Otras publicaciones:

DT_Cassin_Sferco_13x20_OK-2

12-2769t1

Otras publicaciones:

Book cover

Book cover

Estudiar al socialismo democrático en la provincia de Buenos Aires y en Mar del Plata

Entre la representatividad y el enfoque microanalítico (1958-1966)

Silvana Ferreyra

Hace ya más años de los que puedo contar con los dedos de una mano empecé una investigación sobre el Partido Socialista Democrático (PSD), una rama partidaria surgida tras la división de 1958 y cuya estela llega hasta nuestros días. Una serie de razones, que todavía no dejo de revisar, me impulsaron entonces a recortar el objeto de estudio en la provincia de Buenos Aires.

Desde la lógica prevalente en la agenda académica, nuestro recorte temático ya garantizaba la originalidad del aporte. Al respecto, aunque el trabajo de María Cristina Tortti (2009) abría el camino para la historia del Partido Socialista en el período posperonista, escasamente examinado hasta entonces, la rama partidaria que me interesaba explorar todavía no había sido objeto de indagaciones intensivas. Una pregunta me persiguió a partir de ese momento en jornadas, congresos y seminarios: ¿Por qué iniciar una investigación históricamente situada a nivel provincial y/o local cuando aún no se habían efectuado trabajos sobre el Partido Socialista Democrático a nivel “nacional”? ¿Cuán representativa era la Provincia de Buenos Aires para la historia del socialismo democrático? Esas dudas iniciáticas, que me reiteraban múltiples colegas, despertaron nuevas inquietudes para nuestro trabajo: ¿En qué medida las investigaciones en torno a las instancias partidarias de decisión central (Comité Ejecutivo, Congresos Nacionales, Consejo Nacional) podían considerarse el primer paso en el análisis de un partido? ¿Hasta qué punto los análisis centrados en Capital Federal trascendían el ámbito de lo local para representar la variedad que suponía la política nacional?

En este capítulo buscaré desplegar una argumentación en dos carriles, aún a riesgo de hacer circular en ellos vehículos que colisionen. Por un lado, mostraré evidencias de que el escenario bonaerense fue un espacio central para el desarrollo del socialismo democrático después de 1958. La visibilidad de Mar del Plata, a partir de las intendencias de Teodoro Bronzini y Jorge Lombardo, resultará más obvia. En esta dimensión, la apuesta por la representatividad del recorte es central. Por el otro, relataré como fue creciendo nuestro interés por una mirada microanalítica, preocupada por revisar las nociones sobre las formas de hacer política de los socialistas, a la luz de un análisis de sus prácticas en distintos ámbitos. En este eje, acudí a un universo de lecturas en el que la noción de representatividad perdía valor. La idea de juego de escalas fue útil para articular escenarios diversos, aunque hacia el final también será revisada.

El día que el socialismo dejó de ser “porteñocéntrico”: la pregunta por la representatividad

En el capítulo anterior de este libro, Ricardo Martínez Mazzolla muestra cómo el Partido Socialista se expandió fuera de su núcleo capitalino a partir de la Ley Sáenz Peña. No obstante, el mismo trabajo da cuenta que hasta 1955 la Capital Federal fue la referencia ineludible. Sabemos que eso cambió totalmente para el momento que describe Fernando Suarez en el capítulo siguiente, con un Partido Socialista Popular haciendo pie en el territorio rosarino ya en los años setenta. ¿Qué pasó entonces entre la segunda mitad de los cincuenta y la década del sesenta?

Desde la llegada del peronismo al poder, el socialismo sufrió una abrupta merma de votos en Capital Federal, lo que transformó a la Provincia de Buenos Aires en un distrito electoralmente equiparable. En el plano de la representación política, mientras en la Capital perdió toda banca legislativa, en la Provincia de Buenos Aires el PS se mantuvo activo, al ocupar concejalías en algunos municipios y una banca en la legislatura provincial (Da Orden, 2006).Tras la ruptura de 1958, el Partido Socialista Argentino (PSA) se hizo sólido en Capital Federal, tal como lo muestra la elección de Alfredo Palacios como senador en 1961.[1] Por el contrario, la fracción encabezada por Américo Ghioldi, que tomará primero el nombre de “Secretaría Solari” y luego de socialismo democrático, quedó mejor posicionada en la Provincia de Buenos Aires. En este apartado nos interesa demostrar esta tesis en varias dimensiones: el lugar de la Federación Socialista Bonaerense en la ruptura, el peso de los oriundos de la provincia de Buenos aires en las dirigencias partidarias a nivel nacional, el despliegue territorial de los centros socialistas, los resultados electorales y los cargos obtenidos.

