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Conferencia inaugural[1]

Trece años de investigaciones antropológicas en el delta entrerriano, 1986-1999

Fernando Alberto Balbi[2] y Claudia Fabiana Guebel[3]

Una trayectoria de investigaciones grupales, de las cooperativas de pescadores artesanales a las formas de asentamiento humano en el delta entrerriano

Fernando Alberto Balbi

                         

Hola a todos, muchas gracias. Gracias a Cynthia Pizarro y Brian Ferrero por la invitación. Es la primera vez que me invitan por viejo, tengo que decirlo, porque yo era el más chico de aquella investigación. Es un gusto –creo que puedo decir esto en nombre de Claudia, también– ver que los estudios sobre el área del delta desde las ciencias sociales están lo bastante consolidados como para que se desarrollen unas jornadas como estas, siendo que nosotros venimos de un período en el que eso no sucedía, y hoy en día estamos en otros campos temáticos y no nos dedicamos para nada a esto. Hemos tenido que hacer unos ejercicios de memoria importantes.

El título de esta presentación ya pone las fechas y explica por qué necesito hacer memoria. Lo primero que quiero contarles es que esa investigación, que empezó en 1986, y en la que nosotros éramos auxiliares –Claudia estaba terminando la carrera y yo estaba promediando la mía– fue planteada por el director, Mauricio Boivin, que ya había trabajado con cooperativas en Pichi Leifú (Departamento de Pilcaniyeu, Río Negro), y las dos investigadoras del equipo, Ana Rosato, que había trabajado sobre cazadores-pescadores en el delta bonaerense, y Sofía Tiscornia, que es entrerriana, de La Paz. Del encuentro entre ellos, surgió la idea de hacer un proyecto sobre los procesos de cooperativización de pescadores en el Paraná entrerriano. Ese proyecto, además, fue parte de un “Programa de formación de jóvenes investigadores”, por el cual Boivin y Hugo Ratier solicitaron un subsidio a la UBA para incorporar estudiantes a dos equipos de investigación. El equipo que dirigía Ratier, con la participación de Federico Neiburg, trabajó sobre fábricas con villa obrera en Olavarría. Fue una experiencia inédita. Se hicieron entrevistas a ciento y pico de estudiantes que nos presentamos, y quedamos diez para el equipo nuestro y cuatro para el otro. Del grupo nuestro, tres estábamos a mitad de la carrera y siete estaban terminando. No voy a decir más sobre esta experiencia de formación, salvo que fue fructífera, no solo para nosotros, que por algo estamos hoy acá, sino porque, si bien, de los diez auxiliares que entramos a nuestro equipo, tres se alejaron rápidamente por cuestiones personales, seis de los siete restantes seguimos trabajando como antropólogos. Y de los cuatro compañeros del otro grupo, creo que tres siguen como profesionales en antropología.

El primer proyecto del equipo, en 1986, se llamó “Análisis comparativo del funcionamiento y organización de cooperativas de producción y comercialización de pescado en el Área del Paraná Medio”. El objetivo del proyecto era algo así como el análisis de los factores “que coadyuvan u obstaculizan” a los procesos de cooperativización, una expresión que usamos en broma por años para referirnos a toda clase de cosas. Lo cierto es que había en ese momento cuatro o cinco procesos de cooperativización en el área, de los cuales el único que cuajó fue la reactivación de la cooperativa de la ciudad de Victoria. Los otros no llegaron a operar o se vinieron abajo rápidamente. Pero, como inicialmente había varios en marcha, el equipo se subdividió en dos grupos: uno coordinado por Sofía Tiscornia, que trabajó en Santa Elena, La Paz y Paraná, y el otro coordinado por Boivin y Rosato, que se asentó en Victoria y abarcó también a Diamante.

Como ellos eran antropólogos y nosotros estábamos en camino de serlo, la mirada del equipo fue holística. Los antropólogos tratamos de no definir de antemano qué asuntos hay que tener en consideración, sino de irlos descubriendo a lo largo de la investigación. Eso nos fue llevando a salirnos del foco exclusivo sobre la organización de la producción y a meternos con las políticas del Estado hacia el sector y con la política local, entre otros factores. Empezamos con un proyecto anual de Conicet (PIA), y para el informe final nos dividimos en tres grupos: uno con Tiscornia, que se ocupó de la parte política del asunto; otro con Rosato, que se centró en la estructura del proceso productivo pesquero; y uno con Boivin, que escribió la parte del informe sobre cooperativas, donde estuvimos Claudia y yo. Todo este trabajo llevó a que nuestros siguientes proyectos, entre 1988 y 1991 (un PID del Conicet y un proyecto bianual de UBACyT), se centraran ya en las relaciones entre la estructura económica, las capacidades organizativas, y las políticas de intervención del Estado en el desarrollo de la actividad pesquera. Quiero, entonces, hablarles un poco sobre cómo era el proceso productivo pesquero en esa época.

La producción pesquera en la zona del Departamento de Victoria de la época estaba dirigida a la comercialización del pescado fresco. Se vendía en el NOA y en menor medida en el NEA. Era principalmente sábalo, en menor medida boga y bastante menos pescado “de línea”: surubí, dorado, y otros. Ya en esa época decían que antes los pescados eran más grandes. Los pescadores eran artesanales e independientes: es decir, eran propietarios de sus “herramientas”, y sus unidades productivas eran de base doméstica (trabajaban solos o con un hijo; los menos tenían algún peón, pero para eso necesitaban cierta cantidad de metros de red para que valiera la pena contratarlo). Y todos –salvo algunos poquitos– vivían de múltiples actividades, no solo de la pesca, sino que cazaban, trabajaban en forma estable o no en ganadería (para otra gente obviamente, aunque había alguno que compraba unas vaquillas, como uno de los presidentes de la cooperativa). También trabajaban en la construcción, el corralón municipal, etc. Algunos también cuidaban colmenas, que en general no eran de ellos. La verdad es que lo que se hacía en esa época en la isla era eso: ganadería de engorde, pesca, caza, algunas colmenas y poco más.

