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Las migraciones en pandemia

Una mirada desde la reconstrucción de las (in)movilidades cotidianas

Denise Zenklusen

Introducción

Un lugar común en las distintas producciones sobre migraciones es que la pandemia de COVID-19 y las medidas tomadas por los Estados produjeron una exacerbación de las desigualdades sociales ya existentes (Rosas, 2021) y también han dado lugar a nuevas, que han afectado especialmente a la población migrante, sometida, en los últimos años, a procesos de precarización social, laboral y reproductiva en todo América Latina (Herrera, 2021). Pero –como sostiene Herrera (2021)– también emergieron consecuencias no esperadas que han derivado en nuevas formas de exclusión, vinculadas al surgimiento de otros clivajes de desigualdad.

En el contexto argentino, las primeras medidas tomadas por el Estado nacional datan de marzo de 2020. El 20 de ese mes, se decretó el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) con el fin de prevenir la circulación y el contagio del virus. A través del decreto 297/2020, se estableció que las personas debían permanecer en sus residencias habituales, abstenerse de concurrir a sus lugares de trabajo y de desplazarse por rutas, vías y espacios públicos. Sin embargo, fue necesario crear una categoría de servicios, tareas o funciones declarados de emergencia (esenciales), que quedarían exceptuadas de dicho aislamiento. Este período estuvo además signado por diferentes momentos. Inicialmente, se desarrolló la fase 1, aislamiento estricto del ASPO, donde hubo cierre de fronteras y de comercios y restricción como control de movimiento. Se cancelaron, a su vez, todos los eventos masivos de entretenimiento, deportivos, culturales, religiosos y políticos y se suspendió el dictado de clases presenciales en todas las escuelas del país. Desde el 12 hasta el 26 de abril de 2020, se inició la fase 2, aislamiento administrativo, durante la cual, ­si bien se mantuvo el confinamiento, se aumentaron las tareas exceptuadas de la obligación de permanecer en el domicilio. Estas medidas impactaron en la población migrante de manera cruda: la Encuesta Nacional Migrante de Argentina (ENMA) 2020 señaló que un 53 % de las personas migrantes manifestó haber perdido parcial o totalmente sus ingresos.

En simultáneo, y como señala Pinedo y Segura (2020: 2), estas decisiones abrieron un espacio-tiempo de contradicciones y solapamientos como el de “las movilidades y las interdependencias involucradas en la producción y reproducción de la vida que hacen que en la misma letra que decreta el ASPO se legislen también sus excepciones”. Como fue el caso de las trabajadoras y los trabajadores esenciales y las discusiones respecto de cuáles actividades debían ser incluidas bajo esa categoría y cuáles no (Pinedo y Segura, 2020). En este contexto de restricciones específicas a las movilidades y a los trabajos, de la profundización de las desigualdades y de las necesidades, la escala de la ciudad intermedia y específicamente de lo barrial –como también señalan Matossian y Abal en este libro– adquirieron protagonismo al momento de dar respuesta a las demandas que presentaba la pandemia.

Este capítulo tiene como objetivo recuperar y analizar las nuevas estrategias que las personas migrantes desplegaron y sostuvieron en pos de la sostenibilidad de sus vidas en un contexto particular. En esta línea nos proponemos, por un lado, reflexionar sobre algunas estrategias metodológicas que se utilizaron para abordar los procesos migratorios, y, por otro lado, revisitar una serie de conceptos teóricos que permiten analizar los procesos migratorios durante la fase 1 del ASPO en una ciudad intermedia como Rafaela. Para ello, en un primer apartado, se presentará a la ciudad con sus características sociohistóricas, para luego adentrarnos en –y a partir de recuperar algunas escenas etnográficas del trabajo de campo realizado durante el período entre marzo de 2020 y marzo de 2021– las dimensiones teórico-metodológicas que construimos.

