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14 Experiencias comunitarias de jóvenes: el circuito de música electrónica de la Ciudad de Buenos Aires

Ana Clara Camarotti

1. Introducción

En el presente trabajo se parte de los resultados de la investigación de doctorado Prácticas, discursos y nuevos espacios de sociabilidad en torno al consumo de éxtasis de jóvenes de sectores medios de la Ciudad de Buenos Aires, desarrollada por la autora entre 2005 y 2010. En la misma se analizan las particularidades que presentan los procesos de construcción de identidad de algunos jóvenes de sectores medios de la Ciudad de Buenos Aires, a partir de las relaciones que se establecen entre las nuevas formas de consumo de drogas de síntesis, las experiencias de diversión nocturna, los espacios de sociabilidad y los usos que hacen del tiempo, mediante una estrategia metodológica de tipo cuantitativa y cualitativa. En esta oportunidad el artículo desarrolla una parte de los hallazgos del componente cualitativo.

Los jóvenes de nuestro estudio mostraron un interés particular en los encuentros nocturnos que llevan a cabo con sus pares en estos escenarios, caracterizados por la música electrónica, al experimentarlos como lugares que propician situaciones y relaciones sociales diferentes a las que cotidianamente ocurren en la sociedad. Es decir, de sus relatos surge una marcada diferenciación que mencionan a partir de las categorías dicotómicas adentro y afuera de estos eventos, en donde la categoría adentro, que tiene su correlato en la idea de comunidad, expresa un sentimiento altamente positivo porque los hace sentirse ligados a los otros, lo que no experimentan en otros ámbitos de sus vidas.

Analizar por qué en la actualidad los jóvenes buscan replegarse junto a otros jóvenes en comunidades de “similares” o comunidades de la mismidad (es decir, con aquellos jóvenes con los que comparten un gusto estético y que, además, ubican como parte del mismo sector socio-económico) y entender en qué medida este encuentro es facilitado por el consumo de éxtasis, así como también comprender cómo conciben los conceptos de comunidad, solidaridad y vínculo social, es el fin del presente trabajo.

Para el desarrollo de este objetivo utilizamos como estrategia de análisis la teoría fundamentada. Dicha teoría se basa en que los datos son los que proporcionan las categorías de análisis y no supuestos teóricos determinados a priori, por lo cual durante el trabajo de campo fuimos (re)construyendo la guía de preguntas. Para tal fin realizamos 20 entrevistas semi-estructuradas a asiduos participantes de la movida electrónica de la Ciudad de Buenos Aires y realizamos observaciones participantes en los lugares de diversión nocturna más característicos del circuito.

2. Cómo viven los jóvenes la comunidad en la modernidad tardía

En la búsqueda para responder a la pregunta de por qué estos jóvenes relacionan sus encuentros con otros jóvenes en fiestas multitudinarias como una vuelta a la comunidad consideramos oportuno comenzar rastreando cómo definían dicho concepto. Al indagar sobre este aspecto surgió que la comunidad era para ellos una manera de recomponer los vínculos cercanos con los otros, donde se priorizan las relaciones cara a cara, el estar juntos, la confianza. En este sentido, la armonía de los vínculos sociales y la fuerte valoración de la solidaridad se tornan elementos clave imprescindibles para poder disfrutar de estos eventos que rompen con lo rutinario (denominados por los entrevistados como extraordinarios). Asimismo, son estas características las que les hacen sentir que están escapándose del tedio y de la rutina que impregna lo cotidiano y construyendo otras formas de relacionarse de modo más próximo, a través de vínculos más estrechos y cálidos, difíciles de encontrar en la sociedad actual.

