Otras publicaciones:

musicadeamerica

Otras publicaciones:

9789877230567_frontcover

12-3882t

Introducción general

[El Partido Conservador actúa] sin amalgamas de credos divergentes, sin fusión de principios opuestos que solo pueden ocasionar el caos y la anarquía, cuando no la esterilidad, la ruina y la muerte; porque esos mosaicos, esos conglomerados heterogéneos, sin precisión, sin diafanidad, rectitud ni fijeza, nada pueden construir ni mejorar; y de tales aleaciones inestables los únicos beneficiados serán los audaces e inescrupulosos, es decir, los elementos socialistas que se han acogido bajo los pliegues del perdón velasquista.

 

“Confusionismo”, El Debate
(diario del Partido Conservador)

28 de diciembre de 1939

Pregunta

En los últimos días de noviembre de 1934, se produjeron en Tulcán confrontaciones políticas y manifestaciones en las que resultaron varios heridos y contusos. El recientemente posesionado presidente José María Velasco Ibarra decidió viajar para cerciorarse personalmente de la naturaleza de los problemas en la frontera. Fue recibido por personas de ambos partidos y por el pueblo, al cual correspondió “con afecto, tratándose de un pueblo viril como es el Carchi”. A su regreso a Quito, el presidente ofreció un llamativo diagnóstico del conflicto:

Lo que he encontrado en Tulcán es que hay dos fuerzas perfectamente diferenciadas en constante pugna: conservadores e izquierdistas. El liberalismo parece estar unido al socialismo. Estas fuerzas se atacan, luchan entre sí, promueven a veces incidentes por la natural violencia que encuentro en los habitantes del Carchi. Todos los problemas adquieren ahí un carácter diferente. Mientras en otras poblaciones se desarrolla la política apaciblemente, en el Carchi hay vehemencia. Cuestión de carácter; habrá que estudiar las razones sociológicas que existan para ello.[1]

En el reportaje de otro diario sobre los mismos incidentes, Velasco propuso una repartición menos equitativa de las responsabilidades por la violencia: afirmó que había acusaciones mutuas entre izquierda y conservadores, pero que las izquierdas fueron las primeras en provocar y “las que [lo] atacaron cuando [fue] a la ciudad en campaña”. Ambas tendencias políticas son agresivas, pero más lo son las izquierdas. El reportero preguntó: “Tiene en Tulcán muchos partidarios; mas ¿cuáles son los más decididos?”. El presidente respondió: “Profunda y sinceramente los de las derechas son mis mejores partidarios y amigos”.[2]

En perspectiva comparada, no solo el Carchi, sino todo el Ecuador se ha caracterizado por una vida política “apacible”. En busca de las razones de la violencia que tanto obsesiona a Colombia, un importante estudio histórico de un conocido especialista afirma que:

La fragmentación social y regional y la cultura bipartidista han debilitado al Estado. Es evidente el abismo entre la letra de la ley y su aplicación. La debilidad estatal es manifiesta en la fragilidad de la base fiscal; en pasmosos índices de evasión; en la rigidez y conservadurismo de las políticas de gasto público; en la liviandad del ethos de los funcionarios públicos que responde ante todo a la lógica de los sistemas clientelares […]; en la patente desigualdad en el acceso a la ley y en la ineficacia de ésta para resolver los conflictos; en el carácter tardío y débil del laicismo y de la educación pública (Palacios, 2003 [1995]: 15-16).

Salvo por un par de detalles discutibles como la cultura bipartidista o el carácter tardío y débil del laicismo, la descripción le calza perfectamente al Ecuador. A pesar de sus similitudes en trayectoria, costumbres y condiciones socioeconómicas, las diferencias en la historia política son intrigantes: ¿qué distingue tanto a Ecuador como para explicar medio siglo de resultados tan contrastantes? Al norte, seis décadas de guerras civiles, desangramientos y enfrentamientos fratricidas; al sur, casi un siglo de violencia menguada, estática y estructural, pero casi ninguna guerra civil.

La combinación de un Estado débil y de una tradición de lucha política pacífica y desarmada no es frecuente en América Latina. Hace ya más de dos décadas, impregnado de una retórica cautivante, Fernando Bustamante (1997: 61) reivindicó los olvidados logros del sistema político ecuatoriano que utiliza continuamente el “transformismo” para desactivar y desmontar disputas aún antes de que se polaricen “en bandos inconciliables y antagónicos que puedan destruir la convivencia cívica”. Su descripción fija los rasgos negociadores, en acuerdos siempre parciales, de la política ecuatoriana:

Su incrementalismo banal, su morigeración hecha de medias tintas, de soluciones al margen, de acuerdos parciales y flexibles no tiene sin duda la grandeza y la monolítica eficacia de la razón instrumental de los grandes dramas históricos que ella impone desde el “virtuoso” y “moral” imperio del jacobinismo, pero, por otra parte, parece ser capaz de absorber y acolchonar todo costo excesivo y todo abismo de sufrimiento y sacrificio […] a través de una lógica de evitar lo peor, de dar a todos su pequeña satisfacción, de comprarlo y venderlo todo, de dejar siempre la puerta abierta para otro negocio a la vuelta de la esquina con el enemigo de hoy (Bustamante, 1997: 61-62).

