Otras publicaciones:

12-2853t1

Book cover

Otras publicaciones:

9789877230079-frontcover

DT_Augé_Hopenhayn_13x20_OK

Introducción

Hacia una agenda de problemas para los estudios sobre el Partido Socialista en el “interior” argentino. Balance y desafíos

Federico Martocci y Silvana Ferreyra

Cómo (re)configurar al Partido Socialista

En las últimas décadas, la revisión de un recorte temático desde el “interior” se ha vuelto un ejercicio recurrente en la historia política argentina.[1] Darío Barriera (2005) describió esta corriente como propia de la segunda renovación historiográfica y advirtió sobre una paradoja que marcó el desarrollo del nicho de la historia regional en el país. El autor resaltó el contraste entre la alta difusión de textos emparentados con la práctica microhistórica en los ámbitos académicos nacionales y la escasa atracción que esas matrices generaron para la escritura de historias locales. En la medida en que nos preocupaba dar cuenta de esa tensión, pensamos en la posibilidad de (re)configurar al Partido Socialista (PS). Por ese camino, esta compilación sobre el socialismo en el “interior” argentino se asume hija de esa tradición y esa paradoja.

La palabra configurar remite a la posibilidad de darle forma a algo, y por ende al hablar de configuración se alude a la disposición de las partes que componen una cosa y le confieren un formato determinado. De ello se desprende que no es un proceso finito, sino todo lo contrario: si se altera dicha disposición, el formato establecido sería otro, y así cada vez que eso vuelva a suceder. Para (re)configurar al PS, nos pareció clave recoger una advertencia de Jacques Revel en su planteo sobre el “juego de escalas”, donde señala que “variar la focal del objetivo no significa solamente agrandar –o disminuir– el tamaño del objeto en el visor; significa modificar su forma y su trama” (Revel, 2015, p. 24). En una clave menos relativista, Mauricio Gribaudi piensa la idea de configuración contrapuesta a la de escala. En sus palabras:

Toda práctica, todo comportamiento, es en realidad formada y determinada por una trama de imágenes, de aspiraciones y de tensiones que están arraigadas en un espacio muy local y al mismo tiempo muy amplio. Se trata, entonces, de una configuración de lazos y relaciones, con frecuencia contradictorias, pero estrictamente ligadas entre sí, que es necesario considerar esas prácticas y no series de fenómenos aislados, distribuidos sobre escalas diferentes. (Gribaudi, 2005, p. 201)

Si bien la mayoría de los capítulos de esta compilación se sienten probablemente más cómodos en los márgenes que la variación de escalas brinda para la fecundidad analítica, creemos importante retener el potencial disruptivo de la propuesta configuracional de Gribaudi para rescatar la confianza en el acercamiento microanalítico como modo de producción de las formas y relaciones sociales. En todo caso, se trata de incorporar un eje que nos permita establecer, desde la microhistoria, otro tipo de diálogos, claramente unificados por su recorte territorial. Una vez más, se trata de diferenciar la elección de una fracción del territorio nacional como unidad de observación de la adopción de una aproximación microanalítica, y atender incluso a sus variaciones teóricas.

En esta línea, también la propuesta de Frederic Sawicki (1997) para pensar al Partido como una estructura encastrada de espacios locales heterogéneos resulta sugerente. Pese a que la reflexión de este autor se basa en el análisis del Partido Socialista Francés, en el que el peso de las federaciones es mucho más significativo que en el caso argentino, su planteo permite romper con lecturas que reproducen el esquema modelo/desviaciones.[2] ¿Para qué sirve la colección de desviaciones más allá del no desdeñable señalamiento de la heterogeneidad? ¿Cuántos casos se necesitan para reformular el modelo?

Como ha señalado Mariana Garzón Roge (2014), afortunadamente va perdiendo adeptos la pulsión por sumar casos específicos como medio para construir hipótesis sólidamente edificadas a través de la inducción. Esta compilación pretende contribuir a ese clima generacional, en el que los estudios de pequeña dimensión buscan reposicionar su status, más preocupados por la resolución de problemas generales que por la posibilidad de completar una historia nacional con todas sus piezas. El problema (o la ventaja) que se le presenta a los estudios sobre el socialismo en el “interior” es que, dada la más tardía reflexión sobre el tema, debe resolver en un mismo gesto los problemas fundantes y los revisionistas.

La “capital” y el “interior” en el Partido Socialista: lugares comunes en lecturas nativas y académicas

A inicios del siglo XXI, en la introducción a un libro decisivo para la renovación de los estudios sobre el PS, Hernán Camarero y Carlos Miguel Herrera (2005, pp. 38-43) recuperaban los aportes de la “historiografía socialista clásica”, producida por los propios militantes y dirigentes partidarios. Dichos autores destacaban la relevancia de esos diferentes aportes, debido a su carácter meticuloso y documentado, lo que permitía identificar personas, fechas, publicaciones y otros datos valiosos para el análisis. Sin embargo, también advertían respecto del carácter subjetivo de esos textos, así como el afán por la descripción y la escasa intención analítica. Aunque por razones de espacio no lo podemos ahondar aquí, es necesario plantear que muchos de esos aportes fueron escritos por encumbrados dirigentes del PS, entre los que podemos citar a Jacinto Oddone, Mario Bravo, Adolfo y Enrique Dickmann, Ángel M. Giménez, Dardo Cúneo, Luis Pan, Juan Nigro y Manuel Palacín, entre otros. Ese listado se puede ampliar con los que se concentraron en la vida y obra de dirigentes centrales: para mencionar sólo aquellos que historiaron (desde diferentes perspectivas) la trayectoria de Juan B. Justo, habría que referir a Enrique Mouchet, Américo Ghioldi, Nicolás Repetto, Dardo Cúneo, Alicia Moreau, José Rodríguez Tarditi, Juan Antonio Solari, David Tieffenberg y Luis Pan. Es notorio, como puede verse, el peso que tuvieron los principales dirigentes en la revisión del pasado partidario y de los itinerarios más destacados en sus filas.

Podría decirse, además, que existieron sólidas representaciones nativas forjadas por los propios socialistas en lo que respecta a las diferencias entre los habitantes de las grandes urbes (en especial Buenos Aires) y los del “interior”, situación que derivaba en la autorrepresentación de una fuerza política moderna, disciplinada y homogénea. Aunque marca un carácter más optimista en estas lecturas a partir del programa del campo de Justo, Lucas Poy (2016) ha mostrado la preeminencia desde los inicios partidarios de las asociaciones que establecieron los dirigentes entre “interior”, atraso socioeconómico y el carácter personalista, inorgánico y fraudulento del régimen político en las provincias.

