueblo, tal como se consignaba en sus programas, era una propuesta política que ubicaba un enemigo foráneo y bregaba, en consecuencia, por un amplio acuerdo de sectores sociales y actores políticos. Los únicos excluidos eran los que, a su entender, no pugnaban por los intereses nacionales. En 1975, señalaban en La Vanguardia Popular:

Ningún argentino debe dejarse engañar por los cantos de sirena del imperialismo, ni dejarse llevar por los caminos sin salida que para el país ofrecen los que no comprenden la realidad nacional. En Argentina, como ya lo dijera de forma reiterada el PSP, la opción es una: o se está con el país o se está con el imperialismo y la oligarquía.[13]

En tercer lugar, el nacionalismo del PSP ponía particular énfasis en el lugar que el interior del país tenía en la ecuación antiimperialista, siendo Buenos Aires el espacio privilegiado de los agentes económicos extranjeros y de sus genuflexos cómplices locales. Esta particular lectura servía de coartada para justificar el propio desarrollo político “desde el interior” y reñir con una historia partidaria que se había mostrado despreciativa de un espacio geográfico al que asociaba con el atraso.[14] Dicha interpretación quedó plasmada con claridad en un documento del año 1975 titulado El Interior y la Liberación Nacional, en donde se transcribía un discurso de Estévez Boero en la localidad de Ramírez, Entre Ríos. En esa alocución, el principal dirigente del PSP establecía esa filiación entre el interior y la lucha antiimperialista:

Este es el interior, el interior de la resistencia, el interior del Cordobazo, el interior del Rosariazo, el interior del Mendozazo, del Catamarcazo, el interior que derrocó a los mercenarios y el interior que derrocó a Onganía, Levingston y Lanusse. […] A este interior le rinde tributo el Partido Socialista Popular, porque sabe que en este interior están las reservas morales para la Liberación de la Nación, los hombres que preguntan adónde y cómo hay que jugarse y no adónde y cómo está el negociado, la prebenda y la corrupción.[15]

Este nacionalismo se expresaba también en materia económica, traducido como una intensa vocación soberanista que se reflejaba en un plan de nacionalizaciones de muy amplio alcance. Desde el punto de vista político, estaba estrechamente ligado a la democracia y a la expresión de la voluntad popular, de las que se derivada el genuino “interés nacional”: “Sólo la participación popular, sin trampas, garantiza el progreso del país y una economía al servicio del pueblo y de la Nación”.[16]

El PSP no parecía, a primera vista, replicar ninguna concepción esencialista del “ser nacional”, aunque se lo imputaba, quizá no de manera mecánica, a la voluntad de las mayorías populares expresada a través del voto:

Porque quiero hacer una diferencia: nosotros vamos, no con el nacionalismo, sino con lo nacional vinculado a lo social, porque lo nacional sin lo social es nacionalismo abstracto y lo usa la reacción. Nosotros vamos en otra dirección: combinamos lo nacional con lo social.[17]

Complementariamente a esto, apelaba a una simbología que alimentaba esa inscripción. En todos sus actos partidarios privilegiaba las insignias patrias a cualquier símbolo de raíz socialista: la bandera argentina fue incorporada en el tradicional escudo socialista y el “celeste y blanco” era predominante en las decoraciones e indumentarias. Asimismo, la marcha del PSP expresaba en su estrofa final:

Socialista es el joven,

Es el pueblo trabajador

Tener la celeste y blanca
  Flameando en el corazón.[18]

Esa impronta se reflejaba también en la importancia que le daba el partido a la conmemoración de las fechas patrias. Esas efemérides eran celebradas y evocadas tanto en documentos como en La Vanguardia Popular y servían de excusa para celebrar eventos amplios y convocantes:

Este pensamiento distinguiría al PSP que, año tras año, inició la convocatoria a locros multitudinarios para reunir a los argentinos en torno a la conmemoración de las fechas patrias y que simbolizara en el abrazo de los gauchitos con la bandera argentina para las salutaciones de fin de año, su anhelo de unidad nacional.[19]

A todo eso se le sumaba la recomendación de la lectura iniciática de “El Tamborcito de Tacuarí”, una leyenda basada en un niño tamborilero, héroe mítico de las guerras de independencia. También había una política extendida, informalmente sancionada, que instaba a sus militantes, so pretexto antiimperialista, a no consumir productos foráneos de ningún tipo. Las fuertes restricciones al respecto se complementaban con una intensa prédica de disciplina interna que también tenía injerencia en aspectos íntimos de la vida de los militantes y dirigentes de la organización.