El “pacifismo” ecuatoriano se menciona con frecuencia en los ensayos sobre la cultura conformista o las señas de identidad del país, pero no se lo explica.[3] Varios estudios políticos señalan la ausencia de violencia abierta para resaltar que, sin embargo, existen otros tipos de violencia como la estructural o la “inestabilidad política”.[4] En la misma línea de razonamientos, el reciente trabajo de Catalina León (2018) sobre el crimen de estudiantes en Guayaquil durante el gobierno de Camilo Ponce, en 1959, cuestiona el mito que se esconde tras la usual alusión al Ecuador como “isla de paz”. La crítica es justa: a menudo la expresión sirve para aludir de contrabando a la imagen edulcorada de una sociedad armónica y sin indignantes exclusiones. Pero su artículo sugiere que la historia ecuatoriana oculta enormes cantidades de muertos silenciados y olvidados. No es necesario inflar inverosímilmente el número de víctimas para cuestionar la mistificación. Necesitamos una explicación alternativa a la paradoja de una sociedad plena de violencia estructural que no se llena de violencia directa.

Solo he encontrado tres breves artículos que arriesgan explicaciones para estos rasgos negociadores y poco inclinados a las soluciones sangrientas. Jorge León (2003: 28-37; 2011: 211-213) propone que durante el siglo XX predominó un “sistema político regionalizado” regido por juegos de equilibrios inestables, conflictos y acuerdos cambiantes entre regiones. Al final, vencieron las negociaciones sobre la polarización. León lo define como “un sistema de empates y equilibrios de fuerzas que busca evitar la confrontación”, que adopta el “reformismo institucional” y que usa el corporativismo, el clientelismo y el paternalismo para distribuir prebendas, organizar intereses y atenuar conflictos. Su origen se remontaría a la revolución liberal (1895) que llevó a la minoría costeña, dueña del poder económico, al control de un Estado que debía compartir con la mayoría serrana.

Beate Thoresen (2009) se interroga sobre las razones por las cuales el Ecuador desarrolló capacidades locales para manejar pacíficamente los conflictos. Describe los derrocamientos no violentos de los presidentes Abdalá Bucaram (1997), Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutiérrez (2005) para ilustrar la “paz negativa” que reina en el país, es decir, la “paz” entendida como ausencia del uso de la violencia directa.[5] Thoresen subraya, como León, el equilibrio de fuerzas de unas oligarquías regionales suficientemente fuertes para controlar la sociedad en su territorio, pero no lo suficiente como para imponerse sobre las oligarquías de la región vecina. Además, su texto insiste sobre un elemento poco resaltado en la literatura especializada: el hecho de que las fuerzas armadas de una sociedad con elites tan atomizadas gozan de cierta autonomía (Thoresen 2009: 373 y 376):

La autonomía relativa de las fuerzas armadas ecuatorianas frente a cualquier grupo específico de las elites –combinado con una estructura abierta de reclutamiento de sus oficiales y una acción social intensa en comunidades rurales– influenció su manera de actuar en situaciones de crisis (Thoresen, 2009: 382).

Jacinto Jijón y Caamaño (1998 [1943]: 136-143), el historiador, arqueólogo y político conservador, es uno de los autores que más tempranamente se planteó una pregunta semejante. En su ensayo sobre la ecuatorianidad, sugirió que el pacifismo y la moderación eran rasgos de larga duración de la nacionalidad ecuatoriana. En su base se encontraba el tipo de relación entre hacendados y trabajadores indígenas, una “íntima unión de afectos” que asociaba desde la época colonial a la alta nobleza y la baja plebe. Incluso los actos de rebelión han sido en Ecuador por lo general “sumamente ordenados, sin que se produzcan, casi, hechos delictuosos” o “destructivos”. Ni siquiera en las guerras de la independencia hubo robos, incendios o saqueos. “Llamar ingobernable al pueblo ecuatoriano es la mayor calumnia y la más grande de las falsedades. Pueblo es el nuestro altivo, pero pacífico, refractario al delito, respetuoso del derecho ajeno, sobre todo del derecho a la vida”. En síntesis, “a la ecuatorianidad repugna la violencia, la inmolación de la vida, la conculcación del derecho”. Incluso llegó a decir que el pueblo ecuatoriano es adversario del caudillismo. Está claro que, cuando escribió estas líneas, Velasco Ibarra no era todavía Velasco Ibarra. En el origen de semejante manojo de virtudes, la combinación del hispanismo, la religiosidad y la relación afectuosa y familiar en el interior de las haciendas. Jijón y Caamaño convierte el pacifismo y la moderación en atributo varias veces centenario del ser nacional. En el zócalo de su origen, yace la íntima comunión del terrateniente y sus indios (sobre este texto de Jijón, ver también Bustos, 2017: 293). Como veremos a lo largo de este trabajo, la lectura del ilustre político católico y poderoso patrón de fundo no carece de sentido, asentada como está en una lúcida idealización romántica de la dominación terrateniente.

Los tres ensayos apuntan a cualidades complementarias: la naturaleza de las clases dirigentes; las peculiaridades de las fuerzas armadas; el carácter de los lazos entre dominantes y dominados. Esta investigación construye su argumento alrededor de estas tres sugerencias; pero también se propone caracterizar más detalladamente en qué consisten y cómo interactuaron recíprocamente en medio de una larga coyuntura decisiva.