Inclusive aquellos referentes que provenían de espacios alejados de la capital del país y escribieron sobre la historia del PS, como Manuel Palacín e Isidro Oliver, contribuyeron a configurar una imagen partidaria signada por las voces de los principales líderes y las distancias (geográficas y simbólicas) entre Buenos Aires y otros espacios regionales. La producción de discursos en torno al pasado histórico del socialismo tuvo como objetivo “acreditar su propia identidad simbólica”, su tónica fue “apologética” y “teleológica” y en ella el interés cognitivo permanecía subordinado “a la funcionalidad institucional y en general también faccional”, aspectos que se replican por cierto en otras corrientes de izquierda (Acha, 2009, pp. 42-43).

Para retomar los ejemplos mencionados, repasemos rápidamente que planteaba en su Breve historia del Partido Socialista el propio Palacín. Si bien en su relato incluía entre “los precursores” a varios obreros, a partir de la fundación del PS el peso se desplazaba: por ejemplo, afirmaba que “en poco más de una década [entre fines del siglo XIX y la década inicial del XX], tan fructífera que podríamos llamarla su década de oro, Juan B. Justo nos legó multitud de obras fundamentales e inspiró la creación de muchas y nobles instituciones”. En dicho decenio ponía al mismo nivel, por caso, la aparición de Teoría y práctica de la historia (1909) y la creación de la Sociedad Luz (1898). Si bien los dirigentes centrales descollan en el libro, durante el “momento estelar del civismo” (que extendía entre 1912 y 1930, aproximadamente) el PS había logrado llevar “su voz hasta los más remotos lugares del territorio nacional” y sus militantes recorrieron “los caminos del país como mensajeros de un nuevo evangelio”. Los datos cuantitativos avalaban su planteo, por ello contabilizaba la cantidad de votos obtenidos en Argentina: 135 en 1896, 7.945 en 1912, 37.006 en 1914 y 319.430 en 1931 (Palacín, 1946, pp. 17-46).

El texto de Oliver, por su parte, es probablemente la obra que por primera vez intentó ofrecer un acercamiento, ambicioso desde luego, sobre El socialismo en el interior argentino. No obstante, este destacado militante del PS en las provincias de Santa Fe y Córdoba, paradójicamente también le otorgó un espacio extraordinario a la voz de los principales referentes partidarios: para ello reprodujo discursos legislativos, notas periodísticas, partes de libros y otras fuentes en las que ellos abordaban diferentes temáticas centradas en el “interior”. Incluso, tituló uno de los capítulos con estas palabras: “Lo que dijeron nuestros maestros”. Quedaba claro, en su perspectiva, que cuando refería al “interior” era porque “salimos de la gran urbe”. Y agregaba: “Caminos temerarios, más dispuestos para la aventura que para la previsión”, donde “asoma la civilización en marcha”; pero “se marcha en soledad”. Esto lo retomaba en su “exhortación” final, donde advertía que “los trabajadores del interior” sabían de “su aislamiento y soledad”, por ello debían ser “guardianes” del socialismo, “siempre alertas, para responder al gran ideal”, es decir, la emancipación de la clase trabajadora (Oliver, 1951, pp. 57 y 137). Sin duda, su lectura estaba atravesada por el contexto general del PS, signado por la crisis iniciada en la década del treinta y profundizada durante el peronismo. Arturo Orgaz parecía coincidir en ese sentido, puesto que en el prólogo al libro de Oliver (recuperando en cierta forma un antiguo debate) señalaba que el socialismo no era “un fenómeno artificial en el escenario argentino”, pero por diversas causas externas (ignorancia, demagogia y cosmopolitismo) no había logrado “expandirse suficientemente en el interior del país”. La evaluación retrospectiva lo llevaba a concluir en que dicha cultura política no había podido alcanzar en el “interior” la “pareja vitalidad” que tenía en Buenos Aires (Orgaz, 1951, pp. 13-14). ¿Qué había ocurrido entre el “momento estelar del civismo” del que habla Palacín y la “soledad” a la que aludía Oliver? Dicho período es abordado en el capítulo de Ricardo Martínez Mazzola que se incluye en esta obra, donde trata las grandes tendencias del proceso expansivo del PS en el territorio argentino. Entre los aspectos que muestra, se destaca la relevancia que tuvo la sanción de la Ley Sáenz Peña (1912) en el inicio de un proceso de implantación del PS por fuera del núcleo porteño, con lo cual da cuenta de los cambios importantes que provocó dicha legislación en el PS así como de las marchas y contramarchas que tuvo dicho despliegue hasta 1958.

En ciertos aspectos, estas lecturas nativas subyacen en trabajos académicos que tuvieron un impacto destacado en los debates historiográficos. Estas investigaciones se retrotraían a estudios realizados por destacados historiadores en la década del ochenta, y son textos de cita obligatoria en cualquier análisis sobre el PS en Argentina. Una de ellas es la de José Aricó (1999), intelectual que se interesó en Juan B. Justo en el marco de una más amplia iniciativa por estudiar el socialismo latinoamericano. La excelente investigación que se plasma en La hipótesis de Justo, adolece sin embargo de una excesiva tendencia a homogeneizar la identidad partidaria, con lo cual no solo desatiende las férreas críticas al justismo y los conflictos intestinos que se derivan de ellas (aspecto destacado ya por Camarero y Herrera), sino que al mismo tiempo homologa implícitamente las posturas nativas que colocaban al maestro en el “pináculo de la jerarquía de los saberes” (Acha, 2009, p. 29). El otro trabajo que abreva en algunas de esas interpretaciones es el que llevó a cabo Jeremy Adelman (2000) en el marco de la colección Nueva Historia Argentina, editada por Sudamericana. Si bien no discutimos la pertinencia de sus hipótesis medulares, cabe señalar que el abordaje empleado arroja una acentuada visión desde arriba del PS, probablemente a raíz del peso que tienen los documentos que obran como evidencia empírica y las fuentes secundarias consultadas. Asimismo, si bien no descuida las iniciativas del PS en lo que respecta al agro, la panorámica que emerge es la de una fuerza política de las grandes urbes (en especial Buenos Aires), con “una estrecha centralización a cargo del Comité Ejecutivo”, locales regionales “fundados por delegados de la Capital”, poco margen “para la organización espontánea desde abajo o para plantear programas partidarios regionales” y una figura aglutinante (Justo) de “poderosa estatura” que operó hasta 1928 para timonear los conflictos internos (Adelman, 2000, pp. 284-288).

En definitiva, lecturas nativas y académicas comparten una visión desde arriba, homogénea y urbana del PS. ¿De dónde partir entonces para revisar las investigaciones existentes sobre el PS en el “interior” del país? Incluso, ¿de qué manera evitar caer en el antagonismo nativo que antes describimos sobre la relación capital/interior? ¿Pueden los estudios del socialismo en el “interior” fundar nuevas hipótesis sobre la dinámica del PS en Argentina? ¿Por qué (re)configurar al PS cuando desde hace ya más de una década la historiografía ha dado sobradas muestras de que esa fuerza era mucho más compleja de lo que se suponía? ¿Qué diferencias puede haber entre la historiografía sobre el socialismo en el “interior” y lecturas similares de otras fuerzas partidarias?

