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“El apostolado de los humildes, de los más humildes, es el que más nos acerca al Señor”

La cuestión social en las mujeres
de la Acción Católica Argentina

Mariana Elisabet Funkner[1]

Introducción

Durante los años ‘30 dos acontecimientos calaron hondo en la Argentina: por un lado, el país no fue ajeno a la depresión económica mundial y, por el otro, se produjo la interrupción del orden constitucional con el golpe de Estado de 1930. Ambos sucesos fortalecieron el rol que la Iglesia había adquirido sobre las instituciones públicas. De este modo, el catolicismo se planteó como una tercera vía alternativa frente al liberalismo en crisis y al comunismo y socialismo en auge. La institución eclesiástica ya no reclamaba mayores espacios en el sistema, a partir de este momento proponía modificar el pacto laico con la creación de un Estado confesional, con la reforma constitucional que incorporara al catolicismo como religión de Estado y la obligatoriedad de la enseñanza católica en todas las escuelas públicas de la nación.[2]

En este contexto, la Iglesia católica emprendió en la década de 1930 la tarea de reconquistar a la sociedad. Así nació la Acción Católica Argentina (ACA) como una de las instituciones fundamentales para lograr la recristianización social.[3] La ACA fue organizada siguiendo el modelo italiano de Acción Católica, estructurada en cuatro ramas de acuerdo a la edad y al sexo: los varones adultos conformaron la Asociación Nacional de Hombres Católicos, los jóvenes integraron la Federación de la Juventud Católica, las mujeres la Liga de Damas Católicas y las jóvenes la Liga de la Juventud Femenina Católica.[4] Cada una de estas ramas cumplió funciones específicas que variaron a lo largo del tiempo. En este trabajo pretendemos analizar cómo fueron modificándose las preocupaciones sociales dentro del grupo de las damas adultas de la ACA e indagar en las estrategias que implementaron para resolver la cuestión social durante las décadas de 1930 y 1940.

Los inicios de la asociación: beneficencia y apostolado

En el sistema cultural hegemónico predominaba un ideal de femineidad basado en la domesticidad, que consideraba a las mujeres casadas como subordinadas a la figura del marido. La religión contribuyó a reafirmar en la sociedad patriarcal una teoría basada en la sexualidad y la reproducción humana en la cual el hombre era el centro de las decisiones y la mujer se encontraba en una situación de complementariedad.[5] En esta sociedad patriarcal los roles de cada sexo estaban estrictamente definidos: “el esposo es representado como la cabeza del cuerpo doméstico, mientras que la esposa se simboliza con el corazón (el ‘ángel del hogar’)”.[6] Bajo este ideal a las mujeres se las asociaba con atributos y roles vinculados a la delicadeza, el cuidado, la protección, la pasividad y la religiosidad desplegados en el espacio privado. Por su parte, los hombres simbolizaban la fuerza, la razón y la autonomía, asignados a la esfera pública.[7]

La Iglesia comenzó a observar a las mujeres como agentes potenciales para fortalecer su posición y sus estandartes morales. Claro que esta asociación se relacionaba con su tarea natural en el hogar, con sus deberes de esposa y madre y la protección de sus seres queridos. Las mujeres católicas estaban destinadas a realizar en la sociedad tareas vinculadas con sus atributos maternales y hogareños. Así, desde el momento de su fundación y hasta 1935, las funciones de la Liga de Damas Católicas se orientaron a desarrollar acciones de caridad y de apostolado. En las labores de beneficencia prevalecieron las visitas a los hogares más necesitados de los barrios, a los enfermos y a las cárceles, la celebración de colectas por medio de la ayuda de particulares, de casas de almacenes y fábricas. Mientras que las tareas de apostolado consistieron en el reclutamiento de socias, el establecimiento de la asociación en las parroquias y en las diócesis, la formación de los benjamines, la instrucción religiosa, moral, cultural y social de sus integrantes.

La principal finalidad que persiguieron las damas católicas fue la penetración apostólica en los hogares y la cristianización de las familias. Así, desarrollaron un trabajo de asistencia social moral para inculcar la importancia y el cumplimiento cristiano de los deberes familiares; prepararon y realizaron programas de actividades femeninas que respondieron a necesidades sociales; efectuaron obras de asistencia social y de defensa moral en el campo femenino.[8]

El sistema cultural hegemónico, como expresamos con anterioridad, representaba a la mujer en un discurso de la domesticidad que la consideraba como mujer casada, madre y “ángel del hogar”, con lo cual sus funciones se limitaban a atender a su esposo, dedicarse a sus hijos y a las tareas domésticas.[9] Por esta razón, la asociación rechazaba el trabajo femenino fuera del hogar porque debía alejarse durante largas jornadas de su casa, de su familia y de las responsabilidades que heredaba de manera natural.[10] La mujer debía perfeccionarse para desarrollar su función doméstica. Así, las primeras actividades que elaboró la Liga de Damas Católicas estuvieron destinadas a cumplir con este objetivo. En 1933, implementaron diversos talleres porque observaban la necesidad de numerosas jóvenes de conseguir un trabajo remunerado y también creían oportuno proporcionarles asistencia social.[11] Los talleres incluían clases de bordado y costura pero la preocupación central de las mujeres que organizaban las actividades era la de completar la asistencia social a través de visitas domiciliarias o de reuniones de camaradería.[12]

La cuestión social en las mujeres de la ACA

En 1934, la creación del Secretariado Económico Social (SES) generó transformaciones en las actividades y en las acciones que realizaban las damas católicas.[13] El Secretariado tuvo como finalidad estimular, dentro de los grupos de la Acción Católica, iniciativas de carácter económico-social a través de la formación social de los católicos.[14] Esta última cuestión se lograría por medio de la difusión de la doctrina social cristiana y de la formación de una élite de militantes.[15] Desde el SES consideraban que, antes de comenzar cualquier acción social, era indispensable el conocimiento de la doctrina social y económica católica. En este sentido, el conocimiento de las encíclicas Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931) se tornaba fundamental así como también el análisis de los postulados y errores que contenían, según los católicos, el socialismo y el comunismo.[16] Para las autoridades católicas, era necesaria

la educación social, precisamente para que los cristianos puedan y sepan poner en práctica los principios y consejos evangélicos en la vida social; esto es, en la vida del obrero, del profesional, del educador, del ciudadano, del elector, del legislador y sepan resolver los problemas políticos y sociales a la luz del pensamiento cristiano y de las enseñanzas de la iglesia.[17]

El conocimiento de las encíclicas sociales ayudaría a despertar el interés por las cuestiones sociales en todos los asociados. Sin embargo, la palabra “todos” traía aparejado un inconveniente. Las mujeres, como expresamos anteriormente, tenían para el catolicismo un rol tradicional en la familia y en el hogar y comenzaron a aparecer voces masculinas que se proclamaban en contra de la participación femenina en los asuntos sociales. Pero no sólo los varones se oponían a la participación de las damas, algunas mujeres encuadradas en ese sistema cultural que las ubicaba en un rol de acompañantes, relegado de las participaciones decisivas, se resistían a intervenir en esos temas. Al respecto, la delegada general para las cuestiones económico-sociales de la rama adulta femenina de la ACA, Victoria Arana Díaz, instaba a las damas a participar:

Algunas me podrán decir que ese no es terreno donde puedan actuar las mujeres ¿Por qué no? la mujer influye mucho en la difusión de las ideas. Si hay mujeres socialistas y comunistas ¿no ha de haber católicas que quieran difundir la Doctrina Social de la Iglesia? Además la mujer debe tener ideas claras sobre estos temas, para su vida de dueña de casa, de propietarias, de obrera, etc. También el sector femenino debe entender de esas cosas por ser ellas quienes más se ocupan de la realización de obras de caridad. Le conviene saber que si el trabajo estuviera mejor remunerado, no habría necesidad luego de gastar tanto en limosna y en beneficencia, y que la conveniente remuneración del trabajo no es una cuestión de simple benevolencia sino de estricta justicia”.