Tras el triunfo de Frondizi y su asunción como presidente, el congreso ordinario de julio 1958, realizado en la ciudad de Rosario, fue el cónclave de la ruptura. La conformación de la mesa directiva de ese congreso no incluyó afiliados de la Capital, posición que parecen haber avalado tanto el ghioldismo como los moderados, reforzando una clave de lectura del conflicto Capital-Interior que circuló en dos sentidos. Para los ghioldistas la Capital era la fuente del desorden, núcleo de la juventud radicalizada. Paradojalmente, para el sector renovador la clave del éxito estaba en las Federaciones del “Interior”, y así lo ponían de manifiesto en su proyecto de reforma de la Carta Orgánica. A grandes rasgos, ellos proponían la elección de los precandidatos en los congresos partidarios y el reemplazo del Comité Ejecutivo Nacional por un organismo similar al Consejo Nacional.[2] Una vez más, se visualizaba en la historia del PS cómo las rupturas no solo mostraban identidades diferenciales, sino también propuestas organizacionales alternativas.[3]

La muestra de hasta qué punto el escenario de la ruptura aparecía como una posibilidad inminente en el imaginario de todos los afiliados fue la aceleración con que se concatenaron los sucesos posteriores. Un día después del congreso la mayoría del Comité Ejecutivo Nacional, a la que los ghioldistas consideraban “accidental”, expulsó a los restantes miembros de este organismo. Al día siguiente, la Federación Socialista Bonaerense ya se había declarado autónoma, en obvia disidencia con la “mayoría del Comité Ejecutivo”. De este modo, los centros de la provincia comenzaron a emitir declaraciones a favor de uno u otro organismo, a la par que la disputa por los espacios se desplegaba entre las tomas y los juzgados.[4]Aunque al finalizar la reorganización de ambas fracciones las dos lograron hacer pie en buena parte de las localidades de la Provincia de Buenos Aires, si intentamos sacar una fotografía de la relación de fuerzas en julio de 1958, el saldo era claramente favorable al ghioldismo.

Una muestra de esa correlación puede ser un mapeo de los alineamientos de las segundas líneas partidarias.[5] Como una evidencia posible, tomamos los posicionamientos posteriores de los 90 candidatos a asambleístas por la Provincia de Buenos Aires en la Constituyente Nacional de 1957 y verificamos que 54 se alinearon con el PSD, 15 con el PSA, mientras que no conocemos el destino de 18. Si observamos entre los dirigentes más importantes, la relación era aún más favorable al ghioldismo, pues de los 34 candidatos a diputado nacional 23 terminaron en el PSD, 4 en el PSA y no disponemos de datos sobre 7. Algo similar ocurría con la composición de la Junta Ejecutiva de la Federación Socialista Bonaerense en el momento de la ruptura, dónde 13 integrantes se alinearon con la Secretaría Solari, 2 vocales suplentes con la Muñiz, si bien desconocemos lo ocurrido con los 3 restantes.

Tras la ruptura, también aumentó considerablemente el número de afiliados de la provincia de Buenos Aires en el Comité Ejecutivo Nacional, una evidencia del peso creciente de esta región en la estructura partidaria nacional del PSD. Teniendo en cuenta que dicho órgano tenía 25 integrantes (17 titulares y 8 suplentes), el número de bonaerenses prácticamente se triplicó. Antes de la ruptura, entre 1956-1958 ocupaban vocalías 4 afiliados de la provincia (2 titulares y 2 suplentes); 8 entre 1959-1961 (3 titulares y 5 suplentes); 10 entre 1961-1963 (4 titulares y 6 suplentes) y 11 entre 1963-1965 (9 titulares y 2 suplentes).

La distribución de afiliados por centro es otro dato interesante para observar la inserción territorial del Partido Socialista Democrático en la Provincia de Buenos Aires. Si consideramos que en las actas del Congreso Nacional del PS en 1957 se contabilizaron 76 centros socialistas en territorio provincial, la reconstrucción posterior fue más que rápida, ya que en el primer congreso de la Federación durante 1959 se dio cuenta de 82 centros.[6] En los datos que surgen del Congreso Provincial de 1963, se enumeraban 92 centros, registrándose un fuerte decaimiento de la organización para 1965, con la permanencia únicamente de 61 centros. Aunque no disponemos de datos para este último año, la curva de afiliaciones en la Provincia nos muestra una pauta similar, aunque con una leve baja tras la ruptura: 5178 en 1958; 4466 en 1961 y 6182 en 1963.