Según los entrevistados, la comunidad se basa en el entendimiento y en la buena convivencia, lo que concuerda con lo que expresa Bauman (2003), quien asevera que para que exista este tipo de encuentros comunitarios debe haber un sentimiento recíproco y vinculante que hace que la gente se mantenga esencialmente unida a pesar de todos los factores de separación que también se hayan presentes. De todos modos, los contenidos del entendimiento mutuo son muchas veces inexpresables y difíciles de determinar para los participantes de estos encuentros. Como la seguridad a largo plazo ya no es posible, las comunidades asumen la función de refugios, aunque vulnerables y frágiles. En este sentido, Bauman (2003) destaca que “la comunidad es una reacción previsible a la acelerada licuefacción de la vida moderna”, una reacción ante su consecuencia más irritante y dolorosa: el desequilibrio, cada vez más profundo, entre la libertad individual y la seguridad.

En los discursos de los jóvenes no hay ingenuidad en las interpretaciones que hacen en torno a su sentimiento de conformar una comunidad con los otros jóvenes, sino que, más bien, lo que se pone en juego es la ilusión de estar creando un momento mágico que, aunque fugaz, resultaría necesario para vivir en sociedad. Los protagonistas conocen la finitud del evento: durará hasta que la música calle, pero esto les permitirá volver al mundo cotidiano cargados y renovados, con la sensación de que otro mundo, aunque sea por un rato, es posible. De todos modos, cabe aclarar que en estos discursos no se hace presente la idea de querer cambiar el mundo, al contrario, lo que aparece es la idea de armar un mundo privado, cómodo, confiable, y para ello es fundamental que el ingreso a los lugares de reunión sea selecto y restringido.

Otro aspecto que destacan los jóvenes respecto al sentido que le otorgan al concepto de comunidad hace mención al hecho de compartir valores culturales. En este sentido, los jóvenes entrevistados priorizan el compartir el mismo estilo musical y la elección de cierto tipo de estética. El consumo de éxtasis, se consuma personalmente o no, se ubica como “el” rasgo cultural compartido, lo que lo convierte en el elemento aglutinante de lo comunitario. Consumir o no éxtasis no resulta relevante porque lo que se comparte como valor cultural es la manera de entender el consumo de drogas. Para ellos esto es una práctica que favorece y habilita la diversión, permite la apertura a otros estados emotivos y facilita la creatividad, a la vez que rompe con la mirada censuradora y reprobatoria instalada en nuestra sociedad.

Algunos autores teorizan acerca de las transformaciones que en la actualidad presentan las nuevas comunidades y analizan los modos que los sujetos ensayan/encuentran de ser y estar en las mismas. De Marinis (2005) plantea que las nuevas comunidades presentan nuevos sentidos y funcionalidades, es decir, no son una unidad sino que hay que entenderlas como “un archipiélago de partes, sin todo, sin bordes exteriores”. El autor considera que la temporalidad deja de ser para toda la vida y se vuelve fugaz; en este sentido, serán los individuos los que administren el tiempo de permanencia en las mismas.

Siguiendo con las ideas que plantea de Marinis (2005), las comunidades actuales tienen la característica de estar regidas por la electividad –lo que otorga a sus miembros una mayor libertad– por la evanescencia, es decir, la posibilidad de pertenecer a varias comunidades, entrando y saliendo de unas y otras en función de sus necesidades. Al ser estas plurales, los individuos pueden adherir a muchas de ellas a la vez, sin que esto resulte contradictorio para sus miembros. En síntesis, podemos decir que el reino de lo uno, de lo indivisible, de la búsqueda por la totalidad orgánica ha encontrado, al menos para algunos grupos, su fin (de Marinis, 2005).

Articulando los sentidos y los significados de la categoría de comunidad para los jóvenes

A continuación sintetizaremos algunas ideas dicotómicas que fueron surgiendo en las entrevistas en torno a las categorías adentro/afuera; comunidad ideal/sociedad actual, esbozadas por los entrevistados. La dicotomía sociedad/comunidad resulta incompleta y hasta por momentos inexacta cuando el investigador profundiza sobre los significados que los jóvenes les asignan a ambos conceptos. Es decir, estos términos no pueden ser pensados en forma secuencial como los interpretaron algunos pensadores de la modernidad sino que, como expresamos anteriormente, deben ser analizados de manera simultánea y en permanente retroalimentación.