Empecemos por el final. Hace más de quince años el libro de Darío Macor y César Tcach (2003), titulado La invención del peronismo en el interior del país, se constituyó como una referencia en el desarrollo de una perspectiva regional para las historias partidarias. La obra tuvo un objetivo ambicioso al partir de reconstrucciones del peronismo en la periferia para repensar algunas de las nociones compartidas sobre la naturaleza del peronismo. Para los compiladores, mirado desde el “interior”, la tibieza de fe del peronismo en la democracia política era el resultado del peso de los factores tradicionales en su génesis (Iglesia, caudillos conservadores, fracciones oligárquicas provinciales). Si optáramos por seguir esta línea, es posible que los trabajos sobre el PS en espacios extra-capitalinos impusieran también un sesgo “tradicionalista”, lo que en este caso sólo nos llevaría a reforzar las visiones nativas.

Al respecto, la búsqueda de significaciones nativas para la díada capital/interior puede ser incluso uno de los ejes de investigación y una forma de recuperar al actor en el seno de un debate organizado por el análisis de contextos diferenciados. Sin duda, en la dirección del PS predominaba un “capitalinocentrismo” que ubicaba al socialismo en un mundo urbano y civilizado enfrentado a la política criolla. No obstante, las rupturas partidarias muestran panoramas alternativos a ese imaginario. Por caso, en la escisión del Partido Socialista Obrero algunos centros del “interior” sostenían la causa izquierdista y promovían cambios en las relaciones entre centro y federación (ver Martínez, 2012; Blanco, 2018b). En sentido inverso, en la ruptura de 1958 la Capital era juzgada como foco del desorden por las dos facciones en disputa. Un diario socialista de Mar del Plata, identificado con la fracción liberal y democrática, señalaba que “o el interior despierta a esta tremenda responsabilidad de la hora o los grupos y camarillas que desde el gobierno de los partidos en la capital federal, infunde desorientación y desconcierto, nos conducirán a una nueva y agravada crisis cuyo desenlace será una nueva dictadura”.[3]

Para volver a las lecturas académicas, en un artículo anterior nos proponíamos clasificarlas en tres generaciones: el revisionismo de la izquierda nacional, la historiografía de la izquierda y la historiografía de la transición democrática (Ferreyra, 2011). Aunque cada generación se planteaba debatiendo un aspecto de la anterior, en ese momento –preocupados por su posición frente al peronismo– no destacamos lo suficiente que las tres compartían una matriz “porteñocéntrica”. Así, la imposibilidad del PS para desarrollarse fuera de un espacio con amplia inmigración extranjera y alto grado de urbanización, a la que aludía la izquierda nacional, no fue revisada por la historiografía de la transición democrática del modo en que se rebatió su relación con la cuestión nacional. Por su lado, la historiografía de la izquierda instaló una lectura bifronte del PS, complejizando el panorama partidario a partir del análisis de las rupturas. No obstante, optó por un análisis cupular que priorizó la observación de las rupturas desde el Comité Ejecutivo, antes que por las disputas en distintos centros.

Entonces, en primer lugar, los estudios sobre el socialismo en el “interior” contribuyen a reconfigurar el PS al debatir con esa matriz “capitalinocéntrica”. Pero, si avanzamos un paso más, creemos que pueden aportar también a la indagación sobre las formas específicas de acción política del socialismo, alejándonos así del perfil más iluminista y pedagógico que prevaleció tanto en las interpretaciones críticas como en las partidarias. En base al análisis de las experiencias concretas del PS en territorios y coyunturas determinadas, proponemos que dicha fuerza política presentaba las tensiones inherentes a la relación entre normativa o ideologemas de naturaleza institucional y la contingencia y versatilidad de la actividad política cotidiana. Desde ya, no se trata de una tendencia únicamente motorizada por el análisis de las prácticas políticas en el “interior” del país. A modo de ejemplo, basta con mencionar el trabajo de Pablo Pérez Branda (2011), que explora el rol que jugaron los centros socialistas de Capital Federal en la ruptura de 1927, para mostrar que esta correlación no puede pensarse en términos unilaterales. Asimismo, algunos trabajos recientes centrados en las articulaciones entre cultura y política –basados en fuentes vinculadas a instancias nacionales y/o capitalinas– han coadyuvado a precisar la brecha entre representaciones y prácticas para analizar las actividades socialistas (Buonuome, 2016).

En concreto, pretendemos explorar al PS como un todo, no solo para evitar el estudio de una estructura partidaria con proyección nacional cual si fuera la suma de meros compartimentos estancos, sino especialmente para contribuir a reflexionar sobre la construcción de las escalas de análisis sin que la jurisdicción administrativa obture el proceso cognitivo. Tal como se podrá advertir en diversos capítulos de la presente obra, una historia social de la política, que contemple escalas disímiles e interacciones entre los socialistas argentinos (y de otros países), puede ofrecer una imagen (re)configurada en la que se conjuguen todas la voces, prácticas y perfiles que coexistían en el PS.

De ese modo, y si bien otros han destacado la importancia que tenía para los socialistas integrados en la Segunda Internacional la defensa de la acción política disciplinada a partir de organizaciones centralizadas (Cole, 1964, p. 26), la perspectiva propuesta invita a avanzar en el estudio de las “geografías del socialismo”, a la manera que propuso hace varias décadas Georges Haupt (1964). Tal como advirtió Geoff Eley (2003, pp. 68-70), aunque los Partidos conformados por los socialistas eran más fuertes en la Europa central de habla alemana y en Escandinavia, mientras que en la zona del Mediterráneo eran más débiles, la industrialización no constituye una “guía infalible” al momento de testear su expansión. Por el contrario, él da cuenta de algunos triunfos electorales de los socialistas búlgaros antes de la Gran Guerra y de la aquiescencia que tenía esta fuerza política en las zonas rurales de Finlandia, Noruega y Suecia. ¿Por qué, entonces, en el caso argentino se debería concentrar la atención solo en las ciudades más populosas y descuidar el apoyo que el PS tenía en espacios rurales? El socialismo en Argentina no pudo despegarse en cierta medida de esa lógica centralizadora, ya sea en términos políticos u organizativos; sin embargo, un abordaje más detenido de diferentes regiones del país (y con fuentes poco exploradas) puede contribuir mejor a iluminar los logros y las claras limitaciones, algunas de las cuales se advierten en esta obra.

En esa clave, el despliegue partidario en la geografía nacional se puede convertir en prolíficas perspectivas de análisis. Sin embargo, es bueno admitir que hasta ahora se ha avanzado más bien de manera un tanto aislada (tal vez por las distancias), sin una base teórica y/o metodológica comprehensiva y con una marcada carencia de cierta agenda de investigación que, al menos, orientara a quienes se iniciaban en la tarea de indagar en el profuso mundo de los estudios sobre el socialismo argentino. Exploremos a continuación los antecedentes a fin de esclarecer un poco el panorama.

