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Las beatas de Tucumán entre la búsqueda de libertad femenina y el control eclesial (fines del siglo XIX)

Cynthia Folquer[1]

Introducción

En este trayecto de mi investigación busco identificar voces femeninas ocultas en la historia de Tucumán, vivencias escondidas en los grandes relatos de la historia, voces sumergidas en los rincones de las casas, en las cocinas, las aulas, las celdas conventuales. Se trata de mujeres cuyos nombres no quedaron en ningún monumento, en ninguna placa recordatoria, pero que emergen casi pidiendo permiso de los papeles amarillentos de los archivos.

Las fuentes analizadas nos permiten hacer contacto con la subjetividad de las beatas de Tucumán, la resistencia a imposiciones de las autoridades eclesiásticas, la conformación de una identidad beata que pone de manifiesto que muchas mujeres supieron aprovechar -dentro de los códigos de género de la época y las posibilidades culturales e institucionales accesibles- las rendijas por las cuales expresar su libertad femenina. La complejidad de la construcción de la identidad femenina, queda de manifiesto en la opción de vida beata, como vía de búsqueda de espacios donde cuestionar y negociar los significados respecto a cómo debía ser la mujer religiosa a fines del siglo XIX.

El abordaje del conflicto vivido en el beaterio o Casa de Jesús de Tucumán nos permite visibilizar los intentos de las autoridades eclesiales por definir un modo de ser mujer religiosa y las resistencias generadas por las mujeres ante estos intentos de control. La vida beata fue para muchas mujeres un antídoto para una situación familiar conflictiva, un matrimonio deteriorado, un refugio protector o una oportunidad para desarrollar una vida espiritual en libertad.

En primer lugar, realizaré un breve recorrido por la historia de la vida beata para luego detenerme en la Comunidad de la Casa de Jesús de Tucumán y las vicisitudes por las que transitó ante las disposiciones de las autoridades eclesiales de ser absorbidas por la nueva Congregación de las Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón.

Beatas y beaterios en la Europa medieval

Desde los orígenes del cristianismo, en tiempos del Imperio Romano, muchas mujeres se sumaron al movimiento de Jesús de Nazareth en la vida misionera o llevando una vida ascética en las afueras de las ciudades o en los desiertos cercanos. Monserrat Cabré i Paret,[2] afirma que, desde los primeros siglos del cristianismo, muchas mujeres desafiaron las leyes que sobre la familia promulgaba el estado romano y se implicaron en los movimientos cristianos adoptando formas autónomas de vida célibe.

A partir del siglo XII en Europa se cristalizó una forma de vida religiosa femenina que se constituyó en un verdadero paradigma para muchas mujeres. Con el surgimiento de las órdenes mendicantes, floreció espontáneamente el movimiento laico popular. En el norte de Europa se las llamaba mulieres religiosae, a quienes solas o en grupo llevaban una vida espiritual fuera de los claustros y sus reglas. En diversas zonas y épocas se las denominará de formas diferentes, palelarde, beatas, bizocche o beguinas[3] y los varones se los denominó begardos.[4] Sobre todo mujeres, pero también varones, comenzaron a vivir un camino de espiritualidad al margen de las instituciones monásticas y se dedicaron de diversa manera a la vida religiosa activa o contemplativa.

Estas mujeres religiosas vivían solas o con alguna compañera, formando pequeñas comunidades o en el seno de sus propias familias. Algunas se dedicaban más a una vida contemplativa y de estudio, otras asumían un servicio de caridad para con los más pobres de las ciudades, atendiendo hospitales, leprosarios y también las encontramos asumiendo un estilo de vida mendicante y siendo peregrinas por los caminos de Occidente. Esta forma de vida religiosa asumió el ideal evangélico de pobreza voluntaria y la predicación, viviendo en el corazón de las ciudades, mezcladas en la vida urbana, siendo sus casas y las calles de la ciudad su propio monasterio, su lugar de encuentro con Dios. De esta manera las beatas tomaban distancia de las instituciones religiosas monásticas, regidas por sus propias constituciones y separadas del mundo.[5]

Así, las beatas que, sin desvincularse de un entorno laico, defendían el derecho a vivir una vida religiosa fuera de los muros de conventos y monasterios, se situaron en los márgenes de las estructuras organizativas de las órdenes religiosas femeninas establecidas. Ellas optaban de manera independiente a las alternativas de formar una familia o ingresar a un convento.[6]

La vida beata implicaba una promoción de la piedad laical, en donde el contacto con la divinidad (sin mediación de la jerarquía eclesiástica), la penitencia, la pobreza y las obras de caridad, conformaban los rasgos de una espiritualidad propia del laicado. Los movimientos asociativos espontáneos como el de las beatas (siglos XVI-XVII en Iberoamérica) o beguinas (siglos XII y XIII en centro y norte de Europa), ajenos a la categorización de la Iglesia, generaron recelos por parte de la jerarquía eclesiástica, que los encontró siempre sospechosos. En contextos de endurecimiento de las estructuras organizativas eclesiales y estatales, paralelos a modelos institucionales de reforma, estas formas de vida religiosa espontánea fueron objeto de regularización y disminución de libertades, provocando la transformación de los beaterios en monasterios sujetos a una regla aprobada por la autoridad eclesial.[7]

La independencia con la que pretendían vivir su religiosidad les trajo muchas veces conflictos con las autoridades eclesiásticas, porque escapaban del control institucional. En muchas ocasiones se buscó forzar a las beatas individuales o a las comunidades de beatas a asumir una vida sujeta a una regla monástica o a vivir bajo la dirección de las órdenes mendicantes. Algunas por decisión propia y para liberarse de sospechas y amenazas optaron por la vida claustral o buscaron la protección de algún clérigo o confesor, otras fueron sospechadas de herejía y acabaron ante los tribunales eclesiales por sus formas de vivir y sus escritos.[8]

Un punto de inflexión en el movimiento de beatas o beguinas será el proceso contra Margarita Porete en 1310, quien acusada de herejía fue quemada en la hoguera en París.[9] Luego seguirán los decretos contra el movimiento beguino del Concilio de Vienne de 1311, lo que traerá como consecuencia una migración de beatas a la vida monástica y las transformaciones de beguinatos o beaterios en monasterios. Sin embargo, a pesar de las prohibiciones una y otra vez surgieron en los siglos siguientes formas de vida religiosa no reglada, individual o comunitaria, que respondía a las inquietudes de vida espiritual de muchas mujeres de cada época.