Todo lo que pescaban lo vendían a “acopiadores”, mayormente de Santa Fe, que se llevaban el pescado con hielo en camiones térmicos, aunque había uno que tenía un viejo colectivo escolar sin revestimiento térmico, con el que iba hasta Misiones llevando el pescado en cajones con hielo y tapándolo con algunas ramas. Había también equipos de estibadores, incluyendo a una familia donde todos los varones estibaban pescado. Había además intermediarios, conocidos localmente también como “acopiadores”, uno de los cuales tenía una pequeña cámara en el puerto y se dedicaba, sencillamente, a comprar y vender, y mantenía relaciones personales con pescadores a los que “ayudaba” en distintas instancias, de manera que se comprometían a venderle a él. Y otros tenían barcos de acopio con cajones térmicos que pasaban por la isla a recoger la producción de quienes vivían allí. El barco de acopio de la cooperativa, el “Estela Mari”, no tenía cajón térmico y estaba un poco más arruinado que el resto, y se hundió unos años más tarde. Claudia escribió sobre eso en su tesis de maestría, según recuerdo.

Estos intermediarios eran fundamentales porque le daban regularidad al proceso productivo. Los pescadores eran independientes y, para salir a pescar, dependían de que alguien les avisara que iba a haber “entrega”, que el camión iba a venir a cargar. Esto no sucedía todos los días de la semana, y mucho menos en verano, de modo que era fundamental tener a alguien ahí que pudiera organizar eso, hacer correr información por el “corresponsal radial”, ir a las casas de los pescadores para avisarles, y que, además, con su presencia y sus relaciones con los acopiadores, garantizara que la entrega se iba a hacer, y al mismo tiempo les garantizara a ellos que el pescado iba a estar cuando llegara el camión. El papel de estos intermediarios era fundamental desde ese punto de vista. Más allá de que los pescadores los veían en general como “parásitos”, “explotadores”, etc., también podían ver como “amigos” y “hermanos del alma” a los que tenían relaciones personales con ellos.

La cooperativa de pescadores cumplía la misma función, pero a partir de la asociación supuestamente libre y voluntaria –como toda cooperativa– de los propios pescadores independientes. En la práctica, había toda una trama de relaciones de parentesco, de amistad, de dependencia a través de favores respecto de pescadores descritos localmente como “grandes” (los que tenían muchos metros de red, a veces más de una canoa, y producían más), que hacían que otra gente se fuera asociando a la cooperativa. No era esa cosa idealizada de individuos abstractos que se asocian porque tienen ganas; siempre es un poco más complejo. Sobre eso trabajó Claudia en su tesis de maestría, en 1993, y lo hice yo también en la mía, ya en 1998. Porque las dos tratan sobre la misma cooperativa, cosa que es bastante inusual en antropología. Hoy en día es bastante más grande, fueron agregando otras instalaciones, pero por entonces apenas tenía un local con una vieja heladera de almacén de tres cuerpos y, tiempo después, un freezer.

Lo cierto es que todo esto funcionaba sobre la base del intercambio desigual. Los pescadores no podían conservar el pescado. Por eso, lo evisceraban de inmediato, lo lavaban y lo colgaban de ramas atravesadas en sus canoas, tapado con hojas para protegerlo del sol, con el fin de que se conservara lo más posible. Pero, cuando llegaban, tenían que venderlo sí o sí, porque unas horas después ya no servía para nada. Los acopiadores, en cambio, tenían la posibilidad de conservarlo en hielo. Además, eran los únicos compradores posibles, estaban en una situación de monopsonio que, en la práctica, durante buena parte del año era de monopolio, porque generalmente, los días que había entrega, en el puerto había un solo acopiador. De vez en cuando, había dos, salvo en Semana Santa, cuando había un montón. Entonces, claramente, el precio lo fijaban los acopiadores, y lo que cobraban los pescadores estaba al borde de la subsistencia. La mayoría de sus unidades productivas tenían ciclos de reproducción simple, muchas veces deficitaria, y unos pocos alcanzaban una reproducción ampliada, que eran esos que llegaban a tener 600 u 800 metros de red, otro bote, etc.; alguno de ellos llegaba, incluso, a dirigirse a zonas rurales y comprar el pescado a otros que pescaban localmente para manejar un mayor stock. Pero esos eran muy poquitos, y eran ciclos de crecimiento muy frágiles, se caían de nada. Por ejemplo, uno de los principales pescadores de la cooperativa, que era uno de los pocos tipos que conocimos que estaba legalmente casado. Yo creo que en ese momento tenía como tres botes, cuatro o cinco peones, algo por el estilo. Este hombre y su esposa no podían tener hijos, aparentemente, y entonces invertían todo en la capitalización de su equipo. Pero eso terminó por completo el día que la esposa descubrió que él tenía otra mujer. Y, como estaban casados legalmente, fueron a un divorcio y el tipo perdió todo. Y así se cayó el pescador más grande de la cooperativa de un día para el otro. Era algo muy frágil, un pequeño cambio incluso a nivel doméstico acababa con ese tipo de ciclo, que es lo que quería traer a cuenta.

Los pescadores, y todos los involucrados, llamaban “Semana Santa” a un período que no era el de la celebración católica propiamente dicha, sino más o menos los quince o veinte días previos, hasta la tarde del Viernes Santo. Era el período en que subía la demanda. Los compradores empezaban a hacer stock para llevar a los puntos de venta. Y era el tiempo en que –esto lo trabajó mucho Claudia– los pescadores hacían lo que ellos llamaban su “aguinaldo”. Esencialmente, se autoexplotaban. Se las arreglaban de diversas maneras para quedarse en las islas a pescar. Se instalaban en “ranchadas” y evitaban el viaje de ida y vuelta hasta los puntos de descarga. Una manera era venderles a los barcos de acopio o, en el caso de los socios de la cooperativa (y de algunos pescadores que no estaban asociados), arreglar que la “Estela Mari” pasara por los lugares en que estaban pescando. Otra era trabajar junto con otros pescadores, y que uno de ellos fuera y viniera cada día con una o dos canoas, llevando la producción de todos mientras los demás seguían laburando, cosa que solían hacer en equipo para sacarle una mayor productividad a las “herramientas” (por ejemplo, tres hombres pescando en dos canoas).

Fotografía 1: un equipo de pescadores en dos canoas, llevando su pesca al punto de descarga durante Semana Santa; pos. 1987-1988

Un perro junto a un cuerpo de agua  Descripción generada automáticamente con confianza media

Autor: Mauricio Boivin.