La presente investigación retomará el guante de las hipótesis explicativas de todos estos valiosos ensayos e intentará precisarlas situándolas en el paisaje del tiempo. Es decir, construirá una interpretación histórica, centrada en su proceso de formación. Saber cuándo ocurren las cosas sirve de pista para entender el porqué. ¿Acaso el “espíritu de moderación y el camaleonismo” han existido desde el inicio de los tiempos? ¿Cuándo se logró regular el conflicto político, evitar las guerras civiles y limitar el número de muertes en las luchas por el poder? El gráfico 1 insinúa una respuesta. Recoge los resultados de un inventario del número de muertos durante el siglo XX no solo causados por guerras civiles, sino también por levantamientos indígenas, luchas sindicales y manifestaciones callejeras.

Gráfico 1. Número de muertos por causas político-sociales,
Ecuador, siglo XX

graf 1_intro gral

Fuentes y notas: anexo III (disponible en https://bit.ly/2NayYoA).

Por supuesto, el número de las muertes en estos episodios no es la única manifestación de la “violencia política”. Pero la muerte de personas suele ser un buen indicio de la cúspide en la intensidad y el antagonismo en cualquier conflicto.[6] Nos sirve de modesta señal de la “paz negativa”. Sabemos bien que las cifras de muertos son a menudo controversiales; los registros distan mucho de ser confiables (ver discusiones al respecto en el anexo III, disponible en https://bit.ly/2NayYoA). Pero es claro que Ecuador está lejos de las cifras delirantes de Colombia, Guatemala o Perú. Llamo la atención sobre la tendencia: el gráfico sugiere una drástica caída en la cantidad de muertes violentas hacia 1940. Algo pasó en la política ecuatoriana a mediados del siglo XX: el ejército ya no se dividió en facciones que se mataran entre sí y resultó cada vez menos necesario recurrir al expediente de las masacres de obreros, campesinos e indígenas. Daría la impresión de que los mecanismos que aceitaron la regulación del conflicto político interno en el Ecuador surgieron entre la crisis cacaotera de 1920 y el fin del auge bananero de inicios de la década de 1960.

Mapa 1. División política y regional del Ecuador (2017)

ECUADOR PROVINCIAS Y REG - recorte

Fuente: Juan B. León Velasco. Geografía del Ecuador. Medio natural, población y organización del espacio, 3.ª ed. (Quito: Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador / Corporación Editora Nacional 2015), 150.

Nota: en la provincia insular solo se han cartografiado las ocho islas más importantes; las “Zonas no delimitadas” (en gris) no tienen la condición de cantones (ni de provincias ni de parroquias rurales).

Respuesta

La principal razón por la cual el país logró eludir la violencia política abierta durante la segunda mitad del siglo XX, con su cortejo de guerras civiles y muertes heroicas, es que a lo largo de las primeras décadas del siglo se construyó un Estado transformista caracterizado por la cooptación de dirigentes de los adversarios, transacciones parciales entre grupos opuestos, subordinación clientelar de sectores sociales enteros y negociación permanente de una parte de las demandas presentadas por los grupos movilizados. Estas transacciones tempranas, por lo general informales, operan entre grupos dominantes y entre dominantes y subalternos. Por lo tanto, la violencia política abierta solo se desata allí donde fallan la negociación y la transacción.

Esta respuesta aspira recoger la descripción de Fernando Bustamante y las hipótesis explicativas de Jorge León, Beate Thoresen y Jacinto Jijón y Caamaño. Los dos primeros autores hablan del sistema político, no de un tipo de Estado.[7] Hago mía la aclaración. Pero mantengo el término “Estado transformista” porque las prácticas y rutinas negociadoras y clientelares “transformistas” se incrustaron en toda la organización estatal y no solo en sus estratos directivos. Más importante que los términos son sus significados. Jorge León y Beate Thoresen sugieren que el balance equilibrado de fuerzas regionales es el factor decisivo que explica tan inusual tradición negociadora. Esta investigación respalda su conjetura. Pero también la completa. Semejante “empate de fuerzas” hubiera podido llevar a un “equilibrio catastrófico” y a violencias infinitas en lugar de a negociaciones intermitentes.[8] Además, tal balance de poder regionalmente fragmentado no actúa directamente sobre la tradición negociadora, sino que explica el tipo de Estado que facilita y preside la negociación.

“Transformista” es un término popularizado por Antonio Gramsci.[9] Se refería a la cooptación parlamentaria de los dirigentes del Partido de Acción italiano (al que pertenecían Mazzini y Garibaldi) luego de los vaivenes radicales y revolucionarios del Risorgimento en 1848. En la segunda mitad del siglo XIX, el Partido de Acción “es incorporado molecularmente por los moderados y las masas son decapitadas, no absorbidas, en el ámbito del nuevo Estado” (Gramsci, 1981 [1929]: I, 103). En una nota posterior, Gramsci (1984 [1931-32]: III, 235-237) distinguió dos etapas: entre 1860 y 1900, donde prevaleció el transformismo de personalidades individuales; y entre 1900 y 1914, cuando grupos extremistas enteros se pasaron al campo moderado. Para Gramsci, el transformismo era la expresión parlamentaria de la hegemonía intelectual, moral y política de los moderados en el proceso de transformación social abierto en Italia por el Risorgimento. Dicha hegemonía derivaba de su capacidad estructural para dirigir bloques de clases sociales fundamentales, pero también del origen social de sus estratos intelectuales. El período posterior a 1848, marcado por el transformismo, se caracteriza, según Gramsci (1999 [1934-35]: V, 387)

por la elaboración de una clase dirigente cada vez más numerosa en los cuadros establecidos por los moderados después de 1848 y la caída de las utopías neogüelfas[10] y federalistas, con la absorción gradual, pero continua y obtenida con métodos diversos en su eficacia, de los elementos activos surgidos de los grupos aliados e incluso de los adversarios que parecían irreconciliablemente enemigos.