La vida de las beguinas o beatas generó en varias oportunidades una cierta desconfianza en las autoridades eclesiales ya que no debían obediencia a nadie y practicaban una religiosidad espontánea viviendo su religiosidad sin mediación clerical. En muchas diócesis de la Europa medieval se advertía sobre el peligro en que vivían estas mujeres sin regla ni obediencia, por lo que se afirmaba la necesidad de proponerles un plan de vida para que “no se diga de ellas que cada una vive y hace lo que quiere y que para esto se hacen beatas: para vivir a su voluntad y no tener sujeción a nadie”.[10]

Beatas en la América colonial

La vida beata llegó a tierras americanas de la mano de los españoles.[11] Desde los inicios de la conquista se fundaron las primeras “casas de recogimiento” como espacios seguros donde proteger a las esposas, hijas o viudas. Allí se albergaban una gran diversidad de mujeres y niñas, que vivían voluntaria o involuntariamente en diferentes casas de “recogidas”: conventos, beaterios, hospitales y colegios. Durante el período colonial, mujeres viudas, huérfanas, hijas mestizas de los conquistadores, indias, prostitutas o aquellas que las autoridades consideraban necesitadas de corrección, mujeres que buscaban la anulación matrimonial o el divorcio, una separación permanente de sus maridos, vivían en estas casas que cumplían múltiples funciones como espacios para educandas, asilos o centros de depósito legal, algunas tenían respaldo del estado español y otras dependían de alguna orden religiosa.[12] También residían mujeres de manera temporaria, mientras durara el viaje de su esposo, y en algunos casos funcionaron como cárceles o centros correccionales y colegios. Las casas de recogimiento y los beaterios a veces conviven en un mismo espacio, siendo difícil distinguirlos. Algunos funcionaban como casas de retiro y a la vez colegio de educandas, a veces distinguiendo la educación de blancas, indias y mestizas, pero en otros casos se admitían todas las razas juntas. Algunas beatas asumían la tarea de enseñanza y otras se dedicaban a una vida de piedad y a la organización de ejercicios espirituales. El mundo de las beatas era muy heterogéneo, algunas vivían en comunidad, otras en sus casas particulares, dedicadas a la vida contemplativa o a las obras de caridad. En América sobre todo se trató de un fenómeno urbano, aunque en Brasil hubo también beaterios en el ámbito rural.[13]

En esos espacios también vivieron mujeres que buscaron –además de un lugar seguro– libertad para dedicarse a la vida del espíritu. Algunos de estos recogimientos se convirtieron con el tiempo en beaterios y conventos, otros eran conducidos por mujeres que habían decidido llevar una vida beata, sin compromiso matrimonial, dedicándose a la educación de niñas y al cuidado de mujeres viudas o enfermas.

Estas casas de recogimiento, de beatas o beaterios en América como en España, estaban insertas en el tejido urbano y proponían una vida laical, donde el contacto con la divinidad se vivía sin mediación de la jerarquía eclesiástica y las mujeres que asumían este tipo de vida, encontraban un camino para dedicarse también a la atención de pobres y enfermos.

Al no estar sometidas a ninguna autoridad de la Iglesia mediante votos religiosos, las beatas fueron objeto de sospechas de heterodoxia y por lo tanto de intentos de control sobre su vida y pensamiento. Un informe de la Inquisición de Lima advertía del peligro de las beatas de la ciudad por no estar encerradas y vivir sin sujeción alguna.[14] Las beatas crearon fisuras en el sistema social y cultural consagrado por la religión y atravesaron los límites del rol social y eclesial asignado predominantemente a las mujeres.[15]