Mapa1.
Centros y porcentaje de votos al PSD en elecciones municipales (1963)

Imagen que contiene texto, mapa  Descripción generada automáticamente

Fuente: Actas de la Junta Electoral Nacional del distrito de la Provincia de Buenos Aires, en Secretaría Electoral de La Plata y Archivo Intermedio Fondo DINE; FSB- PSD, 26º Congreso Ordinario, Necochea, octubre de 1965.

Aunque el socialismo provincial procuró fortalecer una organización de “Juntas Zonales” por secciones electorales, la articulación horizontal entre centros partidarios no funcionó aceitadamente, a la vez que profundizó la brecha entre las zonas con mayor y menor desarrollo militante. La presencia era más fuerte en el conurbano bonaerense (secciones primera y tercera) y en la quinta sección, donde los triunfos de Mar del Plata fueron claves en la relevancia del socialismo zonal. Al respecto, mientras que el mayor caudal de afiliados en algunas ciudades puede relacionarse con la concentración poblacional, sorprende el tamaño de algunos centros en ciudades mucho más pequeñas que las del conurbano, tales como Baradero, Comandante Nicanor Otamendi, Luján, San Nicolás, Chivilcoy y Saliqueló. La correlación entre tamaño del centro y porcentaje de votos para elecciones municipales es bastante clara, aunque no sirva para explicar los extremos.

Si nos centramos en la dimensión electoral, para el período 1912-1942 el PS de la provincia estuvo por debajo del promedio nacional en prácticamente todas las elecciones e incluso, en más de una oportunidad, el porcentaje obtenido no le alcanzó para constituirse en el segundo distrito del país.[7] Las elecciones de 1931 y 1934, las únicas en la que el socialismo obtuvo en la provincia porcentajes mayores al diez por ciento, se corresponden con el período de abstención del radicalismo. No obstante, no debe dejar de considerarse, tal como puede leerse en el capítulo de Martínez Mazzola, la incidencia del importante crecimiento territorial para esta fecha con un pico de 113 centros para 1930. A lo largo de esta etapa, con estos guarismos, el PS provincial logró en varias oportunidades representación en la Cámara de Diputados Nacional y Provincial, varías concejalías y algunas intendencias (Mar del Plata, Bahía Blanca, Avellaneda, San Fernando).

Después del golpe de 1943, la crisis del socialismo se expresó con claridad en la abrupta caída de votos en el que fuese su bastión electoral: Capital Federal. En la Provincia de Buenos Aires, la fluctuación no fue tan amplia, aunque la desarticulación se haría crecientemente visible. En este sentido, las sucesivas convocatorias muestran cierta estabilidad hasta 1951, momento en que se manifiesta un quiebre que terminará en la total desarticulación de 1954, cuando el partido solo presentó candidatos a legisladores en las secciones capital, primera, tercera y quinta, donde históricamente había tenido mayor arraigo.

Tras el golpe de estado de 1955 y la proscripción del peronismo, los socialistas recuperaron su caudal electoral a nivel provincial, pero no pudieron restablecer los valores que obtenían en Capital Federal antes del peronismo. Este nuevo balance derivó en que ambos distritos pasaran a tener una importancia electoral similar.

Tabla 1. Votos por el socialismo en elecciones nacionales, porcentajes y números absolutos (1957-1965)

tabla-1_c

tabla-2_c

Fuente: Elaboración propia con base en Cantón (1968). Los resultados de las elecciones para constituyentes de 1957 fueron extraídos de Melón (2009). Los porcentajes indican la proporción de votos en relación al total de inscriptos en el padrón.

Nota: En negrita elecciones de electores para presidente y vice. Las restantes son elecciones para diputados nacionales.

Para el caso del socialismo democrático, aunque porcentualmente los resultados fueron parejos en los dos distritos, en términos absolutos el caudal de la Capital descendió abrupta y constantemente. La provincia de Buenos Aires pasó a ser entonces el ámbito donde el partido se mostraba más dinámico, a juzgar por el aumento del caudal electoral de las primeras tres elecciones de la década. Si bien el socialismo se ubicó generalmente como la cuarta fuerza electoral (considerando el voto en blanco), el modo en que se distribuyeron los sufragios en las distintas secciones garantizó que el PSD tuviese un bloque de cuatro diputados en la legislatura provincial entre 1958 – 1966 y un senador por la quinta sección entre 1963 y 1966. Por su parte, el PSA solo alcanzó una representación de tres diputados provinciales entre 1963-1965.

