Otras publicaciones:

12-4174t

9789877230192-frontcover

Otras publicaciones:

Book cover

12-2555t

Conclusiones de la tercera parte

El sindicalismo en su iniciación tuvo dos corrientes: la revolucionaria y la transformista. La primera se caracterizaba por el ímpetu ciego de las masas sedientas de venganza contra las clases designadas como sus explotadoras […]. El sindicalismo transformista, muy al contrario, se orientó bajo el influjo reconstructivo de una corriente novadora de reformas vaciada en muchos aspectos en los moldes de la fraternidad humana que floreció en los siglos del Medioevo.

 

Julio Eduardo Jurado, “La organización sindicalista”

El Debate, 6 de julio de 1932

El resultado organizacional de la transacción de 1946, es decir, los mecanismos estatales que hacían funcionar el transformismo ecuatoriano, surgió del balance inestable de poder social y político existente durante la transición. Ese balance es congruente con las formas particulares en que crecieron la presencia geográfica, la extensión de los servicios y las nuevas funciones del aparato estatal. Ese crecimiento se explica tanto por presiones mundiales como por demandas sociales de los grupos subalternos. Había que responder a ambas exigencias controlando, al mismo tiempo, los conflictos emergentes.

Los servicios estatales y los programas de protección social que nacieron en estos años deben considerarse concesiones minúsculas si se miden con el rasero de la proporción de la población atendida, la extensión territorial de los servicios y la dimensión de la protección que proporcionaban. Además, la presencia estatal adquirió formas idiosincráticas. Fue un Estado “balcanizado”, fragmentado según líneas partidarias. No solo la dirección de ciertos ministerios fue entregada en privilegio a dirigentes de distintos partidos, sino que el personal de funcionarios medios y técnicos también se distribuyó según la promiscuidad sin fin de pactos políticos cambiantes. Con el éxito de las prácticas políticas desideologizadas de Velasco Ibarra y el fin de la exclusión conservadora en el Estado laico, el crecimiento del número de funcionarios, oficinas y agencias estatales terminó favoreciendo lealtades fragmentadas y dispersas que volvieron los organismos estatales muy permeables a influencias y amistades diversas.

El tono de la construcción organizacional del Estado lo dio el político que mayor éxito había mostrado en la contención de las masas populares más peligrosas, aquellas de la Costa, donde la influencia católica era más débil y donde los terratenientes habían perdido la mayor parte de su influencia. No fue una sola transacción, sino una multitud de negociaciones intermitentes, de arreglos parciales y cambiantes, a imagen y semejanza de las camaleónicas aleaciones que Velasco Ibarra acostumbraba a forjar. Su éxito electoral epitomiza el atractivo popular que tuvo el surgimiento del Estado transformista, hecho de la fusión de concesiones materiales dispersas, esporádicas y localistas amalgamadas con el poder simbólico de la autoridad paternal del patronazgo.

Las condiciones del país predisponían al éxito del experimento velasquista, que era, en el fondo, la victoria postrera de las oligarquías dominantes en trance de desaparición. No puede decirse que Velasco Ibarra fuera el inventor del Estado transformista; solo fue el más legendario de sus múltiples artesanos; su éxito político sirvió como su más eficaz herramienta de difusión y propaganda. El nuevo pacto de dominación, con las nuevas burguesías a la cabeza, se basó, por lo tanto, en compromisos parciales e intermitentes diseñados a partir del molde camaleónico forjado por las constantes transfiguraciones del voluble caudillo.

Velasco Ibarra ofreció una fórmula aceptable para las oligarquías y una serie de concesiones limitadas a los fragmentados y débiles grupos subalternos. Fue una receta oligárquica y aristocrática, no solo por la ideología que lo animaba, sino porque hizo posible, con sus maniobras oportunas en los momentos culminantes de las crisis, la transacción entre individuos y grupos cambiantes según la ocasión, de militares liberales, liberales de orden, socialistas moderados y conservadores renovados. De esas aleaciones inestables, nació tanto la firmeza subyacente del orden social por debajo de las oscilaciones en la superficie, como la fragilidad de las instituciones formales y de los partidos políticos. El transformismo y el clientelismo ecuatorianos no funcionaron, como en el peronismo menemista o en la democracia cristiana del mezzogiorno italiano, a favor de un partido político y su militancia. Sus mecanismos se estabilizaron y se fijaron duraderamente en las prácticas estatales.

