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Un socialista de Luján recuerda…

Reflexiones sobre memoria, cotidianeidad y política a partir del Anecdotario Lujanero de Francisco J. Pasini

Andrés Bisso

En ocasiones, las menciones de tenor bibliográfico centran su poder de convocatoria en la relevancia presupuesta del libro sobre el que van a reflexionar. Así, un buen “gancho” podría ser una relectura del Anti Edipo, del Capital, del Quijote o de Las palabras y las cosas.

El libro sobre el que me voy a referir no es precisamente de los que pareciera cumplir con ese requisito. No tanto por su autor, que aunque no es ni Deleuze, ni Marx, ni Cervantes, ni Foucault; sin embargo, logró el reconocimiento suficiente como para ser secretario general del Partido Socialista Democrático (PSD), candidato a gobernador en 1987, y por haberle sido dado –post mortem– su nombre al actual local del Centro Socialista “Francisco José Pasini” y a uno de los salones de la Biblioteca “Jean Jaurès” de su localidad; sino sobre todo por su título: Anecdotario Lujanero (Pasini, 1977). Si a un marxista ortodoxo podía ya sonarle mal lo de los “ensayos de interpretación” de Mariátegui, por su difuso carácter de especificidad,[1] ¿qué decir de este “anecdotario”? ¿Cómo poder entender el socialismo, esa doctrina que –en palabras de Ángel Giménez– no podía desarrollarse más que sobre “la base de una clase trabajadora consciente y educada, en sus derechos y deberes y no sobre masas ignaras” (citado en Guiamet, 2017, p. 30), a partir de anécdotas de pueblo? Anecdotario, y encima lujanero, ¿qué menor entidad que esta podrían presuponer este par de palabras asociadas? Un mero amontonar de recuerdos no sistemáticos producido por parte de un dirigente local del socialismo, destinado a entretener a sus paisanos.

Creemos, no obstante, para la historia lo mismo que creía Adorno sobre la filosofía, usando como metáfora la pintura, cuando nos precavía sobre esa presunción “que imagina que la dignidad de una obra y la celebridad que adquiere depende de la dignidad de los objetos representados; un cuadro de la batalla de Leipzig valdría más que una silla en perspectiva caballera” (Adorno, 2003, p. 131).

En efecto, el problema de las menudencias es que precisamente se entienden –como ya había dicho Sebreli en su libro sobre Mar del Plata, escrito hace un poco menos de medio siglo– “como si la reflexión sobre un fenómeno frívolo deba ser necesariamente una frivolidad, como si la frivolidad no se agotara simplemente en manifestarse y se tomara alguna vez el trabajo de reflexionar sobre sí misma” (Sebreli, 1970, p. 12). El autor descubre que hay algo más que frivolidad en la frivolidad. Sin embargo, al leer, precisamente, Mar del Plata. El ocio represivo queda demostrada a las claras una intencionalidad manifiesta de que esa reflexión produzca una mirada determinante y ciertamente unidireccional del sentido de esas prácticas más allá de lo que pareciera ser su multiplicidad de formas, al señalar los límites de reflexividad de la propia frivolidad. Las miles de formas lúdicas le sirven a Sebreli para demostrar la alienación del capitalismo, de manera cercana a la utilidad que le encontraron Dorfman y Mattelart (2002) al Pato Donald para obrar en ese mismo sentido.

Así, en la perspectiva de Sebreli, pareciera ser el intérprete (en este caso, Sebreli mismo) quien –casi con una varita mágica– dote de sentido a la frivolidad circundante, ya que al “agotarse en sí misma”, pareciera ser que residiera exclusivamente en las dotes del observante, la capacidad de volverla significante. De lo contrario, permanecería en la menudencia o la frivolidad, lo cual la dejaría de hacer relevante para el análisis de la realidad social.

