La historia se hace de tal modo que el resultado final proviene siempre de conflictos entre un gran número de voluntades individuales, cada una de las cuales está hecha a su vez por un cúmulo de condiciones particulares de existencia. Hay, pues, innumerables fuerzas que se entrecruzan, una serie infinita de paralelogramos de fuerza que dan origen a una resultante: el hecho histórico. A su vez, éste puede considerarse como producto de una fuerza que, tomada en su conjunto, trabaja inconsciente e involuntariamente. Pues el deseo de cada individuo es obstaculizado por el de otro, de lo que resulta algo que nadie quería.
Friedrich Engels (en Marx y Engels, 1971: 453;
traducción mía)
La imposibilidad de iniciar matanzas en regla derivó de que ninguna de las oligarquías regionales controlaba firmemente el ejército. Al lado de oligarquías dominantes fragmentadas y junto a clases populares moderadas, el “paralelogramo de fuerzas” que daría origen al Estado transformista ecuatoriano se completó con unas fuerzas armadas autónomas con las que las oligarquías debieron negociar. La oligarquía costeña arrastró en su caída la influencia que portaba sobre la fuerza armada nacional. El Partido Conservador, por su parte, junto al grueso de la oligarquía terrateniente de la Sierra, que mantuvo su ascendiente sobre la mayor parte de los sectores subalternos de la región más poblada del país, estuvo, sin embargo, excluido de la selección de los funcionarios públicos civiles y del comando del ejército. Durante la transición al capitalismo, la hegemonía política conservadora, en lento declive, estaba fatalmente desarmada.
Si la configuración del ejército explica por qué las armas no pudieron ser usadas impunemente para aplacar por la fuerza los peligros provenientes de la rebeldía de abajo, hay que explicar también por qué, a diferencia de países como Argentina, Brasil o México, el ejército ecuatoriano no se convirtió en artífice de un diseño institucional alternativo; un tipo de Estado fundado en amplias concesiones a grupos subalternos organizados y autónomos en movilización constante. En una palabra, por qué no se decantó por un modelo “nacionalista popular” o, en términos de Valeria Coronel, una “democracia corporativa”.
En Ecuador, la fragmentación regional y el debilitamiento sucesivo de las oligarquías dominantes se expresaba políticamente en un móvil equilibrio que explica la inestabilidad de los años treinta. Por un lado, un Partido Conservador electoralmente mayoritario. Por otro, un ejército liberal que hacía contrapeso político al conservadurismo. El ejército ecuatoriano había conquistado su pleno derecho de existencia como ejército nacional en los años de la república liberal (1895-1924), cuando logró el monopolio incontestado de la violencia legítima. Nació como un ejército liberal. Cuando la oligarquía terrateniente y la burguesía bancaria costeña, que dirigieron y usufructuaron la revolución liberal, vivieron el colapso de 1920, el ejército se encontró sin sus progenitores y guías; quedó literalmente en la orfandad, presa del desconcierto, renuente a ser adoptado por la oligarquía conservadora serrana.
Una breve comparación con la historia de la autonomía militar en Argentina sirve para destacar la naturaleza de las opciones políticas entre las que el ejército ecuatoriano tuvo que escoger. El ejército argentino fue también una herramienta en manos de la oligarquía liberal. El ejército del siglo XIX tenía una poderosa raíz anclada en oligarquías comprometidas con el librecambio inglés.
Institución unificadora al servicio del Estado federal, llave maestra de la organización nacional, el ejército de línea era también el brazo secular de la oligarquía en el poder, el instrumento político del grupo dirigente (Rouquié, 1981 [1978]: I, 79).
Con la reforma militar de 1901, esa perfecta identidad se fracturó. En adelante, solo mediante el paso por el Colegio Militar se iniciaba la carrera: entraron hijos de inmigrantes, la clase media acomodada de Buenos Aires y de las provincias del litoral, y se diversificó el origen social de los oficiales. Pero, hasta el primer tercio del siglo XX, “todo hace creer que la minoría de oficiales emparentada con el grupo dirigente ‘marca la tónica’ en el ejército” (Rouquié, 1981 [1978]: I, 115). Fortalecidos en la marina y en el cuerpo de caballería, los grandes apellidos conocieron, sin embargo, el desafío de nuevos llegados y nuevas ideas. Con la crisis del orden liberal en los años treinta, el ejército empezó a dividirse por el poderoso empuje de una fracción nacionalista. La división perduraría, y, aunque los grandes apellidos oligárquicos cruzaban las fronteras de ambos grupos, la fracción nacionalista entendió cada vez con mayor convicción, conforme se acumulaban los fracasos de la reacción conservadora de la “década infame” (1930-1943), que debía enfrentar de modo distinto el desafío abierto por la “tormenta del mundo” (Halperin Donghi, 2003).
