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El centralismo en el Partido Socialista

Apuntes sobre las dinámicas institucionales y las prácticas de los afiliados
del Centro Socialista de Bahía Blanca

Gonzalo Cabezas

Las investigaciones académicas sobre el Partido Socialista (en adelante, PS) de Argentina han experimentado un gran crecimiento en las últimas décadas. Una parte importante de esta producción incluye trabajos sobre el socialismo en el “interior”. Si bien estos responden a preocupaciones vinculadas con las diferentes realidades locales, resultaron útiles para resignificar al socialismo argentino y matizar una historia partidaria urbana y “capitalinocéntrica” (Ferreyra, 2015)­.

La mayoría de estas investigaciones constituyen estudios en escala provincial o local que, si bien iluminan realidades que complementan la imagen general sobre el PS, no ponen en cuestión las visiones instaladas sobre el socialismo a escala nacional. De hecho, autoras como Ferreyra y Martina analizaron cómo se viene estudiando el “socialismo en el interior” y destacaron que las preguntas comparativas con en cuanto a la capital, antes que reforzar la tendencia de carácter general, han buscado identificar el contraste o la excepción, que suelen ser interpretados en clave de mayor radicalidad o moderación del “interior” con respecto a su par “nacional”. Las autoras, en cambio, prefieren recuperar los planteos del microanálisis y de la historia regional que rescatan la posibilidad de pensar problemáticas generales desde los espacios locales, y en tal sentido remarcaron que los contrastes entre lo provincial y lo nacional se enriquecen porque los juegos de escalas no son solo confrontaciones analíticas entre diferentes contextos, sino articulaciones concretas entre actores ubicados en escenarios diversos (Ferreyra y Martina, 2017, pp. 37-38). Como señaló Sawicki (1997, p. 17), las dimensiones local y nacional de las realidades partidistas están inseparablemente articuladas, por lo que un partido no es ni una organización homogénea y jerarquizada ni la suma de sus manifestaciones en diferentes sitios.

Cabe, entonces, preguntarnos qué agenda de problemas abrieron las investigaciones microanalíticas sobre el socialismo argentino y qué ideas instaladas en la historiografía pusieron en cuestión. En tal sentido, destacamos los estudios que analizaron el funcionamiento de la organización y las prácticas concretas de los militantes, ya que permitieron problematizar temáticas como el alcance de la disciplina y de las prácticas políticas cívicas, elementos normalmente señalados en la caracterización del PS como partido “moderno”.[1] Siguiendo esta línea de estudios, en el presente trabajo pretendemos analizar la cuestión del centralismo partidario, otro componente recurrente en la mayoría de los trabajos sobre el tema.

Dividimos el capítulo en dos apartados. En el primero reconstruimos cómo se fue conformando y modificando la estructura organizacional del PS en las primeras décadas del siglo XX, y también abordamos las interpretaciones historiográficas que surgieron en torno al centralismo partidario y la autonomía de las agrupaciones de base. En la segunda parte analizamos, a partir del estudio del Centro Socialista de Bahía Blanca (CSBB), cómo eran las dinámicas institucionales y las prácticas de los afiliados en un Centro Socialista (CS), cómo eran sus relaciones con los organismos centrales del partido –es decir, el CE y las federaciones–[2] y qué tensiones se generaban frente a sus requerimientos.

La estructura del PS a comienzos del siglo XX y las interpretaciones historiográficas sobre el centralismo partidario

La estructura partidaria del PS se fue cristalizando en las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del XX, a medida que la institución se consolidaba. En 1895 se conformó un Comité Central que tenía entre sus propósitos el de promover y dirigir la acción del partido (Oddone, 1934, t. I pp. 230-231), estaba asentado en la Capital Federal y lo integraban tres delegados de cada agrupación socialista. De todas maneras, el lazo entre ellas aún era débil y las decisiones del comité no tenían carácter vinculante (Martínez Mazzola, 2008, pp. 72-73). Meses más tarde, fue reemplazado por el Comité Ejecutivo nacional (CE), cuyo número de miembros era menor (7 titulares y 3 suplentes) y ya no eran elegidos por cada agrupación sino por los delegados que estas enviaban a los congresos (Oddone, 1934, t. I p. 240).