Un estado de la cuestión sobre el socialismo en el “interior”: espacios y problemas

Al carecer de una agenda de problemas que organice la masa crítica existente, pasaremos revista de los trabajos que han dado forma a este conjunto de abordajes que tratan sobre el socialismo en el “interior” y, para ello, atenderemos a los momentos y regiones de producción. A efectos de construirla, procuraremos a su vez hilvanar ciertas preguntas y delinear un mapa de posibles recorridos.

Empezaremos por referir a los estudios que, desde perspectivas y con repercusiones disímiles, en los años noventa del siglo XX se centraron en la experiencia del PS en espacios alejados de Buenos Aires. Los trabajos de Pablo Lacoste (1993) y Héctor Ghiretti (1997) se abocaron a la experiencia mendocina y profundizaron en un período temporal amplio, con énfasis en los departamentos de Godoy Cruz y Rivadavia, e incluso relacionando el socialismo con el entorno rural y la industria vitivinícola. Este enfoque les permitió mostrar cómo la crítica a la ortodoxia deflacionista y librecambista se inició como expresión de los socialistas que en las provincias buscaban defender los intereses de las economías regionales. Otra área de análisis temprano fue la provincia de Córdoba, con un trabajo sobre la participación del PS en la Convención Reformadora provincial de 1923 que realizó Ernesto Chanaguir (1994), así como relevantes aportes de Ofelia Pianetto (1991) que se ocupan del movimiento obrero cordobés entre fines del siglo XIX e inicios del XX y brinda detalles sobre el origen del PS local. Las razones para seleccionar un espacio determinado asociaban la representatividad con el peso político y electoral, priorizando aquellas zonas donde el socialismo obtenía cargos municipales y/o legislativos. Aunque en esta misma clave, pues relevaba la experiencia de la gestión socialista durante los años veinte, las investigaciones de María Liliana Da Orden (1991 y 1994) son un hito fundamental para los estudios microanalíticos sobre el PS. Dicha historiadora testeó no solo el perfil social de los dirigentes y sus múltiples vínculos, sino además la presencia de prácticas tradicionales en una fuerza política que desplegaba iniciativas para incluir a los trabajadores en diferentes actividades culturales y que se arrogaba la capacidad para alterar las prácticas políticas desde una perspectiva modernizante. Estos sugerentes planteos abrieron una brecha en ese contexto historiográfico, donde autores como Sergio Berensztein (1991), por citar un caso, equiparaban a la tradición socialista con la liberal en cuanto al afán por la modernización del país y la democratización del sistema político, desatendiendo por cierto la heterogeneidad social en las filas del PS. La relevancia del enfoque que ofrece Da Orden no se ha extinguido, ya que además de convertirse en cita obligada para los estudiosos del socialismo, hay continuidad en los trabajos que en este volumen exploran las prácticas políticas del PS y los perfiles de las dirigencias partidarias en espacios situados.

En los años posteriores, varios estudios continuaron centrándose en experiencias socialistas del “interior”, entre los que se pueden mencionar el de Miguel A. Dujovne (2003 y 2004) sobre el PS en Córdoba, y el de Leticia Prislei (2001) sobre la experiencia socialista en una comuna de la Patagonia, espacio que tenía marcadas diferencias con la provincia mediterránea, ya que al ser parte del Territorio Nacional de Neuquén presentaba una dinámica político-administrativa disímil a la de las Provincias argentinas. En los espacios territorianos, la instancia municipal era la única que permitía la participación política formal y la elección de representantes, razón por la cual es vital ampliar las investigaciones sobre el accionar concreto del PS en instancias donde logró acceder al poder y gobernar ciudades.

Pese a que estos trabajos focalizan en ámbitos muy diferentes, tienen en común que se sustentan a nivel empírico en la revisión de prensa partidaria. Los periódicos y diarios fueron una cantera prolífica en los años posteriores para abordar otros tópicos, incluso se convirtieron en ocasiones en un objeto de estudio (Da Orden, 2007; Ferreyra, 2011; Martina, 2011), al igual que ocurrió con La Vanguardia, sin duda el principal órgano de prensa del PS en Argentina (Buonuome, 2015). Aún no está reconstruido el mapa de emprendimientos periodísticos partidarios zonales que circularon a la par de La Vanguardia durante el siglo XX. Un seguimiento de la bibliografía sobre el tema devuelve un listado, que sabemos inacabado, de periódicos provinciales y locales vigentes en distintas etapas: Tiempo (Santa Fe), El Socialista (Mendoza), La Lucha (Tucumán), Juventud (Río Cuarto, Córdoba), Germinal (Santa Rosa, La Pampa), Lucha de Clases y Nuevos Tiempos (Bahía Blanca), El Despertar de Un Pueblo (Neuquén), La Democracia (Baradero), Tribuna Roja y Verdad (Luján), El Trabajo (Mar del Plata), Hoja Socialista (Olavarría), Ideas (Campana), Nuestra Idea (Zárate), La Libertad (Avellaneda), El despertar (Remedios de Escalada), La Ciudad (Lanús), La Palabra (San Pedro) y El Ariete (Quilmes). Un conocimiento más profundo de este universo permitiría construir problemas que no se remitan únicamente a la comparación entre la hoja indagada y el periódico “nacional”. Asimismo, evidencian la imposibilidad de conocer la prensa socialista solo desde una mirada capitalina.

El siglo XXI se abrió con importantes y disímiles estudios sobre el tema y, como ya señalamos, el libro editado por Camarero y Herrera (2005) resultó fundamental en la revitalización de los debates (en los que participaron los principales referentes del país) y, en especial, en el ordenamiento de la masa crítica existente y la delimitación de una agenda de investigación atenta a las vacancias historiográficas. En ese libro señero, tan solo dos de las sesenta y cinco páginas de su introducción se dedicaban a los análisis sobre el “socialismo en el interior.” La ausencia tenía un correlato con la escasez de trabajos sobre el problema y alertaba sobre una vacancia en la agenda historiográfica.

Progresivamente, este hueco se fue tapando y otros espacios se incorporaron a las pesquisas. Los trabajos de María Ulivarri sobre la Federación Socialista Tucumana destacan por el enfoque que propone para analizar el modo en que un grupo de personas “pivoteaba entre el día a día de su militancia y un conjunto de lineamientos muchas veces distantes de sus potencialidades o necesidades” (Ulivarri, 2008, p. 138). A su vez, la experiencia tucumana cuenta con acercamientos que atienden a las disputas de los socialistas con algunos sectores del catolicismo para interpelar a los trabajadores entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, ya sea en el plano de los reclamos laborales, de contiendas electorales o de iniciativas destinadas al acceso a la cultura y el esparcimiento en momentos de ocio (Bravo y Teitelbaum, 2009).