Pero, además, quedarse en la isla les permitía combinar las dos técnicas que usaban habitualmente, que eran básicamente incompatibles. Me refiero a la pesca con red, la pesca del sábalo. En el “calado”, dejás una red de “tres telas” tendida por varias horas, y eso lo tenés que hacer cerca del punto de entrega, porque los pescados se van pudriendo en vida, ya que quedan atrapados a nivel superficial, el sol les pega en el lomo, y después no aguantan tanto tiempo. Entonces, eso se hace de noche, generalmente, muy cerca del punto de descarga. En la otra técnica, el “lanceado”, se va arrinconando al pescado con otro tipo de red, una de malla “simple”, cosa que generalmente se hace en los sitios en que la pesca es más abundante, que suelen estar más lejos del punto de descarga. Ahora, quedándose en la isla, podían hacer las dos cosas. Entonces el trabajo es mucho más productivo y tenés más horas de trabajo productivo con relación a las horas totales de trabajo. Así, haciendo esto durante un par de semanas, los tipos hacían una diferencia que después les servía, según el caso, para reinvertir en la producción o para gastar en lo doméstico. Y a eso llamaban “el aguinaldo del pescador”. Claudia analizó el sentido de esa expresión, examinando cómo las actividades económicas se vinculaban con las representaciones temporales, y yo mismo analicé esas estrategias que desarrollaban los pescadores para hacerse con su “aguinaldo”.

El principal punto de descarga era el puerto de Victoria. Pero también era importante la localidad de Puerto Esquina. Era, y debe seguir siendo, un caserío minúsculo donde solo vivían, junto con sus familias, los peones de un acopiador que también tenía su casa ahí, más arriba, y además era el dueño de una chata y de una de las embarcaciones de acopio. Hablando superficialmente, era lo más cercano a una representación gráfica del mundo feudal que uno pudiera encontrarse. Había veintipico de pescadores, si recuerdo bien. Además, según como estuviera el río, a veces les convenía a los acopiadores llegar hasta ahí con sus camiones y que los pescadores se acercaran allí.

Lo otro que pasaba en Semana Santa era que todos los acopiadores estaban al mismo tiempo queriendo comprar. La gente decía que estaban “desesperados”, y era el único momento del año en que se podía negociar los precios con ellos, el único momento en que el pescador, aunque supiera que, en una o dos horas más, el pescado se le echaba a perder, podía, sin embargo, buscar un mejor precio y hasta regatear un poco. Salvo que estuviera comprometido por sus relaciones personales a venderle a alguien en particular: por eso eran tan importantes las relaciones personales de que ya hablé. Lo otro que había por esos días era lo que se llamaba “el chiquitaje”: gente que venía a comprar para revender en pueblos cercanos, en otras ciudades de la provincia, ya fueran de pescaderías o intermediarios de ocasión.

En Diamante hubo también un intento de proceso de cooperativización, pero raro, sobre el cual les quiero contar. Fue, de hecho, el tema de mi primer proyecto de beca. Allí había un único acopiador, y todos los pescadores le vendían a él, por lo cual estaban atadísimos. Hacia 1987, la municipalidad, que gobernaba un intendente radical, quiso hacer algo al respecto, y decidió crear lo que se llamó el “Instituto del Pescado”. Este iba a ser un instituto municipal de acopio, al que los pescadores se podrían asociar para tener acceso a una obra social (esta era la gran preocupación de los pescadores en general, y lo siguió siendo hasta la última vez que yo supe del tema), y, cuando lograra la autarquía financiera, se iba a convertir en una cooperativa y la municipalidad le iba a ceder las instalaciones. El problema fue que esas instalaciones que dispusieron tenían dos regias cámaras que no eran para conservar fresco el pescado, sino para congelarlo, pero la idea era vender en los mismos lugares en que se vendía el pescado fresco, en el NOA. El resultado fue que la primera carga que llevaron la tuvieron que tirar porque no pudieron venderla, y creo que hicieron una segunda y también pasó lo mismo. Entonces descubrieron que no podían vender el pescado congelado. El pescado fresco y el congelado tienen sabores distintos, alguno de ustedes lo sabrá mejor que yo, así que, aunque en esa época me tocó la tarea de averiguar por qué cambia el sabor del pescado cuando se lo congela, no me voy a detener en esto. La cuestión es que, para cuando yo fui al campo por primera vez a estudiar esto, en 1988, el Instituto del Pescado ya estaba fuera de operaciones, después de un intento fallido de salar pescado para exportarlo a África (las instalaciones tampoco eran adecuadas para esto, y el SENASA frenó la operación porque detectó alguna bacteria). Duró lo que un suspiro. Esas instalaciones terminaron, además, concesionadas al acopiador de la ciudad, quien años después, cuando se abrió la exportación, se asoció con una de las empresas que llegaron y usó esas instalaciones para lo que estaban diseñadas, congelando pescado. Así que salió muy mal ese proceso de cooperativización, debido a una muy equivocada planificación de la municipalidad.

Volviendo a nuestra trayectoria, hacia el final de los proyectos que mencioné, ya quedábamos pocos de los integrantes originales del equipo. Sofía Tiscornia se especializó en antropología política y jurídica, y varios de los auxiliares se fueron a hacer sus estudios de posgrado en Río de Janeiro –Claudia entre ellos, en 1989–. La cuestión es que los que quedamos nunca dejamos del todo de trabajar sobre pesca. Ana Rosato hizo su doctorado sobre la estructura jurídica de todo el sistema de caza y pesca. Yo seguí hasta que presenté mi tesis de maestría sobre los conflictos en la cooperativa en febrero de 1998, recorriendo todo el sistema de becas de la UBA de aquella época. Así que seguíamos con un pie en la pesca, pero nos fuimos metiendo en otros temas. Entre 1995 y 1997, trabajamos sobre programas de desarrollo rural, y Ana había hecho antes una investigación sobre avicultura, para la provincia, sin participación del resto del equipo.

Lo cierto es que entre 1996 y 1999 desarrollamos una investigación interdisciplinaria con climatólogos, edafólogos y biólogos en el marco del Programa de Medioambiente de UBACyT, que se tituló “Efectos del evento de inundación de 1982-83 sobre la región del delta del río Paraná. El caso del Departamento de Victoria, E.R.”. Importa tener en cuenta lo alto que estaba el río en promedio en esa época. Hablando en términos relativos, incluso cuando bajaba, estaba todo bastante alto desde la inundación de 1982-1983. En ese contexto, trabajamos con Inés Malvárez, que fue una de las primeras investigadoras en el campo de la biología en especializarse en humedales. Los climatólogos analizaron la incidencia de la Corriente del Niño en esa inundación “extraordinaria”, los edafólogos examinaron cómo esta había modificado la morfología del delta, y el equipo de Inés analizó cómo todo ello había incidido sobre la biodiversidad en el área.