Beatas en el Río de la Plata

En comparación con otros espacios de América colonial, en el territorio actual de Argentina, surgieron tardíamente los primeros recogimientos y beaterios que albergaban a niñas educandas. En Buenos Aires encontramos una primera casa de recogimiento, el beaterio de Pedro de Vera y Aragón, fundado en 1692, cuando el Gobernador Agustín Robles decidió transformar el antiguo Hospital Real de San Martín en una casa de recogimiento para huérfanas, encargando esta tarea el mayordomo del hospital Don Pedro Vera y Aragón. El Obispo Azcona respaldó esta medida convencido de que sería útil para resguardar la castidad de las jóvenes porteñas ante el asedio de los varios cientos de soldados acantonados en la fortaleza de Buenos Aires. Al inaugurarse el hospicio en 1699, el objetivo inicial se había transformado, comprendiéndose el nuevo espacio destinado no sólo a huérfanas sino a doncellas españolas que desearan retirarse a realizar ejercicios espirituales. El beaterio era administrado en lo temporal por el mayordomo Vera y Aragón y en lo espiritual por una viuda, Juana de Saavedra, a la que el cabildo nombró por su ancianidad, virtud, ejemplar vida y capacidad para la educación cristiana de niñas huérfanas. Este primer beaterio se cerró en 1702 debido a la disminución de beatas y a la espera de la autorización real para fundar un monasterio en la ciudad. [16] Años más tarde la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo fundaba en 1755 el Colegio de Huérfanas en Buenos Aires, para suplir la ausencia creada por la primea casa de recogimiento.[17]En Córdoba el Obispo Antonio de San Alberto[18] creaba en 1782 la Real Casa de Niñas Nobles Huérfanas o Colegio de Niñas Educandas que estaba administrado por beatas educadoras, llamadas beatas carmelitas por haber sido fundadas por el mencionado obispo y llevar el hábito del Carmen.[19] El mismo Obispo en visita pastoral a Catamarca en 1783 acogía la iniciativa de las hermanas Villagrán de crear un Colegio para Niñas Nobles Huérfanas de Catamarca y años más tarde dos beatas carmelitas -provenientes de la fundación de Córdoba- asumían la conducción de esta escuela, abriendo sus puertas en 1809.[20] En Salta, el Colegio de Niñas Huérfanas, comenzó sus actividades por iniciativa de Manuela Tineo en 1824, según el modelo de los colegios fundados por el Obispo San Alberto, habiendo más tarde llegado de Catamarca dos beatas para asumir el proyecto iniciado.[21] En cuanto a las beatas-maestras de Santiago del Estero, la fundación del Colegio Belén data de 1821 por iniciativa de Ana María Taboada, discípula de la beata María Antonia Paz y Figueroa (1730-1799), la beata que se caracterizó por asumir la responsabilidad de organizar los ejercicios espirituales ignacianos luego de la expulsión de los jesuitas.[22] Perteneció al beaterio de Santiago del Estero ligado a la Compañía de Jesús, luego recorrió gran parte del país propagando los ejercicios espirituales y estableció una casa de ejercicios en Buenos Aires, en donde encontramos en 1802 a 43 mujeres viviendo como beatas, dedicadas a la oración y al servicio de los ejercitantes.[23]

En la ciudad de Santa Fe, surgió un beaterio en torno a la figura de Blanca de Godoy, una santafesina nacida a mediados del siglo XVII y fallecida en 1734, quien suscitó la admiración de sus contemporáneos por sus virtudes personales y sociales, al dedicar buena parte de su existencia a la atención de los pobres y necesitados. Ligada a la Compañía de Jesús, fundó la entidad llamada “Beatas de la Compañía”, quienes se dedicaban a la instrucción elemental y religiosa de las niñas y adolescentes.[24]

Las beatas de Tucumán: resistencias y defensa de sus derechos

Siendo Tucumán una ciudad marginal durante el período colonial, no contó con la fundación de ningún convento, de manera que la primera forma de vida religiosa femenina, del actual territorio de la provincia, fue el beaterio o Casa de Jesús, fundado en 1839 por las hermanas María Loreto y María Eustaquia Valladares Aráoz, quienes decidieron vivir una vida de recogimiento y oración, ocupándose de la educación de niñas, de los pobres y de organizar ejercicios espirituales.

En este emprendimiento fueron apoyadas económicamente por su padre Juan Valladares quien compró una casa situada en el barrio denominado Ciudadela, allí dieron comienzo al Colegio para niñas y a la práctica de los Ejercicios Espirituales.[25]

Se formó en torno a las hermanas Valladares una comunidad de beatas, siendo liderada por María Loreto, quien dirigió la casa durante 40 años hasta que falleció en 1879. El historiador Cayetano Bruno afirma que, al morir la fundadora, la comunidad comenzó a declinar por lo que el Vicario Capitular Padilla y Bárcena[26] decidió incorporarlas al Instituto de las Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús[27] con oposición de algunas de ellas.[28] En el auto de la visita de Padilla y Bárcena a la Casa de Jesús, les indicaba la decisión tomada, aunque les daba libertad para ingresar a la congregación o “volver al siglo”. [29]

Entre los documentos de la Casa de Jesús, que se encuentran en el archivo del Arzobispado de Tucumán,[30] se destacan los referidos al conflicto de algunas beatas con las autoridades eclesiásticas por sentirse obligadas a entregar la Casa de Jesús a la Congregación de las Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y adecuarse a nuevo estilo de vida diferente al que ellas se habían comprometido a vivir.

En la visita realizada al beaterio por Padilla y Bárcena el 18 de noviembre de 1889, observó que la “comunidad de señoras devotas” de la Casa de Jesús de Tucumán, no había podido constituirse en una verdadera comunidad regular al no realizar votos religiosos y que, a pesar de las disposiciones dictadas por sus predecesores en las visitas anteriores, no habían podido mejorar las condiciones de vida y equipararse a los demás institutos religiosos aprobados por la iglesia.”[31]

También observó Padilla que las beatas no habían podido mejorar el servicio de educación a niñas que habían asumido como compromiso desde la Casa de Jesús, por lo que dispuso incorporar la Casa de Jesús y las beatas a la Congregación de Esclavas del Sagrado Corazón, quienes ya tenían experiencia en educación de niñas y en la organización de ejercicios espirituales y considerando que algunas beatas están dispuestas a ello. Así lo expresaba en el mismo auto:

en uso de la autoridad que investimos: 1º incorporamos la comunidad de maestras de la mencionada Casa de Jesús a la congregación de Esclavas del S. Corazón de Jesús, entregando a esta dicha fundación, con sus propiedades muebles e inmuebles para que la conserven, gobiernen y (…) según sus propias reglas y los fines de la institución. Las Esclavas del S. Corazón de Jesús seguirán cumpliendo con las cargas de Misas provenientes de las mandas pías con que están grabadas las casas pertenecientes a esta piadosa fundación, en los términos en que hasta el presente se han llevado. 2º. Las maestras actuales a la mayor brevedad vestirán el hábito propio de las Esclavas del S. Corazón de Jesús, pudiendo después de algún tiempo y cuando se encontraran dispuestas por el conocimiento práctico de las reglas, profesar estas emitiendo los votos de obediencia, pobreza y castidad. Las que han permanecido en calidad de hermanas legas podrán continuar en la casa en hábito de seglares, participando de las gracias y privilegios de las religiosas, como consagradas al servicio de la comunidad. Tanto las maestras de coro como las legas que no se encuentren con fuerzas suficientes para la observancia de la regla de las Esclavas y practicar la vida común, quedan en libertad para volver al siglo.[32]