¿Pero cómo –en ese proceso interpretativo– incorporar al lector en esa trama de significación, evitando presentarle, de manera unívoca, el sentido de las cosas ya dado sumariamente? Uno tendría que ser Jane Austen (según la pensaba Virginia Woolf), quien en sus pequeñas descripciones de la vida cotidiana nos “ofrece algo en apariencia insignificante, pero [que] está compuesto de algo que se expande en la mente del lector y dota con la forma de vida más perdurable escenas que son aparentemente triviales” (Woolf, 2009, p. 49).

A partir de allí, la cuestión son los márgenes de acción del ensayo sociológico y de la literatura, que parecieran no ser los mismos de la práctica historiográfica. A una cierta mirada de historiador o de antropólogo, que para el caso es lo mismo, pareciera desvelarlo en especial que la significancia de las acciones y sentidos no provengan solo del intérprete ni del lector, sino que se encuentre ya inserta en el horizonte de los diversos actores con los que hay que lidiar.

Quiero decir, cualquiera puede sostener que en un concurso de misses ecuatoriano, en un programa de Tinelli o en un partido de fútbol del “Federal A” está implícita la idea de nación y de patria, etc., pero hasta que esto no se hace visible a partir del entrecruzamiento de valores que le otorgan los mismos actores, esta relación no pasa de ser una mirada más o menos afortunada, según el caso, pero que difícilmente supere el estatuto metafórico. ¿Cómo enfrentar entonces esta tentación superestructuralizadora, sin tener por ello que resignarse a la vez a la mera idea descentrada, en la que no hay sentido más que el expresamente literal, estrategia usada muy fuertemente y con eficacia por la polémica, pero algo más ajena a la posibilidad de la comprensibilidad analítica? Pienso en las múltiplemente citadas frases como la de Borges acerca de que el fútbol son 22 personas corriendo alrededor de una pelota, o de otros autores, sobre la hostia como un redondelito de harina, o del beso como un mero intercambio de fluidos salivosos.

De esta manera, parecemos tironeados por dos fuerzas: la que intenta otorgarle un sentido, digamos “analítico”, a esas prácticas y la que busca devolver el que tenía, digamos “eficaz”, para los propios actores.

Así, bajo estas disyuntivas, nos encontramos con la necesidad de restaurar la relevancia de las reflexiones del militante y dirigente socialista Francisco José Pasini, en esas anécdotas lujaneras, en relación con nuestros saberes historiográficos acerca del socialismo bonaerense de entreguerras.

En ese sentido, primero que nada tenemos que pensar en las mediaciones más evidentes. Este libro, editado en 1977, con un prólogo de Américo Ghioldi, entonces embajador en Portugal, reúne recuerdos sobre Luján, escritos en forma de notas gráficas entre 1968 y 1976, para el diario local La Verdad, por un rememorador de entre 55 y 63 años, en el que se reactivan ciertas miradas propias de los socialistas no exentas de un posterior uso del pasado particularmente legitimador de la última dictadura. Por dar un ejemplo de esos usos, al hablar de los carnavales, Pasini no duda en decir:

No conviene imaginar que antiguamente aquellos juegos, muchas veces evocados con nostalgia y descriptos como dechados de cortesía y urbanidad, carecían de aspectos groseros, muchas veces brutales. Los bandos y decretos, dictados en distintas épocas para reglamentarlos, nos dicen con elocuencia que hubo desbordes y groserías que fue preciso contener. (Pasini, 1977, p. 183)

Estas frases son escritas solo dos meses después de la prohibición de dicha práctica por parte de la última dictadura militar.