Lo que hicimos nosotros fue volver sobre la carrada enorme de materiales que teníamos en biblioratos, porque habíamos trabajado al comienzo a máquina, nos llevábamos las máquinas de escribir al campo, así que teníamos todo pasado con dos copias al carbónico, más todas las fichas y otras cosas. La prehistoria, para la mayoría de ustedes. Nos pusimos a revisar todo eso buscando todas las referencias que hubiera a las trayectorias de los grupos domésticos de los pescadores. Y encontramos –ya no lo recuerdo exactamente– una buena cantidad de información que abarcaba tres, cuatro, cinco generaciones de algunos grupos, y más o menos tiempo en otros casos. Lo que queríamos ver era si habían vivido en islas o en la ribera. Y lo que encontramos fue, por un lado, que se manifestaba una preferencia por la vida en isla (que todo es más tranquilo, que te arreglas con lo que hay, etc.), sobre todo por parte de los varones y de las mujeres de más edad, mientras que las chicas más jóvenes preferían la vida en la ribera, donde además podían trabajar. Claro, la vida en la isla no ofrecía nada para las chicas: no se iban de caza y se libraban de la familia durante días enteros como los varones, por ejemplo, y no había nada para alguien joven, realmente, cero vida social. Y, por otro lado, encontramos que todas esas familias que habían ido formando unidades domésticas a lo largo del tiempo habían estado yendo y viniendo entre la isla y la ribera. No me refiero a hacerlo diariamente, sino por periodos prolongados: siete años viviendo en un lugar, después otra cantidad de años viviendo en el otro, etc. Después hicimos algunas entrevistas para completar la información (Ana Rosato, creo recordar que con Cecilia Ayerdi, otra compañera del equipo original). Encontramos que esas idas y venidas, esas mudanzas tenían que ver con cómo se articulaba el ciclo de desarrollo de las unidades domésticas con las situaciones coyunturales de las distintas actividades económicas a las que se podían dedicar (pesca, caza, ganadería, etc.). Entonces, en cualquier momento uno encontraba que algunas unidades se habían mudado hacia la ribera y otras se habían mudado hacia la isla. Pero, claro, después venían las inundaciones, y, cuando eran realmente grandes como la de 1982-1983, la de 1905, etc., todo el mundo se iba para la ribera, inevitablemente. Y después se reiniciaba ese ir y venir habitual, pero ocurría paulatinamente, porque no a todos los que se habían ido por la inundación les convenía volver justo en el momento en que las aguas bajaban. Y eso, sumado a las distintas formas de expresión de esa preferencia por la vida en la isla (declaraciones del tipo de “yo soy islero” y cosas por el estilo), generaba la apariencia de que existían dos poblaciones demográficamente distinguibles, una ribereña y la otra isleña. Esta impresión aparecía tanto en la propia población como desde el lado de las agencias estatales, los medios de prensa, etc. Nosotros mismos la compartíamos, ¿cómo no? Y, en realidad, no había realmente una población que fuera propiamente isleña, aunque se identificaran como isleños.

Fotografía 2: un rancho en islas del Dpto. Victoria, pos. 1987-1988

Un lago junto a un estanque de agua  Descripción generada automáticamente con confianza media

Autor: Mauricio Boivin.

Lo último que les quiero contar es que, por esta misma época, estuvimos analizando qué había pasado desde 1992, cuando, en el marco de la conformación del Mercosur, se abrieron las exportaciones de pescado a Brasil. Hicimos un pequeño estudio sobre eso, y lo que encontramos fue que la venta de pescado en el departamento de Victoria pasó de 1.467 toneladas en 1991 a 4.805 en 1995 sin incorporación de mano de obra ni cambios técnicos de ningún tipo, no había nuevas tecnologías. Nos pusimos a ver cómo esto podía ser posible, y lo que descubrimos no tiene mucho secreto, pero es interesante. Se instalaron en la zona una serie de empresas –“los frigoríficos”, como fueron llamados localmente– que tenían al personal de planta en blanco. Entonces, trabajaban solo de lunes a viernes, pero lo hacían todo el año porque la exportación era de pescado congelado, no fresco. Antes regía un ciclo anual –que había estudiado Claudia– en el que las actividades eran muy discontinuas: en el verano, con suerte había entrega un día por semana; después, la demanda se iba acelerando hacía Semana Santa, cuando todos los acopiadores estaban “desesperados” buscando pescado; y luego, eso bajaba de golpe después del Viernes Santo, pero se estabilizaba en un promedio de tres días de entrega por semana, donde podía haber un camión o dos, más o menos hasta diciembre. Ese era el ciclo anual. En cambio, la demanda de pescado congelado para exportar a Brasil era la misma todo el año. Entonces, los pescadores se empezaron a trasladar a la isla de nuevo, pero no a vivir, con toda la familia, sino que empezaron a ranchear de lunes a viernes. Y allí, repetían este sistema donde uno de ellos iba y venía con la pesca del día, o bien les vendían a los barcos. Entonces, esa modificación de la relación entre el tiempo de trabajo improductivo y el tiempo de trabajo productivo que había antes en Semana Santa se instaló todo el año, de lunes a viernes. Simplemente, con cambiar el lugar de entrega, la mayoría de los pescadores ya no tenía que trasladarse a los puntos de descarga (de hecho, el puerto de Victoria dejó de ser el lugar central de entrega) y podían trabajar más horas, combinando además el calado y el lanceado. Entonces, la producción estalló sin necesidad de que se sumaran pescadores ni de que cambiaran las técnicas. En años posteriores sí se produjeron algunos cambios técnicos, y los frigoríficos empezaron a poner equipos de pesca propios con peones.

En esa misma época, por 1998, presentamos nuestro primer proyecto de investigación sobre procesos políticos locales, pero ya no focalizados en su relación con asuntos productivos, sino que nos fuimos para la política propiamente dicha. Hacía tiempo que nos estábamos yendo para ese lado, y en ese momento coincidieron los cierres de la tesis de Rosato y de la mía, y el final del proyecto sobre las inundaciones iba a ser al año siguiente. Entonces, aprovechamos para volcarnos hacia otro tipo de problemas. Pero en 2006, cuando Boivin, Rosato y yo cumplimos veinte años de trabajar juntos en la zona, nos agarró el viejazo y quisimos volver un poquito. Entonces, junto con otros compañeros que se habían ido sumando, desarrollamos con financiamiento de ANPCyT y de UBACyT una investigación sobre integración regional y transformaciones socioeconómicas en el área del delta entrerriano, que se extendió por cinco años. Lo que hicimos fue centrarnos en cómo los procesos políticos locales organizaban las transformaciones socioeconómicas en el área.