Tradición reformista

La “tradición reformista” puede ser interpretada al menos en dos sentidos diferentes en la configuración identitaria del socialismo popular. En primer lugar, refiere a una tendencia dentro del campo del socialismo internacional proclive al gradualismo y crítica de la alternativa de acción insurreccional. En segundo término, retrotrae a la tradición reformista universitaria argentina, un movimiento que ganó visibilidad a principios del siglo XX y que se convirtió, a través de diversas y heterogéneas organizaciones políticas, en una corriente central en el devenir de la política universitaria, incluso hasta nuestros días.

En términos concretos, el reformismo representaba un programa político que, sin desechar los objetivos maximalistas, optaba por participar de las instituciones e impulsar desde allí diferentes medidas que apuntaran a mejorar la vida de la clase trabajadora. En el caso del PSP argentino, el reformismo se expresaba en una defensa irrestricta de los procedimientos democráticos y en una recurrente invocación a la participación ciudadana como forma óptima de conquistar una sociedad más igualitaria. La convicción democrática se reflejaba tanto en la defensa de los gobiernos electos como en el repudio explícito a las incursiones golpistas o a la acción política por la vía armada. Esto se puede corroborar a través de distintos documentos que atestiguan la oposición del socialismo popular al gobierno autoritario de la “Revolución Argentina” y, tiempo más tarde, su inflexible defensa del tercer gobierno peronista y su condena al golpe de Estado de 1976. A modo de ejemplo, la editorial de La Vanguardia Popular, de septiembre de 1974, destacaba:

El PSP reconoce el rol protagónico de las mayorías nacionales, señala lo positivo de la existencia de un gobierno electo por la voluntad popular, de un parlamento elegido por el pueblo, de la existencia de instituciones republicanas, […] por ello reitera que la violencia que en nuestro país impulsan los intereses extranjeros y propagan quienes no comprenden el rol protagónico de las mayorías nacionales […].[20]

La directa impugnación a la lucha armada era complementada con una propuesta que invocaba a las mayorías y que instaba a su participación. Ese rasgo típicamente reformista, que concebía la participación en el marco de las instituciones vigentes como un camino válido para redefinir sus límites, apareció en su primer programa político y se sostuvo como un rasgo distintivo del socialismo popular. En 1978, en un documento de circulación interna, Estévez Boero reafirmaba:

Pensamos que todos estos objetivos sólo pueden alcanzarse incrementando la participación popular, orgánica y democrática en todos los niveles de la actividad. Por ello trabajamos por incrementar la representatividad de las organizaciones populares posibilitando una mayor participación de sus integrantes en la agrupación sindical, en el sindicato, en la organización empresaria, en la agrupación universitaria […], etc.[21]

Esta visión no implicaba renunciar, al menos en los primeros años de vida del partido, al objetivo final del socialismo ni al auto-reconocimiento como una organización “revolucionaria”. En este sentido, no hay contradicción para los reformistas entre la reforma y la revolución, en tanto que los medios escogidos, asumidos como científicos e infalibles, no alteraban en nada los fines perseguidos. “Dentro de la visión del mundo [socialista] reforma y revolución no requieren una elección. Para que tenga lugar la “revolución social” […] es suficiente seguir el camino de las reformas” (Przeworski, 1988, p. 43).

La otra forma de concebir el reformismo tiene que ver con la tradición universitaria argentina, cuyo origen se remonta a 1918. En este caso, la inscripción del PSP era mucho más directa en función del origen universitario de la mayoría de sus dirigentes y su militancia en el MNR (Suárez, 2019). Ese antecedente en la política universitaria lo dotaba de una filiación clara, al mismo tiempo que había delimitado las coordenadas geográficas de su desarrollo político territorial, asociado estrechamente a las universidades del interior del país.

Desde sus orígenes, el reformismo universitario se concibió como una vanguardia político-intelectual –una “nueva generación”– con profunda vocación transformadora. Fue un movimiento con una explícita prédica antiimperialista, que articuló una red intelectual a escala continental con la participación de figuras de gran renombre. Asimismo, inspiró proyectos políticos de diversa envergadura y disímil éxito en todo el continente. La tradición reformista formó parte de la identidad política del socialismo popular a través de los tres carriles señalados: como un programa de acción específicamente universitario, como una tradición intelectual particular, y como un proyecto político en sentido estricto.

