Otras publicaciones:

9789871867936_frontcover

Book cover

Otras publicaciones:

12-3899t

9789877230666-frontcover

Conclusiones de la primera parte

El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública.

 

Diego Portales

(citado por Jocelyn Holt, 1998 [1997]: 137)

El cuadrante de las características estructurales que hizo posible el pacto de dominación que dio origen al Estado transformista ecuatoriano está completo. Las oligarquías regionales estaban debilitadas por el tránsito al capitalismo, por la crisis mundial y por la ruptura en la lealtad de sus subordinados. La fragmentación regional allanó el camino para que esa pérdida de la lealtad distara de ser homogénea o catastrófica para todos al mismo tiempo. Los sectores populares rurales, por su parte, a pesar de las manifestaciones de resistencia cotidiana o de ocasional rebelión abierta, solo atacaron muy tardíamente el núcleo duro del poder oligárquico, la propiedad de la tierra, y carecieron de suficiente autonomía frente a sus superiores como para constituir una grave amenaza radical.

Varios países que conocieron revoluciones, guerras civiles o violencia endémica, como México y Colombia, combinaron la fragmentación regional de sus oligarquías dominantes con una mayor autonomía económica y social de sus clases subalternas rurales.[1] En el Ecuador de la transición al capitalismo, al contrario, las oligarquías debilitadas y desafiadas en su autoridad lograron conservar, a pesar de las fisuras, el control de sus subordinados. Fue un control ambivalente, por supuesto, pero suficiente para mantenerse al frente de la transición y beneficiarse de sus resultados. El desencaje regional de la crisis de lealtad hizo su contribución: el mayor desafío provino de las pendencieras clases subalternas de la Costa entre 1920 y 1940, mientras que en la Sierra los mayores desafíos al régimen hacendatario se desplegaron solo en la década de 1950. Recién a fines de los años cincuenta e inicios de los sesenta, los desafíos indígenas y montubios en la Sierra y la Costa confluyeron alrededor de la demanda por la tierra, lo que derivó en una reforma agraria moderada que afectó esencialmente a los terratenientes más tradicionales que subsistían en ambas regiones.

Esta combinación de características estructurales limitaba la probabilidad de que se desatara una guerra de todos contra todos a la manera de las descentralizadas matanzas locales entre conservadores y liberales en la Colombia jalonada por el espasmódico estallido de la Violencia en los años cincuenta. En efecto, la existencia de oligarquías fragmentadas, sin poder económico y político suficiente para imponerse a sus rivales regionales, no fue una característica única del Ecuador en esos años. En Colombia la misma situación terminó en una guerra sin fin luego de que los más serios intentos de reforma durante la república liberal, comandados inicialmente por Alfonso López Pumarejo, quedaran sepultados junto al cuerpo de Jorge Eliécer Gaitán.[2] No ocurrió en Ecuador y, al menos en la Costa, hubiera podido ocurrir.

Valeria Coronel (2011) analiza los mismos años de crisis y se interesa también por caracterizar el Estado ecuatoriano que surgió de ellos. Su trabajo supone una fortaleza, independencia y radicalidad mucho mayor en las clases populares ecuatorianas. Si el balance de fuerzas sociales es diferente, el Estado resultante es distinto. En su opinión, durante este período (ella estudia el país hasta 1948), en lugar de un Estado transformista, surgió una democracia corporativa:

Más bien, este período [1925-1948] representó un conflictivo proceso de de-colonización y un momento crucial en la construcción de la democracia ecuatoriana, una democracia que hemos descrito como corporativista en la cual las organizaciones sociales encontraron en estas décadas una vía para presionar desde abajo por representación política y por la respuesta del Estado a sus demandas por derechos sociales (Coronel, 2011: 710).

Frente al corporativismo popular, las elites liberales respondieron con un corporativismo desde arriba. Coronel llega al extremo de decir que surgió un “Estado popular”:

En las siguientes páginas propondremos que la naturaleza de las transformaciones que ocurrieron después de 1925 solo pueden ser entendidas como el resultado de la presión ejercida por un movimiento político popular que fue capaz de organizar a los indígenas, los campesinos y los trabajadores en una esfera pública radical que se identificó cono democrática y que más tarde fue capaz de transformar el Estado en un Estado popular con su base en estas organizaciones partidarias de izquierda (Coronel, 2011: 739).[3]

El corporativismo existe en todos los Estados modernos. Pero se volvió dominante solo allí donde predominaron sectores populares movilizados, radicales y autónomos. Fracciones del ejército y de las oligarquías se convencieron de que no podían controlar aquellas hordas desbocadas de otro modo. En Ecuador hubo un modo menos costoso porque las hordas estaban menos desbocadas.

El balance de poder del que emergió el nuevo Estado ecuatoriano no es ni la continuidad imperturbable de las estructuras clientelares del Partido Conservador, como supone Rafael Quintero, ni el ascenso imparable de una izquierda poderosa y ligada a masas populares dotadas de un proyecto estatal propio, como cree Valeria Coronel. El colapso económico de 1920 destruyó una fracción entera de la oligarquía dominante, la cacaotera (y la burguesía financiera asociada a ella), que había dirigido el Estado desde 1895. Pero quedó en pie, en paulatina transformación, la oligarquía de la Sierra que superó, no sin dificultades, los desafíos subalternos y negoció con un ejército hostil. Como sugiere Jorge León (2003: 33; ver también Clark, 2001: 57), la relevancia de la intervención de las izquierdas en esos años provino menos de su peso político propio que de la acción en medio de un empate catastrófico entre fuerzas regionales rivales.

Si la primera parte buscó probar que las clases populares ecuatorianas no eran tan autónomas, movilizadas y radicales como cree Valeria Coronel, corresponde ahora analizar el segundo componente de la transición que evitaría la guerra permanente, alejaría del escenario la solución corporativista y facilitaría la negociación transformista. Este componente no refiere a las “posibilidades” derivadas de las estructuras sociales, sino a las “realizaciones” nacidas de la lucha política (Ansaldi y Giordano, 2014: 25). El ejército fue un actor decisivo para realizar tales posibilidades. ¿Por qué no inició matanzas desaforadas? ¿Por qué no lideró una alianza nacionalista y popular que derivara en un corporativismo desde arriba con influencia desde abajo? Es el tema de la segunda parte.


  1. La mejor descripción de la autonomía de los campesinos que hicieron la Revolución mexicana se encuentra en el trabajo clásico de Alan Knight (2010 [1986]: 124-250; y una comparación con regiones latinoamericanas donde no hubo revoluciones, en pp. 231-233). La historia de las guerrillas colombianas nacidas de una tradición de movilización rural en las guerras entre liberales y conservadores se encuentra en Palacios (2003 [1995]: 191-235) y en Guzmán, Fals Borda y Umaña (2010 [1964]: vol. II). Sobre los conflictos agrarios en Colombia en los años veinte y treinta, cfr. LeGrand (1988). Una similar configuración que combinó fragmentación en las clases altas con autonomía en las clases bajas es la que llevó a constantes rebeliones en la China imperial (Moore, 1976 [1976]: 169-175).
  2. Palacios (2003 [1995]: 137-188), Bushnell (2011 [1994]: 261-285), Pécaut (2001 [1987]: 409-546).
  3. David Gómez (2014: 174), animado, igual que Coronel, por la crítica a la caracterización clásica de un “Estado oligárquico” y de una “vía junker” de desarrollo capitalista, habla, más prudentemente, de un “Estado compartido”, y lo restringe al período que va de 1935 a 1940.


Deja un comentario