Estas últimas iniciativas han merecido un interés creciente en la historiografía, impulsado por los medulares estudios de Dora Barrancos, quien a partir de la exhaustiva revisión de La Vanguardia y de la complejización de los relatos partidarios colocó en evidencia que el PS desplegó una estrategia sistemática orientada a la difusión educativa y cultural a través de la creación de bibliotecas, centros de estudio, universidades populares, ateneos y conjuntos teatrales o musicales, como así mediante la publicación de periódicos, folletos, ensayos y el dictado de conferencias (Barrancos, 1991 y 1996). En esa línea de trabajos, también podemos mencionar el libro de Luis Alberto Romero y Leandro Gutiérrez (2007) que, aunque no se centra en el PS exclusivamente y revisa un escaso corpus documental partidario, da cuenta de numerosas iniciativas culturales que desplegaron los socialistas en la etapa de entreguerras. Y, además, a estos se suman los aportes de Osvaldo Graciano (2004, 2010, 2012), quien analiza el papel del PS no solo en materia de proyección cultural sino también en la producción de conocimiento sobre diversas temáticas y su divulgación con fines pedagógicos y políticos mediante revistas, periódicos, folletos y otras publicaciones.[4] En esta línea, nos interesa destacar que los enfoques socioculturales centrados en empresas culturales y educativas del socialismo y los trabajos que pensaron a los socialistas desde la perspectiva de la historia intelectual, colaboraron en el diseño de agendas de investigación productivas para los estudios desde el “interior.”

Los abordajes que, desde diversas escalas, exploraron esas acciones en espacios alejados de Buenos Aires ganaron relevancia de un tiempo a esta parte (Cimatti, 2001; Mases, 2005/2006; Teitelbaum, 2011), destacándose la experiencia pampeana. El enfoque regional permitió analizar el PS pampeano en dos planos que para los socialistas eran centrales: el político y el cultural. Asimismo, dio cuenta del peso que tuvo dicha fuerza política en el oriente pampeano y de la capacidad partidaria para elaborar propuestas políticas con cierto anclaje en problemáticas locales (Valencia, 2008). Sin embargo, aunque ese abordaje recogió las acciones más salientes en materia gremial, cooperativa y cultural, el rol de la política no solo inunda las interpretaciones, sino que además obtura, en parte, la posibilidad de aprehender el accionar de los actores y ver cómo circulaba la palabra socialista en zonas rurales y pequeñas localidades que no alcanzaban los mil habitantes (y por ende no podían elegir Consejos Municipales). El aporte que ofrece el estudio sobre las políticas culturales del PS avanza en ese sentido, y hace hincapié en el papel de la prensa, las conferencias y las bibliotecas, así como en el perfil de los dirigentes y militantes en el countryside (Martocci, 2015).

Conviene mencionar que son escasos aún los análisis sobre el socialismo en los ex Territorios Nacionales, como puede verse por ejemplo al recorrer la literatura sobre la historia de los trabajadores en zonas del sur argentino (Mases y Gallucci, 2007) o la producción centrada en espacios que algunos llamaron subnacionales (véase Bandieri, Blanco y Varela, 2005; Quiroga y Ruffini, 2011; Leoni y Solis Carnicer, 2012; Arias Bucciarelli, 2012). Pese a que en muchas investigaciones el PS emerge como una fuerza política activa también en dichos ámbitos, se conoce realmente poco sobre el desarrollo partidario y la relación con los trabajadores en estos espacios. Si bien distintos estudios avanzaron en el papel del socialismo (y otras culturas de izquierda) en la organización del movimiento obrero (Gatica y Pérez Álvarez, 2012) o en el contexto de las huelgas agrarias de 1919 (Martocci, 2018), es evidente que resta aún mucho por hacer.

Un párrafo aparte merece la provincia de Buenos Aires, donde los estudios han sido más prolíficos. Aunque ello puede ser coincidente con un desarrollo partidario más intenso, no podemos soslayar el dato de que las tres localidades más estudiadas son sede de universidades nacionales: Tandil, Bahía Blanca y Mar del Plata. Un claro ejemplo son los trabajos de Luciano Barandiarán (2009, 2010, 2012) sobre el Centro Socialista de Tandil, sus principales referentes, el rol de las mujeres, sus estrategias organizativas para la activación política rural y el destacado lugar que los socialistas reservaron para los trabajadores del campo en el proyecto partidario. Por su parte, los estudios de Andrés Bisso (2009, 2007, 2005) sobre la experiencia de un antifascismo liberal socialista durante la restauración conservadora en el “interior” bonaerense pusieron en evidencia la multiplicidad de formas en que se entretejieron política, sociabilidad y ocio para expresar performativamente esta identidad política. Martocci (2015) y Barandiarán (2010) comparten con Bisso una agenda sobre la circulación de las ideas socialistas en zonas rurales. La pregunta sobre la circulación y recepción de la propaganda socialista en contextos radicalmente disímiles a los de su enunciación recupera el contraste de dimensiones similares en marcos diversos, pero aquí la variación de escala se construye a partir de redes de actores que materializan la circulación de las ideas.

En Bahía Blanca, la intendencia del socialista Agustín de Arrieta convocó también al análisis de la experiencia local. Mabel Cernadas fue una de las investigadoras que impulsó el conocimiento sobre el PS zonal, tanto al estudiar el gobierno de Arrieta (Cernadas, 2013 y 2009) como al promover compilaciones, jornadas e investigaciones donde se presentaron trabajos sobre la historia partidaria para el período anterior (Bevilacqua, 2009 y 2012; Cimatti, 2001, 2007 y 2014) y posterior (López Pascual, 2013). La veta crítica del trabajo de Da Orden sobre Mar del Plata, al que hemos hecho referencia al inicio, es retomada por los recientes trabajos de Gonzalo Cabezas (2015, 2017a y 2017b) sobre el Centro Socialista bahiense a inicios del siglo XX. El autor aprovecha su análisis sobre los mecanismos partidarios internos a través de los cuales el PS financiaba, organizaba y llevaba a cabo la propaganda para revisitar algunas ideas cristalizadas para la historiografía sobre el socialismo. Así, cuestiona el carácter de Partido moderno y pone en tensión imágenes habituales sobre la disciplina y la centralización partidaria. Militantes morosos, centros rebeldes, líderes provinciales que viajan por localidades vecinas cubriendo los espacios que los capitalinos dejan vacantes, entre otras figuraciones, muestran un socialismo real, indagado en sus prácticas concretas. Esta línea de trabajo, también lo conecta con los trabajos de Ferreyra (2012 y 2015), quien exploró la activación socialista en Mar del Plata durante los años sesenta, como experiencia de análisis válida para cuestionar tesis sobre el asociacionismo socialista, instaladas por la historiografía argentina y la mirada nativa para pensar los procesos descentralizadores. Asimismo, esos trabajos permitieron demostrar empíricamente la existencia de patrones de asociativismo e interpelación entre Estado y sociedad diferentes a los apriorismos sensibles a los postulados liberal democráticos (Acha, 2004), buscando así nuevos modos de abordaje para el estudio de la sociabilidad política (Bisso, 2013).