En ese marco, volvimos un poquito a la pesca, y ahí fue que pudimos ver que los frigoríficos tenían peones, que los pescadores salían del puerto a pescar cerquita y volvían con el pescado sin lavar ni eviscerar, tirado en el fondo de la canoa.

Me acuerdo de que me horroricé. Yo estaba parado en el puerto, en mi primer día de regreso a esos temas después de mucho tiempo, y lo primero que veo es una canoa que llega, el pescado todo sumergido en un agua sanguinolenta, tirado en el fondo. Una de las primeras cosas que me mandaron a investigar en nuestros comienzos fue qué era ser un “buen pescador” desde el punto de vista de los pescadores. Y ser un buen pescador incluía encontrar siempre el pescado, estuviera donde estuviera, traerlo en condiciones de conservación adecuadas, y llegar al punto de descarga con la canoa y el propio pescador bien limpios. Pero este tipo llega ahí con el pescado tirado en el fondo, veías nada más agua tirando a roja, casi no veías pescado. Había un par de estibadores y la chatita esperándolo, y el tipo permite que los estibadores se suban al bote y hagan la descarga mientras él se pone a charlar. Y yo estaba horrorizado, porque los pescadores de aquella época ni locos permitían que los estibadores se subieran al bote, salvo que hubiera algún problema y le tuvieran que dar una mano. Esa era una tarea del pescador, el pescado salía del bote en sus manos. Los estibadores entraban en juego a partir de ahí, junto a la pila de pescados que iba quedando, de donde ellos seleccionaban y sacaban el pescado para cargarlo en el camión. Así que lo primero que pensé fue “Los pescadores de ahora no saben pescar”. No podía ver más que un mal pescador.

Pero después, en el largo camino que había hasta la casa en que estábamos parando, me acordé de que era antropólogo y no estaba ahí para decidir cómo tenían que laburar ellos, y me pregunté “¿Por qué este tipo hizo esto?”. Bueno, el tipo era un peón (no un pescador independiente), sabían cuándo iba a llegar, venía la chata, lo estaban esperando, y diez o quince minutos después el pescado ya estaba siendo procesado en la planta. Y, además, no se había ido lejos a pescar, no se había ido a la Laguna del Pescado, de la que tardaban dos horas y pico en volver. Se había ido cerquita, traía una cantidad pequeña, era totalmente otra cosa la forma de trabajo. De modo que tenía sentido no iniciar el proceso de conservación del pescado en la canoa. No era un mal pescador, sino uno de un proceso productivo que había cambiado.

Ese fue nuestro último acercamiento a los estudios sobre el delta entrerriano, y de ahí salió el libro sobre la pesca en Victoria en los ochenta y noventa, Calando la vida,[4] que compilamos con Rosato y Boivin, donde hay textos de todos nosotros, incluidas Claudia e Inés Malvárez. Pero ya me estoy extendiendo demasiado.

Recuerdos del trabajo de campo en el delta entrerriano

Claudia Fabiana Guebel y Fernando Alberto Balbi

                                             

CG: Queríamos recordar algunas anécdotas sobre nuestros trabajos de campo. Nosotros empezamos a finales de 1986, y después fuimos para la Semana Santa de 1987. Parábamos en una casita que era de la municipalidad, cerca del puerto. Ese año fue el levantamiento de los carapintadas, aquello de “La casa está en orden”. Nosotros estábamos ahí, asustadísimos, la dictadura estaba muy cerca, así que estábamos aterrados.

FAB: Recuerdo una noche, todos metidos ahí adentro en la casita, que era como un solo ambiente. Teníamos una mesa, nos llevamos muebles para esa segunda campaña, en la primera estábamos prácticamente en el piso. Recuerdo que estábamos especulando cómo hacer, a qué pescador le podíamos pedir que pasara a la isla para escaparnos si se pudría todo. Y esa noche, Boivin diciéndonos “Cálmense, hay que estar tranquilos, y tenía dos cigarrillos encendidos (risas). Estábamos aterrados. Lo cierto es que ya estaba previsto cuándo volvía cada uno: algunos se volvieron primero, después se volvía Cecilia Ayerdi en micro, y nos quedábamos Claudia y yo en la espera de una camioneta de la facultad, para irnos con los muebles. Iban a venir a buscarnos con una combi, pero el chofer se la puso de sombrero en la ruta. Eso generó, entre otras cosas, que apareciera la Prefectura, que estaba en el puerto, a unas dos cuadras de la casa, todo descampado. Apareció en la noche gente de Prefectura a golpearles la puerta a Claudia y Cecilia, que estaban solas, en pleno intento de golpe de Estado. Resultó que el hombre que venía a buscarnos había llamado a la policía, que estaba en la parte de arriba del pueblo, y la policía, para no tener que bajar, había llamado a los de Prefectura para que les dijeran a los porteños que el tipo no venía. Así que Claudia y yo quedamos varados en Victoria. Y finalmente nos fueron a buscar mis padres. Recuerden que yo era chiquito: para la Semana Santa del 87, estaba por cumplir los veinte.

CG: Y nos salvaron…

FAB: Y se hicieron todo el camino de ida, y después todo el camino de vuelta con nosotros, bordeando la columna del General Alais que estaba ahí, inmóvil. Por kilómetros y kilómetros y kilómetros de la ruta. A paso de hombre había que ir, porque estaba casi toda la ruta ocupada por la columna.

CG: Y esta es una de esas cosas que, hablando de trabajo de campo, siempre se mencionan como “los imponderables”, como diría Malinowski. Lo mismo cuando, hablando con los pescadores, muchos nos decían en ese momento político “Acá lo que se precisa es una mano dura”. Y nosotros nos preguntábamos: “¿Con quiénes estamos trabajando?”.

FAB: Yo me fui al centro a la marcha en apoyo a la democracia, y había unas veinte personas, en esa ciudad que tenía unos 20.000 habitantes en ese momento. Fue un poco deprimente, la verdad. Y bueno, nuestras cosas quedaron en la casa de un expresidente de la cooperativa, que nos dio una mano.