Según los estatutos aprobados por el “congreso constituyente” de 1896, la acción del PS era dirigida por el voto general, el congreso, el CE y los comités provinciales o locales. Las funciones del CE eran organizar los congresos y los votos generales, ejecutar sus resoluciones, administrar los fondos del partido, hacer respetar el programa y los estatutos, dirigir la propaganda nacional y controlar la de las organizaciones locales, y establecer relaciones con partidos obreros de otros países. Por su parte, los comités provinciales y locales eran los encargados de organizar la propaganda y de dirigir la marcha del partido en sus respectivos campos de acción (Oddone, 1934, t. I pp. 272-274).

Esta estructura organizativa sufrió un cambio importante en el año 1900, cuando se creó un Consejo Nacional con una estructura federativa más horizontal, compuesta por un delegado de cada agrupación. Esta modificación fue un compromiso asumido para que reingresaran los “colectivistas”, que habían abandonado el partido en 1898 cuestionando la dirección autoritaria del CE, las limitaciones a la participación de los afiliados extranjeros y el énfasis en la acción política en desmedro de la organización gremial (Martínez Mazzola, 2008, p. 84). Además, en 1903 fue eliminado el CE y se creó una Junta Ejecutiva con funciones administrativas, electa por el Consejo.

Sin embargo, este organismo encontró dificultades para funcionar, sobre todo debido a que los delegados eran renovados continuamente por las agrupaciones, por lo que en 1904 se decidió disolverlo luego de un voto general (Poy, 2015b, p. 63), reinstalando al CE como la autoridad central permanente del PS.

En suma, las resoluciones en torno a la autoridad central del PS dan cuenta de una disputa interna sobre el carácter que se buscaba dar a la estructura partidaria. Mientras que el Consejo Nacional expresaba una concepción más horizontal en tanto estaba compuesto por un delegado de cada Centro elegido por el voto directo en las asambleas, el CE respondía a una idea más centralizada del partido, ya que contaba con un número reducido de miembros que eran elegidos a través de un sistema indirecto, votados por los delegados que las agrupaciones enviaban a los congresos.

El establecimiento definitivo del CE como el organismo central nacional en 1904 constituyó un triunfo del grupo dirigente nucleado en torno a Juan B. Justo (que había apoyado su creación en 1896 y su reincorporación a la estructura partidaria en 1903, en desmedro del Consejo Nacional) y marcó una clausura parcial del debate “acerca de las características organizativas que tendría el partido: el de una federación de agrupaciones independientes o el de una organización cada vez más centralizada” (Poy, 2015b, p. 62). De hecho, autores como Portantiero han señalado que para 1912 el PS era “un partido popular poderoso, ideológicamente firme y centralizadamente organizado” (Portantiero, 1999, p. 44).

Por otra parte, la estructura organizativa provincial siguió un derrotero similar. Si bien los estatutos de 1896 preveían la conformación de comités provinciales, el partido aún era embrionario fuera del espacio capitalino, por lo que las federaciones comenzaron a surgir recién a comienzos del siglo XX, de la mano del incremento en la cantidad de Centros.

La primera en constituirse fue la bonaerense en 1902, que estaba conformada por un representante de cada agrupación y era la encargada de “Centralizar y dirigir la acción política en las elecciones generales” (Oddone, 1934, t. II pp. 250-251). Sin embargo, la amplitud geográfica de la provincia dificultaba la asistencia de los delegados a las reuniones, por lo que la existencia de este organismo fue breve. Su reorganización se dio en el año 1910, y si bien fue incorporando de manera paulatina a representantes de distintos espacios de la provincia,[3] una vez más encontró dificultades para funcionar debido al tiempo y al costo de traslado que demandaba a los delegados. Para resolver este problema, a fines de 1912 el comité resolvió cambiar el sistema directivo al de una Junta Ejecutiva (JE) compuesta por 5 miembros nombrados por el Consejo Federal.[4]

Esta configuración organizativa fue presentada formalmente en el proyecto de estatutos que la JE propuso al congreso provincial de 1913, y fue defendida por Adolfo Dickmann, quien manifestó que el sistema de comités ejecutivos también había sido adoptado por los partidos socialistas de Alemania, Holanda, Dinamarca, Austria, Italia, España y Bélgica, dado que permitían superar las dificultades geográficas de los delegados para reunirse. En cambio, el proyecto de la minoría –sostenido por el delegado del CS La Plata, Alfredo Torcelli, quien también había avalado la estructura del Consejo Nacional en 1903 (Poy, 2015b, p. 63)– iba en contra de los comités ejecutivos nacionales y provinciales, y apoyaba la existencia de un Consejo Federal conformado por representantes de seis comités seccionales que respondieran a las necesidades de cada sección electoral.[5]