En el plano de las regiones más exploradas, cabe señalar además que existe una marcada discontinuidad en cuanto a los períodos temporales abordados, puesto que la mayoría de los trabajos se concentran en las primeras décadas del siglo XX. Para mencionar ejemplos, advertimos una carencia de trabajos orientados a explorar el PS en la década del treinta a la luz de experiencias regionales o locales, aunque existen investigaciones ya citadas que son valiosas por la diversidad de temáticas que analizan (Martínez, 2010; Blanco, 2018a y 2018b). En este sentido, es notoria la diferencia respecto de los trabajos que en los últimos años se abocaron al estudio de esa década. Entre ellos, destacan los que revisan el lugar que tuvo el PS en la escena política de entonces y las consecuencias de su inserción institucional en las filas partidarias (Martínez Mazzola, 2017), los que atienden a la (re)emergencia de un ala izquierdista fuertemente crítica de la dirección del PS (Herrera, 2006; Martínez, 2017) o los que hacen foco en la relación entre socialismo y movimiento obrero (Ceruso, 2015, 2017a; 2017b). Se advierte una vacancia pronunciada en los análisis que se concentran en los años del primer peronismo, un tema que ha sido tratado por Carlos Altamirano (2001), Marcela García Sebastiani (2005) y Ricardo Martínez Mazzola (2013 y 2018) desde diferentes perspectivas, y que recientemente fue objeto de un detenido análisis de Herrera (2016 y 2019). Existen sí abordajes que revisaron la prensa socialista para explicar las posiciones e iniciativas partidarias en los primeros años del peronismo (Martina, 2011) o la dinámica del socialismo como oposición legislativa a partir del accionar de Teodoro Bronzini, único legislador del PS entre 1946 y 1955 (Da Orden, 2006), pero todavía son muy escasos.

En cambio, más auspiciosa es la producción historiográfica en lo que respecta a estudios sobre experiencias socialistas específicas en la Historia Reciente, por ejemplo el devenir del Partido Socialista Democrático en Mar del Plata (Ferreyra, 2009, 2011, 2013) y Córdoba (Bonvillani, 2018), o los orígenes del Partido Socialista Popular (Suárez, 2015), cuya trayectoria en Rosario ya había sido analizada de manera detenida (Guberman, 2004). Dicha producción, por supuesto, abreva en los valiosos aportes de investigaciones realizadas y proyectos colectivos encabezados por María Cristina Tortti (2009 y 2014), aunque todavía echamos en falta una exploración regional de las nuevas izquierdas. Esto resulta paradójico, puesto que la historia regional en Argentina parece demostrar “más alergia que interés” por el pasado reciente (Bohoslavsky, 2018, p. 44). Si bien no todos los autores citados coincidirían en que la historia regional se encuentra en el centro de sus preocupaciones historiográficas, es innegable el aporte de ese campo de estudios para complejizar la historia argentina y, específicamente, revisar el pasado histórico del PS.

En torno al contenido del libro

La propuesta de esta obra consiste en (re)configurar la imagen del PS a partir de tres líneas potenciales de análisis, que a su vez estructuran las secciones del libro. La primera pretende, en esencia, poner a prueba la mirada “capitalinocéntrica” mediante un ejercicio que se resume en este interrogante: ¿cuál fue la dinámica de la proyección territorial del socialismo en el largo plazo? En ese sentido, la apuesta no solo intenta dar cuenta de las iniciativas partidarias para trascender el espacio porteño, proceso que tiene intensidades disímiles, sino además identificar fehacientemente los momentos a partir de los cuales la expansión del PS redundó en acceso efectivo a gobiernos comunales u otras instancias de poder. Así, quizá se puedan comenzar a revisar las interpretaciones ancladas en la imagen del PS como una fuerza política cercada por su propia lógica, es decir, el parlamentarismo (entre otros, ver Halperin Donghi, 2007a y 2007b). El estudio del socialismo en espacios periféricos (incluso con autonomía limitada, como los casos de Territorios Nacionales) puede ofrecer una visión renovada sobre un partido político que, no en pocas ocasiones, gobernó con cierta continuidad. Los tres capítulos de la primera sección aportan en ese sentido, aunque desde lugares disímiles. El trabajo de Ricardo Martínez Mazzola propone una mirada general de las tendencias que permiten explicar la dinámica expansiva del PS en Argentina, y para ello focaliza en la etapa que va desde 1912 a 1958. En diálogo con abordajes contemporáneos que pretenden avanzar en “cartografiar el socialismo” en su período inicial para develar la penetración política y organizativa del PS (Poy, 2019), Martínez Mazzola propone una mirada original sobre la información cuantitativa que ofrecen los Congresos partidarios para estudiar no solo el crecimiento con avances y retrocesos, sino también el impacto disímil de las rupturas partidarias a lo largo del país y el papel asumido por los socialistas (y sus Federaciones) del “interior” en ese extenso período. Por su parte, Silvana Ferreyra se concentra en el análisis del Partido Socialista Democrático entre 1958 y 1966. Un análisis de los centros socialistas, los resultados electorales y la representación legislativa y municipal la lleva a proponer un desplazamiento del bastión capitalino hacia la Provincia de Buenos Aires. A partir de esta tesis la autora propone una reflexión sobre su propio recorrido de investigación, para discutir tensiones entre representatividad y aproximación microanalítica. Finalmente, el trabajo de Fernando Manuel Suárez explora una experiencia de gran importancia: la del Partido Socialista Popular, que fue creado en 1972 y, a partir de 1975, se constituyó como un socialismo “desde el interior”, con una dirigencia joven y universitaria, cuya base de apoyo era la ciudad de Rosario y experimentó dificultades para hacer pie en el espacio metropolitano. Al fijar la atención en los cuestionamientos que esa fuerza política le planteaba a la “tradición socialista argentina”, el autor coloca en un plano central las tensiones internas de una identidad partidaria.