Lo ajeno y lo propio

La noche electrónica se configura como un momento de encuentro entre pares que se experimenta a partir de prácticas discursivas y corporales. La repetición de estas prácticas hace que el espacio, el tiempo y las formas de sociabilidad de los jóvenes adquieran una organización y un aprendizaje en torno a los “modos correctos” de participar, moverse y mostrarse, así como también, en cómo encarar el consumo de drogas, el cual se aprende en la propia práctica, favoreciendo, según los entrevistados, la sensación de afinidad y unión con los otros participantes.

En este sentido, los jóvenes llevan a cabo sus primeros consumos como prácticas iniciáticas, guiadas por algún otro amigo “experto” que los orienta.

Toda comunidad fija sus límites contraponiéndolos con un afuera, en donde se delimita a un “otro” con el que se diferencia y se distancia. En la idea de comunidad que generan estos jóvenes se refuerzan no solo los valores compartidos entre ellos, sino además la diferencia con los “otros”, resultando muy difícil encontrar un otro desconocido porque se lo “invisibiliza”.

El grupo que forma parte del nosotros no queda definido por consumir o no drogas de diseño. Por el contrario, es el modo de interpretar y evaluar el consumo de drogas lo que lleva a pertenecer o no; en este sentido, la mirada de estos jóvenes es una mirada desprejuiciada –de acuerdo al sentido común–en relación con el uso de drogas, que no lo censura, lo que no implica que no esté sancionado el exceso o abuso de las mismas.

De todos modos, el nosotros que se constituye en esta comunidad es simplemente un conglomerado de yoes que, a diferencia de la constitución de un grupo, no es mayor a la suma de sus partes.

Lo que cambió en el modo de constituir comunidades, teniendo en cuenta momentos anteriores, es que antes no podía pensarse la identidad colectiva (que se generaba en su interior) separada de la acción colectiva de los miembros que formaban parte de ella. En la actualidad este ya no es un rasgo constitutivo de las comunidades. La comunidad viene a confirmar, en virtud de la gran cantidad de personas que forman parte de la misma, la adecuada elección individual de pertenecer, ya que esto les confiere un sello de aprobación social.

En esta experiencia que estamos analizando, la comunidad perdura mientras dura el rito de la festividad y renace con cada nueva fiesta electrónica. De este modo, los distintos eventos funcionan como un pequeño milagro, en tanto los jóvenes que participan conjuran la experiencia de comunidad, logran la alegría y los vínculos calurosos y cercanos de la pertenencia pero prescindiendo de la incomodidad de quedar atados a ella. Los lazos que se establecen entre los participantes se vuelven, de este modo, instantáneos y frágiles.

La escisión razón/sentimiento

En el seno de la sociedad, expresa Tönnies, el carácter “vivo” de las relaciones humanas tiende a cancelarse. Cada uno vive para sí. El anonimato y la dificultad para comunicarse entre las personas se tornan preponderantes. El sujeto, por otra parte, está determinado esencialmente en función de la propia voluntad reflexiva. Es así que toda acción debe tener una intención que le otorgue un fundamento “racional”.

Durante la modernidad se instituye la distinción del mundo por pares antinómicos: hombre/mujer, público/privado, sujeto/objeto, ciudadano/tutela, razón/sentimiento, pensamiento/instinto. En la base de este dualismo persiste la concepción clásica del sujeto moderno: individuo racional, autocentrado, escindido (cuerpo/mente). La universalización de la racionalidad moderna, a diferencia de lo que proponía, no logró cumplir con los designios de libertad, igualdad y fraternidad. Para algunos autores el triunfo de la razón no solo no significó la emancipación del sujeto, sino que llevó al empobrecimiento de su subjetividad, de sus relaciones con otros y del deterioro de su entorno (Guattari, 1995).