Finalmente, el congreso aprobó el proyecto de la mayoría por 1007 votos contra 324 de la minoría. Los nuevos estatutos otorgaban amplias facultades ejecutivas a la JE, ya que se le encargaba la dirección general del partido en la provincia, la ejecución de las resoluciones de congresos, la dirección y fiscalización de la propaganda y de las campañas electorales, y la convocatoria y presidencia de las convenciones para elegir candidatos, entre otras.[6]

En síntesis, tanto en el ámbito nacional como en el bonaerense existió una disputa entre dos proyectos de estructura organizativa, cada uno de ellos asociados a un sistema de votación para elegir a los miembros de los cuerpos directivos. Por un lado, un proyecto de corte federativo, representado por el Consejo Nacional y el Consejo Federal de la provincia, compuestos por un delegado de cada agrupación que era proclamado por el voto directo de los afiliados en las asambleas. Por otro, un proyecto más centralizado, encarnado en el CE y la JE de la federación, integrados por un número reducido de miembros que eran seleccionados mediante un sistema indirecto, ya que eran votados por los delegados que los Centros enviaban a los congresos nacionales y provinciales.[7]

En una primera etapa en la que el número de agrupaciones existentes era relativamente escaso, los organismos directivos nacionales y provinciales fueron más federativos pero encontraron dificultades para funcionar debido a que sus reuniones demandaban tiempo y dinero de los delegados que debían trasladarse. Este problema se hizo más evidente con el propio crecimiento del partido, y aunque el Consejo Nacional y el Federal intentaron superarlo nombrando Juntas Ejecutivas, en ambos casos se pasó de una estructura federativa a una centralizada y de un sistema de voto directo a uno indirecto. El reducido número de miembros del CE y de la JE de la federación facilitaba que realizaran reuniones de manera periódica, pero ello también significaba que concentraban las decisiones cotidianas sobre la marcha del partido. Además, la elección de los organismos centrales pasó a ser decisión de los delegados a los congresos nacionales y provinciales, lo que en general se tradujo en la elección de un pequeño grupo de dirigentes, que solían ser los de mayor visibilidad, tales como los candidatos a puestos electivos, los líderes gremiales o los que integraban el cuerpo redactor de LV.[8]

Ahora bien, aunque haya consenso en torno a la idea de que la estructura organizativa que finalmente adoptó el PS en las primeras décadas del siglo XX era de carácter centralizado, ello no significa necesariamente que su funcionamiento efectivo fuera centralista (lo que se vería expresado en el grado de poder concreto de los organismos directivos sobre sus agrupaciones subordinadas). Por ello, cabe establecer la distinción entre la organización formal del partido pautada por los estatutos y las dinámicas institucionales cotidianas marcadas tanto por las relaciones entre los distintos organismos de la estructura (CE nacional, federaciones provinciales y CS locales) como por las prácticas de los afiliados.

Señalamos esta distinción porque la mayoría de las interpretaciones historiográficas en torno al centralismo se ocuparon más de los elementos formales que del funcionamiento real. Entre ellas, se destacan dos hipótesis. Por un lado, Walter indicó que el CE conducía los asuntos cotidianos del partido y que se convirtió en la unidad administrativa más poderosa de la estructura organizacional (Walter, 1977, p. 26), ya que tenía a su cargo tareas como organizar el funcionamiento de congresos y/o votos generales e instrumentar sus decisiones, administrar los fondos, dirigir la propaganda, garantizar el respeto de los afiliados a los estatutos y al programa, y establecer relaciones con partidos y organizaciones afines en otros países. En un sentido similar, Berenzstein manifestó que el CE era el órgano de mayor poder y la principal autoridad del partido, ya que concentraba una gran cantidad de recursos y tenía amplias atribuciones ejecutivas “que implicaban en la práctica un manejo discrecional de los asuntos partidarios” (Berenzstein, 1991, p. 15). De todas maneras, si bien ambos autores hicieron hincapié en que el CE era el órgano más poderoso del PS, también señalaron que la estructura federalizada del partido respetaba las autonomías locales.