En el momento de estas disposiciones la comunidad del beaterio estaba conformada por trece hermanas, nueve de coro y cuatro legas, y por encontrarse enferma la responsable, Madre Isabel Leal, el vicario nombró sucesora a Anastasia Frías. Según el relato de Blanco,[33] ante las resistencias de las beatas a incorporarse a la nueva congregación, Padilla y Bárcena propuso al Padre Vicente Campos de la Compañía de Jesús –residente en Córdoba– que les predicara ejercicios espirituales y las persuadiera de la necesidad de incorporarse a una congregación para asegurar la vitalidad de la obra.

En un primer momento las beatas aceptaron las nuevas condiciones de vida que se les imponían acordando ser incorporadas al nuevo Instituto y manifestaron disponibilidad incluso para ser trasladadas a otras casas de la congregación. [34] Sin embargo, al mes siguiente, Manuela Jiménez escribía al vicario capitular de Salta, Padilla y Bárcena, expresando su negativa a aceptar las nuevas condiciones de vida que le eran impuestas y solicitando algunas excepciones a la regla que debía asumir, sobre todo en lo referente a los horarios de levantarse, las tareas asignadas que a veces no tenían en cuenta su edad y su salud, los alimentos que recibía, su costumbre de tomar mate -que ahora le estaba prohibido-, la obligatoriedad de ser trasladada a otro convento entre otros aspectos.[35]

Emerge esta voz disonante de Manuela Jiménez quien defiende su libertad y su derecho a continuar llevando la vida beata que había profesado durante 40 años y advierte al Vicario Capitular Padilla que la opinión pública en Tucumán era contraria a las disposiciones que él estaba realizando:

toma cuerpo la opinión de que si bien S.S. Ilustrísima tiene indiscutible facultad para vigilar por el mejoramiento de todas las comunidades religiosas de la Diócesis, no puede cambiar por completo una institución y establecer otra diferente, creando en realidad una Iglesia y monasterio de su propia voluntad, lo que es contrario a la ley 2 art 6, lib 1º de la leg de Indias, cuyo alcance no he tratado de darme cuenta, porque no deseo cuestionar, sino suplicar una gracia.[36]

Y ponía en su conocimiento los cuestionamientos que la gente había sobre su modo de proceder:

¿Se puede mandar que todos los clérigos se hagan sacerdotes regulares? Seguramente no, pues tampoco puede obligárseles a Uds. a ser “Esclavas del Corazón de Jesús”, cuando la Congregación que Uds. formaban estaba reconocida por el Obispo diocesano, a quien se daba cuenta periódicamente de los nombramientos de sus autoridades, según consta por notas oficiales del Obispado acusando recibo.[37]

Y manifestaba su deseo de continuar con su vida beata alejada de su familia y del mundo como lo había hecho durante casi medio siglo, buscando el recogimiento y retiro de la sociedad como medio de cultivar en su alma el amor a Dios.

La beata Jiménez expresaba en la misma carta que tenía deseos de profesar en la nueva congregación, pero los límites de salud y edad se lo impedían, motivo por el cual solicitaba ciertas concesiones, advirtiendo que en caso de no ser “no tomaré el mismo hábito, no profesaré en la nueva Orden muy a pesar mío, adoptando en consecuencia, la resolución y conducta armónica, correlativa y correspondiente a mi reclusión de los últimos años de mi vida”.

No hemos podido encontrar documentación que verifique si hubo respuesta al pedido de la beata Manuela, pero si una carta del 19 febrero de 1891, en que un grupo de beatas le escriben al Vicario Capitular reclamando sus derechos sobre la Casa de Jesús, indicando que hace unos meses que viven fuera de la casa mendigando para cubrir sus necesidades y sufriendo la ausencia de la su casa de retiro:

Las hermanas de la Casa de Jesús y poseedoras de todo su territorio como dueñas de todo ello y poseedoras desde su fundación: Anastasia Frías, Manuela Jiménez, Carolina López etc., estando dispuestas a reclamar nuestros derechos competentes a dicho establecimiento acá en nuestra provincia.[38]

Como esta carta de febrero no obtuvo respuesta, escribieron al Vicario Capitular otra carta el 15 de marzo de 1891, volviendo a reclamar sus derechos sobre la Casa de Jesús, “siéndonos insoportable el vivir a fuera de nuestra Casa mendigando nuestra subsistencia, estábamos dispuestas a hacer reconocer públicamente nuestros derechos”. En la misma carta denuncian que el jesuita Campos, enviado por el Vicario Capitular para que les predique un retiro espiritual para convencerlas que debían incorporarse a la Congregación de las Hermanas Esclavas, las había amenazado de ex comunión si no aceptaban lo ya dispuesto por el Vicario: “el jesuita Campos (…) metiéndonos a ejercicios, predicándonos en contra del clérigo Corro y amenazándonos con excomunión, teniéndonos presas e incomunicadas mientras no firmemos lo que él quería y deseaba”.[39]