Sin embargo, en otro recuerdo (publicado en 1969) titulado “Sin antifaz”, Pasini había relatado una anécdota vívida de esos carnavales, en la cual un personaje del pueblo que había pasado la noche de juerga carnavalesca, borracho se había acostado en un banco, se le había caído el antifaz y cuando a la mañana había pasado un amigo, saludándolo como “Bizcocho”, aquel pensándose todavía con el antifaz puesto le habría respondido “le erraste para la m[ierda]” (Pasini, 1977, p. 77). Pasini en sus memorias usa solo la letra m seguida de puntos suspensivos para no nombrar la escatológica palabra, pero de cualquier manera, se recuperan ya desde este contrapunto las propias contradicciones que –incluso nosotros hemos podido rastrear en las fuentes, en diversos trabajos– podía llegar a tener un socialista lujanero, doctrinariamente apegado a oponerse a esta práctica, pero que no podía sustraerse de la popularidad de las bromas y sentidos que generaba la misma como espacio de sociabilidad local. Ahí empezamos a detectar –con las anécdotas– ciertas encrucijadas propias del socialismo del interior, entre sentidos partidarios y sentidos lugareños.

En cualquier caso, en sus anécdotas –cargadas de referencias políticas– Pasini busca reflejar en una tensión interesante la cotidiana calma pueblerina con la encendidas posiciones ideológicas del Luján de entreguerras, en donde él mismo tuvo un rol central en su condición de fundador de Tribuna Roja y luego director de Verdad, los dos diarios socialistas existentes en ese período, en los años de su adolescencia y primera madurez. A su propia experiencia, se le suman, además, anécdotas de otros actores que permiten trasladar la referencia histórica hasta la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo la revolución radical del ‘93 o la fundación de una panadería por parte de un inmigrante italiano.

En efecto, Américo Ghioldi en el prólogo que realiza del libro de Pasini (1977, pp. 17-18), da cuenta de esta problemática, a partir de una pregunta: “¿Las narraciones y las anécdotas son tan sólo literatura o, además, integran la historia?”, y las responde con la voz de Benedetto Crocce cuando decía que los relatos y evocaciones “son una oportunidad para ejercitar el sentimiento y el juicio”. De hecho, primer escalón de sentido, Ghioldi les otorga un poder dilucidatorio mayor que el que el propio escritor les da. Pasini dice, en cambio, en sus palabras iniciales, tituladas “A modo de justificación”, que su “propósito carece de pretensiones literarias; conozco la pobreza de mis recursos en tal terreno”, y “tampoco estas líneas pretenden ser trabajo de historia, ni siquiera menuda. Carece de documentación, de fechas precisas, de datos concretos y comprobados. Solo tienen una modestísima intención, evocar hechos” (Pasini, 1977, p. 21). Más allá de la modestia falsa o no del autor (podríamos decir –en cierto sentido y con muchos menos énfasis que el polemista– lo que decía Lucien Febvre sobre la Histoire sincère de la nation française de Seignobos, “¿Qué nos importa a nosotros su sinceridad?”),[2] lo que es interesante en el prólogo de Pasini es la directa relación afectiva del autor con lo lujanero, que lo lleva a reconocer “es seguro que en muchos casos la verdad estará distorsionada por la imaginación, por la información deficiente o por las trampas de la memoria, propia o ajena, pero en todos hay el mismo profundo cariño por este pueblo” (Pasini, 1977, p. 21). Pensemos en estas visiones de lo literario y lo histórico recordando una interesante frase de Tolstoi: “El historiador se ve obligado a veces, tras haber desfigurado algo la realidad, a llevar todas las acciones de un personaje histórico a una idea única, que aquel ha empezado por atribuir a su personaje” (Tolstoi, 2003, p. 1.094).

Esa asistematicidad en la direccionalidad de la interpretación pareciera ser la que frena a Pasini de poder otorgar el carácter histórico a sus recuerdos. Y podríamos pensar, sin embargo, que esa es una perfecta vía para tensionar los sentidos historiográficos circulantes –que nosotros mismos hemos contribuido a crear, incluso a pesar nuestro- sobre el socialismo.