En este sentido, los entrevistados expresan la falta de credibilidad en la razón, sienten que el cuerpo es la certeza que tienen, lo más instintivo, intuitivo y, por ende, lo más real por no estar mediatizado por la cultura ni por la historia. Para estos jóvenes, negar lo racional, y con ello las palabras, lleva al corrimiento o a la desactivación de los filtros con los que perciben la realidad; es decir, deja sin mediaciones las interpretaciones que los sujetos hacen de los otros y del mundo.

Para ellos el encuentro con sus pares es un momento de “comunión” y acercamiento con los otros, en donde el extraño se convierte, por el solo hecho de estar ahí, en parte de un “nosotros”, y para ello el diálogo no es el canal que permite comunicarse y conocerse, sino que el lenguaje (oral) queda sustituido por un vínculo que experimentan como más real y “verdadero”, es decir, por el encuentro entre los cuerpos, que se relacionan a través del movimiento, la danza, el roce, las miradas que se captan, siendo experiencias altamente valoradas y compartidas por todos los jóvenes. Lo que no contempla este análisis que realizan los jóvenes entrevistados es que las experiencias que se tienen con/en el cuerpo también están atravesadas por normas sociales, prácticas histórico-culturales y posiciones socio-económicas, las cuales van a condicionar los modos de sentir y de actuar en las relaciones con los otros y con el mundo que nos rodea. En términos de Le Breton (1999), el cuerpo no escapa a la condición que hace de toda cosa propia del hombre efecto de una construcción social y cultural. No existe una naturaleza del cuerpo, sino una condición del hombre que implica una condición corporal que cambia de un lugar y de un tiempo a otro.

Sin embargo, estas explicaciones no contemplan que el cuerpo representa, en tanto cuerpo de un quién, un punto de vista particular del mundo, así como se convierten en uno de los objetos visibles (por otros) de ese mundo (Bárcena et al., 2003). De este modo, el cuerpo es interpretado y vivido por estos jóvenes de manera escindida. No hay una exégesis integral del cuerpo que refleje el vínculo entre la experiencia personal subjetiva y las relaciones sociales construidas histórica y culturalmente. Es decir, un cuerpo que aglutine tanto el placer y el sufrimiento como parte del campo de la experiencia personal, así como también las normas sociales y las exigencias culturales, las cuales van a regular los límites individuales y el tipo de experiencias que pueden tenerse con el propio cuerpo, incluso en la vida privada. El modo de expresar la alegría, el dolor, la salud o la enfermedad es el significado de una relación con los otros y con el mundo que habitamos.

En este sentido, los consumidores de éxtasis buscan estar informados sobre los componentes de las pastillas, toman recaudos para asumir menores efectos adversos, eligen este tipo de drogas por considerarlas más naturales, menos nocivas, más limpias, de fácil administración y poco adictivas, realizan los consumos en contextos grupales, espacios y tiempos acotados (fiestas raves y recitales de música electrónica), lo que los lleva a que sus prácticas de consumo generalmente no sean compulsivas y terminen en adicción o dependencia hacia la sustancia. La mayoría de los jóvenes de la muestra relataban que sus experiencias iniciales con las drogas de síntesis venían con “fecha de vencimiento”, es decir, sentían curiosidad y querían probarlas, pero sabiendo que no las consumirían por largo tiempo.

Por otro lado, la imposición social en los usos de drogas de los jóvenes en contextos socioculturales y económicos desfavorables se convierte en determinante de trayectorias vitales signadas por crisis permanentes, empujados a una individualización negativa que multiplica las situaciones de vulnerabilidad y persecución que en muchos casos lleva a la negación del propio cuerpo. El VIH/sida, la hepatitis C y la tuberculosis en este contexto emergen como síntomas de estas construcciones de cuerpos y juventudes negados, que pierden sus dimensiones de potencialidades, de placer y de existencia.