La otra hipótesis fuerte en torno al centralismo podemos rastrearla en un trabajo de Jeremy Adelman publicado en la difundida colección de la Nueva Historia Argentina, en el que afirmó que el PS “prefería una estrecha centralización a cargo del Comité Ejecutivo”, ya que los locales regionales eran fundados por delegados capitalinos y debían ser aprobados por la dirigencia central, lo que “dejaba poco espacio para la organización espontánea desde abajo o para plantear programas partidarios regionales que tuvieran en cuenta los temas o intereses locales específicos” (Adelman, 2000, pp. 283-284).

Así, las interpretaciones sobre el tema transitaron dos vías: una que planteó que la estructura organizativa favorecía las tendencias al centralismo pero ello no opacaba la importancia de la militancia de base en la actividad partidaria;[9] y otra que consideró que el funcionamiento efectivo era centralista, en desmedro de la autonomía de los Centros que estarían subordinados al CE y a las federaciones.[10]El contraste entre estas lecturas nos plantea una serie de preguntas. ¿Cómo era el funcionamiento efectivo del partido en sus distintas instancias? ¿Qué tipo de relaciones mantenían el CE, las federaciones y los CS? ¿Qué tensiones surgían entre ellos? ¿En qué sentido/s los Centros estarían subordinados a los organismos directivos? ¿Qué injerencia tenían estos en cuestiones cotidianas de las agrupaciones? En el siguiente apartado pretendemos abordar estas cuestiones a partir de nuestra investigación sobre el CSBB en las primeras décadas del siglo XX.

Dinámicas institucionales del CSBB y prácticas de los afiliados

Como señalamos en el bloque anterior, las características de los organismos nacionales y provinciales fueron definidas en los distintos congresos partidarios. En cambio, las reglas de funcionamiento de los Centros las decidían los afiliados en asamblea y las transcribían en la carta orgánica correspondiente. De todas maneras, esto no significaba que su autonomía era total, ya que los estatutos los obligaban a adherirse al partido, velar por su “buena administración” y respetar el reglamento (Oddone, 1934, t. I, pp. 276-277).

Como señaló Barrancos, el PS estaba caracterizado por un “espíritu censor” que buscaba conferir normas de procedimiento que permitiesen una buena gestión de los órganos de la institución (1991, pp. 96-97). Este interés respondía no solo a razones administrativas sino también políticas, ya que apuntaba a llevar cierto control de las actividades y resoluciones de los CS. En este sentido, los organismos directivos llevaron a cabo distintos intentos por difundir los procederes que a su criterio hacían al correcto funcionamiento administrativo del partido, en especial a partir del crecimiento que sufrió luego de la reforma electoral de 1912.[11] Algunas de las iniciativas más importantes fueron la elaboración de modelos de cartas orgánicas y la difusión de circulares con instrucciones a los Centros y las Comisiones Administrativas.

La resolución de imprimir un modelo de carta orgánica fue tomada por el CE a fines de 1912,[12] para “facilitar la tarea de constituir nuevos Centros, principalmente en el interior –donde las prácticas societarias no están difundidas– […] para que su marcha sea ordenada”.[13] Con base en el reglamento del Centro Socialista Obrero (1909), se incluyeron leves modificaciones que dieron origen a un folleto titulado “Cómo se organiza y dirige un Centro Socialista” (PS, 1913), que incluía los trabajos preliminares para constituir una agrupación, un modelo de carta orgánica y de reglas de asamblea, indicaciones sobre los libros a utilizar (copiadores de cartas, actas, caja, cotizaciones, bibliorato, estadística) y sugerencias para llevar adelante la propaganda. Estos reglamentos eran debatidos por las asambleas de los CS, que definían si los aceptaban con o sin modificaciones.[14]

El modelo de carta orgánica no fue publicado en los años siguientes, por lo que algunas agrupaciones solicitaban las de otras cercanas.[15] Ahora bien, en tanto estos documentos pautaban el funcionamiento de los Centros, constituían un mecanismo de control para los organismos directivos.[16] Por ello, una vez apaciguado el conflicto “internacionalista”[17] el CE proyectó un modelo de carta orgánica uniforme, idea que fue aprobada en el congreso ordinario de 1918.[18]

En este punto, cabe preguntarnos cómo era el funcionamiento efectivo de los Centros (más allá de lo que establecieran las cartas orgánicas) y si surgían tensiones con los organismos centrales en torno al cumplimiento de las normas estatutarias.