Le advirtieron a Padilla que ellas poseían “papeles públicamente colocados en el Archivo de esta ciudad”, donde constaban sus legítimos derechos a la par de los deberes sagrados de la Casa de Jesús. En dicha epístola denuncian que el Vicario Foráneo de San Miguel de Tucumán, Ignacio Colombres, había seguido adelante con sus excomuniones “desacreditando la sagrada pena que la Santa Iglesia tiene en los últimos casos de pertinacia” a la vez que reafirmaban que sólo estaban pidiendo el derecho que les competía.[40] La respuesta fue contundente: “si continúan en su propósito de recurrir a los Tribunales Civiles se las declarará incurridas en las censuras fulminadas por Su Santidad”.[41] La carta de Colombres a las beatas era terminante: “si insisten en llevar adelante el asunto me veré en la necesidad de notificar a todos los sacerdotes seculares y regulares para que se abstengan de absolverlas en el Tribunal de la Penitencia y de administrarles la sagrada Eucaristía”.[42]

Al final de la carta el Pro-Notario Eudoro Avellaneda, deja constancia que al pretender notificar a las destinatarias de la carta (Anastasia Frias, Manuela Jiménez y Carolina López) ellas se negaron a firmar aduciendo que necesitaban realizar una consulta antes de hacerlo.

En la anotación de respuesta a la carta de las beatas reclamando sus derechos sobre la propiedad de la Casa de Jesús, el Vicario Foráneo Ignacio Colombres daba por cerrado el asunto con la siguiente resolución:

Estando este asunto resuelto por el Ordinario Diocesano de conformidad con las personas que formaban la Comunidad de la Casa de Jesús y según los trámites de la donación que la finada Sra. Da. Lucía A. de López hizo de la casa y terreno de la expresada Casa de Jesús, no se hace lugar a lo que se pide.[43]

Esta decisión alude a la donación de la casa realizada por la Sra. Lucía Aráoz de López, dato que no hemos podido corroborar en el Archivo Histórico de Tucumán. En cuanto a la voluntad de la fundadora y dueña de la Casa de Jesús, Loreto Valladares, expresaba en su testamento la voluntad de ser enterrada en dicha casa. Declaraba que al no tener herederos a quienes por derecho estuviera obligada a dejarles sus bienes, manifestaba su voluntad de dejar a la Casa de Jesús una parte de su dinero con el objeto de que se invierta en beneficio de dicha Casa siendo otra parte invertida en bien de las almas. Aclaraba que:

como la mayor parte de mis bienes consisten en una parte de una quinta de naranjos que esta a cargo de mi hermano Don Nepomuceno Valladares y que algo me produce el fruto de ella, es tambien mi voluntad que de la parte que me corresponde del fruto hasta que se haga la entrega de ese haber, se divida en dos partes, una para que se entregue a la expresada Casa de Jesús a beneficio tambien de ésta y la otra se para el bien sus almas: asi lo expreso para que conste.[44]

De beatas a esclavas

Finalmente, en noviembre de 1889, llegaron las primeras religiosas Esclavas del Sagrado Corazón y tomaron posesión de la Casa de Jesús y de las beatas que la habitaban.

Cuando asumió la nueva superiora, Madre Moyano, el nuevo estilo de vida resultó difícil de seguir por las antiguas beatas y se replegaron sobre sí mismas.[45] El malestar que comenzaron a experimentar las beatas por las decisiones impuestas traspasó los muros del claustro y los vecinos de Tucumán apoyaron a las beatas rechazando la presencia de la nueva congregación. Tres beatas y cuatro hermanas legas dejaron la Casa de Jesús, pero su salida provocó el pueblo de Tucumán quitara apoyo económico y aislara a la comunidad de Esclavas.[46] Las que se quedaron: Isabel Leal, Gregoria Alfaro, Ana Josefa Beltrán, Vicenta Lugones, Mercedes Góngenola y Albeana Ahumanda se fueron poco a poco amoldando y lograron disminuir el rechazo de los vecinos.

El Pbro. Zavaleta se dedicó a proteger la obra de las Esclavas en Tucumán, renunció a su curato de Monteros, cerró el pensionado que allí tenía y trasladó los muebles y material didáctico para el nuevo Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, recién organizado en el antiguo beaterio.

La Congregación de las Esclavas también había incorporado el antiguo Beaterio de la provincia de Santiago del Estero, la “Casa de Belén” y el Beaterio de Jesús y María de la ciudad del Salta, en donde funcionaba el Colegio de Educandas. El objetivo era modernizar los antiguos colegios de educandas, fundados según las orientaciones del obispo José Antonio de San Alberto hacia fines del siglo XVIII, a los nuevos requerimientos educativos de fines del siglo XIX.}

Apuntes para una conclusión

La situación analizada registra el proceso de desestructuración del beaterio de Tucumán que había sido organizado según el modelo de las fundaciones del siglo XVIII, llevadas a cabo por el Obispo José Antonio de San Alberto. Los motivos de las autoridades eclesiales de fines del siglo XIX que decretaron la absorción del antiguo beaterio por la nueva Congregación de Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, puso de manifiesto la tendencia cíclica en la Iglesia a incorporar jurídicamente a la vida regular, las formas de vida religiosa femenina espontáneas e independientes que surgieron en momentos y espacios temporales diversos.

Las reformas educativas implementadas desde el Estado argentino en torno a la promulgación de la Ley 1420, la creación de Escuelas Normales para la formación de maestras, implicaron un salto cualitativo en la educación en el país. Esto colocaba a la antigua escuela de educandas del beaterio de Tucumán en una situación incómoda ya que no respondía a los nuevos requerimientos pedagógicos y a la exigencia de maestras tituladas.

Por otro lado, la Iglesia se encontraba en franca lucha por el espacio educativo ante un Estado que comenzaba a asumir con renovada vitalidad ese ámbito. Era manifiesto el interés de la Iglesia por fortalecer sus instituciones educativas y hacerlas más organizadas y eficaces ante la lucha entablada contra el avance de la escuela laica. El beaterio como institución pseudo conventual era descalificada por la autoridad eclesiástica que buscaba formar filas tras una disciplina férrea y controlada por la jerarquía masculina.