Varios autores han acudido al término “transformismo” para caracterizar ciertos Estados. Fernando García Argañarás (1992, 1992a) lo usó para el Estado boliviano nacido de la revolución de 1952:

Dos mecanismos fundamentales permitieron a la burocracia estatal extender el alcance efectivo del Estado en la sociedad: el clientelismo y el corporativismo. El primero sitúa las relaciones estatales de coerción bajo la sombra de transacciones “privadas”; el segundo otorga autoridad estatal a la representación sectorial de los intereses “privados” […]. He mostrado cómo el clientelismo sostiene la fragmentación de las clases populares y el aumento del poder de los estratos dominantes a través del intercambio desigual de favores y recompensas. Al mismo tiempo, argumenté que el corporativismo, en sus dimensiones institucionales e ideológicas, provee un canal limitado para la representación y expresión popular que contribuye a la estabilidad de la forma estatal, aunque no necesariamente a la estabilidad de ningún gobierno en particular (García Argañarás, 1992a: 292 y 306).[11]

Luego de la ruptura política entre el MNR y la COB (desde 1956 y luego, oficialmente, en 1964), el Estado boliviano prefirió confiar en vínculos “individuales” o “semiindividuales” con los sectores populares en lugar de tratar de incorporar sectores populares organizados en las redes estatales. Como resultado, el Estado boliviano extiende su legitimidad mediante el “clientelismo” mucho más que el “corporativismo”. El primero se sostiene en la fragmentación de las clases subalternas, en el acuerdo a través de redes individuales o familiares y en el intercambio desigual de favores, recompensas y lealtades. García Argañarás llama “transformismo” a este uso de la negociación clientelar.

Estudios posteriores sobre el transformismo y el clientelismo en el mezzogiorno italiano, siguiendo los pasos de Gramsci, muestran llamativas similitudes con los resultados políticos y estatales que encontramos en Ecuador. Veamos la descripción de Moreno Luzón (1999: 84):

Tras un período de luchas contra la Iglesia y el redondeo del territorio, los partidos de notables asumieron una estrategia centrista denominada transformismo que estabilizó el régimen a costa de reducir la competencia y marginar a las fuerzas extremas. Este tipo de política se asentó sobre un sistema electoral censitario y el predominio de unas elites profesionales –compuestas fundamentalmente de abogados– que controlaban el Parlamento […]. La expansión del gasto llevaba consigo la creación de una gran cantidad de puestos en la administración, un elemento mucho más importante que el dinero para el surgimiento de fidelidades partidistas y personales.

Los paralelismos entre el sur de la Italia transformista y el Ecuador de mediados del siglo XX no terminan allí. Las consecuencias “del fenómeno son, por una parte, la creación de un consenso, que garantiza una cierta estabilidad y, por otra, la ineficiencia del gobierno, que deviene incapaz de llevar a cabo proyectos de largo plazo” (Moreno Luzón, 1999: 88-89).

Otro autor latinoamericano que usa el término para caracterizar un Estado moderno es Jorge Cáceres (1988, 1979) en sus estudios sobre El Salvador. Su aplicación del concepto es muy parecida a la que propongo para el Ecuador:

Con esto se está indicando la existencia de un mecanismo de neutralización, cuya función sería la de prevenir que las contradicciones lleguen a un nivel explosivo, es decir, a descubrir su naturaleza clasista. El concepto de “transformismo” expresa este proceso de neutralización/cooptación de los antagonismos sociales, a través de diversos mecanismos y formas, dependiendo del grado de radicalización logrado. A un nivel más bajo, la cooptación puede lograrse por medio del clientelismo, o sea por medio de lazos personales con líderes políticos locales. A un nivel más alto, toma la forma de partidos políticos que son progresivamente integrados al sistema (Cáceres, 1979: 35).

Aunque Cáceres considera que el golpe de Estado de 1948 en El Salvador es un caso de transformismo, se trató, en los hechos, de una tímida reforma finalmente fracasada y a la larga revertida por una espiral de confrontaciones violentas, reacciones oligárquicas y polarizaciones políticas (Torres Rivas, 2011: 90-92). A la luz de su historia de guerra civil y violencias políticas recurrentes, es difícil aceptar que el transformismo salvadoreño se volviera dominante en la política o en el Estado, aunque sus huellas se encuentren esparcidas en todo su sistema político. La propuesta de este trabajo es que, a diferencia de El Salvador, el transformismo ecuatoriano se hizo dominante en el siglo XX.

Tomás Moulián (2002 [1997]: 141) también usa el término para referirse a la cooptación de las dirigencias de los Partidos de la Concertación por la Democracia a favor de la “revolución capitalista” iniciada por Augusto Pinochet:

Llamo “transformismo” al largo proceso de preparación, durante la dictadura, de una salida de la dictadura, destinada a permitir la continuidad de sus estructuras básicas bajo otros ropajes políticos, las vestimentas democráticas. El objetivo es el “gatopardismo”, cambiar para permanecer. Llamo “transformismo” a las operaciones que en el Chile Actual se realizan para asegurar la reproducción de la “infraestructura” creada durante la dictadura, despojada de las molestas formas, de las brutales y de las desnudas “superestructuras” de entonces. El “transformismo” consiste en una alucinante operación de perpetuación que se realizó a través del cambio de Estado […]. El objetivo principal, el eje articulador de la operación transformista fue obligar a la oposición a ese reconocimiento como una manera de asegurar el éxito del diseño de transición.