La marcha de los CS no se comprende si no se destaca el papel de las asambleas, que constituían uno de los actos fundamentales de la vida partidaria. Si bien las cartas orgánicas difundidas por el CE establecían que debía celebrarse al menos una asamblea por mes, su frecuencia respondía más bien a la actividad de cada Centro.[19] En estas reuniones las agrupaciones de base decidían por mayoría de votos todas las cuestiones de su interés, tales como la elección de las comisiones (administrativa, electoral, de prensa, 1 de mayo, etc.), la organización de veladas y conferencias, el nombramiento de candidatos a puestos electivos municipales y la pronunciación de declaraciones sobre la realidad contemporánea.

En tal sentido, las asambleas constituían espacios de construcción de poder en los que Centros y afiliados procuraban definir su posición en el entramado político regional, provincial y nacional. Estas tomas de postura cobraban especial relieve en el marco de los conflictos internos que sufrió la institución, momento en que las agrupaciones se definían frente a las medidas implementadas por los organismos centrales y lo comunicaban al resto a través de circulares, de LV o del Boletín del PS. Este accionar era parte de la vida democrática del partido y se toleraba incluso si las resoluciones de las asambleas rechazaban las del CE o de las federaciones. Sin embargo, frente a un inminente cisma los cuerpos directivos solían enviar delegados a los CS disidentes para que controlaran su actividad, pudiendo intervenirlos y disolverlos si lo creían necesario.

Por otra parte, los Centros también implementaban medidas para escapar al control de las instancias partidarias superiores. Un ejemplo claro podemos encontrarlo en el caso de las cotizaciones. Tanto el CE como las federaciones exigían una parte de la cuota mensual que los afiliados abonaban a su respectivo CS (un 10% y un 5% respectivamente), pero numerosos adherentes encontraban dificultades para pagar, por lo que las agrupaciones también entraban en situación de morosidad. Ante esta situación, los organismos centrales intimaban a los Centros antes de los congresos nacionales y provinciales, que no podrían participar en los mismos si no se encontraban al día. Por su parte, los CS utilizaban su funcionamiento autónomo y los intersticios normativos de los estatutos para sortear estas situaciones. Así, podemos destacar medidas como abonar los meses adeudados por un número de miembros menor al real,[20] y la readmisión ex-afiliados morosos sin cobrarles la multa correspondiente, decisión apoyada por un adherente que expresó que el “CE tendrá sus prácticas y el centro puede tener las suyas”.[21]

El uso de los márgenes de autonomía por parte de los Centros en torno a las cotizaciones no respondía solo a factores económicos sino también políticos, ya que la cantidad de votos que cada agrupación tenía en los congresos dependía del número de afiliados cotizantes. Según el CE, algunos CS “procurando pesar con los votos de afiliados […] que adeudan meses y años”, los hacían figurar como enfermos o desempleados (lo que los eximía del pago) hasta los 3 meses previos al congreso, cuando comenzaban a figurar como cotizantes para así sumar más votos.[22] Por su parte, frente a este tipo de prácticas (que eran más frecuentes en contextos de conflicto interno) el CE llamaba la atención por “la desorganización administrativa de muchos centros […] [y la] despreocupación por parte de los afiliados, y especialmente de los miembros de las comisiones administrativas”, considerando que el PS exigía “para ser consecuente con sus propósitos e ideas destacarse por el perfecto funcionamiento interno de los órganos que la conforman”.[23]

La comisión administrativa (CA) era uno de los principales órganos internos de los Centros, y estaba conformada por un secretario general, uno de actas, un tesorero y dos o cuatro vocales.[24] El secretario general era el principal representante del CS, ya que era el encargado de elaborar informes de la marcha de la agrupación, de recibir y redactar la correspondencia, y de leer en cada asamblea la documentación a discutir. Si bien el CE aconsejaba que las cartas debían dirigirse y alojarse en la sede social de cada Centro, reconocía que algunos secretarios la recibían en sus domicilios particulares y que incluso habían “retenido indebidamente cartas, carnets, etc.” por disidencias con otros afiliados.[25] El CSBB no constituyó la excepción, ya que en algunas ocasiones la correspondencia que se debía leer en la asamblea no pudo ser tratada porque el secretario general de turno la había olvidado en su domicilio.[26]