Díaz reconocía el rol que las mujeres desempeñaban dentro de la ACA, con actividades destinadas a la realización de beneficencia, como una extensión en la sociedad del rol de cuidado y protección que cumplían en el hogar. Pero, a su vez, era consciente de la necesidad de modificar las estrategias de intervención social.

Además de apelar a la comparación de la participación de las mujeres socialistas y comunistas, Díaz argumenta que el propio papa Pío XI instaba a la intervención de las damas. De igual manera, desde el SES se fomentó la participación de las mujeres: “Socias de la ACA, entremos pues, a las obras sociales, convertidas en portavoces, en conscientes instrumentos de la Jerarquía”.[18] La inserción de las mujeres al campo social podía lograrse a través de tres campos de influencias: a) como dirigentes en las obras sociales, por medio de la cooperación en la realización de actividades y en la coordinación de las fuerzas católicas para favorecer la difusión y transmisión de la doctrina social de la Iglesia. b) Como receptoras de las obras sociales, “ ‘la masa’ agitada y angustiada por todas las cuestiones palpitantes que gravitan sobre ella y que oye discutir en las fábricas y talleres, en los cafés, en las esquinas y en los escritorios”. c) A través de la colaboración en diversas obras de carácter social. Por medio de estas tres formas de participación las mujeres podían contribuir a la difusión de la doctrina católica, a la constitución de una consciencia social dentro de los sectores femeninos y podrían acercarse a la realidad y a los problemas sociales.

Para estimular la formación de la conciencia social cristiana la jerarquía eclesial recomendaba a la ACA la fundación de Centros de Estudios Sociales que estuvieran integrados con miembros de una sola rama o con socios de dos ramas del mismo sexo. Las mujeres de la ACA optaron por la segunda opción por las complejidades que acarrearía el reclutamiento de alumnas pertenecientes a una sola rama.[19] Los Centros posibilitarían la formación de una elite de militantes que, como expresamos con anterioridad, era uno de los objetivos que perseguía el SES. De la asociación saldrían los futuros dirigentes, “la levadura que hará fermentar la masa”, aquellos que se pondrían al frente de las obras sociales y formarían sindicatos cristianos, corporaciones o gremios.[20] Los dirigentes tenían un rol importante en la ACA ya que eran los intermediarios entre la jerarquía y los laicos: los encargados de interpretar las instrucciones de los primeros e instruir en la doctrina a los segundos. Todos los dirigentes requieren “virtudes de trabajo, método y constancia”[21] pero cuando eran mujeres, los católicos argumentaban que no podían actuar solas y requerían la ayuda de otras colaboradoras para ejecutar una distribución del trabajo y no asumir todas las responsabilidades en la dirección. Pareciera que la mujer no estaba capacitada para hacerse cargo de la dirección por sí sola, como si podían los hombres, sino que requería la intermediación de otras personas para realizar la tarea.

La Liga de Damas católica participó de las propuestas y actividades organizadas por el SES y la ACA. En 1934 las mujeres colaboraron con el levantamiento del censo profesional cuyas estadísticas permitirían conocer tanto la composición social de los miembros de la ACA como la situación de las familias trabajadoras, lo que posibilitaría proyectar leyes sociales inspiradas en los principios cristianos. Los datos relevados fueron importantes, tanto es así que dos años después el SES realizó una encuesta acerca de las “condiciones materiales y morales de la familia trabajadora, obrera y campesina”.[22]

Los análisis estadísticos del censo llevaron a las damas católicas a repensar su nombre. En este sentido, como plantea Omar Acha la palabra “dama” significaba una diferencia de clase y de status, no cualquiera era una dama.[23] Por el contrario, como explica la presidenta del Consejo Superior de la Asociación de Mujeres de Acción Católica (AMAC), “mujeres” englobaba a las personas femeninas de todos los ambientes sociales:

Mujeres somos todas: ricas y pobres, encumbradas y humildes hasta… ¡jóvenes y viejas! Porque a las de treinta años, que pasan de las filas de las ‘Jóvenes’ a nuestras filas, no las ahuyentará ya el pesado título de Damas (que hacía pensar en matronas aparatosas…).[24]

Así, la presidenta también reflejó el cambio de nombre como una posibilidad de incorporar a todas las mujeres y a mayor cantidad de jóvenes que, al cumplir 30 años o al momento de casarse, debían pasar a la agrupación adulta y, en muchas ocasiones, decidían abandonar las filas de la ACA. Por este motivo, la Liga de Damas Católicas pasó a denominarse, en 1937, AMAC. Otro rasgo que pretendió borrar las distinciones fue el uso del distintivo. A partir de ese mismo año, las ramas femeninas utilizarían el mismo logo, a diferencia de años anteriores en el cual las ramas adultas y las jóvenes portaban su propio emblema.[25]

El cambio de rumbo que el SES le imprimió a la AMAC se manifiesta también en la presentación de diversos petitorios ante el Departamento Nacional del Trabajo (DNT). A pesar de que las mujeres disponían de los métodos de expresión política propios de la modernidad, continuaban apelando a los petitorios como medio válido para expresarse políticamente. A través de estos petitorios las mujeres católicas pretendían mejorar la situación laboral del sector femenino.[26] Esto demuestra que la organización no estaba ajena a las transformaciones que se generaban en torno a la relación obrero-patrón y estaban informadas de las problemáticas sociales.

Las mujeres católicas, inmersas en las transformaciones que brindaban una mirada diferente con respecto a la cuestión social, también fundaron en 1940 la “Escuela Católica de Asistencia Social” en Buenos Aires que funcionaría en el Instituto de Cultura Religiosa Superior Femenina. La asociación estaba destinada a “todas las mujeres de moralidad intachable que hayan cumplido 17 años y posean instrucción y cultura suficiente”.[27] La entidad persiguió como finalidad la formación femenina en capacidades científicas y técnicas, con una instrucción religiosa. Las mujeres estarían capacitadas para desarrollar de manera oficial, con un diploma que se les entregaba, las tareas de asistentes sociales en diversos organismos como asilos, orfanatos, hospitales, maternidades, casa-cuna, jardines de infantes, agrupaciones obreras, empresas industriales, comerciales, agrícolas, servicios públicos –como es el caso de los penitenciarios, policiales, correccionales, reformatorios, entre otros–.[28]

También el Consejo Arquidiocesano instaló en Buenos Aires, en 1943, en cercanía de su sede un hogar de la “Asociación Católica del Personal Doméstico Femenino”. En cada parroquia continuarían las reuniones de instrucción y de piedad pero el objetivo de este hogar era que las asociadas contaran con un espacio de esparcimiento y de cultura profesional como por ejemplo, radio, biblioteca, salón de té, clases de cocina, limpieza de ropa, lavado, planchado, primeras letras. Al mismo tiempo, en este centro funcionaba una bolsa de trabajo en la cual se recomendaba personal para realizar tareas diversas. El Consejo creyó conveniente el trabajo conjunto de las ramas adultas con las juveniles para obtener un mayor éxito ya que muchas muchachas que se desempeñaban en el servicio doméstico eran solteras menores de 30 años y podrían establecer una mayor relación con muchachas de su edad que con otras señoras mayores.