La segunda línea o sección propone analizar la correlación entre discursos y prácticas en espacios situados, sea en el plano del accionar concreto de un gobierno socialista o en el ámbito de los Centros que el PS tenía desperdigados por todo el país. El capítulo de Gonzalo Cabezas abre la sección, sentando sólidas bases para esta discusión. El autor, que viene trabajando en discutir la imagen cristalizada del PS como partido moderno, en este trabajo pone en cuestión las ideas sobre el centralismo partidario. En primer lugar, muestra los organigramas alternativos que se pusieron en disputa en el seno del PS a principios de siglo XX, antes de consolidarse una estructura donde el Comité Ejecutivo Nacional ocupaba el lugar central. No obstante, el análisis del funcionamiento cotidiano del Centro Socialista de Bahía Blanca muestra cómo los actores utilizaron los intersticios normativos de los estatutos para resolver todo tipo de cuestiones de acuerdo a sus propios ritmos y pareceres. Aunque en contrapunto, el capítulo de Alex Ratto también resulta un excelente texto para debatir sobre el centralismo y las dificultades endógenas del partido para su expansión territorial. Una posible lectura lleva a pensar la escena rosarina como una experiencia que confirma la hipótesis centralista que el caso bahiense refuta. Sin embargo, motivados por desechar las perspectivas de falsación o comprobación a través de la acumulación de casos, nos estimula pensar que la presencia de dirigentes del Comité Ejecutivo en los cargos partidarios y electivos era también una forma de control de las disidencias internas. Esas disidencias internas se exploran por una vía menos convencional en el capítulo de Roberto Cimatti, quien examina las denuncias por indisciplina en el seno del Centro Socialista de Bahía Blanca entre 1919 y 1926. Ese recorrido por las tensiones entre lo personal y lo político y los usos políticos de la acusación de indisciplina resquebrajan la imagen de un partido caracterizado por un estricto código disciplinar. Aunque las rupturas no sean la única escena en que estas tensiones emergen, parecen una coyuntura especialmente productiva para estudiarlas. El trabajo de Leonardo Fuentes y Luciano Barandiarán, que arranca con la ruptura del Partido Socialista Independiente, nos brinda otros elementos para pensar estas coyunturas en centros alejados de la Capital Federal. Serán claves explicativas las redes entre dirigentes de distintos niveles y el modo en que los socialistas de Ayacucho y Tandil se apropiaron localmente de los discursos identitarios que construyeron socialistas y libertinos en Capital. Estas dimensiones serán también el nudo del trabajo de Karina Martina, donde el terremoto de Sampacho en 1934 le permite construir una trama sólida de dirigentes políticos y narrativas en Córdoba, en un ejercicio con rasgos propios de la historia conectada. Los intentos del intendente socialista de la localidad por conseguir financiamiento para reconstruirla activaron redes con los parlamentarios socialistas y evidenciaron las disputas con el ejecutivo provincial de tinte conservador. Asimismo, la Iglesia y los socialistas produjeron e hicieron circular narrativas contrapuestas, con el fin de disputar legitimidad en torno a las causas del desastre. Por un lado, quienes consideraban que el terremoto se generó por la “ira divina” que se desató sobre un pueblo que elegía a socialistas como autoridades. Por otro, la Iglesia y los conservadores como “obstructores del progreso” que reproducían las prácticas de la política criolla al castigar a Sampacho por no elegir representantes del Partido Demócrata.

Por último, la tercera sección hace foco en la relación entre socialismo y cultura. Con ese fin se abordan diversas experiencias de esos “otros” intelectuales, para emplear la fértil expresión de Ana Teresa Martínez (2013), ya sea para explicar las iniciativas orientadas a sectores de trabajadores indígenas, para develar la relevancia de los espacios sociales y la vida urbana del “interior” en la producción dramatúrgica de entreguerras o para advertir el peso que tuvo la sociabilidad en la adscripción política de ciertos socialistas bonaerenses. El capítulo de Héctor Daniel Guzmán brinda un primer acercamiento a la experiencia de Carlos Abregú Virreira en Santiago del Estero, más específicamente en Añatuya, con el fin de indagar en torno de las iniciativas culturales y las tensiones que generaron las propuestas de este socialista de origen boliviano. De ese modo, el autor reconstruye el caso de un dirigente del PS que se nacionalizó argentino para actuar en un contexto rural particular en el que, entre 1916 y 1919, logró cierta aquiescencia en un marco social signado por la nutrida presencia de obreros indígenas. Por su parte, Paula Laguarda y Federico Martocci analizan la trayectoria del dramaturgo socialista Pedro E. Pico, reconstruyen sus redes intelectuales y exploran la refracción (para decirlo en términos de Pierre Bourdieu) entre espacios culturales disímiles, con especial interés por develar, mediante dos de sus obras, ciertas representaciones sobre la vida social y cultural en las localidades del “interior” del país. En el capítulo que cierra dicha sección, Andrés Bisso parte de un texto puntual, escrito por Francisco J. Pasini (un destacado dirigente socialista de Luján), con el objetivo de tensionar los a priori respecto de lo que es el socialismo y, en definitiva, de colocar en un primer plano la significación de los vínculos de sociabilidad en la actividad política. De ese modo, el autor logra un acercamiento que desbarata cualquier estereotipo y pone en evidencia el locus en el que operaba Pasini.

Desde luego, son muchos los desafíos que aún permanecen irresueltos en lo que refiere a la temática de la obra, entre los que se pueden destacar al menos algunos. Uno de los tópicos que ha adquirido gran relevancia en los últimos años es la relación entre PS y movimiento obrero (Camarero, 2005 y 2015; Poy, 2014; Ceruso, 2015, 2017a y 2017b; Belkin, 2018, entre otros), pero son más escasos todavía los estudios centrados en otros espacios (Blanco, 2018a y 2018b; Ulivarri, 2008). Avanzar en ese sentido sería importante para explicar dicha vinculación, pero además para identificar el papel que esta compleja dinámica adquirió en coyunturas de crisis y rupturas partidarias. Al explorar el peso de las escisiones a escala regional (que no es sinónimo de provincial) se alcanzará un panorama más completo sobre la dinámica partidaria, así como también de los posicionamientos, el impacto electoral y la sangría de afiliados.

En la última década, se expandieron a su vez las investigaciones sobre ciertos dirigentes partidarios pero, aunque desde diversas perspectivas, los trabajos arrojan claridad sobre trayectorias que ya se conocían debido a la relevancia de los actores en cuestión (Acha, 2005; Becerra, 2009; Herrera, 2013, 2018a; 2018b; Graciano, 2018; Martínez Mazzola, 2018). Si bien existen análisis sobre dirigentes del “interior” (Barandiarán, 2009; Martocci, 2016; Martocci y Laguarda, 2017; Requena, 2018), es necesario profundizar este tipo de abordajes para identificar los perfiles de militantes y dirigentes, sus vinculaciones con otros socialistas y el papel que tuvieron en la dinámica partidaria. Los aportes de estas investigaciones son especialmente relevantes porque rompen con el verticalismo de las escalas, permiten repensar la relación entre centros y periferias e inclusive favorecen los análisis de las múltiples redes en las que estaban insertos. Sin embargo, también cabe aclarar que no siempre es tarea sencilla encontrar información sobre esos militantes y dirigentes, muchas veces ausentes inclusive de los diccionarios biográficos de referencia (Tarcus, 2007). Ello, por supuesto, redunda en un arduo trabajo de archivo, con el objeto de recabar información sobre actores que muchas veces permanecen inexplorados y, en la mayoría de los casos, no legaron autobiografías o memorias como sí ocurre con los dirigentes partidarios más encumbrados, algunas de las cuales han sido recientemente analizadas y trianguladas con sus cartas personales de manera original (Martínez Mazzola, 2016/2017).