CG: En esa Semana Santa, también, durante el día nos enterábamos de las noticias y toda esta situación política, y a la noche venían los pescadores y el encargado de la cooperativa, los más representativos, a contarnos de todas las alimañas que había cerca, de las víboras, los cuentos de aparecidos… Era una especie de “cómo asustar al antropólogo”. Otra cosa que recordamos es cuando las mujeres del equipo –Ana, Cecilia y yo– íbamos al puerto y ellos decían que el puerto era un espacio masculino. El puerto, claramente, era un espacio masculino.

FAB: Las únicas mujeres en el puerto eran las antropólogas.

CG: Y nosotros éramos un grupo donde estaba Mauricio, que era el director, estaba Ana, estábamos los más jóvenes… y los pescadores no entendían realmente cómo funcionábamos. Y a mí me decían: “Las mujeres acá vienen al puerto a suicidarse. ¿Vos qué hacés acá? Van al río y se tiran”.

FAB: Había habido una oleada de suicidios. Al lado del puerto, está el camping, y pasando el camping, en la punta, el riacho pega como una vueltita. Ahí, hay una virgencita, y ahí se habían suicidado dos o tres personas en el último año y pico, todas mujeres. Entonces la primera vez que fue Ana Rosato, creo yo en diciembre u octubre del 86, cuando fue a hacerse conocer en el lugar, muy en el estilo de Ana, se instaló ahí, donde la virgencita, para ver el puerto durante un rato largo sin presentarse con nadie. Y cuando fue a presentarse en la cooperativa, lo primero que le dijeron fue: “Ah, menos mal que vino a hablarnos. Pensamos que se iba a suicidar, ya estábamos por llamar a alguien”.

CG: Es esto, las mujeres están en la casa, los hombres van al puerto. O sea, esta cosa, que por ahí uno tiene acá de ciudad, de clase media, o en la facultad, de que a veces los espacios pueden estar mezclados, en realidad, en el mundo de los pescadores los espacios estaban absolutamente separados, y más en ese ámbito, que es el de trabajo. Yo escribí un artículo con María Isabel Zuleta, que se llamaba “Yo hablaba y no me miraban a los ojos”.[5] Porque nunca me miraban… y miraban al hombre. ¿Quién era el hombre? Mauricio. “El hombre”, le decían. Entonces yo decía: “¿Qué estoy haciendo mal?, ¿por qué no me miran?”. Pero no, claro, a una mujer soltera, un hombre casado no la mira…

FAB: El tema de “el hombre” también era una cuestión de autoridad, claramente. Yo era un nene. Así que no daba para que me dijeran “el hombre”. Pero uno de nuestros compañeros, Jorge Gancedo, tenía apenas unos años menos que Boivin, y a él no le decían “el hombre”. Claramente el jefe era Boivin. Entonces, juntaba las dos cosas. El rol masculino, sí, pero además era ostensiblemente el jefe, y esas cosas eran leídas de alguna manera. No lo trataban igual que a nosotros.

Otra cosa que pasaba era que no nos llevaban a pescar. No había forma. No solo a las mujeres del equipo, sino tampoco a los varones. La única forma en que se consiguió ir a pescar fue cuando, trabajando con los biólogos, se contrató un pescador para que los llevara porque tenían que pescar para hacer su trabajo de biólogos. Y ahí no solo fue Boivin, sino que pudo ir Inés Malvárez, que además lo hacía muy bien. Pero yo no conseguí nunca que me llevaran a pescar en ese período, era medio impensable. En mi caso pensarían, no sé, que necesitaría cambiarme los pañales o algo por el estilo. Pero no, no había forma.

CG: Una de las veces fuimos Ana y yo a una isla, a visitar a una señora que vivía en una ranchada; estamos hablando de 1987. Ana, que en sus investigaciones iniciales había trabajado sobre cazadores-pescadores, sabía cómo manejarse. Entonces, llevamos algo para comer, nos invitan sábalo, compartimos. Y nos muestra una parte donde ella tenía colgadas pieles de nutria y de carpincho, y de pronto aparece un animalito que la empieza a seguir a todas partes. Yo, de ciudad, le digo “¿Y este, no lo va a cazar?”, y me dice “No, este es el querendón”. O sea, lo tenían de perrito. Para nosotros ahora es todo una novedad, digamos; me bajé fotos de carpinchos, carpinchos tomando mate, carpinchos haciendo de perros. Pero en ese momento, obviamente, para los pescadores eran los animalitos “guachos” que criaban, y ese no lo comían y era el querendón de la casa.

Una de las primeras situaciones que pasó cuando fuimos nosotros a Victoria en enero del 87, que es sobre las islas, es que los pescadores hablaban todo el tiempo de los mosquitos. Nosotros ya estábamos hartos de los mosquitos, y hartos de escuchar todo el tiempo “los mosquitos, los mosquitos, los mosquitos”, hasta entender que en Victoria hay una abadía de benedictinos y ese año no habían fumigado las islas porque los monjes tenían cajones, se dedicaban a la apicultura. Por lo cual, el grave problema era que los pescadores no podían ir a las islas a trabajar, especialmente ranchear allí, porque se los comían los mosquitos.

FAB: Hablamos antes de las ranchadas durante Semana Santa. Parando con el barco de la cooperativa en una de esas ranchadas, imagínenme a mí muy jovencito, no es el caso de ahora. Era un día de lluvia. Yo usaba un piloto de tela de avión, azul oscuro que se cerraba al cuello, y tenía barba. Ya en ese momento habían pasado un par de años, ya me crecía la barba y todo, y el pelo cortito y qué sé yo. Y paramos ahí y ponen un par de sábalos sobre algo usado como parrilla, y comíamos todos de parado, con los dedos. Yo estaba comiendo, tratando de no comer mucho porque había dos sábalos como para diez personas. Y de pronto oigo a mi izquierda a dos tipos que yo no conocía. Y uno dice “¿Che, qué pasa con ese que no come?”. Y el otro: “Debe ser cura, por eso no debe querer comer con las manos. Yo creo que tengo un tenedor”. Y se va el tipo, y vuelve con un tenedor: “Padre, padre, acá le traigo un tenedor”. Y yo: “No, pero mire”. Y le muestro los dedos todos engrasados. “No, por favor, padre”. Bueno, tuve que agarrar el tenedor. Yo pasaba por cura en esa época, daba para el cura progre de barbita, jovencito.

CG: Pero es interesante eso. Cómo, en realidad, uno tiene imágenes sobre ellos (esto de que “El carpincho es para cazarlo”), y ellos las tienen sobre nosotros. Esta cuestión de la reflexividad, sería.