Al año siguiente, en 1944, las socias de AMAC inauguraron bajo los auspicios de la Junta Arquidiocesana y el SES, la “Casa del Barrio” que según los católicos “viene a servir a la familia obrera”.[29] La institución tuvo como objetivo la

educación popular integral y asistencia social, que obra directamente sobre la familia mediante sus componentes (…) es una escuela de formación y un servicio social que actúa sobre una zona determinada de la Capital para elevar el nivel cultural, moral y económico de la población, mediante una acción del fortalecimiento familiar.[30]

Estos fines se llevaron a cabo mediante la creación de un jardín de infantes, actividades para los niños luego del horario escolar, a través de obras de reeducación de niños con problemas de salud mental –que pudieron acceder a revisión y tratamiento gratuito gracias al convenio firmado con un sanatorio especializado en esas enfermedades–, la atención de los enfermos, la orientación en materia jurídica y social, la regularización de situaciones ilegítimas y la realización de trámites para aquellas personas que por sus ocupaciones no podían efectuarlos en los horarios establecidos. Además ofrecieron a las mujeres clases de corte y confección, talleres de costura y arreglo de ropa para niños necesitados, clases de cocina dietética, de contabilidad, de idiomas, cursos de taquigrafía para jóvenes y hombres, clases de instrucción primaria para adultos, gimnasia, servicio odontológico y revisión médica preventiva. También, debido a que una de las mayores preocupaciones que afectaban a las familias del barrio era la desorientación de la juventud, crearon una sala de entretenimientos con una biblioteca popular y sala de villar, donde los jóvenes podían recrearse y encontrar un lugar de contención y comprensión.

Si bien las mujeres católicas elaboraron diversas estrategias y profundizaron sus actividades en la creación de asociaciones que pretendían morigerar los efectos de los problemas sociales del sector femenino, el mayor logro que obtuvieron fue la creación de sindicatos.

Las mujeres católicas y los sindicatos

La Acción Católica promovió la participación en la sindicalización cristiana y aclaraba que los sindicatos no se trataban de “asociaciones de resistencia que sistemáticamente se oponen a los patrones, sino de organizaciones serias, que saben respetar los derechos ajenos como desean se respeten los propios”.[31] Por esa razón, los católicos observaban como favorable la sindicación paralela, es decir, la obrera por un lado y la patronal por el otro, ambas unidas por comisiones mixtas cuya finalidad era manejar conflictos entre partes. Así, respaldaban la sindicalización en aquellas asociaciones de base múltiple, es decir, de aquellas asociaciones que además de la defensa de los intereses de sus miembros se ocupaban de su mejoramiento moral, técnico-profesional y estaban imbuidos por las ideas de la cooperación y el mutualismo. Los católicos sociales propiciaban la participación de las mujeres en los sindicatos exclusivamente femeninos. En tal caso, las trabajadoras reunidas en su mismo grupo podrían dialogar e identificar los problemas, necesidades y sus asuntos de interés. Por el contrario, los católicos pensaban que si se agrupaban en sindicatos de ambos sexos, en su carácter de subordinadas al hombre, el sector masculino tomaría las riendas de la gestión sindical.

Las mujeres católicas, a partir de la década del 30, se concentraron en mejorar las condiciones de trabajo de dos grupos: el personal doméstico y las costureras.[32] En el caso de las primeras, en 1932 existió un intento de formar una asociación de Sirvientas Católicas, con el título de Hijas de Santa Ana, cuyo objetivo era la atención espiritual y moral de aquellas personas que se desempeñaban en el ámbito doméstico.[33] En el boletín oficial de las mujeres católicas, denominado Anhelos, consta que se inscribieron unas 35 socias que se reunían mensualmente pero la duración y los alcances de la agrupación están en duda ya que en realidad los verdaderos intentos de la AMAC por crear una organización de sirvientas católicas comenzaron en 1937 durante el transcurso de la Tercera Asamblea Federal.[34] El Consejo Superior implementó un proyecto para la creación de una Asociación Católica de Personal Doméstico. De este modo, según las directivas, en cada parroquia debía conformarse un grupo constituido por las empleadas, que aportarían una comunión mensual y la asistencia a reuniones con la finalidad de recibir instrucción religiosa. Como analiza Acha, estos grupos de empleadas serían puestos bajo la protección de la Virgen Santa Marta.[35] Precisamente, el término “Marta” fue utilizado popularmente para referirse a las trabajadoras domésticas, cuya insignia oficial fue un botón con cruz azul en campo de oro y la leyenda: “Manos al trabajo, corazón a Dios”.[36]

Si bien desde la publicación Anhelos buscaban ayudar a las empleadas también consideraban fundamental la formación de la conciencia social de las patronas. Así, proponían la creación de una “unión de patronas”, “no para defensa de los intereses patronales sino para salvaguardia de los derechos del personal doméstico” y, al mismo tiempo, para que las patronas se comprometieran a velar por sus sirvientas.[37] Los asesores católicos planteaban la existencia de una sociedad dualizada: por un lado, mujeres católicas que profesaban la religión católica y, por otro lado, esas mismas damas desoían los principios emanados de la doctrina social católica. Varias mujeres católicas integrantes de la AMAC que eran patronas, se ocupaban de aquellas obras sociales externas, mientras que su propio personal doméstico estaba en condiciones deficientes y recibiendo un trato duro e indecoroso. Desde Anhelos propiciaron, por medio de diversas publicaciones gráficas y cuentos, la toma de conciencia por parte de las patronas. Así, en uno de sus números pretendían que las patronas cristianas reflexionaran sobre las condiciones de trabajo de sus empleadas:

Socia de la AMAC, que eres dueña de casa […] ¿Pagas a tus sirvientas un sueldo justo? ¿Sueldo que le permite atender a sus necesidades inmediatas y ahorrar algo para su vejez? ¿Le das alojamiento decente e higiénico? ¿No los tienen en ‘covachas’ sin ventilación? ¿Les permites el descanso indispensable y alguna expansión natural y legítima? ¿No los agobias de quehaceres y abrumas de exigencias?