Estos ejemplos extremos que relacionan a los jóvenes y sus consumos de drogas, además de referenciar las transformaciones que se produjeron en las últimas décadas en la sociedad salarial, permiten entender, como se desprende del ejemplo de los consumidores de drogas de sectores marginalizados, cómo la pérdida de las regulaciones colectivas erosionaron la integración social y produjeron la expansión de un individualismo negativo, un individualismo por falta de marcos y no por exceso de intereses subjetivos (Castel, 1997: 472). En lugar de generar el desarrollo de diferentes tipos de reflexividad –de los que gozan otros grupos sociales– crecientes poblaciones, sobre todo en los países latinoamericanos, la sufren porque fueron arrojadas a la condición de particulares.

Otros grupos sociales, en cambio, recurrirán a la noción de reflexividad estética (Lash y Urry, 1998) como herramienta para construir su subjetividad. De este modo, los sistemas estéticos, a través de las contribuciones de las estructuras de información y comunicación y, específicamente, de las industrias culturales, pasan a ser fuentes morales para los sujetos, permitiendo una particular regulación de la vida cotidiana y de la comprensión de sí mismo.

El sentimiento de “común unión” con los otros participantes se lleva a cabo a partir de la música; ella es el elemento que aglutina, que se comparte entre todos, pero que luego formará parte de cada uno. Ese elemento común, compartido colectivamente, es el que, en un segundo momento, queda integrado a sus experiencias subjetivas. Esto nos hace entender la importancia que presenta la música para los jóvenes.

Es decir, el lenguaje del cuerpo nunca deja de acompañar a la palabra, ya sea para anunciarla, contradecirla o matizarla, el cuerpo da vida a cuanto decimos (Bárcena et al., 2003). Es el lugar en donde se experimentan las prácticas de sentir, gozar, nacer, bailar, morir, reír. El cuerpo, al ser testigo de lo acontecido, expresa y muestra lo vivido.

La historia occidental ha silenciado a los cuerpos y estos parecen no querer enmudecer. Pero no debemos dejar de tener en cuenta lo que expresa Galimberti

[…] en cada uno de mis gestos está contenida mi relación con el mundo, mi manera de percibirlo y sentirlo, mi herencia, mi educación, mi medio o mi constitución psicológica (Galimberti, 1998: 115).

El cuerpo semantiza el mundo en el que se vive y al hacerlo permite descubrir que puede pensar, hablar, referirse a sí mismo y a los otros y dar cuenta de su contexto. Bárcena et al. (2003) argumentan que el cuerpo es tanto una experiencia del sujeto como una experiencia para el pensamiento, en la medida en que nos revela dimensiones desconocidas hasta un momento determinado de nuestras biografías. Para estos autores no todo está determinado por el contexto socioeconómico que habitamos, sino que establecen una diferenciación entre un decir social y un decir poético; mientras que el primero disciplina y normaliza las prácticas, el habla y los modos de expresión, el decir poético, como otro decir, permite transgredirlo. La voz de la palabra poética es la voz singular, una voz que muestra lo que la voz del decir social no permite que se muestre, en cambio la voz poética del cuerpo busca expresarse, salir, decir (Bárcena et al., 2003).

Del malestar social que se vive en la sociedad a la comunión con los otros/nosotros

Como fuimos adelantando en el desarrollo del trabajo, en los relatos de los entrevistados emerge la idea de un nosotros más primario que se conforma a partir de la sensación de estar en comunión con “los otros”. De todos modos, este nosotros no abre el juego como el carnaval en Bajtín (1974), en donde el encuentro reúne y junta a los distintos (estratos socioeconómicos, culturales, étnicos). En las raves el otro es un espejo de similitudes, fundamentalmente estéticas. Es la apariencia lo que integra o desintegra. Es decir, hay un estilo que se constituye como hegemónico, que se vive como válido.

En este sentido, podríamos afirmar que la sociabilidad que se genera en estos espacios deja de ser transversal a los diferentes estilos y culturas juveniles.