Todos esos desafíos se caracterizan por su especificidad, pero también los hay de carácter más bien general. Entre ellos, es provechoso retomar dos planteos recientes del historiador Ernesto Bohoslavsky, donde reflexiona sobre una potencial (y renovada) agenda “para una historia regional no regionalista”. Allí, se extiende en la necesidad de recurrir a la comparación entre experiencias regionales (práctica infrecuente en el país) para identificar similitudes y divergencias. Al mismo tiempo, propone “extender el uso de la escala local para estudiar espacios centrales del país”, es decir, aplicar preguntas y enfoques de la historia regional “sobre territorios y personas que recurrentemente han sido sometidos a lecturas nacionalizantes y uniformantes” (Bohoslavsky, 2018, pp. 44-46). ¿Un análisis micro es necesariamente un estudio realizado en localidades del “interior” argentino? El trabajo de Pablo Pérez Branda (2011), que explora el rol que jugaron los Centros Socialistas de Capital Federal en la ruptura partidaria de 1927, evidenciaría que esta supuesta correlación es falsa. En otro orden de cosas, podríamos por ejemplo hacer la siguiente pregunta: ¿en qué medida figuras de la talla de Repetto o del propio Justo se mantendrían inalteradas si atendiéramos a los vínculos que entablaron con múltiples militantes y dirigentes del “interior” para proyectarse a nivel nacional y, además, para resolver cuestiones administrativas, moderar conflictos o incluso reclutar candidatos? Es sabido que varios socialistas no oriundos de Buenos Aires llegaron a ser diputados por esa provincia: ¿cómo fue posible que eso ocurra? Es más, muchas de las intervenciones de los legisladores socialistas descansaban en nutrida información recabada en distintas latitudes del país, hecho que pone en evidencia la relevancia que para ellos tenían esas relaciones tendidas de manera capilar para actuar en ese contexto, a sabiendas de la significación que tenía para el PS la “acción política”.

Esto nos lleva al último desafío: la necesidad de analizar al PS a partir de la historia conectada. En el camino que han marcado los estudios sobre la circulación transnacional de las derechas ( Bohoslavky, 2018), urge la construcción de una historia del socialismo que teja tramas locales, provinciales y nacionales, sin olvidar los hilos latinoamericanos e internacionales. Algunas pistas aparecen en los trabajos de Daniel Iglesias (2013) y Leandro Sessa (2014) sobre las redes internacionales del aprismo a lo largo del siglo XX, en las investigaciones de Fernando Pedrosa (2013) sobre las actividades de la Internacional Socialista en el escenario de las transiciones democráticas latinoamericanas o el más divulgado estudio de Pablo Yankelevich (1994) sobre los cambios que la propaganda carrancista ocasionó en la interpretación de algunos intelectuales socialistas sobre la Revolución Mexicana. Si partimos del planteo de Romain Bertrand, puede decirse que para ello es preciso no delimitar de antemano los “mundos vividos” de los actores sino más bien deducirlos de las prácticas que los constituyen. En tal sentido, “no hay otras escaleras que las que nos prestan los actores” y eso tiene como correlato metodológico la “completa simetría documental” (Bertrand, 2015, pp. 10-13), es decir, la necesidad de recabar fuentes de diferentes procedencias que permitan iluminar dichas conexiones de manera convincente. Aunque muchos abordajes de este tipo centran la atención en los vínculos internacionales, según parece no sería menos eficaz aplicar el enfoque al estudio del socialismo argentino. El epílogo escrito por María Liliana Da Orden, que cierra este libro, muestra las potencialidades de una propuesta que mira la correspondencia desde esta óptica. La historiadora, que plantea un recorrido particular a través de las cartas de Nicolás Repetto para construir una valiosa perspectiva centrada en el juego de reciprocidades entre centro y periferia, da cuenta también de las habilidades para construir un corpus sensible a estas problemáticas.

Un desafío en ese sentido se vincula con las fuentes para la pesquisa, porque a medida que retrocedemos en el tiempo los documentos suelen ser cada vez más esquivos o escasos, sino directamente inexistentes. A ello se suma que tampoco existe una gran producción de textos (salvo excepciones) elaborados por los militantes y/o dirigentes sobre determinadas trayectorias o centrados en el pasado partidario. Por esa razón, muchas veces se acude a la prensa existente en repositorios provinciales y nacionales o a los relatos autobiográficos y memorias de los principales referentes del PS, una tarea que en ocasiones resulta decepcionante (por la escasez de datos precisos) o condiciona la interpretación por las opiniones nativas, tema al que nos referimos previamente. Sin embargo, los abordajes que recuperamos dan cuenta del potencial que ofrecen también los archivos provinciales y locales, siempre y cuando sean debidamente triangulados y revisados durante las investigaciones.

Recapitulando, en esta introducción nos hemos propuesto, como objetivo de mínima, mostrar el crecimiento de un campo de estudios. Como apuesta máxima, apuntamos a esbozar un conjunto de preguntas que las nuevas investigaciones insinúan para reconfigurar la historia del PS a partir de análisis situados en territorios concretos. Los aportes que hemos relevado vienen de los cruces con otros campos de debates como la historia intelectual, la antropología política o los enfoques multinivel. Así, las investigaciones sobre el asociacionismo, la circulación de la propaganda partidaria, la producción intelectual en espacios periféricos, la articulación horizontal y vertical o el análisis intensivo de las prácticas en un Centro Socialista nos mostraron las diversas perspectivas que se pueden proponer a través de un mismo recorte. En ese camino, a la vez fundante y revisionista, avizoramos (y propiciamos) una historiografía sobre el PS en el “interior” donde la crítica al “capitalinocentrismo” sea solo uno de sus filos, probablemente el menos herético.


  1. Al respecto, no pretendemos exhaustividad, sino solo ofrecer un conjunto de ejemplos reunidos en obras de carácter colectivo: véase Macor y Tcach (2003), Rafart y Mases (2003), Bona y Vilaboa (2007), Melon Pirro y Quiroga (2014), Ferrari y Mellado (2018).
  2. Nos permitimos aquí una extrapolación desde el campo de la historia intelectual. Elías Palti (2004) considera que este esquema fue el propio de la historia de las ideas latinoamericanas, en la medida en que esta disciplina se centró en la definición de tipos “puros” o modelos originados en Europa y la identificación de las “desviaciones” ocurridas una vez que estas ideas eran trasladadas a un medio supuestamente extraño y hostil a las mismas, adquiriendo un carácter más tradicionalista y conservador.
  3. El Trabajo, 1957 (Mar del Plata), 27 de abril.
  4. En el mismo sentido que Graciano, también Martocci (2013) ha explorado esas iniciativas partidarias en función del caso particular de un maestro del Territorio Nacional de La Pampa.


Deja un comentario