De este modo, si no cumplían con estas condiciones no se merecían el título de patronas cristianas. Otra de las estrategias utilizadas por las mujeres de AMAC para concientizar al sector femenino fue la creación de diálogos imaginarios entre dos mujeres en los que se avizoraban los pensamientos de las patronas. En un caso concreto se ejemplifica a partir de un diálogo entre Rita, a quien le ofrecieron en su círculo ser delegada del personal doméstico, y Jacinta. “Rita: ¿espléndido? ¿la de luchar con sirvientas? me basta con la de casa, que me tiene loca con sus bribonerías y embrollos…” a lo cual María Jacinta responde:

no estás hablando como cristiana […] ni como socia de la AMAC. Ocuparte del personal doméstico te hace efecto de un oficio inferior, indigno de Dios?. […] El apostolado de los humildes, de los más humildes, es el que más nos acerca al Señor […] ¿Qué más quieres que servir a las sirvientas […] ocuparte de sus almas, de sus vidas, de sus intereses espirituales y hasta materiales? Es un apostolado magnífico, una obra social cristiana de profundos alcances […] El demonio te está haciendo muy quisquillosa.[38]

A través de las publicaciones, las mujeres católicas reproducían aquellas imágenes construidas sobre qué significaba ser “buena cristiana” y su contraparte, la figura de “mala cristiana”. Estos aspectos se asociaban a la ética cristiana que predicaba el ejercicio de la práctica del bien y de las buenas obras, el comportamiento de acuerdo con los valores del evangelio.

Las católicas lograron conformar el Sindicato Católico del Personal Doméstico de Casas Particulares que quedó constituido formalmente en septiembre de 1944 y fue registrado en la Secretaría de Trabajo y Previsión con el número 974. El sindicato estaba formado por una comisión central, cuyos miembros se renovaban por mitades cada dos años y existían otras comisiones, como la de fiestas, encargada de organizar todos los actos festivos del Sindicato. Contaba con un salón de té y un salón para reuniones familiares, una biblioteca -conseguida especialmente por donaciones-, varios consultorios médicos y jurídicos; y además poseían una Bolsa de Trabajo y una asesora que prestaba ayuda social y material a las afiliadas que lo solicitaban. Desde la institución organizaron peregrinaciones anuales al santuario de Luján y como requisito previo las mujeres debían asistir a conferencias y cursos.[39] El sindicato tuvo una sede central en Montevideo 746 y dos pensionados: uno en Charcas 1456 y otro en la parroquia de Guadalupe. En ambos encontraban alojamiento, por un tiempo prudencial, las afiliadas sin empleo tanto de Buenos Aires como del interior el país.[40]

Los dirigentes sindicales que representaban al personal doméstico presentaron un anteproyecto para mejorar las condiciones de trabajo, habitación, alimentación, salario justo, hs. de trabajo y de descanso, vacaciones, asistencia en casos de enfermedad, accidentes de trabajo, despido y previo aviso, seguros a la invalidez y a la vejez. Estas actividades que las mujeres realizaban eran publicadas en Fe y Trabajo, un boletín que la AMAC destinaba a la Asociación Católica del Personal Doméstico (1949-1956). Además, en esta publicación las damas explicaban, por medio de un tono coloquial, las diversas ceremonias del calendario católico, “socializaba” a sus lectoras mujeres con los modales “correctos” de comportarse en la Iglesia y explicaba de la manera más completa posible cuestiones relacionadas con la liturgia y la doctrina cristiana.[41] En la publicación se avizora una mayor inquietud por las devociones de las asociadas, a quienes se las consideraba expuestas a rituales que no eran católicos, y que ellas consideraban “erróneos”, como es el caso de la astrología o el espiritismo.[42]

Además del personal doméstico las mujeres de AMAC concentraron la atención en otro sector: las costureras. La primera reunión de afiliadas tuvo lugar el 24 de noviembre de 1936, con un grupo inicial de 23 costureras socias de la AC que dieron origen al Sindicato de Costureras de Buenos Aires. Su aprobación definitiva se logró el 1 de enero de 1937 y las costureras se reunieron bajo el lema “la unión hace la fuerza”. El sindicato tuvo como finalidad la asociación de las obreras de la aguja para conseguir el mejoramiento económico, profesional y moral, a través de la defensa de sus derechos e intereses y de la representación tanto ante los poderes públicos como ante los particulares.[43] Podían integrar el sindicato aquellas mujeres que trabajaran en el ramo de la aguja y que cumplieran con los siguientes requisitos: poseer más de 15 años de edad, abonar las cuotas, ser admitidas por una Comisión Directiva y aceptar los principios de la asociación, –entre los cuales se contaban los principios de Dios, Patria, familia y propiedad y aquellos relacionados con la doctrina social cristiana.[44] En las filas del Sindicato se congregaban tres grupos: las obreras a domicilio, las trabajadoras de los talleres de costura y las empleadas en las casas particulares.[45]

El sindicato eludía el nombre católico en sus siglas, sin embargo, no disimulaba su vinculación con la Iglesia. La Comisión Directiva estaba conformada por 8 “jóvenes” y “damas” de la ACA.[46] En un primer momento, la agrupación sindical tuvo que enfrentar la incomprensión de las propias costureras, que acostumbradas a los abusos patronales temían agremiarse por una desconfianza a perder su trabajo. En segundo término, las costureras se resistían a inscribirse debido a la carencia de un verdadero sentido sindical. Como plantea Marta Ezcurra, fundadora de la rama juvenil femenina de la ACA, existía entre las trabajadoras de la aguja un concepto erróneo de que toda obra católica dedicada a las clases proletarias debía ser una obra “vertical”, es decir,

una obra donde las que tienen tiempo, dinero, o mayores facilidades emplean esos dones en provecho de quienes están colocados en condiciones de inferioridad. Se desconoce absolutamente la imprescindible condición ‘horizontal’ de un Sindicato: construido sobre el trabajo obrero, por los obreros y para los obreros.[47]

Frente a estos conflictos, desde la AMAC analizaron la posibilidad de integrarse a la Federación de Asociaciones Católicas de Empleadas (FACE) fundada en los años 20 por monseñor Miguel De Andrea, que traería no sólo ventajas económicas, ya que la institución contaba con una larga trayectoria de organización sindical.

En el Sindicato de Costureras las socias discutían cuestiones vinculadas a las mejoras de las condiciones tanto de vida como de trabajo de las trabajadoras. Las mujeres debatían sobre los problemas salariales, pero no ahondaban en las relaciones capital-trabajo. Además de las discusiones sobre temas puntales, desde el sindicato se fomentaba la formación profesional y la educación de las asociadas. Como bien ha estudiado Sara Martín Gutiérrez, los dirigentes de la ACA propusieron la elaboración de capacitaciones para diversas especialidades de la industria textil, que incluían cursos de educación y cultura.[48] En estas capacitaciones se celebraban festividades y, a su vez, se realizaban exposiciones de los trabajos producidos por las socias.