Para Maffesoli (1990) estos encuentros entre los jóvenes responden a características de lo que él denominó comunidad emocional enmarcada en el paradigma estético de pensar y sentir en común con los otros. Las características que presentan estas comunidades son el aspecto efímero, la composición cambiante, la inscripción local y la ausencia de organización. Para los miembros que la componen lo que importa es lo que une y no lo que separa. Lo que toma cuerpo en las emociones es una figura que funciona como aglutinante, en nuestro caso esa figura remite al disk jockey (DJ), que logra congregar a todos los participantes a partir del sentimiento colectivo que genera con cada uno de ellos. El DJ funciona como una figura clave. Toda la atención está condensada en él. Los lugares de diversión quedan determinados por el “artista” de turno. El DJ tiene una centralidad asignada que ningún otro actor en esta escena tiene. Todo gira a su alrededor. El determina tiempos, ritmos, subidas y bajadas de las emociones, todo vinculado siempre a la música, en tanto es un elemento indispensable en estos ambientes.

Uno de los entrevistados nos manifestó una postura crítica al respecto, porque considera que hubo una apuesta muy fuerte de endiosar al DJ, que es el que termina manejando una masa de miles de personas que hacen lo que este propone.

Por otro lado, las mujeres nos comentaron que otro aspecto que colabora con un mayor bienestar es que en estos encuentros sus concurrentes mujeres experimentan ciertas ventajas que no existen en otros lados. Siguiendo a Nuria Romo (2001), quien encontró los mismos resultados en España, esas ventajas son: en primer lugar, la “buena fama” que tienen las drogas de síntesis entre sus consumidores, lo que provoca la idea de que pueden controlar el consumo y los efectos no deseados; en segundo lugar, la escasa violencia presente en las fiestas, que brinda la sensación de mayor seguridad que en otros espacios; en tercer lugar, el menor acoso sexual percibido; y como último aspecto a destacar en la muestra argentina, la ausencia de discriminación –en tanto estrato socioeconómico, sexo, etnia y/u orientación sexual– que perciben los jóvenes que participan de la movida electrónica.

La mayor parte de los jóvenes entrevistados manifestaron falta de compromiso y poco involucramiento en la cuestión social. Es decir, no busco mejorar o cambiar nada sino busco tranquilidad, el mundo exterior es tan hostil que necesito construir un gueto donde poder relajarme. En la mayoría de los relatos aparecen estos escenarios como lugares “cuidados” y “seguros” en donde los jóvenes pueden divertirse sin tener que preocuparse por el malestar social que viven constantemente. En contraposición, se presenta la idea de sociedad atravesada por el miedo, el desorden, el conflicto y el peligro, en donde la otredad es la que gobierna y genera un escenario complejo de relaciones en el marco de la construcción de la/s identidad/es.

En este sentido, la comunidad para estos jóvenes, por la fugacidad de sus vínculos, se transforma en una ilusión. Como observa de Marinis (2005) estos sujetos no pueden conformar otro tipo de comunidad en tanto son sujetos emergentes de la matriz individualizante actual. Aunque es importante destacar que, a pesar de todo, las personas siguen eligiendo reunirse, encontrarse y comunicarse. Y esto se hace extensible no solo a los grupos de pertenencia sino a toda la sociedad.

Según Michel Maffesoli (2001), el modo actual de vinculación social y comunitaria no se caracteriza por ser fragmentario sino “impermanente”, es decir, son modos de ser que no se sostienen en un arraigo duradero en lo cotidiano, sino que introducen en la cotidianeidad nuevas prácticas que se reinscriben continuamente, proponiendo un carácter nomádico a las relaciones con el mundo circundante. No obstante, es posible experimentar intensos momentos de empatía e inmediatez afectiva.

Los entrevistados hacen referencia a que en estas fiestas logran un

[…] estado de inmersión, la sensación es que la fiesta te pasa por adentro del cuerpo. Si no estás realmente adentro te vas porque no podés soportar esto como un simple espectador […]. La gente está cien por ciento conectada ahí (varón, 30 años).