Para Moulián, el transformismo facilitó la instalación de un sistema político garante de la continuidad neoliberal, es decir, la pervivencia del modelo socioeconómico creado durante la dictadura revolucionaria de Augusto Pinochet Ugarte (Moulián, 2002 [1997]: 142).

Dentro del esquema conceptual usado en este trabajo, el Estado chileno no puede considerarse bajo ningún concepto transformista porque la cooptación arrastró a poderosos partidos políticos. De manera más sustantiva, el “gatopardismo” chileno es el manto que recubre un Estado inusualmente fuerte para los estándares latinoamericanos. Fuerte en el sentido de capacidad para hacer cumplir la ley en su territorio. Por lo tanto, el uso del término “transformista” en este trabajo es mucho más cercano al de García Argañarás, Jorge Cáceres y Moreno Luzón que al de Tomás Moulián.

Hasta aquí, todos parecen usar “transformismo” como sinónimo de “cooptación” pura y llana; pero para Gramsci está relacionado con una “revolución sin revolución” o “revolución pasiva”. Este concepto designa las “modificaciones moleculares que en realidad modifican progresivamente la composición precedente de las fuerzas y por lo tanto se vuelven matrices de nuevas modificaciones” (Gramsci, 1999 [1934-1935]: V, 188, y 187-189). Gramsci asocia la revolución pasiva con la concepción marxista de los cambios progresivos en las “fuerzas productivas” que entran en contradicción con las “relaciones de producción” y provocan los grandes cambios históricos. De hecho, las grandes revoluciones burguesas son excepcionales; por lo general, el tránsito al capitalismo ocurre lentamente mediante los cambios acumulativos de las revoluciones pasivas, como dice Chatterjee (1997a [1993]: 224):

Gramsci considera a este fenómeno [la revolución pasiva] como producto de una “dialéctica bloqueada”, lo que constituye una excepción a la forma paradigmática de revolución burguesa, que él define como jacobina. Sin embargo, más útil pareciera argumentar que, como modelo histórico, la revolución pasiva constituye en realidad el marco general de la transición capitalista en sociedades donde la hegemonía burguesa no se ha concretado a la manera clásica.

Ecuador se ajusta perfectamente al modelo de la revolución pasiva: el capitalismo se volvió dominante sin revolución burguesa, las oligarquías no se habían transformado plenamente en burguesías y la dirección política oligárquica en la transición era frágil e intermitente.

Resumo. El transformismo no es solo la cooptación de un movimiento radical o potencialmente radical mediante mecanismos variados entre los que destaca el clientelismo, sino una fórmula de compromiso que produjo cambios en la sociedad y el Estado, a veces de gran profundidad histórica. Designa los mecanismos dominantes que las oligarquías ecuatorianas adoptaron y cristalizaron en el Estado para desactivar el ascenso de la participación política popular y para conducir una vía de modernización capitalista molecular, lenta y farragosa, que desmontó el orden oligárquico.

Toda cooptación implica participación y cambios, a veces importantes; es una negociación entre intereses divergentes.[12] Pero los resultados de la negociación dependen del balance de poder en cada situación. En el transformismo pululan las concesiones individualizadas, fragmentadas y de parentela. Nace, por tanto, de un balance de fuerzas más favorable a los dominantes que en otras formas de negociación, por ejemplo, las corporativas o neocorporativas.[13] Al final del día, la solución transformista ratifica la dominación oligárquica, fragmenta a los subalternos y reinventa las jerarquías sociales fisuradas tras una crisis profunda. Termina siendo una forma particular de manejar la inestabilidad provocada por la transfiguración del orden oligárquico en orden burgués.

El transformismo resultó ser una práctica estatal dominante de negociación y transacción muy eficaz para evitar, manejar y contener la violencia política abierta. Al dar a cada cual “su pequeña satisfacción”, en cuotas desiguales para dominantes y subalternos, el país eludió desbordamientos sociales peligrosos. Estas prácticas se alojaron paulatinamente en el Estado ecuatoriano entre 1920 y 1960. José María Velasco Ibarra fue el político que mejor las encarnó y quien contribuyó más decisivamente a generalizarlas. Semejantes negociaciones repetidas y parciales restaron coherencia a la modernización capitalista, de la sociedad y del Estado, porque todo acuerdo se deshacía al poco tiempo para ser sustituido por el acuerdo más apropiado del instante siguiente. Como diría Velasco Ibarra, en fiel reflejo de la práctica estatal que tan bien expresaron sus gobiernos: “El escritor, como el político, tienen que ser fieles a la urgencia del instante”.[14] No había continuidad en la acción pública. La contraparte del éxito político del transformismo es la pantanosa transición económica.

Objetivos y estructura

Cargado de tal pregunta de investigación e hipótesis de respuesta, este libro tiene dos propósitos. Primero, crear un modelo explicativo de las condiciones que hicieron posible la solución transformista en el Ecuador. El modelo se forjó en el estudio de la experiencia ecuatoriana, pero tiene la pretensión de ser aplicable a otros Estados modernos en América Latina durante el tránsito al capitalismo. Esquemáticamente, el modelo explicativo podría resumirse así: en medio de la difusión de las relaciones laborales capitalistas, cuando las oligarquías dominantes se debilitaban y su control sobre la sociedad se fisuraba, se produjo un balance de fuerzas sociales caracterizado por oligarquías fragmentadas y poco modernizadas, clases subalternas mayoritariamente moderadas y políticamente dependientes de los sectores dominantes, y un ejército relativamente autónomo de las oligarquías. Ese balance impidió la guerra de todos contra todos porque el ejército no pudo ser dócilmente utilizado para operaciones masivas de represión y porque volvió innecesario el exterminio de clases subalternas relativamente inofensivas. En otros países, un balance de poder diferente alumbró Estados modernos que también eran capitalistas y periféricos, pero funcionaban de forma distinta.