FAB [Comenta sobre una fotografía de una mujer junto a cinco niños de diversas edades y una chica en su pubertad]: Esta es la familia de un pescador, que debía ser –para usar el término local– “chico”, muy chico, es decir, de los más pobres. Porque no tenía en su unidad doméstica nadie que pudiera laburar con él. No me consta el caso porque no me acuerdo de quiénes son, pero supongo que ya esta chica debía estar trabajando, quizás como empleada doméstica en el pueblo, así que solamente dos personas en esa unidad podían aportar ingresos. Esa gente, en general, era la que tenía la menor constancia en la actividad pesquera. Tenían que ir atrás del mango, en lo que pintara, en el momento en que pintara. Los que lograban pasar un poco ese punto por ahí tendían a estabilizarse un poco más en la pesca y, a lo sumo, interrumpir en ciertos momentos, cuando subía el cuero de nutria o algo por el estilo, para dedicarse a eso. La cooperativa ayudaba bastante en ese sentido. La verdad es que, en nuestra experiencia, la mayor parte de los pescadores con menos metros de red, con peor balance entre bocas y trabajadores en sus unidades domésticas, si lograban mantenerse unos años en la cooperativa, terminaban creciendo, pasaban de ser chicos a estar un poquito mejor, mejoraban el nivel de reproducción de su unidad doméstica. Porque la cooperativa proporcionaba diversas ayudas. Si bien era motivo de disputa dentro de la cooperativa, solían subsidiar la compra de herramientas, dependiendo de quién estuviera como presidente, qué sector interno de la cooperativa metiera mano en el momento. Pero, además, lo único que les descontaba la cooperativa a los socios era una pequeña suma para gastos operativos, y siempre pagaba mejor que el acopiador local y los demás intermediarios. De hecho, hacían cuestión de pagar mejor, incluso cuando compraban a pescadores que no eran socios. Siempre pagaban un poquito más, era una cosa constante de la cooperativa.

CG: La mayoría de los pescadores vivían en el Cuartel V, “el Quinto”, que es la ubicación vieja de la ciudad, donde está el antiguo casco. Esta zona, muy baja, era inundable y además no figuraba en los mapas. O sea, no figuraban ni en los mapas. Y tampoco figuraban como actividad económica la caza y la pesca, solo los trabajos como peones de ganadería o puesteros. Era una población que estaba como negada, digamos.

FAB: Es cierto, es el único de los cinco cuarteles que no estaba mapeado en el plano oficial de la ciudad.

Como es de esperar, había cantidad de otras actividades por fuera de los proyectos de investigación. La verdad, yo no tuve mucha participación en eso. Era tan nene que me dejaban afuera (risas). Pero sobre todo Boivin y Rosato hicieron cantidad de proyectos para pedir subsidios para la cooperativa, que consiguió un camioncito, un freezer, con fundaciones, la Kolping, sobre todo; creo que también hicieron algo de esto por Rincón del Doll. También hicimos cosas que nos sirvieron para conseguir información. La cooperativa tenía varios balances atrasados, un problema típico. Y entonces, Mauricio y Ana les ofrecieron ayuda, lo cual nos permitió a nosotros tener acceso a las copias de los recibos que le daban a cada pescador, socio o no socio, por la producción que entregaba. Nos pasamos semanas pasando planillas en limpio a partir de los recibos, etc. Entonces pudimos panear cuánto entregaba cada pescador, su capacidad productiva, durante varios años, entre otras cosas.

CG: Hablando de los proyectos de investigación, mi primer proyecto fue sobre la diferencia entre las capacidades necesarias para administrar una cooperativa, las capacidades cooperativas y las capacidades pesqueras. En realidad, uno de los grandes problemas es que la mayoría de los pescadores eran analfabetos. Entonces, uno de los problemas que tenían era también para la contabilidad de la pesca, de lo que ellos pescaban. Y en la cooperativa, digamos, no se los engañaba con el peso. Entonces todos los pescadores querían que sus hijos estudiaran, no como ellos, que no habían estudiado, que los engañaban fácilmente, y que la cooperativa les resultaba difícil. Digamos, las capacidades para ser un buen cooperativista son unas, y para ser un buen pescador son otras.

FAB: En el 88 hicimos una encuesta para la Municipalidad de Vitoria, que quería hacer una ampliación de la red de agua potable y necesitaban un estudio previo. Se hizo una encuesta que nos permitió también incluir una serie de preguntas que eran de interés nuestro. Yo participé del diseño, pero no de la ejecución porque tenía parciales. Claudia sí estuvo, junto con otros.

Es interesante ver que, en las categorías ocupacionales oficiales, que tuvimos que usar, aparecen los puesteros, pero no la pesca ni la caza. Eso no existía en ningún tipo de papel, la caza y la pesca no tenían existencia formal. Entonces, no aparecía nada que remitiera directamente a la principal actividad que se desarrollaba desde el punto de vista de los ingresos de estas unidades domésticas.

Un último tema que queríamos recordar es que en esa época había una tasa municipal que se les cobraba a los acopiadores por el pescado que llevaban. El inspector que tenía que hacer eso estaba en el camping, en una casillita. Los acopiadores iban y declaraban cuánto se estaban llevando, y nadie controlaba nada. Un tipo que se llevaba un semirremolque lleno declaraba lo que quisiera. Uno veía que alguien se estaba llevando 3.000 sábalos, más o menos, pero declaraba 200, 300, el inspector sellaba y el otro se iba con eso. No les quiero ni contar el lío que se armó cuando el intendente electo en el 87 puso a cargo del control a un pescador prestigioso, que le había hecho de puntero en las elecciones en las que había ganado, y que además en ese momento era el presidente de la cooperativa. El tipo no dejó que hubiera una sola transacción sin control. Hasta yo conté pescado para la municipalidad, dándoles una mano a los empleados de la cooperativa, a quienes puso a hacer parte del control. De golpe, se pasó de que los acopiadores declararan lo que ellos querían a que se contara hasta la última escama, por así decirlo. Fue atroz porque, además, este hombre se tomó la atribución de terciar en los acuerdos de entrega de pescado, dictaminando en qué camión había que cargar lo que iba llegando al puerto. Los acopiadores querían matar a alguien y, además, se enojaron tanto entre ellos que hubo un acopiador que le tiró el camión encima a otro. Por no hablar del problema para la cooperativa, que fue que, razonablemente, la gente terminó por pensar que era la responsable del control. Porque todo lo daba a entender: hasta los recibos de la municipalidad, que por iniciativa de no se sabe quién tenían el logo de la cooperativa. Los acopiadores se pasaron un buen tiempo sin comprarle.