El consumo de éxtasis colabora para lograr estos estados emotivos. Según nos relataron, al permitir tener los sentidos más abiertos se relacionan mejor con los otros participantes, ya que se encuentran más atentos observando lo que ocurre a su alrededor. Por un lado, los jóvenes expresan que el efecto de las pastillas de éxtasis que consumen colabora con el sentimiento de conexión entre los jóvenes; por otro lado, al ser la misma sustancia la que se consume, en el grupo de amigos se crea un sentimiento de fraternidad al poder compartir el mismo viaje. Retomando lo que nos decía uno de los entrevistados, “el consumo de éxtasis en parte homogeneiza, unifica a los grupos, hace que los grupos funcionen como islas, aunque muchas veces primero se relacionan entre sí y luego lo extienden a otros grupos” (varón, 35 años).

Richard Sennett (2005) habla del “mito de la pureza comunitaria” haciendo referencia a la comprensión mutua y a los vínculos comunes que unen a las personas, aunque la mayor parte de las veces esas imágenes no se corresponden con las verdaderas relaciones. El mito se utiliza para componer una imagen coherente de la comunidad como un todo, de este modo se compone un nosotros que no se conflictiviza y, por ende, se relaciona con una purificación virtual.

Según los entrevistados, todos están en la misma sintonía, todos quieren pasarla bien. La comunicación es un elemento muy mencionado por todos los entrevistados, para ellos la búsqueda por establecer una buena comunicación con los otros se convierte en un elemento altamente valorado.

La nocturnidad juvenil puede analizarse desde el punto de vista de que representa lo liminal (Turner, 1988), en el sentido de la transición entre dos estados, en este caso desde el malestar social a un momento de comunión con los otros/nosotros, donde pueden alcanzar estados de fusión emocional con los otros presentes. Como señalaba Bajtín (1974) a propósito del carnaval y de las ferias en la Edad Media, se trata de espacios en los que el mundo cotidiano queda cabeza abajo, por lo que es posible acceder a lo prohibido y a lo fantástico, pudiendo estar presentes la bebida embriagadora y la promiscuidad sexual.

Sin embargo, dentro del pensamiento social europeo contemporáneo, Francesco Fistetti, luego de un recorrido analítico por los clásicos y de la mirada de Weber sobre los procesos de racionalización y burocratización de la vida social, sostiene que ambos procesos conducen indefectiblemente al “desencantamiento del mundo” típico de la modernidad; es inevitable por otra parte que se produzcan resurgimientos

[…] de instancias de re-encantamiento con el mundo, fuertemente críticas de la racionalidad burocrática y calculadora dominante, que en la inmensa mayoría de los casos es una renovada necesidad de comunidad (Fistetti, 2004; 142).

Reflexiones finales

A modo de síntesis podemos decir que los jóvenes entrevistados encuentran en estos escenarios nuevas formas de relacionarse con sus pares en donde los vínculos cara a cara, las sensaciones corporales, el entendimiento y la buena convivencia son rasgos altamente valorados por ellos. Así, la comunidad que dicen que construyen con los otros jóvenes se convierte en un paliativo a la forma que asumió en los últimos años la vida moderna. En ningún relato aparece la ilusión de estar modificando radicalmente la realidad, por el contrario, sus discursos también están atravesados por la ideología individualista imperante, que acuerda en que el único modo de poder armar una comunidad es compartiendo las intimidades.

Las fiestas raves no funcionan como un encuentro entre personas que poseen biografías fuertemente disímiles, en donde se descubren a sí mismas y a los otros en tanto sujetos (Contreras, 1996: 56). Por el contrario, la comunidad que se conforma durante estos encuentros es entre iguales o semejantes. Los jóvenes valoran y reivindican estos lugares ya que no hay violencia y nadie molesta a nadie, pero para ello debe existir una estricta selección entre los que entran y los que permanecen afuera.