El primer objetivo es, pues, probar (hasta donde sea posible) que, en el marco de un desarrollo capitalista lento y desigual, las oligarquías estaban fragmentadas y eran poco modernas; que las clases subalternas, a pesar de sus desafíos locales y de su resistencia cotidiana, tuvieron un comportamiento político dependiente de las oligarquías; probar, en fin, que el ejército logró autonomizarse de las oligarquías y desde esa condición de autonomía, que limitó las grandes masacres, acordó con ellas mantener una estabilidad política que sirviera para alcanzar los objetivos más preciados de cada uno. En una palabra, presentar pruebas empíricas suficientes en apoyo al modelo explicativo.

El segundo propósito es caracterizar el modo de funcionamiento “transformista” del Estado ecuatoriano y recabar la mayor cantidad de evidencias posibles de que se forjó a mediados del siglo XX. No es fácil. El transformismo vive en la informalidad; se despliega en lo cotidiano, en relaciones fugaces y personales; funciona en medio de reglas prácticas, implícitas y sobrentendidas. Deja pocas huellas escritas. Además, el Ecuador tiene una excelente bibliografía, aunque incompleta, sobre historia social y económica regional, pero carece de estudios equivalentes sobre la formación, funcionamiento y desarrollo de las instituciones estatales. Consciente de tales limitaciones, me atrevo a presentar las evidencias encontradas a partir del estudio de caso del Ministerio de Previsión Social y Trabajo (MPST), a sabiendas de que pueden ser fragmentarias o poco convincentes. Pero como los ecuatorianos convivimos todavía con las reglas implícitas y personalizadas de ese Estado, creo que podremos reconocernos en la descripción.

El libro comienza con un interludio, luego de la introducción, sobre las teorías del Estado. Su propósito es justificar el orden de la exposición, un orden teórico antes que cronológico. Sugiere que las teorías del Estado pueden ser agrupadas en una secuencia causal: el “origen” de los Estados es un pacto de dominación que los sostiene desde su exterior, desde la sociedad civil. Su “proceso” de conformación es producto de una lucha política de resultados contingentes donde intervienen las clases sociales dominantes y las dominadas, sus organizaciones políticas y las instituciones estatales nacidas de la historia previa. Su “resultado” organizacional, en fin, la selección de la burocracia, la creación de las rutinas administrativas, de las prácticas de coerción, de las ideologías legitimadoras y del manejo presupuestario, es el producto agregado del pacto, de la lucha política y de las necesidades burocráticas.

En correspondencia con esa lectura de las teorías del Estado, el trabajo está organizado en tres partes. En la primera, se fijan las coordenadas estructurales del nuevo pacto de dominación: el período de tránsito al capitalismo periférico, la fragmentación y débil modernización de las oligarquías, la crisis en la lealtad de los sectores subalternos rurales, la parcial pervivencia de la autoridad patronal, sobre todo en la Sierra, y las razones por las cuales no fue una crisis catastrófica. En la segunda, se describe la lucha política que desembocó en la construcción de este particular tipo de Estado: se centra en dos de sus actores decisivos, el ejército liberal y el Partido Conservador, cuyo acuerdo terminó siendo orquestado por el caudillo José María Velasco Ibarra. En conjunto, la primera y la segunda parte tratan de cumplir el primer objetivo de la tesis, esto es, explicar el transformismo. En la tercera parte se perfilan las peculiaridades de las instituciones estatales y las rutinas transformistas tomando como estudio de caso el Ministerio de Previsión Social y Trabajo (MPST), encargado de la conciliación social y la negociación de conflictos sociales. Esa construcción organizacional se vincula con el esfuerzo velasquista por reinventar la legitimidad del orden establecido. Esta parte cubre el segundo objetivo del libro: caracterizar el funcionamiento del transformismo.

Este esquema simplifica la realidad, la fija en una secuencia lineal. Pero parece inevitable. Nunca he creído en las opciones teóricas que se contentan con imitar y celebrar la complejidad del mundo suponiendo que la tarea del estudioso es reproducirla. El abigarramiento de la realidad la vuelve inaprensible. En su taller, el historiador selecciona unos pocos hilos conductores en medio de la maraña enrevesada del complejo tejido de la vida. Privilegia ciertas secuencias en el intento de volver comprensible el embrollo de millones de acaeceres simultáneos y caóticos. La realidad es siempre, por definición, más compleja, intrincada y viva que cualquier intento de aprisionarla en palabras. Toda teoría realiza una operación de simplificación, una radiografía del esqueleto del proceso histórico. Su tarea no es reflejar la complejidad del mundo, sino volverlo inteligible; al mismo tiempo, debe restituir las principales interacciones recíprocas y la retroalimentación causal constante de la historia viva. Las clases sociales son afectadas por la intervención estatal resultante de la lucha política pasada en cada momento dado del tiempo. Las organizaciones estatales se reinventan cuando afrontan nuevos desafíos y responden a las presiones políticas y a las demandas sociales. Ninguna secuencia es fija; hay interacciones constantes. Pero, a pesar de los matices, al final del día hay factores dominantes y tendencias mayores que un esquema adecuado debe expresar.