CG: Yo lo que les quiero decir es que con Fernando nos hemos divertido mucho preparando esta exposición, recordando cosas que nos habíamos olvidado. Y bueno, anécdotas, vivencias, reflexiones. Pero bueno, si quieren preguntarnos algo…

Participante: El tema de la cooperativa, previo a importaciones, ¿cuál era la finalidad?, ¿por qué querían armar una cooperativa?, ¿cuál era el motivo por el que los pescadores querrían o se promovía que los pescadores se hicieran cooperativistas? Y si tenía que ver con la venta, ¿a quién vendían antes y después?

Otro participante: En algún momento había una fábrica que hacía harina de pescado.

FAB: Antes, porque estaban prohibidas hacía bastante tiempo. Lo prohibió la provincia porque atajaban en el río de orilla a orilla, cercaban los dos extremos y levantaban todo. De hecho, una de las primeras fuentes que tuvimos sobre la historia de la pesca local fue un estudio escrito por el hijo de uno de los dueños de una de esas fábricas de harina, editado por él mismo, mimeografiado, para demostrar que no depredaban, que era mentira.

Otro participante: Es una reflexión que tiene que ver con los pescadores y las cooperativas de acá del norte, Provincia de Buenos Aires, donde parece que la presencia de la mujer como pescadora es distinta a lo que se comentaba.

FAB: Yo no sé qué pasará ahora en Victoria. En esa época las mujeres, por supuesto, tenían un papel importantísimo en la pesca, se dedicaban a reparar las redes, hacer la “provista”. Tenían que caminar, en un tiempo en que solo había dos lugares para comprar el combustible, y les quedaba a unos dos o tres kilómetros desde el Quinto. Eso lo hacían las mujeres y los chicos, todos los días. O sea, tenían un montón de trabajo, pero todo fuera del puerto. Un trabajo invisibilizado, diríamos con categorías de hoy.

En cuanto a la cooperativa, data de 1974. Tiene una historia bastante rara. Los acopiadores, según nos habían dicho los pescadores, se habían “metido” en la cooperativa para hacerla quebrar. Resultó que no era cierto, sino que estaban llamando “acopiadores” a tipos que después se hicieron acopiadores. No es que nos mintieran, sino que estaban poniéndolos inadvertidamente en otra posición al aplicar esa expresión de manera retroactiva. La dictadura no le hizo la vida sencilla a la cooperativa, y pasó que algunos asociados que eran dueños de equipos de pesca pero no pescaban personalmente, que son los que más tarde se hicieron acopiadores, rompieron con ella en ese momento, y eso precipitó su cierre. Pero no la disolvieron, sino que la desactivaron. Entonces, en el 84, desde la gobernación radical fomentaron que se reactivará. En esa reactivación, el otro personaje principal fue un dirigente peronista, Juan Carlos Stratta, que es el que después fue intendente en el 87. Stratta operó para impulsar la idea, que después fue un fracaso, de que, además de los pescadores de la ciudad, que eran pescadores independientes, dueños de sus propias herramientas, la cooperativa incorporara a los peones de Puerto Esquina. Entonces, durante los primeros meses de la reactivación, la cooperativa tenía un consejo de administración en el que había un miembro de Puerto Esquina, que era justamente el puntero peronista allí. Y rápidamente los expulsaron. Encontraron una excusa para expulsarlos, porque los intereses de los peones y de los pescadores independientes eran totalmente contrapuestos.

En cuanto a su “objeto social”, la cooperativa era inicialmente de producción y comercialización de pescado. Luego, al reactivarla, pasó a ser de industrialización y comercialización. Pero, esencialmente, estaba pensada para evitar la intermediación de los dueños de los barcos y del acopiador que tenía la cámara en el puerto, y venderles directamente a los que traían los camiones. Pero siempre estaba la idea de que, a largo plazo, tendrían que tratar de llegar directamente a los mercados. En algún momento, con un subsidio, consiguieron un camioncito térmico, y una parte pequeña de la producción la colocaban ellos mismos fuera.

CG: Fer, una cosa, yo me acuerdo de haber aprendido ahí lo que era un pescado fresco. O sea, nos enseñaban: así es fresco, así no lo es.

FAB: Sí, cómo diferenciar una cosa de otra, cómo saber si está fresco o no, por el olor, las agallas, los ojos, la contextura al tacto. Para cerrar con una anécdota graciosa, ese acopiador desastroso que mencioné, que se iba a Misiones… era un desastre, el colectivo, era una podredumbre, no había forma de que el pescado llegara fresco, estaba claro eso. El tipo mismo tenía una pinta así, todo sucio. Recuerdo que, en esa Semana Santa en que nos pusieron a nosotros a controlar, una tarde salía un tufo espantoso del bondi, que estaba ahí hacía uno o dos días cargando. Y en un momento llega el acopiador, olisquea, lo mira al ayudante y le dice: “Tito, tírame unas ramas arriba del pescado que está empezando a dar olorcito”. Y ese tipo estaba convencido de que nosotros éramos “de Fauna”, de la Dirección de Flora y Fauna. Y permanentemente trataba de hacernos pisar el palito, sobre todo a Boivin, porque era “el hombre”. Entonces lo veía a Boivin y le hacía unas preguntas sobre la normativa, complicadas. Y Boivin, que se las sabía todas, se hacía el confundido y no se las contestaba. Pero no dejó de preguntarle hasta el último día que lo vimos. Lo gracioso de todo eso es que, unos años después, Boivin fue director de Flora y Fauna de la provincia, llevado por el mismo exintendente que había tratado de controlar de verdad lo que se cargaba en la ciudad… Así que algún olfato tenía, el tipo.


  1. Transcripción revisada de la conferencia inaugural de las jornadas.
  2. Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires/Conicet.
  3. Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
  4. Boivin, Mauricio, Rosato, Ana y Balbi, Fernando Alberto (eds.) (2008). Calando la vida. Ambiente y pesca artesanal en el delta entrerriano. Buenos Aires: Editorial Antropofagia.
  5. Guebel, Claudia y Zuleta, María Isabel (1995). “‘Yo hablaba y no me miraban a los ojos…’. Reflexiones metodológicas acerca del trabajo de campo y la condición de género”. Publicar en Antropología y Ciencias Sociales, vol. iv, n.° 5, pp. 93-102.


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