Rafaela, una ciudad intermedia y de nuevas migraciones

Rafaela, particularmente, es la tercera ciudad más poblada de la provincia de Santa Fe (luego de Rosario y Santa Fe capital), según el último censo de población disponible (2010). Estudios de corte histórico enmarcan a la región bajo la denominada “pampa gringa”, es decir, la zona de la región pampeana que fue poblada por migrantes europeos –“gringos”– en el último tercio del siglo xix como consecuencia de políticas estatales de fomento a la colonización agropecuaria. Al igual que sucede en otras ciudades de Argentina, en especial aquellas ubicadas en la región central del país, la historia cultural de Rafaela está ligada a la construcción y crisis de espacios de negociación y conflicto entre identidades diversas, en el marco de una sociedad que instituyó la idea de que la “cultura nacional” sería producto de un “crisol de razas” venidas de Europa (Grimson, 1999).

Desde comienzos de este siglo, Rafaela comenzó a vivir otros procesos migratorios que difieren de aquellos de fines del siglo xix y del siglo xx. En primer lugar, el aumento de las migraciones internas desde ciudades más pequeñas del norte de la provincia de Santa Fe y de otras provincias como Chaco y Santiago del Estero. En segundo lugar, la llegada de migrantes de países como Bolivia, Paraguay y, en menor medida, Senegal. El Relevamiento Socioeconómico 2018, realizado por el Instituto de Capacitación y Desarrollo Local (ICEDeL), dependiente de la Municipalidad de Rafaela, menciona que, para ese año,

el 67,8% de la población que habita en la ciudad es oriunda de Rafaela. Entre el grupo de migrantes, el 21,9% pertenece a otra localidad de la provincia de Santa Fe, el 9,4% es originario de localidades situadas en otras provincias, y el 0,9% manifestó haber nacido en otro país (ICEDeL, 2018: 43).

De ese 0,9 %, los principales orígenes son Bolivia y Paraguay.

En este escenario, emerge –recuperando los argumentos de Grimson (1999)– “una dimensión fundamental, aunque muchas veces oculta en la cultura urbana contemporánea que es la presencia de los inmigrantes [internacionales e internos] como clave a partir de la cual se estructura la diferencia” (Grimson, 1999: 43). Así pues, si, por un lado, se construye una “ciudad demarcada” (Caggiano y Segura, 2014), producto de la intersección de límites de clase, adscripción étnico-racial y origen nacional que condicionan las experiencias de sus habitantes (ya sean migrantes internos, internacionales o “nativos”) y las diferentes formas de apropiación del espacio, por el otro, se configuran usos alternativos de la ciudad, a partir de prácticas y estrategias desplegadas por los distintos actores que la conforman, que “transgreden” el orden urbano y trascienden la “ciudad demarcada” (Caggiano y Segura, 2014), lo que puede generar negociaciones, fricciones, conflictos y disputas.

En la periferia norte de la ciudad de Rafaela, se localiza un barrio que tiene su origen a finales de la década del noventa con la llegada de migrantes internos del norte de Santa Fe y de provincias vecinas como Chaco y Santiago del Estero y se consolidó, por ese entonces, como destino principal para familias provenientes de Bolivia y Paraguay que se dedican a la construcción. Allí se ubica una de las principales constructoras de la ciudad que emplea y ofrece casas a los migrantes que contrata. El barrio cuenta con una escuela primaria, un Centro de Salud provincial de atención primaria, un playón polideportivo municipal, la empresa constructora, negocios y comercios de alimentos e indumentaria. Las familias migrantes provenientes de Bolivia, y en menor medida de Paraguay, que allí residen se emplean principalmente en trabajos como la construcción, en el caso de los varones –ya sea de manera formal en la constructora o por cuenta propia quienes poseen más años de residencia en el país–. Muchos de quienes comenzaron trabajando en la constructora luego se “independizaron” armando sus propias cuadrillas. También las familias bolivianas con mayor permanencia en la ciudad poseen locales comerciales dedicados a la venta de indumentaria en la zona céntrica de la ciudad. Finalmente, parte de las mujeres entrevistadas se emplean en dos de las cooperativas de trabajo de limpieza de la ciudad. Estas cooperativas presentan ciertas características como que, por ejemplo, no cuentan con un salario fijo, sino que el salario es por horas trabajadas.