Ante esta nueva coyuntura, sin embargo, las beatas toman la palabra, escriben, se defienden de las decisiones que consideran arbitrarias, buscan asesoramiento legal, realizan denuncias en el ámbito civil y se posicionan en una franca lucha en defensa de su libertad y sus derechos. Las amenazas de excomunión y la negativa a ser absueltas en el sacramento de la confesión –como amenaza para provocar el sometimiento a la autoridad eclesial– no logran atemorizar a las beatas que continúan buscando todo tipo de alternativas legales.

El beaterio de Jesús había constituido hasta entonces un espacio fuera del alcance del control eclesial y estatal, ambas instancias ejercidas por el poder patriarcal.[47] Eran mujeres “sueltas” que vivían su entrega a Dios y al prójimo más allá de los marcos jurídicos que implicaba la emisión de los votos religiosos y sin la clausura canónica que pautaba el encierro de las mujeres y el control por parte de la autoridad eclesial. Ejercían la docencia fuera de los marcos estrictos que poco a poco fue pautando el Estado y sus leyes.

El beaterio de Tucumán desarrolló por un período de 50 años una forma de vida religiosa femenina de signo laico, sin haber asumido reglas que las ligaran directamente a la autoridad eclesial. Por su carácter informal y desestructurado, la autoridad diocesana buscó reformarlo absorbiéndolo en una nueva congregación religiosa que manifestaba una clara dependencia de la autoridad episcopal. A su vez, la nueva Congregación con su propuesta educativa acorde con los nuevos requerimientos del estado decimonónico, ofrecía mayores garantías a la jerarquía en su lucha por insertarse en la sociedad respondiendo a las pautas educativas del estado de fines del siglo XIX.

Manuela Jiménez, Anastasia Frías y Carolina López, aguardan en los archivos para seguir develando su vida, sus luchas, sus anhelos de libertad femenina. Ellas se atrevieron a tomar la palabra, a escribir, se pensaron así mismas y marcaron límites en torno de ellas, auto comprendiéndose como mujeres con derecho a defender sus opciones de vida y a tomar sus propias decisiones.