Durante largo tiempo, quizá hasta muy avanzada la década de 1970, el reformismo fue la corriente más contestataria y proactiva de la militancia política universitaria. Anudaba dentro de sí diferentes identidades político-ideológicas articuladas mediante el lenguaje común de la reforma, esta persistencia se explicaba en algún modo por los propios condicionantes –frenos y retrocesos– que sufrió el proyecto reformista durante la primera mitad del siglo XX. La agenda reformista pervivió en la medida en que se vio amenazada por sus adversarios, es decir, aquellos que atentaban contra la autonomía universitaria o el cogobierno.

En esa deriva, el MNR mantuvo su adscripción a sus símbolos y tópicos en un contexto en el que el reformismo, aún hegemónico, se vio atravesado por un inédito fraccionamiento, en clave partidaria, que complejizaba las relaciones políticas al interior de la institución. En esa fragmentación, tuvo una estrecha relación con los sectores que luego formarían la Franja Morada, con los que compartía una raíz ideológica común y una serie de coincidencias programáticas. El MNR representaba un reformismo radicalizado, afecto al entendimiento con el sindicalismo combativo, muy activo en los procesos de lucha contra los gobiernos autoritarios, y con un discurso repleto de fraseología marxista. Esto se refleja, por ejemplo, en un documento de la FUA –conducida por una coalición liderada por el MNR y la Franja Morada– de 1973:

Rendimos homenaje con esto a quienes, en 1918, plantearon una cultura popular, la unidad obrero-estudiantil y la lucha contra el imperialismo. Esta es la convocatoria que realiza la FUA el 15 de junio de 1973 a todos los estudiantes universitarios argentinos para aportar, con nuestro estudio, con nuestra lucha y nuestro trabajo, junto a las mayorías nacionales, a transitar el sendero de la liberación nacional.[22]

El reformismo en su doble acepción marcó al PSP. Esto es, tanto como táctica política general, distinguible de la revolucionaria, así como corriente ideológica de raíz universitaria. De hecho, la convivencia de ambos sentidos, que presta a la confusión y advierte cierta polisemia irresuelta, se constituyó en una clave de identificación y diferenciación para esta fuerza. Su adhesión al reformismo socialista lo distanciaba de las expresiones que se identificaban como revolucionarias stricto sensu –en particular, las que optaron por la vía armada, pero no exclusivamente–, aun cuando podían coincidir en su valoración sobre el reformismo universitario histórico. Por su parte, la inscripción en el reformismo universitario siguió siendo una bandera vital para el MNR y una referencia para el socialismo popular. Esta identificación lo diferenciaba ‒en el ámbito universitario pero también más allá‒ de las fuerzas de raíz peronista y católica, de enorme gravitación por aquellos años. La polisemia reformista fraguó para el PSP un marco de referencia fundamental y un eje de diferenciación política que, lejos de derivar en una contradicción entre ambas nociones, potenció su sentido para fijar ciertas alteridades decisivas.

Algunas notas finales: el PSP como identidad política

Las tradiciones socialista, nacionalista y el reformista se articularon de un modo específico en la configuración identitaria del socialismo popular y lo distinguieron de otras fuerzas de la “nueva izquierda. El PSP partía de un socialismo de raíz marxista, sin renunciar por ello a su adscripción a la tradición del socialismo argentino y mediado por una fuerte crítica de corte nacionalista. Ese socialismo nacionalista reconocía, a su vez, una raíz reformista que acentuaba los componentes democratizantes de la ideología y fijaba un tabique impermeable con respecto de las opciones políticas violentas. El antiimperialismo que signaba la ideología del PSP en sus orígenes emergía del vínculo entre socialismo y nacionalismo, pero era a la vez una herencia explícita de la tradición reformista universitaria argentina y latinoamericana. Por otra parte, el reformismo operaba como frontera nítida con las fuerzas políticas autodenominadas revolucionarias, en especial con aquellas que habían adoptado una estrategia insurreccional. Finalmente, el argumento nacionalista era radicalizado por su dirigencia para, por un lado, obviar cualquier disputa sobre la ortodoxia del marxismo y, por el otro, forjar una táctica política suscrita directamente a la interpretación de la realidad nacional.