Estos rubros –construcción, comercio, trabajo de limpieza–, al menos durante la fase 1 del ASPO, no fueron considerados esenciales, tal como los definía el Estado. Esta medida desencadenó situaciones de desempleo y una serie de dificultades para sostener la producción y reproducción de la vida cotidiana de las familias. En este contexto, las familias con quienes trabajamos desplegaron algunas estrategias vinculadas a lo barrial que nos interesa recuperar y reflexionar a partir de revisitar algunas estrategias metodológicas y categorías teóricas.

Reflexiones metodológicas y teóricas para desandar el trabajo de campo

Durante el período analizado, nos topamos con dificultades para poder realizar trabajo de campo cualitativo, tal como lo veníamos contemplando. Al mismo tiempo, construir interpretaciones de un fenómeno que aparecía como novedoso, que generaba nuevas prácticas y se inscribía en una historia sedimentada, nos advertía de la necesidad de apelar a una “política del pensamiento que no se apresura a ubicar lo existente en teorías previas o esquemas de categorías” (Biset, 2021). Las condiciones de producción de conocimiento científico eran diferentes a las que conocíamos previo a la pandemia. En este sentido, parte de las reflexiones que compartimos en este capítulo provienen de una combinación de estrategias metodológicas y teóricas que quizás, de no haber sucedido la pandemia, no se hubieran llevado a cabo.

Como primera aclaración, consideramos relevante señalar que el trabajo de campo lo iniciamos el mismo año que inició la pandemia. Las reflexiones aquí compartidas forman parte del trabajo realizado en el marco del proyecto de investigación “Las migraciones recientes en la ciudad de Rafaela. Un análisis del impacto que nuevos grupos generan en la percepción subjetiva de la sociedad ‘rafaelina’” (SITT–UNRaf, 2020-2022) y el proyecto posdoctoral “Más allá de las metrópolis. Repensando las migraciones internacionales contemporáneas y las movilidades internas: el caso del área metropolitana de Gran Rafaela” (CONICET, 2020-2023). Si bien habíamos entablado algunas aproximaciones y vínculos que nos permitieron acercarnos a la población migrante en la ciudad, lo cierto es que el ingreso al campo coincidió con el inicio de la fase 1 del ASPO. Por ello, el material empírico se construyó a partir de tres estrategias o técnicas. En primer lugar, y frente a la imposibilidad de reunirnos con los sujetos de manera presencial, acudimos a la utilización de una serie de herramientas –vinculadas al uso de la tecnología– que hasta ese momento no contemplábamos para hacer trabajo de campo: sostuvimos por WhatsApp una serie de conversaciones con informantes clave. Allí indagamos en algunas dimensiones vinculadas a la alimentación y el abastecimiento alimenticio, al trabajo y los ingresos laborales, a la atención a la salud, así como al cuidado de personas adultas mayores o a infancias y a la situación de familiares en sus países de origen. Según datos de la Agenda Migrante 2020, “más del 80% de las personas migrantes no accedieron al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE)”. En este contexto, nos propusimos reconstruir las particularidades de la vida en pandemia de la población migrante en una ciudad intermedia, en donde la escala local y barrial emerge como relevante para reconocer los intersticios que, en ocasiones, se distancian de lo que sucede en las grandes urbes.

En segundo lugar, y a partir de la realización de un documental transmedia titulado ¿Y ahora qué? Relatos de cuarentena –producido por el Centro de Investigación UNRaf-Tec, a través de su Laboratorio de Medios Audiovisuales y Digitales (MADLab)–, sostuvimos una serie de encuentros con diferentes personas para la elaboración de un proyecto audiovisual de la Universidad Nacional de Rafaela donde mapeamos y reconstruimos, a partir de relatos escritos y orales, las transformaciones sociales sucedidas durante la pandemia. Recordemos que –en ese momento– lo referido a medios de comunicación era considerado como trabajo esencial, lo que nos permitió poder recuperar algunos relatos (ver Rodríguez, Zenklusen y Armando, 2021).