  1. Instituto de Investigaciones “Prof. Manuel García Soriano” (UNSTA).
  2. M. Cabré i Paret, “Deodicatae y Devotae. La regulación de la religiosidad femenina en los condados catalanes, siglos IX-XI”, en A. Muñoz Fernández (ed), Las mujeres en el cristianismo medieval. Imágenes teóricas y cauces de actuación religiosa, Madrid: Al Mudayna, 1989, pág.180.
  3. El término beguina/begarda proviene del neerlandés altomedieval “beggen”, que quiere decir mendigo/a. En Francia y los Países Bajos con el término beguina se designó a las integrantes de comunidades filantrópicas y ascéticas de mujeres que no realizaban votos. Muchas de ellas practicaban la pobreza voluntaria y la mendicancia como forma de vida.
  4. B. Garí, “La vida del espíritu” en N. Jornet Benito et al (ed.), Las relaciones en la historia de la Europa Medieval, Valencia: Tirant lo Blanch, 2006, pág. 214.
  5. Para una introducción al movimiento beguinal y a la mística femenina, una buena guía es el libro de V. Cirlot y B. Garí, La Mirada Interior. Escritoras místicas y visionarias en la Edad Media, Madrid: Siruela, 2008. También los estudios Miura Andrades, “Beatas y Beaterios andaluces en la Edad Media, su vinculación con la Orden de Predicadores”, en Actas del V Coloquio de Historia Medieval de Andalucía. Córdoba. Excelentísima Diputación Provincial de Córdoba, 1988, págs. 527-535; “Formas de vida religiosa femenina en la Andalucía Medieval. Emparedadas y beatas”, en A. Muñoz Fernández y M. Graña Cid (Coords.). Religiosidad femenina: expectativas y realidades. SS.VIII-XVIII, Madrid: Asociación Cultural Al Mudayna, 1991, págs.139-164; A. Muñoz Fernández, Santas y beatas neocastellanas. Ambivalencias de la religión y políticas correctoras del poder. Madrid: Dirección General de la Mujer de la CAM, 1994; G. Epiney-Burgard y E. Zum Brunn, Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, Barcelona: Paidós, 1988; E. Botinas, y J. Cabaleiro, “Mediacions i autoritat femenina en l’espiritualitat de les dones medievals”, Duoda, 7, 1994, págs. 125-142; E. Botinas, J. Cabaleiro y M. Duran, Les beguines. La Raó il-luminada per amor. Barcelona: Publicacions de l’Abadía de Monserrat, 2002; K. Ruh, Storia della mistica occidentale. Mistica femminile e mistica francescana delle origini, Milano: Vita e Pensiero, 2002.
  6. A. Muñoz Fernández, Santas y beatas neocastellanas. Ambivalencias de la religión y políticas correctoras del poder, Madrid: Dirección General de la Mujer de la CAM, 1994, pág.7.
  7. J.M. Miura Andrade, “Beatas y Beaterios andaluces en la Edad Media, su vinculación con la Orden de Predicadores”, en Actas del V Coloquio de Historia Medieval de Andalucía, Córdoba: Excelentísima Diputación Provincial de Córdoba, 1998, págs. 257-259.
  8. B. Garí, “La vida del espíritu” en N. Jornet Benito et al (Ed.) Las relaciones en la historia de la Europa Medieval, Valencia: Tirant lo Blanch, 2006, pág. 215.
  9. El caso de Margarita Porete, la beguina de Hainaut, quemada en París, por la Inquisición junto a su libro El espejo de las almas simples, el 1 de junio de 1310, es un ejemplo paradigmático de la suerte que corrieron muchas mujeres laicas que llevaban vida beata y escribían acerca de sus experiencias espirituales. Para un estudio sobre Margarita Porete, su libro y el movimiento de beguinas es fundamental la introducción de B. Garí en M. Porete, El espejo de las almas simples, Madrid: Siruela, 2005, págs. 9-33.
  10. Aviso a gente recogida, del predicador popular de origen judío, Fray Diego Pérez de Valdivia. Barcelona, 1585, citado en R. Mujica Pinilla, Rosa Limensis. Mística, política y economía en torno a la patrona de América. Perú: Instituto Francés de Estudios Andinos – Fondo de Cultura Económica – Banco Central de Reserva del Perú, 2001, pág. 69.
  11. Para un panorama de las casas de recogimiento y de la vida beata en América colonial ver A. Martínez Cuesta, “Beatas y beaterios en la América Colonial, 1492-1824”, Mayéutica, 23, 1997, págs. 141-156. También son ineludibles el estudio de A. Lavrin y R. Loreto López, Monjas y Beatas. La escritura femenina en la espiritualidad barroca hispanoamericana, siglos XVII y XVIII, México: Universidad de las Américas-Puebla, Archivo General de la Nación, 2002; sobre beatas en México A. Rubial García, “Las santitas del barrio. Beatas laicas y religiosidad cotidiana en la ciudad de México en el s. XVII”, Anuario de Estudios Americanos, 59, 1, 2002, págs. 13-37; Profetisas y solitarios, México: FCE, 2000. Para el caso peruano son muy sugerentes los estudios de N. Van Deusen, Entre lo sagrado y lo mundano. La práctica institucional y cultural del recogimiento en la Lima virreinal, Lima: Instituto Francés de Estudios Peruanos, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007.
  12. N. Van Deusen, Entre lo sagrado y lo mundano. La práctica institucional y cultural del recogimiento en la Lima virreinal, Lima: Instituto Francés de Estudios Peruanos, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007, pág.16.
  13. A. Martínez Cuesta, “Beatas y Beaterios en la América Colonial, 1492-1824”, Mayéutica, 23, 1997, pág.145.
  14. El Consejo de la Inquisición a los Comisarios de Sevilla, Madrid, 25 de octubre de 1575, Inquisición, libro 568, f.341, AHN, citado en F. Iwasaki Cauti, “Mujeres al borde de la perfección: Rosa de Santa María y las alumbradas de Lima”, Hispanic American Historical Review, 73, 4, 1993, pág. 610.
  15. A. Muñoz Fernández, Santas y beatas neocastellanas. Ambivalencias de la religión y políticas correctoras del poder, Madrid: Dirección General de la Mujer de la CAM, 1994, pág. 5.
  16. C.M. Birocco, “La primera Casa de Recogimiento de huérfanas de Buenos Aires: el beaterio de Pedro de Vera y Aragón (1692-1702). En J.L. Moreno (Comp.) La política social antes de la política social (Caridad, beneficencia y ploçitica social en Buenos Aires, siglos XVII a XX), Buenos Aires: Trama Editorial, Prometeo Libros, 2000, págs. 21-46.
  17. L. Rossi y C. Ferro, “La educación colonial femenina: el Colegio de Niñas Huérfanas en Buenos Aires en la Iglesia Arcángel San Miguel y la Casa de Niñas Nobles Huérfanas del Convento Carmelita San Alberto en Córdoba”, en XV Encuentro Argentino de Historia de la Psiquiatría, la Psicología y el Psicoanálisis. La Plata 24 y 25 de octubre de 2014. Disponible en: https://bit.ly/3rL77Pt.