Un equilibrio similar se repitió en la Cámara de Diputados Nacional. En las elecciones de 1963, el sistema D’ Hont entró en vigor a partir del decreto 7164. Bajo estas condiciones, e incluso cuando los partidos minoritarios se perjudicaron por la incorporación de los votos blancos como válidos en el cálculo de cociente,[8] el PSD y el PSA obtuvieron la mayor representación para el período. Para el Socialismo Democrático el bloque se conformó con Américo Ghioldi y Juan Antonio Solari por Capital Federal y José Ernesto Rozas, Luis Nuncio Fabrizio y Eduardo Schaposnik por la Provincia de Buenos Aires. Tras las elecciones de 1965 solo permanecieron en el parlamento Américo Ghioldi y Luis Nuncio Fabrizio, quienes habían sido favorecidos por sorteo para continuar en sus bancas durante un período más extenso, aunque cortado abruptamente por el golpe de 1966. Los diputados por el socialismo argentino fueron seis: Juan Carlos Coral, Pablo Lejarraga y Carlos Ocampo por la Provincia de Buenos Aires y Emilio Carreira, Alfredo Palacios y Ramón Muñiz por Capital Federal. Solo dos, Carreira y Palacios, terminaron sus mandatos en 1965, el mismo año del fallecimiento de este último.

En la Capital Federal en 1958 fueron elegidos 6 concejales por el PS, aunque 3 quedaron vinculados al PSA y 3 al PSD. Al momento de la renovación solo Arturo Ravina y Walter Constanza obtuvieron bancas por el PSD. A nivel municipal, el PSD obtuvo 4 intendencias. Para la Provincia de Buenos Aires, en General Pueyrredón fueron elegidos Teodoro Bronzini en 1958 y Jorge Lombardo en 1963, elección que culminó también con la designación de Alejandro Cano como jefe comunal de Balcarce. Ese mismo año, el PSD triunfó en el partido bonaerense de General Alvarado, aunque por las características de la elección indirecta a nivel municipal terminaron eligiendo a otro candidato en la intendencia. En la ciudad de Aguilares (Tucumán) ocurrió lo mismo y se frustró así la correlación entre victoria electoral y obtención del cargo ejecutivo. Los socialistas democráticos también gobernaron entre 1958 y 1966 las localidades cordobesas de Villa Carlos Paz y Laboulaye (Bonvillani, 2018).

Siguiendo con los cargos de la provincia de Buenos Aires el socialismo obtuvo 62 concejales en 1958, renovando el PSD en las elecciones de 1960 15 nuevas bancas, con las que mantuvo un caudal de 33 concejales hasta 1962. Su performance fue superior a la del Partido Socialista Argentino que solo retuvo 24. El mayor arraigo que tuvo el PSD en los distritos de crecimiento poblacional elevado llevó a que el bloque de este partido en la Cámara de Diputados Provincial impulsara una modificación en el artículo 284 de la Ley Orgánica de las Municipalidades (Decreto Ley 6769/58), con el objeto de actualizar ­ –de acuerdo con los resultados del censo de 1960– el listado de los grupos de localidades según los cuales se otorgaba la representación.[9] Con la aprobación de esta normativa, que también favorecía a la UCRI (Unión Cívica Radical Intransigente), el número de concejales creció en prácticamente todos los distritos donde el PSD obtenía representantes municipales, aumentando de este modo sus posibilidades de ser elegidos.

Así, en 1963 obtuvo 69 bancas, en lo que será su mejor performance electoral. El PSD cosechó bancas en Almirante Brown, Avellaneda, Balcarce, Baradero, Berisso, Capitán Sarmiento, Chivilcoy, Ensenada, Esteban Echeverría, General Alvarado, General Pueyrredón, General San Martín, Juárez, Junín, La Matanza, La Plata, Lanús, Lobería, Lomas de Zamora, Luján, Mercedes, Merlo, Morón, Necochea, Quilmes, Ramallo, San Fernando, San Isidro, San Nicolás, Tandil, Vicente López, Tres de Febrero y Zárate. Sin embargo, solo renovó 7 en 1965, en unas elecciones que tuvieron resultados generales muy negativos para el socialismo democrático, a partir de la consolidación de fuerzas neoperonistas.