Es más, podemos ubicarnos así, en la línea que intenta pensar en los esfuerzos –en ocasiones muy denodados por lo dificultosos– por presentar un Américo Ghioldi menos granítico y estereotípico, como ha intentado Carlos Herrera.[3] Uno podría encontrar aquí una punta en ese sentido de distensión de sentido. Es una anécdota de Pasini, la que logrará “aflojar” al impávido Ghioldi. En efecto, en su prólogo, este último, al referirse a la anécdota en la que se cuenta acerca de un criollo socialista llamado Bernabé Peralta, pero que resultara nieto de un fanático rosista que incluso le hacía esconder la foto de Sarmiento, Ghioldi tendrá unas palabras que nos devuelven su rostro menos dogmático, al escribir si no era dable dar a veces “con razones que la razón ignora y, consiguientemente, que el arte de vivir debe apreciar las infinitas situaciones paradojales y contradictorias” (en Pasini, 1977, p. 18).

Pensemos cómo la realidad del socialismo del interior debería acicatearnos a nosotros para comprender estas complejidades si incluso logró perturbar ciertas seguridades de don Américo.

Junto con Ghioldi, la maestra de literatura del autor, Carmen Echevarría de Lobato Mulle (“la única que queda viva” diría Pasini) también aparece en una carta incorporada al libro, y le señalaría a su ex alumno, una perspectiva similar, en la que se mencionaba: “la esencia de los pueblos está hecha así. Su vida está configurada por esas circunstancias que parecen pequeñas, pero que tienen mayor trascendencia que la que nosotros les damos, mientras estamos viviendo a la par” (en Pasini, 1977, p. 25). De nuevo se perfila esta cuestión que nos ha legado Simmel: ¿cuán gratuita es la gratuidad en las relaciones sociales? Estos intercambios efímeros que en la mayoría de los relatos de Pasini surgen, parecieran ayudarnos a repensar una frase de Simmel que constantemente nos vuelve a interpelar:

es un aferrarse superficialmente a un uso del lenguaje […] cuando se quiere reservar la denominación de sociedad sólo para las interacciones duraderas, para aquellas que se han objetivado en configuraciones singulares definibles: un Estado, una familia, gremios, iglesias, clases, asociaciones en función de ciertos fines, etc. Sin embargo, aparte de éstas existe una cantidad incontable de tipos de relación e interacción humanas menores y aparentemente insignificantes según los casos, que al intercalarse entre las configuraciones abarcadoras y, por así decirlo, oficiales, son las que primeramente logran constituir la sociedad tal como la conocemos. (Simmel, 2018, pp. 31-32)

En las páginas de Pasini vemos cómo esas anécdotas nos permiten desafiar la rigidez que a menudo tiene la descripción de ciertas realidades cuando se vuelven un tema cristalizado: “El socialismo argentino”. En este caso, supone unos recortes, unas fronteras, desde los cuales pareciera que se está hablando de socialismo hasta un punto, y luego ya no, porque la esfera político-partidaria no está presente. ¿Pero dónde detener la “especificidad temática” de nuestra indagación? ¿Dónde diríamos “no va más”, para usar una metáfora tomada del oficio del croupier?

Porque los puntos evidentes que nos sirven de referencia política (que incluyen, en el libro que comentamos, valoraciones también heterodoxas para un socialista como la reivindicación de un mitrista que no deja cooptarse por el caudillo contrario –y al que se lo llama “un ciudadano criollo”, poniendo en tensión la mirada cerradamente negativa sobre la política criolla por parte del “Partido” – acompañadas por otras en las cuales se encuentra el típico panqueque que se pasa del radicalismo al conservadurismo y que de nuevo nos trae esa crítica que harían prototípicamente los socialistas; con otras como las de un doctor anarquista que le pega a un boticario porque no le fía a un pobre el remedio), están entremezclados en un corpus de sentido en el que conviven con la anécdota del “tano” que le quiso dar propina al doctor por haberle curado a la madre, del librero anarquista que amonesta a un joven que le pide “libros verdes” y él le responde que tiene de varios colores, pero ninguno de ellos “puerco” como le pide, del que presenta a dos tartamudos como colegas, aunque tengan diferentes profesiones, por dar solo algunos ejemplos.