Otra de las actividades que el Sindicato de las Costureras generó, a partir de 1938, fue un servicio especial para recibir las denuncias de las costureras, relacionadas con las infracciones de los patronos en ocasión de las tarifas y con las leyes del trabajo: las denuncias las presentaban el sindicato, en nombre de las costureras para preservar su identidad, al Departamento Nacional del Trabajo (DNT). Este organismo iniciaba las investigaciones pertinentes y enviaba al lugar de trabajo denunciado un inspector, acompañado por un delegado sindical, con el objetivo de comprobar la veracidad de la acusación. Posteriormente, se elaboraba un acta y se le informaba al empleador el monto de la multa a abonar. Desde el sindicato se animaba a las trabajadoras a denunciar las situaciones de injusticia, no sólo con respecto a los salarios o al dinero cobrado por pieza sino también aquellas situaciones que conllevaban a un trabajo insalubre:

no se olviden de traer las denuncias de cualquier infracción que sea, de aportar ideas (…) de ser un Portavoz para todas las costureras. Que no quede ninguna sin saber que mientras ella cose doblada sobre una máquina sus compañeras del Sindicato trabajan incansablemente para que se respeten sus justos derechos.[49]

También enviaban a las auxiliares para despertar la conciencia sindical en sus asociadas y exponían las dificultades que las dirigentes encontraban para desempeñar sus tareas.[50]

Las denuncias más recurrentes de las mujeres consistían en las presiones que los empleadores ejercían sobre las trabajadoras con respecto a la cantidad de productos que debían elaborar, las multas o el pago parcial del salario -por la inconformidad de los patrones con respecto a la calidad del producto-, las malas condiciones de higiene y salubridad en las cuales realizaban sus tareas laborales, la explotación, la excesiva carga horaria de trabajo, los bajos salarios que recibían, entre otras. Las trabajadoras que se encontraban en inferioridad de condiciones eran aquellas mujeres que se dedicaban al trabajo a domicilio. Las desventajas que ese grupo femenino tenía se derivaban del pago que se realizaba por producto terminado y no por jornada laboral con una carga horaria establecida. Esta forma de trabajo a destajo podía conllevar a un trabajo ilimitado: “las jornadas máximas eran comunes para varones y mujeres cuyas labores se desenvolvían en el ámbito del hogar, pero en el caso específico de las mujeres ellas se sumaban a las tareas cotidianas del ama de casa que, como se ha visto, tampoco tenían duración”.[51] De esta manera, al trabajo a destajo se le adicionaban las labores que las mujeres debían realizar en sus hogares sin una duración estipulada y por las cuales no recibían remuneración.

Para atraer a un mayor número de miembros el sindicato impulsó la estrategia de las propagandistas sociales que recorrían los barrios y las parroquias para fomentar en las mujeres la adhesión con solo abonar la cuota a la visitadora.[52] Las propagandistas explicaban los beneficios que las socias conseguirían con su incorporación al sindicato y, para facilitar sus tareas, recurrían a folletos de propaganda, carnets, formularios de inscripción que permitían anotarlas por parroquias y por especialidad de costura.[53] Al mismo tiempo, desde el sindicato incorporaron una bolsa de trabajo para las costureras con la finalidad de facilitar la búsqueda de trabajo y para asegurarles su continuidad.[54] Crearon también en 1944 un pequeño boletín, La Costurera, que tuvo como finalidad informar a las trabajadoras de la aguja las negociaciones en las que el sindicato participaba, el resultado de esas negociaciones y las tarifas establecidas por pieza confeccionada. De esta manera, las trabajadoras podían reclamarle a sus empleadores –ya sea en las fábricas o en los talleres- o a los patrones -para aquellas mujeres que trabajaban a domicilio- mejores condiciones salariales o laborales.

Desde el boletín, el sindicato apoyó diversas campañas entre las cuales destacó la defensa de la Ley de Trabajo a Domicilio:

¡Queridas compañeras! ¡Hay que evitar la abolición del Trabajo a Domicilio! Mientras todas Uds. Están confiadas trabajando en su casa el Sindicato de Obreros Sastres, Costureras y Afines, ha iniciado una campaña para llegar a suprimir el trabajo a Domicilio. (…) No se dejen engañar, no acepten salir de su casa para coser en TALLERES, no olviden que hacen abandono de sus hogares y que hay muchas compañeras que se ven imposibilitadas de hacerlo por tratarse de madres con criaturas pequeñas, o viudas en las mismas condiciones, o de lo contrario hijas o hermanas que están al frente de un hogar al que defienden con su costura.[55]

El sindicato defendía el trabajo a domicilio porque en el marco del sistema cultural hegemónico se consideraba a la mujer como especialista en las actividades maternales y domésticas. Como explicamos con anterioridad, en esta conceptualización social el trabajo femenino complementaba el trabajo del hombre, verdadero sostén económico de la familia. La asociación de la figura de la mujer y la maternidad fue constante y, por lo tanto, el ideal femenino era el hogar, porque allí se encontraba su misión. La mujer, como madre y esposa, era la columna vertebral de la familia. Para los católicos, el traslado de las mujeres a las fábricas significaba el descuido de su casa, de sus hijos y de su marido, cuestión que llevaba a la corrupción moral del ámbito hogareño. Además, los católicos afirmaban que al ausentarse las damas del hogar, el hombre se sentiría solitario y abandonado, sin un sostén a su lado, motivo que lo llevaría a acercarse a las tabernas, al alcohol y a los vicios. En consecuencia, el trabajo de las mujeres fuera del hogar llevaba a la destrucción de la vida familiar. Precisamente, desde La Costurera difundieron el pensamiento naturalizado de la mujer como ser maternal, como “ángel del hogar”: “Avisen a sus compañeras que se asocien a nuestro Sindicato (…) para defender nuestro trabajo a domicilio propio de la mujer. Como argentinas, como madres, como esposas, como hijas (…)”.[56] Pero, también, las mujeres al insertarse como trabajadoras en las fábricas o en los talleres estaban en contacto con la inmoralidad, la promiscuidad sexual, la falta de higiene, las ideas socialistas y comunistas y las largas jornadas laborales. Para los católicos, estas cuestiones corrompían moralmente a las damas. Era necesario desde el sindicato proteger los lugares tradicionales que tanto hombres como mujeres ocupaban en la sociedad y, al mismo tiempo, evitar la difusión de ideologías de izquierda.

El Sindicato de las Costureras competirá con la Federación Obrera del Vestido (FOT) y con la sección confecciones de la Unión Obrera Textil (UOT). Fue convocado, junto con las demás organizaciones sindicales, por el Departamento Nacional del Trabajo (DNT) para establecer tarifas de producción.[57] La labor desempeñada por estos sindicatos fue fructífera: las negociaciones ante los poderes públicos, su intervención en las Comisiones de Salarios, el aumento de tarifas conseguido, las mejoras de las condiciones de trabajo logradas, la asesoría y defensa proporcionadas, los beneficios y servicios sociales, gremiales y culturales ofrecidos a sus asociadas constituyeron un amplio avance para las condiciones económicas y sociales de las costureras. Los sindicatos de costureras crearon la Federación Argentina de Obreras de la Confección (FAOC) el 24 de octubre de 1946.[58] La FAOC se propuso contribuir a la renovación de la sociedad y de la economía de acuerdo con los principios de la justicia social, mediante un programa de paulatinas reformas que aseguraran la completa dignificación de las obreras de la confección. La FAOC actuaba de acuerdo con los principios sociales cristianos, acatando las instituciones nacionales, respetando el derecho de la propiedad privada y propendiendo a la colaboración de clases. Una de las principales acciones que la organización realizó fue una activa campaña en apoyo a la sanción de la Ley 12.713 sobre el trabajo a domicilio.[59]