La elección fue tan negativa que hasta perdió en el bastión de Mar del Plata, ciudad que había resaltado a lo largo del período por los excelentes resultados electorales. Este caudal de votos, que le otorgó concejalías, intendencias y diputaciones al PSD, se tradujo también en un importante peso simbólico. La Vanguardia, por ejemplo, se plagó de referencias propagandísticas sobre el accionar del socialismo local y su arraigo histórico en la ciudad. Por otro lado, su influjo en la región ha quedado reflejado en la diagramación del mapa. El peso electoral también se tradujo en peso organizativo, ya que un centro socialista numeroso brindo más presencia en congresos y órganos directivos. Un relevamiento de las localidades de origen de los dirigentes de la Provincia de Buenos Aires que integraron la Junta Ejecutiva de la Federación Socialista Bonaerense y/o el Comité Ejecutivo Nacional del PS/ PSD entre 1956 y 1965, nos muestra un total de seis de treinta y tres integrantes provenientes de Mar del Plata.

En definitiva, la importancia de Mar del Plata resultaba evidente y la relevancia de la Provincia de Buenos Aires para el PSD ha quedado demostrada por varios elementos: el creciente peso de los dirigentes provinciales en el Comité Ejecutivo Nacional, el caudal electoral del distrito en cuestión respecto a los votos que el socialismo democrático alcanzó en Capital Federal, la representación legislativa obtenida y las experiencias de gestión municipal que llevaron adelante.

De la escala como proporción a la escala como dimensión

Tras mostrar el desarrollo socioespacial del PSD y evidenciar su peso en la provincia de Buenos Aires y en Mar del Plata, nos permitimos efectuar una pregunta que puede parecer académicamente incorrecta. ¿Es relevante demostrar que se trata de una provincia o una localidad con peso en la organización para construir un cuestionario sobre las prácticas políticas del partido? ¿La mirada microanalítica se fortalece si se explora un territorio más representativo?

En los últimos años, una respuesta afirmativa parece haber sido la hegemónica entre los historiadores y las historiadores. Bajo esta lógica, se han estudiado las zonas donde el socialismo obtuvo cargos municipales y/o legislativos o aquellos espacios en los que podía entablarse la conexión entre un suceso de impacto para la vida partidaria y un espacio extracapitalino. En esta clave, estudiamos Mar del Plata durante las intendencias de los veinte y los sesenta (Da Orden, 1994; Ferreyra, 2012); la Convención Constituyente de Córdoba en 1923 (Chanaguir, 1994), la gestión del municipio bahiense (Cernadas, 2013) o la ruptura de 1936 en Mendoza, donde militaba Benito Marianetti, uno de los principales dirigentes del Partido Socialista Obrero (Lacoste, 1993; Martínez, 2017; Blanco, 2018b).

Sin embargo, aunque con agendas convergentes, no siempre lo local necesita superponerse con la perspectiva microanalítica. Ángelo Torre advierte que se trata de una confusión recurrente:

Es habitual, de hecho, que se vea en la polaridad global-local algo análogo de lo micro y lo macro, con una ecuación implícita según la cual lo local sería lo micro y lo global sería lo macro. En esta configuración resultan inapropiadas tanto la ecuación (micro=local) como la contraposición (pequeño vs. grande). Ambas olvidan que no se trata de objetos, sino de escala: lo local y lo micro no son “pequeños”, “se ven de cerca”, así como lo global y lo macro “se ven de lejos”. Por supuesto, no tienen un espacio intrínseco, sino el que se define según la perspectiva de observación. (Torre, 2018, p. 39)

En este tipo de superposiciones, la idea de escala ha quedado más asociada a la noción de proporción que a la de reducción (Lepetit, 2015). Mis primeros artículos siguieron esa línea, orientados por preguntas sobre los efectos diferenciados de los discursos y posicionamientos socialistas en ámbitos diversos. Al concentrarnos en un ejemplo de nuestro trabajo, será más claro lo que queremos explicar.

En una primera impresión, Mar del Plata emergía como un distrito interesante para estudiar el PSD en los años sesenta, ya que su acceso a la gestión municipal lo colocaba en un lugar de preeminencia. En el estudio de esta gestión aparecían similitudes y diferencias con las iniciativas socialistas en otros espacios comunales y de decisión política. Así, mientras el impulso para la privatización de la recolección de residuos era prácticamente una excepcionalidad en el seno del socialismo democrático;[10] los proyectos para la construcción de viviendas sociales parecen haber sido una constante en el discurso de distintos concejales socialistas del territorio bonaerense.[11] Sin embargo, la pregunta sobre el tipo de políticas que impulsaban los socialistas marplatenses, en comparación con las provinciales y nacionales, no terminaba de conformarme.

Hacia el final de mi trabajo, el cuestionario de la tesis fue girando hacia un conjunto de preguntas sobre las formas de hacer política de los socialistas, en particular, concentrándome en el tipo de activación del PSD en las organizaciones intermedias. Por este camino, pretendía guiar la escritura hacia una historia del partido más vinculada a las formas concretas de la política y no tan anclada en su discurso pedagógico y sus propuestas políticas.