Y, finalmente, llevamos a cabo entrevistas y registros etnográficos que realizamos posteriormente a la fase 1 del ASPO.

Si, por un lado, iniciar trabajo de campo es un momento de apertura, de conocer y descubrir, por otro, la pandemia se nos presentó como un lugar desconocido. Por ello, y en una primera instancia, nos propusimos abordar aquellos fenómenos no esperados que trajo la pandemia y su relación con la profundización de las desigualdades de los sectores populares y, específicamente, de la población migrante. A partir de un trabajo realizado durante la pandemia con población migrante en barrios populares, Gavazzo y Penchaszadeh (2020) identifican tres factores de exclusión que se profundizaron: un factor de carácter administrativo vinculado a contar con los papeles adecuados y los años de antigüedad para poder acceder a un trabajo formal; un segundo factor; “íntimamente vinculado con la regularidad documentaria, es la forma de inserción en el mercado laboral” (Gavazzo y Penchaszadeh, 2020: 50); y un tercer factor vinculado a la baja inclusión histórica y sistemática de esta población en las políticas sociales y previsionales del Estado.

En este marco, retomamos la reflexión propuesta por Xiang y Sørensen (2020) en torno al concepto de “movilidades de choque” o shock mobilities. Es decir, aquellos movimientos humanos repentinos realizados en respuesta a perturbaciones agudas y relacionados con cambios repentinos en el movimiento de las personas, como, por ejemplo, la pandemia de COVID19. Para el autor y la autora, las movilidades de choque se deben entender como articulaciones entre varios movimientos o ensamblajes de movilidades y son especialmente relevantes para captar diversos procesos (Xiang y Sørensen, 2020) que –como señala Herrera (2021)– hemos identificado en la región: como el retorno de los y las migrantes internos e internacionales a sus comunidades y países de origen o la concentración de las y los migrantes en trabajos que requieren su continua movilidad. Herrera (2021) señala que uno de los impactos inesperados del COVID-19 sobre las migraciones en América Latina han sido los procesos de movilidad en medio de las restricciones y el cierre de fronteras impuestos por prácticamente todos los Estados de la región. La movilidad de choque puede conceptualizarse –siguiendo a Xiang (2020)– como un vínculo entre varios movimientos, o un momento en el que diferentes movilidades e inmovilidades se enredan intensamente entre sí. Estas inmovilidades interrelacionadas constituyen “conjuntos de movilidad” (Xiang, 2020).

Las familias migrantes que viven en el barrio donde comenzamos el trabajo de campo ya eran móviles –previo a la pandemia­–. Para la producción y reproducción de su vida, se desplazaban cotidianamente por la ciudad como trabajadoras de limpieza o de la construcción o hacia los locales de venta de indumentaria ubicados en el centro de la ciudad. Continuando con la propuesta de Xiang (2020), la pandemia interrumpió sus ritmos de movilidad, los obligó a quedarse “inmóviles”.

La inmovilidad supuso para las familias migrantes del barrio –como también para familias argentinas que allí residen– la profundización de la precariedad ocupacional. La imposibilidad de trabajar derivó, en el caso de los trabajadores informales, en la discontinuidad de los ingresos o en situaciones de desempleo, y la falta de ingresos puso en riesgo la seguridad alimentaria. En lo que respecta a las cuestiones vinculadas a la alimentación y el abastecimiento alimenticio y de productos de necesidad básica, el Estado provincial de Santa Fe, a través del Ministerio de Educación, estableció que, en aquellas escuelas –primarias y secundarias– donde se otorgaba desayuno o merienda, se entregaran bolsones de comida una vez a la semana. Al mismo tiempo, el Estado local de Rafaela comenzó a hacer lo mismo por medio del centro de salud. Por último, en uno de los clubes ubicados en el barrio colindante, se consolidó un comedor para dar respuesta a las infancias que allí asistían.