Las mujeres católicas y el peronismo

El golpe militar de 1943 que realizó el Grupo de Oficiales Unidos (GOU) contó entre sus miembros a Juan Domingo Perón que, posteriormente, ocupó un lugar destacado en la recién creada Secretaría de Trabajo y Previsión. A partir de ese espacio estableció una relación fluida con el movimiento obrero y los trabajadores y propició medidas que los beneficiaban directamente. Con el triunfo electoral de 1946, Perón accedió a la presidencia lo cual le permitió aplicar medidas que fueron recibidas satisfactoriamente por la Iglesia católica sobre todo la implementación de la enseñanza religiosa en las escuelas, el nombramiento de destacadas personalidades católicas en su gabinete –como fue el caso de Gustavo Martínez Zuviría como ministro de Justicia e Instrucción Pública–, la utilización de elementos de la doctrina social católica en sus discursos. El gobierno de Perón estuvo caracterizado por un programa de bienestar social y creó instituciones especialmente destinadas a atender a los desfavorecidos.[60] Entre las medidas sancionadas por el general resaltan el Estatuto del Peón, la creación del seguro social y la jubilación, la aplicación de Tribunales de Trabajo, las mejoras en los salarios y la implementación del aguinaldo, el reconocimiento de las asociaciones profesionales, entre otras. Las medidas implementadas durante los dos primeros gobiernos peronistas influían en la esfera social, terreno dominado tradicionalmente por la Iglesia católica.

La sanción de la ley de Asociaciones Profesionales, en 1945, afectó seriamente a los sindicatos católicos y como contrapartida perjudicó la actividad de la ACA con el apostolado obrero. La Asociación de Personal Doméstico de Casas Particulares no obtuvo su personería gremial y perdió su capacidad interlocutora con el Estado. Otros sindicatos de trabajadoras domésticas adquirieron fuerza con el peronismo y opacaron las iniciativas gremiales del catolicismo, que desde entonces tuvo un papel marginal dentro de las asociaciones sindicales de mediados del siglo XX. La participación de las mujeres en los sindicatos católicos del personal doméstico se estancó y dejó de crecer, como consta en una nota publicada en 1952 por la presidenta de la AMAC, Sara Montes de Oca. La asociación se limitó a desarrollar actividades de moralización social y a difundir el arquetipo de mujer que fomentaba el catolicismo tradicional.[61] En este contexto, las mujeres católicas continuaron con sus actividades de retiros, entonación de cantos litúrgicos y peregrinación a los santuarios y organizaron cursos de corte y confección, tejido, lencería, bordados, primeros auxilios, cursos de cocina, entre otros.

Con respecto al Sindicato de Costureras vio en los comienzos del peronismo un socio para alcanzar mejoras en los derechos de las trabajadoras articulados bajo la doctrina social católica. Las similitudes entre ambas, católicas y peronistas, se relacionaban con las posiciones que poseían con respecto a la defensa del trabajo a domicilio que afectaba a las socias católicas. A pesar de las críticas del Sindicato de Costureras a la Ley de Asociaciones, las integrantes de la organización experimentaban un profundo respeto y cariño a Eva Perón, que se observa en diversas publicaciones de La Costurera. Incluso en 1947 varias representantes del Sindicato fueron recibidas por la primera dama quien se mostró interesada por las demandas que reclamaban. A pesar de estas cuestiones, las mujeres católicas debieron enfrentarse al Sindicato de Obreros Sastres, Costureras y Afines creado en 1943. Los enfrentamientos se suscitaron en torno a las reglamentaciones laborales y a la participación de las laicas en las comisiones que negociaban los salarios. Esta asociación ocupó durante el peronismo un lugar central como interlocutor sindical.

El peronismo ejerció una fuerte atracción en la sociedad y en las mujeres en particular. Durante la primera presidencia de Perón dos cambios fueron clave para las mujeres: pudieron acceder al voto con la sanción en 1947 de la ley de sufragio femenino y se fundó el Partido Peronista Femenino, que abría la posibilidad de participar en la política y en el espacio público. La figura de Eva Perón aglutinó y movilizó a mujeres de las clases trabajadoras y desfavorecidas socialmente. Con el peronismo las mujeres tuvieron la posibilidad de acceder a derechos que habían sido vedados tradicionalmente a las mujeres.

Reflexiones finales

La Liga de Damas Católicas, desde el momento de su fundación en 1931, reprodujo el sistema cultural hegemónico en el cual la mujer se vinculaba con la domesticidad: poseía un rol maternal y se ocupaba de las actividades relacionadas con la atención del hogar y el cuidado de la familia, era el sostén y el apoyo del hombre. Las mujeres católicas desarrollaron acciones que implicaban la extensión en la sociedad de las habilidades que se desprendían de su rol maternal, de cuidado y atención. Las primeras actividades que las mujeres elaboraron estuvieron destinadas tanto al apostolado como a la beneficencia a los sectores más desfavorecidos. Sus tareas se orientaron a perfeccionar a las mujeres en sus habilidades domésticas.

La creación del SES en 1934 llevó a la ACA, y por lo tanto a las mujeres católicas, a reforzar el catolicismo social y a preocuparse por la cuestión social en un sentido diferente al interpretado hasta ese momento. A pesar de la oposición, tanto de varones como de las propias católicas, la Liga intervino en las estrategias que el SES desarrolló. Las damas consideraron necesario no abandonar pero sí desplazar las actividades de beneficencia o de caridad por otras acciones que mejoraran las condiciones del sector femenino. Ejemplo de ello fueron la presentación de petitorios ante el DNT, la creación de la “Escuela Católica de Asistencia Social”, la fundación de la “Casa del Barrio”, entre otras. En este contexto, las mujeres también fueron conscientes que su nombre, “damas”, significaba una diferencia de clase y de status. Por esa razón optaron por modificar su nominación para integrar a nuevos sectores femeninos en la asociación y pasaron a denominarse Asociación de Mujeres de Acción Católica (AMAC).

La AMAC logró la conformación de sindicatos en dos sectores femeninos fundamentales: el Sindicato de Personal Doméstico de Casas Particulares y el Sindicato de Costureras de Buenos Aires. Ambos ejercieron actividades para mejorar las condiciones de trabajo y de vida de las trabajadoras pero debieron enfrentar obstáculos y su labor se vio mermada con la llegada del peronismo al poder.