Por otra parte, el secretario de actas era el encargado de registrar lo debatido en asambleas y reuniones de la CA, de leer dichos documentos para aprobarlos o rectificarlos, y de tomar nota de las distintas votaciones. Por último, el tesorero estaba a cargo del movimiento financiero de la agrupación, lo que incluía el cobro de la cuota a los afiliados, el pago de las cotizaciones, la elaboración de balances y el abono de los gastos mensuales del Centro.

Las cartas orgánicas difundidas por el CE demandaban que la CA llevara a cabo las tareas asignadas al menos una vez por mes, en concordancia con el número mínimo de asambleas establecido. Sin embargo, estas obligaciones quedaban sujetas a la disponibilidad de los miembros, ya que los cargos eran ad honorem y los afiliados también tenían otras obligaciones (laborales, familiares, etc.) que no siempre les permitían ejecutar las tareas en los plazos requeridos. Ante esta situación, el CE recalcaba que las circulares

tienen el objeto de fijar normas de conducta y de administración para facilitar la marcha regular y seria del Partido y las relaciones claras y armónicas de los Centros con el Comité Ejecutivo. Es así como el Comité dirige al partido, administrativamente. Por eso es indispensable que LAS CIRCULARES SE CONSERVEN EN CADA CENTRO Y SE OBSERVEN SUS INSTRUCCIONES.[27] [Destacado en el original]

De todas maneras, a pesar de este tipo de requerimientos las agrupaciones eran las que pautaban su propio ritmo de funcionamiento sin que ello significara la sanción de los organismos centrales. De hecho, según un secretario general del CSBB, era “casi imposible mandar todas las resoluciones enseguida como lo requiere el Cté Ejvo”.[28]

Por último, otro aspecto de la vida partidaria en que se observa cierto margen de autonomía es la organización de la propaganda. Como señalamos en otros trabajos (Cabezas, 2017a), si bien los estatutos conferían la dirección de estas actividades al CE y a las federaciones, estos no conseguían oradores suficientes para satisfacer todos los pedidos, por lo que los Centros y los dirigentes de cada zona quedaban a cargo de las conferencias regionales. Además, incluso en los casos en que se contara con oradores parlamentarios designados, los CS eran indispensables para organizar las actividades, ya que eran los encargados de alquilar los salones o teatros, planificar los actos, pegar los carteles, etc. Asimismo, los principales conferencistas locales normalmente acompañaban a los legisladores en sus itinerarios, hecho que podemos interpretar como una señal de que conocían y, hasta cierto punto, manejaban el circuito político regional, dado que eran quienes habían tejido las redes sociales y políticas con los militantes de la zona, a través de medios como el intercambio de cartas, la realización de conferencias y la fundación de Centros.

Reflexiones finales. Repensar la díada centralismo/autonomía  

A lo largo del presente trabajo hemos analizado cómo se fue conformando y modificando la estructura organizacional del PS en las primeras décadas del siglo XX, qué interpretaciones historiográficas surgieron en torno al centralismo partidario y a la autonomía de los Centros, cómo era la vida partidaria en los CS y qué relaciones mantenían con los organismos centrales.

Tanto en el ámbito nacional como en el bonaerense, existió una disputa entre dos proyectos de estructura organizativa: uno más horizontal, integrado por un delegado de cada Centro o sección electoral, y uno más centralizado, representado por organismos directivos (el CE y la JE) compuestos por un número reducido de miembros, electos por los congresos partidarios. En ambos casos se impuso el esquema centralizado, lo que condujo a dos interpretaciones historiográficas: una que planteó que la estructura organizativa favorecía las tendencias al centralismo, pero ello no opacaba la importancia de la militancia de base en la actividad partidaria, y otra que consideró que el funcionamiento efectivo era centralista e iba en desmedro de la autonomía de los Centros, que estarían subordinados al CE y a las federaciones.

Dichas lecturas se basaron más en el análisis de los elementos formales que en el funcionamiento efectivo del PS en sus distintas instancias. Por esta razón, es que nos abocamos al estudio de las dinámicas institucionales, las prácticas de los afiliados y las tensiones que surgían entre las agrupaciones de base y los organismos directivos, cuestiones fundamentales para echar luz sobre el centralismo partidario y la autonomía de los Centros.