Había tomado nota de la estrecha asociación entre la historiografía sobre asociacionismo y sobre Partido Socialista en la Argentina. Durante la transición postdictadura, algunos historiadores se habían concentrado en rescatar una cultura democrática y ciudadana en la tradición política del país, que encontraron en las prácticas y los saberes circulantes en un conjunto de asociaciones intermedias (clubes, sociedades de fomento, cooperativas, bibliotecas), donde era común encontrar militando a los partidarios del socialismo. Para la coyuntura política argentina de los ochenta, el rescate de estas actividades y tradiciones buscaba destacar un conjunto de experiencias democráticas alejadas de la política “clientelística y anti-democrática” que habría instalado el populismo.

Las investigaciones sobre este universo asociativo se redujeron significativamente para el período posterior a 1945, a partir de la aceptación que tuvo en el campo historiográfico la hipótesis de desactivación de la sociedad civil ocasionada por el verticalismo y el autoritarismo que habrían impuesto las prácticas estatales y partidarias del justicialismo (Romero y Gutiérrez, 1995). Como impugnación a esa lectura, el trabajo de Omar Acha (2004) puso de manifiesto la existencia de un mundo constituido entre el asociacionismo y la política que no se encuadraba en el esquema de las unidades básicas. Por otra parte, Quiroga (2010) había mostrado cómo durante el peronismo, las organizaciones con más “autonomía asociativa” en algún momento parecían estar dispuestas a entablar cualquier tipo de vínculo clientelar en nombre de sus necesidades de mejoras y ascenso social. La brecha que abrieron estos textos me llevó a interesarme por debatir esas primeras hipótesis sobre la autonomía asociativa que promovían los socialistas, analizando el modo en que fortalecieron su construcción territorial a partir del intercambio de bienes y servicios con asociaciones intermedias, vinculadas a la organización partidaria a través de militantes que participaban en la dirección de estas instituciones.

De este modo, evidencié que en el parlamento provincial casi un tercio del total de las iniciativas socialistas presentadas entre 1958 y 1966 se refirieron a la solución de problemas locales, en los que el contacto con el propio diputado, un concejal socialista o un centro partidario explicaban tanto el conocimiento de la demanda como el interés por brindarle una resolución. La mayor cantidad de proyectos eran para General Pueyrredón, distrito de donde provenían los legisladores Judith López Faget y Luis Nuncio Fabrizio. La quinta sección, región electoral que justamente encabezaba este municipio, fue la zona más beneficiada con 50 proyectos; a la par que era la que proporcionaba el mayor número de votos al socialismo bonaerense. Los modos de construcción de los proyectos parecen haber sido fundamentalmente informales, especialmente vinculados a redes centradas en los legisladores, donde los congresos o las juntas zonales habrían aportado poco y nada. A diferencia de lo ocurrido durante los años del peronismo, cuando sus militantes prácticamente no alcanzaron representación ejecutiva y/o legislativa, las nuevas reglas electorales que impuso la proscripción del peronismo les reabrieron el acceso a espacios de gobierno, desde los que pudieron ampliar los recursos para fortalecer una construcción territorial que había tendido a su desaparición.

Si bien la presencia de militantes socialistas no indica siempre un uso partidario de las asociaciones y, aunque en otras ocasiones, desde sus cargos políticos los socialistas beneficiaran a instituciones no hegemonizadas por sus militantes, no hay duda respecto de que el escenario difería radicalmente de la panacea sobre la autonomía de la sociedad civil que reproducían tanto el imaginario partidario como la historiografía a la que hacíamos referencia. Sin perder de vista que este tipo de lecturas podían derivar en la interpretación del discurso sobre la “prescindencia política” como mera fachada, vinculado a la instrumentalización de las asociaciones civiles por parte de los partidos políticos, preferimos no centrarnos en las explicaciones que hacen hincapié en la falsedad o sinceridad de los actores que levantaron estas banderas. Nuestra propuesta fue enfatizar en la tensión, para analizar cómo los agentes se valieron de la consigna de la prescindencia para justificar sus acciones, al mismo tiempo que esta orientaba su comportamiento.[12]