  1. IESH (FCH-UNLPam) y IEHSOLP(CONICET-UNLPam).
  2. R. Di Stefano, “Por una historia de la secularización y de la laicidad en la Argentina” [en línea], Revista Quinto Sol (Universidad Nacional de La Pampa), 15, nº 1, 2011, págs. 1-31. ISSN: 1851-2879. Disponible en https://bit.ly/3C3Nreg.
  3. Como antecedente directo de la ACA, encontramos a la Unión Popular Católica Argentina (UPCA) fundada en 1919. Se trató de un proyecto de centralización de las diferentes organizaciones católicas, bajo la supervisión del Episcopado y en última instancia del Papa, que pretendió fortalecer el catolicismo no sólo como doctrina sino también como política social estrechamente relacionada con los sectores de menores ingresos para convertirse en una alternativa a las propuestas de los sectores de izquierda. Si bien fracasó por disidencias internas y escasa capacidad de iniciativa y arraigo en el territorio, preparó el terreno en dos aspectos: la aglutinación de otras asociaciones católicas en el interior de su estructura y el acostumbramiento de los laicos a la sujeción eclesiástica. J. Blanco, Modernidad conservadora y cultura política. La acción católica argentina (1931-1941), Córdoba: Editorial de la Facultad de Filosofía y Humanidades, 2008.
  4. En 1937 las ramas cambiaron su nominación y adoptaron los nombres de Asociación de Hombres de Acción Católica (AHAC), Asociación de Mujeres de Acción Católica (AMAC), Asociación de los Jóvenes de Acción Católica (JAC) y Asociación de las Jóvenes de Acción Católica (AJAC). O. Acha, “Notas sobre la evolución cuantitativa de la afiliación de la Acción Católica Argentina (1931-1960)”, 2005, págs. 1-24. Disponible en https://bit.ly/3li51Fl.
  5. M. Duch Plana, “Mundo, Demonio y Carne. Proceso de secularización, feminización de la religión y sociabilismo católico en la diócesis de Tarragona”, en N. Montesinos Sánchez y B. Souto Galván (coords.), Laicidad y creencias. Feminismo/s (págs. 269-292), 28 (diciembre), DOI: 10.14198/fem.2016.28.11, 2016.
  6. M. Moreno Seco, “Mujeres, clericalismo y asociacionismo católico”, en A. López Villaverde; A. Botti; J. De la Cueva Merino (coords.), Clericalismo y asociacionismo católico en España, de la Restauración a la Transición: un siglo entre el palio y el consiliario (pp. 107-131), Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2005, pág. 111.
  7. I. Blasco Herranz, “Género y religión: Mujeres y catolicismo en la historia contemporánea de España”, en Revista de Historia y pensamiento contemporáneos, 4, verano-otoño, 2010, págs. 7-20.
  8. Reglamento de la Liga de Damas Católicas (1932), Biblioteca Nacional. Buenos Aires y Liga Argentina de Damas Católicas. Breves conferencias (1931), Biblioteca Nacional. Buenos Aires.
  9. G. Vidal, “Asociacionismo, catolicismo y género. Córdoba, finales del siglo XIX, primeras décadas del siglo XX” [en línea], en Revista Prohistoria, XVI, nº 20, 2013, págs. 45-66. E-ISSN: 1851-9504.
    Disponible en https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=380134161002. E-ISSN: 1851-9504.
  10. J. Blanco, Modernidad conservadora y cultura política. La acción católica argentina (1931-1941), Córdoba: Editorial de la Facultad de Filosofía y Humanidades, 2008, pág. 102.
  11. J. Blanco, Modernidad conservadora y cultura política. La acción católica argentina (1931-1941), Córdoba: Editorial de la Facultad de Filosofía y Humanidades, 2008.
  12. B. Pinedo, “Algunas realizaciones sociales de la ACA”. Boletín Oficial de la Acción Católica Argentina (en adelante BOACA), 20 años de Acción Católica, Buenos Aires, 1951, pág. 89.
  13. Este cambio se observa de manera clara en la publicación oficial de las damas católicas, Anhelos. A partir de 1935 se incorporan publicaciones relacionadas con la doctrina social y las cuestiones sociales.
  14. La cuestión social preocupaba a la Iglesia católica y la encíclica Quadraggesimo Anno de 1931 tuvo hondas repercusiones en el catolicismo. Los miembros de la Junta Central de la ACA consideraban que la asociación debía cumplir un periodo formativo y organizativo para dedicarse posteriormente a lo social. Por esta razón, la jerarquía eclesiástica para fundar el SES convocó a Aquiles Danset -miembro de l’Action Populaire, institución especializada en el estudio y las experiencias sociales francesas- para que brinde instrucciones y oriente a los miembros sobre las medidas a proseguir. BOACA, año 4, n° 75, 1 de junio de 1934, pág. 317.
  15. BOACA, año 4, n° 76, 15 de junio de 1934, pág. 366.
  16. La primera encíclica social fue la Rerum Novarum promulgada por León XIII en 1891. Con motivo de conmemorarse el 40º aniversario de su publicación Pío XI redactó la Quadragesimo Anno.
  17. “La conveniencia de instalar Centros de Estudios Sociales”, en Anhelos, año 4, nº 10, agosto 1935, pág. 10.
  18. “Lo que puede la mujer de acción católica en las obras de carácter social”. Sección: Secretariado Económico-Social de la Acción católica Argentina, BOACA, año 5, nº 101, 29 de junio de 1935, pág. 389.
  19. “La conveniencia de instalar Centros de Estudios Sociales”, Anhelos, año 4, nº 10, agosto 1935, pág. 11.
  20. “La creación de Centros de Estudios Sociales. Nota de la Junta Central de la ACA a los Consejos Superiores y Juntas Diocesanas”, BOACA, año 5, nº 97, 1 de mayo de 1935, pág. 281.
  21. “Conceptos y orientaciones útiles. Cursillo intensivo para dirigentes”, Anhelos, año 4, nº 6, abril 1935, pág. 9.
  22. Anhelos, año 5, nº 4, febrero 1936, pág. 12.
  23. O. Acha, “Catolicismo social y feminidad en la década de 1930: de ‘damas’ a ‘mujeres’, en O. Acha y P. Halperin (eds.) Cuerpos, géneros, identidades: Estudios de Historia de género en Argentina (págs. 195-227), Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2000.
  24. “A propósito de nuestro nombre”. Presidenta del Consejo Superior de la AMAC. Anhelos, año 6, nº 6, abril 1937, pág. 9.
  25. M. Lida, Historia del catolicismo en la Argentina. Entre el siglo XIX y el XX, Buenos Aires: Siglo XXI, 2015, pág. 175.
  26. O. Acha, “Catolicismo social y feminidad en la década de 1930: de ‘damas’ a ‘mujeres’, en O. Acha y P. Halperin (eds.) Cuerpos, géneros, identidades: Estudios de Historia de género en Argentina , Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2000, págs. 195-227.
  27. “Una Escuela Católica de Asistencia Social en Buenos Aires”, Anhelos, año 9, nº 5, marzo 1940, pág. 18.
  28. “Fundación de una Escuela Católica de Asistencia Social en Buenos Aires”, BOACA, año 10, nº 215, 1 de abril de 1940, pág. 221.
  29. “El sentido de la ‘Casa del Barrio’”, Anhelos, año 12, nº 7, mayo 1944, pág. 19.
  30. “La Casa del Barrio”. BOACA, año 14, nº 263, marzo de 1944, pág. 106.
  31. V. Arana Díaz, “Otra Alocución Radiotelefónica. En torno de la sindicación cristiana”, Anhelos, año 6, nº 7, mayo 1937, pág. 14.