El socialismo en clave nacionalista, y “desde el interior”, del PSP no lo llevó, como sí a la mayoría de las expresiones de la “izquierda nacional”, a articular estrechamente con el peronismo; por el contrario, mantuvo una posición de adhesión sin integración, apelando a una definición de lo nacional-popular más difusa y abarcativa. Esto fue en gran medida condicionado por su inscripción reformista que, dada la historia política universitaria, alejaba a estos sectores del peronismo en todas sus variantes. La tríada socialismo, nacionalismo y reformismo configuró al PSP como una fuerza heterodoxa en su inscripción doctrinaria, versátil en sus acuerdos políticos, pero irreductiblemente opuesta a las tácticas armadas y leal al sistema democrático.


  1. Así como Williams (2000) se refiere a las tradiciones como “selectivas”, en otro trabajo clave sobre el mismo tópico el historiador británico se refiere a las tradiciones como “invenciones”. En ambos casos no se trata de análisis que pretenden poner en entredicho la veracidad o no de las tradiciones, por el contrario buscan de alguna manera reflejar las formas en que la invocación al pasado habilita prácticas en cierto “presente” a través de un complejo proceso de legitimación. En Aboy Carlés (2001), la noción adquiere un sentido equivalente en tanto las tradiciones pueden ser adecuadas y delineadas a partir de necesidades actuales de los actores. Sobre el carácter indeterminado e “infinito” de las tradiciones y sus modulaciones, véase Melo (2019).
  2. Aboy Carlés planteó la idea de pensar las identidades como “manchas superpuestas”: “[…] las identidades no son cadenas regimentadas sino manchas superpuestas en las que lo que está en juego no es la articulación de un campo de elementos neutrales sino la disputa por subordinar momentos ya articulados en múltiples cadenas equivalenciales” (Aboy Carlés, 2010, p. 102).
  3. Como señala Reinhart Koselleck: “Una palabra puede adquirir univocidad del uso. Un concepto en cambio tiene que seguir siendo plurívoco para poder ser un concepto. […] Los conceptos son pues concentraciones de muchos contenidos de significación. […] Una palabra contiene posibilidades de significación, un concepto reúne plenitud de significaciones” (Koselleck, 1974, p. 21).
  4. Discurso de Guillermo Estévez Boero el 23 de abril de 1972, en “La huella de Palacios I”, PSP, 1972, disponible en: https://n9.cl/pda8.
  5. “Rectificar la práctica para construir el Partido de los Trabajadores”, PSP, 5 y 6 de abril de 1975, p. 1.
  6. “Rectificar la práctica para construir el Partido de los Trabajadores”, PSP, 5 y 6 de abril de 1975, p.1.
  7. “Rectificar la práctica para construir el Partido de los Trabajadores”, PSP, 5 y 6 de abril de 1975, p. 8.
  8. “Rectificar la práctica para construir el Partido de los Trabajadores”, PSP, 5 y 6 de abril de 1975, p. 8.
  9. “Rectificar la práctica para construir el Partido de los Trabajadores”, PSP, 5 y 6 de abril de 1975, p. 9.
  10. Testimonio de Héctor Cavallero, en Álvarez, Dalla-Corte Caballero y Prósperi (2011, p. 67).
  11. “Rectificar la práctica para construir el Partido de los Trabajadores”, PSP, 5 y 6 de abril de 1975, p. 7.
  12. “¿Qué es el Partido Socialista Popular?”, discurso de Guillermo Estévez Boero, PSP, 9 de julio de 1973, p. 8.
  13. “No retroceder”, La Vanguardia Popular, Nº 13.898, febrero de 1975, p. 1.
  14. Sobre este punto, véase la interpretación crítica del historiador revisionista Jorge Enea Spilimbergo (1969).
  15. “El Interior y la Liberación Nacional”, PSP, 1975, s/n.
  16. “Cuando el pueblo quiere, puede”, La Vanguardia Popular, s/n, mayo de 1980, p. 1.
  17. Testimonio de Juan Carlos Zabalza, en Álvarez, Dalla-Corte Caballero y Prósperi (2011, p. 209).
  18. La marcha completa está disponible en https://n9.cl/486p.
  19. Testimonio de Inés Bertero, en Álvarez, Dalla-Corte Caballero y Prósperi (2011, p. 41).
  20. “Siempre con el pueblo”, La Vanguardia Popular, Nº 13.896, septiembre de 1974, p. 1.
  21. Documento de Guillermo Estévez Boero (1977) en Álvarez, Dalla-Corte Caballero y Prósperi (2011, p. 251).
  22. “Trabajo voluntario de los estudiantes universitarios por la liberación nacional”, FUA, 15 de junio de 1973, s/n.


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