A partir de su segunda presidencia (1944-1947), Velasco Ibarra adoptó una amplia política de pequeñas obras públicas, de extensión de la presencia del Estado, de inversiones dispersas y centradas en demandas localistas. Otros lo habían hecho antes que él, pero Velasco las amplió aprovechando la mejora económica del país y del mundo luego del fin de la Segunda Guerra Mundial. El caudillo rechazaba cualquier llamado a la prudencia macroeconómica, monetaria o fiscal. Lejos de entregar las obras de manera impersonal como si fueran la obligación de cualquier Gobierno, las acompañaba de gestos de desprendimiento personal, de demostraciones de genuina preocupación paternal y de devoción moral pletórica de afecto.

Las heterogéneas alianzas políticas propiciadas por el caudillo favorecieron el acceso flexible de activistas, intermediarios, abogados y políticos profesionales a los puestos burocráticos del Estado en expansión. La conformación misma de las organizaciones estatales dependió de lealtades políticas, pero estas lealtades dejaron de ser estables, empezaron a incluir a los conservadores, que habían sido excluidos en la república liberal, y se volvieron especialmente cambiantes. Ya no se requería una lealtad partidaria de años ni una conexión ideológica específica, ni se exigía enganchar en un aparato organizativo nacional o regional. Bastaba la conexión personal. Los políticos y funcionarios encontraron estímulos para la transfiguración ideológica y organizativa para el manejo de clientelas acomodables a las necesidades del momento. Lo que el caudillo hacía a nivel nacional, sus seguidores lo imitaban localmente, y él, con su éxito, los alentaba.

El análisis de la gestión cotidiana de los conflictos rurales en el MPST ofreció una ventana a la operación práctica de las transacciones transformistas y sus efectos hegemónicos. Aunque la presencia estatal no era, ni podía ser en un Estado débil y con poca penetración territorial, sistemática y permanente, las intervenciones episódicas que regulaban el conflicto rural tuvieron éxito porque respondieron a demandas subalternas de apoyo en sus luchas locales contra funcionarios municipales y terratenientes. Ese apoyo eludió invariablemente cualquier solución radical a los problemas agrarios y cualquier abierto desafío al orden terrateniente. En su lugar, el Estado interfirió en las relaciones laborales y en las disputas por linderos, aguas o posesión de terrenos. Ofreció soluciones locales a veces aceitadas por el compromiso financiero del Estado para evitar ambos peligros: las confrontaciones violentas y las demandas radicales.

En sus formas, la intervención estatal imitó la etiqueta de la autoridad paternal de las haciendas: reguló el funcionamiento interno de las comunas y comunidades; inhibió la formación de organizaciones nacionales o regionales; reprodujo el localismo previo del que emergía y al que respondía. Al legitimarse mediante procedimientos similares a los de los hacendados, se conectaba con un sustrato subyacente de la cultura popular indígena: la búsqueda de la autoridad de algún “buen patrón”. Lo que conectaba el éxito de Velasco Ibarra con la construcción de las rutinas de negociación del Estado ecuatoriano de esos años era esa común asociación simbólica con el orden paternal terrateniente.

No solo el Estado reprodujo y amplió las prácticas conocidas de las haciendas precapitalistas, sino que su intervención se entendió en términos tradicionales. Se vivió muchas veces como una forma de reciprocidad desigual, paternal y jerárquica, pero generosa y basada en el afecto y el vínculo personal. La dureza del paternalismo se combinaba con la suavidad del trato maternal en la expansión de los servicios sociales del Estado. Muchas mujeres se entregaron a la tarea y fueron reclutadas precisamente en virtud de aquellas cualidades que tanto se necesitaban para otorgarle significados morales a la gestión burocrática y la protección social. El esfuerzo estatal por imitar al “buen patrón” se advierte tanto en las razones de la popularidad del caudillo, como en las transacciones digitadas por el Ministerio de Previsión Social y Trabajo, tanto en el comportamiento electoral de la minoría ciudadana, como en el éxito mostrado en aplacar y moderar la conflictividad rural de los excluidos del sistema político.



Deja un comentario