Como no nos cansamos de decir con Eric Hobsbawm (2004, p. 133), las personas no eligen sus identidades de la misma forma en que eligen los zapatos, sabiendo que pueden ponerse un solo par a la vez. En este libro de Pasini, solo nos vamos enterando por partes que el escritor de las anécdotas es socialista, y solo gracias a fuentes ajenas y posteriores al mismo, sabemos que es un periodista socialista muerto hace veinte años que “llegaría” con su obituario a las páginas del diario La Nación, que lo recordaría laudatoriamente en 1998 como un enemigo de los totalitarismos.[4]

En cambio, podríamos hipotetizar que el mismo periódico dudosamente lo hubiera halagado como redactor de Tribuna Roja, en los turbulentos años treinta cuando el joven Pasini todavía era alumno de la Escuela Normal local. Podemos pensar que en ese proceso de adaptación, ciertas historias como aquella que cierra el libro y que escrita a fines de 1976 expresa una anécdota en la que se da –según reza el título– “una lección de tolerancia” al referir al relato de un socialista que guardó un copón de la capilla a unos sacerdotes en 1955, en plena cohabitación antiperonista, puede haber sido de gran utilidad en aquella recuperación del suelto necrológico mencionado. Curioso porque Pasini escribe –repito, en plena dictadura militar– que ese gesto (de comunión entre socialistas y católicos) era lo que “los argentinos necesitamos más que nunca […] en esta hora argentina tan difícil que nos toca vivir” (Pasini, 1977, p. 236).

Sin embargo, en otras anécdotas no falta la mención al joven anarquista que les responderá aireado a unos turistas en la Basílica que al reírse de lo atrasado que es el pueblo por regar con tracción a sangre, les dirá que más atrasados son ellos porque creen en velas y santitos. Sin faltar la mención al cura italiano que aportaba para la fiesta del XX de septiembre, o el intendente que obliga ingresar la bandera italiana a la basílica, o aquel que se ofrecía a llevar con una yegüita a la virgen para romper el mito de que la imagen no quería moverse de allí. De nuevo, un viejo tópico como el anticlericalismo socialista se da recurrentemente, pero en el clima de un lujanero que no puede dejar de reconocer que la basílica “hoy es orgullo de Luján” (Pasini, 1977, p. 61).

Son, precisamente, las certezas de ubicación las que estas anécdotas nos vienen a desmentir, al mostrarnos vuelto a unir –como podría decir Latour– el nudo gordiano de la alta ideología con la más baja cotidianeidad. Comencemos por una de ellas, que resulta particularmente reveladora al respecto: en esa anécdota se refiere la historia de un comerciante “partidario de la Alemania parda, antisemita” quien le había dicho a un obrero “antinazi” que debía triunfar el nazismo, ya que esa victoria estaba en consonancia con “la ley del más fuerte”. Luego de constatar que el comerciante era “partidario de la violencia” y que “creía que debía imponerse el más fuerte”, el obrero lo tomó del cuello para soltarlo sólo cuando el comerciante le pidió, suplicante, que lo bajara, provocando la reflexión del obrero: “¡Partidarios de la violencia y no son capaces de dar un sopapo!” (Pasini, 1977, p. 85).

En otra de las anécdotas, de la misma manera, Pasini recupera una disputa entre dos italianos acerca de la invasión a Abisinia, en la que los colores locales hacen imposible que uno no reconozca la importancia de la mediación de la recepción: el antifascista italiano termina diciendo, contra el “calabrés” que lo contradecía por “hablar mal de Italia”, las siguientes palabras: “Maldito seas Garibaldi por habernos traído estos animales de Italia” (Pasini, 1977, p. 66).

Díganme, si aunque como Pasini lo reconoce, la pluma puede no tener la destreza de –pongamos de ejemplo– las Aguafuertes porteñas de Arlt, si estos recuerdos no nos provocan un mismo efecto alegremente perturbador a nuestra conciencia de historiadores que las provocadas por el autor de Los siete locos. No puede ser; una cosa es la guerra mundial que provocó millones de muertes y que… etc., y lo otro es una “mera anécdota” casual –se nos podría contradecir–.