Pudimos observar que si bien los CS estaban subordinados al CE y a la FSB en algunos aspectos formales y económicos –ya que los organismos centrales aprobaban el ingreso al partido, las cartas orgánicas, y percibían las cotizaciones–, utilizaban su funcionamiento autónomo y los intersticios normativos de los estatutos para resolver las cuestiones cotidianas de la vida partidaria de acuerdo con sus propios ritmos y pareceres, más allá de las exigencias de los cuerpos directivos.

Los márgenes de autonomía de los Centros también se observan si prestamos atención a importantes actividades partidarias como la organización de la propaganda, que era fruto de la colaboración de esfuerzos entre las distintas instancias antes que producto exclusivo de las decisiones de la cúpula partidaria. Si bien los estatutos conferían al CE y a las federaciones provinciales la dirección de la propaganda, los CS y los dirigentes de cada zona ayudaban a nivel local y regional, encargándose de las tareas necesarias para concretar dichos actos y acompañando a los oradores en sus itinerarios, lo que da cuenta de cierto manejo y conocimiento del circuito político regional, producto del tejido de las redes sociales y políticas con los militantes de la zona.

En suma, aunque la estructura del partido fuera centralizada, el estudio de las dinámicas institucionales y de las prácticas de los afiliados a través del juego de escalas y del abordaje microanalítico abren un interesante y fructífero camino de investigación para repensar una problemática general como el tópico centralismo/autonomía, útil para redimensionar la importancia del socialismo en el “interior” pero también para repensar los partidos políticos a escala “nacional” en general y el PS en particular.