Es decir, estos jóvenes encuentran en estos nuevos modos de ser y estar en comunidades la sensación de estar creando un momento mágico, aunque efímero, pero un paliativo necesario para poder vivir en sociedad. Estos eventos son los que les permiten “volver” al mundo de lo cotidiano con la sensación de posibilidad de haber construido un espacio “vivible” y “cómodo” aunque sea por breves instantes. De todos modos, en sus discursos surge una tensión cuando mencionan, por un lado, que la apuesta es crear un mundo “privado” y “confiable”, pero, por el otro, al que no todos podrán acceder. La comunidad ideal será para unos pocos, los iguales, y para que ello ocurra muchos tendrán que quedar por fuera, entre ellos, “los otros”, “los diferentes”, “los no confiables”.

En este sentido, podemos decir que el modo que encuentran de vincularse con los otros no tendrá un sostenimiento cotidiano sino que incorporará en su vida cotidiana algunas prácticas “aisladas” en donde reviertan el malestar social que viven habitualmente por breves instantes de una fuerte empatía y bienestar con los otros y de conexión total con el momento que se está viviendo.

De este modo, el concepto de comunidad nos permite entender el nuevo orden social en la modernidad tardía en donde se generan intersticios que dan lugar a la conformación de lazos comunitarios, basados en el principio de solidaridad espontánea y en sus múltiples combinaciones.

A lo largo del trabajo quedó explicitada la diferencia que en las últimas décadas se viene estableciendo en torno al consumo de drogas, en donde el consumo queda diferenciado de acuerdo al nivel socioeconómico y cultural de los grupos sociales. En este sentido, no podemos dejar de interpretar el doble juego que los sujetos deben atravesar entre búsqueda personal (placer) y mandato social. Algunos jóvenes (con niveles socioeconómicos y culturales más altos) hacen jugar positivamente las distintas formas de reflexividades[1], utilizan la reflexividad estética por sobre la cognitiva, lo que les permite el reconocimiento de nuevas formas de relación con el propio cuerpo y el del otro. De este modo, el cuerpo se construye como objeto de cuidado, de placer “controlado”, es decir, manteniendo condiciones de seguridad, valorizándolo como ícono de una juventud llena de potencialidades y promesas.

La preocupación de estos jóvenes por lo corporal y la sobrevaloración que hacen de los sentimientos también responde a un discurso de época, el cual contempla la primacía del cuerpo. De este modo, como sujetos de la historia, no escapan a la imposición de la “política del cuerpo”. Estos cuerpos como arena de disputa entre las posiciones estructurales de los sujetos y sus perspectivas individuales, permanecen sujetos a la dominación, el control y la fabricación, por un lado, pero también mantienen una fervorosa lucha para salir del corset que se les impone, oponiéndole resistencia y buscando la posibilidad de actuar de otro modo.

Por último, lo comunitario no se presenta para estos jóvenes, como fue interpretado por muchos de los clásicos, como un obstáculo al progreso, o desde su versión más romántica, como esquemas de percepción e interacción social que consideran que las relaciones sociales pueden desarrollarse intensamente y con un gran compromiso afectivo. Por el contrario, se parte de la idea de que “lo comunitario” no se convertirá en la respuesta a los problemas de la modernidad tardía sino que, y en este sentido retomamos a Torres Carrillo (1997), es imprescindible realizar una nueva lectura de las dinámicas sociales que perfilan lo comunitario como sentido posible para reconocer y asumir las dinámicas políticas y sociales, las cuales muchas veces comprenden características contradictorias e incompletas.

Referencias bibliográficas

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  1. Para Beck y Beck -Gernsheim (2003) las biografías personales se convierten en una permanente e imprevisible tarea para la que los agentes deben emplear su reflexividad. La posibilidad de relatar la propia vida depende del procesamiento de información contradictoria, el diálogo, la negociación y el compromiso en los espacios y tiempos sociales que el individuo atraviesa cotidianamente.