¿Cuál fue la relación evidentemente concreta que se planteó con ese referente para los actores de la época? Más allá de las mediaciones que mencionamos, Pasini devuelve esa interactividad temática que duramente tratamos de recrear en la prosa más directamente académica. Y de nuevo… no es para ponernos a escribir anécdotas (no deberían ser tomadas estas reflexiones de manera literal), sino que pueden ser inspiradoras de la misma manera que Ginzburg (2010) mencionaba las obras de Stendhal y Tolstoi como un desafío a los historiadores a los que idealmente se dirige; Pasini –a tal señor tal honor– puede ser una fuente de desafío, para nosotros, en torno de nuestras certezas sobre aquello que es el socialismo, de manera que nos permita, felizmente, pensar el fenómeno con más amplitud y complejidad que la definición –necesariamente escueta por su misma finalidad, más allá de su mayor o menor amplitud en páginas– que podríamos encontrar en un diccionario de ciencias políticas.

Retomemos, entonces, otra anécdota, titulada “Un asunto”. En ella, Pasini relata que en momentos en que estaba prohibido por el gobierno fresquista el uso del color rojo en las banderas, dos jóvenes socialistas se aventuraron a colocar una bandera de su partido en la plaza central de la ciudad. Uno de ellos, al ser visto por otro joven empleado municipal fervientemente conservador y usual compañero de café, tratará de disuadir al involuntario obstáculo de la maniobra de un posible acercamiento. Para ello, no tendrá otra idea mejor que la excusa de que estaba esperando a una señorita (“Rajá, que estoy esperando un asunto”, Pasini, 1977, p. 38). Más allá de lo simpático de la situación, digna de una comedia de enredos, es el final de la anécdota lo que nos permite un disparador ampliamente reflexivo acerca de las formas de entrecruzamiento entre sociabilidad y política en el interior bonaerense de entreguerras:

El otro comprende la situación y apura el paso. No quiere ser aguador de fiesta. A la mañana gran alboroto. En la Plaza Colón flamea una bandera roja y las autoridades municipales, irritadas, mandan bajarla […] El empleado conservador no delató al adversario socialista, pero durante mucho tiempo, cada vez que lo encontraba, le decía a modo de saludo: -¿Esta noche tenés algún “asunto”? (Pasini, 1977, p. 38)

Podemos pensar en ese sentido, para reflexionar sobre la prédica de los socialistas en el interior, de nuevo en esta tensión entre la ruptura política conviviendo con la integración en la comunidad pueblerina. Podemos retrotraernos a la idea de Goffman (2009, pp. 63-64) sobre la segregación de auditorios: “el sujeto se asegura de que aquellos ante quienes representa uno de sus papeles no sean los mismos ante quienes representa un papel diferente en otro medio”. Es decir, el problema de las lealtades entrecruzadas, la amistad o el partido. Lo que sucede es que esa segregación de auditorios resulta muy difícil de establecer en un ambiente donde uno se conecta todo el tiempo con los mismos otros. Esto puede verse en infinidad de anécdotas de Pasini acerca de la convivencia entre los dirigentes de los distintos partidos.

En esas tensiones, Pasini nos desmonta algunas de los rápidos negros y blancos sobre la ideología socialista. Por ejemplo, si bien cuestiona en una anécdota a alguien que se quejaba de que no podía ser que no se abriera la cafetería para aquellos que querían desayunar y después terminaba pidiendo un Fernet (lo que se compatibilizaría con la mirada antialcohólica recurrente en la prédica partidaria), se permite dudar de la inefabilidad de la ilustración como requisito de ciudadanía, y aquí la lealtad pueblerina parece sobrepujar a la doctrina partidaria, ya que en dos ocasiones da la desmentida de ese supuesto, primero a partir de un analfabeto que logra votar al partido gracias a que reconoce el logo, y después al acusar a un excelente profesional médico quien sin embargo resulta alcahuete de radicales, primero, y conservadores, después: dichas vivencias le llevarían a sostener, incluso, la diferencia entre “conocimiento y comportamiento” (Pasini, 1977, p. 115).