Método

Más que una investigación de historia propiamente dicha, este estudio califica como un trabajo de sociología histórica. ¿Cuál es la diferencia entre ambos? Pablo Stefanoni (2014: 8) cita una motivadora frase de Juan Carlos Torre, parafraseando a Darío Roldán:

Quien escribe historia política [yo quitaría “política”] debe esforzarse por restituir en el pasado la incertidumbre del futuro, de modo tal de mostrar a actores tomando decisiones frente a las alternativas que cada uno de ellos tiene ante sí […]. El doble desafío de contar una historia cuyo final se conoce está, pues, en transmitir ese margen de incertidumbre con el que los diversos actores hicieron sus apuestas, y en lograr que quien la lee acompañe la suerte cambiante de la fortuna política y suspenda durante la lectura lo que ya sabe sobre su desenlace.

A diferencia de esa honorable apuesta, la sociología histórica toma toda la ventaja posible de conocer un desenlace que los actores desconocían. Saber el resultado permite valorar mejor las alternativas, hacer diferentes estimaciones de las posibilidades de triunfo y de derrota, repensar las condiciones en las que los actores tomaron sus decisiones y cuyas consecuencias no calcularon. El punto de partida es el resultado; desde el final remontamos al origen teniendo en mente el efecto por explicar. El tiempo y la distancia ofrecen grandes ventajas al observador; conviene aprovecharlas.[15]

Pero sus riesgos son tan grandes como sus ventajas. Se pierde el punto de vista de los actores reales en su tiempo real; acecha el determinismo de bazas marcadas como si las alternativas históricas no existieran, como si el resultado no hubiera podido ser otro.[16] Es más, ningún camino alternativo fue abandonado del todo. Gramsci decía que el proceso histórico es una unidad en el tiempo por la que el presente contiene todo el pasado:

Lo que se ha “perdido”, o sea lo que no ha sido transmitido dialécticamente en el proceso histórico era en sí mismo irrelevante, era la “escoria” casual y contingente, crónica y no historia, episodio superficial, desdeñable en último análisis (Gramsci, 1984 [1930-1932]: III, 163).

La comparación con historias y sociedades similares, viviendo en circunstancias parecidas, oficia de remedio parcial ante ese riesgo persistente. Otros países latinoamericanos vivieron disyuntivas análogas con resultados distintos. La diferencia en el desenlace valora las alternativas que se abrían al campo de lo posible. Muchas de las opciones se ensayaron en verdad y hubieran podido prevalecer; e incluso si no lo hicieron, dejaron rastros tras de sí en la historia posterior. Por eso el lector encontrará en este libro constantes referencias a la construcción estatal en otros países latinoamericanos en la misma época de transición al capitalismo. Pero la comparación es ilustrativa y esporádica, no sistemática.[17] Los principales elementos de la comparación serán retomados en las conclusiones generales, pero una presentación sistemática del contraste de la historia del Estado ecuatoriano del siglo XX con la del resto de Estados latinoamericanos queda pendiente.


Las convicciones teóricas son inseparables de los compromisos políticos. La pregunta sobre los modos de dominación y sobre su estabilidad o su emergencia solo puede nacer de una condena moral. En los tiempos que corren, con frecuencia se considera anacrónica la idea misma de “dominación”. Yo, por el contrario, creo que somos hoy en día no solo herederos, sino reproductores de muchas de las tecnologías de poder engranadas en el siglo anterior. Este trabajo no escribe el epitafio de un pasado muerto.

No es raro que esta investigación naciera a fines del siglo XX, en medio de una crisis política y una inestabilidad recurrente análoga a la que vivió el país en la década del 1930. Siempre me pareció que, detrás de la inestabilidad política, en la superficie subyacían poderosos mecanismos estabilizadores del orden. El recurso al pasado no es una forma de ratificar cómo el mal se reinventa y, a la manera de Foucault, develar que cada intento de emancipación humana solo saca lustre a los barrotes de nuestra celda de acero (Berman, 1995 [1981]: 24). La historia es un inventario siempre renovado de opciones alternativas. Y el cauce de esas alternativas se ensancha en tiempos de caos sistémico y recambio global. El declive actual de la hegemonía mundial norteamericana, que ya casi nadie niega, tuvo precedentes. La época descrita en este trabajo fue la del declive británico y el ascenso norteamericano. Antes de eso, Ámsterdam cedió el paso a Londres en el manejo de los negocios mundiales. El recambio hegemónico de hoy, la rivalidad entre potencias, el aparecimiento de nuevos jugadores asiáticos de alcance mundial, la competencia entre esquemas distintos de desarrollo capitalista despiertan opciones dormidas, y el resultado final no será indiferente a la lucha política y cultural de los actores sociales que navegan en medio de la niebla.[18]

En el actual contexto global de caos, incertidumbre y recambio hegemónico, América Latina vivió más de tres lustros de un “giro a la izquierda” luego de tres décadas del huracán conservador que significó el neoliberalismo. Aunque el moderado optimismo con que recibí y participé en ese giro se ha ido extinguiendo por la decepción que producen gobiernos bastante lamentables, mi recurso al pasado, a un tiempo de cambios análogos en el mundo, en América Latina y en el Ecuador, no solo me vacuna contra cualquier optimismo fácil o ingenuo. Me confirma que las clases dominantes no hacen lo que quieren, sino lo que pueden; que, al final, en el resultado importan, y mucho, la fuerza y la autonomía que los dominados puedan acumular. Esa autonomía nunca es igual a cero, como a veces parecen pensar los teóricos de la dominación, ni igual a cien, como parecen creer algunos subalternistas, sino un peso variable en cualquier ecuación política; algo por lo que hay que luchar. No corresponde a esa constatación el dejar que las estructuras actúen por sí solas confiando en algún seguro desenlace. Como decía Jean Paul Sartre en una frase hermosa: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”.