En la misma clave, otro ejemplo lo ofrecía un proyecto de articulación ciertamente original para su época: la delegación a las sociedades de fomento de atribuciones para la ejecución de obras y servicios públicos, impulsado en Mar del Plata a partir de los años sesenta. En concreto, el municipio socialista pagaba un canon a las asociaciones vecinales, a cambio de la prestación de una serie de servicios que serían fiscalizados por la municipalidad (limpieza de basurales, bacheo, atención de bibliotecas, entre otras). En un accionar que se revelaba coherente con sus discursos, y con la legislación vigente, los fomentistas socialistas renunciaban a sus cargos en las asociaciones vecinales si les tocaba asumir una concejalía.[13]Pero si estas renuncias parecen reforzar la imagen que los socialistas construyeron sobre la “prescindencia” como política para su participación en organizaciones de la sociedad civil, leyéndolas a contrapelo también nos hablan de la presencia de importantes dirigentes en la comisión directiva de algunas asociaciones vecinales. Una imagen capilar de este ámbito barrial nos aleja de la construcción ideal de la autonomía asociativa, entreviéndose un escenario de disputas y alianzas partidarias, en las que la presencia socialista era por demás significativa y, en gran medida, garantizaba la eficacia de los convenios.

Estas inquietudes sobre la prescindencia o el clientelismo también podían leerse en clave de tensiones entre identidades partidarias o gremiales. Un conflicto particularmente intenso se desarrolló a partir de noviembre de 1963, mes en que se realizó un plenario del Secretariado de Sociedades de Fomento para tratar el problema del encarecimiento de la vida. El Secretariado hizo pública su adhesión al Plan de Lucha de la CGT, en los siguientes términos

[…] esta mesa directiva se ve totalmente consustanciada con el Plan de Lucha en lo que se refiere a sus lineamientos sociales relativos a la carestía de la vida, que es innegable, concordando con las inquietudes puestas de manifiesto por el movimiento vecinal en su plenario del 30 de noviembre del año anterior, pero debemos excluirnos en cuanto a los demás objetivos, que no son estatutariamente de nuestra competencia y escapan al quehacer y finalidades perseguidas en los enunciados de las actividades vecinales.[14]

La declaración de prescindencia respecto de los restantes puntos del Plan de Lucha buscaba alejar los fantasmas de identificación con el peronismo, pero a las comisiones directivas de las Sociedades de Fomento de los Barrios San José, Manuel Estrada y Punta Mogotes esta salvedad no les pareció suficiente y decidieron hacer público su rechazo a la adhesión. Sin embargo, no todas las vecinales encabezadas por socialistas reaccionaron del mismo modo. Al respecto, es ilustrativo el caso de Santa Mónica que adhirió al Plan de Lucha incluso cuando su principal dirigente, Orlando Díaz, era un reconocido militante del PSD. Creemos que estas situaciones nos hablan del tipo de construcción política barrial que llevaron adelante los socialistas en espacios donde la disputa política era más intensa, priorizando su actividad como militantes barriales al colocar consignas gremiales por sobre las identificaciones partidarias.

No obstante, a partir de la reacción de las sociedades de fomento en las que los socialistas habían construido cierta unanimidad, podemos suponer que la adhesión al Plan de Lucha no puede haberse dado sin amplias discusiones. En esta misma línea, la declaración del Secretariado nos parece un producto claro del debate interno y puede leerse como una victoria de los dirigentes vinculados al peronismo, por el logro de la adhesión, o como un triunfo de los socialistas, que lograron plegarse a la demanda particular de la carestía, reforzando la noción de prescindencia en torno a otros puntos.

En este apartado, hemos intentado mostrar, entonces, cómo la pregunta sobre las formas de hacer política de los socialistas puede responderse a partir de la observación densa de los vínculos entre actores, instituciones y discursos. Siguiendo la sugerencia de Lepetit, la generalización aquí no se considera en términos de representatividad o excepción sino en clave de validez. (Lepetit, 2015, p.112). La sumatoria de casos o la elección de uno que se destaque por su excepcionalidad o representatividad no son las claves de este análisis, sino que este se nutre al abordar el modo en que determinados actores en situaciones concretas daban forma a las políticas en que participaban los socialistas.

Reflexiones finales: ¿juego de escalas o configuración?

¿Cómo reconstruir la historia del Partido Socialista Democrático? En nuestra tesis doctoral nos habíamos propuesto explorar las articulaciones que en esta coyuntura se dieron entre el PSD y los peronismos / el PSD y los antiperonismos. En esta línea, analizamos tanto las mutaciones diacrónicas como sus manifestaciones sincrónicas en distintos “ámbitos” de la política, tales como elecciones, legislatura, municipios y asociaciones intermedias. Sin embargo, mientras que las elecciones fueron exploradas con enfoques macro, las lecturas sobre la activación asociativa partieron de aproximaciones micro. Para balancear estas distancias hicimos una apuesta por la “variación de escalas”, metodología que Jacques Revel (2015) ha explicado con claridad, al recurrir a la fotografía como metáfora. Esta figura sirvió para señalar el modo en que la lectura del conjunto podía variar si alternativamente acercamos o alejamos la lente. Desde esta lógica, elegir una escala consistía en seleccionar un nivel de información que sea pertinente con el nivel de problema por estudiar.