  18. Fray José Antonio de San Alberto (Zaragoza,1727 – Sucre,1804), perteneció a la orden carmelitana, fue nombrado obispo de Córdoba del Tucumán en 1778, llegando al virreinato en 1780. Fue designado luego arzobispo de Charcas en 1784. Su principal interés fue difundir la educación de las mujeres en sus extensas diócesis, fundando escuelas atendidas por maestras-beatas.
  19. Las maestras, consideradas “Beatas” por San Alberto, eran jóvenes que, una vez concluido su propio aprendizaje en el colegio, elegían permanecer en él, emitir votos simples ante el prelado, vestir el hábito del Carmen y consagrarse a la educación de las alumnas. En una carta dirigida al rey Carlos III (hacia 1785), San Alberto describe el perfil de estas maestras beatas: “Estas no son, ni pueden ser Religiosas, pero son unas Doncellas de naturaleza, virtud, y havilidad, que con havito del Carmen, hacen sus votos simples al arbitrio del Prelado y se obligan a la enseñanza de las Niñas.”, “Documentos de San Alberto”, en Anuario de Historia Argentina, Buenos Aires, 1940, págs. 451-452. Ver además la reseña de estos sucesos en C. Bruno, Historia de la Iglesia en la Argentina, vol. VI, Don Bosco, Buenos Aires, 1970, tercera parte, cap. III; V. Cohen Imach, “Epístolas en busca de un lugar. Las maestras de Colegio de Educandas de Salta ante el proceso secularizador (segunda mitad del siglo XIX)”, Andes, 14, 2003. Disponible en: https://bit.ly/3A4SgCt.
  20. P. Gato Castaño, “Primera Escuela de Niñas de Catamarca. 1783-1874”, Campo Abierto, 15, 1998, págs. 215-227.
  21. Para profundizar el surgimiento de la escuela de niñas de Salta es ineludible el estudio de V. Cohen Imach, “Epístolas en busca de un lugar. Las maestras de Colegio de Educandas de Salta ante el proceso secularizador” (segunda mitad del siglo XIX)”, Andes, 14, 2003. Disponible en: https://bit.ly/3C86Avu.
  22. A. Fraschina, La expulsión no fue ausencia. María Antonia de San José, beata de la Compañía de Jesús. Biografía y legado, Rosario: Prohistoria, 2015.
  23. C. Bruno, Historia de la Iglesia en Argentina, Tomo VI, Buenos Aires: Ed. Don Bosco 1970, pág. 396.
  24. E. Stoffel, “Los aportes de la Iglesia” (1º parte), El Litoral, 22 de octubre de 2004.
  25. Estos datos se encuentran en el estudio de la Congregación religiosa que se instaló en Tucumán asumiendo el beaterio realizado por J.M. Blanco, Historia del Instituto de las Esclavas, Buenos Aires: Amorrortu, 1930.
  26. Pablo Padilla y Bárcena fue designado Vicario Capitular de la Diócesis de Salta en 1885 al morir el Obispo Risso Patrón, recién fue consagrado Obispo de Salta en 1893. La Vicaría Foránea de Tucumán dependía del obispado de Salta hasta 1897 en que se creó el obispado de Tucumán y se designó primer Obispo de la nueva diócesis a Padilla y Bárcena.
  27. Congregación fundada en Córdoba (Argentina) en 1872, por Catalina de María Rodríguez.
  28. C. Bruno, Historia de la Iglesia en Argentina, Tomo XII, Buenos Aires: Ed. Don Bosco, 1981, pág. 470.
  29. Auto de la visita de Padilla y Bárcena a la Casa de Jesús, 18 de noviembre de 1889. Legajo Casa de Jesús, f.1. Archivo del Arzobispado de Tucumán (AAT).
  30. Es invalorable la colaboración que recibí de José García Bustos, antiguo archivista del Arzobispado de Tucumán, quien me orientó en la búsqueda de indicios sobre las primeras beatas de Tucumán. La documentación encontrada fue analizada en primer lugar por Sofía Brizuela, en su artículo: “¿Monjas o Señoras? Vicisitudes y transformaciones del beaterio de Tucumán a fines del siglo XIX”. Telar, 4, págs. 55-69. También se encuentra un estudio sobre la Casa de Jesús en C. Folquer, Viajeras hacia el fondo del alma. Sociabilidad, política y religiosidad en las dominicas de Tucumán, 1886-1910. Disponible en https://bit.ly/37cBbKf.
  31. Auto de la visita de Padilla y Bárcena a la Casa de Jesús, 18 de noviembre de 1889. Legajo Casa de Jesús, f.1. (AAT).
  32. Auto de la visita de Padilla y Bárcena a la Casa de Jesús, 18 de noviembre de 1889. Legajo Casa de Jesús, ff.2-3. (AAT).
  33. J.M. Blanco, Historia del Instituto de las Esclavas, Buenos Aires: Amorrortu, 1930, pág. 171.
  34. Carta de las Beatas al Vicario Capitular Padilla y Bárcena, Tucumán, 2 de noviembre de 1889. Legajo Beaterio de Jesús, (AAT). Firman la carta Anastasia Frías; Isabel Leal; Manuela Jiménez; Vicenta Lugones; Gregoria Alfaro, por la hermana ciega Josefa Beltrán; Mercedes Gogónola; Carolina López; Alveana Ahumada.
  35. Carta de la Beata Manuela Jiménez al Vicario Capitular Pablo Padilla y Bárcena, Tucumán, 12 de diciembre de 1889. Legajo Beaterio de Jesús (AAT).
  36. Carta de la Beata Manuela Jiménez al Vicario Capitular Pablo Padilla y Bárcena, Tucumán, 12 de diciembre de 1889. Legajo Beaterio de Jesús (AAT).
  37. Carta de la Beata Manuela Jiménez al Vicario Capitular Pablo Padilla y Bárcena, Tucumán, 12 de diciembre de 1889. Legajo Beaterio de Jesús (AAT).
  38. Carta de las Beatas al Vicario Capitular, 19 de febrero de 1891. Legajo: Casa de Jesús (AAT).
  39. Carta de las Beatas al Vicario Capitular, 15 de marzo de 1891. Legajo: Casa de Jesús (AAT). Firman la carta Anastasia Fías, Carolina López y Manuela Jiménez. El presbítero del Corro, era el antiguo capellán de la Casa de Jesús.
  40. Carta de las Beatas al Vicario Capitular, 15 de marzo de 1891. Legajo: Casa de Jesús (AAT).
  41. Carta de Ignacio Colombres a las Beatas de la Casa de Jesús. 11 de marzo de 1891. Legajo: Casa de Jesús (AAT).
  42. Carta de Ignacio Colombres a las Beatas de la Casa de Jesús. 11 de marzo de 1891. Legajo: Casa de Jesús (AAT).
  43. Resolución del Vicario Foráneo Ignacio Colombres comunicada a las beatas el 24 de marzo de 1891. Legajo: Casa de Jesús (AAT).
  44. Testamento de Loreto Valladares, Protocolo, Serie C, vol. 1 año 1866, f. 65r al 66v. Archivo Histórico de Tucumán (AHT).
  45. J.M. Blanco, Historia del Instituto de las Esclavas, Buenos Aires: Amorrortu, 1930, pág. 174.
  46. J.M. Blanco, Historia del Instituto de las Esclavas, Buenos Aires: Amorrortu, 1930, pág. 175.
  47. Muñoz Fernández advierte este mismo proceso cuando estudia el debilitamiento de los beaterios neocastellanos entre los siglos XIV y XVII. Santas y beatas neocastellanas. Ambivalencias de la religión y políticas correctoras del poder, Madrid: Dirección General de la Mujer de la CAM, 1994, pág. 20.


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