  32. Los sindicatos católicos femeninos existieron en Buenos Aires desde 1917 cuando se fundó, a instancias del Centro de Estudios Sociales Blanca Castilla dirigido por Gustavo Franceschi, el Sindicato de Empleadas. Posteriormente, en 1923 Miguel De Andrea organizó la Federación de Asociaciones Católicas de Empleadas (FACE) que si bien no fue un sindicato convocó, en un primer momento, a mujeres asalariadas –a empleadas– y, posteriormente incorporó a costureras, enfermeras y maestras.
  33. Omar Acha indaga en como la condición de clase, la migración, el género, la sexualidad, las relaciones de producción y el delito se interconectaban en las empleadas domésticas y las situaciones de prejuicio que tuvieron que afrontar durante el primer peronismo. O. Acha, “Trabajo y delito en las empleadas domésticas durante el primer peronismo: repensar las nociones de lucha y conciencia de clase” [en línea], Historia política.com, 2013. Disponible en https://bit.ly/37hy6Zv.
  34. Anhelos, año 1, nº 7, mayo 1932, pág. 9.
  35. O. Acha, “Catolicismo social y feminidad en la década de 1930: de ‘damas’ a ‘mujeres’, en O. Acha y P. Halperin (eds.) Cuerpos, géneros, identidades: Estudios de Historia de género en Argentina (págs. 195-227), Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2000.
  36. Anhelos, año 11, nº 10, agosto 1943, pág. 7.
  37. “Problemas sociales”, Anhelos, año X, nº 9, julio 1941, pág. 7.
  38. “Un diálogo de los que pudieran oírse”, Anhelos, año 11, nº 12, octubre 1942, pág. 8.
  39. “Sindicato Católico del Personal Doméstico”, BOACA, 20 años de Acción Católica, Buenos Aires, 1951, pág. 90.
  40. S. Montes de Oca de Cárdenas, “Consejo Superior AMAC. Memoria 1949-1952”, Anhelos, año 21, n° 4, julio-agosto 1952, pág. 43.
  41. N. Arce, “Ni santos ni pecadores. Catolicismo, sociedad de masas y vida cotidiana en Buenos Aires, 1940-1980”. Tesis de Doctorado inédita. Doctorado en Historia Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires, 2015; L. Vázquez Lorda, I. Pérez, “Fe y Trabajo: servicio doméstico, asociaciones católicas y género en los años cincuenta”. Revista Descentrada. Revista interdisciplinaria de feminismos y género, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 3, nº 2, 2019. ISSN 2545-7284.
  42. N. Arce, “Un católico bien. Prácticas religiosas y formas de distinción social de la clase media entre las décadas de 1940-1960”. Ponencia presentada en el Segundo Congreso de Estudios sobre el Peronismo (1943-1976), 4, 5 y 6 de noviembre, Universidad Nacional de Tres de Febrero, 2010.
  43. Según el imaginario popular que quedó reflejado en los tangos y la literatura de la época, las costureras eran las que “caían” en el pecado. Para más información sobre este tema ver: D. Armus, “El viaje al centro: “tísicas, costureritas y milonguitas en Buenos Aires, 1910-1940”, en Revista Salud Colectiva (Universidad Nacional de Lanús), 1, nº 1, 2005, págs. 79-96. ISSN 1669-2381.
  44. “Estatutos del Sindicato de Costureras”. BOACA, año 7, nº 148, 15 de junio de 1937.
  45. S. Martín Gutiérrez, “Damas y obreras en las políticas del catolicismo social. Historiando la clase, el género y la religión en España y Argentina (s. XX)”. Conferencia presentada en la Facultad de Ciencias Sociales, UCA, Buenos Aires, 30 de octubre de 2018.
  46. S. Martín Gutiérrez, “Entre agujas y catecismo. Representaciones de género y estrategias políticas en el trabajo. El sindicato de costureras de Buenos Aires y la campaña en defensa del trabajo a domicilio. (1936-1946)”, en Revista Espacio, tiempo y forma (Facultad de Geografía e Historia. UNED), 31. Serie V, Historia Contemporánea, 2019, págs. 129-150. ISSN: 1130-0124.
  47. M. Ezcurra, “El Sindicato de Costureras de Buenos Aires”, Anhelos, año 7, n° 4, febrero 1938, pág. 9.
  48. S. Martín Gutiérrez, “Entre agujas y catecismo. Representaciones de género y estrategias políticas en el trabajo. El sindicato de costureras de Buenos Aires y la campaña en defensa del trabajo a domicilio. (1936-1946)”, en Revista Espacio, tiempo y forma (Facultad de Geografía e Historia. UNED), 31. Serie V, Historia Contemporánea, 2019, págs. 129-150. ISSN: 1130-0124.
  49. Boletín La Costurera, nº 1, marzo de 1944. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  50. Boletín La Costurera, nº 17, julio de 1945. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  51. M. Lobato, Historia de las trabajadoras en la Argentina (1869-1960). Buenos Aires: Edhasa, 2007, pág. 96.
  52. Boletín La Costurera, nº 1, marzo de 1944. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  53. “Ejemplar propagandístico del Sindicato de Costureras”. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  54. “Los sindicatos promovidos por la ACA”. BOACA, año 8, nº 163, 1de febrero de 1938, pág. 90.
  55. Boletín La Costurera, nº 29, agosto de 1946. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  56. Boletín La Costurera, nº 30 y 31, septiembre y octubre de 1946. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
  57. O. Acha, “Catolicismo social y feminidad en la década de 1930: de ‘damas’ a ‘mujeres’, en O. Acha y P. Halperin (eds.) Cuerpos, géneros, identidades: Estudios de Historia de género en Argentina (págs. 195-227). Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2000, pág. 221.
  58. “La creación de la Federación Argentina de Obreras de la Confección”, BOACA, año 17, nº 300, abril de 1947, pág. 246.
  59. El Senado de la Nación, en su sesión del 29 de septiembre de 1941, reformó la ley 10.505 que reglamentó el trabajo a domicilio desde 1918.
  60. En estos programas se destacó la figura de Eva Perón que impulsó la creación de la Fundación Eva Perón que desarrolló una amplia acción social hacia los sectores carenciados: se crearon hospitales, asilos, escuelas, se impulsó el turismo social por medio de las colonias de vacaciones, también estimuló el deporte, concedió becas para estudiantes, la promoción de la vivienda y de la mujer. Para más información ver: M. Plotkin, Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista. Buenos Aires: Editorial Ariel, 1994; L. Caimari, Perón y la Iglesia Católica. Religión, Estado y sociedad en la Argentina (1943-1955). Buenos Aires: Ariel, 1995; C. Barry, K. Ramacciotti, y A. Valobra (ed.). La Fundación Eva Perón y las mujeres: entre la provocación y la inclusión, Buenos Aires: Biblios, 2008.
  61. S. Martín Gutiérrez, “Entre agujas y catecismo. Representaciones de género y estrategias políticas en el trabajo. El sindicato de costureras de Buenos Aires y la campaña en defensa del trabajo a domicilio. (1936-1946)”, en Revista Espacio, tiempo y forma (Facultad de Geografía e Historia. UNED), 31. Serie V, Historia Contemporánea, 2019, págs. 129-150. ISSN: 1130-0124.


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