  1. Destacamos las que han establecido de manera más explícita la vinculación entre la escala micro y la problemática general abordada. En primer lugar, Da Orden (1994) analizó el perfil del PS marplatense, las características de sus dirigentes y sus vinculaciones personales, llegando a la conclusión de que la utilización de este tipo de relaciones está en la base del hacer político, antes que constituir un rasgo característico de las agrupaciones denominadas “tradicionales” (personalistas, faccionalistas y clientelares) que estaría ausente en las concebidas como “modernas” (asociadas a prácticas racionales, burocráticas e ideológicas). Luego, Bisso (2007) señaló la existencia de tensiones entre la figura del militante y la del jugador, ya que entre las prácticas de ocio de la izquierda antifascista del interior bonaerense podían encontrarse actividades que eran consideradas un pasatiempo frívolo y superfluo (como el fútbol) o una conducta inmoral (como las apuestas). Por su parte, Pérez Branda (2011) destacó la existencia de prácticas mezquinas, faccionalistas y aprogramáticas (alejadas de la disciplina que caracterizaría a los socialistas) entre los referentes barriales porteños que disputaban los Centros en el conflicto que dio origen al Partido Socialista Independiente. Por último, Ferreyra (2012) evidenció el fortalecimiento de la inserción territorial socialista gracias al intercambio de bienes y servicios con asociaciones intermedias mediante militantes que participaban en su dirección, prácticas que a otras fuerzas políticas le habían valido el calificativo de “clientelares”.
  2. Citamos dos ejemplos del uso del término “organismo central” por parte de los socialistas. Por un lado, en 1912 Antonio de Tomaso señaló que en la provincia de Buenos Aires era “indispensable que un organismo central coordine en sus líneas principales el esfuerzo mutuo”. Por otro, hacia 1926, cuando LV informó que había comenzado el voto general para modificar el sistema de elección del CE, tituló la nota “La elección directa de los organismos centrales del PS”. La Vanguardia (LV) 3/10/1912, p. 1; y 21/4/1926, p. 1.
  3. En un principio, el comité estuvo integrado por delegados de Avellaneda, Junín, La Plata, Lomas de Zamora, Morón, Mar del Plata, Quilmes y San Nicolás (Oddone, 1934, t. II p. 252). Durante 1911 y 1912 se incorporaron representantes de Azul, Bernal, Bahía Blanca, Bragado, Campana, Lanús, Lincoln, Pergamino, San Pedro, Tandil y Tres Arroyos. LV 10/6/1912, p. 2; y 9/10/1912, p. 1.
  4. LV 16/12/1912, p. 2; y 15/8/1913, p. 2.
  5. LV 17/8/1913, p. 2.
  6. LV 18/8/1913, p. 3.
  7. El voto directo para elegir a los miembros del CE y de la JE de la federación bonaerense se implementó en 1926 y 1927, respectivamente. LV 25/8/1926, p. 1; y El Sol 28/2/1927, p. 1.
  8. Como señaló Poy (2015b, p. 58), entre 1896 y 1908 integraron el CE un total de 56 militantes, 15 de los cuales lo hicieron durante más de 24 meses, por lo general no en forma continua sino con distintos intervalos. Entre los últimos, 7 eran de extracción obrera y 7 de origen profesional o intelectual.
  9. Un claro ejemplo podemos encontrarlo en el trabajo de Dora Barrancos, en el que se señala que el PS “de los años ‘20 realizó un vasto movimiento descentralizador para tornar más eficiente su penetración en los nuevos barrios […] a través de un buen número de locales en donde se concentraba la militancia barrial” (1991, p. 94).
  10. En esta línea podemos ubicar a Gerardo Scherlis, quien manifestó que luego de 1912 la expansión socialista hacia el interior tendría “en forma predominante características de un desarrollo por penetración”, a través de dirigentes porteños enviados por el CE que alentaron el surgimiento de Centros, “todos ellos subordinados y dependientes de la conducción política centralizada en la Capital” (2003, p. 25).
  11. En enero de 1912 el PS contaba con 30 agrupaciones y para noviembre su número se había duplicado. LV 14/1/1912, p. 1 y PS (1912, p. 5).
  12. LV 20/12/1912, p. 2.
  13. LV 24/5/1914, p. 3.
  14. Por ejemplo, la carta orgánica del CS Pergamino de 1913 (Spalding, 1970, pp. 283-285) incluía varias reformas que establecían obligaciones como la asistencia a las asambleas o la comunicación de los cambios de domicilio, y distinciones entre afiliados con derecho a voz y a voto en función de la antigüedad.
  15. En 1915 y en 1919, los CS de Olavarría y Coronel Suárez solicitaron al CSBB un ejemplar de su carta orgánica. Carta del CS Olavarría, 12/10/1915, y del CS Coronel Suárez, 30/1/1919.
  16. Por ejemplo, incluyendo artículos que establecieran la obligatoriedad de anunciar el orden del día de las asambleas en LV y de que las mociones presentadas por los afiliados estuvieran escritas y firmadas.
  17. Al respecto, remitimos a Corbière (1984) y Campione (2005).
  18. LV 3/6/1918, p. 4, y 16/9/1918, p. 4. El CE aprobó el modelo definitivo en febrero de 1919. Luego se fueron estableciendo modificaciones de acuerdo a los aspectos que se considerara necesario reglamentar. Circular n° 14 del CE, 13/4/1919, y Boletín del Partido Socialista n° 50, enero de 1920.
  19. Entre 1916 y 1926, el CSBB celebró en promedio 2 asambleas por mes. Al discutirse los informes de la CA o las proposiciones a los congresos, llegaron a realizarse hasta 5 reuniones mensuales.
  20. Por ejemplo, en diciembre de 1912, el CSBB resolvió pagar a la FSB 14 meses por 10 adherentes y los dos últimos por 19 (número efectivo de afiliados). Carta a la FSB, 12/12/1912.
  21. Libro de Actas Asambleas Generales (LAAG) 17/4/1918. También ver Cabezas (2014).
  22. Carta del CE, 20/1/1921.
  23. Carta del CE, 20/1/1921.
  24. El modelo de carta orgánica de 1913 establecía una CA de 5 miembros con 2 vocales, y la carta uniforme de 1920 una de 7 con 4 vocales. La del CSBB estuvo compuesta por 7 individuos al menos desde 1912. LV 16/6/1912, p. 2 y Boletín del Partido Socialista n° 50, enero de 1920.
  25. Carta del CE, 9/6/1915.
  26. Libro de Actas CA (LACA) 18/5/1915, 9/7/1916 y 22/7/1916. En 1915 el secretario era Emilio Bournaud y en 1916 Francisco Lódolo.
  27. Circular n° 13 del CE, 25/9/1916.
  28. LAAG 11/10/1916.


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