  1. Velasco Ibarra, entrevista realizada por Jorge Reyes, El Telégrafo, 1 de diciembre de 1934, reproducido en República del Ecuador ([1935]: 172). Énfasis agregado.
  2. Julio Alarcón, “Declaraciones del señor presidente de la república a propósito de su reciente viaje a la ciudad fronteriza del norte”, El Debate, diario de la mañana, 30 de noviembre de 1934.
  3. Adoum (2000 [1997]: 122), Sylva (2004: 43), Donoso Pareja (2000: 88-91) y Traverso (1998: 221-233). No es casual que el libro de Osvaldo Hurtado (2007: 261-269), tan pródigo en estereotipos sobre las costumbres ecuatorianas como la indolencia, inconstancia, proclividad al gasto improductivo, bajo sentido de responsabilidad, falta de respeto a la ley, pereza, poca limpieza, permisividad ante la corrupción, etc., no mencione esta “costumbre” presumiblemente “positiva” de la tendencia a resolver los conflictos políticos con poca violencia abierta.
  4. Es lo que hacen Menéndez Carrión (1994: 8) y Echeverría (1994: 50-51) en el único libro de ciencias sociales dedicado a la violencia en el Ecuador. Persiste, no obstante, que esas violencias (racismo, sexismo, delincuencia, discriminación social o regional) existen en casi todos los países que también tienen récords de violencia política abierta.
  5. “La paz, como observó Leibniz, no solo es un concepto intrínsecamente negativo, sino abstracto, porque no alude a ningún orden político o existencial concreto” (Anderson, 2015 [2009]: 508).
  6. Ver la discusión al respecto en Demmers (2012). Por supuesto, a veces un conflicto muy violento puede saldarse sin muertos, como por ejemplo en Yanahurco, Saquisilí, provincia de Cotopaxi, en los años 1980, donde la tortura y la crueldad no desembocaron en el asesinato (cfr. Kaltmeier, 2008: 110-123; y Bretón, 2012: 246-252).
  7. En la clásica discusión sobre el “Estado burocrático autoritario”, Fernando Henrique Cardoso (1985 [1979]: 44-46) recordaba a Guillermo O´Donnell que el Estado era el “pacto de dominación” básico y que todos los estados latinoamericanos eran sencillamente capitalistas. Democracia, dictadura, corporativismo, clientelismo y otras formas semejantes correspondían al régimen político, es decir, a las reglas para la toma de decisiones y para la selección del personal directivo del Estado.
  8. León (2003: 33) menciona que el equilibrio inestable lleva a la confrontación en otros países; pero apenas señalada la contradicción, reafirma su tesis: “Es el empate regional de fuerzas ya mencionado, y no las orientaciones de sus actores políticos, el que, en los hechos, ha llevado a esta necesidad de la negociación y del acuerdo”.
  9. Ver una conceptualización previa en Guerrero y Ospina (2003: 253-254).
  10. Los neogüelfos eran un partido moderado dirigido por Gioberti durante la Unificación italiana.
  11. Todas las traducciones de textos en inglés son del autor.
  12. Chatterjee (2011: 221-234; en especial pp. 228-231).
  13. Los trabajos clásicos sobre el corporativismo y el neocorporativismo en Europa son los de Schmitter (1974, 1992: especialmente pp. 25-92) y Williamson (1989). Un cómodo resumen en Jessop (1999 [1993]: 404-410) y Pan Montojo (2005). Sobre las diferencias entre el corporativismo y el transformismo, ver capítulos VI y VII.
  14. Es una frase aproximada, recordada por Jorge Salvador Lara (en Cuvi, 2012: 136). El comentario de Salvador Lara continúa: “Vea usted, el oportunismo llevado a su máxima expresión: ‘fiel a la urgencia del instante’, este instante tengo esta urgencia y actúo en concordancia, pero al siguiente instante esta otra urgencia me obliga a actuar en contra. Tal vez esto explicaría la figura del doctor Velasco Ibarra”.
  15. El modelo metodológico de la sociología histórica es la obra clásica de Barrington Moore  (1976 [1966]).
  16. “Las alternativas históricas son siempre reales, siempre se puede decidir en ellas de modo diferente de aquel en el que realmente se decide. No era necesario que el desarrollo social tomara la forma que ha tomado; fue, simplemente, posible que se configurara así (o de otro modo)” (Heller, 1972: 36; énfasis en el texto).
  17. “No se prueba nada cuando uno se contenta, como ocurre con frecuencia, con hacer ver por medio de ejemplos más o menos numerosos que, en casos dispersos, los hechos han variado como quiere la hipótesis. De estas concordancias esporádicas y fragmentarias no se puede sacar ninguna conclusión general. Ilustrar una idea no es demostrarla” (Durkheim, 1993 [1894]: 141).
  18. Para esta lectura de la transición global, cfr. Arrighi (1999 [1994]). La metáfora de la niebla viene de Eric Hobsbawm, cfr. Arrighi y Silver (2001 [1999]: 9-12).


Deja un comentario