Vemos entonces que las anécdotas lujaneras refieren a casos concretos que retoman, de nuevo, la importancia de los vínculos de sociabilidad en la política. Esto nos resulta evidente y, para finalizar, no podemos más que mencionar la anécdota que supone la conversión de Pasini al socialismo, cuando siendo muy joven, presencia la visita de Nicolás Repetto a su localidad. Lo central ahí sería el trato, la sociabilidad. A Pasini (como le sucedería con Arnedo Álvarez a José Peter, según relata en sus memorias)[5] lo deslumbró ese Repetto que le prestó atención a esos adolescentes de la Escuela Normal, entre los que se encontraba, “a pesar de que no tuvieran edad para votar” y con los que compartió “una frugal cena en el hotel ‘La Paz’” (Pasini, 1977, p. 125).

De esta manera, las páginas de Pasini nos demuestran, una vez más, que las formas de adscripción al socialismo son inescindibles de las rutas de sociabilidad que llevan a adoptarlo y a mantenerlo más allá de las certezas o incertidumbres ideológicas que lo acompañen, y por eso –entre las cosas adelantadas en este texto– este anecdotario nos resulta más revelador de lo que incluso el propio autor parece haber estado dispuesto a admitir.


  1. Recordemos los comentarios de Alberto Flores Galindo sobre la recepción que de los 7 Ensayos haría quien luego sería secretario general del Partido Comunista Argentino: “A Codovilla le incomodaba, le resultaba insoportable, un libro en cuyo título se juntaran las palabras ‘ensayo’ y ‘realidad peruana’. Ensayo implicaba asumir un estilo que recordaba a los escritos de autores burgueses y reaccionarios como Rodó o Henríquez Ureña, aparte de implicar un cierto tanteo, un carácter provisional en las afirmaciones, y evidentemente un hombre como Codovilla así como no podía admitir un error, menos toleraba la incertidumbre: los partidos o eran comunistas o no lo eran, se estaba con el proletariado o con la burguesía, no podía haber nunca otras posibilidades. La realidad estaba nítidamente demarcada, de manera que se debía hacer una u otra cosa; la línea correcta no admitía discusión, los ‘ensayos’ quedaban para los intelectuales” (Flores Galindo, 1980, pp. 26-27).
  2. Ver Febvre (1982, p. 135).
  3. Como ha señalado el mencionado historiador, “Ghioldi, como todo gran dirigente político, es una figura compleja, aunque él hizo bastante para alentar la caricatura, sobre todo en los últimos años de su vida”. En: https://n9.cl/6gff . Consultado, por última vez, el 9 de julio de 2019.
  4. La Nación, 8 de mayo de 1998. En: https://n9.cl/ik8. Consultado el 2 de julio de 2019.
  5. En las memorias de dicho dirigente sindical, el conocimiento del comunismo se da –sobre todo– a través del conocimiento de una persona macanuda. Todo debía ir bien, porque Peter finalmente se afilia al comunismo. En esa secuencia de memoria, los mates tomados con el que sería el Secretario General del Partido Comunista se vuelven confirmatorios y precedentes, a la vez, de la ideología a adoptar: “Recuerdo siempre que, al dirigirme a Arnedo en esa ocasión, hice una mezcla de ‘señor’, ‘don’, etc., pero muy pronto las palabras ‘camarada’ y ‘compañero’ llegaron a imponerse. El mate comenzó a circular y la conversación se hizo amena, cordial: estábamos en presencia de un auténtico dirigente obrero, de un comunista; creó un ambiente muy agradable, nos sentíamos como entre viejos amigos”. Ese confort de la sociabilidad se transformará, entonces, en epifanía política. Véase Peter (1968, pp. 35-36).


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