Ante la urgencia de dar respuesta a esa inmovilidad, las familias comenzaron a moverse al interior del barrio. Es decir, se desplazaban –al igual que los hacían históricamente varias familias del barrio– en la búsqueda de alimentos: para algunas familias, era la primera vez que lo hacían en el barrio. En efecto, en conversaciones con varones y mujeres migrantes, mencionaron que era la primera vez que asistían a estos espacios. Si bien varios de los hijos y las hijas, por ejemplo, concurrían a la escuela, señalaron que se encontraron con esta institución desde un lugar diferente: ya no como aquella institución en donde sus hijos e hijas van a estudiar, sino como el lugar que acompañó la subsistencia familiar.

Lo mismo sucedió con el abastecimiento de alimentos en locales comerciales. En sus rutinas y movilidades cotidianas previas a la pandemia, especialmente quienes se trasladaban para trabajar indicaron que las compras las hacían en el centro de la ciudad o en supermercados más grandes porque les permitía ahorrar. Ante la inmovilidad producto de las restricciones, describieron que comenzaron a abastecerse en los almacenes y kioscos del barrio. En estos recorridos, el barrio para los y las migrantes se convirtió en un espacio con sus propios límites para la movilidad: había una percepción de que era más seguro moverse por allí que desplazarse hacia la zona más céntrica de la ciudad, donde había mayores controles policiales. De esta manera, emergieron ciertas dinámicas vinculadas a vivir en un mismo espacio, habitarlo, transitarlo que consolidaron otras (y nuevas) maneras de vinculares con actores e instituciones –como la escuela, el club, los centros de salud, los comercios locales–.

Para los y las migrantes que entrevistamos, la situación de (in)movilidad en la escala del barrio consolidó nuevos sentidos de pertenencia no solo ligados a lo migrante –o al origen nacional, como la celebración de Fiesta de la Virgen de Urkupiña que realizan anualmente desde el año 2014 y que reúne a familias provenientes de Bolivia–, sino también a lo barrial: a los vínculos de vecindad, comunitarios, pero también comerciales que allí entrelazan y sostienen.

Consideraciones finales

La ciudad de Rafaela presenta ciertas características –una ciudad intermedia construida sobre el imaginario de la “pampa gringa”– que conlleva que los procesos migratorios contemporáneos adquieran ciertas particularidades que difiere de pensarlos en las grandes urbes. Por lo que pudimos construir a partir del trabajo de campo que, durante la pandemia, el Estado provincial y local ha dado algunas respuestas en términos de políticas y programas a la situación; lo cierto es que –como sucede a nivel nacional– la población migrante suele ser excluida o invisibilizada de las decisiones. En este nuevo contexto social, queda pendiente reconstruir la manera en que la gestión del Estado local se involucra con la población migrante, cuáles son las demandas de estos colectivos en términos sociales, laborales y de derecho a la ciudad y cómo pueden generar alianzas con el Estado local, que se muestra presente para determinados ciudadanos –argentinos–, pero ausente para las personas migrantes. Esto último refuerza la necesidad de abonar al campo de los estudios migratorios desde las ciudades intermedias y en relación con los procesos locales.

La pandemia, sin lugar a dudas, fue un momento inigualable. En términos metodológicos, nos encontramos con algunas dificultades. Por un lado, y como señalamos al comienzo, la dificultad de poder realizar trabajo de campo tal como lo veníamos haciendo. Por otro lado, la dificultad de reconstruir ese pasado reciente que se desdibuja por momentos. Con las medidas de vacunación, el descenso de los casos y la apertura a la actividad, muchas de las familias migrantes con las que trabajamos pudieron retomar sus actividades. Lo cierto es que en sus relatos aparece un regreso a “cierta normalidad” que en parte dificulta la reconstrucción en términos más subjetivos de la pandemia. Durante las conversaciones y entrevistas que realizamos posteriores al aislamiento más estricto –e incluso que sostenemos en la actualidad–, los momentos y la experiencia de la pandemia se desdibujan, se relativizan en términos de una supuesta vuelta a las rutinas y la normalidad. De allí un esfuerzo, quizás intuitivo, quizás estructurado, de marcar ciertos momentos, tiempos, fases que permitan poder reconstruir esos movimientos que identificamos como diferentes y que podemos leer como una estrategia frente a la pandemia.

Bibliografía citada

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