En ese momento, es probable que la idea del “juego de escalas” haya operado como una herramienta pragmática para articular el trabajo realizado en distintos momentos formativos y no tanto como elección conceptual para alejarse de los gestos más radicalizados del microanálisis. Entonces, por qué no pensar a partir del posicionamiento de Gribaudi (2005), quien alude a una configuración de lazos y relaciones, con frecuencia contradictorios, pero estrictamente ligados ente sí, en un espacio muy local y al mismo tiempo más amplio.

Esta impugnación a la mirada escalar alcanza a nuestra pregunta inicial sobre el análisis de las variaciones regionales del PSD, cuyo peso se fue diluyendo en el transcurso de nuestra investigación. Lo que nos interesa saldar aquí es si el desplazamiento de este tipo de interrogantes, en el que la pregunta sobre la escala funciona como una inquietud sobre la proporción, es suficiente para descartar también el tópico de la representatividad. Partiendo de acordar en la construcción de una perspectiva que acepte que la generalidad está contenida en la particularidad, resta saber si cualquier experiencia es igualmente importante. El oxímoron de lo “excepcional normal”, propuesto por Grendi (1996), intentó aportar en la construcción de una solución en esta vía, que puede resultar prometedora para pensar la hegemonía socialista en Mar del Plata. Sin embargo, no parece suficiente para responder las preguntas que se le realizan habitualmente desde la academia a cualquier investigación situada. Al respecto, y no solo para obedecer a los cánones de la profesionalización, parece deseable que una mirada de la configuración partidaria incluya también una caracterización de sus principales nodos, así como un mapeo espacial de sus actores principales. En otras palabras, la cantidad o el tipo de situaciones analizadas no resulta definitoria para validar hipótesis generales, pero no parece inteligente considerarlo irrelevante. En esa línea, alentar la exhaustividad no implicaría adoptar la perspectiva inductivista. La pregunta sobre las formas de hacer política socialista se enriquece cuando los intercambios analizados pueden seguirse a partir de la conexión entre diversos contextos. Ese parece ser el camino más productivo para empezar a recorrer.


  1. Para más detalle, véase Gil Lozano, Bianchini, Salomone y Luna (1985).
  2. Tras la ruptura, la fracción que terminaría denominándose socialismo argentino modificó su Carta Orgánica en este sentido, mientras que la fracción que se convertiría en el socialismo democrático mantuvo una estructura organizativa similar a la de 1948, modificando en 1960 la declaración de principios y haciendo unos leves cambios a la Carta Orgánica en 1963, con el único fin de adecuarla al nuevo estatuto de los partidos políticos.
  3. Para una mirada sobre el mismo problema en otro período, véase el capítulo de Gonzalo Cabezas en este libro.
  4. Para un análisis minucioso de la ruptura de 1958, puede leerse Blanco (2005), Tortti (2009). Una mirada más detallada acerca de lo ocurrido en la Provincia de Buenos Aires, en Ferreyra (2010).
  5. Datos construidos a partir de una base de datos elaborada en Microsoft Access 2007 a partir de datos de fuentes dispersas: periódicos, listas de precandidatos y candidatos a elecciones, actas de congresos partidarios, diccionarios biográficos, memorias, entre otras.
  6. El Trabajo, 15/09/58.
  7. Hasta 1942 la provincia de Mendoza fue, después de la Capital Federal y junto con la Provincia de Buenos Aires, uno de los distritos con mayor porcentaje de votos socialistas. Algunas evidencias en este sentido lo brindan los porcentajes de votos para el PS en elecciones de diputados en 1924 (19,65%) y 1926 (13%).
  8. El Trabajo, 10/7/63.
  9. DSCDPBA. Período 103º, Sesión 29/6/1961.
  10. El Trabajo, 27/4/64.
  11. MGP, Instituto Municipal de Crédito y Vivienda, Mar del Plata, Editorial Pueyrredón, 1965. Folleto. Archivo Privado Jorge Raúl Lombardo.
  12. Para un análisis que inspira este enfoque, véase Fernando Balbi (2008). Otro aporte interesante proviene de la historia pragmática, véase Garzón Rogé (2017).
  13. El Trabajo, 24/11/64 y 24/7/65.
  14. La Capital, 18/4/64.


Deja un comentario