El peronismo fue la victoria temporal de una fracción del ejército que rompió con la tradición, los valores y los imaginarios de los viejos dueños liberales del Estado argentino. Se concebía a sí mismo como una ruptura profunda con las oligarquías y una alternativa ante el radicalismo combativo de masas obreras que conservadores y liberales no habían sabido contener. Una de las fracciones del ejército argentino, durante un lapso limitado de tiempo, aceptó hacer grandes concesiones a los trabajadores organizados a cambio de una lealtad que marginaba a los anarquistas, socialistas y comunistas. El resultado combinó poderosos mecanismos corporativos de transacción entre clases con una política industrial vigorosa. En el Ecuador, la autonomía militar y el juego de contrapesos con las oligarquías dominantes concluyeron en una historia muy distinta.
El ejército ecuatoriano se encontraba en una rara situación de “relativa independencia” frente a las oligarquías regionales dominantes en descomposición. El grueso de los militares, sin embargo, desechó el discurso y el programa nacionalista y revolucionario. Ni Velasco Ibarra fue Paz Estenssoro ni el general Enríquez Gallo llegó a convertirse en Perón; ni el Estado que alumbraron con sus alianzas estuvo marcado por poderosos mecanismos corporativos de transacción social y de canalización de prebendas. En lugar de ese camino más radical y turbulento, optaron por un acuerdo de conveniencia con los políticos conservadores para preservar la estabilidad y el orden, asegurando la autonomía castrense frente a los civiles para poder rearmarse y evitar una nueva deshonra como la sufrida en el campo de batalla en 1941. En la búsqueda de esos objetivos castrenses, habilitaron el camino para un Estado conducido directamente por las oligarquías serranas y sus representantes, en intermitentes acuerdos con la emergente burguesía costeña en consolidación.
El capítulo IV respalda el argumento de que el ejército ecuatoriano fue, entre 1920 y 1941, políticamente liberal y opuesto a la oligarquía terrateniente católica representada por el Partido Conservador. La Revolución Juliana de 1925 y el cambio generacional que se produjo entonces en la plana mayor de los oficiales fueron la manifestación política de la autonomía militar alcanzada frente a la otra oligarquía, la costeña. Desde entonces, a lo largo de los años treinta, el ejército liberal se vio forzado a intervenir repetidamente en la vida política para evitar el triunfo conservador, considerado una amenaza para el Estado laico y para la integridad del ejército. En una palabra, el capítulo revela los entresijos de la conquista de la autonomía militar ante las oligarquías.
El capítulo V relata el proceso por el cual entre 1942 y 1946 se produjo una “reconciliación” entre el ejército liberal y los conservadores. Fue una reconciliación forzada por la catástrofe militar de 1941 que trastocó las prioridades del ejército. En lugar de defender las conquistas liberales participando en la lucha política, la mayoría de oficiales aceptó hacer concesiones en el Estado laico a cambio de obtener autonomía frente al poder civil, recursos para el rearme y tiempo para enfocarse en la rivalidad fronteriza. El capítulo ofrece, además, una explicación de las razones por las cuales el ejército prefirió un auténtico matrimonio de conveniencia con los conservadores en lugar de decantarse por salidas nacionalistas revolucionarias radicales semejantes a las ensayadas por el MNR en Bolivia o el peronismo en la Argentina.
Desde la perspectiva adoptada en este trabajo, ese compromiso es el punto de inflexión que señala la transición entre dos tipos de Estado, del Estado oligárquico, propio de una época anterior, al Estado transformista, propio de la época burguesa. Sin embargo, estas categorías abstractas (época oligárquica y burguesa) hacen difícil entender cómo vivieron el proceso y qué factores impulsaron a los actores del drama a actuar como actuaron. Las categorías generales ofrecen una imagen de conjunto del proceso histórico a gran escala, pero ocultan los detalles de la coyuntura, es decir, cómo experimentan el tránsito histórico los hombres y mujeres que lo sufren y lo realizan.







